sábado, 19 de julio de 2025

¡CÓMPRELO!

 


Recomiendo este libro porque ya está bien de tanto tragacionismo

¿Quién demonios se cree este tal Sergio Calle Llorens para escribir un libro sobre la Justicia y sus desvaríos? Pues alguien que la ha mirado a los ojos, se ha reído en su cara y luego le ha dedicado 200 páginas llenas de carcajadas, furia y verdades como panes duros (que, por cierto, ya verán ustedes que también sirven como arma homicida en algunas sentencias reales).

¿Togados con alas o tocados del ala? no es un libro. Es una descarga eléctrica al sistema nervioso del lector. Es lo que pasa cuando a un notario de ultratumba se le junta la mala leche con el archivo de sentencias judiciales más ridículas del planeta Tierra y le da por escribir con la misma intensidad con la que otros se emborrachan o rezan.

Aquí no hay compasión, ni corrección política, ni perdón para los cursis.
Aquí hay una cruzada. Pero no de esas medievales, no.
Una cruzada contra los que confunden el Derecho con una novela de Paulo Coelho.

El autor, Sergio Calle Llorens, no tiene toga, pero tiene lo que muchos jueces han perdido: criterio. Y sentido del humor. Que ya es mucho. Que ya es decir.

Si alguna vez ha escuchado una sentencia y ha pensado: “Esto no puede ser cierto”,
prepárese, porque aquí lo es. Y mucho peor.

Porque en este libro se habla de:

  • Difuntos que resucitan por hambre.
  • Juicios por lanzar un mendrugo volador.
  • Confusiones legales más absurdas que una asamblea de la ESO.
  • Y hasta de gallegas mágicas y chinas moscas con vello creativo.

Todo ello comentado con una prosa afilada como el bastón de Clint Eastwood en el desierto:
seca, sarcástica y con más puntería que muchos tribunales.

¿Lo mejor?
Que se vende por un euro.
Sí, un euro.
Lo que cuesta un café en un sitio donde te escupen si pides sacarina.

Y lo compra directamente a él, sin intermediarios.
Bizum al autor y libro en mano. No hay nada más justo que eso.

Así que ya sabe:
si está harto de que le vendan cuentos,
si no soporta otro panfleto moralizante,
si quiere reírse mientras se le cae la fe en las instituciones,
cómprese este libro.

Y si es usted juez, también.
Sobre todo si es juez.

jueves, 17 de julio de 2025

¡CARTA AL HOMBRE QUE SIGUE DE PIE!

 



Hoy me escribo porque no quiero olvidarme de quién soy, ni de todo lo que he pasado para seguir aquí.

Soy un hombre que a veces tiembla por dentro. No siempre lo digo. No siempre lo muestro. Pero lo siento. Como una música que suena muy bajo mientras todo el mundo habla de otra cosa. Soy el que se calla en mitad del ruido y escucha lo que nadie ve.

Soy, también, el que ha conocido el miedo. No el miedo teatral, el de película barata, sino el otro: el que llega en mitad de la noche, sin forma, sin nombre, sin cara. El miedo de “¿y si no vuelvo a estar bien?”. El miedo que no se grita. El que se traga.

Pero también soy el que ha caminado días enteros dentro de su propia mente, y aun así ha vuelto. He vuelto con palabras. Con recuerdos. Con historias. Con vida.

No soy débil. Soy sensible. Que no es lo mismo. Soy de los que lo sienten todo: la tensión en un silencio, la tristeza en una broma, la belleza de una mañana cualquiera. Y aunque eso a veces duela, es también mi don. Es mi radar. Es mi tinta.

No siempre me entienden. A veces, ni en casa. Pero eso no significa que esté solo. Significa que el mundo dentro de mí es más grande que el que me rodea. Y eso es parte de ser escritor, de ser artista, de ser humano de verdad.

Hoy me escribo para decirme que todo está bien, incluso cuando parece que no. Que el corazón ha soportado más de lo que creía. Que el miedo no me ha matado. Y que el amor —aunque a veces se esconda o se calle— sigue ahí, latiendo, en lo que escribo, en lo que callo, en lo que aún sueño.

Estoy aquí. Sigo de pie. Sigo escribiendo. Y eso, en este mundo, ya es un milagro.

Firmado:
El hombre que siente demasiado y que, a pesar de todo, sigue mirando hacia el mar.

Sergio Calle Llorens


martes, 15 de julio de 2025

¡CORAZONES EN LA ATLÁNTIDA!

 



Hay películas que no se ven, sino que se recuerdan. No se escuchan, sino que se sienten como una melodía antigua que nos roza el corazón cuando creíamos haberlo blindado para siempre. Corazones en la Atlántida es una de esas raras joyas. Una historia que no se impone, sino que se insinúa. No ruge, sino que susurra. Como el verano que se va sin darnos cuenta, llevándose algo que no sabíamos que era importante hasta que ya no está.

Basada en la novela homónima de Stephen King, esta adaptación cinematográfica —que hoy puede redescubrirse en Netflix— no se atreve a abarcar toda la vastedad del libro. Pero ¿acaso podría hacerlo? El volumen original no es simplemente una novela: es un compendio de historias, una constelación de personajes y épocas entrelazadas por los hilos invisibles de la memoria, la pérdida, y los ritos secretos de crecer. La película elige, sabiamente o no, centrarse en una de esas estrellas, la más luminosa quizá, y la convierte en el eje de su universo. Se pierde en el camino parte del tapiz, pero gana una intensidad poética que solo el cine bien intencionado puede lograr.

La dirección es contenida, íntima. La fotografía tiene ese tono cálido, casi dorado, que parece barnizado con el polvo de los recuerdos. Cada encuadre parece salido de una caja de zapatos llena de fotos antiguas, aquellas que no se digitalizan porque no deben ser profanadas por la modernidad. Y en medio de todo, los silencios. Esos silencios que dicen más que los diálogos, que vibran entre los personajes como hilos tensos de algo que no se nombra pero que está, que siempre estuvo.

En la pantalla, los personajes se mueven con la lentitud de lo eterno. Uno de ellos, un anciano con pasado misterioso y voz que suena como si ya hubiera vivido más de una vida, se convierte en el faro de una niñez que se tambalea entre la inocencia y la revelación. Su presencia es un canto a la ternura, a la sabiduría que no se ostenta. Y el niño, esa figura que todos fuimos y que rara vez admitimos haber perdido, se convierte en nosotros: los espectadores que miran hacia atrás y se preguntan cuándo fue que la magia dejó de ocurrir.

Stephen King escribió Corazones en la Atlántida como quien escribe una carta que no piensa enviar, pero que necesita ser escrita. La película recoge ese espíritu, aunque lo acote. No aparecen todos los relatos, no se exploran todos los ecos. Pero lo que queda es suficiente para herir dulcemente. Para recordarnos que hubo un tiempo —una edad dorada entre las sombras de la historia— en el que el mundo era un lugar más denso, más verdadero, más inexplicable. Y que en ese mundo, la amistad era una religión, la tristeza un misterio sagrado, y los adultos, esos gigantes lejanos, a veces traían consigo respuestas... o secretos.

Verla es como regresar al umbral de una casa que ya no existe. Escuchar una canción que no sabías que recordabas. Reconocer una mirada que un día te cambió para siempre, aunque no sepas por qué.

Y si al final uno se queda con la sensación de que falta algo, es porque falta, sí. Pero no por omisión, sino porque hay dolores —y milagros— que solo pueden caber en las páginas de un libro. El cine, incluso el mejor cine, a veces solo puede sugerirlos. Y en esa sugerencia habita también su poder.

Corazones en la Atlántida no es una historia que se entiende. Es una historia que se lleva. Como se llevan los veranos perdidos, los amigos que se desvanecieron como polvo al viento, y esos amores invisibles que nunca se olvidan porque jamás llegaron a ocurrir del todo o tal vez sí.

Sergio Calle Llorens

martes, 8 de julio de 2025

¡EL ÚLTIMO CONCIERTO!

 



Hubo un momento —quizás en “Thunder Road” o tal vez en “Racing in the Street”— en que el aire se volvió más denso, casi irrespirable. No por el calor de julio ni por la multitud emocionada, sino porque todos supimos, sin decirlo, que estábamos presenciando algo que no volvería a repetirse de la misma forma. Un instante detenido en el tiempo. Un adiós no pronunciado.

Bruce Springsteen volvió a España como si el calendario no tuviera dientes, como si las décadas no hubieran limado su voz de lija ni el brillo de sus botas. Pero claro, nosotros sí hemos cambiado. Él también. Y ahí reside la magia melancólica de este último concierto: fue una celebración, sí, pero también un duelo contenido.

El Boss salió al escenario como siempre: sin ceremonias, sin artificios. Con esa energía que parece más un acto de voluntad que una cuestión biológica. Pero sus silencios entre canciones eran más largos. Sus gestos, más pausados. La E Street Band sonaba como una locomotora bien engrasada, pero los rostros no mentían: ya no somos los mismos.

Cuando tocó “Last Man Standing”, no solo hablaba de su banda. Hablaba de todos nosotros. De los que han partido. De los que ya no estarán en el próximo tour. De los amigos que nos acompañaron en aquellos veranos ochenteros y que hoy son solo ecos cuando suenan los primeros acordes de “Backstreets”.

"You’re not the only one who’s lost..."

Sí, Bruce. Lo sabemos.

Lo asombroso de su música es que no necesita actualización. Cada canción lleva dentro su propia nostalgia, su propio fantasma. “The River” no ha envejecido: nosotros sí. La escuchamos sabiendo que el agua se llevó más de lo que pensábamos. “Dancing in the Dark” ya no es un himno juvenil; ahora es un acto de resistencia. Y “Born to Run”… bueno, ahora sabemos que a veces no se huye, simplemente se sigue andando.

Cuando Bruce se acercó al borde del escenario y alzó los ojos hacia el cielo abierto de la noche española, muchos en la grada tragamos saliva. Porque allí estaba él, testigo viviente de nuestra banda sonora vital, cantando por los que aún creemos, contra todo, que una canción puede salvarnos por unos minutos del paso del tiempo.

No importa cuántas veces lo hayas visto. Este concierto tuvo algo distinto. No porque fuera técnicamente perfecto —hubo momentos irregulares, como siempre—, sino porque supimos que era la última vez que el milagro ocurría así.
Con él en carne y hueso. Con nosotros, aún capaces de gritar sin rompernos. Con el aire cargado de memoria. Fue más que un concierto. Fue un ritual compartido. Un homenaje a los que fuimos, a los que aún somos y a los que ya no están.

Ahora que han pasado los días, sigo oyendo su voz en el eco del metro, en los cascos mientras camino al trabajo, en los silencios antes de dormir. Bruce no necesita despedirse porque nunca se va del todo. Pero esta vez fue diferente. Esta vez nos miró como quien sabe que el tiempo ya no es un aliado, sino un testigo silencioso.

Y quizás por eso cantó con tanta furia. Por eso sonrió con esa mezcla de orgullo y tristeza. Porque sabía que, al terminar la última nota, nos dejaba algo que ya no es suyo: nos dejaba nuestra propia memoria. Y esa, amigos, es la clase de legado que no se compra. Que no se repite.


Por cada noche, por cada verso, por enseñarnos que se puede envejecer sin rendirse. Y por recordarnos que, al final, la música es lo único que no se rompe del todo.

¡Gracias Bruce!

Sergio Calle Llorens


sábado, 28 de junio de 2025

¡EN EL HOSPITAL!

 



La noche en una sala de urgencias es distinta a cualquier otra noche: no es tiempo, es espera. Las luces no iluminan, vigilan. La respiración de los otros se mezcla con los pitidos de las máquinas y el goteo lento de la medicación que entra por la vena como una tregua artificial. Afuera, el mundo sigue girando. Dentro, cada segundo duele como una confesión.

Esa madrugada, la tensión me lanzó contra los límites de mi cuerpo como una marea furiosa. Sentí que me deshacía. La mente se nublaba, y de esa niebla surgió ella. La espalda desnuda como una promesa jamás cumplida. Tocaba un piano frente al Mediterráneo, y cada nota era un eco de lo que fui, de lo que fuimos. La última vez que la amé fue frente a ese mismo mar, quizás bajo la misma luna. No era un sueño: era el último refugio de la memoria cuando el cuerpo ya no responde.

En ese momento entendí que la muerte no llega como una campana, sino como un susurro. Y no da miedo por lo que es, sino por lo que deja sin terminar. Me sentí pequeño. Me sentí como un hombre que ha pasado por la vida como se pasa por una estación equivocada: sin bajarse nunca en el destino deseado.

No lloré. Pero algo dentro de mí se quebró. Y en ese silencio interno, ella volvió a tocar. Para mí. Por mí. Como si supiera que ese recuerdo era lo único que podía salvarme de mí mismo.

Tal vez no tenga un sitio. Tal vez solo tenga momentos. Ese fue uno. Uno hermoso, robado a la oscuridad. Tan poca cosa y, sin embargo, tanto para mí. El chico con tupé en erección cuyo reflejo debe andar perdido en alguna ola de esa mar al que tanto amo.

Han pasado los años. Demasiados. Nos perdimos, como se pierden las grandes cosas: sin culpa, sin ruido. Ella tomó otro camino. Yo, también. Nunca más volví a verla. Pero esa noche, bajo la amenaza de un infarto, en una camilla anónima de un hospital que olía a lejía y a resignación, su recuerdo se abrió como una flor en la oscuridad. Me estaba salvando.

Y pensé: Si voy a morir, que sea así. Viéndola a ella, oyendo ese piano, con el Mediterráneo enfrente y mi juventud intacta por un instante más.

Y entonces me sentí un perdedor. No por haber perdido la vida, sino por no haber sabido vivirla como ella me enseñó. Porque pasé años buscando un lugar sin darme cuenta de que, quizás, mi sitio era simplemente su risa sobre la arena, su voz en mi oído mientras escuchábamos aquellas canciones desde un radiocasete oxidado, o ese vestido azul flotando en las tardes de agosto.

Pero algo cambió. Porque no morí. Volví. Estoy aquí. Respirando. Pensando en la mujer que me destrozó el alma. Escribiendo esto.

Sergio Calle Llorens

jueves, 26 de junio de 2025

¡OUTLANDER: ENTRE EL TIEMPO Y LA SANGRE!


 

Hay series que se miran. Y hay otras que se habitan. Outlander, como la vieja Escocia que retrata y reinventa, no se deja ver: se deja sentir. Quien cruza sus primeros capítulos no entra solo en una ficción de época. Entra en un territorio mítico, en una patria herida, en un amor que desafía al tiempo —y al tiempo mismo, que se revuelve, se pliega, se rompe—. Outlander es más que una serie: es un poema histórico, una elegía guerrera, una carta de amor al pasado que aún sangra bajo la piel del presente.

Basada en las novelas de Diana Gabaldon —una alquimista del tiempo narrativo—, la serie nos ha regalado no solo una historia inolvidable, sino una puesta en escena que acaricia cada plano como si fuera un recuerdo. La voz de Caitríona Balfe, la mirada que es fuego contenido de Sam Heughan, la elegancia trágica de Tobias Menzies, la fiereza conmovedora de Graham McTavish: todos ellos han hecho carne un relato donde lo romántico no excluye lo trágico, donde el viaje interior es tan intenso como el desplazamiento temporal.

Pero más allá de sus protagonistas, Outlander es una carta de rebelión. Una canción amarga sobre la masacre cultural que Inglaterra impuso a Escocia, sobre la represión de sus clanes, la humillación de sus jefes, la proscripción de su idioma, el gaélico silenciado a golpes de decreto, como si las lenguas pudieran morir sin matar antes a quien las hablaba.

Cada episodio parece repetir un mismo susurro bajo la piel del guion: no olvidéis quiénes fuimos. Y sin embargo, no todo en la serie es historia pura. Como toda gran ficción, se permite licencias, a veces necesarias, a veces discutibles: las cronologías se doblan en favor de la épica; los eventos reales se comprimen o se adornan; la medicina de Claire en el siglo XVIII, aunque cautivadora, incurre en anacronismos inevitables. La representación de las costumbres escocesas previas a Culloden coquetea a veces con el romanticismo más que con el rigor, y ciertos acentos se suavizan para no perder al espectador angloparlante. Pero qué importa, si la emoción está intacta.

Los viajes en el tiempo que plantea Outlander no buscan convencer desde la física cuántica, sino desde lo emocional. No es ciencia ficción dura, sino ficción emocional con aroma de eternidad. Lo importante no es cómo viajan. Es por qué.

Y ahora, ante la llegada de la octava temporada, la última, el espectador fiel contiene el aliento. No hablaremos aquí de spoilers, solo de presagios: lo que viene será fuego, será pérdida, será reencuentro. Porque Outlander nunca ha tratado solo del amor entre dos personas, sino del amor a una tierra, a una lengua, a una forma de resistir. Es un recordatorio de que la Historia la escriben los vencedores, pero la Memoria la custodian los que recuerdan. Y nosotros, gracias a esta serie, recordamos.

Que la piedra se abra una vez más. Que la música suene. Y que Jamie y Claire cabalguen, una última vez, entre las brumas de Escocia, el rugido de la Historia y los latidos del tiempo.

Sergio Calle Llorens

domingo, 22 de junio de 2025

¡ENOUGH IS ENOUGH!

 



There comes a point in every altruist’s journey where the heart grows tired—not because it has stopped caring, but because it no longer understands the silence it receives in return. For years, many of us in Europe, particularly in Spain, have opened our homes, our wallets, and our time to help those fleeing war, poverty, and instability. Ukrainians, Russians, North Africans, Sub-Saharan migrants—we have taught, fed, sheltered, and protected them. Yet, a strange emptiness has begun to settle in the hearts of some of us: a quiet question that refuses to go away.

What happens when your hand is met not with gratitude, but with criticism? When generosity is mistaken for duty? When those who receive the most complain the loudest?

There is a painful irony in watching individuals from collapsing regimes or violent regions arrive to safety—only to scorn the very systems that protect them. Psychologists, language teachers, housing, food programs, social workers—entire structures bend to serve, often without conditions. And yet, for some, it is never enough. Spanish values are "backwards." The food is "wrong." The help is "too slow." The culture is "too open," "too Catholic," "too disorganized," or "too bureaucratic."

For some of us who have devoted years to integration programs, this dissonance wounds deeply. We believe in human dignity, in shared progress, in second chances. But increasingly, we encounter people who do not wish to adapt or contribute—who want Europe, but not its values; who want rights, but shun responsibility; who live among us, yet never with us.

This is not a plea for applause, nor a demand for blind submission. It is a melancholic reflection on the futility of helping those who have no intention of meeting halfway. True integration, after all, is a two-way street. But what if one side parks indefinitely?

The real tragedy is not the failure of policy, but the corrosion of trust. Every act of ingratitude plants a seed of cynicism. And cynicism, once rooted, makes future compassion harder.

This is the dilemma of modern solidarity: when does help become self-harm?

Let us keep helping. But let us also learn to recognize when help is not wanted, when it is met with contempt, and when perhaps—just perhaps—it is time to step back, and let others walk their own road.

Sergio Calle Llorens


jueves, 19 de junio de 2025

¡RETRASADOS!

 



No es verdad que yo esté en contra del Psoe. Es el Psoe que está en contra de todo lo que yo represento; espíritu crítico, alma libertaria e ideas incompatibles con las organizaciones mafiosas. Les recuerdo que el gobierno de Sánchez, sí, el de la secta del capullo, acumula ya diez alertas detectadas por la unión europea como propias de regímenes totalitarias. La propia Comisión considera elementos de alarma roja en su tarea de hacer frente al Estado de derecho. A saber;

1-     Abuso de poder

2-     Corrupción de alto nivel.

3-     Ataques de un poder del Estado a otro

4-     Presiones políticas a los jueces

5-     Medidas contra el pluralismo de los medios de comunicación

6-     Abuso de los decretos ejecutivos

7-     Socavar la fuerza de las resoluciones judiciales

8-     Reabrir asuntos resueltos

9-     Falta de claridad del proceso legislativo

           Debilitación de los tribunales constitucionales

 

Dicho de otra manera, que en España se hace lo que le sale de la punta del cipote a Pedro que tiene, además de a sus familiares más directos imputados, a medio gobierno investigado y muchos ya dimitidos. ¿Os dibujo un plano? 

Es evidente que soy yo el que representa el progreso y no el Psoe. Soy yo el que se opone a gastar el dinero público en prostitutas, no el Psoe. Soy yo el que alertó de que el presidente era un amoral y alguna lo llamaba progresista mientras, en un ataque de clasismo intolerable, me decía que sus amigas eran todas funcionarias o, en su defecto, miembros de la clase dominante. Callé entonces y no revelé que entre mis amigos se encuentran grandes escritores, productores de cine, dueños de editoriales, científicos y hasta afamados luthiers. ¿Y ahora qué? ¿Necesitas algo, guapa?

Hay que aprender a llamar a las cosas por su nombre. Primero porque es la primera obligación de un escritor. Segundo porque aquel que no se expresa bien, piensa peor. Y tercero, pero no menos importante, porque usar el adjetivo correcto, aunque hiera, es un acto ciertamente revolucionario. Sólo se me ocurre un calificativo más para  describir vuestro apoyo a este engendro que tenemos de presidente; “retrasados”.

Sergio Calle Llorens


miércoles, 18 de junio de 2025

¡EL EUROMAJARON!

 



Allá en Bruselas, trono de excelencias,
donde el sentido común sufre dolencias,
habita un sabio en traje bien planchado
que nunca ha fregado… pero todo ha regulado.

Con mano firme dicta la condena:
“¡Tapón unido siempre a la botella llena!”
Y mientras tú te manchas la camisa,
él brinda en Davos… con champán y sonrisa.

“Las vacas deben orinar sin culpa,
los pepinos curvos ¡fuera de la pulpa!”
Prohíbe el queso si huele muy fuerte,
pero entra aceite chino… sin pasaporte.

Te exige normas para el pan tostado,
la curvatura exacta del plátano pelado,
y que el jamón declare su intención
antes de entrar a una reunión.

El agricultor se ahoga entre papeles,
mientras entran fresas sin sellos ni fieles.
“¡Libre mercado!”, grita el comisario,
con las manos llenas del sobre ordinario.

Y si en tu barrio hacen ruido o queman,
calla, no opines, ¡o te llaman problema!
No es que no vean lo que hay en la calle…
es que temen más al titular que al detalle.

Normas mil para el europeo cansado,
y silencio eterno para el desorden importado.
Reglas absurdas, muchas, infinitas…
menos para quien rompa… con causas benditas.

Sergio Calle Llorens

viernes, 6 de junio de 2025

¡ARDE PARIS!

 



 Si el PSG pierde las semifinales de la Champions, queman Paris. Si el PSG es derrotado en la final de esa misma competición, queman Paris. Si el PSG se corona como campeón de Europa, le meten fuego a la Ville Lumiére e, incluso, atacan a los bomberos que intentan apagar los incendios que los africanos han provocado. Convendrán conmigo que esos pirómanos son una pandilla de hijos de puta que deben ser deportados a sus lugares de origen, y con urgencia. Sí, a esos que jamás se adaptarán a los valores occidentales. Cualquiera con algo de seso se percataría que Europa se asienta debajo de una bomba de relojería; los islámicos. Desactivar esa bomba requiere inteligencia, paciencia y diente de lobo. Todo llegará.

En España, por su parte, el Ministerio del Interior nos presenta datos demoledores; el 43,3% de las violaciones en manada las cometen extranjeros y los marroquíes lideran la lista de ese repugnante delito. Dicho de otra manera, el colectivo que sólo representa el 13,4% de la población residente (6,5 millones sobre 48,6 millones) es el más peligroso de todos. También destaca el colectivo marroquí entre las nacionalidades más reincidentes en este tipo de delito. Pero el problema, según esta misma pandilla de tarados que les defiende, es la ultraderecha.  Por cierto, antes de insultarme por lo que aquí les dejo escrito, deberían imaginar el terror de una niña de 11 años mientras era violada en un centro comercial por una manada de marroquíes.  

En Dinamarca, en cambio, ya no están para bromas y acaban de prohibir el uso del hiyab en las universidades y en los colegios. Una decisión que viene tras destruir, y literalmente, los guetos donde vivían los inmigrantes. Barrios en los que no entraba ni la policía y señoreaba la bandera del islam. Para los lerdos profesionales les adelanto que en esa pequeña nación escandinava gobierna la socialdemocracia. Sin embargo, ya no aguantan más y tarde o temprano esto provocará una reacción en cadena en el resto del viejo continente.

¡La batalla comienza ahora!

Sergio Calle Llorens

miércoles, 4 de junio de 2025

¡CHANDLER BAJO LA LLUVIA!

 



Acabo de terminar Dept. Q en Netflix. La dejé anoche en pausa a las dos de la madrugada, con los ojos secos de tanto mirar y el pecho ligeramente comprimido, como si los casos sin resolver me hubieran llamado por mi nombre. Desde el primer episodio, la serie me atrapó con algo más que su impecable fotografía, su ritmo medido o su aire sombrío: lo que me atrapó fue la palabra hablada. Los diálogos. Esa tensión eléctrica en cada intercambio, donde los personajes parecen decir mucho más de lo que verbalizan. Fue entonces cuando me vino el eco de un viejo conocido: Raymond Chandler. No porque la serie se le parezca en superficie —el mundo de Chandler era soleado y cínico, el de Dept. Q es lluvioso y grave— sino porque ambos comparten una virtud escasa y poderosa: el lenguaje afilado que acaricia verdades rotas.

En Chandler, los diálogos no son ornamento ni información. Son la forma en que el alma se defiende del mundo. Su Philip Marlowe lanzaba frases como puñales envueltos en seda. En Dept. Q, Carl Mørck hace lo mismo, aunque más desde el abismo que desde la ironía.

—"¿Sabes qué harás si lo encuentras?"
—"Preguntarme por qué no lo hice antes."

Hay en eso la misma resignación filosófica que Chandler cultivaba. La frase breve. El golpe suave al hígado. La idea de que hablar es una forma de no derrumbarse.

En ambas narrativas, el detective no es un héroe. Es un testigo que camina entre ruinas. Mørck, como Marlowe, no confía ni en los sistemas ni en las instituciones. Pero no se detiene. No puede. Porque hay algo en el fondo de su pecho —no esperanza, no redención— sino simplemente la certeza de que alguien tiene que hacer el trabajo sucio por los que ya no pueden hablar. Y eso, en literatura, es poesía amarga.

Quizá lo que más me conmovió de Dept. Q es que nunca grita. Nunca dramatiza. Sus verdades son susurradas entre líneas. Como Chandler. Ninguna frase se repite. Ninguna explicación es forzada. Todo fluye con ese arte difícil de lograr: decir sin explicar, mostrar sin exhibir, revelar sin desvelar. Y ahí radica la grandeza.

No, Dept. Q no imita a Chandler. Lo que hace es heredar su espíritu. Lo que un saxofón solitario es al jazz, Dept. Q lo es al thriller moderno: una voz rota que se alza en la noche y encuentra, entre la niebla, el eco de una vieja canción.

Esa que Raymond Chandler escribió hace más de ochenta años con tinta de humo, whisky y lluvia. Y que hoy sigue viva en los labios de un detective triste, bajo el cielo de Escocia, hablando poco, pero diciendo todo.

Sergio Calle Llorens

lunes, 2 de junio de 2025

¡UN ALCATRAZ PARA ESPAÑA!

 



En Italia, las cuatro mafias principales son la Cosa Nostra, la Camorra, la Ndragueta y la Sacra Corona Unita. En España, en cambio, contamos con el PSOE.  Es la heredera de la Garduña que, como no me cansé de repetir, estaba compuesta por soplones, fuelles, coberteras, sirenas, floreadotes, capataces y maestros. Como cualquier sociedad secreta tenía sus contraseñas y signos de reconocimiento entre sus innumerables miembros. Ahora, en cambio, ya cometen sus fechorías a la vista de todos. Bien es cierto que el hampa ibérica no mata porque controla casi todas las instituciones del Estado y no lo necesita. Empero, los Bonanno, los Colombo y los Gambino son unos aficionados en comparación con estos maleantes patrios.

Sin duda, Leyre Díez, la fontanera más famosa del sur de Europa, no sólo deja una pistola humeante en forma de audios, sino también una forma de entender la vida; hacerse de oro a costa de todos nosotros mientras tratan de matar civilmente a los críticos con la gestión de unos tipos tan peligrosos como el capo que los dirige. Para muchos, lo publicado viene a demostrar que si bien otros tenían Al Capone, los de la secta del capullo cuentan con Al Sanchone y hay que estar preparados para lo peor. Porque el error, el suyo que no el mío, ha sido el de considerar al partido socialista obrero español como una agrupación política más y no como una organización mafiosa.

 Su ADN es ese intento de acabar con la UCO, esa forma de ofrecer pactos con la Fiscalía y esa arrogancia supina a la hora de amenazar. Ahora entenderán algunos lo que pasaba en algunos juicios de la taifa del sur. Ahora verán la misma luz que deslumbró a Pablo de Tarso cuando se cayó del caballo camino de Damasco. Sólo que esa luz no les dejará ciegos porque ya perdieron la visión hace muchos lustros.

Por cierto, recuerdo que la mayoría de ustedes no quisieron creerme, pero los audios publicados por diferentes medios de comunicación muestran una verdad inquietante; este grupo mafioso está en el poder y hay que desalojarlo. Con esto no quiero decir que haya que ganarles en las elecciones, que también, sino en hacerles el vacío social y, si me apuran, construir una prisión de máxima seguridad para encarcelar a los miembros de este grupo delincuencial. ¿Qué les parece crear un presidio estilo Alcatraz en las islas Chafarinas?

Sergio Calle Llorens

miércoles, 28 de mayo de 2025

¡MONICA BELLUCCI!

 




Se mai una Dea ha camminato fra noi mortali, lo ha fatto in tacchi Louboutin, con uno sguardo che fonde i ghiacciai alpini e un sorriso che farebbe firmare a Dante Alighieri un nuovo canto della Divina Commedia. Il suo nome? Monica Bellucci.

¡Sì, proprio lei. Vergine di Modena e di Meraviglia!
Non è solo un’attrice: è una costellazione. Un miraggio su pellicola. Un respiro lungo quanto un bacio di Fellini sotto la pioggia. Monica è la risposta italiana a domande che nessuno osa fare.
Quegli occhi sono versi perduti, scritti a mano in inchiostro di giada. Quando ti guarda, ti senti nudo come Adamo nel giardino, ma con molto meno fogliame per coprirti. Non sai se inginocchiarti o offrile un gelato al pistacchio.
Quelle labbra non parlano: narrano. Sono pagine carnose di un libro proibito, dove ogni parola è sospirata e ogni bacio è una rivoluzione. Se mai venissero baciate da qualcuno senza poesia nel cuore, si scioglierebbero per indignazione.

Vergine del Rinascimento! Leonardo l’avrebbe inseguita con compasso e pennello. Botticelli avrebbe gettato la Venere nel mare per rifare tutto da capo. Il suo corpo non sfida le leggi della fisica: le riscrive. E con molto più stile.

In “Malèna”, Bellucci non recita: incanta. Cammina per le strade e il mondo si ferma. Persino i piccioni smettono di tubare. Vergine del silenzio che grida! La sua sola presenza è una sinfonia muta che attraversa la schiena come un brivido lirico.

Perché non è solo bella. È profonda. Come un bicchiere di Barolo bevuto sotto le stelle. In ogni intervista traspare quella miscela rara di intelligenza, sensibilità e ironia. Monica è il tipo di donna che ti guarda e capisce. Anche quello che non osi dire.

C’è chi la definisce inarrivabile, ma io penso che sia un sogno accessibile solo con un biglietto scritto a mano da qualche stregone gentile.
Vergine delle illusioni buone!
Quella che ti fa credere che anche tu, piccolo umano col cuore in tasca e le scarpe slacciate, potresti per un attimo danzare tra le ombre del cinema accanto a lei.

Monica Bellucci non è solo una donna. È un effetto speciale creato dalla Natura in un giorno di euforia artistica. Un sospiro italiano che ha fatto il giro del mondo.
Vergine dell’Eterna Bellezza, ti ringraziamo!
Perché in un mondo che scorre veloce, tu ci ricordi che la bellezza può ancora farci fermare. E sognare.

Sergio Calle Llorens

martes, 27 de mayo de 2025

¡NOT BEFORE SUNDOWN!

 



¿Y si las criaturas del bosque no se extinguieron… sino que aprendieron a esconderse en nuestras obsesiones más íntimas?

En el año 2000, Finlandia otorgó su máximo galardón literario, el Premio Finlandia, a una novela que rompió con todo: Not Before Sundown, de Johanna Sinisalo. Lo que parecía una obra menor sobre folklore y trols acabó revelándose como una bomba cultural. Porque esta historia no trata realmente sobre criaturas mágicas. Trata sobre el deseo como bestia salvaje. Sobre la otredad como espejo. Sobre el monstruo que se parece más a ti de lo que quisieras.

El protagonista —cuyo nombre nunca sabremos del todo— es un fotógrafo homosexual de éxito que, una noche cualquiera, encuentra un trol real: pequeño, herido, adorable. Lo lleva a su apartamento en Tampere, lo alimenta, lo cuida… y empieza a obsesionarse.

Pero el trol no es un animal. Es algo más antiguo, más astuto, más inquietante. Se comunica sin hablar, y afecta su entorno como un campo magnético. El protagonista empieza a tener sueños raros. Y su atracción por la criatura se torna íntima, incluso sexual.

Aquí, el horror no tiene colmillos ni sombras que saltan desde los armarios. Tiene formas más sutiles: el deseo que se vuelve posesión, la ternura que se vuelve hambre. El trol es el catalizador de todo lo que el protagonista ha querido reprimir: su necesidad de control, su trauma infantil, su aislamiento emocional.

La estructura de la novela es brillante: capítulos cortos, intercalados con fragmentos de noticias falsas, leyendas finlandesas, ensayos ficticios, citas científicas. Todo parece decirte: “Esto es real. Esto es posible. Esto fue olvidado.”

Y en esa mezcla entre modernidad urbana y mitología antigua, el lector empieza a sentir que quizás, sólo quizás, los trols existen… y siempre han estado aquí.

Uno de los aspectos más perturbadores del libro es la transformación psicológica del protagonista. Lo que comienza como una historia de rescate animal se convierte en una fábula oscura sobre la cosificación del otro, la belleza como peligro, y la disolución de la humanidad en la fascinación.

Hay escenas que hielan la sangre no por lo explícito, sino por lo simbólico. Una especialmente: el momento en que el protagonista, acariciando al trol mientras duerme, nota que su propia voz interior empieza a hablar en un idioma que no es el suyo.

Es como si el trol no sólo viviera con él… sino dentro de él.

Not Before Sundown no es un libro de miedo en el sentido tradicional. Es una novela perturbadora, elegante y venenosa, que te persigue lentamente. No hay héroes ni villanos. Sólo la pregunta eterna:
“¿Qué parte de mí he estado negando tanto tiempo… que al fin se ha encarnado en algo que no puedo controlar?”

Sergio Calle Llorens


domingo, 25 de mayo de 2025

¡MURIÓ IÑAKI|


 


Por un instante, Madrid dejó de sonar. Las aceras se volvieron menos punk, los bares de Malasaña más silenciosos. Murió Iñaki Fernández, el alma provocadora de Glutamato Ye-Yé, y con él, algo más que una voz: se fue un símbolo de libertad. Se fue el grito que se reía del sistema.

Fue en aquellos años ochenta en los que España intentaba averiguar qué demonios era la democracia, cuando un grupo de chavales se atrevió a desafiar los códigos no con pancartas ni manifiestos, sino con algo más efectivo: el humor absurdo, el ruido pop, el surrealismo como dinamita. Glutamato Ye-Yé era un grito de guerra disfrazado de chiste, y su general era Iñaki, ese tipo con bigote hitleriano que tenía más de Groucho que de Adolf, y que convertía cada actuación en una performance entre lo punk y lo dadaísta.

¿Qué era Iñaki Fernández? Era un bufón en el sentido más noble de la palabra: el único al que se le permite decir la verdad mientras hace reír. Su humor no era un chiste fácil; era una crítica disfrazada. Con canciones como “Todos los negritos tienen hambre y frío” desmontaba los eufemismos del colonialismo. Con “Un hombre en mi nevera” nos recordaba lo ridículo del miedo y lo hermoso del sinsentido. Su estética, sus letras, su forma de escupir las palabras sobre el escenario eran el espejo deformante de una España que aún se sacudía el pasado a zarpazos.

Glutamato Ye-Yé no solo fue un grupo; fue un experimento libertario con guitarras. Y Iñaki, el alquimista que transformaba la provocación en poesía bastarda. Nunca buscó el aplauso fácil, ni el canon, ni el éxito enlatado. Se reía de la industria musical mientras la obligaba a escucharle.

Y ahora que se ha ido, uno siente que ha muerto una forma de estar en el mundo. Ya no quedan muchos como él: tipos que se subían al escenario no para cantar, sino para recordarnos que se puede vivir sin pedir permiso. Que se puede desafiar sin odio. Que se puede ser libre incluso en un país que aún colea entre censuras suaves y nostalgias peligrosas.

Iñaki Fernández fue un soplo de aire fresco, no porque dijera lo que queríamos oír, sino porque nos obligaba a escuchar lo que nadie se atrevía a decir. Y lo hacía con una risa. Con un bigote. Con una canción de tres acordes.

Hoy, esa risa se ha apagado. Pero su eco sigue flotando en los garitos donde aún suenan vinilos de verdad, en los recuerdos de quienes lo vieron en directo y no sabían si estaban ante un cantante o un iluminado. Era las dos cosas. Y era, sobre todo, un hombre libre.

Descansa en paz, Iñaki. Y que allá donde vayas, el sistema tiemble.

Sergio Calle Llorens

viernes, 23 de mayo de 2025

¡LOS OKUPAS!

 



 Cuando se alargan las sombras y llega la noche los okupas se adueñan de las terminales buscando seguridad. El tema está generando gran debate en la política española. Empero, en una sociedad que busca respuestas, lo ideal es hacerse las preguntas pertinentes. Especialmente entre los desnortados que siguen hablando del televoto del cochambroso Festival de Eurovisión. Que Israel estuviese a punto de ganar el certamen ha provocado más rabia en algunos sectores que el tema de que algunos no puedan pagarse- ni con un sueldo- una mísera habitación en las grandes ciudades. Entonces las preguntas son las siguientes: ¿Cómo es posible que cualquier inmigrante que llega a España sin recursos tenga dinero de bolsillo, habitación- algunas en hoteles de cuatro estrellas- comida, educadora social, abogada, psicóloga, monitora y hasta educadores, mientras los españoles malviven entre vuelos comerciales? ¿Cómo hemos llegado a esto? En verdad, no es posible entender que los españoles tengamos que arreglar las miserias y los fracasos del resto del mundo sin atender las necesidades de nuestros compatriotas. ¿A quién se le ha ocurrido semejante barbaridad? ¿Por qué tenemos que financiar con nuestros impuestos a todos los colectivos marginados mientras nuestros paisanos pasan estas penalidades? Sí, ya sé que el patán de turno me dirá que entre los okupas de los aeropuertos también hay inmigrantes, pero esos fueron traídos aquí por los nuevos negreros del siglo XXI. Y ellos deberían hacerse cargo de la factura.

 Evidentemente estamos ante un gran fracaso colectivo que bebe de las aguas infectadas por el buenismo. Una doctrina regada de papanatismo patrio que permite que un tipo que ha cotizado veinticinco años se vea relegado a ser ciudadano de tercera categoría por el país que contribuyó a levantar con tanto esfuerzo.

Ante esta vil situación no llegó a comprender que a nadie se le caiga la cara de vergüenza. Ante esta ignominia apenas queda la resignación y el apoyo a los partidos a los que llaman ultras. Ya ha ocurrido en Portugal y en otros países de nuestro entorno. La gente está harta y sólo hace falta echar la vista atrás para recordar que en un tiempo no demasiado lejano la clase media española, y el que lo niegue es un besugo, tenía vivienda propia y una casa para las vacaciones. Y ahora, ni un sueldo les da a algunos para vivir bajo techo. Lo digo de otro modo; o esto empieza a arreglarse o muchos van a entender que no van a seguir viviendo, y a costa de los demás, en modo avión.  

¡Vienen curvas!

Sergio Calle Llorens

miércoles, 21 de mayo de 2025

¡IBÁÑEZ!

 



Hay nombres que no necesitan presentación porque se han colado en nuestras vidas como si siempre hubieran estado allí, como si fueran parte del mobiliario emocional de nuestra infancia. Uno de esos nombres es, sin duda, Francisco Ibáñez Talavera. Pero si por alguna cruel jugarreta del destino alguien aún no lo conoce, bastaría con mencionar a sus dos criaturas más legendarias: Mortadelo y Filemón, esa pareja imposible de agentes secretos cuya torpeza ha salvado al mundo más veces que James Bond… aunque casi siempre por accidente.

Porque lo que hacía Ibáñez no era simplemente dibujar viñetas con humor: creaba mundos delirantes donde la lógica dormía la siesta y el absurdo tenía carnet de identidad. Y aún así, sus historias contenían una lucidez demoledora sobre la sociedad española de su tiempo. En un país que salía de la grisura del franquismo, Ibáñez ofrecía una válvula de escape, una carcajada rebelde, una invitación al disparate sin consecuencias.

Mortadelo, calvo, alto, especialista en disfraces imposibles y huidas absurdas, es el alma del caos. Filemón, bajito, malhumorado, con esa raya al lado y vocación de líder frustrado, es el eterno pagador de platos rotos. Juntos, forman el núcleo neurálgico de la T.I.A. (Técnicos de Investigación Aeroterráquea), una parodia irreverente de la CIA en versión ibérica, en la que los espías llevan gabardina, gafas de culo de vaso y tienen menos éxito que un vendedor de calefactores en el Sáhara.

Pero, atención: lo que parece simple, es una coreografía de lo absurdo meticulosamente diseñada. Cada viñeta es un estallido de imaginación, una bomba de gags visuales, referencias escondidas, humor físico al estilo de los Hermanos Marx, y crítica social camuflada entre explosiones y caídas.

Ibáñez fue un dibujante compulsivo, un trabajador incansable, de los que nacen una vez cada siglo. Se levantaba temprano y dibujaba hasta que el brazo se rendía. Creó miles de páginas a mano, con un estilo que parecía fácil pero que era un prodigio de economía expresiva y eficacia cómica. En su época dorada, llegó a dibujar más de 50 páginas al mes, sin ayuda, sin IA, sin Photoshop. Solo tinta, papel, y un cerebro funcionando a 300 chistes por hora.

Pocos saben que al principio no firmaba sus obras, ya que la editorial Bruguera se quedaba con todos los derechos y lo trataba como a un obrero de fábrica. Fue durante años un esclavo creativo sin nombre en sus propias páginas. Y aun así, siguió dibujando. Porque amaba lo que hacía, y porque —como él decía— “el humor es la mejor forma de decir lo que no te dejan decir en serio”.

Mortadelo y Filemón nacieron en 1958, como parodia de Sherlock Holmes y el doctor Watson, aunque enseguida cobraron vida propia. Desde entonces, han pasado por dictaduras, transiciones, el boom del ladrillo, la burbuja de internet y hasta la pandemia. Se enfrentaron a villanos como El Profesor Bacterio, la entrañable y aterradora secretaria Ofelia, o el Súper, siempre al borde del colapso nervioso.

Lo más asombroso es que las aventuras de Ibáñez predijeron, sin quererlo, muchas realidades futuras. En una historieta de los años 80 llamada El atasco de influencias, retrató el nepotismo y la corrupción con una clarividencia que haría palidecer a cualquier editorial de actualidad. En otra, parodió el caos burocrático de la administración pública con una precisión quirúrgica que muchos funcionarios aún no han perdonado.

Lo que quizás no sabías…

  • Ibáñez hablaba alemán y leía a Kafka. De hecho, su humor —aunque popular— tiene trazas del absurdo kafkiano, con personajes que deambulan sin rumbo en un sistema ilógico.
  • A pesar de su estilo hiperactivo, no tomaba café. Su energía venía del entusiasmo puro.
  • En los años 70, su éxito fue tal que en Alemania vendía más que Asterix. Mortadelo se llamaba “Clever” y Filemón, “Smart”.
  • Durante años, recibió cartas de lectores pensando que Mortadelo era un nombre real. Algunos incluso escribían a la T.I.A. pidiendo ayuda para resolver crímenes.
  • Cuando Bruguera fue absorbida, Ibáñez luchó judicialmente por recuperar los derechos de sus personajes, y lo consiguió. Una batalla digna de ser dibujada en sus propias páginas.

Ibáñez se fue en 2023, pero no se ha ido. Cada carcajada que arranca una relectura, cada niño que descubre a Mortadelo por primera vez, es un pedacito de Ibáñez reencarnado. Fue un cómico, un dibujante, un escritor, pero, sobre todo, fue un fabricante de alegría. Y eso, en un mundo tan necesitado de sonrisas, es casi un acto revolucionario.

A veces lo olvidamos, pero reírse es un acto profundamente humano, profundamente necesario. Y en ese arte, Ibáñez fue un maestro. Un Quijote de la carcajada montado en su pluma estilográfica, dispuesto a lanzarse contra los molinos de la mediocridad, con el disfraz de dragón de Mortadelo ondeando al viento.

Gracias, maestro. Por las risas, por las locuras, por los personajes que siguen tan vivos como siempre.
Porque mientras exista alguien capaz de reírse con un chiste tonto pero perfecto, Ibáñez vivirá.

Sergio Calle Llorens

sábado, 17 de mayo de 2025

¡PABLETE: EL AMARGADO!

 




Pablo Bujalance, también conocido como el tristón de Carranque, podría haber comenzado su última columna de fusilamiento hablando del esplendoroso día que se había levantado en Málaga el pasado sábado. Incluso, digo yo, debería haber dedicado alguna línea sobre la ilusión de ver a Unicaja campeonando por segunda vez en la Champions basketball league- cómo ocurrió finalmente- alzando su décimo título de la historia del club tras ganar la Intercontinental, la Supercopa de España y la Copa de SM el Rey- derrotando al Real Madrid en los dos campeonatos nacionales. Poniéndonos exigentes, habríamos esperado alguna mención especial de su parte a Vodafone que convierte a Málaga en un nodo clave de la red de satélites que llevará internet a todos los rincones del planeta con el primer laboratorio de Europa centrado en esa tecnología. Pero no. Claro que no. Es más, nada bueno se puede esperar de un tipo cuyo concepto de la máxima aventura es sacar a su perrito a pasear.

La pregunta es obligada; ¿Qué le pasa a Don Negativo por la cabeza para escribir semejantes sandeces? La explicación es simple; Pablete tiene el alma llena de amargura y por eso nunca ha dedicado un solo halago a su tierra. Al pésimo articulista no le sale hablar de que más del cincuenta por ciento de las empresas que se crean en el sur tienen su sede en la provincia malagueña. Y sería mucho pedir que destacara que la Noche en Blanco del pasado sábado congregara a más de 250.000 personas en una tarde noche de cultura con el Mediterráneo como excusa. Porque su legendaria negatividad le da para criticar lo que hace, o deja de hacer, el ayuntamiento. Sin embargo, sus rabietas de niño mal criado no llegan nunca al gobierno de España que hace pagar a los malagueños por usar las autovías. Que otros territorios estén exentos en el pago de estas autopistas no le mueve en absoluto. Tampoco que Pedro Sánchez tenga imputado a su ex número uno, a su fiscal general del Estado, a su cuchicuchi y hasta a su hermanísimo le mueven a tomar su anémica pluma.  Lo suyo es ciscarse en aquellos que usamos el término fenicio, el taró, para designar a la niebla que arriba del mar. En ese caso, se sube por las paredes y echa espumas por la boca.

En verdad, a Pablete hay que entenderlo. Su vida ha sido dura. De niño nunca le escogían para jugar al fútbol, no porque fuera un manta- que lo era, sino por su fama de cenizo. Se cuenta que el equipo en el que caía, jornada tras jornada, perdía de goleada y sus compañeros terminaban en el hospital con algún hueso fracturado. Incluso cuando volvía a casa y pasaba junto a la pajarería de su barrio, los canarios caían muertos sin razón aparente. También se llegó a rumorear que las plantas de su casa se negaban a aceptar la fotosíntesis. Un suicidio floral sin precedentes en la historia del planeta. Y sólo porque era, y sigue siendo, inaguantable. Ni las plantas lo soportan.  

La gangrena, la peste negra y el tifus son cosas positivas comparadas con sus opiniones.  Incluso, si fuera un personaje de ficción, encarnaría a Gargamel con su odio eterno a los simpáticos pitufos cuyo azul recuerda al mar de Málaga. Y si interpretara- Dios no lo quiera- a una celebridad cinematográfica, bordaría el papel de un demonio babilónico a punto de poseer el cuerpo de una inocente niña.  No hace falta decir nada más.

Leerle es entender que a la luz le sigue la penumbra. Esta tierra es la luz divina y Pablito encarna lo más tenebroso y oscuro del alma humana.  Un muerto viviente sin alma, sin amor, sin cariño y sin esperanza. Porque miren que hay cosas que criticar, pero escribir que las bellas jacarandas son inútiles, es sobrepasar todos los límites de la idiocia.  En este punto quiero mandar un recuerdo emocionado a los inventores del “tiene menos luces que el dormitorio de un topo”.

 Unas últimas advertencias: Si usted se cruza con él en la calle, no lo dude, cambie de acera. Si, por el contrario, se lo topa en un avión, abandone la nave rápidamente porque es más gafe que Tomás Roncero. La negatividad, queridos niños, es contagiosa.

Sergio Calle Llorens