martes, 23 de junio de 2026

¡EL PATÉTICO PERRO ANDALUZ!

 


A veces me pregunto cómo hemos pasado del humor inteligente de Tip y Coll al de Manu Sánchez. Del ingenio afilado, la paradoja brillante y la comicidad surrealista de aquella pareja irrepetible a la militancia política disfrazada de entretenimiento. De la España que se reía de sí misma con la elegancia del absurdo, heredera de Jardiel Poncela, Mihura y las greguerías imposibles de Gómez de la Serna, a otra que confunde la propaganda con el humor y el aplauso sectario con el talento.

Tip y Coll conseguían que uno riera sin saber exactamente dónde terminaba el disparate y comenzaba la inteligencia. Manu Sánchez logra el efecto contrario: uno escucha atentamente y sigue sin encontrar ninguna de las dos cosas.

El sevillano presenta un programa en la televisión pública llamado El perro andaluz. El problema es que el can no ladra: rebuzna.

Para defenderse de sus detractores, Sánchez afirma que no habla un mal español, sino un buen andaluz. El inconveniente es que el andaluz, como lengua diferenciada, no existe. A esa variedad lingüística los especialistas la denominan español meridional. Y esto, queridos contribuyentes, no es una opinión, sino una realidad ampliamente aceptada por la filología y la lingüística. Lo que sucede es que los límites intelectuales del personaje parecen nacer y morir en Dos Hermanas, alimentándose de una fuente inagotable de simpleza ideológica. No pasa un solo día sin que chapotee con entusiasmo en las aguas turbias de cierta mitología política convertida en dogma. Como aquellos beatos que veían milagros en las manchas de humedad, él parece encontrar sabiduría en cualquier consigna que emane de los altares de su parroquia política.

Canal Sur, en verdad, hizo mucho daño. La proliferación industrial de sevillanos televisivos empeñados en convertir la caricatura en identidad colectiva dejó una huella difícil de borrar. Llegaron los programas de viejas palanganeras en busca de novio, las retransmisiones interminables del Rocío y el insufrible salto de la verja elevado a categoría cultural. Durante años intentaron convencernos de que ser andaluz consistía precisamente en eso: hacer el ridículo y presumir de ello. Como si Andalucía hubiera dado al mundo únicamente chascarrillos de barra de bar y no también a Velázquez, Machado, Juan Ramón Jiménez o María Zambrano.

Aquella televisión parecía empeñada en fabricar una Andalucía de cartón piedra, una tierra donde todo el mundo contaba chistes, tocaba palmas o perseguía una cámara. Una Andalucía reducida a estampita folclórica para consumo interno. Y cuando una caricatura se prolonga durante demasiado tiempo, acaba siendo confundida con la realidad.

En ese contexto nace el payaso mediático que hoy hace chistes con la corrupción de cualquiera, excepto con la de los suyos. No vaya a ser que P. S. se enfade y le cierren el programa en esa televisión pública que tan generosamente lo cobija. Y miren que el material es abundante. Ahí están los escándalos de Vergonya Gómez, las andanzas de Ábalos o las joyas del imputado Zapatero. Pero no. De eso no se habla. El humorista oficial del régimen parece haber aprendido una lección elemental: la sátira siempre es más cómoda cuando apunta hacia los demás.

Los viejos maestros del humor ridiculizaban al poderoso porque entendían que la risa era una forma de libertad. Los nuevos bufones hacen exactamente lo contrario: protegen al poderoso y ridiculizan únicamente a quienes están fuera de su parroquia ideológica. La diferencia entre ambas actitudes es la misma que existe entre el humor y la propaganda.

El perro andaluz representa casi todo lo que detesto: la chabacanería convertida en virtud, la militancia recalcitrante elevada a identidad personal y la defensa incondicional de la organización política a la que se vota. Él pertenece al Guadalquivir. Yo al Mediterráneo. Su mirada nace y muere en un río. La mía se pierde en un horizonte salado donde las olas acercan y alejan certezas, donde toda convicción es provisional y todo dogma merece una sonrisa escéptica.

El río suele conducir siempre al mismo sitio. El mar, en cambio, invita a partir. Quizá por eso él parece cómodo dentro de los márgenes de una única verdad, mientras que yo prefiero navegar entre dudas. Después de todo, las certezas absolutas han causado más estragos que las tormentas.

Por ello concluyo, y concluyo sin reservas, que mi patria marítima me ha enseñado a desconfiar de cualquier organización creada por los seres humanos. Después de todo, la política se parece mucho al sexo. Tras estudiar con detenimiento el Kamasutra, he llegado a una moraleja sencilla: da igual cómo te pongas porque, al final, te van a follar igual.

Y especialmente en un país donde se conceden programas de televisión a un cretino como Manu Sánchez. Un hombre al que, aunque quizá no lo sepa, conviene recordarle una vieja máxima sobre cierto socialismo patrio: consiste básicamente en robar mucho y declarar poco.

Sergio Calle Llorens

jueves, 18 de junio de 2026

¡ANGEL OF THE MORNING!


 

Antes de hablar de Angel of the Morning, conviene recordar una verdad incómoda: casi todos los grandes amores de nuestra vida han durado mucho menos de lo que recordamos. La memoria es una estafadora profesional. Toma una noche y la convierte en una época. Toma una mirada y la transforma en una novela de cuatrocientas páginas. Toma un adiós pronunciado a las cinco de la mañana en una estación de tren, en un aeropuerto o en la puerta de un hotel cualquiera, y lo conserva durante décadas como si hubiese sido un acontecimiento histórico. Quizá por eso algunas canciones envejecen mejor que otras. No hablan de lo que ocurrió. Hablan de lo que seguimos sintiendo mucho después de que todo haya terminado.

La versión de Angel of the Morning grabada por The Pretenders pertenece a esa rara categoría de canciones que parecen llegar desde otro tiempo, como una postal encontrada dentro de un libro viejo. La canción había recorrido un largo camino antes de llegar a las manos de Chrissie Hynde. Escrita por Chip Taylor a finales de los años sesenta y convertida en un clásico por distintas intérpretes, encontró en la voz de Hynde una mezcla perfecta de fortaleza y vulnerabilidad. No hay lágrimas innecesarias. No hay promesas imposibles. No hay esa desesperación teatral que suele acompañar a las canciones de amor. Lo que hay es algo mucho más difícil de encontrar: lucidez.

La narradora sabe exactamente dónde está pisando. Sabe que aquello no va a durar. Sabe que el amanecer traerá consigo la realidad, esa vieja cobradora de deudas que siempre acaba llamando a la puerta. Y, sin embargo, decide quedarse. Esa es la grandeza de la canción. No habla de una mujer engañada ni de una víctima sentimental. Habla de alguien que comprende perfectamente las reglas del juego y aun así acepta jugar una última partida. Hay una dignidad extraordinaria en esa elección. En un mundo lleno de canciones sobre la esperanza, Angel of the Morning es una canción sobre la aceptación.

Siempre me ha parecido que las mejores historias de amor tienen algo de novela negra. No de esas novelas modernas donde todo el mundo acaba aprendiendo una lección edificante y creciendo emocionalmente, sino de las antiguas. De las que olían a humo, bourbon barato y calles mojadas. Historias donde el protagonista reconoce el peligro desde la primera página y avanza igualmente hacia él. Historias en las que el desastre no aparece disfrazado; entra por la puerta principal, se sienta frente a ti y pide otra copa.

Philip Marlowe habría entendido perfectamente el espíritu de esta canción. El viejo detective de Raymond Chandler conocía demasiado bien a las personas que llegan a nuestras vidas con una etiqueta invisible que dice: "No te acerques". Lo curioso es que son precisamente esas personas las que terminan ocupando un lugar permanente en nuestra memoria. Los seres humanos tenemos una habilidad prodigiosa para ignorar las señales de advertencia. Vemos las luces rojas. Escuchamos las alarmas. Reconocemos que aquello terminará mal. Después sonreímos, asentimos y seguimos adelante como si nada. La inteligencia sirve para muchas cosas, pero rara vez ha conseguido detener a un corazón empeñado en cometer una estupidez memorable.

Eso es precisamente lo que convierte a Angel of the Morning en una obra tan hermosa. La canción no celebra la inocencia. Celebra la valentía de quienes aman sabiendo que van a perder. Hay una diferencia enorme. Cualquiera puede lanzarse al vacío cuando cree que va a volar. Lo admirable es hacerlo cuando sospecha que el suelo está mucho más cerca de lo que le gustaría.

Con los años he llegado a pensar que la vida se parece menos a una gran novela romántica y más a una colección de encuentros breves. Algunas personas aparecen durante unos meses. Otras durante unas semanas. Algunas apenas permanecen unas horas. Sin embargo, son precisamente esas presencias fugaces las que a menudo dejan las huellas más profundas. Quizá porque no tuvieron tiempo de decepcionarnos por completo. Quizá porque la imaginación es siempre más poderosa que la realidad. O quizá porque existe una melancolía especial en las cosas que terminan antes de desgastarse.

Todos conservamos algún recuerdo así. Una conversación que se prolongó hasta el amanecer. Una habitación de hotel en una ciudad extranjera. Un paseo por una playa desierta. Un nombre que ya apenas recordamos. Una promesa que nadie tuvo la intención de cumplir. Son fragmentos dispersos de un pasado que se niega a desaparecer del todo. Los llevamos con nosotros como quien guarda viejas fotografías en el fondo de un cajón. No las miramos todos los días. A veces pasan años sin que pensemos en ellas. Pero basta una canción para abrir la tapa y encontrarlas intactas, esperando pacientemente en la oscuridad.

Ese es el verdadero poder de Angel of the Morning. No nos habla de una historia concreta. Nos habla de todas. Nos recuerda que hubo un tiempo en que éramos más jóvenes, más imprudentes y probablemente más ridículos. Un tiempo en que confundíamos la intensidad con el destino y creíamos que ciertas noches durarían para siempre. Lo maravilloso es que ahora sabemos que no duraron. Y aun así las seguimos considerando valiosas.

Hay una ironía deliciosa en todo esto. Pasamos la mitad de nuestra existencia buscando estabilidad en un universo que parece diseñado para destruirla. Construimos planes a diez años, hacemos juramentos eternos y llenamos agendas como si hubiésemos firmado un contrato privado con el tiempo. Mientras tanto, el tiempo se limita a observarnos con una sonrisa de jugador profesional. Sabe algo que nosotros preferimos olvidar: todo es provisional. Los amores terminan. Las ciudades cambian. Los amigos desaparecen. Los discos se convierten en reliquias. Incluso nuestros recuerdos más queridos empiezan a perder nitidez con el paso de los años.

Y, sin embargo, algunas canciones sobreviven. Permanecen como pequeñas cápsulas de emoción suspendidas en el tiempo. Escuchamos los primeros acordes y una puerta se abre en algún lugar del pasado. No regresan las personas. No regresan los lugares. Ni siquiera regresan los acontecimientos. Lo que vuelve es algo mucho más extraño: la versión de nosotros mismos que existía entonces. El hombre que todavía creía en ciertas cosas. La mujer que aún no había aprendido determinadas lecciones. El soñador. El idiota. El optimista. El romántico incorregible. Todos ellos regresan durante tres minutos y medio para saludarnos antes de desaparecer otra vez.

Quizá por eso sigo pensando que Angel of the Morning es mucho más que una canción sobre una aventura de una noche. Es una meditación sobre la fugacidad. Sobre la belleza de aquello que sabemos que no podremos conservar. Sobre el extraño valor de los momentos condenados desde su nacimiento. En el fondo, la canción nos recuerda una verdad que preferimos ignorar: no solo los amores son pasajeros. Nosotros también lo somos.

Tal vez la verdadera sabiduría consista en aceptar esa realidad sin amargura. Beber una copa más. Escuchar una canción más. Besar a alguien más. Caminar un poco más bajo las luces de una ciudad dormida. Y cuando llegue el amanecer, como inevitablemente llegará, abandonar la escena con cierta elegancia, agradecidos por haber estado allí.

Porque un día descubriremos que no fueron las historias perfectas las que dieron forma a nuestra vida. Fueron las imperfectas. Las breves. Las imposibles. Las que Philip Marlowe habría identificado como una pésima idea desde el primer minuto. Y precisamente por eso, las que jamás olvidamos.

Como Angel of the Morning. Una canción que comprende algo esencial sobre el amor, sobre la memoria y sobre el paso del tiempo: que las cosas más hermosas rara vez son las que duran para siempre. Son las que desaparecen antes de que podamos acostumbrarnos a ellas.

Sergio Calle Llorens

martes, 16 de junio de 2026

¡PEQUEÑOS PLACERES!

 


La vida tiene pequeños placeres que iluminan el alma: esa luz deliciosa que se filtra entre las nubes en un atardecer junto al mar. Esas cervezas en compañía de los viejos amigos. Las risas de un niño jugando en la orilla. Las piernas doradas de una mujer. Una mirada a medianoche. El espíritu de quienes siempre hemos sido libres y, por supuesto, ver cómo algunos prefieren escribir sobre los peligros que acechan a la lagartija pitusa en Ibiza antes que sobre la corrupción del gobierno de P. S.

Evidentemente, cada uno puede tener su opinión. De hecho, hay mucha gente que tiene opiniones, pero bastantes menos tienen estilo para contarlas. Y el estilo, para un escritor, vale más que cien opiniones.

Yo escribo para exagerar, caricaturizar, pinchar y dejar una herida verbal que el lector recuerde. Mi trabajo no es presentar pruebas ante un tribunal, sino encender el foco sobre lo que considero una farsa y dejar que el lector contemple el espectáculo. El problema es que ya ni siquiera tengo que esforzarme en exagerar. El gobierno y sus voceros lo hacen por mí.

Las joyas de Zapatero, el blanqueo de capitales, las cloacas del PSOE, los de la secta del capullo en la cárcel y el nadaplete del Madrid, que no ha ganado ni un título en dos temporadas. Y miren que se han gastado más dinero que nadie. La Cosa Nostra lo quería todo y, con la pandemia, dejó a Al Capone y sus muchachos como simples aficionados. Los madridistas aspiraban a campeonar y hasta el Albacete les dio una patada en el trasero. Ni en baloncesto, oigan.

La cantidad de lecciones que nos han dado sobre moralidad. Los millones de jornadas afirmando que eran los mejores del mundo. Pero todo era una farsa, un sainete con decorados de cartón piedra.

Recuerdo que siempre que terminaba mi columna de fusilamiento pensaba en esto: si alguien recuerda, tras su lectura, una escena, una metáfora o una comparación sangrante, la sátira ha cumplido su función literaria. Sin embargo, ahora ellos me hacen todo el trabajo sucio. Ni siquiera tengo que esforzarme en deformar la realidad, porque la realidad ya aparece deformada por sí sola, como un reflejo imposible en una galería de espejos infinitos.

En fin, como escritor no se trata de quitar pólvora al disparo. Se trata de mejorar la puntería. Y bien mirado, en la España sanchista hasta los mafiosos parecen pegarse un tiro cada mañana.

¡Pequeños placeres!

Sergio Calle Llorens

sábado, 6 de junio de 2026

¡P.S!

 


Contemplar el rostro de Leire Díaz, la famosa fontanera del PSOE y periodista en un universo paralelo, me produce una profunda inquietud. Esos gestos. Esa mirada perturbada. Esa manera de andar. Esa agenda que deja meridianamente claro que montó una red de acoso y derribo para proteger al ONE de los casos de corrupción que afectan personalmente a Pedro Sánchez. Perdonen la reiteración. 

A veces me pregunto en qué sección del averno estructural hace la secta del capullo el casting para reclutar a estos demonios.

A veces tengo miedo de conocer más detalles. Otras, en cambio, salto de alegría al ver cómo la UCO, responsable de la investigación, está llevando a medio Gobierno hacia la cárcel y al otro medio a las puertas de la imputación. De ahí las cloacas. De ahí la operación para acabar con jueces, periodistas y guardias civiles. De ahí los insultos de la sincronizada.

Leire se reunía con P.S., con la directora de la Benemérita, con ZP, pero el hijo de Gepetto no sabía nada de sus andanzas. Para Anticorrupción no hay duda: la operación estaba destinada a proteger a la familia del presidente. El caso Sánchez deja al Watergate en peccata minuta.

Una historia así no sería aceptada ni por Sherlock Holmes, que, al comprobar la identidad secreta tras la que se esconde P.S., concluiría que el personaje ni siquiera merece levantar la pipa.

Sin embargo, para la sincronizada que siempre defiende al Gobierno, todo tiene una explicación alternativa. O es un montaje. O, peor aún, el resultado del odio de la fachosfera. Para esta gente, P.S. puede ser cualquiera.

Paca Saltarina para Javier Ruiz.

Patricio Sentado para Sarah Santaolalla.

Porfirio Salchicha para Gonzalo Miró.

En verdad, estamos a un paso de que alguien diga en Televisión Española que las reuniones de la descacharrante Leire con P.S. corresponden a las siglas de «Picha Submarina». Total, esta gente es así.

Sergio Calle Llorens

miércoles, 3 de junio de 2026

¡EL PAPA, SÁNCHEZ Y LAS CLOACAS!

 


Recientemente se reunieron en el Vaticano Su Santidad, el papa Minino XIV, y Su Sanchidad de España, Pedro II el Cruel. El primero sigue sin abrir la boca ante las matanzas de cristianos en África. El segundo continúa sin felicitar las fiestas a los católicos mientras no se cansa de hacerlo por Ramadán con los musulmanes.

Como ven, ninguno pone la otra mejilla, aunque ambos tienen más cara que espalda. A tenor de los escándalos de corrupción que cercan a miembros de su partido, no sería de extrañar que el Vaticano terminase organizando una segunda ruta de escape para socialistas atribulados, como ya hizo con los nazis tras la Segunda Guerra Mundial.

Que el premier español, según la UCO, aparezca señalado como el vértice de una estructura política que hostigó a los guardias civiles encargados de investigar la supuesta corrupción de su entorno familiar no parece motivo suficiente para visitar España. Había ganas de verlo después del desprecio mostrado por el Paco Paco hacia nuestro país. Un cuervo de plumaje tan negro como el horizonte que se dibuja para los de la Rosa Nostra.

Pero la verdadera imagen de estos días no está en Roma. Está en las cloacas.

Porque si todo era producto de la máquina del fango, si todo era una conspiración de la fachosfera y de la derecha mediática, ¿por qué hubo necesidad de descender al alcantarillado? ¿Por qué mover tapas, remover aguas negras y organizar operaciones destinadas a desacreditar a quienes investigaban los casos que afectan al entorno presidencial?

La reunión con el pontífice romano duró apenas unos minutos. La de Leire Díez, tras la imputación de la hija del proxeneta, se prolongó durante días. Y esa diferencia de tiempo resulta mucho más reveladora que cualquier fotografía protocolaria.

Cinco días de reflexión. Ciento veinte horas. Siete mil doscientos minutos.

Mientras artistas, músicos, comunicadores y demás fieles del sanchismo suplicaban entre lágrimas un «Pedro, no te vayas», el silencio de los despachos parecía estar ocupado en tareas mucho menos sentimentales. Hoy sabemos que aquellas jornadas tuvieron bastante menos de meditación y bastante más de estrategia.

Y, sin embargo, quienes entonces inundaban las redes y los platós con muestras de apoyo incondicional permanecen mudos. Ni una canción protesta. Ni un manifiesto. Ni un tuit indignado. Nada.

Silencio.

El mismo silencio que suele escucharse cuando alguien levanta la tapa de una cloaca.

Mientras tanto, las causas judiciales siguen avanzando y los nombres se acumulan alrededor del poder como barcos atraídos por un remolino. Unos ya están sentados en el banquillo. Otros esperan sentencia. Algunos siguen declarando. Y todos parecen navegar en la misma dirección.

Demasiadas corrientes para creer que se trata de simples coincidencias.

Ya solo falta que Víctor Manuel le componga una nueva oda a Su Sanchidad, como hizo en 1966 con Francisco Franco en la canción «Un gran hombre».

Así, queridos niños, se entiende mucho mejor por qué el dictador murió en la cama y la España de la transición en manos de un psicópata.

Sergio Calle Llorens

¡SPIDER-NOIR!

 


Hay series que entretienen, series que sorprenden y series que intentan parecer inteligentes. Spider-Noir pertenece a una categoría mucho más rara: la de las obras que poseen una personalidad propia desde el primer fotograma. La adaptación televisiva del personaje de Marvel no se limita a trasladar los cómics a la pantalla; los utiliza como punto de partida para construir una declaración de amor al cine negro clásico, a las novelas pulp y a esa Nueva York imaginaria donde la lluvia parece caer incluso cuando no llueve. La decisión de permitir al espectador elegir entre la versión en color y la versión en blanco y negro es una genialidad. Sí, ambas funcionan, pero no resulta extraño que muchos espectadores prefieran la experiencia monocromática. Vista así, la serie parece escapada de una película perdida entre los fantasmas de El tercer hombre y las novelas de Raymond Chandler. Las sombras adquieren peso físico, el humo de los cigarrillos se convierte en parte de la escenografía y cada callejón parece esconder una traición.

Nicolas Cage ofrece probablemente una de las interpretaciones más inspiradas de toda su carrera reciente. No interpreta simplemente a un superhéroe envejecido; interpreta a un hombre derrotado por el tiempo, por los errores y por los recuerdos. Su Ben Reilly camina por la ciudad como uno de aquellos detectives privados de la literatura hard boiled que sabían que el caso estaba perdido antes incluso de comenzarlo. Cage entiende perfectamente que Spider-Noir no trata tanto sobre lanzar telarañas como sobre cargar con cicatrices. A su alrededor encontramos un reparto extraordinario. Lamorne Morris, en el papel del periodista Robbie Robertson, está sencillamente magnífico; aporta humanidad, inteligencia y una presencia que roba escenas sin esfuerzo. Li Jun Li convierte a su cantante de club nocturno en una figura magnética, una de esas mujeres que parecen haber salido directamente de una novela de los cincuenta, donde cada sonrisa oculta un secreto y cada mirada contiene una amenaza. Abraham Popoola, Brendan Gleeson y el resto del reparto construyen una galería de villanos, mafiosos y supervivientes que enriquecen constantemente el universo de la serie. No hay personajes de relleno. Todos parecen tener una historia detrás.

Lo más interesante para los lectores del cómic original es comprobar cómo la serie se atreve a separarse del material de partida. El Spider-Man Noir de Marvel era esencialmente Peter Parker trasladado a una realidad alternativa de los años treinta. Aquí, en cambio, los creadores toman riesgos y transforman la propuesta en algo más adulto y melancólico. La serie se acerca más a una novela detectivesca con ecos superheroicos que a una adaptación convencional de Marvel. Esa libertad creativa podría haber sido un desastre, pero termina siendo precisamente su mayor virtud. Spider-Noir no pretende copiar las viñetas; pretende capturar su alma. El resultado es una de las aproximaciones más elegantes y atmosféricas que se han hecho jamás al universo arácnido. Como habría escrito Chandler, las calles están llenas de sombras, los hombres llevan demasiados secretos encima y nadie es exactamente quien dice ser. En medio de toda esa oscuridad camina Nicolas Cage con sombrero, gabardina y una máscara que parece esconder mucho más que una identidad. Y durante ocho episodios uno tiene la sensación de estar contemplando no una serie de superhéroes, sino un sueño febril en blanco y negro del que no quiere despertar.

Sergio Calle Llorens