Hay series
que entretienen, series que sorprenden y series que intentan parecer
inteligentes. Spider-Noir pertenece a una categoría mucho más
rara: la de las obras que poseen una personalidad propia desde el primer
fotograma. La adaptación televisiva del personaje de Marvel no se limita
a trasladar los cómics a la pantalla; los utiliza como punto de partida para
construir una declaración de amor al cine negro clásico, a las novelas pulp y
a esa Nueva York imaginaria donde la lluvia parece caer incluso cuando no
llueve. La decisión de permitir al espectador elegir entre la versión en
color y la versión en blanco y negro es una genialidad. Sí, ambas funcionan,
pero no resulta extraño que muchos espectadores prefieran la experiencia
monocromática. Vista así, la serie parece escapada de una película perdida
entre los fantasmas de El tercer hombre y las novelas de Raymond
Chandler. Las sombras adquieren peso físico, el humo de los cigarrillos se
convierte en parte de la escenografía y cada callejón parece esconder una
traición.
Nicolas
Cage ofrece
probablemente una de las interpretaciones más inspiradas de toda su carrera
reciente. No interpreta simplemente a un superhéroe envejecido; interpreta a un
hombre derrotado por el tiempo, por los errores y por los recuerdos. Su Ben
Reilly camina por la ciudad como uno de aquellos detectives privados de la
literatura hard boiled que sabían que el caso estaba perdido antes incluso de
comenzarlo. Cage entiende perfectamente que Spider-Noir no trata
tanto sobre lanzar telarañas como sobre cargar con cicatrices. A su alrededor
encontramos un reparto extraordinario. Lamorne Morris, en el papel del
periodista Robbie Robertson, está sencillamente magnífico; aporta humanidad,
inteligencia y una presencia que roba escenas sin esfuerzo. Li Jun Li
convierte a su cantante de club nocturno en una figura magnética, una de esas
mujeres que parecen haber salido directamente de una novela de los cincuenta,
donde cada sonrisa oculta un secreto y cada mirada contiene una amenaza. Abraham
Popoola, Brendan Gleeson y el resto del reparto construyen una galería de
villanos, mafiosos y supervivientes que enriquecen constantemente el
universo de la serie. No hay personajes de relleno. Todos parecen tener una
historia detrás.
Lo más
interesante para los lectores del cómic original es comprobar cómo la serie se
atreve a separarse del material de partida. El Spider-Man Noir de Marvel era
esencialmente Peter Parker trasladado a una realidad alternativa de los años
treinta. Aquí, en cambio, los creadores toman riesgos y transforman la
propuesta en algo más adulto y melancólico. La serie se acerca más a una novela
detectivesca con ecos superheroicos que a una adaptación convencional de
Marvel. Esa libertad creativa podría haber sido un desastre, pero termina
siendo precisamente su mayor virtud. Spider-Noir no pretende copiar las
viñetas; pretende capturar su alma. El resultado es una de las aproximaciones
más elegantes y atmosféricas que se han hecho jamás al universo arácnido. Como
habría escrito Chandler, las calles están llenas de sombras, los hombres llevan
demasiados secretos encima y nadie es exactamente quien dice ser. En medio de
toda esa oscuridad camina Nicolas Cage con sombrero, gabardina y una máscara
que parece esconder mucho más que una identidad. Y durante ocho episodios uno
tiene la sensación de estar contemplando no una serie de superhéroes, sino un
sueño febril en blanco y negro del que no quiere despertar.
Sergio Calle
Llorens