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lunes, 29 de junio de 2026

¡EL AZUL DE UN MAR LIBERTARIO!

 



Siempre digo que todos somos el resultado de una primera mirada, de unas lecturas, de una época e incluso de unas canciones. No es lo mismo nacer junto a un río que divide que a orillas de un Mediterráneo que todo lo abraza. Por eso, los baby boomers de la Ciudad del Paraíso crecimos con ideas distintas, pero con un mismo respeto.

Nuestras grandes peleas eran sobre música, cine y bares. Crecimos en unos años en los que el acoso escolar solía venir de algunos profesores. No montamos ninguna asociación de afectados. No fuimos a contarlo a la televisión. Simplemente seguimos adelante y, en algunos casos, hasta nos vengamos. Traumas, los justos.

Teníamos unas ganas inmensas de bebernos la vida, y vaya si nos la bebimos. Algunos llegaron incluso a devorarla hasta no dejar ni las migas. Íbamos al América Multicines a gritar aquello de «Movierecord» a pleno pulmón y fingíamos mantener relaciones sexuales con alguna amiga imaginaria.

Los mods en la esquina del Zaragozanos. Los vanguardistas en cada calle. Los rockers esperando su momento. Teníamos citas como las Serenatas de la Luna Joven, donde aprendimos a aullar a la luna con la banda sonora de varias generaciones. La Malagueta templaba el carácter. Pedregalejo remataba la faena con sus garitos y sus calas abiertas al mar.

Nadie pedía permiso y nadie se ofendía por nada. Nuestra generación fue creciendo hasta dejar atrás, por el espejo retrovisor, aquella Málaga tan espléndida y libertaria. De todo aquello apenas quedó una mirada descreída, el respeto por los viejos amigos y la querencia por los primeros amores.

Quizá por eso muchos de nosotros no entendemos que generaciones anteriores sigan contemplando la política como si fuera un partido de fútbol. Nunca ven un penalti en contra de su equipo. Cualquier caso de corrupción resulta disculpable si procede del partido al que votan. Cualquier falta del adversario, en cambio, es señalada como una mancha indeleble. A veces, al escucharlos, tengo la impresión de que estarían dispuestos a marchar otra vez detrás de las banderas del guerracivilismo.

En mi grupo de amigos hay personas de todas las ideologías. Pero ninguno, sin excepción, ha osado publicar jamás nada hiriente sobre política que pudiera desembocar en una pelea. Las vivencias compartidas siempre han sido mucho más importantes que las ideas políticas. Es una actitud que, curiosamente, no siempre he encontrado en muchas personas nacidas en los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado. Tampoco he visto jamás que mis amigos lleguen a las manos por política, como les ocurrió hace unas semanas a dos vecinas. Una venía del manicomio. La otra iba a un concierto por la paz en Palestina. Pensé que la realidad llevaba demasiada ventaja sobre los novelistas. Gente incapaz de reconocer una sola virtud en quien piensa de manera diferente. Y eso, en una ciudad como Málaga, debería ser motivo suficiente para el destierro.

Sencillamente, creo que somos mejores porque nuestra primera mirada fue siempre el azul de un mar libertario.

Sergio Calle Llorens


viernes, 15 de mayo de 2026

¡UNICAJA YO VIVO Y... MUERTO POR TI!



Como he escrito en repetidas ocasiones en estas mismas páginas, el Unicaja no es simplemente un club de baloncesto. El Unicaja es el brazo armado de Málaga. Una bandera verde y morada clavada en el corazón del sur. Un equipo que, sin los presupuestos obscenos del Barcelona, el Real Madrid o el Valencia Basket, ha sido capaz de conquistar once títulos y escribir una de las etapas más gloriosas de su historia bajo el mando de Ibón Navarro, con siete entorchados que ya pertenecen a la memoria sentimental de esta ciudad.

Porque el Unicaja tiene algo que el dinero jamás podrá comprar: carácter. Esa mezcla de descaro, rebeldía y amor por las cosas bien hechas que convierte a Málaga en una isla distinta al resto del sur peninsular. Un lugar donde todavía se compite con orgullo y donde el Carpena no es un pabellón, sino una caldera emocional.

El Unicaja y su gente son los Celtics de Málaga. Un equipo con identidad, con mística y con una afición capaz de levantar muertos a base de cánticos. Pero hasta las mejores películas tienen capítulos oscuros. Y esta temporada ha sido uno de ellos. Un auténtico desastre.

La caída comenzó en verano. Melvin Ejim no fue renovado. Se marcharon Kameron Taylor, Dylan Osetkowski, Carter y hasta Yankuba Sima. Y lo que llegó después fue una colección de decisiones difíciles de entender.

Castañeda resultó ser una castaña monumental. Duarte, magnífico jugador en lo individual, nunca consiguió encajar en el engranaje colectivo de Ibón Navarro; demasiado ego para un sistema donde todos deben remar en la misma dirección. Sulejmanovic sigue perdido en tierra de nadie sin saber si es un cuatro, un cinco o un turista táctico. Augustin Rubit parece un exjugador persiguiendo recuerdos de sí mismo. Audige ha alternado noches brillantes con actuaciones incomprensibles. Y Web III, explosivo en ataque, deja en defensa más huecos que un cartón de huevos.

En cuanto a los veteranos, pocos han estado a la altura de lo que exigía el escudo. Especialmente Killian Tillie, cuya temporada ha sido tan decepcionante que, si dependiera de mí, tendría el finiquito preparado esta misma noche.

Sí, las lesiones han castigado. Sí, es imposible ganar siempre. Ni siquiera los grandes imperios fueron eternos. Pero una cosa no quita la otra: la dirección deportiva ha firmado un fracaso rotundo. Y cuando una afición deja de creer en sus jugadores, el problema ya no es deportivo; es anímico.

Málaga da la temporada por enterrada. Y quizá tenga razón.

Pero precisamente ahí es donde se mide la verdadera grandeza de un entrenador y de un grupo humano.

Porque cualquiera sabe liderar cuando suenan los himnos y llegan los títulos. Lo difícil es entrar en un vestuario roto, mirar a jugadores bloqueados, sin confianza y sin alma, y conseguir que vuelvan a creer en sí mismos. Un buen coach no solo diseña sistemas; reconstruye orgullos, despierta carácter y recuerda a sus hombres quiénes eran antes de perderse.

Ibón Navarro tiene ahora el reto más difícil de todos: volver a empezar. Separar el ruido del compromiso. Recuperar el hambre competitiva. Construir un nuevo proyecto sin vivir encadenado a la nostalgia, aunque nadie pueda quitarnos lo bailado.

Porque el pasado fue glorioso, sí, pero el deporte no perdona a quien vive únicamente de recuerdos.

Del presente solo quedan ya los banderines colgando del techo del Carpena como viejas medallas de guerra. Y queda también lo más importante: su gente. Los aficionados. Los abonados —entre los que me encuentro— que seguirán cantando a pleno pulmón incluso en las derrotas:

“Siempre te llevo conmigo,
no juegas solo si yo estoy aquí,
porque vuela el Carpena y Málaga sueña…
Unicaja, yo vivo por ti.”

Sergio Calle Llorens

jueves, 26 de marzo de 2026

¡THE HOUSEMARTINS!


 The Housemartins son frecuentemente descritos como una versión más pop, luminosa y accesible de The Smiths, pero esa comparación, aunque tentadora, se queda corta. Porque si algo tenían los primeros era una capacidad casi milagrosa para disfrazar de ligereza lo que, en otras manos, habría sonado denso.

En la Málaga de los años 80 —cuando la movida no necesitaba etiquetas importadas para existir—, la música era una forma de estar en el mundo. Y en la capital de la Costa del Sol, lejos del foco de Madrid, también latía una escena propia, más cruda, más libre, menos pendiente de la foto y más del momento.

Allí, en Pedregalejo, barrio marinero donde el tiempo parecía diluirse entre el salitre y las madrugadas largas, había garitos que no saldrían nunca en una guía… pero que definieron una época. Uno de ellos, regentado por Manu —personaje de esos que sostienen una noche entera sin proponérselo—, era punto de encuentro, refugio y escenario.

Y en algún momento, entre chupitos, risas y conversaciones que se perdían en el aire, sonaba Happy Hour. Y todo cobraba sentido.

Porque mientras The Smiths construían su universo desde la melancolía elegante, con Morrissey escupiendo verdades incómodas envueltas en poesía y Johnny Marr tejiendo guitarras inolvidables, los The Housemartins optaban por otro camino: el de la ironía con ritmo, el de la sonrisa que no es ingenua.

Sus canciones entraban fáciles, casi demasiado. Pero debajo había intención, observación, mala leche bien administrada. No necesitaban oscurecer el tono para decir cosas. Les bastaba con afinar bien la melodía.

Y luego estaba ese detalle que el tiempo convirtió en mito: el bajo de Norman Cook, que años más tarde se transformaría en Fatboy Slim. Pero en aquellos días era solo parte de una banda que sonaba a algo distinto, algo fresco, algo que encajaba perfectamente en noches como aquellas.

Escuchar a los Housemartins en la costa malagueña tenía algo casi cinematográfico: música del norte industrial inglés sonando frente al mar, entre amigos, alcohol y esa sensación —cada vez más difícil de recuperar— de que todo estaba ocurriendo exactamente donde debía.

Con el paso del tiempo, Paul Heaton prolongaría esa sensibilidad en The Beautiful South, quizá con un enfoque más pulido, más adulto. Pero la chispa original, esa mezcla de frescura, ironía y verdad sin solemnidad, pertenece a aquellos años.

Compararlos con The Smiths es casi inevitable. Pero mientras unos invitaban a mirar hacia dentro, los otros te empujaban a vivir hacia fuera.

Y en noches como aquellas, en Pedregalejo, con Happy Hour sonando de fondo, no había duda de qué lado estaba la vida.

Sergio Calle Llorens

martes, 24 de marzo de 2026

¡LA TARDE EN QUE LA MÚSICA PARECÍA ETERNA!


 

Tengo recuerdos que no se me van nunca del monumento catedralicio que tengo por cabeza. No envejecen, no se desgastan, no se diluyen como las fotografías antiguas. Permanecen suspendidos en algún lugar secreto de la memoria, intactos, como si el tiempo hubiese decidido respetarlos.

Uno de esos recuerdos para mí tiene quince años.

Era una tarde de primavera en La Malagueta. De esas tardes malagueñas en las que el aire trae una mezcla imposible de sal, gasolina y promesas. El mar respiraba cerca, aunque no se viera, y la luz del atardecer empezaba a ponerse dorada, casi líquida, como si el día se estuviera derramando lentamente hacia la noche.

Yo caminaba buscando a un amigo mod. Sabía que estaría en el Sophisticat, un bar que para nosotros era algo más que un bar. Era un territorio. Un pequeño santuario urbano donde se refugiaba una tribu que creía en la elegancia, en la música y en una forma particular de vivir la juventud.

Antes de entrar ya se oía la escena.

Las Lambretta estaban aparcadas en la puerta como caballos metálicos alineados antes de una batalla nocturna. Cromados brillando con los últimos reflejos del sol, espejos redondos, pegatinas, algún casco colgado del manillar. Aquellas motos eran más que un vehículo. Eran una declaración estética, una forma de decirle al mundo quién eras.

Empujé la puerta del bar. Y entonces empezó la magia.

Dentro sonaba una canción que en aquel momento parecía hecha exactamente para ese instante. Sunday Girl. El ritmo era ligero, casi juguetón, pero tenía algo melancólico que solo se entiende cuando uno ha vivido ciertos años. La voz de Debbie Harry flotaba por el local como un perfume elegante.

Aquella música era la banda sonora de nuestras vidas.

Los años ochenta tenían algo irrepetible. No lo sabíamos entonces, claro. Uno nunca sabe que está viviendo su época dorada mientras la vive. Pero todo parecía vibrar con una energía especial. La música new wave, el soul blanco que los mods rescataban de viejos vinilos, el pop eléctrico que llegaba de Inglaterra y de Nueva York. Todo se mezclaba en aquellos bares donde los tocadiscos parecían sacerdotes de un ritual nocturno.

Y entonces la vi.

Una chica rubia bailaba cerca de la barra.

Vestía con esa elegancia despreocupada que solo poseen ciertas chicas jóvenes. Faldita corta, medias oscuras, movimientos ligeros. No bailaba para nadie. Bailaba para la música. Y durante unos segundos me pareció que Debbie Harry se había escapado del disco y estaba allí, en aquel bar de Málaga, moviéndose al ritmo de su propia canción.

En la adolescencia uno confunde fácilmente la belleza con el destino.

Quizá por eso aquel momento quedó grabado para siempre.

Los mods hablaban, reían, bebían cerveza, discutían sobre discos y scooters. Había una especie de sofisticación juvenil en el ambiente, una mezcla de estética británica y espíritu mediterráneo. Camisas bien planchadas, parkas, mocasines, chaquetas ajustadas. Para nosotros aquello era casi una forma de aristocracia callejera.

La noche todavía no había empezado del todo.

Estaba naciendo.

Ese momento exacto entre la tarde y la oscuridad en el que todo parece posible. Cuando aún no sabes dónde terminarás, pero sabes que algo va a ocurrir.

Después vendría el ritual inevitable.

Las motos arrancando una a una. El olor a gasolina mezclado con el aire marino. Las conversaciones gritadas entre motores. Las risas. La ciudad abriéndose como un mapa de aventuras. Cabalgábamos nuestras pequeñas máquinas por Málaga como exploradores nocturnos.

Íbamos buscando lo que buscan todos los jóvenes del mundo desde el principio de los tiempos: música, amigos, alcohol barato, historias que contar y, si la suerte acompañaba, una chica a la que robarle el corazón durante una noche que parecía infinita.

Nada parecía urgente entonces.

El futuro estaba muy lejos y la vida parecía un disco recién estrenado.

A veces pienso que cada generación tiene su música secreta, esa que queda asociada para siempre a sus años de descubrimiento. No importa cuántas décadas pasen. Basta escuchar los primeros acordes para que el tiempo se abra como una puerta.

Y uno vuelve allí.

A una tarde de primavera.

A un bar llamado Sophisticat que ya no existe.

A unas Lambretta brillando en la acera.

A una chica rubia bailando. A sus amigos bebiendo cerveza fría. A mi colega Fernando Díaz Mondragón que es como un hermano.

Y a una canción que, durante unos minutos, hizo creer a un muchacho de quince años que la juventud era eterna.

Sergio Calle Llorens

lunes, 16 de marzo de 2026

¡LA SEMANA EN LA QUE UN SOCIALISTA PIDIÓ PERDÓN Y OTRAS ANOMALÍAS DE LA NATURALEZA!

 


La semana anterior, que murió a las orillas de unas aguas entre azules y turquesas, ocurrieron cosas inauditas. No tengo otra forma de expresarlo.

Ahí tienen a un exconcejal del PSOE llorando y pidiendo disculpas tras confesar un fraude de 34 millones de euros en el asunto de los ERE. Un reconocimiento de culpabilidad que no se había producido antes. Recordemos que ni con la guerra sucia de los GAL, ni con la terrible operación Mengele, ni con el asesinato de Calvo Sotelo, ni con Invercaria, ni con Filesa, ni con el caso Ábalos, la Rosa Nostra esta gente pidió disculpas.

Insisto: jamás se había visto a un militante de la mafia socialista, cual plañidera cualquiera, admitiendo un delito tan grave. Es de agradecer el gesto de José María Sayago. Sin embargo, somos legión los que preferiríamos que los de la secta del capullo emulasen a los japoneses aplicándose un buen harakiri tras reconocer el latrocinio institucionalizado. En cualquier caso, por algo se empieza antes de que terminen en la cárcel.

También en estos días el personal anda muy soliviantado en la región malagueña. Por un lado, ha saltado, como una liebre desbocada, la noticia de que, por primera vez desde el nacimiento de la infumable taifa del sur, Málaga será la primera en inversiones por parte de la Junta, adelantando a Sevilla. Un acontecimiento insólito.

Tanto como las declaraciones del nuevo obispo de la provincia. El religioso ha criticado que el ayuntamiento de la ciudad del paraíso rechace la regularización masiva de inmigrantes ilegales a los que el orondo ministro de Roma, que no parece el más listo de la clase, no quiere que vinculen con la delincuencia.

Para evitar ese riesgo, el mitrado debería haber pedido a Dios, que está en el cielo tan pimpante, y a Sánchez, otro ser omnipotente, que para la citada regularización masiva los migrantes —qué palabra más tonta— presenten un certificado de penales verificable.

A mí, qué quieren que les diga, José Antonio Satué me recuerda a ese chiste:

—Oye, una cosa: ¿los monjes son buenos?
—Depende: abadías que sí y abadías que no.

Visto lo visto con el religioso, habrá días en los que el prelado parezca un poco tonto del culo y habrá días en los que parezca más tonto todavía. Es más, me temo que su nombre va a sonar fuerte este año en los Premios Oriundo Panoli.

Por otra parte, y para finalizar, propongo que, como alternativa a la herramienta «Hodio» —huella del odio y la polarización del gobierno—, se cree «Himbecil», un instrumento digital creado desde el respeto y la educación para detectar a los hijos de los cretinos que no descansan nunca.

Ya lo han leído. La semana ha estado llena de hechos tan insólitos como encontrar a un socialista que no robe. Algo tan novedoso como que hoy lunes su jefe le reciba en la oficina bajándose los pantalones para meterse una zanahoria por el culo mientras suena la sintonía de La naranja mecánica.

En fin, jamás imaginé que viviría para contemplar estos milagros de temporada: socialistas arrepentidos y sermones para idiotas.

Sergio Calle Llorens


miércoles, 4 de febrero de 2026

¡LA BALADA DEL MOD!

 



En días de nostalgia, uno puede sentir la ciudad de otra manera, como si las calles tuvieran memoria propia y recordaran los pasos de quienes alguna vez las cruzaron con cuidado, con ritmo, con estilo. La esquina del Banco Zaragozano todavía existe en mi mente como un pequeño altar urbano, un punto de reunión donde la juventud se alineaba con precisión casi obsesiva, donde los mods se reconocían con un gesto, un asentimiento, una sonrisa apenas perceptible. Lambrettas dormían a su lado, motos que eran tan parte del ritual como la parka que abrazaba el cuerpo y el peinado que se mantenía intacto frente al viento. Todo era gesto y declaración: un código secreto de elegancia y música que dictaba la manera de caminar, de mirar, de existir. La música flotaba invisible, The Who, Madness, los primeros Beatles, Small Faces: no era fondo, era la sangre de todo eso que sucedía.

Recuerdo la sensación de comenzar la noche, de preparar cada detalle, de que el mundo girara a tu alrededor mientras tú te detenías un instante para que todo estuviera en su sitio: chaqueta cerrada, zapatos que reflejaban la luz de la ciudad, peinado que desafía el tiempo, manos que ajustan cada hebilla, cada correa, cada gesto mínimo. Era un ritual, una coreografía de identidad que nadie más podía interpretar, una liturgia urbana donde la música y la estética dictaban el ritmo de la vida. Nada era casual: los gestos, la ropa, el movimiento de los amigos que ya estaban allí, alineados en el frío o en el sol, esperando que la noche se abriera como un telón invisible que solo ellos sabían cómo descorrer.

Ahora miro atrás y me sorprende que todo eso existiera en realidad, que esos cuerpos jóvenes, esas risas, esas parkas perfectamente medidas, esas horas antes de que la ciudad respirara la noche, fueran tan precisos, tan llenos de energía, tan irrepetibles. Uno se da cuenta de que la vida pasó sin avisar, que la ciudad siguió su curso, y que lo que queda es un hilo de memoria que arde con la misma intensidad que aquel primer acorde de guitarra, que aquel golpe de batería, que aquel bajo que vibraba en el pecho y hacía que cada paso estuviera sincronizado con la música. La nostalgia no es tristeza: es reconocimiento de que algo fue perfecto, aunque breve, aunque fugaz, y que nada volverá a ser igual.

Ser mod era un acto de rebeldía elegante, de poesía silenciosa, de ritmo contenido que explotaba en cada encuentro, en cada conversación, en cada mirada. No importaba la hora, no importaba el lugar: la ciudad era un escenario, y cada gesto, un solo de jazz, un riff, un golpe de batería, una línea de bajo que hacía que todo encajara. Los mods caminaban con la certeza de que su mundo era otro mundo, invisible para los demás, pero tan real que podía tocarse en la textura de la parka, en el brillo del calzado, en el viento que rozaba el rostro antes de arrancar en la Lambretta rumbo a la noche que los esperaba.

Y ahora, décadas después, cuando el tiempo ha hecho su trabajo y las canas se mezclan con los recuerdos, uno sonríe con melancolía. Porque la memoria guarda los detalles que nunca desaparecerán: el murmullo de los amigos, la tensión de prepararse, la vibración de la ciudad, la música que nunca se apaga, y la elegancia que sigue latiendo como un latido secreto en cada rincón de Málaga. Y es imposible no sentir que aquellos días perfectos, aunque ya no sean carne viva, siguen respirando en el aire, en la memoria de quienes lo vivieron, en la forma en que la ciudad aún recuerda sus pasos.

Al final, uno comprende que la tribu mod no muere. La estética, el gesto, el peinado, la música, la elegancia, todo eso sigue vivo, y quien lo recuerda puede volver a caminar por aquellas calles, puede sentir el viento, el pulso de la batería, el golpe del bajo, la precisión de un gesto, la perfecta coreografía de la juventud que supo convertir la noche en un acto de belleza y pertenencia. Y en ese instante, la vida que se ha pasado se olvida, y uno se encuentra otra vez joven, elegante, listo para arrancar, con la ciudad ante sí y la música corriendo por las venas, y todo, absolutamente todo, parece posible otra vez.

Sergio Calle Llorens


viernes, 16 de enero de 2026

¡LA NIKKA COSTA MALAGUEÑA!

 



La llamaban la Nikka Costa malagueña y, en los mágicos años ochenta, no había jovencito que no estuviera enamorado de ella. Yo incluido. Tanto me gustaba aquella belleza rubia que hasta su apodo me molestaba, porque no le hacía justicia en absoluto. La artista cantaba como los dioses. La malagueña era una diosa. No diré que cantara como los ángeles, pero parecía uno de ellos. Y si alguna vez llegas a leer esto, Inma, sabrás que no exagero ni una sílaba.

 Ya ves, recuerdo tu nombre y que estudiabas en el Instituto de Santa Rosa de Lima. Ambos cursábamos el bachillerato y nos cruzábamos también en los baretos de la movida malagueña, en el Pedregalejo marinero de entonces, cuando Málaga aún olía a salitre y a promesas. Tenías unos ojos azules tan hondos que en tus retinas brillaron alguna vez mi tupé en erección y mi camisa de piel de picha de mosquito, gracias, Pinocho. A veces te recogías el pelo con una cinta al estilo Pocahontas y yo te miraba en silencio, como un figurante enamorado en una película de John Hughes, convencido de que la vida empezaba siempre al doblar la esquina. También adivinaba tus curvas cuando pasabas cerca del instituto, y aún recuerdo cómo te apoyabas en la pared, con una pierna doblada en el quicio de la puerta de tu casa. Tal vez esperabas a alguien. No era yo, pero durante años quise creer que podría haberlo sido.

Tú, por supuesto, no te acordarás de mí. Mi cara será un recuerdo deslavazado, almacenado en algún trastero de tu memoria. Yo, en cambio, me acuerdo de cada gesto, de tu ropa, de tus silencios y hasta de las canciones que sonaban cuando pensaba en ti. Si alguna vez una melodía te devuelve una imagen borrosa de un chico mirándote demasiado, quizá sea este recuerdo llamando a la puerta.

Mis amigos siempre me decían: “métele caña”. El problema era que cada vez que lo intentaba el anzuelo se me clavaba a mí mismo y acababa haciendo el ridículo. Aun así, logré arrancarte alguna sonrisa, y eso, aunque no lo sepas, me sostuvo durante años. Solo Dios y mis colegas saben que tu sola presencia me hacía temblar las rodillas. Moragas, fiestas, paseos, bares, salidas de clase y hasta de tono, pero ni siquiera la luna hedonista de la Malagueta quiso iluminar nuestro destino. El mío lo conozco al dedillo. El tuyo se volvió un enigma envuelto en misterio el día que desapareciste de mi vida sin despedirte, cuando me matriculé en la universidad y dejé de verte. Fue como si te hubiera tragado la tierra.

Ni siquiera cuando regresé de anclar mi nave en otros puertos del mundo ni un alma supo decirme qué fue de ti. Nadie recordaba tu apellido. Ni siquiera tus compañeros de clase. Hubo quien aseguró haberte visto aquí o allá, pero aquellos avistamientos eran tan difusos como las apariciones marianas. Si sigues ahí fuera, Inma, has de saber que durante años fuiste un rumor persistente en mi memoria.

Muchas veces me he preguntado si fuiste feliz. Y, más inquietante aún, si sigues en el mundo de los vivos. Quiero creer que sí. Aunque ya vamos teniendo una edad y el tiempo, como todo lo demás, tampoco pide permiso.

Esta noche, pese a las muchas lunas transcurridas, tu reflejo vuelve a proyectarse como una sombra en la oscuridad. Quizá apareces porque encajas perfectamente en un tiempo en el que yo era parte de algo. De unos años. De una juventud que no pedía perdón por existir. De una banda sonora. De una nostalgia anterior incluso al final. Por cierto, todavía resuenan en galaxias lejanas las carcajadas de mis amigos cuando les juraba que un día, y no muy lejano, te sacaría a bailar lento. Nunca ocurrió. E Inmaculada, musa involuntaria de mi juventud, se desvaneció como un fantasma en una casa encantada.

Lo más triste es que después de aquellos años nunca volví a encajar del todo en ningún sitio. Soy orgullosamente malagueño, pero no pertenezco a este lugar. Soy peligrosamente maduro, aunque en mi interior siga bailando el alma de un niño. He trabajado en empresas públicas y privadas, pero no recuerdo ni un solo nombre ligado a ellas. En cambio, yo era un anillo al dedo para aquella década dorada. Todo encajaba. Todo tenía sentido. Había menos ausencias alrededor de la mesa y el corazón latía sin miedo.

Aquellos sábados, cuando me arreglaba con la esperanza del baile que nunca tuvimos, sentía que estaba a punto de cruzar el paraíso. Nuestras manos jamás se encontraron y nuestros labios nunca se fundieron en un beso lento, húmedo y torpe. Y ahora, en esta noche de invierno en la que las nieves arrastran certezas por los arroyos que mueren en el mar, sé que nunca volveré a verte. El destino, los dados o la diosa Fortuna, que como todo el mundo sabe es una furcia de cuidado, no estaban de mi parte. Tal vez, solo tal vez, eso haya sido tu salvación.

Si alguna vez lees esto y te reconoces, no hace falta que respondas. Ya lo hiciste sin saberlo, hace muchos años, siendo exactamente quien eras.

¡Dios lo haya querido!
¡Hasta siempre, Inma!

Sergio Calle Llorens


jueves, 25 de septiembre de 2025

¡ETERNOS BAÑOS DE SEPTIEMBRE!

 

Ahora que he perdido algo de tiempo —aunque, en realidad, no tengo tiempo que perder—, tomo los baños de septiembre como una declaración de intenciones: la manera en que los buenos mediterráneos aprovechamos la calidad de las aguas para inmunizarnos de cara al invierno. A veces me lanzo al mar muy de mañana; en otras ocasiones, al atardecer. Los colores van desde el turquesa al azul marino.

Retozando aquí, recuerdo que los griegos tenían un vocabulario sorprendentemente rico para nombrar la gama cromática del Mare Nostrum. Cuando el mar se mostraba embravecido y oscuro, lo llamaban porphýreos, “purpúreo”, como la sangre o el tinte regio. Si brillaba rojizo bajo cierta luz, era oinops, el “mar de vino” homérico. En sus profundidades sombrías recibía el nombre de kyáneos, raíz de nuestro “cian”. Cuando resplandecía bajo el sol, con destellos que oscilaban entre el verde, el gris y el azul, se volvía glaukós, el mismo adjetivo que acompañaba los ojos de Atenea. Y, al caer el día, en los matices violetas del crepúsculo, se transformaba en ioeidés, el mar “color de violeta”. Para Homero y sus poetas, el mar nunca fue simplemente azul: era vino, púrpura, glauco o violeta; un ser vivo y cambiante, con ánimo propio.

Después, como continuación natural de ese espectáculo, llegan los colores anaranjados que despuntan en el cielo. A veces me quedo perplejo ante el intenso rojo que tiñe el crepúsculo y siento un amor inmenso por estas tierras mágicas. En verdad, no podría vivir sin mar. Una reflexión tan cierta como que la tierra gira sobre sí misma.

Ante tanta hermosura, apenas me queda tomar mi cuaderno de notas para describir lo inenarrable: las olas rizadas, los últimos rayos de sol reflejados en la orilla, la torre vigía que adquiere un tono dorado y esas parejas que caminan de la mano, creando un vínculo invisible con estas playas.

Es entonces cuando a mi mente acuden los inmortales versos de Manuel Alcántara:

El mar no puede morir.
Se quedará navegando aunque no haya nadie aquí.
Que no, que el mar no se muere, que no se puede morir.
Seguirá que va y que viene, yendo y volviendo a venir cualquiera sabe hasta cuándo.
Hasta que encuentre por fin la playa que está buscando.
Él no puede morir.
Se quedará navegando cuando no haya nadie aquí.

Unos versos que resumen las obsesiones de los nacidos junto a este mar sabio, cuyos latidos serán siempre eternos. El mar lo es todo y yo soy la nada, pero al bañarme en sus aguas siento que llego a formar parte de algo perpetuo y universal.

¡Eternos baños de septiembre!

Sergio Calle Llorens

martes, 2 de septiembre de 2025

¡AGOSTO EN EL MEDITERRÁNEO!

 



Agosto me ha curado el alma.
Esos paseos por la orilla de mis playas mediterráneas son la llave que abre todas las puertas del conocimiento. Las noches de luna llena, cuyos rayos de plata iluminan el mar, son el espectáculo más bello del planeta.

Esos cuerpos femeninos, bañados por la sal del mar, merecen miles de poesías enamoradas. Juegos infantiles en la arena. Canciones que se convierten en la banda sonora de mi vida. Amores de verano que cuajan al albor del silencio. Encuentros con viejos amigos. Brindis por lo que fuimos y por lo que dejaremos atrás. Incluso a mi atalaya llegan ecos de nuestra generación —la mía, la nuestra— que nunca pidió permiso para entrar a un castillo. Simplemente lo asaltaba, sin mirar atrás. Sin pensar en las consecuencias.

Presente y pasado se dan la mano en unas vacaciones en las que he recuperado la salud y, hasta, la ilusión. Antes escribía todo lo que pensaba. Ahora pienso antes de escribir nada, porque ya no vivimos en democracia. El progresismo asesinó la crítica, y la justicia es un coche negro que lleva a Solón y a Pericles al camposanto para su eterno descanso. Mi pluma no lo escribe con tristeza, sino con la esperanza de que, al fin, el mensaje sea entendido. Pero no hay peor ciego que quien no quiere ver. Y, hablando de ciegos, hay personas cuya vista no alcanza a disfrutar de la hermosura de esta mágica estación.

Me gustan sus silencios. Me encanta el arrullo del mar en los atardeceres cárdenos de mi patria salada. Me eleva el aroma del jazmín mezclado con la brisa nocturna, pero me entristece pensar en el tiempo en que no podré disfrutar de estas acuarelas marinas. Y, sin embargo, mi alma se llena de gratitud por haber gozado de un mes alejado de la rutina.

Agosto me ha hablado directamente al corazón para decirme: el verano vivirá en mí hasta mi último invierno. Yo no puedo, ni me atrevo, a pedir más.

Sergio Calle Llorens

sábado, 17 de mayo de 2025

¡PABLETE: EL AMARGADO!

 




Pablo Bujalance, también conocido como el tristón de Carranque, podría haber comenzado su última columna de fusilamiento hablando del esplendoroso día que se había levantado en Málaga el pasado sábado. Incluso, digo yo, debería haber dedicado alguna línea sobre la ilusión de ver a Unicaja campeonando por segunda vez en la Champions basketball league- cómo ocurrió finalmente- alzando su décimo título de la historia del club tras ganar la Intercontinental, la Supercopa de España y la Copa de SM el Rey- derrotando al Real Madrid en los dos campeonatos nacionales. Poniéndonos exigentes, habríamos esperado alguna mención especial de su parte a Vodafone que convierte a Málaga en un nodo clave de la red de satélites que llevará internet a todos los rincones del planeta con el primer laboratorio de Europa centrado en esa tecnología. Pero no. Claro que no. Es más, nada bueno se puede esperar de un tipo cuyo concepto de la máxima aventura es sacar a su perrito a pasear.

La pregunta es obligada; ¿Qué le pasa a Don Negativo por la cabeza para escribir semejantes sandeces? La explicación es simple; Pablete tiene el alma llena de amargura y por eso nunca ha dedicado un solo halago a su tierra. Al pésimo articulista no le sale hablar de que más del cincuenta por ciento de las empresas que se crean en el sur tienen su sede en la provincia malagueña. Y sería mucho pedir que destacara que la Noche en Blanco del pasado sábado congregara a más de 250.000 personas en una tarde noche de cultura con el Mediterráneo como excusa. Porque su legendaria negatividad le da para criticar lo que hace, o deja de hacer, el ayuntamiento. Sin embargo, sus rabietas de niño mal criado no llegan nunca al gobierno de España que hace pagar a los malagueños por usar las autovías. Que otros territorios estén exentos en el pago de estas autopistas no le mueve en absoluto. Tampoco que Pedro Sánchez tenga imputado a su ex número uno, a su fiscal general del Estado, a su cuchicuchi y hasta a su hermanísimo le mueven a tomar su anémica pluma.  Lo suyo es ciscarse en aquellos que usamos el término fenicio, el taró, para designar a la niebla que arriba del mar. En ese caso, se sube por las paredes y echa espumas por la boca.

En verdad, a Pablete hay que entenderlo. Su vida ha sido dura. De niño nunca le escogían para jugar al fútbol, no porque fuera un manta- que lo era, sino por su fama de cenizo. Se cuenta que el equipo en el que caía, jornada tras jornada, perdía de goleada y sus compañeros terminaban en el hospital con algún hueso fracturado. Incluso cuando volvía a casa y pasaba junto a la pajarería de su barrio, los canarios caían muertos sin razón aparente. También se llegó a rumorear que las plantas de su casa se negaban a aceptar la fotosíntesis. Un suicidio floral sin precedentes en la historia del planeta. Y sólo porque era, y sigue siendo, inaguantable. Ni las plantas lo soportan.  

La gangrena, la peste negra y el tifus son cosas positivas comparadas con sus opiniones.  Incluso, si fuera un personaje de ficción, encarnaría a Gargamel con su odio eterno a los simpáticos pitufos cuyo azul recuerda al mar de Málaga. Y si interpretara- Dios no lo quiera- a una celebridad cinematográfica, bordaría el papel de un demonio babilónico a punto de poseer el cuerpo de una inocente niña.  No hace falta decir nada más.

Leerle es entender que a la luz le sigue la penumbra. Esta tierra es la luz divina y Pablito encarna lo más tenebroso y oscuro del alma humana.  Un muerto viviente sin alma, sin amor, sin cariño y sin esperanza. Porque miren que hay cosas que criticar, pero escribir que las bellas jacarandas son inútiles, es sobrepasar todos los límites de la idiocia.  En este punto quiero mandar un recuerdo emocionado a los inventores del “tiene menos luces que el dormitorio de un topo”.

 Unas últimas advertencias: Si usted se cruza con él en la calle, no lo dude, cambie de acera. Si, por el contrario, se lo topa en un avión, abandone la nave rápidamente porque es más gafe que Tomás Roncero. La negatividad, queridos niños, es contagiosa.

Sergio Calle Llorens

miércoles, 23 de abril de 2025

¡LA GASTRONOMÍA MALAGUEÑA!

 




En un rincón del sur de España donde el sol parece tener sabor a aceite de oliva y el mar huele a hinojo y brisa fresca, Málaga se ha consagrado —con justicia— como el corazón gastronómico del sur. No es exageración ni orgullo de tierra: es estadística, es estrella… y es cuchara. Con más restaurantes con estrella Michelin que cualquier otra provincia de su entorno, Málaga no solo presume, deslumbra.

Aquí, entre chiringuitos humildes y templos de alta cocina, se cuece una revolución discreta pero sabrosa. No hay alardes innecesarios. Hay producto. Hay técnica. Y sobre todo, hay memoria.

De todos los platos que definen la identidad culinaria malagueña, hay uno que brilla sin pretensiones: el gazpachuelo. Sopa marinera de raíces populares, hecha con agua, mayonesa, pescado y patatas. Una receta que parece simple hasta que te abraza el alma en una cuchara caliente. Cada familia tiene su versión. Con arroz o sin él. Con clara montada o sin. Pero siempre con la misma verdad: que lo humilde, bien hecho, puede rozar la excelencia.

Hoy, el gazpachuelo ha entrado por la puerta grande en cocinas de vanguardia, reinterpretado por chefs que saben mirar atrás sin dejar de caminar hacia adelante. Dani Carnero, José Carlos García, Diego Gallegos, entre otros nombres estelares, han llevado a la cocina malagueña al mapa del mundo… sin perder ni una pizca de su sal de casa.

¿Alta cocina o cocina alta? En Málaga da igual. Aquí se puede comer un espetito de sardinas frente al mar, que rivaliza con la mejor experiencia en un menú degustación de 12 pases. Porque lo importante, lo que une, es el sabor auténtico y la nobleza del producto.

Desde la caballa de la bahía, el ajobacalao de Vélez, los tropicales de la Axarquía, hasta el aceite virgen de Antequera o los quesos de cabra malagueña, todo el territorio se siente en el paladar. Y por supuesto, el vino. ¡Ay, el vino! Málaga presume de dulces históricos y secos valientes. No por nada fue musa de reyes y de poetas. Como dijo Salvador Rueda:

“El vino de Málaga parece tener luz de aurora y pena de luna.”

Málaga ha sido, desde los fenicios, un puerto que da la bienvenida. Y esa apertura se saborea. En sus restaurantes se mezclan la tradición andaluza con influencias del Magreb, de Asia, de Hispanoamérica. El cosmopolitismo malagueño no es impostado: está en el ADN de nuestra gente, que conversa con cualquiera y cocina con todos.

No es casualidad que aquí florezcan cocinas creativas, con mestizajes inteligentes. Málaga no copia: interpreta. No imita: crea con un pincel de plata. Y ese espíritu, inquieto y libre, es el que convierte a la provincia en una constelación culinaria única.

En definitiva, Málaga no solo lidera el sur de España en número de estrellas Michelin. Lidera en sabor, en alma, en hospitalidad. Su gastronomía es un relato hecho de recuerdos y vanguardia, de mar y sierra, de cuchara y pinza. Es una cocina que no necesita presentación porque se presenta sola, en cada plato, con el orgullo del que sabe de dónde viene y el talento del que ya sabe adónde va. Porque Málaga no come para vivir… vive para saborear.

Así que si alguna vez te preguntas a qué sabe el sur, la respuesta está clara: sabe a Málaga.

Sergio Calle Llorens


martes, 8 de abril de 2025

¡EL SEÑOR MINISTRO!

 



En el vasto escenario de la política española, emerge una figura que bien podría haber sido extraída de una novela negra o de una película de gangsters de los años 30: nuestro actual ministro de Transportes. Con su porte desafiante y su estilo directo, parece más un personaje salido de "El Padrino" que un servidor público del siglo XXI.

Su comportamiento recuerda al de Sonny Corleone, el impulsivo hijo de Vito Corleone, siempre presto a responder con vehemencia ante cualquier desafío. No es de extrañar que media España haya señalado que el ministro "no conoce los criterios mínimos de educación" necesarios para su cargo.

Mientras tanto, en Cataluña, el Ministerio de Transportes ha mostrado una diligencia digna de elogio. Después de casi dos décadas de promesas incumplidas, finalmente se ha acordado la creación de una empresa mixta para gestionar Rodalies, que comenzará a operar el 1 de enero de 2026.

Sin embargo, en otras regiones, como Málaga, la situación es muy diferente. A pesar de que la línea C1 de Cercanías es una de las más rentables de España, el ministerio ha licitado recientemente, por 1,2 millones de euros, un estudio de viabilidad para el tren litoral entre Nerja y Algeciras, una actuación que los malagueños llevan décadas esperando.

Esta disparidad en las inversiones ha generado críticas desde diversos sectores. En estas páginas se ha denunciado la "dejadez" del Gobierno, señalando también que los malagueños están "hartos de perder horas de trabajo" debido a la falta de inversiones en infraestructuras viales.

Mientras tanto, el subdelegado del Gobierno en Málaga defiende que el estudio de viabilidad del tren litoral "no se había hecho nunca", intentando justificar la demora en las actuaciones.

En resumen, nuestro ministro de Transportes parece moverse entre las sombras, al más puro estilo de los gangsters cinematográficos, priorizando inversiones según intereses que muchos no alcanzan a comprender, y dejando a  Málaga esperando soluciones que nunca llegan. Quizás sea hora de que este personaje salga de la ficción y empiece a actuar como un verdadero servidor público. Pero eso es como esperar que un socialista cruce España sin visitar sus puticlubs. Un imposible. 

Sergio Calle Llorens


jueves, 27 de febrero de 2025

¿ESCUCHARTE?

 



Por supuesto que no te vamos a escuchar María Jesús Montero. Para qué íbamos a cometer un error semejante. Desgraciadamente ya te conocemos. Que te escuchen atentamente los borregos de Jaén a los que compraste la alcaldía de esa capital que pierde población cada año. Una provincia que tiene menos futuro que Gambia. Que te escuchen las prostitutas con las que tus compañeros de partido se gastaban el dinero de los ERE y hasta de los parados. Que te escuchen los aspirantes a mafiosos que quieren ser tan perversos como vuestra secta del capullo. Ningún malagueño de bien quiere escucharte. Ya sabemos que contigo el centralismo de la Junta era tan atroz que no permitías que las inversiones a la Ciudad del Paraíso y al resto de la provincia malagueña llegasen.  Y ni por esas pudiste pararnos. 

Pues claro que nos importa un carajo tu propuesta de quita de la deuda. Sabemos que hablas con lengua de serpiente. Ese músculo viperino que cuando lo sacas a pasear sube el pan y todos los alimentos de primera necesidad. Si es que es verte en el congreso y pensar que estás haciendo un remake de Garganta Profunda, por no hablar de la cantidad de veces que pareces imitar a la niña del exorcista en las ruedas de prensa.  A qué viene tanto movimiento de cabeza.

Para qué íbamos a escucharte cuando Málaga ya es territorio liberado de socialismo y nos está yendo de puta madre.  Pero si hasta los hospitales que dijiste que no se podían construir se están construyendo y las empresas tecnológicas no paran de elegirnos como lugar de crecimiento. Y te recuerdo que la economía malagueña crece desde hace mucho tiempo por encima de la andaluza y la nacional. ¿Cómo te íbamos a escuchar si sólo ofreces enchufismo, pobreza, infierno fiscal y tu cara de boniato?

Por todo ello, enviada del mismísimo Maligno, te decimos que te escuchen otros porque aquí, tierra mediterránea, no estamos dispuestos a volver a caer en las redes de la estupidez manifiesta que representas.  

Sergio Calle Llorens


miércoles, 29 de enero de 2025

¡EL CLUB MARROQUÍ!

 



Un club marroquí anuncia una fiesta en Torremolinos con un cartel en el que se prohíbe la entrada a los homosexuales. El hecho provoca protestas de indignación. Es una ola que recorre toda la nación para poner a todo el mundo de acuerdo. Hasta el presidente de la taifa del sur, ¿Juanma cuándo vas a llevar el metro al parque tecnológico de Málaga como prometiste?, afirma que los únicos que sobran son ellos, los moros, se entiende. Y se entiende por dos razones fundamentales. La primera porque la constitución española prohíbe la discriminación sexual de cualquier criatura. Y eso incluye, naturalmente, dejar pasar al club al sarasa del reyezuelo de Marruecos para que haga sus monerías. La segunda, porque Torremolinos es un rincón de la región malagueña donde los clubes gays estaban tolerados hasta en los tiempos de Franco. Cosas de “la primera en el peligro de la libertad”.  En otras palabras, que todos coincidimos. Empero, hay matices significativos que nos separan.  Porque los que nos podemos indignar somos los que hemos alertado durante años sobre el peligro de importar a gente que se rige por la ley de Mahoma. Ellos, que se hacen las ofendiditas ahora tras constatar lo obvio, deben pedirnos perdón por dejar que entre gentuza como los del club Fátima.

 Lean con atención; si importas a gente con mentalidad del medievo tienes a Marruecos en el horizonte y eso significa nuestro ocaso. No hay más. Pero más allá de las declaraciones de cada cual, lo que hay que hacer es comenzar con las deportaciones de personas que entraron en nuestro país de manera ilegal. Y no sólo eso, hay que empezar a diseñar una ley de extranjería que castigue a cualquier individuo que entre ilegalmente en territorio nacional. Unos treinta años en los que no podrán optar a la residencia en España. Mi casa, mis normas.  Ellos o nosotros. Democracia occidental o invierno árabe. Europa o el Magreb. Occidente o África.  Nuestro paraíso español o el mugriento reino de Mohamed VI.

Sergio Calle Llorens


miércoles, 1 de enero de 2025

¡El ANIVERSARIO!

 



 Se cumplían 50 años del Colegio Europa. Cinco décadas largas con las historias cercanas de sus fundadores. Mucho ha llovido desde que los primeros alumnos cruzamos las puertas de la antigua Hacienda. Para llegar al centro escolar tuve que caminar por la Urbanización Puertosol, el escenario de mi infancia y de mis primeros años de juventud. Caía la tarde y caminaba a paso lento tratando de asimilar los cambios. Me costaba calibrar lo que veían mis ojos.  Ni siquiera mi antigua casa parecía mi casa y no podía vislumbrar tampoco el porche de la vivienda desde el exterior. Por un momento pude imaginar a mi padre trabajando en su coqueto jardín y hasta llegué a percibir los ecos sonoros del I wish you were here de Pink Floyd. que mi hermano mayor, ya fallecido, solía poner en su viejo tocadiscos los domingos por la noche. Los recuerdos llegan hasta el lugar donde reposan sus cenizas. En la rotonda del silencio elevé una oración por su alma. La emoción me embargaba a pesar de que en los últimos años casi no teníamos relación. Cosas de la vida y de la muerte. Quedaron algunas cosas por decir para que la reconciliación fuese completa Y hablando de la parca, en el colegio me sentaron junto a la mujer que le hizo la autopsia. Una forense que miraba toda la ceremonia con los ojos de una tierna niña. Yo también formaba parte del grupo de alumnos destacados del centro por condición de escritor, pero bien sabe Dios que yo nunca he destacado en nada bueno.

 La ceremonia fue entrañable con los discursos de los viejos directivos que competían en melancolía al tiempo que acariciaban recuerdos con la palabra. Hasta el alcalde de Málaga hizo el suyo, un tanto largo, y el personal escuchaba con atención o se perdía en sus propias evocaciones. El que andaba perdido del todo era un ex estudiante, hoy profesor para castigo de los niños, cuya inteligencia sigue estando bajo mínimos.  Un tipo que tiene un monumento catedralicio por cabeza y unos ojos de sátiro sacados de una película de serie B. Y para colmo se apellida lo que nunca fue; Hermoso. En ocasiones la providencia nos regala personas en forma de chiste. Pero para no abusar de las carcajadas del personal, los organizadores no le permitieron subir al escenario a dar un discurso. Fue el único de las grandes familias del colegio que se quedó sentado en su sitio, es decir, lejos de lo importante.  Visto bajo la tenue luz de los faroles, parecía que le hubiesen desenterrado con el traje de difunto esa misma tarde con motivo del aniversario, del colegio, se entiende.  La cosa terminó cuando el susodicho personaje le dio por tirar las copas de una mesa con su inmensa testa. Para entonces yo ya había cambiado la morriña por el buen humor.  Sin embargo, caminar por el Paseo de Manuel Cabacinos me trajo a la memoria la imagen de Pepe, el portero, caminando en busca de la sirena que marcaba la entrada y salida a clase. El pobre anciano iba tan lento que al entrar en el aula, los alumnos, que éramos unos cabritos de cojones, hacíamos el sonido de un bólido a toda velocidad. También lo recuerdo mirando el trasero imponente de una trabajadora rubia mientras fumaba. Parecía decir; si yo te hubiera conocido con cuarenta castañas menos. 

En esas horas, ya ven, tuve tiempo de recordar. También hubo espacio para saludar a auténticos gigantes de la enseñanza como el profesor de filosofía de bachillerato o al de educación física. Este último fue el responsable de que yo fuera a la universidad. Imposible olvidar el día que, siendo mi tutor, me tomó de la pechera para cantarme las verdades del barquero. No volví a descuidar los libros. Sin duda, Antonio Ortigosa fue el mejor tutor que he tenido en la vida. Un faro en la noche al que acudir cuando me perdía en la oscuridad del mar azaroso de la vida. Curiosamente, y a pesar del tiempo transcurrido, Gloria, la secretaria, siguió mostrando esos inmensos ojos azules que se asemejan a ese turquesa del mar que tanto amo. Una mujer que, pese a todos los achaques de salud, sigue luchando contra todos los males.

En definitiva, una noche mágica que se adentró en la madrugada arañando el corazón de un ser tan apegado a los recuerdos.

¡Por cincuenta años más!

Sergio Calle Llorens


lunes, 23 de diciembre de 2024

¡EL CARRIL DE LA CHUPA!

 



No. Aldama no ha corrompido a nadie. Simplemente ha tratado con una organización corrupta hasta las trancas llamada PSOE. Nada nuevo bajo el sol. En todo caso, la situación empeoró estando España confinada y con María Gámez al frente de la Guardia Civil. Carta blanca en medio de una muerte negra que cabalgaba suelta por el mundo.  Recordemos que su marido no entró en prisión por un error judicial cuando se le investigaba por blanqueo de capitales, malversación y prevaricación. Esos tiempos en los que la pareja en cuestión compraba propiedades en diferentes localidades. En tierras malagueñas, y para que no se enterara nadie, la dimitida por corrupción adquirió un ático de lujo situado en el Carril de la Chupa por 800.000 euros de nada, a escasos metros de la Playa de San Andrés. Una propiedad que puso a nombre de su hijo y qué cada cual saque sus propias conclusiones.  Pero la tarta siempre ha tenido los mismos ingredientes; enchufismo, comisionistas, maniobras orquestales en la oscuridad, personas que no saben hacer la o con un canuto y el derroche del dinero público.

Aldama es otro que se une a la lista interminable de empresarios de la secta del capullo. Un tipo que hizo fortuna al albor de sus corruptelas. Pero el modus operandi nació en el sur, en la tierra de la Garduña. En parte, la culpa fue nuestra porque teníamos que haber metido en la cárcel a Gámez, a Griñan, a Martínez y a toda esta pléyade de personas que tanto daño han hecho a la reputación andaluza. Aldama tuvo buenos maestros y aprovechó que los ciudadanos normales estábamos encerrados por el Covid. Sencillamente no tuvo oposición y de aquellas lluvias vienen estos lodos.

 Por todo lo expuesto, espero que el ayuntamiento coloque un monumento en el Carril de la Chupa alertando del peligro de esta forma de hacer política. ¿Qué les parece la estatua de Al Capone señalando el punto exacto donde habita el Maligno?

Sergio Calle Llorens

jueves, 28 de noviembre de 2024

¡PARAÍSO CULINARIO!

 



Cuando uno prueba la mermelada que se hace con frutas subtropicales de la Axarquía se da cuenta de que Málaga juega en una liga superior. Les hablo de un manjar de los Dioses que presenta tres elementos fundamentales; la papaya, el mango y la pitaya. Una delicia que comercializa La Molienda. La confitura perfecta para degustar en cualquier rincón de la región malagueña. Este producto nos revela por qué Málaga tiene más estrellas Michelín que toda Andalucía occidental junta. Esta exquisitez nos demuestra una vez las causas por las que superamos a Andalucía oriental. Y fíjense que ni siquiera el hecho de que un afamado cocinero de estas tierras haya dejado de presentar sus restaurantes a estos concursos ha sido suficiente para que se acerquen a la calidad de nuestro paraíso culinario.

La exquisitez de los productos es importante, pero mucho más relevante es el cosmopolitismo que se manifiesta en una cocina sabia. Es el conocimiento gastronómico el que nos da alas para seguir creciendo a través de la innovación sin olvidar nuestra esencia mediterránea.  El restaurante Blossom de Emi Schobert es la nueva estrella que viene a engalanar el cielo malagueño con gotas de plata. Un local pequeño y acogedor en el que trato al cliente está a la altura de su magnífica cocina.  Esa empanada criolla desafía la lógica. Ese rabo de toro es diferente a todo lo que había probado hasta ahora. Ese aguacate asado tan delicioso como un atardecer Mediterráneo.  Entiendo que para personas poca dadas a los dispendios en restaurantes, la relación calidad- cantidad no está justificada en Blossom, pero dejemos pasar a los impedidos de juicio con su triste escepticismo mientras pedimos otra botella de vino.  Después de todo, Málaga se ha convertido en un ejemplo de éxito cuyo talento se desparrama en cada esquina. Una vez más se evidencia que el Altísimo siempre bendice a los valientes.

Sergio Calle Llorens


miércoles, 20 de noviembre de 2024

¡AHORA LLUEVE EN MI CORAZÓN!


 

Dice una amiga que yo he vivido, luchado y corrido más peligros en los últimos cuarenta años que la mayoría de mis iguales en una docena de vidas. Después de todo, afirma, yo he sido escritor maldito de libros proscritos. Poeta satírico y burlesco. Espadachín de lances oscuros en Castilla la Nueva. Azote de los corruptos de la secta del capullo. Cronista de lo imposible. Testigo de la caída del muro de Berlín. Aventurero que huía en Rumanía tras la ejecución sumarísima de los Ceausescu o cómo coño se escriba el apellido de esos dos hijos de la grandísima puta.  Amante de lenguas muertas y de mujeres vivas. Presidente de la Orden maldita de los Caballeros de Alborán. Aprendiz de todo y experto de nada en Escandinavia. Soñador en Italia. Bardo en Irlanda.  Pirata en el Mediterráneo. Naufrago en las ciudades sin mar. Enemigo del Estado del malestar. Emprendedor que hizo propio la máxima de ir de fracaso en fracaso sin perder el entusiasmo. Detective que seguía el rastro de Jack el Destripador por las calles de Whitechapel. Caballero español con mujeres de ojos rasgados que me acompañaron desde el oriente hasta mi ocaso. Políglota al que le fue esquivo el lenguaje del amor. Guardián del Cementerio a la hora del crepúsculo. El mío. Centinela del legado de Buddy Holly y del Rock and Roll más canónico. Rebelde con causa y sin ella.

Le contesto afirmativamente con una ligera sonrisa mientras mi mirada se pierde en un mar dominado por el viento de poniente. Estoy agotado. Tengo el cuerpo destrozado y el corazón hecho añicos, pero no digo nada. Simplemente echo la vista atrás sin echarme en los brazos de esa dama llamada melancolía. Un rato después, que a mí me parecen segundos fugaces, me pregunta a qué época de mi vida me gustaría volver. Le respondo qué a ninguna, aunque es una mentira tan grande como la cabeza alienígena del periodista de cuyo nombre no quiero acordarme. En verdad, si hubiera una maquina del tiempo volvería una y otra vez a la dulzura de 1986 para pasear por las calles de Pedregalejo y disfrutar por última vez de sus garitos con sus fiestas, sus tribus urbanas y sus locuras. Sólo sería una noche.  Poco para una década, pero todo para un servidor que conoció las mieles de amor a dos cañas del mar. Imposible olvidar. Imposible olvidarla.

Sergio Calle Llorens


domingo, 20 de octubre de 2024

¡MI PARAÍSO!

 



Una luz suave y difusa se filtra dulcemente entre las nubes para iluminar un Mediterráneo en calma. La mar y sus misterios. La postal marina es de una belleza incalculable. Hay silencio en las arterías que bombean la sangre que nutre el corazón de Rincón de la Victoria. En la bahía señorea el inmenso crucero Brilliant lady que pertenece a la naviera Virgin Voyages. Los nombres de estos barcos siempre me hacen sonreír por alguna razón que no logro entender. Tampoco entiendo que mis pasos me lleven siempre al antiguo barrio de pescadores cuya solería está repleta de mosaicos de temática marina. Recuerdos para no olvidar la eterna lucha entre los rudos hombres de mar y su forma de ganarse el sustento. La noche y el día. El mar en calma o bajo la tormenta.  En cualquier caso, las casitas blancas parecen contemplar orgullosas la rehabilitación de sus calles. Todo resulta de una coquetería galante. Por un momento valoro la posibilidad de convertir este lugar en escenario de mi próxima novela. Un trabajo para recordar que el duelo en la novela criminal no es entre la policía y el asesino sino entre el autor y el lector. Recordemos, como decía Sherlock Holmes, que nada resulta más engañoso que un hecho evidente. Aquí, además de la apolínea línea curvada de estas playas, lo único evidente es el empeño que le ponen las chicas del club de remo de la localidad. Mujeres que calientan sus extremidades antes de lanzarse a la mar.

Caminando por la orilla veo a una pareja que reza a la Virgen del Carmen colocada en su cristalina hornacina. La Señora del Mar luce linda en la oquedad de la piedra. Pronto mis elásticas piernas me llevan a Alma Playa en playa de Torre de Benagalbón. Un merendero cuyos desayunos, ellos los llaman Combis, son un homenaje a los sentidos culinarios más avanzados. En este lugar el olor a salitre se mezcla con el de una cocina bien cuidada y selecta. El mollete antequerano con aguacate de la tierra, queso fresco y tomate triturado surten el efecto deseado.  Ya puedo seguir mi paseo al tiempo que la luz de la mañana juega con las nubecitas provocando una explosión de claros en unas aguas que cambian de tonalidad cromática. Precisamente en esta playa aprendí que la belleza no se mide por los adjetivos elogiosos de los poetas sino por los silencios que provoca.

Poco a poco el paseo ecológico de los Rubios me lleva al imponente puente de madera que conduce a Chilches costa tras dejar atrás el lugar donde guardan los barcos que salen a navegar a diario.  Una vez cruzado siento un inmenso deseo de acercarme a Benajarafe. Allí sigue dominando la Torre Vigía que, para mi sorpresa, hoy está rodeada de un grupo de senderistas. Supongo que hoy han querido conocer los secretos de la Senda Litoral a su paso por el municipio. Esta localidad tiene una extraña vitalidad de día, pero cuando se alargan las sombras y llega la noche, los lugareños se esconden tras los muros de sus viviendas. Incluso en un cementerio de madrugada se escuchan más voces. Por eso, me obligo a prometer que volveré a Benajarafe tras la puesta de sol y escuchar el arrullo del mar en completo silencio y con la única compañía de respiración profunda.

Al deshacer mis pasos, el sol castiga en lo más alto convirtiendo mi caminata en un recital de resistencia. Un paseo de cuatro horas y veinte minutos que yo he completado en tres horas y media que concluyen en un baño mecido por unas olas juguetonas que mueren en la orilla de este paraíso inigualable.

Sergio Calle Llorens


lunes, 23 de septiembre de 2024

¡LÍNEAS DE TORTURA!

 



Todos los astros parecen haberse alineado para que las líneas metropolitanas de Rincón de la Victoria sean las peores de España. No sólo es la pequeñez de los autobuses y su poca capacidad para albergar pasajeros sino la mala educación de sus conductores.  A veces, muchas veces, uno piensa que la empresa concesionaria responsable del servicio hace el casting de la contratación en la Escuela Nacional de antipáticos. El problema es que los lugareños y turistas anhelamos, con la misma ilusión que un jabalí busca trufas en el suelo del bosque, que la puñetera máquina aparezca a tiempo de llevarnos al trabajo. Nunca ocurre. Nunca ha ocurrido. Nunca ocurrirá. Es casi como esperar que Carmelo Encina gane el Premio Pulitzer de periodismo. Una entelequia.

Un servidor no sabe ya que algoritmo usar para conocer, y con cierta exactitud razonable, la hora de llegada de estos autobuses infernales en los que viajamos apilados cuan cerdos que llevan al matadero. Indefectiblemente los pasajeros asistimos a un curso acelerado de crueldad humana a manos de los conductores de las líneas 160 y 163. Gente a la que no le importa dejar en la parada a ancianos cuya agilidad es tan precaria que son incapaces de levantar a tiempo el brazo para detener el vehículo. Mi maligna favorita es una mujer con modales de verdulera que jamás saluda, total para qué, pero que levanta sus pestañas y deja ver unos ojazos que se han de comer los gusanos, pero mientras tanto hace las delicias de los aficionados del cine de terror.

Los viajes en este singular medio de transporte se hacen tan largos como una legislatura de Pedro Sánchez. De hecho, yo quedo tan exhausto que, tras volver a casa, me tumbo en el sofá, cuan angelito se acomoda en las nubes blancas del cielo.  Allí echado reflexiono sobre las líneas metropolitanas cuyo traqueteo insufrible me recuerda a los saltitos que daban los hermanos Wright en aquellas pistas polvorientas de Kitty Hawk. Entonces y sólo entonces hallo la solución al problema de viajar en estas líneas; usar el transporte privado y que le den por saco al mundo sostenible, ecológico, hipócrita y resiliente que han creado para nosotros, los sufridores del transporte público en la Axarquía, esta pandilla de cabrones.

Sergio Calle Llorens