Mostrando entradas con la etiqueta Misterios Literarios. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Misterios Literarios. Mostrar todas las entradas

viernes, 31 de julio de 2026

¡HÉROES CANSADOS!


 

Un héroe es aquel que, aunque sabe que todo está perdido de antemano, decide seguir en la pelea. Esa es la diferencia entre el valiente y el imbécil. El imbécil pelea porque cree que puede ganar. El héroe pelea porque sabe que hay derrotas que dignifican más que ciertas victorias. Por eso el verdadero héroe de La Ilíada nunca fue Aquiles. Aquiles era un semidiós, un privilegiado, un hombre al que los dioses habían concedido casi todo salvo un talón. El héroe era Héctor. Sabía que Troya estaba condenada. Sabía que Aquiles acabaría atravesándole el cuello con la lanza. Sabía que su mujer quedaría viuda, que su hijo crecería sin padre y que las murallas caerían. Y aun así salió por las puertas Esceas. No porque creyera en el milagro, sino porque hay hombres que no saben vivir de rodillas.

En España esos hombres tienen otro nombre. Se llaman autónomos.

Somos los Héctor de este país. Los tipos que todas las mañanas salen a pelear contra un enemigo infinitamente más fuerte sabiendo que, tarde o temprano, acabará pasándoles factura. Nunca mejor dicho. Nos levantamos antes que nadie, cerramos después que todos, trabajamos cuando los demás descansan y financiamos un Estado que solo parece acordarse de nosotros cuando llega el momento de cobrarnos. Hacienda tiene algo de vampiro burocrático. Nunca pregunta cómo estás. Nunca llama para decirte que resistas. Solo aparece cuando huele la sangre. Y de sangre sabemos bastante quienes llevamos años dejando jirones de vida entre declaraciones trimestrales, cuotas, impuestos, inspecciones y normas que cambian con la misma facilidad con la que un político cambia de discurso.

Lo extraordinario es que ni siquiera protestamos demasiado. Quizá porque hace tiempo comprendimos que nadie va a venir a rescatarnos. Si el negocio se hunde, el Estado no despliega helicópteros. Si la persiana baja por última vez, no hay una red esperando debajo. Da igual que lleves veinte, treinta o cuarenta años pagando religiosamente. Da igual cuántos ceros hayas aportado a las arcas públicas. Descubrirás que no tienes derecho al mismo colchón que otros trabajadores tienen cuando todo se acaba. Es una sensación difícil de explicar: pasar media vida sosteniendo un sistema que, cuando tú caes, te responde con un formulario.

Y mientras tanto observamos decisiones políticas que producen una mezcla de desconcierto y amargura. Vemos recursos públicos destinados a la acogida de inmigrantes recién llegados —alojamiento, asistencia jurídica, atención social o programas de integración— mientras muchos pequeños empresarios sienten que para ellos nunca hay un plan de rescate. No es una cuestión de señalar al que llega buscando una vida mejor. Es una cuestión de preguntarse por qué quien lleva décadas levantando este país tiene la sensación de ser siempre el último de la fila. De contemplar cómo el Estado despliega una eficacia admirable para unas cosas mientras para otras solo ofrece silencio administrativo.

Nos hemos convertido en una especie de muertos vivientes. Extraños cadáveres que siguen andando. Gente que sonríe al cliente después de pasarse la noche haciendo cuentas para decidir qué factura puede retrasar unos días más. Gente que aprende a convivir con la ansiedad igual que otros conviven con el reuma. Tipos que no tienen comité de empresa, ni pancartas, ni manifestaciones multitudinarias, ni subvenciones salvadoras. Solo tienen una llave que abre una persiana y una absurda costumbre de seguir creyendo que mañana será mejor.

Quizá por eso siempre me ha parecido que el himno no oficial del autónomo no lo escribió ningún economista. Lo escribió Bruce Springsteen cuando cantaba No Retreat, No Surrender. Sin retirada. Sin rendición. Porque eso es exactamente lo que hacemos. Seguimos avanzando aunque el amplificador ya esté echando humo y la guitarra lleve tiempo desafinada. Seguimos tocando mientras el barco hace agua por todas partes. Como si los últimos acordes fueran más importantes que el propio naufragio.

Y hay algo profundamente cervantino en todo esto. Don Quijote nunca confundió los molinos con gigantes. Lo que confundía era la comodidad con la dignidad. Sabía que el mundo iba a reírse de él, pero prefería el ridículo de luchar al prestigio de quedarse quieto. Nosotros también cabalgamos contra molinos. Solo que los nuestros tienen forma de boletines oficiales, modelos tributarios y ministerios convencidos de que el dinero nace en las cuentas corrientes de quienes todavía tienen el valor de emprender.

Lo terrible no es trabajar mucho. Lo terrible es descubrir que quienes gobiernan parecen considerar el esfuerzo una fuente inagotable de recaudación y nunca una virtud que merezca protección. Porque un país que castiga sistemáticamente al que arriesga termina convirtiendo el emprendimiento en una enfermedad y la dependencia en una forma de vida. Y cuando eso ocurre ya no hace falta que la economía se hunda. Basta con mirar a los ojos de un autónomo para comprender que algo esencial se ha roto.

Después vendrán los discursos solemnes hablando del tejido productivo, de los emprendedores, del motor económico y de la España que madruga. Palabras. Siempre palabras. Pero cuando se apagan los focos y llegan las liquidaciones, volvemos a ser los de siempre: los Héctor de una Troya que nadie parece dispuesto a defender. Y quizá algún día, cuando no quede nadie dispuesto a abrir una persiana, contratar un empleado o jugarse sus ahorros por levantar un negocio, el Gobierno descubra que no se puede gobernar eternamente contra quienes sostienen el país. Para entonces será tarde. Porque las ciudades no caen cuando llegan los enemigos. Caen cuando consiguen que sus héroes se cansen de luchar.

Sergio Calle Llorens

lunes, 27 de julio de 2026

¡EL CLUB DEL CRIMEN!


 

Una luz dulcísima se filtra entre las nubes a la hora en que me sumerjo en el mar. Solo el estridente canto de las gaviotas rompe la paz del amanecer. Ni siquiera las playas parecen despiertas, pero mis amigas, las Intrépidas, ya han plantado sus toallas y sus bártulos sobre la arena. Entre todas acumulan varios siglos de vida.

Me conocen porque una de ellas, Marta, es una entusiasta de mis novelas y ha introducido mis libros en el Club del Crimen. Todas leen para descubrir al asesino antes que el detective. Agatha Christie, por supuesto, reina sobre sus estanterías. Ella es la soberana del misterio; ellas, sus más fieles devotas. Y, si excluimos a los hombres morenos de culo prieto, no existe nada que entusiasme más a las integrantes de este peculiar club.

Cuando salgo del agua, Carmen me lanza la misma pregunta de cada mañana.

—¿Está buena el agua?

Asiento con la cabeza.

Carmen tiene la costumbre de rematar cualquier sorpresa con un sonoro «¡hala!». Y esta mañana, al comprobar que su amiga Lucía vuelve a enseñar las domingas en pleno martes, no puede evitar la exclamación.

Lucía debió de ser un auténtico pibón en su juventud. Conserva una mirada pícara que jamás se pierde en el horizonte. Antonia, en cambio, es la prudencia hecha mujer. Prefiere la seguridad de la arena y se queda vigilando las pertenencias mientras las demás juegan a ser sirenas en el Mediterráneo.

Yo ya me he tumbado sobre la toalla e intento contener la sonrisa cuando las oigo lanzar esos grititos inevitables al primer contacto con el agua.

Pero no se equivoquen: estas mujeres no tienen un pelo de inocentes.

Hay un detalle en su biografía que resulta, cuanto menos, inquietante: todas enviudaron antes de que sus maridos cumplieran los sesenta años. Lo sé porque ellas mismas me lo contaron. Según dicen, fueron cayendo uno detrás de otro en años sucesivos.

En fin, una vez es casualidad; dos, coincidencia; tres… ya empieza a parecer obra del enemigo.

Quién sabe. Tal vez tantas novelas policiacas hayan terminado por perfeccionar su dominio del arsénico.

—¿Les hicieron la autopsia a sus difuntos maridos?

Estallan en carcajadas antes de lanzarme una advertencia.

—En el mar es muy fácil morirse.

Decido no seguir haciendo preguntas.

Mis ojos se distraen entonces contemplando a dos espléndidas morenas que caminan por la orilla de una playa ancha, de arena blanca, una de esas playas que, por fortuna, nunca se llena de presencias demasiado aberrantes para mi gusto.

Al poco, mis amigas salen del agua con esa expresión de felicidad que solo concede un baño temprano. Ni siquiera empapadas consiguen parecerme inocentes.

—Sergio, ¿cuándo nos vas a dedicar unas líneas en uno de tus artículos?

Les regalo mi mejor sonrisa antes de responder.

—Cuando vosotras me confeséis cómo van esos clítoris. ¿Chupetón arriba o chupetón abajo? Porque por ahí se comenta que habéis tenido una vida... bastante intensa.

—¡Hala! —vuelve a exclamar Carmen.

—Mira, Sergio, nuestras aventuras sexuales ya forman parte del pasado —dice Lucía.

—Bueno... las tuyas no tanto —replica Carmen sin concederle un segundo de tregua.

El Club del Crimen estalló de nuevo en carcajadas. Las gaviotas levantaron el vuelo, el mar siguió respirando con la misma calma y el sol terminó de imponerse sobre el horizonte.

Las vi marcharse despacio, dejando sobre la arena un rastro de risas y salitre. Pensé que la juventud presume de músculos, pero la vejez presume de historias. Y las de estas mujeres darían para varias novelas... siempre que nadie se empeñe en investigar demasiado.

Yo me limitaré a seguir saludándolas cada mañana.

Y, si un día dejo de escribir, ya saben dónde empezar la investigación.

Sergio Calle Llorens


miércoles, 22 de abril de 2026

¡PLA, SUS MUJERES Y YO!

 


En mi biblioteca hay libros que se leen y libros que se viven. Y luego está el El cuaderno gris, que directamente se infiltra en la manera en que uno observa el mundo. Yo soy planiano hasta la médula, y no lo digo como una etiqueta literaria, sino como una forma de estar en la realidad: desconfiando de lo grandilocuente, atendiendo a lo pequeño, encontrando en una conversación trivial o en un plato bien descrito una verdad más sólida que en muchos discursos solemnes. Leer a Josep Pla es asistir a un fenómeno extraño: el autor no construye personajes porque él mismo se convierte en el personaje central de toda su obra. Su mirada lo invade todo. Su ironía, seca como una sentencia notarial, desmonta la realidad sin levantar la voz. Y, sin embargo, bajo esa aparente claridad, siempre hay una penumbra.

Pla escribió como quien toma notas del mundo, pero en realidad estaba levantando un sistema de interpretación. En El cuaderno gris no hay argumento en el sentido clásico, sino una sucesión de observaciones que, poco a poco, acaban formando una cosmovisión. El joven que escribe ese diario ya contiene al escritor total: el escéptico, el observador incansable, el hombre que parece no implicarse pero que en realidad está profundamente atravesado por lo que ve. Y ahí empieza el misterio. Porque Pla parece transparente, pero no lo es. Dice mucho, pero también decide con precisión quirúrgica qué no decir.

Ese silencio se vuelve especialmente elocuente cuando uno entra en el territorio de sus relaciones con las mujeres. Pla las vivió intensamente, pero las escribió con una discreción casi obsesiva. Esperanza Suquet, el amor de juventud, apenas deja rastro. Mercedes, en Barcelona, queda confinada a las cartas privadas. Rosetta Lagomarsino irrumpe con fuerza en su vida, incluso llega a Palafrugell, pero es expulsada, como si la realidad misma no pudiera tolerar ese desorden sentimental. Luego aparecen figuras más complejas, como Aly Herscovitz, en el Berlín derrotado y febril de los años veinte, o Adi Enberg, quizá la relación más enigmática de todas: años de convivencia, posible matrimonio, una hija nunca reconocida… y, sin embargo, un silencio casi total en su obra. Pla convierte su vida en literatura, sí, pero no toda su vida entra en ese filtro.

Con Aurora, la historia cambia de tono. Aquí ya no estamos ante la discreción, sino ante una intensidad casi obsesiva. Pla descubre con ella un territorio erótico que lo desborda, y aunque la relación se interrumpe, continúa durante décadas a través de cartas cargadas de deseo. Es un Pla distinto: menos irónico, más vulnerable, más expuesto. Y luego está Consuelo Robles, la joven gitana, a quien integra en su vida cotidiana de una manera difícil de clasificar, entre lo afectivo, lo práctico y lo profundamente ambiguo. Todo esto dibuja a un hombre que observa con distancia, pero vive con contradicción.

Y es precisamente en esas contradicciones donde el personaje se vuelve verdaderamente interesante para un expediente como el que estás construyendo. Porque Pla no es solo el gran prosista del siglo XX en lengua catalana, no es solo el cronista minucioso de una época. Es también un hombre situado en un contexto político y moral complejo. Su relación con el franquismo no puede obviarse. Tras la Guerra Civil, Pla se adapta al nuevo régimen, escribe, publica, sobrevive. Colabora, en cierta medida, con el sistema, aunque siempre desde esa posición suya tan característica: lateral, pragmática, nunca del todo explícita. No es un ideólogo del régimen, pero tampoco un opositor. Es, si se quiere, un superviviente lúcido que decide seguir escribiendo en las condiciones que le tocan.

La famosa anécdota de la gabardina resume bien ese espíritu. Pla, con su ironía habitual, viene a decir que uno se pone la gabardina que conviene según el tiempo que hace. No es una declaración heroica, ni pretende serlo. Es, más bien, una forma de cinismo práctico, de adaptación a la intemperie histórica. Y esto incomoda, claro. Sobre todo cuando se contrasta con su ambición de ser el gran cronista de su siglo. Porque hay silencios que pesan. Y uno de los más evidentes es su ausencia de reflexión sobre el Holocausto. En un escritor tan atento a la realidad, tan obsesionado con describir su tiempo, ese vacío resulta inquietante. No es un descuido menor, es una omisión significativa que obliga a replantearse su figura.

Decir esto no disminuye a Pla; lo humaniza. Lo saca del pedestal y lo devuelve a ese terreno que a él mismo le habría gustado: el de la imperfección concreta. Un escritor enorme, sí, pero también un hombre con zonas oscuras, con decisiones discutibles, con silencios que interpelan. Y quizá ahí reside una de las claves más fascinantes de su obra. Pla no ofrece respuestas morales claras. No se presenta como ejemplo. Escribe, observa, anota. Y deja que el lector saque sus propias conclusiones.

Desde dentro, incluso apoyando a la Fundación que lleva su nombre, es comprensible que estos aspectos se traten con cautela. Pero un escritor cuando es grande de verdad, no se sostiene solo sobre la admiración, sino también sobre la incomodidad.

Y Pla, en ese sentido, sigue siendo profundamente incómodo. Por su lucidez, por su ironía, por su capacidad de describir el mundo… y también por todo aquello que decidió no contar.

Sergio Calle Llorens

miércoles, 18 de marzo de 2026

¡LARRA: LA LUCIDEZ QUE MADRID NO QUISO VER!

 


Madrid amanece con ese color de periódico viejo que tienen las ciudades cansadas. Los barrenderos empujan la noche hacia las alcantarillas, los primeros autobuses resoplan como viejos caballos de hierro y en las terrazas algún madrugador moja el churro en el café mientras hojea titulares que ya nacen arrugados. Madrid siempre ha sido así: una ciudad que despierta deprisa y piensa tarde. Si uno camina lo suficiente por sus calles, todavía puede imaginar a un hombre flaco, nervioso, con levita negra y una ironía afilada como una navaja. Se llamaba Mariano José de Larra, aunque firmaba muchas veces como Fígaro, que era una forma elegante de esconderse mientras decía verdades que nadie quería escuchar.

Larra miraba a la capital del reino como quien observa un teatro lleno de actores mediocres. En sus artículos retrató a los funcionarios perezosos, a los políticos huecos, a los burócratas que convertían cualquier trámite en una novela interminable. El país que describía era un país que parecía avanzar con los pies atados. Su famosa sátira sobre el “vuelva usted mañana” no era sólo una broma: era el diagnóstico de una enfermedad nacional que todavía hoy da síntomas cada mañana en alguna ventanilla administrativa.

Lo extraordinario es que Larra tenía apenas veintitantos años cuando escribía con esa lucidez feroz. Era joven, elegante, brillante y profundamente incómodo para su tiempo. Amaba a España con la misma intensidad con la que la detestaba, como quien quiere a un familiar que no deja de cometer disparates. Su pluma era una mezcla peligrosa de inteligencia, desesperación y sarcasmo, tres ingredientes que en política suelen ser dinamita.

Pero Larra no sólo escribió sobre la sociedad: también escribió, sin saberlo, sobre el corazón humano. Su vida sentimental fue un campo de batalla romántico, como correspondía a un escritor del siglo XIX. Su relación con Dolores Armijo terminó convirtiéndose en una tragedia privada que acabaría mezclándose con su desesperanza pública. Un día de febrero de 1837, después de una ruptura que terminó de quebrarlo, Larra se encerró en su casa de la calle Santa Clara y se pegó un tiro. Tenía apenas veintisiete años. España perdía así a uno de los pocos hombres que la entendían demasiado bien.

Desde entonces han pasado casi dos siglos y Madrid sigue despertando con el mismo aire entre cansado y burlón. Cambian los trajes, cambian los gobiernos, cambian las palabras, pero hay algo en el fondo del país que parece resistirse a cambiar del todo. Quizá por eso leer a Larra produce una sensación extraña: uno tiene la impresión de estar leyendo el periódico de esta misma mañana.

Y tal vez por eso conviene recordarlo.

Porque España cambia de siglo.

Pero nunca deja de parecerse a sí misma.

Sergio Calle Llorens

miércoles, 30 de julio de 2025

¡EL SILENCIO DESPUÉS DEL DISPARO!

 



Hay libros que nacen en la imaginación y otros que son arrancados de la realidad como una confesión bajo presión. A Sangre Fría (In Cold Blood, 1966), la célebre "non-fiction novel" de Truman Capote, pertenece al segundo linaje: es una criatura literaria gestada en el corazón de un crimen real, una obra monumental que se asoma al abismo del alma humana sin pestañear.

Capote no escribió una novela en el sentido tradicional, ni tampoco una simple crónica policial. Lo que inventó con A Sangre Fría fue una forma híbrida, una "novela sin ficción", donde los recursos narrativos del arte literario—la estructura, el ritmo, el simbolismo, el contrapunto psicológico—se aplican a un hecho verídico con rigor periodístico. En esto fue pionero, y el resultado no sólo redefinió su carrera, sino también los límites de la literatura contemporánea.

La historia es conocida: en la madrugada del 15 de noviembre de 1959, cuatro miembros de la familia Clutter fueron asesinados en su granja de Holcomb, Kansas, por dos exconvictos, Perry Smith y Richard "Dick" Hickock. El crimen fue brutal, gratuito y aparentemente inexplicable. Capote se enteró del caso a través de una pequeña nota en The New York Times y viajó a Kansas con su amiga de la infancia, Harper Lee, para investigar lo sucedido.

Pero lo que comenzó como una investigación periodística se transformó en una obsesión íntima y peligrosa. Capote no sólo entrevistó a vecinos, policías, fiscales y periodistas; estableció una relación prolongada y ambigua con los propios asesinos, especialmente con Perry Smith, un hombre sensible, atormentado y contradictorio. La conexión entre ambos fue compleja, emocionalmente cargada, rayana en lo romántico según algunos estudiosos.

Capote les pagó abogados a los acusados, asistió a cada audiencia, los visitó regularmente en prisión y estuvo presente en el día de su ejecución, el 14 de abril de 1965. Hay quien dice que postergó durante años la publicación del libro porque no podía escribir el final mientras los asesinos siguieran vivos. A Sangre Fría fue, en muchos sentidos, un libro que exigió una vida a cambio.

El dilema ético de Capote ha sido tema de debate durante décadas: ¿fue un explotador emocional? ¿Un artista vampírico que necesitaba la muerte para concluir su obra? ¿O un escritor radicalmente honesto que se atrevió a mirar de frente el horror sin endulzarlo? Quizá fue todo eso a la vez.

El estilo de Capote en A Sangre Fría es seco, meticuloso, lírico sin ser ornamental. No hay juicio explícito, no hay sentimentalismo. El horror no necesita adornos. La alternancia de perspectivas—la de los Clutter, la de los asesinos, la del pueblo, la de la ley—construye una especie de coral trágico donde todos son víctimas de una violencia que va más allá de la voluntad individual.

La figura de Perry Smith emerge como un centro oscuro de gravedad: es el personaje más elaborado, más contradictorio, más humano. Capote parece escribirlo no sólo como lo vio, sino como quiso verlo. Su dolor, su resentimiento, su vulnerabilidad se presentan con una empatía que contrasta con la frialdad de los hechos.

La gran paradoja de la novela es que, al despojarse de toda ficción, adquiere una fuerza narrativa superior. Nada es más increíble que la verdad contada con precisión artística.

Pese a su fama como enfant terrible de las letras estadounidenses, A Sangre Fría fue la única novela larga de Capote. Su obra anterior había sido breve y brillante (Other Voices, Other Rooms; Breakfast at Tiffany’s), pero este libro monumental marcó su cima y su declive. Después de In Cold Blood, Capote nunca volvió a escribir con la misma intensidad. Algunos dicen que la novela lo destruyó. Que su cercanía con la muerte, el tiempo pasado en Kansas, las noches sin sueño con los asesinos, lo dejaron vacío, incapaz de volver a crear. Como si él también hubiese recibido un disparo, invisible pero letal.

Tener una primera edición en inglés de In Cold Blood es poseer un fragmento de historia literaria. Si el ejemplar está en buenas condiciones y conserva su sobrecubierta original (con la fotografía de Capote en la contraportada), su valor puede oscilar entre $1,000 y $5,000 USD, dependiendo del estado, la encuadernación, y si está firmado. Una copia firmada por Capote puede superar los $10,000 USD, especialmente si tiene una dedicatoria personalizada.

Te recomiendo que un tasador especializado en libros raros examine tu ejemplar. La editorial original fue Random House, y la fecha de publicación fue enero de 1966. Yo tengo uno.

Sergio Calle Llorens


miércoles, 4 de junio de 2025

¡CHANDLER BAJO LA LLUVIA!

 



Acabo de terminar Dept. Q en Netflix. La dejé anoche en pausa a las dos de la madrugada, con los ojos secos de tanto mirar y el pecho ligeramente comprimido, como si los casos sin resolver me hubieran llamado por mi nombre. Desde el primer episodio, la serie me atrapó con algo más que su impecable fotografía, su ritmo medido o su aire sombrío: lo que me atrapó fue la palabra hablada. Los diálogos. Esa tensión eléctrica en cada intercambio, donde los personajes parecen decir mucho más de lo que verbalizan. Fue entonces cuando me vino el eco de un viejo conocido: Raymond ChandlerNo porque la serie se le parezca en superficie —el mundo de Chandler era soleado y cínico, el de Dept. Q es lluvioso y grave— sino porque ambos comparten una virtud escasa y poderosa: el lenguaje afilado que acaricia verdades rotas.

En Chandler, los diálogos no son ornamento ni información. Son la forma en que el alma se defiende del mundo. Su Philip Marlowe lanzaba frases como puñales envueltos en seda. En Dept. Q, Carl Mørck hace lo mismo, aunque más desde el abismo que desde la ironía.

—"¿Sabes qué harás si lo encuentras?"
—"Preguntarme por qué no lo hice antes."

Hay en eso la misma resignación filosófica que Chandler cultivaba. La frase breve. El golpe suave al hígado. La idea de que hablar es una forma de no derrumbarse.

En ambas narrativas, el detective no es un héroe. Es un testigo que camina entre ruinas. Mørck, como Marlowe, no confía ni en los sistemas ni en las instituciones. Pero no se detiene. No puede. Porque hay algo en el fondo de su pecho —no esperanza, no redención— sino simplemente la certeza de que alguien tiene que hacer el trabajo sucio por los que ya no pueden hablarY eso, en literatura, es poesía amarga.

Quizá lo que más me conmovió de Dept. Q es que nunca grita. Nunca dramatiza. Sus verdades son susurradas entre líneas. Como Chandler. Ninguna frase se repite. Ninguna explicación es forzada. Todo fluye con ese arte difícil de lograr: decir sin explicar, mostrar sin exhibir, revelar sin desvelarY ahí radica la grandeza.

No, Dept. Q no imita a Chandler. Lo que hace es heredar su espíritu. Lo que un saxofón solitario es al jazz, Dept. Q lo es al thriller moderno: una voz rota que se alza en la noche y encuentra, entre la niebla, el eco de una vieja canción.

Esa que Raymond Chandler escribió hace más de ochenta años con tinta de humo, whisky y lluvia. Y que hoy sigue viva en los labios de un detective triste, bajo el cielo de Escocia, hablando poco, pero diciendo todo.

Sergio Calle Llorens

martes, 27 de mayo de 2025

¡NOT BEFORE SUNDOWN!

 



¿Y si las criaturas del bosque no se extinguieron… sino que aprendieron a esconderse en nuestras obsesiones más íntimas?

En el año 2000, Finlandia otorgó su máximo galardón literario, el Premio Finlandia, a una novela que rompió con todo: Not Before Sundown, de Johanna Sinisalo. Lo que parecía una obra menor sobre folklore y trols acabó revelándose como una bomba cultural. Porque esta historia no trata realmente sobre criaturas mágicas. Trata sobre el deseo como bestia salvaje. Sobre la otredad como espejo. Sobre el monstruo que se parece más a ti de lo que quisieras.

El protagonista —cuyo nombre nunca sabremos del todo— es un fotógrafo homosexual de éxito que, una noche cualquiera, encuentra un trol real: pequeño, herido, adorable. Lo lleva a su apartamento en Tampere, lo alimenta, lo cuida… y empieza a obsesionarse.

Pero el trol no es un animal. Es algo más antiguo, más astuto, más inquietante. Se comunica sin hablar, y afecta su entorno como un campo magnético. El protagonista empieza a tener sueños raros. Y su atracción por la criatura se torna íntima, incluso sexual.

Aquí, el horror no tiene colmillos ni sombras que saltan desde los armarios. Tiene formas más sutiles: el deseo que se vuelve posesión, la ternura que se vuelve hambre. El trol es el catalizador de todo lo que el protagonista ha querido reprimir: su necesidad de control, su trauma infantil, su aislamiento emocional.

La estructura de la novela es brillante: capítulos cortos, intercalados con fragmentos de noticias falsas, leyendas finlandesas, ensayos ficticios, citas científicas. Todo parece decirte: “Esto es real. Esto es posible. Esto fue olvidado.”

Y en esa mezcla entre modernidad urbana y mitología antigua, el lector empieza a sentir que quizás, sólo quizás, los trols existen… y siempre han estado aquí.

Uno de los aspectos más perturbadores del libro es la transformación psicológica del protagonista. Lo que comienza como una historia de rescate animal se convierte en una fábula oscura sobre la cosificación del otro, la belleza como peligro, y la disolución de la humanidad en la fascinación.

Hay escenas que hielan la sangre no por lo explícito, sino por lo simbólico. Una especialmente: el momento en que el protagonista, acariciando al trol mientras duerme, nota que su propia voz interior empieza a hablar en un idioma que no es el suyo.

Es como si el trol no sólo viviera con él… sino dentro de él.

Not Before Sundown no es un libro de miedo en el sentido tradicional. Es una novela perturbadora, elegante y venenosa, que te persigue lentamente. No hay héroes ni villanos. Sólo la pregunta eterna:
“¿Qué parte de mí he estado negando tanto tiempo… que al fin se ha encarnado en algo que no puedo controlar?”

Sergio Calle Llorens


martes, 1 de abril de 2025

¡STEPHEN KING: EL NIÑO QUE SOÑÓ CON MONSTRUOS!

 



Nació en Maine, como si el destino le hubiera señalado con el dedo de una criatura espectral. Stephen King es el escritor que creció con el rumor de los cómics EC, con las páginas gastadas de Amazing Stories, con los relatos de Ray Bradbury y la oscura alquimia de H.P. Lovecraft. Antes de que el mundo lo conociera, ya habitaba en un universo de neones en ruinas y bosques donde el viento parecía respirar. Él no inventó el terror moderno: lo escuchó primero en el silbido de las vías del tren, en la casa que susurraba en la noche, en las historias de carretera que los adultos contaban a media voz.

Si su infancia fue una fábrica de pesadillas, su juventud fue un catálogo de supervivencia. Vendió cuentos a revistas pulp, escribió con desesperación en habitaciones pequeñas, y a punto estuvo de renunciar. Luego vino Carrie, y con ella, el relámpago. Pero no se quedó en la historia de la adolescente vengativa; en su mente ya germinaban horrores más profundos, males que acechaban en el aire mismo de América.

En Salem’s Lot, King tomó la novela gótica y la empapó de polvo y farolas parpadeantes. Los vampiros ya no eran príncipes decadentes, sino sombras al acecho en los pueblos pequeños, en las casas donde se cierra la puerta demasiado rápido. Luego, en El resplandor, transformó la locura en un eco interminable en los pasillos de un hotel, donde el pasado y el presente se fundían en una pesadilla de whisky, sangre y fantasmas sin descanso.

Pero fue en IT donde su imaginación alcanzó su cima más aterradora: la criatura que se disfraza de payaso, que se alimenta del miedo de los niños, es el mismo monstruo de las alcantarillas de su país, de la hipocresía y la podredumbre que habita bajo la superficie de Derry, de cualquier ciudad. Y cuando la muerte tocó su propia puerta, cuando la carretera le arrebató lo más querido, King encontró en Cementerio de Animales su forma de preguntarle al mundo si la muerte es realmente el final, si a veces el regreso puede ser peor que la ausencia.

Su obra es un pasillo largo, donde cada puerta es una historia. The Dead Zone es la pregunta que todos tememos: ¿y si pudiéramos ver el futuro, y si nos mirara de vuelta? Misery es la pesadilla del escritor, la sombra de un lector demasiado devoto. La Torre Oscura es su mapa secreto, la interconexión de todas las historias, el latido mismo del universo King.

Pero lo que hace que sus monstruos sean inmortales no es solo su forma: es la voz de King, esa voz de narrador nocturno, la que nos convence de que todo esto podría estar pasando realmente, a la vuelta de la esquina, en la casa al final de la calle.

Porque en el fondo, Stephen King no escribe sobre el miedo. Escribe sobre lo que nos hace humanos. Sobre la infancia que dejamos atrás pero que nunca nos deja del todo. Sobre la culpa, la pérdida, la redención. Sus personajes son personas normales, atrapadas en circunstancias aterradoras, como si el destino les hubiera dado un billete de ida sin avisarles del destino final.

Y cuando susurra el final de cada historia, cuando la última página se cierra con un golpe seco, solo queda el eco de su advertencia: A veces, los muertos son mejores. A veces, lo que creemos haber vencido solo duerme. Y a veces, lo que más tememos no está en la oscuridad… sino en nosotros mismos.

Sergio Calle Llorens


martes, 18 de marzo de 2025

¡EL CASO DE LA ESCRITORA TRAMPOSA|

 



Mes amis, debo confesarlo: me han llamado para resolver un crimen literario. Como un fiel discípulo de Hércules Poirot, he tomado mi bigote más reluciente, mi gabardina más impecable y me he adentrado en el oscuro laberinto de la mente criminal de... ¡Agatha Christie! Sí, sí, la gran dama del misterio, la infalible arquitecta del crimen perfecto. Pero, ah, mis fieles lectores, ¿y si les dijera que ella misma, en más de una ocasión, se saltó sus propias reglas? ¡Mon dieu!

Nos han enseñado que en las novelas de Christie el lector siempre juega en igualdad de condiciones con el detective. Las pistas están ahí, esperando ser descubiertas, encajadas como piezas de un rompecabezas. Pero mis pequeñas grey cells han detectado algo sospechoso: hay momentos en los que la autora, con la astucia de un prestidigitador, se ha guardado un as bajo la manga. ¡Inaceptable! ¡Escandaloso! ¡Delicioso!

Tomemos, por ejemplo, "El asesinato de Roger Ackroyd". ¡Oh, amantes de la literatura criminal! Qué genio, qué osadía, qué descaro sublime. El mismísimo narrador es el asesino, y aunque todas las pistas están ahí, la forma en que se nos presenta la historia es un truco de alta escuela. La revelación nos hace dar un respingo, tirando la taza de té sobre el periódico matutino. Madame Christie, ¡esto es un golpe bajo! ¿No dijo usted que los lectores debían saber lo mismo que el detective? ¡Ajá, atrapada!

Y no olvidemos "Diez negritos". Aquí la trampa es tan brillante que uno casi se pone de pie y aplaude. Todos los personajes están encerrados en una isla, muriendo uno a uno, y cuando creemos que todo ha terminado, descubrimos que el asesino estaba más muerto que un arenque... ¡pero solo en apariencia! Un engaño tan perfecto que haría llorar de envidia al mismísimo Moriarty.

También tenemos “El misterio de la guía de ferrocarriles”, donde Poirot se encuentra con un asesino que juega con los patrones del crimen en serie para ocultar su verdadera motivación. Aquí la señora Christie nos hace mirar en la dirección equivocada, como un ilusionista que mueve una mano mientras oculta el truco en la otra. ¡Astuta como un zorro con monóculo!

Entonces, mes amis, ¿deberíamos acusarla de fraude literario? ¿Debería la ilustre dama del crimen ser llevada ante la justicia de los puristas del género? No, no, no. Al contrario, hay que rendirle homenaje. Porque si alguien tenía derecho a saltarse las normas del juego, era quien mejor lo conocía. Agatha Christie no solo las rompió: las reinventó, las manipuló y nos hizo disfrutar cada uno de sus engaños con una sonrisa de complicidad.

Así que guardo mi lupa, enderezo mi corbata y brindo con un buen cognac en honor a la mayor criminal literaria de todos los tiempos. Madame Christie, usted nos engañó a todos, y por eso la amamos aún más. C’est magnifique!

Sergio Calle Llorens


martes, 11 de marzo de 2025

¡EL ÚLTIMO BRINDIS DE ALVITE!

 



Si la noche tuviera un cronista, un detective de barra, un poeta con gabardina y mirada de naipe gastado, ese habría sido José Luis Alvite. Pero no lo fue, porque Alvite era más que todo eso. No era solo un escritor; era un tipo que escribía con la lucidez del que sabe que la vida es un piano bar a punto de cerrar. Y él, con un cigarro a medio consumir y un vaso que nunca llegaba a estar del todo vacío, era el último en salir.

De haber nacido en Los Ángeles en los años cuarenta, tal vez habría sido guionista para Bogart, escupiendo diálogos afilados como cuchillas de afeitar. Pero nació en España, y tuvo que conformarse con los periódicos, donde su pluma destilaba la misma mezcla de desencanto y elegancia que las rubias fatales que solo existen en las novelas de Chandler. Esas mujeres que te cruzas en un garito con luz tenue, que huelen a humo caro y a promesas incumplidas. Mujeres que, como la felicidad y la libra esterlina, son fugaces.

Alvite sabía que escribir era un oficio peligroso, como ser pianista en un club donde la clientela lleva más cicatrices que propinas. Se ganaba la vida con la palabra, pero sabía que la vida nunca paga lo suficiente. Quizá por eso escribía con esa mezcla de ironía y melancolía, como si cada columna fuese un último brindis con la madrugada. Sus frases eran golpes certeros, sentencias de un hombre que miraba el mundo con la resignación de quien ya ha perdido la cuenta de las veces que le han dado calderilla en lugar de gloria.

La vida le pasó como un tren nocturno que no para en la estación esperada. Enfermedad y tinta se mezclaron en sus últimos años, pero hasta el final siguió escribiendo como si le fuera la vida en ello. Porque le iba. Y cuando se fue, dejó tras de sí no solo un legado de ingenio, sino la sensación de que los buenos escritores son como los buenos detectives de novela negra: siempre llegan tarde a todo, excepto a su propia despedida.

Hoy, cuando la noche se hace larga y las luces de neón se reflejan en los charcos de la ciudad, parece que Alvite sigue ahí, en algún rincón de un bar con jazz de fondo, dejando caer una última frase mordaz mientras el camarero limpia los vasos. Porque los escritores como él nunca desaparecen del todo: siempre hay una historia más que contar, un último cigarro por encender, un brindis pendiente con la madrugada.

Sergio Calle Llorens


domingo, 9 de marzo de 2025

¡HERGÉ|

 


Georges Remi, conocido como Hergé, nació en 1907 en Etterbeek, Bélgica. Desde muy joven mostró un talento extraordinario para la ilustración y el relato gráfico. No es exagerado decir que Las aventuras de Tintín (publicadas entre 1929 y 1983) son el reflejo más fiel de su propia vida, sus obsesiones y contradicciones.

Hergé era un hombre de múltiples facetas, a menudo en lucha consigo mismo. Tenía un espíritu meticuloso, con un gran sentido de la estética, pero también arrastraba sombras personales y dilemas morales. A través de sus personajes, canalizaba distintas partes de su personalidad.

Tintín es, en muchos sentidos, el hombre que Hergé habría querido ser: un aventurero, intrépido, justo y sin miedo. Representa la parte más luminosa del autor, su amor por los viajes, el misterio y la exploración. Hergé nunca fue un reportero como su personaje, pero a través de él pudo recorrer el mundo desde su mesa de dibujo, investigando cada detalle con una precisión obsesiva.

Curiosamente, a diferencia de otros personajes, Tintín no tiene un gran desarrollo emocional ni cambios profundos. Es un lienzo casi en blanco sobre el que se proyectan los demás personajes, lo que ha llevado a muchos a considerarlo una figura más funcional que emocional.

Si Tintín es el Hergé idealizado, el capitán Haddock es su yo más visceral. Alcohólico, gruñón, sentimental y lleno de debilidades, Haddock es el contrapunto perfecto al impoluto Tintín. Su evolución es especialmente interesante: en su primera aparición (El cangrejo de las pinzas de oro), es un borracho perdido, pero poco a poco se convierte en un personaje con más matices, hasta volverse casi el verdadero protagonista emocional de la serie.

Hergé siempre tuvo una relación compleja con el alcohol y una personalidad melancólica que, como en Haddock, a veces se expresaba con exabruptos de rabia y una vena casi teatral en su forma de hablar (sus insultos creativos son legendarios: “ectoplasma”, “bashi-bazouk”, “mameluco”...).

El castillo de Moulinsart, la residencia del capitán, representa una especie de refugio en la vida de Tintín y Haddock, pero también simboliza algo que Hergé buscó toda su vida: un hogar donde sentirse en paz.

Estos dos detectives torpes, que siempre hablan a la vez y se equivocan en todo, reflejan otra faceta del autor: la burocracia absurda, la repetición sin sentido y la imposibilidad de diferenciar lo importante de lo trivial. Se dice que representan el conflicto interno de Hergé, su mente dividida entre el orden y el caos, la rigidez y la espontaneidad. También podrían simbolizar la censura o el control social, algo que vivió en carne propia, especialmente tras la Segunda Guerra Mundial, cuando fue acusado de colaboracionismo.

La diva de la ópera, siempre irrumpiendo en la vida de los protagonistas con su voz estridente y su desbordante personalidad, representa el miedo de Hergé a lo femenino. Su vida amorosa fue complicada y marcada por la represión emocional. Su primer matrimonio con Germaine Kieckens fue más una relación de compromiso que de amor, y solo en su madurez pudo liberarse y vivir una historia más auténtica con Fanny Vlamynck.

Castafiore no es una villana, pero sí una presencia que rompe la estabilidad de Moulinsart, como si representara una fuerza que Hergé no sabía manejar.

Inspirado en el físico Auguste Piccard, Tornasol es la encarnación de la genialidad aislada del mundo. Representa el lado más obsesivo de Hergé, el hombre que se encierra en su trabajo y pierde la noción de la realidad. Pero también es un reflejo del Hergé que buscaba la espiritualidad y la paz interior en sus últimos años.

Hergé tuvo un pasado complicado durante la ocupación alemana de Bélgica en la Segunda Guerra Mundial. Publicó sus historias en un periódico controlado por los nazis (Le Soir), lo que le valió acusaciones de colaboracionismo tras la guerra. Sin embargo, él siempre se defendió diciendo que solo quería contar historias y que nunca tuvo intenciones políticas.

A lo largo de los años, pasó de ser un dibujante de cómics con una visión simplista del mundo (Tintín en el Congo, con su visión colonialista), a alguien que empezó a cuestionarse todo (Tintín en el Tíbet, donde explora la amistad y la espiritualidad).

Cada personaje de Tintín contiene una parte del alma de su creador. Tintín es su yo ideal, Haddock su yo imperfecto, Tornasol su lado más ensimismado y Castafiore la fuerza que no sabía cómo encajar. Hergé fue un genio atrapado entre el perfeccionismo y la duda, entre el deseo de aventura y la búsqueda de estabilidad.

Murió en 1983 sin haber podido terminar la última aventura de Tintín (Tintín y el Arte-Alfa), dejando un final abierto, como si él mismo siguiera buscando respuestas.

Así que, cuando leemos Tintín, en realidad estamos explorando el alma de Hergé, un hombre lleno de luces y sombras, igual que sus personajes. En cualquier caso, Tintín y sus amigos serán siempre un faro al que mirar en el oscuro mar de la vida.

Sergio Calle Llorens



miércoles, 5 de marzo de 2025

¡EL HÉROE CANSADO!

 



Los cómics de Corto Maltés son mapas de un mundo que ya no existe o que, quizás, nunca existió fuera del papel y la tinta de Hugo Pratt. Las Célticas es una de esas obras que nos atrapan en su atmósfera de libertad, de destinos inciertos y de mares abiertos, con un protagonista que, más que un héroe, es un hombre errante, cansado pero incapaz de abandonar su vagabundeo por la historia y la geografía.

Porque Corto Maltés nunca ha sido un héroe al uso. No busca gloria ni medallas. No es un patriota, ni un hombre de causa. Es, en todo caso, un espectador que a veces interviene, pero sin la certeza de que su intervención cambie realmente el curso de los acontecimientos. En Las Célticas, como en el resto de su periplo, se mueve entre espías, revolucionarios y soñadores, sin comprometerse del todo con ninguno, pero sintiendo siempre la llamada de la libertad, el único principio que parece regir su vida.

Irlanda es el escenario de algunas de las historias más evocadoras del álbum, y es allí donde el espíritu de Corto se encuentra con la lucha por la independencia, con personajes que, a diferencia de él, han elegido un bando y están dispuestos a morir por la causa. Pero la suya es una guerra en la que el romanticismo y la tragedia se entrelazan, en la que la certeza de la derrota no impide seguir luchando. Corto observa, comprende, ayuda cuando cree necesario, pero siempre con la melancolía de quien sabe que la Historia devora a los soñadores.

El viento sopla sobre los verdes campos irlandeses, y la lluvia golpea las piedras antiguas de un país que carga con siglos de dolor y resistencia. En este escenario de fábulas y leyendas, Corto se cruza con figuras que encarnan la pasión y el sacrificio, con ideales que le recuerdan que, aunque él mismo prefiera no atarse a banderas ni fronteras, hay quienes encuentran sentido en esa entrega absoluta. En Irlanda, los cuentos de hadas y la pólvora conviven, y la poesía de Yeats se mezcla con el sonido de las balas en la noche.

El mar, eterno compañero de Corto, está presente como un recordatorio de lo inabarcable. Representa la única patria que realmente tiene, el refugio donde siempre puede volver cuando la tierra firme se vuelve demasiado estrecha, demasiado llena de promesas rotas. En Las Célticas, como en todas sus historias, el mar es un personaje más: a veces tempestuoso, a veces plácido, pero siempre invitando a seguir adelante, a buscar nuevas costas donde tal vez no haya respuestas, pero sí nuevas preguntas.

El mar no es solo una vía de escape, sino también un símbolo de su esencia errante. A diferencia de quienes luchan por una causa o por un país, Corto pertenece al agua y a su eterna incertidumbre. Como un marinero de otros tiempos, como un Ulises moderno, navega sin prisas y sin rumbo fijo, guiado más por el azar y la intuición que por mapas o brújulas. En sus viajes, encuentra historias y destinos cruzados, como si el océano fuese un gigantesco escenario en el que la Historia y el mito se entrelazan una y otra vez.

Corto Maltés, con su media sonrisa irónica y su aire de hombre que ya ha visto demasiado, es el arquetipo del héroe cansado. No es que haya renunciado a los ideales, sino que ha aprendido a vivir sin certezas absolutas. En un mundo que se desmorona y se reconstruye a cada paso, él elige el camino de la duda, de la independencia, del viento en la cara y la brújula sin norte fijo.

Es un personaje que encarna la nostalgia de lo que nunca fue, de un tiempo perdido que quizás nunca existió más allá de los relatos que contamos. Es un hombre que camina por la frontera entre la realidad y la leyenda, entre la historia y la ficción, sin pertenecer del todo a ninguna de ellas. Su cansancio no es solo físico, sino también espiritual, el peso de haber visto demasiado y de saber que, por mucho que el mundo cambie, las pasiones humanas siguen siendo las mismas: la ambición, la traición, el deseo de libertad y la eterna búsqueda de algo inalcanzable.

Las Célticas es, en definitiva, una carta de amor a esa libertad que no está en las banderas ni en los discursos, sino en la elección de cada uno de ser quien quiere ser, aunque eso implique navegar sin puerto fijo. Y quizás, en el fondo, todos quisiéramos tener un poco de esa brisa marina en nuestras vidas, un poco de ese espíritu de Corto, errante y libre hasta el final.

Las viñetas de Hugo Pratt nos invitan a soñar con un mundo donde el horizonte nunca es el final, donde siempre hay una nueva aventura esperándonos al otro lado del océano. Y en cada página de Las Célticas, sentimos ese anhelo de lo desconocido, de la historia aún por contar, de la libertad que solo aquellos que no pertenecen a ningún sitio pueden conocer realmente. Corto Maltés no es solo un personaje: es un susurro en el viento, una sombra en el puerto al amanecer, un recuerdo de lo que significa ser verdaderamente libre.

Sergio Calle Llorens


martes, 7 de enero de 2025

¡LES DONES DE PLA: OMBRES, LLUMS I SILENCIS!

 



Entre les lletres amables i observadores que Josep Pla va deixar com a llegat, les dones que van creuar la seva vida sovint s’intueixen entre l’espessa boira del seu univers narratiu. Silencioses o evocades amb traços subtils, aquestes figures femenines van marcar la seva existència, encara que ell mai les posés al centre de la seva literatura. No és estrany, per tant, que el rastre d’aquestes dones quedi envoltat d’una aura melancòlica, com si fossin vides viscudes en els marges de les històries que Pla preferia explicar.

Adela Figueras: el primer amor

Adela Figueras, coneguda com a “la Menuda”, va ser una de les primeres dones a deixar empremta en el cor del jove Josep Pla. Es diu que era una noia de figura delicada, brillant i vital. La seva relació, breu i intensa, va estar marcada pel fervor propi d’una adolescència que començava a descobrir els paisatges de l’empordanesa vida sentimental. No obstant això, la distància social entre ambdós -ella de classe treballadora, ell de família terratinent- va acabar enfonsant aquella història abans que pogués madurar. Amb els anys, Adela es convertiria en un record esquívol, potser l’ombra del que podria haver estat un Josep Pla més tendre.

Aurora Sans: l’aventura parisenca

Més enllà del mosaic empordanès, Pla va trobar en Aurora Sans una figura femenina diferent. Van coincidir a París durant els anys en què ell intentava obrir-se pas com a corresponsal. Aurora era cosmopolita, vibrant, i representava tot allò que ell anhelava en aquell moment: la sofisticació d’una Europa moderna que li oferia un refugi lluny de la monotonia rural. La seva relació va ser tan apassionada com fugaç. Aurora no encaixava en el món auster i pragmàtic de Pla, i ell mai va semblar disposat a comprometre’s a res que no fos la seva ploma.

Francesca Cruanyes: la dona que va esperar

En Francesca Cruanyes, Josep Pla va trobar una dona que li oferia estabilitat i fidelitat. De totes les figures femenines, ella és la que més s’associa amb l’espai domèstic i amb la calma necessària per a l’escriptura. Francesca era discreta, pacient, i va ser clau per sostenir la seva vida quotidiana. Però la seva figura també esdevé un reflex melangósic: quina mena de felicitat pot tenir algú que espera sempre a l’ombra? Les paraules de Pla, sovint tan minucioses amb els detalls del paisatge, mai li van dedicar l’escalf que ella mereixia.

Les altres, i l’absència de la intimitat

Josep Pla mai va ser un escriptor que posés l’ànima sobre el paper de forma transparent. Les seves memòries esquiven les emocions profundes, com si fossin massa privades per ser compartides. Les dones que van marcar la seva vida semblen existir més com a fragments, esquitxades en frases mig dites i records incomplets.

El silenci de Pla sobre aquestes figures femenines podria ser interpretat com una forma de respecte, o potser com una incapacitat d’expressar tot el que sentia. Potser el seu amor per la terra, pels paisatges i pels detalls minússers del dia a dia no deixava espai per al reconeixement d’aquelles dones que, amb la seva presència, van donar forma a l’home que ell va ser.

Un llegat d’ombres

Les dones de Josep Pla, com les seves històries, viuen entre ombres. Són records difuminats, reflexos en un mirall antic que mai acaba d’estar net del tot. Potser és aquesta ambigütat la que les fa encara més fascinants: figures que, malgrat la seva invisibilitat, ens parlen de la solitud i de la melangia que sovint s’amaga darrere dels grans creadors.

En cada paràgraf de Pla, en cada observació del vent que travessa els camps empordanesos, sembla ressonar el murmuri d’aquelles dones que el van estimar, comprendre o simplement acompanyar en silenci. Elles són, al cap i a la fi, les veritables protagonistes invisibles de la seva vida.

Sergio Calle Llorens


lunes, 23 de diciembre de 2024

¡NOCHEBUENA!

 



 En vísperas de las fiestas más señaladas doy un paseo por las calles del pueblo blanco donde vivo. La mar parece estar tranquila en la distancia. No se oye nada. Todo es un silencio sobrevenido. Mañana es Nochebuena. Una festividad para disfrutar, dar gracias por lo vivido y recordar a los seres queridos que ya no están entre nosotros. Este año hemos tenido tres muertes inesperadas en la familia y el corazón sangra. Al alba volveremos a pensar en todos ellos.  Pero eso ocurrirá en unas horas en las que los villancicos harán acto de presencia y la algarabía  hará el resto. Me pregunto en la quietud de la madrugada si los regalos junto al árbol de la fe serán de mi agrado. Para un servidor el mejor presente es tenerlos a todos a mi lado.

Las hojas del calendario van cayendo mudas como esa humedad que cubre de rocío los balcones y las macetas con sus geranios y sus rosas. De pronto, doblo una esquina y me encuentro a mi amigo Agustí Caplliure, un profesor de Lérida que me da en catalán la última nueva. El ilerdense es un tipo bajito con cara de boniato al que le gustan mucho las setas, de fet es considera el millor caçador  de bolets de la comarca. Alguna vez me ha explicado los secretos de la cocina catalana a la hora de preparar tan suculentos platos en épocas de frío. Me habla también del menú que prepara para mañana; per a xuclarse els dits. Y todo regado por vinos de su bodega. Agustí, que nunca ha sido un teórico de los fogones sino un práctico de la cuina efectiva, me deja claro una vez más que comer o no comer es cuestión de dinero, pero comer bien o comer mal es cuestión de cultura. La ausencia de aceite de oliva, afirma, es the smoking gun para determinar el grado de incivilización de los pueblos. En África, me dice, la ausencia de imaginación culinaria tiene que ver con el primitivismo y por eso el arroz está presente, como Dios, en todos los platos. Luego, pasa de sus conocimientos de cocina a su querencia por un libro llamado Promenades des Romes. Agustí es francófilo de corazón porque estudió en el Liceo francés y eso deja huella. Tanta como la literatura que ambos amamos y eso nos lleva a Josep Pla porque en el fondo los libros que merecen ser leídos son aquellos que nos ayudan a vivir mejor. Y en ese sentido, el genio del Ampurdán es imbatible como lo fueron en su momento los grandes moralistas franceses. El autor de Quadern Gris o Cabotage Mediterrani, reconcilia al lector consigo mismo y con la crueldad de la existencia e invita al lector a ser lo que es y no lo que se espera que sea. Sin duda el privilegio de los grandes.  Después de la tertulia improvisada en plena calle los dos volvemos a casa. El a la suya y yo a la mía para abrigarnos al calor de la chimenea. Mañana es Nochebuena y Caplliure me ha prometido un platito de setas.

Sergio Calle Llorens


lunes, 5 de agosto de 2024

¡ENYD!

 



Ella murió cuatro días después de mi nacimiento sin saber que dejaba una semilla imperecedera. Una pepita de oro que crecería hasta llegar al parnaso de las letras ilusionadas. Sus libros huelen a hierba mojada recién cortada, a jazmines y a damas de noche porque yo los leía en veranos interminables en los que emulaba las aventuras de los Cinco. Enyd Blyton fue la mujer que me guió por el sendero literario. La mujer que fue capaz de poner, por primera vez en mi vida, orden en el caos del universo. La autora que creó una magia que yo siempre presentía lejos de la rutina de los estudios escolares.

Fue mi hermana Susana la que me invitó a leer los Cinco en el Cerro del Contrabandista.  Una historia magistral con unas extrañas luces en el viejo torreón y un misterio en mitad de la madrugada lleno de silencios y ruidos extraños que me fascinaron por completo. Incluso hoy recuerdo, yo tengo memoria fotográfica, cómo la luna se filtraba en mi habitación y sentía los corazones de Julián y Dick que iban en busca de lo desconocido. En total fueron veintiuna novelas en las que dos chicos y dos chicas, aunque Jorgina insistía en ser llamada Jorge, y un simpático perrito, vivían todo tipo de aventuras tras meriendas deliciosas e incursiones en pasadizos secretos y en sótanos de castillos fantasmagóricos.

 También me viene a la memoria la tristeza infinita que me atenazaba cuando llegaba a las últimas páginas de cada libro. Era como despedir a unos amigos a los que no podría ver hasta las próximas vacaciones. Así que mi hermana y yo acordamos pedir a nuestro padre un libro de Los Cinco en la Feria del Libro de Málaga que entonces estaba sita en el maravilloso parque de la ciudad. Cada uno un título diferente para alargar el placer de la lectura.

Desde aquellos mágicos años no me he cansado de recomendar esta saga literaria a todos los que me han querido escuchar. Hoy, evidentemente, tengo otras lecturas y he creado a los personajes de mis libros que, para más Inri, se me rebelan de cuando en cuando. Sin embargo, cuando llega el estío enciendo una vela por el alma imperecedera de la escritora inglesa, en esta vida siempre hay que ser agradecido, y comienzo a releer una de sus novelas. Cada verano una diferente.  Es mi forma de volver al paraíso. Es mi manera de retornar al orden de un mundo que ya ha desaparecido. Es mi modo de sentirme acompañado cuando el corazón se me llena de sombras. No me importa lo ñoño que puedan ser algunos diálogos. Ni siquiera me molesta lo previsible que son los finales. Para mí estas lecturas vienen a significar que todavía no he perdido mi alma de niño inquieto. La de ese chaval que reía ilusionado al acariciar las páginas que nos dejó Enyd  para la posteridad. 

Sergio Calle Llorens


miércoles, 26 de enero de 2022

¡HARRY POTTER TRASGÉNERO!

 



El secreto de la novela de El nombre de la rosa de Umberto Ecco es el siguiente: el que sonríe no teme. J.K. Rowling nunca perdió la sonrisa a pesar de las dificultades económicas que atravesaba. Simplemente siguió escribiendo en The Elephant House en el número 21 de George IV Bridge. Un local con calefacción donde acudía para matar el frío en compañía de su bebé que dormitaba en el cochecito. Esta cafetería está detrás del cementerio de Greyfriars. Un lugar misterioso del que la propia web del camposanto afirma que es “Edimburgh´s most haunted place”. Ya les hablé de los fenómenos extraños que allí suceden en mi sección “El Guardián del Cementerio” de Espacio en Blanco en Radio Nacional de España.  Hoy también les cuento que, en ese singular camposanto, donde se puede visitar la tumba del perrito Bobby, muy popular en Escocia, la creadora de la saga de Harry Potter caminaba entre panteones funerarios buscando inspiración. Parece que la encontró porque muchos de los nombres de los personajes de sus novelas fueron tomados de las viejas lápidas.  No imaginó entonces la escritora ni el éxito que tendrían sus creaciones literarias ni las polémicas que la acompañarían en su asalto al parnaso de las letras . Porque una cosa es que a los autores se nos rebelen, aunque sea muy de tarde en tarde, nuestros personajes literarios llegando a un final diferente al que les teníamos preparados, y otra, bien distinta, que los díscolos sean los lectores.

 O sea, recapitulemos, cuando los graves problemas mentales de “la generación copito de nieve” se asoman a las páginas de las novelas, el esperpento está garantizado. El último tiene que ver con una  productora de Estados Unidos  que ya prepara una versión transgénero y multirracial de las películas de Harry Potter que, al menos por el momento, no tiene el consentimiento de J. K. Rowling.

Para el papel de Potter, por ejemplo, se busca a un actor “asiático, negro, descendiente de africanos, étnicamente ambiguo- vaya usted a saber lo que quieren decir con esto- indígena, latino, hispano, de Oriente Medio, surasiático, indio o habitante de las islas del Pacifico. Además, Sirius Black no podrá ser interpretado por un blanco y para el de la madre de Lily Evans basta con que sea no acorde con los convencionalismos de género, no binario o transexual femenino. Dicho de otra manera; para satisfacer a una inmensa mayoría de tarados, se crea una versión infumable del original. ¿Qué será lo próximo? ¿Sherlock Holmes interpretado por Elisa Beni? ¿Falete encarnando al enjuto Don Quijote para contentar a miles de gordinflas de todo el mundo? No hay que ser licenciado en óptica para ver que esta gente no va a estar satisfecha hasta que un Harry Potter de rasgos africanos aparezca en pantalla sodomizado con su propia escoba voladora.

Sergio Calle Llorens

lunes, 18 de octubre de 2021

¡CARMEN MOLA!

 


Siempre digo que no puedo, ni vengo a inventar el fuego, pero puedo calentarme con él. Y lo consigo, aunque parezca mentira, con las sombras del crepúsculo y las luces  parpadeantes que se van encendiendo cada noche en la bahía.  Mi única aspiración es andar por la vida sin pisar la cárcel. Sí, ya sé que mirar la mar  como hombre libre puede resultar un premio de consolación, pero para un mediterráneo lo es todo: la voluptuosidad de la luz, la lluvia alcanzando la orilla y el cimbrear de los pinos acunan mi sueño. Mi intención es, naturalmente, vivir alejado del mundanal ruido al tiempo que disfruto de las delicias culinarias locales. Esta noche, sin ir más lejos, degusto unos caracoles producidos por la empresa Axarcol de Benagalbón que acompaño con una cerveza artesanal que se llama Murex. Una obra maestra hecha en Vélez Málaga. Y entre la fascinación que me producen los manjares de mi país, veo que se enciende una lucecita en mi móvil que me avisa de la última polémica: el premio Planeta.

Al parecer, muchas feministas andan alborotadas porque tres autores han ganado el premio más suculento de las letras hispanas, usando un seudónimo de mujer. Lo que nos viene a confirmar que escribir con nombre de señora, lejos de presentar inconveniente alguno, supone muchas ventajas. Y Mary Shelley llora en el cielo porque no se premia el talento sino el himeneo. También es posible que la obra ganadora del Planeta sea una maravilla, pero a nadie se le escapa la estratagema del grupo ganador para que les hicieran caso entre tanta candidata.

Nada despierta más la rabia del emperador que la revelación de su desnudez. Y estos premios van en pelotas como, por cierto, las publicaciones del centro andaluz de las letras. Un chiringuito en el que mujeres publican a otras mujeres por el simple hecho de serlo. No debe sorprendernos, pues, ni el poco éxito que tienen, ni lo poco que tienen que contarnos. Pero en este mundo todo tiene su contrapeso. Y en esta ocasión la historia de Carmen Mola es la igualación perfecta al rostro de cemento armado de muchas escritoras. Y con la birra, el salchichón, los caracoles y esta historia impagable, he estado a punto de atragantarme.

Sergio Calle Llorens


jueves, 14 de octubre de 2021

¡FUEGO!

 


Aquella mujer tenía una enfermiza obsesión por quemar uno de mis libros. Era incendiaria. Creo que a la luz de una biblioteca donde flotaba el aire cansado de su personaje, decidió que aquella obra sería abrasada por el fuego y cumplió su amenaza. Parece que las temblorosas sombras del tiempo perdido en la lectura la empujaron a ello. Yo no podría hacerle ningún reproche.  A lo sumo alejarme para evitar que la lumbre de su mechero alcance mi cuerpo.  

Los que le tratamos tenemos la sensación de haber conocido a un demonio, un demonio sensacionalmente demoníaco, como lo demuestra el hecho de que fuera mi único compañero de trabajo que se negó a darme el pésame por la muerte de mi padre. Creo que se llamaba Antonio. Por entonces vivía con su viejo al tiempo que soñaba con lugares lejanos hablando otras lenguas. Pero nunca salió de la barriada de Pedregalejo. Vestía siempre con la ropa indicadora de esa cosa terrible que se llama el indecente gusto del cateto. Me cuentan que odiaba mi popularidad entre los estudiantes y hasta mi heterosexualidad. El tipo rezumaba odio y segregaba grandes dosis de soledad. Hoy,  a pesar de los años trascurridos, sigue desamparado y su triste historia hace gemir a las cuerdas de los barcos. No creo necesario señalar al lector la pobreza espiritual del personaje que se sigue quemando en su infierno particular.  

Un hispalense me abroncó en la avenida del Mediterráneo por el título de una de mis creaciones literarias: “Memorias de un prepucio colorado”. Le dije que el título no abarca el verdadero secreto de la obra. Para mi sorpresa me recitó de memoria todo el prólogo del libro. Sin anestesia, ni previo aviso. Puede que fuesen mis carcajadas, pero el ofendido terminó confesándome que lo que no le gustó en realidad es que le dedicara mi primera novela a su mujer. Sólo entonces me di cuenta de que el tipejo debió quedarse en la primera temporada de la serie “Cuéntame”.

Algunas personas pueden llegar a ser tenidas por animales racionales, alguna vez, muy de tarde en tarde, esporádicamente, pero no es el caso de la señora que vino acompañada de su anciana madre a uno de mis tours en la Cueva del Tesoro. Al acabar, una hora después de lo previsto- en realidad tuvimos que ir al paso de las muñecas de famosa que se dirigen al Portal porque la anciana era contemporánea de Nefertiti- la arpía subió a dirección para pedir que jamás me dejaran organizar visita alguna a la gruta. Justificaba su petición afirmando que yo había escrito artículos terribles contra la Junta de Andalucía.

Si no hubiera escrito me habría ahorrado muchos problemas. Sin embargo, escribir es mi destino. Es la forma en la que yo me defiendo de un mundo hostil. La manera en la que doy mi versión de las cosas. Escribo porque, francamente, el resto de las cosas se me dan mucho peor. Escribo buscando la adjetivación perfecta que ilumine el alma de mis lectores. Escribo porque soy infinitamente mejor que todos esos que comienzan quemando una obra y terminan chamuscando a su creador. Ellos son el fuego exterminador y un servidor es el agua que apaga las llamas de su particular averno.

Sergio Calle Llorens