Un héroe
es aquel que, aunque sabe que todo está perdido de antemano, decide seguir en
la pelea. Esa es la
diferencia entre el valiente y el imbécil. El imbécil pelea porque cree que
puede ganar. El héroe pelea porque sabe que hay derrotas que dignifican más que
ciertas victorias. Por eso el verdadero héroe de La Ilíada nunca fue
Aquiles. Aquiles era un semidiós, un privilegiado, un hombre al que los
dioses habían concedido casi todo salvo un talón. El héroe era Héctor. Sabía
que Troya estaba condenada. Sabía que Aquiles acabaría atravesándole el cuello
con la lanza. Sabía que su mujer quedaría viuda, que su hijo crecería sin
padre y que las murallas caerían. Y aun así salió por las puertas Esceas.
No porque creyera en el milagro, sino porque hay hombres que no saben vivir de
rodillas.
En España
esos hombres tienen otro nombre. Se llaman autónomos.
Somos los
Héctor de este país.
Los tipos que todas las mañanas salen a pelear contra un enemigo infinitamente
más fuerte sabiendo que, tarde o temprano, acabará pasándoles factura. Nunca
mejor dicho. Nos levantamos antes que nadie, cerramos después que todos,
trabajamos cuando los demás descansan y financiamos un Estado que solo parece
acordarse de nosotros cuando llega el momento de cobrarnos. Hacienda tiene algo
de vampiro burocrático. Nunca pregunta cómo estás. Nunca llama para decirte que
resistas. Solo aparece cuando huele la sangre. Y de sangre sabemos bastante
quienes llevamos años dejando jirones de vida entre declaraciones trimestrales,
cuotas, impuestos, inspecciones y normas que cambian con la misma facilidad con
la que un político cambia de discurso.
Lo
extraordinario es que ni siquiera protestamos demasiado. Quizá porque hace
tiempo comprendimos que nadie va a venir a rescatarnos. Si el negocio se
hunde, el Estado no despliega helicópteros. Si la persiana baja por última
vez, no hay una red esperando debajo. Da igual que lleves veinte, treinta o
cuarenta años pagando religiosamente. Da igual cuántos ceros hayas aportado a
las arcas públicas. Descubrirás que no tienes derecho al mismo colchón que
otros trabajadores tienen cuando todo se acaba. Es una sensación difícil de
explicar: pasar media vida sosteniendo un sistema que, cuando tú caes, te
responde con un formulario.
Y mientras
tanto observamos decisiones políticas que producen una mezcla de desconcierto y
amargura. Vemos recursos públicos destinados a la acogida de inmigrantes recién
llegados —alojamiento, asistencia jurídica, atención social o programas de
integración— mientras muchos pequeños empresarios sienten que para ellos nunca
hay un plan de rescate. No es una cuestión de señalar al que llega buscando una
vida mejor. Es una cuestión de preguntarse por qué quien lleva décadas
levantando este país tiene la sensación de ser siempre el último de la fila. De
contemplar cómo el Estado despliega una eficacia admirable para unas cosas
mientras para otras solo ofrece silencio administrativo.
Nos hemos
convertido en una especie de muertos vivientes. Extraños cadáveres que siguen
andando. Gente que sonríe al cliente después de pasarse la noche haciendo
cuentas para decidir qué factura puede retrasar unos días más. Gente que
aprende a convivir con la ansiedad igual que otros conviven con el reuma.
Tipos que no tienen comité de empresa, ni pancartas, ni manifestaciones
multitudinarias, ni subvenciones salvadoras. Solo tienen una llave que abre una
persiana y una absurda costumbre de seguir creyendo que mañana será mejor.
Quizá por
eso siempre me ha parecido que el himno no oficial del autónomo no lo escribió
ningún economista. Lo escribió Bruce Springsteen cuando cantaba No Retreat,
No Surrender. Sin retirada. Sin rendición. Porque eso es
exactamente lo que hacemos. Seguimos avanzando aunque el amplificador ya esté
echando humo y la guitarra lleve tiempo desafinada. Seguimos tocando mientras
el barco hace agua por todas partes. Como si los últimos acordes fueran más
importantes que el propio naufragio.
Y hay algo
profundamente cervantino en todo esto. Don Quijote nunca confundió los
molinos con gigantes. Lo que confundía era la comodidad con la dignidad.
Sabía que el mundo iba a reírse de él, pero prefería el ridículo de luchar al
prestigio de quedarse quieto. Nosotros también cabalgamos contra molinos. Solo
que los nuestros tienen forma de boletines oficiales, modelos tributarios y
ministerios convencidos de que el dinero nace en las cuentas corrientes de
quienes todavía tienen el valor de emprender.
Lo terrible
no es trabajar mucho. Lo terrible es descubrir que quienes gobiernan parecen
considerar el esfuerzo una fuente inagotable de recaudación y nunca una virtud
que merezca protección. Porque un país que castiga sistemáticamente al que
arriesga termina convirtiendo el emprendimiento en una enfermedad y la
dependencia en una forma de vida. Y cuando eso ocurre ya no hace falta que la
economía se hunda. Basta con mirar a los ojos de un autónomo para comprender
que algo esencial se ha roto.
Después
vendrán los discursos solemnes hablando del tejido productivo, de los
emprendedores, del motor económico y de la España que madruga. Palabras.
Siempre palabras. Pero cuando se apagan los focos y llegan las liquidaciones,
volvemos a ser los de siempre: los Héctor de una Troya que nadie parece
dispuesto a defender. Y quizá algún día, cuando no quede nadie dispuesto a
abrir una persiana, contratar un empleado o jugarse sus ahorros por levantar un
negocio, el Gobierno descubra que no se puede gobernar eternamente contra
quienes sostienen el país. Para entonces será tarde. Porque las ciudades no
caen cuando llegan los enemigos. Caen cuando consiguen que sus héroes se cansen
de luchar.
Sergio Calle Llorens