sábado, 3 de octubre de 2026

¡UN DIABLO EN LA FARMACIA!

 


La farmacia está abarrotada de clientes. Cada uno se toma su tiempo en contar su achaque y el diligente personal no puede hacer nada para evitarlo. A mi siniestra hay una pareja de jovenzuelos con un bebé en el carrito. A mi diestra se encuentra una bellísima mujer morena, de ojos negros, delgada y con unos pechos nutricios que desafían la ley de la gravedad. Junto a ella, un niño con la palabra «peligro» dibujada en el rostro. El chico no para quieto ni un instante. Desconozco la razón por la que no está en el colegio a esas horas. Tal vez ha entrado en una iglesia por error y el contacto con lo sagrado le ha provocado sarpullidos y llagas. Sea lo que sea, no parece muy grave, porque no para de moverse a una velocidad que ya quisiera para sí el mismísimo Spiderman.

De pronto, una anciana se dirige a la pareja que acaba de sacar al bebé de la cuna para exclamar una frase laudatoria.

—¡Qué cosa más bonita!

Por unos momentos, mis ojos abandonan la contemplación de la morena y mi atención se concentra en un bebé arrugado y horripilante que su mami sostiene en brazos. Confieso que ni siquiera Falete en bañador me produce más rechazo.

—Gracias —responde la madre con tono de agradecimiento.

El hijo del Diablo pone cara de póker al escuchar el piropo de la mujer y suelta una frase impagable que suena como el cañonazo de un barco.

—Pero si es muy feo.

La morenaza le echa una mirada asesina que me recuerda a mi madre en el preciso instante en el que fijaba su vista en nosotros para tirarnos la zapatilla. Ese calzado que ella dominaba como un bumerán y que siempre impactaba en algún punto de nuestras cabezas. Y es que, donde ponía el ojo, ponía la mala leche cuando se enfadaba por alguna de nuestras travesuras.

—¿Qué es un recién nacido? —pregunta la pizpireta anciana.

La madre, que, como buena rusa, tiene la misma simpatía que un cactus en el desierto, se limita a sonreír, pero no responde, porque para esto tenemos al niño de la morena.

—Con lo feo que es, en vez de recién nacido parece un recién fallecido.

La madre le da un pescozón, pero yo no puedo evitarlo y suelto una carcajada.

—Sí, tú anímalo y verás adónde termina la cosa —me dice entre risas la lozana andaluza.

Pero ya es tarde. El niño ha contactado visualmente conmigo. Ha encontrado un aliado. Los dos nos reconocemos. Los dos catalogamos al bebé como ser horripilante. Los dos no paramos de reír. No importan los años. No importa que seamos de generaciones diferentes. Solo somos dos individuos que han conectado. De haber nacido en mi año, ese hijo de Satanás habría sido uno de mis mejores amigos.

—¿A que es muy feo? —susurra para no enfadar más a su madre.

—Más feo que toser con diarrea.

En ese momento, uno de los ancianos que es atendido por una de las farmacéuticas tiene un ataque de tos y Andresito, que así se llama el hijo puta, comienza a reír como un loco. Es una risa contagiosa. De esas que encienden faroles en el alma de los demás. Y lo digo porque todos los presentes en la farmacia, menos el anciano, cuya tos parece el cantar de una foca, estallan en carcajadas al escucharlo, mientras Andresito repite mi frase sin parar de reír.

—Más feo que toser con diarrea.

Y el bebé llora, y la pareja rusa no se entera de nada, y el anciano está a punto de morir por la tos, y nosotros, de la risa.

Cuando finalmente me llega el turno, compro la medicación para la tensión. Las risas se han apagado un poco y el niño me espera para chocarme la mano, mientras su madre, mujer que lleva la primavera escrita en la mirada y el sol en la piel, me guiña un ojo.

A veces basta encontrarse con una bella mujer y con un diablillo para volver a sacar al niño que todos llevamos dentro.

Sergio Calle Llorens