viernes, 22 de mayo de 2026

¡ZAPATERO HASTA LAS CEJAS!


 

 

Zapatero estaba de corrupción hasta las cejas. Esas franjas de vello estratégicamente situadas sobre las cuencas de los ojos, que agitaba con entusiasmo de telepredicador durante las campañas electorales. Las manos, en cambio, parecía reservarlas para otros menesteres: supuestamente para trincar del petróleo o del oro venezolano. Las mismas extremidades con las que ocultaba presos políticos en el Caribe. Los mismos dedos con los que firmaba acuerdos con algunos de los peores dictadores del planeta.

«La tierra no pertenece a nadie, salvo al viento», proclamaba el expresidente que negó la crisis económica hasta que la crisis terminó llamando a su puerta con una maza. Aquella brisa poética se ha convertido ahora en vendaval judicial y amenaza con empujarlo directamente hacia la cárcel; junto a Maduro, junto a sus hijas políticas y junto a toda esa corte tropical de aduladores del chavismo. Mientras tanto, un servidor mantiene una botella de champán francés enfriándose en la nevera para celebrar el acontecimiento. Entonces tendrá que abandonar su soñada ocupación de “supervisor de nubes acostado en una hamaca”.

«El infinito es infinito; el universo es infinito y probablemente no cabe en nuestra cabeza», decía Rodríguez en uno de sus infumables discursos. Especialmente en la suya: cabeza de chorlito ilustrado.

«Everyday, all day, bonsáis», declaró el leonés durante una visita a La Moncloa del canciller Schröder y del presidente Chirac. Una frase destinada a cambiar para siempre el rumbo del pensamiento occidental y a dejar a Platón convertido en tertuliano de sobremesa.

«Hoy estamos mejor que ayer y mañana estaremos mejor que hoy». Y al día siguiente estalló una bomba en la T-4 de Barajas. Una vez más quedaba demostrado que el personaje, además de inútil, arrastraba una leyenda negra de gafe únicamente comparable a la de Tomás Roncero.

«España es un poderoso trasatlántico», declaró ufano durante el centenario del hundimiento del Titanic. Ya ven ustedes que de historia siempre anduvo, como su única neurona, bastante justito.

«Los 130.000 no son parados; son personas que se han apuntado al paro», confesó el marido de Sonsoles sin despeinarse ni pestañear.

Produce escalofríos pensar que semejante palurdo haya presidido un país europeo y occidental. El hombre que, después de arruinar España, todavía pretendía repartir lecciones de moral y ética. Él. Precisamente él. El imputado moral permanente.

A resultas de todo esto conviene distinguir entre el simple tonto y el imbécil solemne.

El tonto se equivoca porque ignora. Le faltan datos, experiencia o contexto. Eso nos sucede a todos. Nadie atraviesa la vida sin despeñarse alguna vez por los desfiladeros de la ignorancia. Pero el tonto tiene remedio: aprende. Cuando comprende, rectifica. Cuando ve con claridad, cambia de opinión.

El imbécil es otra cosa.

No yerra por falta de información, sino por soberbia. Ve la evidencia. Escucha la verdad. Percibe el error y, aun así, persevera en él con fanatismo litúrgico. Ahí reside la diferencia esencial.

El tonto todavía está en camino. El imbécil convierte el error en trinchera. Uno agradece la corrección; el otro se ofende, se rasga las vestiduras y acusa al espejo de deformarlo. Uno revisa sus ideas; el otro las defiende incluso cuando sus postulados se desploman como yeso húmedo.

Al tonto se le puede enseñar. El imbécil, en cambio, carece de solución posible. Ser tonto es humano. Volverse imbécil constituye una decisión del carácter.

Y si alguien duda de ello, basta con asomarse a las redes sociales para contemplar cómo legiones de imbéciles continúan defendiendo a un personaje como Zapatero, que ya empieza a oler a presidio.

Los demás brindaremos con Moët & Chandon.

Sergio Calle Llorens


jueves, 21 de mayo de 2026

¡ESCENAS OCHENTERAS!


 

Aquella escena en el supermercado de Reality Bites no era simplemente un grupo de jóvenes haciendo el idiota entre bolsas de patatas y refrescos baratos mientras sonaba My Sharona. Era prácticamente un manifiesto generacional disfrazado de gamberrada. Un instante encapsulado en formol noventero donde toda una generación quedaba retratada sin necesidad de discursos políticos, sin manifiestos filosóficos y sin sociólogos de universidad escribiendo artículos insufribles sobre la juventud desencantada. Bastaban tres chavales bailando como posesos en los pasillos de una tienda mientras Ethan Hawke permanecía apoyado junto al mostrador con esa expresión mezcla de resaca emocional, cinismo existencial y agotamiento vital que convirtió a Troy Dyer en el santo patrón de millones de adolescentes confundidos.

Porque si algo tenía aquella generación era precisamente eso: una capacidad extraordinaria para alternar la euforia absurda con el nihilismo más elegante jamás visto. Éramos chavales criados entre cintas VHS rebobinadas con bolígrafo Bic, videoclubs con olor a moqueta húmeda y programas de televisión donde todavía parecía posible que el mundo escondiera cierta magia. Nos educaron prometiéndonos un futuro brillante y acabamos descubriendo que probablemente terminaríamos compartiendo piso, fumando tabaco barato y discutiendo sobre música alternativa mientras trabajábamos en algo que odiábamos profundamente. Y aun así, había una belleza extraña en todo aquello. Una especie de romanticismo mugriento que el cine de los noventa supo capturar mejor que nadie.

La escena funciona porque parece improvisada, casi accidental, pero contiene más verdad sobre nuestra generación que muchas películas enteras. Mientras Lelaina, Vickie y Sammy bailan completamente desatados por el supermercado, agarrando snacks y moviéndose como si acabaran de escapar de un psiquiátrico adorable, Troy observa la situación con esa mezcla de desprecio y melancolía que definió a tantos jóvenes de la época. Él representa al tipo que ya estaba cansado incluso antes de empezar la vida adulta. El intelectual sarcástico que leía libros de músicos muertos, citaba filósofos en bares donde olía a cerveza rancia y parecía convencido de que la felicidad era una trampa inventada por la publicidad de Coca-Cola.

Y sin embargo, todos queríamos parecernos un poco a Troy. Aunque fuera insoportable. Aunque tuviera el entusiasmo vital de una farola apagada. Porque en el fondo representaba la resistencia romántica contra el mundo prefabricado que empezaba a devorarlo todo. Los noventa fueron exactamente ese instante: el momento en que la autenticidad todavía parecía posible antes de que internet convirtiera hasta la rebeldía en un producto empaquetado. Aún podías encontrarte a alguien verdaderamente raro. Aún existían personas que escuchaban música porque les salvaba la vida y no para colgar frases en redes sociales junto a un café fotogénico.

Lo extraordinario de aquella secuencia es que convertía un supermercado cualquiera en una pista de baile generacional. Durante unos segundos, aquellos personajes parecían olvidar la precariedad, los trabajos basura, las relaciones sentimentales desastrosas y el miedo constante al futuro. Bailaban como bailábamos nosotros cuando todavía creíamos que el simple hecho de poner una canción a todo volumen podía arreglar el universo. Porque nuestra generación tenía algo profundamente ingenuo y profundamente triste al mismo tiempo. Éramos irónicos, sí, pero todavía conservábamos cierta esperanza secreta. Una esperanza escondida bajo capas de sarcasmo, camisas de cuadros y conversaciones absurdamente intensas a las tres de la madrugada.

Y entonces aparecía Troy, inmóvil junto al mostrador, observándolo todo con gesto de fastidio metafísico, como si estuviera pensando: “Sí, bailad todo lo que queráis. Dentro de veinte años pagaréis hipotecas imposibles y tendréis dolores lumbares”. Lo terrible es que probablemente tenía razón. Pero también estaba equivocado. Porque aquella generación perdió muchas cosas, sí, pero ganó una estética emocional irrepetible. Supimos aburrirnos de manera artística. Supimos estar rotos con estilo. Supimos convertir la confusión existencial en cultura pop.

Hoy vemos esa escena y sentimos algo parecido a la nostalgia radiactiva. No solo por la película, sino porque representa un mundo que desapareció. Un mundo donde todavía podías perder una tarde entera escuchando discos con amigos sin mirar el móvil cada cuarenta segundos. Donde las conversaciones no estaban diseñadas para convertirse en contenido. Donde la gente se enamoraba en videoclubs, en cafeterías o en supermercados cutres mientras sonaba una canción pegajosa de fondo.

Quizá por eso aquella escena sigue viva treinta años después. Porque no habla únicamente de unos personajes. Habla de nosotros. De una generación que creció entre el cinismo y la esperanza, entre la cultura alternativa y el principio del gran vacío moderno. Una generación que bailaba en los supermercados mientras intuía, en algún rincón oscuro del alma, que el futuro iba a ser bastante más extraño de lo que nos habían prometido.

¡Por cierto, gracias Winona Ryder por esos pasos de baile!

Sergio Calle Llorens

viernes, 15 de mayo de 2026

¡UNICAJA YO VIVO Y... MUERTO POR TI!



Como he escrito en repetidas ocasiones en estas mismas páginas, el Unicaja no es simplemente un club de baloncesto. El Unicaja es el brazo armado de Málaga. Una bandera verde y morada clavada en el corazón del sur. Un equipo que, sin los presupuestos obscenos del Barcelona, el Real Madrid o el Valencia Basket, ha sido capaz de conquistar once títulos y escribir una de las etapas más gloriosas de su historia bajo el mando de Ibón Navarro, con siete entorchados que ya pertenecen a la memoria sentimental de esta ciudad.

Porque el Unicaja tiene algo que el dinero jamás podrá comprar: carácter. Esa mezcla de descaro, rebeldía y amor por las cosas bien hechas que convierte a Málaga en una isla distinta al resto del sur peninsular. Un lugar donde todavía se compite con orgullo y donde el Carpena no es un pabellón, sino una caldera emocional.

El Unicaja y su gente son los Celtics de Málaga. Un equipo con identidad, con mística y con una afición capaz de levantar muertos a base de cánticos. Pero hasta las mejores películas tienen capítulos oscuros. Y esta temporada ha sido uno de ellos. Un auténtico desastre.

La caída comenzó en verano. Melvin Ejim no fue renovado. Se marcharon Kameron Taylor, Dylan Osetkowski, Carter y hasta Yankuba Sima. Y lo que llegó después fue una colección de decisiones difíciles de entender.

Castañeda resultó ser una castaña monumental. Duarte, magnífico jugador en lo individual, nunca consiguió encajar en el engranaje colectivo de Ibón Navarro; demasiado ego para un sistema donde todos deben remar en la misma dirección. Sulejmanovic sigue perdido en tierra de nadie sin saber si es un cuatro, un cinco o un turista táctico. Augustin Rubit parece un exjugador persiguiendo recuerdos de sí mismo. Audige ha alternado noches brillantes con actuaciones incomprensibles. Y Web III, explosivo en ataque, deja en defensa más huecos que un cartón de huevos.

En cuanto a los veteranos, pocos han estado a la altura de lo que exigía el escudo. Especialmente Killian Tillie, cuya temporada ha sido tan decepcionante que, si dependiera de mí, tendría el finiquito preparado esta misma noche.

Sí, las lesiones han castigado. Sí, es imposible ganar siempre. Ni siquiera los grandes imperios fueron eternos. Pero una cosa no quita la otra: la dirección deportiva ha firmado un fracaso rotundo. Y cuando una afición deja de creer en sus jugadores, el problema ya no es deportivo; es anímico.

Málaga da la temporada por enterrada. Y quizá tenga razón.

Pero precisamente ahí es donde se mide la verdadera grandeza de un entrenador y de un grupo humano.

Porque cualquiera sabe liderar cuando suenan los himnos y llegan los títulos. Lo difícil es entrar en un vestuario roto, mirar a jugadores bloqueados, sin confianza y sin alma, y conseguir que vuelvan a creer en sí mismos. Un buen coach no solo diseña sistemas; reconstruye orgullos, despierta carácter y recuerda a sus hombres quiénes eran antes de perderse.

Ibón Navarro tiene ahora el reto más difícil de todos: volver a empezar. Separar el ruido del compromiso. Recuperar el hambre competitiva. Construir un nuevo proyecto sin vivir encadenado a la nostalgia, aunque nadie pueda quitarnos lo bailado.

Porque el pasado fue glorioso, sí, pero el deporte no perdona a quien vive únicamente de recuerdos.

Del presente solo quedan ya los banderines colgando del techo del Carpena como viejas medallas de guerra. Y queda también lo más importante: su gente. Los aficionados. Los abonados —entre los que me encuentro— que seguirán cantando a pleno pulmón incluso en las derrotas:

“Siempre te llevo conmigo,
no juegas solo si yo estoy aquí,
porque vuela el Carpena y Málaga sueña…
Unicaja, yo vivo por ti.”

Sergio Calle Llorens

jueves, 14 de mayo de 2026

¡LA CHICA DEL CADILLAC Y EL HOMBRE QUE HABLABA DESDE LA MADRUGADA!


 

Hay películas que entretienen.
Y hay otras que terminan viviendo dentro de uno como un órgano más.
American Graffiti hizo eso conmigo.

La vi en un cine de verano, hace muchísimos años, cuando las noches todavía tenían misterio y las pantallas parecían portales abiertos hacia otra vida mejor. Recuerdo el ruido de las sillas metálicas, el olor a tierra caliente y aquella sensación extraña de que algo importante estaba ocurriendo delante de mí aunque todavía no supiera nombrarlo.

No lo sabía entonces, pero aquella película me estaba moldeando por dentro.

Y hubo dos figuras que me marcaron de una manera casi obsesiva.

La primera fue Wolfman Jack, el mítico locutor nocturno que aparece en la película como una especie de chamán del rock and roll. Con aquella barba imposible, aquella voz cavernosa y esa manera de hablar como si estuviera emitiendo desde el fondo de una carretera infinita, Wolfman no parecía un simple pinchadiscos. Parecía un espíritu protector de los adolescentes perdidos.

Lo fascinante es que era real.

Su verdadero nombre era Robert Weston Smith, aunque el mundo terminó conociéndolo para siempre como Wolfman Jack. Durante años emitió programas de radio nocturnos que se escuchaban por media América gracias a emisoras fronterizas mexicanas que lanzaban señales gigantescas capaces de atravesar estados enteros. En muchas ciudades, de madrugada, los jóvenes se acostaban escuchando aquella voz salvaje mezclada con doo-wop, rhythm and blues y rock clásico.

George Lucas lo admiraba profundamente y quiso convertirlo en el corazón secreto de American Graffiti. Y lo consiguió.

Porque Wolfman apenas aparece físicamente en la película, pero está en todas partes. Es la voz que acompaña la noche. El narrador invisible de una generación que aún no sabía que estaba perdiendo la inocencia.

A mí aquello me dejó hipnotizado.

Comprendí que una voz puede construir un universo entero. Que alguien escondido tras un micrófono puede acompañar más que muchas personas reales. Y probablemente ahí nació una parte importante de lo que hoy hago yo mismo, aunque nunca lo haya dicho abiertamente.

Con los años, además, ocurrió algo hermoso y triste a la vez: Wolfman atravesaba problemas económicos y American Graffiti volvió a convertirlo en leyenda. Gracias a la película recibió royalties, recuperó popularidad y volvió a actuar ante miles de personas. Era como si el cine le hubiera devuelto la vida al fantasma que había alimentado tantas madrugadas ajenas.

Y luego llegó el final.

En 1995, después de una actuación en Carolina del Norte, regresó agotado a casa. Se sintió mal, se desplomó en brazos de su esposa y le dijo una frase que parece escrita por un guionista melancólico: “Cariño, me muero”.

Murió poco después de un infarto.

Y no sé por qué, pero siempre pensé que era una muerte perfectamente coherente con su personaje. Como si una voz nacida para acompañar noches infinitas no pudiera apagarse de una forma vulgar.

Luego estaba ella.

La rubia del Cadillac blanco.

Ese personaje que atraviesa toda la película como un sueño imposible. La interpretaba Suzanne Somers, aunque apenas aparece unos minutos. Y sin embargo, consiguió algo extraordinario: convertirse en uno de los grandes fantasmas sentimentales de la historia del cine.

Su personaje ni siquiera tiene demasiadas frases. No hace falta. Basta una mirada, un coche alejándose y la obsesión silenciosa del protagonista, Richard Dreyfuss, intentando volver a encontrarla durante toda la noche.

Eso es precisamente lo que la hace eterna.

Porque los amores consumados terminan perteneciendo a la realidad. Y la realidad desgasta las cosas. Pero los amores imposibles quedan congelados para siempre en el punto exacto donde fueron soñados.

Nunca envejecen del todo.

Siguen sonando como aquella canción de verano que no has vuelto a escuchar en veinte años y que, aun así, todavía sabe exactamente dónde hacerte daño.

Para mí, aquella chica del Cadillac terminó simbolizando algo mucho más grande que un romance juvenil. Representaba una época entera que desaparecía lentamente. El último resplandor de una América inocente, nocturna, musical y despreocupada que estaba a punto de ser barrida por el tiempo.

Y quizá por eso me afectó tanto.

Porque todos tenemos una “rubia del Cadillac” en nuestra memoria. No necesariamente una mujer. A veces es una ciudad, una época, una voz o una versión de nosotros mismos que ya no volverá.

Con el paso de los años entendí algo inquietante: gran parte de lo que he creado nace exactamente de esos dos fantasmas.

De Wolfman hablando desde la noche.
Y de esa mujer alejándose para siempre.

Uno me enseñó el poder de la voz.
La otra, el poder de la nostalgia.

Y ambos me hicieron comprender que el verdadero arte no intenta detener el tiempo. Lo único que hace es iluminar durante unos segundos aquello que inevitablemente vamos a perder.

Sergio Calle Llorens

viernes, 8 de mayo de 2026

¡SIXTEEN CANDLES!


 

Existen películas que no envejecen: se repliegan. Se esconden en los pliegues de la memoria como una carta doblada demasiadas veces, con las esquinas gastadas y el perfume intacto. Sixteen Candles pertenece a esa estirpe. No es solo una comedia adolescente: es un relicario emocional donde los años ochenta siguen respirando, como si el tiempo hubiese decidido hacer una pausa para observarse a sí mismo.

En el centro de ese pequeño universo late Molly Ringwald, sacerdotisa involuntaria de una generación que aprendió a nombrar sus inseguridades a través de miradas esquivas y silencios más elocuentes que cualquier declaración. Su Samantha no grita, no exige: espera. Y en esa espera —tan propia de la adolescencia— se condensa todo un tratado sobre el deseo de ser vista en un mundo que, por norma, olvida lo esencial. El día de su cumpleaños, convertido en una fecha invisible, es una metáfora delicada y cruel: crecer es aceptar que nadie está obligado a recordar lo que para ti lo es todo.

El cine de John Hughes, arquitecto sentimental de aquella década, tenía la rara virtud de parecer ligero mientras excavaba hondo. En Sixteen Candles no hay grandes tragedias, pero sí una constelación de pequeñas heridas: la familia que no escucha, el amor que se idealiza, la identidad que se construye a base de equívocos. Hughes comprendió algo esencial: que la adolescencia no es un tránsito, sino un territorio. Y lo cartografió con una precisión casi íntima, como si cada escena hubiese sido escrita a partir de un recuerdo que dolía lo justo para seguir siendo bello.

Frente a Samantha, el mundo se organiza como un teatro de máscaras. Está el deseo improbable encarnado en Jake Ryan, la torpeza desbordada del personaje que irrumpe sin entender las reglas, el desfile de situaciones absurdas que, lejos de trivializar la historia, la humanizan. Porque la vida, incluso en sus momentos más decisivos, rara vez adopta formas solemnes: se presenta disfrazada de malentendido, de accidente, de risa fuera de lugar. Y ahí, en ese equilibrio entre lo ridículo y lo trascendente, la película encuentra su tono exacto.

Vista hoy, la película funciona como un espejo ligeramente empañado. Hay elementos que pertenecen a otra época —códigos, gestos, incluso excesos que el presente mira con distancia crítica—, pero también hay algo que permanece intacto: la vulnerabilidad. Esa sensación de estar a medio camino entre lo que uno es y lo que teme no llegar a ser. En ese sentido, Sixteen Candles dialoga con su hermana espiritual, Pretty in Pink, donde la misma Molly Ringwald encarna otra variación del mismo enigma: cómo sostener la dignidad cuando el mundo insiste en clasificarte.

Los pequeños secretos de la película no están en sus giros, sino en sus detalles. En cómo una mirada puede durar un segundo más de lo previsto. En cómo una escena aparentemente banal —un pastel, unas velas, una canción— se convierte en un ritual de paso. En cómo el humor, a veces irreverente, a veces incómodo, actúa como una coartada para hablar de lo que realmente importa: el miedo a no ser elegido, a no ser suficiente, a quedarse al margen de la historia que otros parecen protagonizar con naturalidad.

Revisitarla hoy es un ejercicio de arqueología emocional. No se trata solo de recordar una película que nos gustó, sino de reencontrarse con la persona que fuimos cuando la vimos por primera vez. Hay algo casi táctil en esa experiencia: como si pudiéramos palpar los pliegues de la piel del pasado y comprobar que, pese a todo, siguen ahí, respirando bajo la superficie del presente.

Recomendar Sixteen Candles no es un gesto cinéfilo, es un acto de memoria. Es invitar a alguien a sentarse frente a una pantalla y aceptar que la nostalgia no es una trampa, sino una forma de conocimiento. Porque entender quiénes fuimos —con nuestras torpezas, nuestros anhelos desmedidos, nuestras pequeñas tragedias domésticas— es, en el fondo, la única manera honesta de entender quiénes somos.

Y quizá por eso la película persiste. No por lo que cuenta, sino por lo que deja suspendido. Por esa sensación de que, en algún lugar entre la risa y el olvido, seguimos soplando velas que nadie vio encenderse. Y que, sin embargo, siguen iluminando.

Sergio Calle Llorens

jueves, 7 de mayo de 2026

¡LA GEOMETRÍA DEL DISPARATE: EL MILAGRO CÓMICO DE LAUREL Y HARDY!

 


Entre la elegancia quebradiza de la risa y la melancolía que siempre acecha tras el telón, hay parejas que no solo hicieron historia: la encarnaron. Stan Laurel y Oliver Hardy no fueron simplemente “el gordo y el flaco”; fueron una forma de entender el mundo, un lenguaje universal que no necesitaba traducción… y, sin embargo, la tuvo.

Porque en los albores del cine sonoro, cuando Hollywood todavía tanteaba los límites de su propia voz, ellos decidieron algo tan insólito como profundamente artesanal: hablarle al mundo en su propio idioma. Bajo la producción de Hal Roach, repitieron escenas enteras en español, fonéticamente memorizadas, como si cada sílaba fuera una pieza más de ese engranaje cómico que funcionaba con precisión de relojería y caos de vodevil. En títulos como La vida nocturna, Noche de duendes, Aves nocturnas o Tiembla y titubea, no solo actuaban: traducían su propio ritmo, su propio tempo, su propia torpeza coreografiada. Cambiaban “manager” por “gerente”, domesticaban el idioma sin domarlo del todo, y en ese leve acento extranjero se colaba una comicidad nueva, inesperada, casi más humana.

Eran, en esencia, la reencarnación moderna de un arquetipo antiguo. Como Don Quijote y Sancho Panza, uno soñaba y el otro tropezaba; uno se elevaba y el otro aterrizaba, a menudo de bruces. Esa dialéctica —el dúo desigual, el contraste como motor narrativo— ha recorrido la historia desde Miguel de Cervantes hasta las duplas contemporáneas: Bud Abbott y Lou Costello, o incluso Sherlock Holmes y Doctor Watson. Pero en Laurel y Hardy ese esquema alcanzó una pureza casi matemática: la repetición del “dos” como forma de explicar el absurdo del “uno”.

Y, sin embargo, bajo la superficie del gag perfecto, latía una relación compleja. Stan Laurel, británico, perfeccionista hasta el desvelo, era el verdadero arquitecto del humor del dúo: escribía, reescribía, afinaba cada gesto. Oliver Hardy, estadounidense, aportaba la presencia, la pausa, esa mirada a cámara que rompía la cuarta pared antes de que el concepto se volviera académico. Juntos crearon un idioma propio, donde una caída podía ser una sinfonía y un silencio, una carcajada diferida.

La industria audiovisual mundial les debe algo más que risas: les debe la comprensión de que el humor físico podía trascender fronteras culturales sin perder identidad. En una época sin doblajes sofisticados ni subtítulos universales, ellos optaron por el esfuerzo titánico de rehacerse en cada idioma. No era solo estrategia comercial; era una forma de respeto hacia el espectador, una intuición casi ética de que la risa, para ser compartida, debía ser también comprendida.

Sus finales, como suele ocurrir con los grandes cómicos, tuvieron un poso de tristeza. Oliver Hardy murió en 1957, debilitado tras varios problemas de salud que lo alejaron progresivamente de los escenarios. Stan Laurel, que le sobrevivió hasta 1965, se retiró prácticamente tras la muerte de su compañero, como si el número —ese “dos” irrepetible— no admitiera sustituciones ni simulacros. Siguió escribiendo gags, contestando cartas de admiradores, pero nunca volvió a ser “la mitad” de nada. Porque el milagro había sido precisamente ese: la suma indivisible de dos.

Hoy, cuando el ruido audiovisual parece haberlo colonizado todo, regresar a sus películas es un acto casi subversivo. En España, donde aún resuena el eco de aquellas versiones en español, siguen siendo una liturgia doméstica: generaciones que descubren que el humor puede ser inocente sin ser ingenuo, sofisticado sin volverse pretencioso. Y que, a veces, basta una puerta que no se abre, un piano que cae por una escalera o una mirada cómplice para recordarnos que el mundo, en su absurdo, sigue siendo profundamente humano.

Laurel y Hardy no pertenecen al pasado. Habitan ese territorio extraño donde la risa se convierte en memoria y la memoria, en un pequeño acto de resistencia contra el olvido. Porque mientras alguien, en cualquier lugar, siga riendo con ellos —aunque sea con acento, aunque sea repitiendo palabras aprendidas de oído—, el número seguirá siendo dos. Y seguirá siendo perfecto.

Sergio Calle Llorens

miércoles, 6 de mayo de 2026

¡NOTICIAS ESPELUZNANTES!

 


Dije, y a algunos sesudos pensantes les pareció exagerado, que si importabas África y Magreb, al final, claro está, tenías exactamente eso.; el tercer mundo en casa. También dejé escrito qué si repetíamos los fallos en inmigración ilegal en Reino Unido, Francia o la desternillante Bélgica, el resultado sería el mismo drama. Me crujieron a insultos.  Pues bien. El tiempo, ese juez implacable, me ha terminado dando la razón.

Un hombre de 37 años, marroquí para más señas, grita consignas islamistas en plena calle de Esplugues de Llobregat y termina asesinando a una ciudadana china de 17 primaveras que había salido a pasear a su perrito. El supuesto criminal, angelito migrante para las ONG subvencionadas por el gobierno del yerno del proxeneta, ya había protagonizado incidentes en varios puntos de la geografía española. A pesar de los gritos, del apedreamiento a la policía y los vecinos, los responsables dijeron que se trataba de un caso de salud mental. La suya, no la de los gestores políticos. No fue deportado. De Burgos pasó a Barcelona tras protagonizar diferentes monerías de la morería. Lo de siempre y a nadie puede sorprender. Tampoco asombra que los medios de desinformación catalogaran el asesinato como violencia machista. Cuando se destapó el pastel, tuvieron que borrar tuits y titulares por la vía de urgencia.

Un falso mena viola a una menor en un parque en Hortalezas y alude que consumió marihuana, alcohol, pastillas y hachís. Como vemos, el joven no disponía de tiempo para estudiar urbanidad occidental.

 La criatura había sido expulsada de Alemania e Italia por delitos violentos. Le acogimos en España por caridad cristiana y le ha destrozado la vida a una pobre niña cuyos gritos, como no fueron provocados por un hombre europeo heterosexual, no quiso escuchar nadie.  Nadie le echó cuentas. Otra que tampoco sabe mucho de cuentas es María Jesús Montero, Lady Mopongo para los amigos, cuya contabilidad ha sido desnudada por el Tribunal de la materia señalando que usó fondos de la UE para tapar que no hay presupuestos estableciendo un nuevo agujero de récord en las pensiones. Al parecer la ministra gastó en 2024 77.000 millones más de lo que permitía la prórroga e infló deudas tributarias, según el órgano fiscalizador.

En estos asuntos el gobierno de Sánchez se niega a dar más información; en la regularización de inmigrantes alude al secreto de Estado. En el tema de las cuentas aplica aquello de los socialistas prefieren la oscuridad de los lupanares que la claridad de las cuentas.

Son las noticias escalofriantes de la semana. Hay más. Muchas más. Pero me tiemblan las manos como para seguir escribiendo.

Sergio Calle Llorens