viernes, 24 de abril de 2026

¡PEGGY SUE GOT MARRIED!



 


No hay nada más peligroso que una película que nos devuelve a nosotros mismos. Peggy Sue Got Married no es, en apariencia, más que un artefacto de nostalgia: un viaje hacia los años de instituto, hacia las faldas de vuelo y los peinados imposibles, hacia ese territorio donde el tiempo aún no ha pasado factura y la vida parece una promesa en lugar de una contabilidad de pérdidas. Pero bajo su superficie amable late una inquietud más honda, casi metafísica: ¿qué haríamos si pudiéramos corregir nuestra propia biografía?

La premisa es conocida y, sin embargo, nunca deja de seducir. Peggy Sue, interpretada por una Kathleen Turner en estado de gracia crepuscular, se desmaya durante una reunión de antiguos alumnos y despierta en 1960, en su propio cuerpo adolescente, pero con la conciencia intacta de la mujer que ya ha vivido, amado, fracasado. Esa fractura entre experiencia y juventud es el verdadero motor de la película: no es el viaje en el tiempo lo que importa, sino la conciencia del error.

Porque la memoria —esa gran impostora— no solo recuerda, también reescribe. Y Peggy Sue, como todos nosotros en nuestros momentos más íntimos, cree saber qué decisiones fueron las equivocadas. Cree que, con la lucidez del futuro, puede domesticar el pasado. Ahí reside la belleza melancólica del filme: en esa ilusión de control que se desmorona lentamente.

La reunión con las amigas, los pasillos del instituto, las miradas que aún no han aprendido a disimular: todo está filmado con una delicadeza casi elegíaca. No hay ironía cruel, sino una ternura que roza lo doloroso. Es el cine como máquina de resurrección, como intento desesperado de devolvernos a un tiempo donde todo parecía posible, incluso aquello que jamás lo fue.

Y luego está él: ese Nicolas Cage desbordado, excesivo, casi caricaturesco, que encarna al amor imperfecto, al amor real. Porque la película, en última instancia, no habla de oportunidades perdidas, sino de elecciones inevitables. Uno puede fantasear con invitar a salir a aquella chica que nunca se atrevió a mirar a los ojos, con besar a quien solo habitó en la imaginación, con desviarse del camino conocido. Pero hay algo profundamente inquietante en la idea de que, incluso sabiendo todo lo que sabemos, tal vez acabaríamos cometiendo los mismos errores.

La banda sonora merece una mención aparte: no es mero acompañamiento, sino un tejido emocional que envuelve cada escena con una pátina de tiempo suspendido. Las canciones funcionan como cápsulas de memoria, activando en el espectador esa nostalgia prestada que, sin embargo, sentimos como propia. Es música que no solo se escucha: se recuerda, aunque nunca haya formado parte de nuestra vida.

Más discutible resulta el tramo final, cuando la película se desliza hacia lo casi fantástico con la figura del abuelo que acepta la posibilidad del viaje temporal. Ahí el relato pierde parte de su sutileza, como si necesitara explicarse cuando lo verdaderamente poderoso era, precisamente, su ambigüedad. El misterio, una vez verbalizado, deja de ser misterio.

Aun así, hay destellos que permanecen: la aparición casi anecdótica de una jovencísima Sofia Coppola, testigo silencioso de un linaje cinematográfico; la presencia de aquella actriz veterana que encarnó a la mujer de Tarzán, recordándonos que el cine es también un cementerio luminoso donde las generaciones se superponen sin tocarse.

Pero lo que realmente queda, lo que persiste después de los créditos, es esa sensación incómoda de haber mirado demasiado de cerca nuestra propia vida. Porque Peggy Sue Got Married no trata del pasado, sino del presente visto con los ojos del arrepentimiento. Trata de los sueños que no cumplimos, de las versiones de nosotros mismos que quedaron en el camino, de esa intuición amarga de que la vida es, en esencia, una sucesión de renuncias.

Y, sin embargo, hay algo casi consolador en su conclusión implícita: no podemos reescribir nuestra historia. No hay segundas oportunidades verdaderas, no hay regresos limpios al origen. Solo nos queda la memoria, ese territorio ambiguo donde los errores se suavizan y los amores perdidos adquieren una perfección que nunca tuvieron.

Quizá por eso la película deja un poso extraño, entre la tristeza y la aceptación. Como si nos susurrara, con una elegancia casi cruel, que no importa cuánto viajemos hacia atrás en nuestra imaginación: la vida, al final, siempre nos conduce al mismo lugar. Y no salimos vivos de ella.

Sergio Calle Llorens

miércoles, 22 de abril de 2026

¡PLA, SUS MUJERES Y YO!

 


En mi biblioteca hay libros que se leen y libros que se viven. Y luego está el El cuaderno gris, que directamente se infiltra en la manera en que uno observa el mundo. Yo soy planiano hasta la médula, y no lo digo como una etiqueta literaria, sino como una forma de estar en la realidad: desconfiando de lo grandilocuente, atendiendo a lo pequeño, encontrando en una conversación trivial o en un plato bien descrito una verdad más sólida que en muchos discursos solemnes. Leer a Josep Pla es asistir a un fenómeno extraño: el autor no construye personajes porque él mismo se convierte en el personaje central de toda su obra. Su mirada lo invade todo. Su ironía, seca como una sentencia notarial, desmonta la realidad sin levantar la voz. Y, sin embargo, bajo esa aparente claridad, siempre hay una penumbra.

Pla escribió como quien toma notas del mundo, pero en realidad estaba levantando un sistema de interpretación. En El cuaderno gris no hay argumento en el sentido clásico, sino una sucesión de observaciones que, poco a poco, acaban formando una cosmovisión. El joven que escribe ese diario ya contiene al escritor total: el escéptico, el observador incansable, el hombre que parece no implicarse pero que en realidad está profundamente atravesado por lo que ve. Y ahí empieza el misterio. Porque Pla parece transparente, pero no lo es. Dice mucho, pero también decide con precisión quirúrgica qué no decir.

Ese silencio se vuelve especialmente elocuente cuando uno entra en el territorio de sus relaciones con las mujeres. Pla las vivió intensamente, pero las escribió con una discreción casi obsesiva. Esperanza Suquet, el amor de juventud, apenas deja rastro. Mercedes, en Barcelona, queda confinada a las cartas privadas. Rosetta Lagomarsino irrumpe con fuerza en su vida, incluso llega a Palafrugell, pero es expulsada, como si la realidad misma no pudiera tolerar ese desorden sentimental. Luego aparecen figuras más complejas, como Aly Herscovitz, en el Berlín derrotado y febril de los años veinte, o Adi Enberg, quizá la relación más enigmática de todas: años de convivencia, posible matrimonio, una hija nunca reconocida… y, sin embargo, un silencio casi total en su obra. Pla convierte su vida en literatura, sí, pero no toda su vida entra en ese filtro.

Con Aurora, la historia cambia de tono. Aquí ya no estamos ante la discreción, sino ante una intensidad casi obsesiva. Pla descubre con ella un territorio erótico que lo desborda, y aunque la relación se interrumpe, continúa durante décadas a través de cartas cargadas de deseo. Es un Pla distinto: menos irónico, más vulnerable, más expuesto. Y luego está Consuelo Robles, la joven gitana, a quien integra en su vida cotidiana de una manera difícil de clasificar, entre lo afectivo, lo práctico y lo profundamente ambiguo. Todo esto dibuja a un hombre que observa con distancia, pero vive con contradicción.

Y es precisamente en esas contradicciones donde el personaje se vuelve verdaderamente interesante para un expediente como el que estás construyendo. Porque Pla no es solo el gran prosista del siglo XX en lengua catalana, no es solo el cronista minucioso de una época. Es también un hombre situado en un contexto político y moral complejo. Su relación con el franquismo no puede obviarse. Tras la Guerra Civil, Pla se adapta al nuevo régimen, escribe, publica, sobrevive. Colabora, en cierta medida, con el sistema, aunque siempre desde esa posición suya tan característica: lateral, pragmática, nunca del todo explícita. No es un ideólogo del régimen, pero tampoco un opositor. Es, si se quiere, un superviviente lúcido que decide seguir escribiendo en las condiciones que le tocan.

La famosa anécdota de la gabardina resume bien ese espíritu. Pla, con su ironía habitual, viene a decir que uno se pone la gabardina que conviene según el tiempo que hace. No es una declaración heroica, ni pretende serlo. Es, más bien, una forma de cinismo práctico, de adaptación a la intemperie histórica. Y esto incomoda, claro. Sobre todo cuando se contrasta con su ambición de ser el gran cronista de su siglo. Porque hay silencios que pesan. Y uno de los más evidentes es su ausencia de reflexión sobre el Holocausto. En un escritor tan atento a la realidad, tan obsesionado con describir su tiempo, ese vacío resulta inquietante. No es un descuido menor, es una omisión significativa que obliga a replantearse su figura.

Decir esto no disminuye a Pla; lo humaniza. Lo saca del pedestal y lo devuelve a ese terreno que a él mismo le habría gustado: el de la imperfección concreta. Un escritor enorme, sí, pero también un hombre con zonas oscuras, con decisiones discutibles, con silencios que interpelan. Y quizá ahí reside una de las claves más fascinantes de su obra. Pla no ofrece respuestas morales claras. No se presenta como ejemplo. Escribe, observa, anota. Y deja que el lector saque sus propias conclusiones.

Desde dentro, incluso apoyando a la Fundación que lleva su nombre, es comprensible que estos aspectos se traten con cautela. Pero un escritor cuando es grande de verdad, no se sostiene solo sobre la admiración, sino también sobre la incomodidad.

Y Pla, en ese sentido, sigue siendo profundamente incómodo. Por su lucidez, por su ironía, por su capacidad de describir el mundo… y también por todo aquello que decidió no contar.

Sergio Calle Llorens

domingo, 19 de abril de 2026

¡UN CABALLERO EN TIEMPOS DE RUIDO!

 


Mi padre aprobó unas oposiciones con doce años. Tuvo que estudiar contabilidad e inglés. Tras conseguirlo, obtuvo el puesto de botones en el Banco de Bilbao. Años más tarde terminaría trabajando como director de sucursal. Nunca se tomó una baja. Jamás dio una excusa en el trabajo. Un tipo que se vestía por los pies. Alguien que en ninguna hoja del calendario tiró un papel al suelo. Un caballero profesional que exigía lo mismo de sus subordinados.

A él no se le pasó por la cabeza pitar un himno ajeno, ni siquiera el andaluz, que sentíamos ajeno. En esencia, era un tipo conservador. De esos que crecieron afirmando que hacer el servicio militar era servir a España. Sin embargo, decía que los homosexuales eran seres fantásticos, porque así mis hermanos y yo tendríamos más mujeres a nuestra disposición. De las lesbianas pensaba que eran personas de muy buen gusto, porque se enamoraban de otras mujeres.

Rafael variaba muy poco de opinión; lo que le parecía fatal al alba le seguía pareciendo igual de mal en la anochecida. No era el tipo de hombre al que le hubiera agradado escuchar cánticos como el de «musulmán el que no bote», pero habría puesto el grito en el cielo ante la vejación del himno de todos los españoles. Ya lo leen: un señor muy alejado de los patanes que hoy opinan en televisión y escriben en los diarios.

Lo que más me gustaba de él era su fino e irónico sentido del humor. A veces podía confundirse con un señor inglés que, tras leer un artículo de The Times, levanta la cabeza para soltar un comentario jocoso. Le hacían mucha gracia esos falsos profetas que se esposan con mujeres porque Dios se les aparece en sueños para que desfloren a alguna damisela. Como si el Altísimo, que como todo el mundo sabe está en el cielo tan pimpante, no tuviera otra cosa que hacer que preocuparse de la vida sexual de los mortales.

Mi padre nunca tuvo mala sangre. Es más, pasó su vida donándola, porque la suya era universal. El karma no le premió y, el único día que su ángel de la guarda —al cual mandó saludos muy poco cordiales— estaba despistadillo, terminó ahogado en su propia sangre, esperando a una ambulancia del Servicio Andaluz de Salud. Su muerte no provocó ningún titular. Nadie se manifestó en la calle por él. Básicamente, porque gobernaba el PSOE y él no era un perrito como Excalibur.

A veces pienso que su muerte fue la forma que tuvo Dios de ahorrarle ver con sus propios ojos que los españoles y el resto de europeos estamos siendo sustituidos por una masa de gente ajena cuyos valores morales se anclan en un pedrusco de Arabia. Él no lo hubiera intentado. Él no lo hubiera aceptado. Al final, el tiempo le dio la razón: nuestro mundo va a desaparecer.

Y, sin embargo, cuando cae la noche y el ruido se apaga, me gusta pensar que hombres como él no desaparecen del todo. Que quedan suspendidos en algún lugar discreto, quizá en ese mismo cielo donde el Altísimo sigue tan pimpante, observándonos con una mezcla de ironía y cansancio. Como si aún levantara la vista de su periódico invisible para dictar sentencia, breve y certera, sobre este mundo que ya no reconoce. Y entonces, por un instante, todo parece un poco menos perdido.

Sergio Calle Llorens

miércoles, 15 de abril de 2026

¡MATEU LAHOZ: ANATOMÍA DE UN ESPERPENTO TELEVISADO!



Ya arbitrando apuntaba maneras de pistolero desquiciado cuando llegó a expulsar a Ferran Torres por mirarle mal tras no señalar un penalti como la catedral de Burgos. Por momentos parecía Billy the Kid desenfundando el revólver en un saloon de mala muerte. Arma que, por cierto, mantenía con el seguro echado cuando Casemiro repartía hostias celestiales a diestro y siniestro. Y eso incluía, metafóricamente, las que le daba al propio Mateu en los vestuarios.

Es imposible no troncharse de risa cada vez que abre la boca. El árbitro retirado, hoy reconvertido en oráculo del balompié en Movistar, no pierde ocasión para convencernos de que su sitio natural no es un plató, sino una habitación acolchada con vistas al infinito. Un día, el jugador del Real Madrid, Federico Valverde —si eso lo hace en un campo de fútbol, qué no hará en un parking—, soltaba un viaje descomunal en la cara a un jugador del Benfica, cortando una ocasión manifiesta de gol, y el trencilla televisivo justificaba la no expulsión porque el colegiado estaba realizando un “arbitraje muy humano”. Muy humano, sí: como el de Hannibal Lecter a la hora de cenar.

¿Es tonto o no es tonto? ¿Está para encerrarlo o no está para encerrarlo?

Ayer nos dejó otra perla de coleccionista antes del Atleti-Barça: “Al árbitro francés lo veo muy centrado porque acaba de saludar a los niños y eso es muy buena señal”. Les juro que estuve a punto de caerme del sofá, como en una escena de Aterriza como puedas. Minutos después, tras un fallo flagrante del gabacho, lo disculpaba afirmando que estaba de espaldas. No lo estaba. Pero en el estudio nadie se atrevió a discutir con quien ya ha cruzado la línea que separa el análisis de la alucinación.

En realidad, lo que me gustaría saber es cuáles son los criterios de Movistar Plus+ para contratar a sus comentaristas. Porque lo que hay ahí dentro no es una redacción: es una especie de casting permanente para un reality de incompetencia ilustrada.

Ahí tienen a Ajero entrevistando a jugadores de baloncesto en un inglés macarrónico que no entiende ni él mismo, como si estuviera improvisando diálogos descartados de una mala película de Guy Ritchie después de una noche larga y una resaca peor. Uno lo escucha y no sabe si está formulando una pregunta, pidiendo auxilio o intentando invocar a un demonio babilónico.

Y luego está Amaya Valdemoro, que sabe de baloncesto —eso es innegable—, pero cuyo madridismo sociológico es tan transparente que debería cotizar en bolsa. Intenta disimularlo repartiendo elogios al rival, sí, pero siempre cuando el partido está decidido, cuando el pescado ya está vendido y el aplauso no compromete nada. Es como esos actores que lloran cuando ya ha caído el telón: mucho gesto, cero riesgo.

Muchas veces recuerda a esos calvos que se dejan barba para que no reparemos en que tienen menos pelo en la cabeza que una bombilla de veinticinco vatios. Pero aquí la barba ya no engaña a nadie. El cartón se ve desde la última fila.

Y mientras tanto, el espectador, que no es idiota —aunque algunos se empeñen en tratarlo como tal—, asiste a este desfile de opiniones blandas, justificaciones absurdas y análisis que parecen escritos con un dado en la mano. Hoy digo una cosa, mañana la contraria, y pasado mañana ya veremos si me acuerdo de lo que dije ayer.

Esto no es análisis deportivo: es un número de varietés. Un circo de tres pistas donde cada cual hace su numerito esperando que nadie mire demasiado de cerca.

Solo faltan Falete, los Los Chiripitifláuticos y Kiko Rivera comentando el VAR para completar el esperpento.

Total… que uno ya no sabe si está viendo fútbol o un remake cutre de Alguien voló sobre el nido del cuco. Pero sin Jack Nicholson que nos salve la función.

Y lo peor no es que estén ahí. Lo peor es que pretenden que nos lo tomemos en serio.

Sergio Calle Llorens

jueves, 9 de abril de 2026

¡DONDE EMPIEZAN LOS FRACASOS ELEGANTES!


Siempre he tenido la sensación de haber llegado demasiado pronto o demasiado tarde a los sitios. Una constante que no ha sufrido variación alguna en mi agitada vida. Sin embargo, durante años soñé que el entrenador me sacaría a jugar los últimos diez segundos del partido para lanzar la canasta ganadora sobre la bocina. Nunca ocurrió. Tampoco pasó que aquella mujer, marquesa de la progresía, descolgara el teléfono para disculparse por el trato degradante al no considerarme de su mismo pedigrí. A veces hay clases incluso entre los funcionarios.

Los soñadores vivimos mejor en las viñetas de un cómic. Posamos bien en ese mar de tinta bermeja bajo la luna espectral que apenas ilumina nuestros fracasos. En mi caso, todos ellos llevan la palabra «casi»: casi vendí los derechos de mi segunda novela a una gran productora de cine, como esos guiones que duermen el sueño eterno en un cajón de Hollywood. Casi terminé escribiendo para un gran diario, rozando con los dedos una columna que nunca llegó a llevar mi nombre. Casi terminé en la cárcel, como don Francisco de Quevedo, por unos versos satíricos que jamás alcanzaron el escándalo necesario. Casi incluyeron en un disco una canción que compuse en una noche de verano, de esas que suenan en la radio de otro mientras uno conduce sin rumbo. Casi llegué a los dos años como best seller, en una época en la que el viento siempre empujaba mi nave hacia un puerto llamado éxito… pero siempre había una corriente traicionera que desviaba el rumbo en el último instante.

La vida es una continua pérdida. Pierdes a tu primer amor. Pierdes a tus seres queridos, que van dejando demasiados huecos en la mesa. Pierdes la lozanía y pierdes hasta la vida. Es cuestión de aceptarlo, aunque duela. Lo que no se puede aprender es la esperanza. Empero, yo la perdí en algún cruce de caminos, pero sería incapaz de recordar el triste acontecimiento.

A resultas de todo esto, siento que mi existencia ha sido un completo desatino. Incluso pienso que no debería haber nacido. A veces siento que ni mi sombra es capaz de seguirme en mis correrías nocturnas. En una de ellas, me percaté de que apenas me tengo en pie ya. Creo que, una vez más, llegaré tarde a mi cita con el destino. Recuerdo que, en lo alto, el ululato del mochuelo parecía compadecerse de mi escasa fortuna. Intentaba localizarlo cuando la lluvia hizo acto de presencia y deshice el camino por última vez.

¡Y esto, queridos niños, es lo que uno piensa cuando llega a casa de noche y se encuentra la nevera sin cerveza!

Sergio Calle Llorens

miércoles, 1 de abril de 2026

¡EL HOMBRE QUE ESCUCHÓ LA MÚSICA HASTA QUE SE LE ROMPIÓ EL CORAZÓN!


 

Chicago, años cincuenta. No era una ciudad, era un ruido constante. Un lugar donde el humo de las fábricas se mezclaba con la música que salía de los bares como si alguien hubiera dejado abierta una herida en medio de la noche.

En ese escenario aparece Leonard Chess, un inmigrante judío que no llega con un plan para cambiar la música ni con ninguna ambición cultural. Llega como llegan muchos: buscando una forma de sostenerse en pie. Pero hay personas que, sin proponérselo, acaban escuchando cosas que otros no oyen.

El blues estaba allí antes que él. En las voces de los que venían del sur, en los dedos cansados de guitarristas que tocaban como si se estuvieran contando a sí mismos su propia vida. No era entretenimiento. Era supervivencia hecha sonido.

Y Chess escucha.

No lo analiza. No lo teoriza. Lo escucha.

De esa escucha nace Chess Records, junto a su hermano Phil. Un sello discográfico que no empieza como una idea brillante de negocio, sino como una intuición casi física: aquello que suena en los clubes pequeños de Chicago no puede quedarse allí dentro sin perder algo esencial.

Muddy Waters, Howlin’ Wolf, Willie Dixon… nombres que hoy suenan a historia grande, pero que entonces eran simplemente personas intentando transformar el dolor en algo que pudiera sostenerse en una canción. No había distancia entre la vida y la música. Todo era lo mismo.

Chess no inventa nada de eso. Lo que hace es otra cosa más rara: quedarse cerca.

Entra en ese mundo sin terminar de pertenecer a él, pero sin apartarse. Y en esa fricción nace algo extraordinario. El blues se electrifica, se vuelve urbano, más duro, más afilado. Chicago empieza a sonar distinto, y con el tiempo el eco de ese sonido llega mucho más lejos de lo que nadie podía imaginar.

El sello crece. Y con él crece también la vida de su fundador, que empieza a moverse entre oficinas, contratos, decisiones que ya no tienen la inocencia del principio. La música sigue ahí, pero ahora también hay negocio, presión, expectativas, tensiones con artistas que no siempre confían en quienes llevan las cuentas.

Todo se vuelve más grande. Y lo grande siempre pesa.

Hubo cercanía con los músicos, hubo conflictos, hubo relaciones intensas propias de un mundo donde el arte no se separa fácilmente de la vida. Porque Chess Records no era solo una empresa: era un lugar donde muchas vidas se cruzaban alrededor de algo tan frágil como una canción.

Y entonces llega el final de Leonard Chess.

Un infarto en su coche, en movimiento, en plena actividad. No hay reposo, no hay cierre, no hay ceremonia. Solo el cuerpo deteniéndose de golpe mientras todo lo demás seguía avanzando. Y quizá ahí está la única coherencia posible con su historia: alguien que vivió siempre en movimiento no podía terminar de otra manera.

Porque su vida fue eso. Movimiento constante. Música empujando hacia delante. Ruido convertido en forma de sentido.

Lo que queda de él no es una biografía cerrada ni una figura solemne. Lo que queda es un catálogo de voces que cambiaron la historia de la música sin saber del todo que la estaban cambiando.

Y si alguien quiere ver más de esa vida, más de ese mundo donde todo esto ocurrió, existe una película que la reconstruye con sus luces y sus sombras: Cadillac Records.

Sergio Calle Llorens


jueves, 26 de marzo de 2026

¡THE HOUSEMARTINS!


 The Housemartins son frecuentemente descritos como una versión más pop, luminosa y accesible de The Smiths, pero esa comparación, aunque tentadora, se queda corta. Porque si algo tenían los primeros era una capacidad casi milagrosa para disfrazar de ligereza lo que, en otras manos, habría sonado denso.

En la Málaga de los años 80 —cuando la movida no necesitaba etiquetas importadas para existir—, la música era una forma de estar en el mundo. Y en la capital de la Costa del Sol, lejos del foco de Madrid, también latía una escena propia, más cruda, más libre, menos pendiente de la foto y más del momento.

Allí, en Pedregalejo, barrio marinero donde el tiempo parecía diluirse entre el salitre y las madrugadas largas, había garitos que no saldrían nunca en una guía… pero que definieron una época. Uno de ellos, regentado por Manu —personaje de esos que sostienen una noche entera sin proponérselo—, era punto de encuentro, refugio y escenario.

Y en algún momento, entre chupitos, risas y conversaciones que se perdían en el aire, sonaba Happy Hour. Y todo cobraba sentido.

Porque mientras The Smiths construían su universo desde la melancolía elegante, con Morrissey escupiendo verdades incómodas envueltas en poesía y Johnny Marr tejiendo guitarras inolvidables, los The Housemartins optaban por otro camino: el de la ironía con ritmo, el de la sonrisa que no es ingenua.

Sus canciones entraban fáciles, casi demasiado. Pero debajo había intención, observación, mala leche bien administrada. No necesitaban oscurecer el tono para decir cosas. Les bastaba con afinar bien la melodía.

Y luego estaba ese detalle que el tiempo convirtió en mito: el bajo de Norman Cook, que años más tarde se transformaría en Fatboy Slim. Pero en aquellos días era solo parte de una banda que sonaba a algo distinto, algo fresco, algo que encajaba perfectamente en noches como aquellas.

Escuchar a los Housemartins en la costa malagueña tenía algo casi cinematográfico: música del norte industrial inglés sonando frente al mar, entre amigos, alcohol y esa sensación —cada vez más difícil de recuperar— de que todo estaba ocurriendo exactamente donde debía.

Con el paso del tiempo, Paul Heaton prolongaría esa sensibilidad en The Beautiful South, quizá con un enfoque más pulido, más adulto. Pero la chispa original, esa mezcla de frescura, ironía y verdad sin solemnidad, pertenece a aquellos años.

Compararlos con The Smiths es casi inevitable. Pero mientras unos invitaban a mirar hacia dentro, los otros te empujaban a vivir hacia fuera.

Y en noches como aquellas, en Pedregalejo, con Happy Hour sonando de fondo, no había duda de qué lado estaba la vida.

Sergio Calle Llorens

miércoles, 25 de marzo de 2026

¡SCARPETTA!

 

Ahí, en ese punto exacto donde la ciencia forense deja de ser procedimiento y se convierte en confesión, Scarpetta encuentra su verdadero pulso. No como adaptación complaciente, sino como una relectura incómoda del universo de Patricia Cornwell, diseñada para incomodar más que para entretener.

Disponible en Amazon Prime Video, la serie articula sus ocho episodios como un descenso progresivo a una doble investigación: la de varios asesinatos con patrones inquietantemente precisos y, en paralelo, la de un pasado que se niega a permanecer enterrado. Kay Scarpetta, médica forense de prestigio, se ve obligada a enfrentarse no solo a cadáveres que cuentan historias a medias, sino a una trama que conecta lo profesional con lo íntimo de una forma cada vez más asfixiante. Nada es casual. Nada está completamente cerrado.

Nicole Kidman construye una Scarpetta que huye del cliché: cerebral, sí, pero también erosionada, incómoda en su propia piel, como si cada autopsia fuera un recordatorio de algo que no logró resolver en su propia vida. No hay heroicidad, hay resistencia.

A su lado, Jamie Lee Curtis ofrece una interpretación sencillamente incontestable. Cada escena suya añade una capa de tensión, de historia no dicha, de autoridad moral ambigua. No acompaña la serie: la eleva.

El juego temporal es una de las claves del relato, y aquí sí: la joven Scarpetta tiene nombre y peso. Rosy McEwen no se limita a imitar; construye un origen. Su interpretación aporta nervio, fragilidad y una sensación constante de peligro latente, como si el personaje ya estuviera marcado desde el principio. Gracias a ella, el pasado no explica el presente: lo contamina.

Uno de los grandes aciertos de casting —y también de escritura— es el personaje de Pete Marino. Bobby Cannavale encarna la versión adulta con una mezcla de desgaste, ironía y violencia contenida que funciona a la perfección, mientras que su hijo, Jake Cannavale, da vida al Marino joven con una energía más impulsiva, más cruda. El resultado no es solo coherente: es orgánico. Rara vez se ve en pantalla una continuidad generacional tan bien resuelta.

Completa el núcleo principal Simon Baker, que abandona cualquier rastro de carisma complaciente para instalarse en una ambigüedad incómoda. Su personaje nunca se entrega del todo, y eso lo convierte en una pieza clave dentro del engranaje narrativo.

Pero si hay un elemento que distingue a Scarpetta del resto de thrillers recientes es su apuesta por integrar la tecnología como conflicto emocional, no como artificio. La sobrina de Scarpetta mantiene “conversaciones” con un avatar creado por su pareja antes de morir: una inteligencia artificial que sigue presente, que responde, que interactúa. Lo inquietante no es la idea —cada vez más plausible—, sino su ejecución. No hay espectacularidad, hay perturbación. La serie acierta al plantearlo no como avance tecnológico, sino como imposibilidad de duelo.

En cuanto al argumento, la serie construye una investigación compleja en torno a varios crímenes que parecen aislados, pero que poco a poco revelan conexiones profundas con decisiones del pasado, relaciones familiares fracturadas y secretos que nunca debieron sobrevivir. Cada episodio añade una pieza, pero también introduce una duda. Y ahí está la clave: el espectador nunca tiene la sensación de pisar terreno firme.

El desenlace —sin destriparlo— no busca cerrar, sino revelar. Obliga a reinterpretar lo visto, a reconsiderar las motivaciones, a aceptar que algunas respuestas llegan demasiado tarde.

Scarpetta no es una serie de consumo rápido. Es una serie que exige atención, que incomoda y que, cuando termina, deja algo más que la sensación de haber visto una buena historia: deja una inquietud difícil de sacudir.

Sergio Calle Llorens

martes, 24 de marzo de 2026

¡LA TARDE EN QUE LA MÚSICA PARECÍA ETERNA!


 

Tengo recuerdos que no se me van nunca del monumento catedralicio que tengo por cabeza. No envejecen, no se desgastan, no se diluyen como las fotografías antiguas. Permanecen suspendidos en algún lugar secreto de la memoria, intactos, como si el tiempo hubiese decidido respetarlos.

Uno de esos recuerdos para mí tiene quince años.

Era una tarde de primavera en La Malagueta. De esas tardes malagueñas en las que el aire trae una mezcla imposible de sal, gasolina y promesas. El mar respiraba cerca, aunque no se viera, y la luz del atardecer empezaba a ponerse dorada, casi líquida, como si el día se estuviera derramando lentamente hacia la noche.

Yo caminaba buscando a un amigo mod. Sabía que estaría en el Sophisticat, un bar que para nosotros era algo más que un bar. Era un territorio. Un pequeño santuario urbano donde se refugiaba una tribu que creía en la elegancia, en la música y en una forma particular de vivir la juventud.

Antes de entrar ya se oía la escena.

Las Lambretta estaban aparcadas en la puerta como caballos metálicos alineados antes de una batalla nocturna. Cromados brillando con los últimos reflejos del sol, espejos redondos, pegatinas, algún casco colgado del manillar. Aquellas motos eran más que un vehículo. Eran una declaración estética, una forma de decirle al mundo quién eras.

Empujé la puerta del bar. Y entonces empezó la magia.

Dentro sonaba una canción que en aquel momento parecía hecha exactamente para ese instante. Sunday Girl. El ritmo era ligero, casi juguetón, pero tenía algo melancólico que solo se entiende cuando uno ha vivido ciertos años. La voz de Debbie Harry flotaba por el local como un perfume elegante.

Aquella música era la banda sonora de nuestras vidas.

Los años ochenta tenían algo irrepetible. No lo sabíamos entonces, claro. Uno nunca sabe que está viviendo su época dorada mientras la vive. Pero todo parecía vibrar con una energía especial. La música new wave, el soul blanco que los mods rescataban de viejos vinilos, el pop eléctrico que llegaba de Inglaterra y de Nueva York. Todo se mezclaba en aquellos bares donde los tocadiscos parecían sacerdotes de un ritual nocturno.

Y entonces la vi.

Una chica rubia bailaba cerca de la barra.

Vestía con esa elegancia despreocupada que solo poseen ciertas chicas jóvenes. Faldita corta, medias oscuras, movimientos ligeros. No bailaba para nadie. Bailaba para la música. Y durante unos segundos me pareció que Debbie Harry se había escapado del disco y estaba allí, en aquel bar de Málaga, moviéndose al ritmo de su propia canción.

En la adolescencia uno confunde fácilmente la belleza con el destino.

Quizá por eso aquel momento quedó grabado para siempre.

Los mods hablaban, reían, bebían cerveza, discutían sobre discos y scooters. Había una especie de sofisticación juvenil en el ambiente, una mezcla de estética británica y espíritu mediterráneo. Camisas bien planchadas, parkas, mocasines, chaquetas ajustadas. Para nosotros aquello era casi una forma de aristocracia callejera.

La noche todavía no había empezado del todo.

Estaba naciendo.

Ese momento exacto entre la tarde y la oscuridad en el que todo parece posible. Cuando aún no sabes dónde terminarás, pero sabes que algo va a ocurrir.

Después vendría el ritual inevitable.

Las motos arrancando una a una. El olor a gasolina mezclado con el aire marino. Las conversaciones gritadas entre motores. Las risas. La ciudad abriéndose como un mapa de aventuras. Cabalgábamos nuestras pequeñas máquinas por Málaga como exploradores nocturnos.

Íbamos buscando lo que buscan todos los jóvenes del mundo desde el principio de los tiempos: música, amigos, alcohol barato, historias que contar y, si la suerte acompañaba, una chica a la que robarle el corazón durante una noche que parecía infinita.

Nada parecía urgente entonces.

El futuro estaba muy lejos y la vida parecía un disco recién estrenado.

A veces pienso que cada generación tiene su música secreta, esa que queda asociada para siempre a sus años de descubrimiento. No importa cuántas décadas pasen. Basta escuchar los primeros acordes para que el tiempo se abra como una puerta.

Y uno vuelve allí.

A una tarde de primavera.

A un bar llamado Sophisticat que ya no existe.

A unas Lambretta brillando en la acera.

A una chica rubia bailando. A sus amigos bebiendo cerveza fría. A mi colega Fernando Díaz Mondragón que es como un hermano.

Y a una canción que, durante unos minutos, hizo creer a un muchacho de quince años que la juventud era eterna.

Sergio Calle Llorens

miércoles, 18 de marzo de 2026

¡LARRA: LA LUCIDEZ QUE MADRID NO QUISO VER!

 


Madrid amanece con ese color de periódico viejo que tienen las ciudades cansadas. Los barrenderos empujan la noche hacia las alcantarillas, los primeros autobuses resoplan como viejos caballos de hierro y en las terrazas algún madrugador moja el churro en el café mientras hojea titulares que ya nacen arrugados. Madrid siempre ha sido así: una ciudad que despierta deprisa y piensa tarde. Si uno camina lo suficiente por sus calles, todavía puede imaginar a un hombre flaco, nervioso, con levita negra y una ironía afilada como una navaja. Se llamaba Mariano José de Larra, aunque firmaba muchas veces como Fígaro, que era una forma elegante de esconderse mientras decía verdades que nadie quería escuchar.

Larra miraba a la capital del reino como quien observa un teatro lleno de actores mediocres. En sus artículos retrató a los funcionarios perezosos, a los políticos huecos, a los burócratas que convertían cualquier trámite en una novela interminable. El país que describía era un país que parecía avanzar con los pies atados. Su famosa sátira sobre el “vuelva usted mañana” no era sólo una broma: era el diagnóstico de una enfermedad nacional que todavía hoy da síntomas cada mañana en alguna ventanilla administrativa.

Lo extraordinario es que Larra tenía apenas veintitantos años cuando escribía con esa lucidez feroz. Era joven, elegante, brillante y profundamente incómodo para su tiempo. Amaba a España con la misma intensidad con la que la detestaba, como quien quiere a un familiar que no deja de cometer disparates. Su pluma era una mezcla peligrosa de inteligencia, desesperación y sarcasmo, tres ingredientes que en política suelen ser dinamita.

Pero Larra no sólo escribió sobre la sociedad: también escribió, sin saberlo, sobre el corazón humano. Su vida sentimental fue un campo de batalla romántico, como correspondía a un escritor del siglo XIX. Su relación con Dolores Armijo terminó convirtiéndose en una tragedia privada que acabaría mezclándose con su desesperanza pública. Un día de febrero de 1837, después de una ruptura que terminó de quebrarlo, Larra se encerró en su casa de la calle Santa Clara y se pegó un tiro. Tenía apenas veintisiete años. España perdía así a uno de los pocos hombres que la entendían demasiado bien.

Desde entonces han pasado casi dos siglos y Madrid sigue despertando con el mismo aire entre cansado y burlón. Cambian los trajes, cambian los gobiernos, cambian las palabras, pero hay algo en el fondo del país que parece resistirse a cambiar del todo. Quizá por eso leer a Larra produce una sensación extraña: uno tiene la impresión de estar leyendo el periódico de esta misma mañana.

Y tal vez por eso conviene recordarlo.

Porque España cambia de siglo.

Pero nunca deja de parecerse a sí misma.

Sergio Calle Llorens

lunes, 16 de marzo de 2026

¡LA SEMANA EN LA QUE UN SOCIALISTA PIDIÓ PERDÓN Y OTRAS ANOMALÍAS DE LA NATURALEZA!

 


La semana anterior, que murió a las orillas de unas aguas entre azules y turquesas, ocurrieron cosas inauditas. No tengo otra forma de expresarlo.

Ahí tienen a un exconcejal del PSOE llorando y pidiendo disculpas tras confesar un fraude de 34 millones de euros en el asunto de los ERE. Un reconocimiento de culpabilidad que no se había producido antes. Recordemos que ni con la guerra sucia de los GAL, ni con la terrible operación Mengele, ni con el asesinato de Calvo Sotelo, ni con Invercaria, ni con Filesa, ni con el caso Ábalos, la Rosa Nostra esta gente pidió disculpas.

Insisto: jamás se había visto a un militante de la mafia socialista, cual plañidera cualquiera, admitiendo un delito tan grave. Es de agradecer el gesto de José María Sayago. Sin embargo, somos legión los que preferiríamos que los de la secta del capullo emulasen a los japoneses aplicándose un buen harakiri tras reconocer el latrocinio institucionalizado. En cualquier caso, por algo se empieza antes de que terminen en la cárcel.

También en estos días el personal anda muy soliviantado en la región malagueña. Por un lado, ha saltado, como una liebre desbocada, la noticia de que, por primera vez desde el nacimiento de la infumable taifa del sur, Málaga será la primera en inversiones por parte de la Junta, adelantando a Sevilla. Un acontecimiento insólito.

Tanto como las declaraciones del nuevo obispo de la provincia. El religioso ha criticado que el ayuntamiento de la ciudad del paraíso rechace la regularización masiva de inmigrantes ilegales a los que el orondo ministro de Roma, que no parece el más listo de la clase, no quiere que vinculen con la delincuencia.

Para evitar ese riesgo, el mitrado debería haber pedido a Dios, que está en el cielo tan pimpante, y a Sánchez, otro ser omnipotente, que para la citada regularización masiva los migrantes —qué palabra más tonta— presenten un certificado de penales verificable.

A mí, qué quieren que les diga, José Antonio Satué me recuerda a ese chiste:

—Oye, una cosa: ¿los monjes son buenos?
—Depende: abadías que sí y abadías que no.

Visto lo visto con el religioso, habrá días en los que el prelado parezca un poco tonto del culo y habrá días en los que parezca más tonto todavía. Es más, me temo que su nombre va a sonar fuerte este año en los Premios Oriundo Panoli.

Por otra parte, y para finalizar, propongo que, como alternativa a la herramienta «Hodio» —huella del odio y la polarización del gobierno—, se cree «Himbecil», un instrumento digital creado desde el respeto y la educación para detectar a los hijos de los cretinos que no descansan nunca.

Ya lo han leído. La semana ha estado llena de hechos tan insólitos como encontrar a un socialista que no robe. Algo tan novedoso como que hoy lunes su jefe le reciba en la oficina bajándose los pantalones para meterse una zanahoria por el culo mientras suena la sintonía de La naranja mecánica.

En fin, jamás imaginé que viviría para contemplar estos milagros de temporada: socialistas arrepentidos y sermones para idiotas.

Sergio Calle Llorens


lunes, 9 de marzo de 2026

¡SÍ A LA GUERRA!

 

Los ahorcamientos de mujeres violadas, homosexuales o manifestantes son el pan nuestro de cada día en Irán. Ninguna de las setenta resoluciones de la Asamblea General de las Naciones Unidas condenando la situación de los derechos humanos en ese terrible país ha servido para nada. Especialmente porque ninguna teocracia ha caído jamás gracias al derecho internacional. Por ello, ver estallar las bombas sobre las cabezas de los ayatolás produce una sensación de alivio —cuando no de franca felicidad— en muchos de nosotros, los occidentales.

Bien es cierto que nuestros países comercian con otros regímenes tan criminales como el iraní. Empero, en el mundo de la geoestrategia no hay aliados eternos, sino intereses. Ya nos gustaría a todos terminar, y de un plumazo, con países como el cochambroso Marruecos, Catar o Arabia Saudí, pero todo a su tiempo. Ya llegará la hora de marchar también sobre ellos.

Ahora las bombas se dirigen raudas y veloces hacia todos los rincones de Irán. Con ellas, el miedo ha cambiado de bando y, mientras tratan de defenderse por tierra, aire y mar —bueno, en el mar ya no les quedan demasiados barcos que perder—, los chiíes no pueden seguir financiando a más grupos terroristas y su arsenal de cohetes continúa menguando camino de la derrota total.

La guerra es un asunto feo, pero en ocasiones resulta necesaria. Bien lo sabía Winston Churchill antes de que al cabo austríaco se le ocurriese invadir Polonia. Por eso lucharon en las playas, en los aeródromos, en los campos y en las colinas. Nunca se rindieron. Tampoco lo hicieron los españoles que salvaron a Europa del dominio otomano en el Mediterráneo durante la batalla de Lepanto —la más alta ocasión que vieron los siglos—, ni los arcabuceros de los Tercios que contuvieron al turco ante las murallas de Viena. Tampoco entonces capitularon ante los sarracenos.

El “no a la guerra” es un grito infantil que esconde el cálculo electoral del embustero de Sánchez. El “sí a la guerra”, en cambio, nos recuerda la sangre que vertimos en los campos de la vieja Europa. La sangre de soldados que murieron por grandes ideales, porque nuestra civilización —por mucho que les pese a los estúpidos wokistas de toda índole y condición mental— sigue siendo la más grande de las civilizaciones.

Europa parece estar despertando. Y ese despertar debe convertirse en un clamor que ayude a Israel y a los Estados Unidos a terminar el trabajo. Es posible que las aguas del mar se tiñan de rojo carmesí y que el precio sea alto, como siempre lo ha sido cuando la historia llama a la puerta de los pueblos libres. Pero hay momentos en los que la espada debe hablar para que vuelva a reinar la paz.

Ha llegado la hora.

La hora de recordar quiénes somos.
La hora de no retroceder.
La hora de que los fanáticos del turbante comprendan, de una vez por todas, que Occidente no ha olvidado luchar.

Porque cuando Europa despierta, la historia vuelve a escribirse con acero.

Sí a la guerra.

Sergio Calle Llorens

miércoles, 4 de marzo de 2026

¡DONDE LA LUNA JUZGA EN SILENCIO!


Contemplo una luna que se mece en una niebla azulada, suspendida como un presagio. Una estampa que diríase arrancada de la mente febril de algún novelista gótico de la centuria decimonónica. A poniente, las olas rompen y desgranan espumas blanquecinas cuyo bramido me estremece en la noche.

Estoy solo y, más allá del latido del mar, el silencio es tan afilado que parte mi alma en dos. Lo que queda tras la herida es una tristeza infinita, empapada en efluvios de melancolía. Intento encontrar alguna explicación para este ánimo nocturno, pero no doy con causa razonable. Apenas me asalta alguna idea dispersa que enlaza con mi perpetua hipersensibilidad, siempre a flor de piel. Por eso vivo, padezco, escribo y muero en cada recoveco de este corazón doliente. No siempre en el mismo orden.

Acabo de advertir que por la mañana experimentaba un placer inmenso al observar a los surfistas en mi playa. Aquella escena se me antoja ahora la metáfora perfecta de estos tiempos atribulados: a la multitud le gusta deslizarse sobre la superficie, pero jamás se sumerge en las profundidades porque teme conocer la verdad, aunque esta libere. El común debería aprender a mirar aquello que rehúye contemplar. Por eso se refugia en el entretenimiento; alimenta el tener y descuida el ser. Yo no poseo nada y tampoco soy gran cosa: acaso el más imperfecto de los seres, la insignificancia elevada a categoría. Tal vez ahí resida mi desconsuelo: en el conocimiento que, lejos de emanciparme, me sacude en las horas más foscas.

De pronto recuerdo la frase de un conocido que presume de hablar siete idiomas —dos más que yo, puntualiza con delectación—, aunque jamás aprendió a escuchar en ninguno. Yo, en cambio, las callo todas, porque cualquier palabra pronunciada o escrita puede ser utilizada en mi contra en algún tribunal de injusticia. Alguien afirmó que hablando se entiende la gente. Yo, sin embargo, solo sé comunicarme con mis silencios y aprendo más del rumor de estas olas rizadas que de una conversación a siete voces.

La noche avanza y, con ella, las tinieblas empañan mi mente. Tengo frío y ninguna intención de regresar a casa. Sigo caminando hasta que la lluvia empapa las casitas blancas de mi pueblecito mediterráneo. No me queda más remedio que volver con esa expresión de panoli que se le queda a uno cuando el aguacero lo cala hasta los huesos. Si fuera viernes, descorcharía una botella de vino; pero es martes y me encierro en el baño para secarme las gotas del chaparrón… y también las lágrimas.

Mañana será otro día. El mundo amanecerá con su bullicio de siempre, los surfistas desafiarán otra vez la espuma y la luna aguardará paciente su turno en el cielo. Yo, en cambio, seguiré siendo este mismo defecto obstinado que camina a solas por la orilla, buscando en la bruma una respuesta que quizá nunca llegue, pero cuya ausencia —paradójicamente— me mantiene vivo.

Sergio Calle Llorens

 

martes, 3 de marzo de 2026

¡EL FANATISMO BORDADO EN VERDE Y BLANCO!

 

Imaginen a un señor ocioso, al que no conocen ni en su casa a la hora de comer, dirigiéndose a una asamblea inventada. Faltan cinco minutos para las doce del mediodía del 30 de marzo del año 4050. El motivo del encuentro es crear una autonomía política en Jutlandia, dentro del Reino de Dinamarca.

Por supuesto, no existe justificación histórica alguna para defender el nacimiento del nuevo ente político. Pero eso no importa. Lo que importa —y mucho— son los símbolos.

Mohamed —tonto de cojones, aunque con mucho tiempo libre— abre el acto presentando la bandera regional: un trapo calcado de la enseña del Estado Islámico, cuyos miembros —todo hay que decirlo— llevan milenios criando malvas. Esa gente responsable del asesinato de miles de infieles allí donde llegó a señorear el repugnante estandarte negro.

Usted, inteligente lector, todavía no contaminado por la estupidez de Canal Sur, sabe bien cómo se las gastaban los seguidores de la bandera negra con las mujeres, a las que, por cierto, consideraban al mismo nivel que a un perro. Pero ese insignificante detalle no parece inquietar al notario del futuro ni a sus descacharrantes seguidores que, contra todo pronóstico, aprueban el símbolo de la nueva patria jutlandesa.

¿Que no? Piénselo otra vez, porque eso fue exactamente lo que hizo Blas Infante en el sur de España. Al señorito se le ocurrió la mamarrachada de crear un trapo cuyo verde simboliza la herencia de los omeyas y cuyo blanco alude a la dinastía almohade.

Conviene recordar que los almohades fueron una auténtica catástrofe: fanáticos convencidos de que cualquiera que no practicara el islam según su rígido canon era, en realidad, un apóstata y, por tanto, merecedor de la muerte conforme a la ley islámica. Declararon la guerra santa a todo aquel que no se sometía a su cosmovisión. El resultado fue devastador: la aniquilación de buena parte de las ciencias y las letras. Incluso el filósofo musulmán Averroes y el médico y pensador judío Maimónides padecieron la represión de sus obras y, finalmente, el exilio.

Es evidente que los símbolos poseen una enorme carga simbólica. Nunca deben pasarse por alto, pero tampoco todos merecen el mismo respeto. Con las ideologías ocurre algo parecido. La bandera irlandesa, por ejemplo, se compone de tres colores: el verde representa la vieja cultura gaélica y a la comunidad católica; el naranja recuerda a los protestantes; el blanco simboliza la paz entre ambos. Es una forma de afirmar que el proyecto irlandés no pretende eliminar ninguna cultura ni práctica religiosa, sino integrarlas bajo una comunidad común llamada República de Irlanda.

En cambio, el trapo andaluz encarna —a juicio de quien firma— un guiño acrítico a uno de los periodos más fanáticos y represivos de la historia peninsular. Y por mucho que se repita la leyenda romántica, por muchas gaitas identitarias que suenen en la plaza del pueblo, algunos no estamos dispuestos a confundir memoria histórica con nostalgia de teocracia.

Porque una cosa es tener raíces y otra muy distinta regarlas con sangre ajena. Y cuando el símbolo exige cerrar los ojos para poder aplaudirlo, quizá el problema no esté en quien se niega a saludarlo, sino en quien lo izó sin haber leído una sola página de historia.

Sergio Calle Llorens

miércoles, 25 de febrero de 2026

¿POR QUÉ NO ESCRIBES EN LOS DIARIOS?

 


La pregunta aparece con una regularidad casi ritual. Suele llegar después de leer una columna incómoda, un texto que no pide permiso ni se disculpa. Se formula como un elogio, pero arrastra una ingenuidad de fondo: la creencia de que escribir bien y escribir en los grandes medios son cosas que todavía guardan alguna relación.

Durante un tiempo, la tuvieron. No siempre, pero a veces. Hubo épocas en las que los periódicos buscaban una voz, no una consigna; una mirada, no un manual de estilo ideológico. A cambio ofrecían poco dinero o ninguno, pero al menos concedían algo que hoy escasea más que el presupuesto cultural: libertad.

Hoy el articulismo profesional se parece más a un régimen de franquicias. Se entra si se acepta el menú, el tono, los límites invisibles y las palabras prohibidas. No se trata de escribir mejor o peor, sino de escribir dentro. Dentro de una línea, dentro de un marco moral, dentro de un relato previamente aprobado. El columnista ha dejado de ser un francotirador para convertirse en un relaciones públicas con sintaxis.

Por eso hay escritores que no escriben en diarios. No porque no sepan, ni porque no quieran, ni porque no les llamen. Sino porque no están dispuestos a pagar el peaje. El precio no es económico, es moral. Consiste en callar cuando toca callar, suavizar cuando toca suavizar y mirar hacia otro lado cuando la realidad empieza a resultar incómoda para el anunciante, el partido o el consejo editorial.

A muchos de esos escritores se les ha pagado con libros. Literalmente. Con ejemplares, con promesas, con palmaditas en la espalda. Es una forma elegante de precariedad, casi romántica, que sirve para alimentar el mito mientras se vacía la nevera. Pero también es una prueba: quien sigue escribiendo en esas condiciones no lo hace por carrera, sino por carácter.

El articulismo independiente no da dinero, pero concede algo que los grandes medios han ido perdiendo: credibilidad personal. El lector sabe cuándo un texto nace de una convicción y cuándo nace de una consigna. Puede no estar de acuerdo, incluso puede enfadarse, pero percibe la diferencia. Y esa percepción explica por qué algunos artículos escritos fuera del circuito oficial se leen más, se comparten más y se recuerdan más que muchas columnas bien pagadas y perfectamente olvidables.

No escribir en los diarios no es un fracaso. A veces es una consecuencia lógica. Es el resultado de no querer convertirse en comentarista dócil de una realidad que se ha vuelto grotesca. De no aceptar que la corrupción se trate como anécdota, la mentira como estrategia y el silencio como virtud profesional.

Quien escribe así acaba encontrando su espacio en los márgenes: blogs, libros autoeditados, podcasts, lecturas en voz alta. Espacios más pequeños, sí, pero más honestos. Lugares donde el texto no se negocia antes de escribirse y donde el lector no es tratado como un menor de edad ideológico.

Al final, la pregunta correcta no es por qué alguien no escribe en los diarios. La pregunta es por qué tantos diarios ya no publican textos que valga la pena escribir. Y la respuesta, aunque incomode, tiene poco que ver con el talento y mucho con el miedo.

Y luego está el detalle que suele olvidarse en estas conversaciones: algunos de esos escritores que no salen en los diarios viven de sus libros, de sus lectores y de una voz que no pide permiso. No firman columnas en papel couché, pero pagan facturas; no salen en tertulias, pero llenan podcasts; no reciben consignas, pero reciben algo mejor: autonomía. Así que, en fin, que cada cual escriba donde pueda, donde quiera o donde le dejen. Yo, mientras tanto, seguiré escribiendo donde me lean… y cobrando sin tener que besar anillos, que para eso ya están las sacristías, los platós y las páginas de opinión con nómina fija.

Sergio Calle Llorens

martes, 24 de febrero de 2026

¡ESPAÑA, EL PUTICLUB INSTITUCIONAL!

 



Si yo lo he entendido bien, el yerno de un proxeneta llega a presidente y nombra como mano derecha a un putero que tiene como máximo colaborador a un portero de puticlub, y el ministro más polémico de todos los tiempos coloca como jefe de la policía a un menda acusado de violación. Todo supuestamente, claro. No vaya a ser que algún fiscal con vocación de censor confunda la sátira con la realidad.

El problema es que, cuando cuentas la corrupción sistémica del gobierno de Pedro Sánchez, los no nacionales se descojonan como si estuvieran viendo una reposición interminable de Aquí no hay quien viva, y los de la mafia del capullo hacen como que no saben nada. Ellos son más de leer Lo País, de ver a Jordi Évole con gesto compungido y de escuchar en directo las genuflexiones radiofónicas al amado líder en la Cadena SER del PSOE.

Cualquier cosa es preferible a los “bulos” propagados por la llamada fachería digital, que, curiosamente, han ido resultando todos ciertos. Desde las imputaciones de los familiares del hijo de Gepetto hasta las entradas en prisión de los colaboradores más estrechos del régimen. Pero aun así, el socialista medio seguirá votando al partido de la rosa per secula seculorum, como quien sigue yendo a misa aunque ya no crea ni en el cura.

Ese fingimiento de ignorar la realidad española no es un error, es una elección vital. Como preferir al patético Manu Sánchez antes que al humor quirúrgico de Tip. Como confundir chascarrillo con ingenio. Vivir en un limbo cómodo, ajeno a la decencia, a las buenas costumbres y, sobre todo, a la evidencia.

Evidentemente, hay cosas que ya no tienen solución. Porque para que el tonto de remate se dé cuenta de su condición necesita, al menos, una chispa de inteligencia. Y claro, esperar materia gris en Lady Mopongo es como buscar profundidad psicológica en una película de Pajares y Esteso. Esa mujer que defiende la creación de una academia de la lengua andaluza sin reparar en que lo que se habla en el sur de España es, desde hace siglos, español meridional, no un idioma inventado para justificar cargos y presupuestos.

Lo de María Jesús Montero no se arregla solo con un logopeda de prestigio, sino con un reputado psiquiatra que le espete a la cara: “Chiquilla, que estás muy mal del tarro y voy a ordenar tu ingreso inmediato en el Manicomio Arkham”. Porque hay momentos en los que la política deja de ser un drama y se convierte en cómic oscuro.

No descubro la pólvora al afirmar que los locos deberían estar en frenopáticos, los mafiosos corruptos en centros penitenciarios de máxima seguridad y los votantes ciegos del PSOE haciendo de extras en la próxima entrega de Torrente. Berlanga lo habría contado mejor, Quevedo lo habría entendido antes y Dante, directamente, habría pedido la nacionalidad española para escribir la secuela del infierno hispano.

Cada uno en su sitio, los de la Rosa Nostra encerrados y Dios, como siempre, en todas partes.

Sergio Calle Llorens

 

miércoles, 18 de febrero de 2026

¡ARBITROS, BORREGOS Y LOBOS"


 

Los árbitros españoles de fútbol y baloncesto no son tan malos si los comparas con la peste bubónica y el ébola. De hecho, con sus delirantes actuaciones, el espectador medio piensa que a veces te dan y otras te quitan. Quiero decir que a veces te dan ganas de vomitar y otras te quitan las ganas de ver un partido. Esencialmente porque su único objetivo es beneficiar al Real Trampas de Madrid y perjudicar al resto.

Por cada piscinazo hay una pena máxima para el equipo de Florentino. Por cada agresión a los rivales, el VAR deja de funcionar. En el baloncesto pasa lo mismo y los codazos de Tavares existen en el mismo plano metafísico que la honradez de Pedro Sánchez. Ya hay estudios estadísticos que nos indican que es el equipo con más penaltis a favor del mundo y el que más tiros libres lanza. Esos mismos informes apuntan a que el Málaga es perjudicado por sus florentinezas cada siete minutos.

El otro día, en San Sebastián, el club de la capital de la Costa del Sol fue atracado en un nuevo episodio de La Casa de Papel, pero aquí no pasa nada y todo es muy bonito. En consecuencia, he decidido solo ver los partidos de Unicaja Málaga en el Carpena, porque mi salud ya no resiste más injusticias ni más corrupción.

Además, con el deporte en nuestra nación me pasa como con la política: no soporto escuchar a los tontos defendiendo lo indefendible. Porque siempre me topo con un patán, al estilo Tomás Roncero, demostrando, un día sí y otro también, que hay que volver a organizar el Día del Subnormal. Porque siempre hay un Manu Sánchez hablando de Franco en un carnaval en la taifa del sur, pero que se niega a mencionar, ni de refilón, a los cuarenta y siete muertos por un accidente ferroviario provocado por la desidia y la inutilidad del ministro socialista de turno.

Así, el defensor de las esencias andaluzas calla mientras Tony Bolaños se muestra alterado porque el Pequeño Marlaska se ha visto envuelto en otro monumental escándalo. Un ministro cuyas exdirectoras de la Guardia Civil, elegidas por él, están imputadas y, por si fuera poco, el número uno de la Policía Nacional, que también fue nombrado por su feminista mano, ha dimitido por estar imputado en un caso de agresión sexual a una subordinada.

El problema es que este tipo de gente pretende que cuando Rüdiger hacía el gesto de cortarle el cuello a la grada del Metropolitano estaba defendiendo la Alianza de Civilizaciones y, a renglón seguido, cuando Bellingham mandaba a paseo a un rival con un contundente fuck off, que todo hay que decirlo, el inglés empleaba un término que la nobleza británica de alto abolengo usa para saludarse.

Pensando en la corrupción en el deporte y en la política, me viene a la memoria aquel viejo lema de la criminal KGB soviética: “Pueblo de borregos, gobierno de lobos”. Por eso, en España todo lo que cambie será a peor. Después de todo, luchar contra las mafias es una actividad de riesgo.

Sergio Calle Llorens

 


viernes, 13 de febrero de 2026

¡MI GENÉTICA!

 


Uno va a hacerse una analítica pensando que saldrá con lo de siempre: “todo normal”, “beba agua”, “hierro justito”. Y de repente aparece una palabra que suena a tragedia clásica: talasemia. En mi caso, lo que ha salido es un rasgo talasémico A. No la enfermedad, no el drama, sino el gen. El polizón genético.

Ser portador no significa estar enfermo. Significa llevar una variante heredada, como quien hereda ojos claros, mala uva o una peligrosa afición por desmontar relatos oficiales. La talasemia solo es un problema cuando dos portadores coinciden y tienen hijos. Por eso se estudia. Por eso se controla. No por miedo, sino por conocimiento y previsión.

Y una vez pasado el susto inicial, llega la pregunta lógica:
¿esto de dónde sale?

Aquí es donde la genética empieza a resultar incómoda para muchos discursos identitarios. Porque los genes no leen manuales ideológicos ni mapas escolares mal explicados. Los genes recuerdan viajes reales, no consignas. El rasgo talasémico aparece en el Mediterráneo, sí, pero también en Irlanda, en Gran Bretaña, en zonas del norte de Europa. No por capricho ni por romanticismo céltico, sino por selección natural.

Durante siglos, la malaria fue endémica en buena parte de Europa. También en el norte. Costas atlánticas, ríos, marismas, zonas húmedas. Ser portador de talasemia ofrecía una ventaja: no inmunidad, pero resistencia. Y la evolución, que no debate ni pide permiso, decidió conservar el gen porque servía para sobrevivir.

Hasta aquí, biología básica.

Y ahora viene el momento incómodo.

Porque cuando uno mira la genética real del sur de España, lo que aparece NO es una población de origen árabe. Lo siento por el tópico, pero no. La presencia musulmana fue política, militar y administrativa, no un reparto genético ni una sustitución poblacional. No hubo una “arabización” demográfica. Hubo una élite gobernante minoritaria sobre una población mayoritariamente hispanorromana que ya estaba allí desde hacía siglos.

Y aquí conviene decirlo sin rodeos:
las mujeres hispanorromanas no se casaban masivamente con musulmanes, porque eso implicaba perder derechos civiles, jurídicos y religiosos. No es una opinión moderna ni una provocación: es derecho histórico elemental. La genética actual, además, lo confirma con una frialdad casi cruel para el mito.

El componente árabe-bereber en la población del sur del país es reducido y marginal. El sustrato dominante es romano, visigodo y europeo atlántico. Es decir, si alguien espera encontrar en el ADN una genealogía de emires y califas, va a salir del laboratorio con cara de tonto.

Dicho de forma más clara:
el sur de España no procede genéticamente de los árabes.
Procede de europeos antiguos que fueron gobernados por árabes durante un tiempo. Que no es lo mismo. Ni de lejos.

Nuestro sur peninsular fue, antes que nada, hispanorromano. Luego visigodo. Luego un puerto abierto al Atlántico, al comercio, a los pueblos del norte. No un desierto humano esperando ser rellenado. Fue un cruce de caminos, no un solar vacío.

No hace falta imaginar una escena concreta, pero uno puede hacerlo: un mercader del norte con anemia leve, un visigodo de piel clara, un marinero irlandés que se baja del barco en el puerto equivocado y decide que ya ha navegado suficiente. Como en una historia de Corto Maltés, sin discursos, sin banderas, con el mar de fondo y el destino encogiéndose de hombros.

La genética moderna no discute ni opina: mide. Y lo que mide desmonta mitos muy repetidos y muy poco pensados. Lo que aparece es una continuidad europea profunda, compleja, mezclada, coherente con siglos de historia real. No con cuentos simplificados para consumo rápido.

La ironía final es deliciosa: después de descubrir que mi sangre hablaba de rutas atlánticas y pueblos del norte, terminé casándome con una mujer escandinava, de Dinamarca. Mis hijos son hispano-daneses, hablan ambos idiomas y además inglés, como si la genética se hubiera permitido un chiste privado.

Así que sí, puede que tenga un rasgo talasémico A.
Puede que en mi sangre viajen romanos, visigodos o algún rey irlandés despistado.
Pero desde luego, no procede de ningún reparto árabe imaginario.

Porque al final entendí algo muy simple:
mi análisis de sangre no era un problema.
Era un mapa

Sergio Calle Llorens