Soy escritor, investigador, guionista, profesor de idiomas y muchas cosas más que no caben aquí. También tengo una sección en Espacio en Blanco de RNE.
El mundo se divide en dos categorías, los que tienen el revolver cargado, y los que cavan, tú cavas.
Contemplar
el rostro de Leire Díaz, la famosa fontanera del PSOE y periodista en un
universo paralelo, me produce una profunda inquietud. Esos gestos. Esa mirada perturbada.
Esa manera de andar. Esa agenda que deja meridianamente claro que montó una red
de acoso y derribo para proteger al ONE de los casos de corrupción que afectan
personalmente a Pedro Sánchez.
A veces me
pregunto en qué sección del averno estructural hace la secta del capullo el
casting para reclutar a estos demonios.
A veces
tengo miedo de conocer más detalles. Otras, en cambio, salto de alegría al ver
cómo la UCO, responsable de la investigación, está llevando a medio
Gobierno hacia la cárcel y al otro medio a las puertas de la imputación. De ahí
las cloacas. De ahí la operación para acabar con jueces, periodistas y guardias
civiles. De ahí los insultos de la sincronizada.
Leire se
reunía con P.S., con la directora de la Benemérita, con ZP, pero el hijo
de Gepetto no sabía nada de sus andanzas. Para Anticorrupción no hay
duda: la operación estaba destinada a proteger a la familia del presidente. El
caso Sánchez deja al Watergate en peccata minuta.
Una historia
así no sería aceptada ni por Sherlock Holmes, que, al comprobar la
identidad secreta tras la que se esconde P.S., concluiría que el personaje ni
siquiera merece levantar la pipa.
Sin embargo,
para la sincronizada que siempre defiende al Gobierno, todo tiene una
explicación alternativa. O es un montaje. O, peor aún, el resultado del odio de
la fachosfera. Para esta gente, P.S. puede ser cualquiera.
Paca
Saltarina para Javier Ruiz.
Patricio
Sentado para Sarah Santaolalla.
Porfirio
Salchicha para Gonzalo Miró.
En verdad,
estamos a un paso de que alguien diga en Televisión Española que las
reuniones de la descacharrante Leire con P.S. corresponden a las siglas
de «Picha Submarina». Total, esta gente es así.
Recientemente
se reunieron en el Vaticano Su Santidad, el papa Minino XIV, y Su Sanchidad
de España, Pedro II el Cruel. El primero sigue sin abrir la boca ante las
matanzas de cristianos en África. El segundo continúa sin felicitar las fiestas
a los católicos mientras no se cansa de hacerlo por Ramadán con los musulmanes.
Como ven,
ninguno pone la otra mejilla, aunque ambos tienen más cara que espalda. A tenor
de los escándalos de corrupción que cercan a miembros de su partido, no sería
de extrañar que el Vaticano terminase organizando una segunda ruta de
escape para socialistas atribulados, como ya hizo con los nazis tras la Segunda
Guerra Mundial.
Que el
premier español, según la UCO, aparezca señalado como el vértice de una
estructura política que hostigó a los guardias civiles encargados de investigar
la supuesta corrupción de su entorno familiar no parece motivo suficiente para
visitar España. Había ganas de verlo después del desprecio mostrado por
el Paco Paco hacia nuestro país. Un cuervo de plumaje tan negro como el
horizonte que se dibuja para los de la Rosa Nostra.
Pero la
verdadera imagen de estos días no está en Roma. Está en las cloacas.
Porque si
todo era producto de la máquina del fango, si todo era una conspiración de la
fachosfera y de la derecha mediática, ¿por qué hubo necesidad de descender al
alcantarillado? ¿Por qué mover tapas, remover aguas negras y organizar
operaciones destinadas a desacreditar a quienes investigaban los casos que
afectan al entorno presidencial?
La reunión
con el pontífice romano duró apenas unos minutos. La de Leire Díez, tras
la imputación de la hija del proxeneta, se prolongó durante días. Y esa
diferencia de tiempo resulta mucho más reveladora que cualquier fotografía
protocolaria.
Cinco días
de reflexión. Ciento veinte horas. Siete mil doscientos minutos.
Mientras
artistas, músicos, comunicadores y demás fieles del sanchismo suplicaban entre
lágrimas un «Pedro, no te vayas», el silencio de los despachos parecía estar
ocupado en tareas mucho menos sentimentales. Hoy sabemos que aquellas jornadas
tuvieron bastante menos de meditación y bastante más de estrategia.
Y, sin
embargo, quienes entonces inundaban las redes y los platós con muestras de
apoyo incondicional permanecen mudos. Ni una canción protesta. Ni un
manifiesto. Ni un tuit indignado. Nada.
Silencio.
El mismo
silencio que suele escucharse cuando alguien levanta la tapa de una cloaca.
Mientras
tanto, las causas judiciales siguen avanzando y los nombres se acumulan
alrededor del poder como barcos atraídos por un remolino. Unos ya están
sentados en el banquillo. Otros esperan sentencia. Algunos siguen declarando. Y
todos parecen navegar en la misma dirección.
Demasiadas
corrientes para creer que se trata de simples coincidencias.
Ya solo
falta que Víctor Manuel le componga una nueva oda a Su Sanchidad, como
hizo en 1966 con Francisco Franco en la canción «Un gran hombre».
Así,
queridos niños, se entiende mucho mejor por qué el dictador murió en la cama y la España de la transición en manos de un psicópata.
Hay series
que entretienen, series que sorprenden y series que intentan parecer
inteligentes. Spider-Noir pertenece a una categoría mucho más
rara: la de las obras que poseen una personalidad propia desde el primer
fotograma. La adaptación televisiva del personaje de Marvel no se limita
a trasladar los cómics a la pantalla; los utiliza como punto de partida para
construir una declaración de amor al cine negro clásico, a las novelas pulp y
a esa Nueva York imaginaria donde la lluvia parece caer incluso cuando no
llueve. La decisión de permitir al espectador elegir entre la versión en
color y la versión en blanco y negro es una genialidad. Sí, ambas funcionan,
pero no resulta extraño que muchos espectadores prefieran la experiencia
monocromática. Vista así, la serie parece escapada de una película perdida
entre los fantasmas de El tercer hombre y las novelas de Raymond
Chandler. Las sombras adquieren peso físico, el humo de los cigarrillos se
convierte en parte de la escenografía y cada callejón parece esconder una
traición.
Nicolas
Cage ofrece
probablemente una de las interpretaciones más inspiradas de toda su carrera
reciente. No interpreta simplemente a un superhéroe envejecido; interpreta a un
hombre derrotado por el tiempo, por los errores y por los recuerdos. Su Ben
Reilly camina por la ciudad como uno de aquellos detectives privados de la
literatura hard boiled que sabían que el caso estaba perdido antes incluso de
comenzarlo. Cage entiende perfectamente que Spider-Noir no trata
tanto sobre lanzar telarañas como sobre cargar con cicatrices. A su alrededor
encontramos un reparto extraordinario. Lamorne Morris, en el papel del
periodista Robbie Robertson, está sencillamente magnífico; aporta humanidad,
inteligencia y una presencia que roba escenas sin esfuerzo. Li Jun Li
convierte a su cantante de club nocturno en una figura magnética, una de esas
mujeres que parecen haber salido directamente de una novela de los cincuenta,
donde cada sonrisa oculta un secreto y cada mirada contiene una amenaza. Abraham
Popoola, Brendan Gleeson y el resto del reparto construyen una galería de
villanos, mafiosos y supervivientes que enriquecen constantemente el
universo de la serie. No hay personajes de relleno. Todos parecen tener una
historia detrás.
Lo más
interesante para los lectores del cómic original es comprobar cómo la serie se
atreve a separarse del material de partida. El Spider-Man Noir de Marvel era
esencialmente Peter Parker trasladado a una realidad alternativa de los años
treinta. Aquí, en cambio, los creadores toman riesgos y transforman la
propuesta en algo más adulto y melancólico. La serie se acerca más a una novela
detectivesca con ecos superheroicos que a una adaptación convencional de
Marvel. Esa libertad creativa podría haber sido un desastre, pero termina
siendo precisamente su mayor virtud. Spider-Noir no pretende copiar las
viñetas; pretende capturar su alma. El resultado es una de las aproximaciones
más elegantes y atmosféricas que se han hecho jamás al universo arácnido. Como
habría escrito Chandler, las calles están llenas de sombras, los hombres llevan
demasiados secretos encima y nadie es exactamente quien dice ser. En medio de
toda esa oscuridad camina Nicolas Cage con sombrero, gabardina y una máscara
que parece esconder mucho más que una identidad. Y durante ocho episodios uno
tiene la sensación de estar contemplando no una serie de superhéroes, sino un
sueño febril en blanco y negro del que no quiere despertar.
La noche
olía a salitre, a gasolina y a juventud imprudente. El verano apenas había
comenzado y las ciudades todavía conservaban esa electricidad extraña de los
años ochenta, cuando las madrugadas parecían infinitas y las canciones podían
abrir heridas que uno ni siquiera sabía que llevaba dentro. En algún lugar,
después de demasiadas cervezas, de vasos sudados y conversaciones inútiles bajo
las farolas, sonó una melodía distinta a todas las demás. Primero aquel susurro
espectral. Luego la voz de Billy Idol, elegante y rota al mismo tiempo,
pronunciando unas palabras que parecían llegar desde un sueño enfermo: Eyes
Without a Face.
Para muchos
fue simplemente una canción más de la MTV dorada. Para otros, entre los
que me incluyo, aquello fue una revelación emocional. Una grieta. Porque detrás
de aquella apariencia sofisticada de videoclip nocturno y peinado imposible,
latía algo mucho más oscuro. Algo que no encajaba con las canciones románticas
de la época, llenas de promesas adolescentes y corazones fluorescentes. Billy
Idol había compuesto una anti canción de amor. Una elegía sobre la pérdida
del alma.
Y quizá por
eso impactaba tanto.
En 1984,
mientras el mundo bailaba entre sintetizadores y neones, Idol decidió escribir
sobre la descomposición emocional, la infidelidad, las máscaras y la distancia
entre dos personas que ya no saben mirarse de verdad. La canción hablaba de
relaciones convertidas en habitaciones vacías, de cuerpos que todavía comparten
la cama mientras el espíritu ya ha desaparecido hace tiempo. “Got no human
grace”, canta en uno de los versos más devastadores. “Ya no queda gracia
humana”. No hay ternura. No hay identidad. Sólo una carcasa bonita caminando
por una ciudad insomne.
Pero el
verdadero origen de la canción se encontraba todavía más abajo, en las
catacumbas del cine europeo.
El título
estaba inspirado directamente en la película francesa Les Yeux sans
visage (“Los ojos sin rostro”), dirigida en 1960 por Georges Franju. Y
aquí es donde la historia se vuelve todavía más perturbadora y fascinante. La
película narraba la obsesión de un cirujano que secuestra jóvenes para
arrancarles el rostro e intentar reconstruir la cara desfigurada de su hija.
Ella vive escondida detrás de una máscara blanca, fantasmal, mientras sólo sus
ojos permanecen visibles. Un espectro hermoso y aterrador atrapado entre la
vida y la muerte.
La película
era puro terror poético. Nada de monstruos vulgares ni sustos baratos. Aquello
era un descenso elegante a la culpa, a la identidad perdida y a la
monstruosidad escondida bajo las apariencias. La actriz Édith Scob, con
aquella máscara inexpresiva y aquellos ojos inmensos llenos de tristeza,
terminó convirtiéndose en una de las imágenes más inolvidables del cine de
horror europeo.
Billy
Idol comprendió perfectamente la metáfora.
Porque
todos, tarde o temprano, terminamos llevando máscaras.
La canción
transforma aquella idea macabra en algo íntimo y cotidiano. Ya no habla sólo de
una hija desfigurada, sino de personas emocionalmente mutiladas. De amantes
incapaces de sentir. De seres humanos que sobreviven entre fiestas, drogas,
traiciones y noches interminables mientras por dentro se van vaciando
lentamente. El propio Idol confesó alguna vez que veía la canción casi como un
asesinato emocional. No una muerte física, sino algo peor: la lenta
desaparición de la humanidad dentro de alguien.
Quizá por
eso la canción sigue envejeciendo tan bien. Porque bajo la estética ochentera
existe una verdad eterna. Todos hemos conocido a alguien —o nos hemos
convertido alguna vez en alguien— con ojos pero sin rostro. Personas que
sonríen mientras están completamente rotas por dentro. Personas que aman sin
sentir ya nada. Sombras bellísimas perdidas en clubes nocturnos, conduciendo
hacia ninguna parte mientras las luces de la ciudad se reflejan en el
parabrisas mojado.
Y, sin
embargo, hay una extraña belleza en todo ello.
Escuchar Eyes
Without aFaceen una madrugada de verano todavía produce la
sensación de estar atravesando un túnel de recuerdos que nunca viviste del
todo. La canción tiene algo espectral, como si viniera de un lugar donde los
sueños felices ya se han podrido ligeramente en los bordes. Ese bajo hipnótico.
La voz cansada de Idol. Los coros femeninos flotando como fantasmas alrededor
de la melodía. Todo parece suspendido entre el deseo y el vacío.
Los años
ochenta tuvieron muchas canciones inolvidables. Himnos para bailar, para
enamorarse, para conducir junto al mar con las ventanillas bajadas. Pero pocas
consiguieron capturar tan bien la melancolía secreta de aquella década como Eyes
Without a Face. Porque debajo de todo aquel maquillaje de neón ya se
escondía la soledad moderna que todavía arrastramos hoy.
Tal vez por
eso sigue emocionando tanto escucharla en silencio, cuando la noche ya ha
terminado y uno regresa a casa con la sensación extraña de haber sobrevivido a
algo que no sabe nombrar.
Y entonces
vuelve aquella frase.
Eyes without a face.
Ojos sin rostro.
Como un eco.
Como un
recuerdo.
Como una
vieja herida iluminada por las últimas luces del verano.
Zapatero
estaba de corrupción hasta las cejas. Esas franjas de vello estratégicamente situadas sobre las
cuencas de los ojos, que agitaba con entusiasmo de telepredicador durante las
campañas electorales. Las manos, en cambio, parecía reservarlas para otros
menesteres: supuestamente para trincar del petróleo o del oro venezolano. Las
mismas extremidades con las que ocultaba presos políticos en el Caribe. Los
mismos dedos con los que firmaba acuerdos con algunos de los peores dictadores
del planeta.
«La
tierra no pertenece a nadie, salvo al viento», proclamaba el expresidente que negó la crisis
económica hasta que la crisis terminó llamando a su puerta con una maza.
Aquella brisa poética se ha convertido ahora en vendaval judicial y amenaza con
empujarlo directamente hacia la cárcel; junto a Maduro, junto a sus hijas
políticas y junto a toda esa corte tropical de aduladores del chavismo.
Mientras tanto, un servidor mantiene una botella de champán francés enfriándose
en la nevera para celebrar el acontecimiento. Entonces tendrá que abandonar su
soñada ocupación de “supervisor de nubes acostado en una hamaca”.
«El
infinito es infinito; el universo es infinito y probablemente no cabe en
nuestra cabeza»,
decía Rodríguez en uno de sus infumables discursos. Especialmente en la suya:
cabeza de chorlito ilustrado.
«Everyday,
all day, bonsáis»,
declaró el leonés durante una visita a La Moncloa del canciller Schröder
y del presidente Chirac. Una frase destinada a cambiar para siempre el
rumbo del pensamiento occidental y a dejar a Platón convertido en tertuliano de
sobremesa.
«Hoy estamos
mejor que ayer y mañana estaremos mejor que hoy». Y al día siguiente estalló
una bomba en la T-4 de Barajas. Una vez más quedaba demostrado que el
personaje, además de inútil, arrastraba una leyenda negra de gafe únicamente
comparable a la de Tomás Roncero.
«España
es un poderoso trasatlántico», declaró ufano durante el centenario del hundimiento del Titanic.
Ya ven ustedes que de historia siempre anduvo, como su única neurona, bastante
justito.
«Los
130.000 no son parados; son personas que se han apuntado al paro», confesó el marido de Sonsoles
sin despeinarse ni pestañear.
Produce
escalofríos pensar que semejante palurdo haya presidido un país europeo y
occidental. El hombre que, después de arruinar España, todavía pretendía
repartir lecciones de moral y ética. Él. Precisamente él. El imputado moral
permanente.
A
resultas de todo esto conviene distinguir entre el simple tonto y el imbécil
solemne.
El tonto se
equivoca porque ignora. Le faltan datos, experiencia o contexto. Eso nos sucede
a todos. Nadie atraviesa la vida sin despeñarse alguna vez por los desfiladeros
de la ignorancia. Pero el tonto tiene remedio: aprende. Cuando comprende,
rectifica. Cuando ve con claridad, cambia de opinión.
El
imbécil es otra cosa.
No yerra por
falta de información, sino por soberbia. Ve la evidencia. Escucha la verdad.
Percibe el error y, aun así, persevera en él con fanatismo litúrgico. Ahí
reside la diferencia esencial.
El tonto
todavía está en camino. El imbécil convierte el error en trinchera. Uno
agradece la corrección; el otro se ofende, se rasga las vestiduras y acusa al
espejo de deformarlo. Uno revisa sus ideas; el otro las defiende incluso cuando
sus postulados se desploman como yeso húmedo.
Al tonto se
le puede enseñar. El imbécil, en cambio, carece de solución posible. Ser tonto
es humano. Volverse imbécil constituye una decisión del carácter.
Y si alguien
duda de ello, basta con asomarse a las redes sociales para contemplar cómo
legiones de imbéciles continúan defendiendo a un personaje como Zapatero,
que ya empieza a oler a presidio.
Aquella
escena en el supermercado de Reality Bites no era simplemente un grupo
de jóvenes haciendo el idiota entre bolsas de patatas y refrescos baratos
mientras sonaba My Sharona. Era prácticamente un manifiesto generacional
disfrazado de gamberrada. Un instante encapsulado en formol noventero donde
toda una generación quedaba retratada sin necesidad de discursos políticos, sin
manifiestos filosóficos y sin sociólogos de universidad escribiendo artículos
insufribles sobre la juventud desencantada. Bastaban tres chavales bailando
como posesos en los pasillos de una tienda mientras Ethan Hawke permanecía
apoyado junto al mostrador con esa expresión mezcla de resaca emocional,
cinismo existencial y agotamiento vital que convirtió a Troy Dyer en el
santo patrón de millones de adolescentes confundidos.
Porque si
algo tenía aquella generación era precisamente eso: una capacidad
extraordinaria para alternar la euforia absurda con el nihilismo más elegante
jamás visto. Éramos chavales criados entre cintas VHS rebobinadas con
bolígrafo Bic, videoclubs con olor a moqueta húmeda y programas de televisión
donde todavía parecía posible que el mundo escondiera cierta magia. Nos
educaron prometiéndonos un futuro brillante y acabamos descubriendo que
probablemente terminaríamos compartiendo piso, fumando tabaco barato y
discutiendo sobre música alternativa mientras trabajábamos en algo que
odiábamos profundamente. Y aun así, había una belleza extraña en todo aquello.
Una especie de romanticismo mugriento que el cine de los noventa supo capturar
mejor que nadie.
La escena
funciona porque parece improvisada, casi accidental, pero contiene más verdad
sobre nuestra generación que muchas películas enteras. Mientras Lelaina,
Vickie y Sammy bailan completamente desatados por el supermercado, agarrando
snacks y moviéndose como si acabaran de escapar de un psiquiátrico adorable,
Troy observa la situación con esa mezcla de desprecio y melancolía que definió
a tantos jóvenes de la época. Él representa al tipo que ya estaba cansado
incluso antes de empezar la vida adulta. El intelectual sarcástico que leía
libros de músicos muertos, citaba filósofos en bares donde olía a cerveza
rancia y parecía convencido de que la felicidad era una trampa inventada por la
publicidad de Coca-Cola.
Y sin
embargo, todos queríamos parecernos un poco a Troy. Aunque fuera insoportable.
Aunque tuviera el entusiasmo vital de una farola apagada. Porque en el fondo
representaba la resistencia romántica contra el mundo prefabricado que empezaba
a devorarlo todo. Los noventa fueron exactamente ese instante: el momento en
que la autenticidad todavía parecía posible antes de que internet convirtiera
hasta la rebeldía en un producto empaquetado. Aún podías encontrarte a alguien
verdaderamente raro. Aún existían personas que escuchaban música porque les
salvaba la vida y no para colgar frases en redes sociales junto a un café
fotogénico.
Lo
extraordinario de aquella secuencia es que convertía un supermercado cualquiera
en una pista de baile generacional. Durante unos segundos, aquellos personajes
parecían olvidar la precariedad, los trabajos basura, las relaciones
sentimentales desastrosas y el miedo constante al futuro. Bailaban como
bailábamos nosotros cuando todavía creíamos que el simple hecho de poner una
canción a todo volumen podía arreglar el universo. Porque nuestra generación
tenía algo profundamente ingenuo y profundamente triste al mismo tiempo.
Éramos irónicos, sí, pero todavía conservábamos cierta esperanza secreta. Una
esperanza escondida bajo capas de sarcasmo, camisas de cuadros y conversaciones
absurdamente intensas a las tres de la madrugada.
Y
entonces aparecía Troy, inmóvil junto al mostrador, observándolo todo con gesto
de fastidio metafísico, como si estuviera pensando: “Sí, bailad todo lo que queráis. Dentro
de veinte años pagaréis hipotecas imposibles y tendréis dolores lumbares”.
Lo terrible es que probablemente tenía razón. Pero también estaba equivocado.
Porque aquella generación perdió muchas cosas, sí, pero ganó una estética
emocional irrepetible. Supimos aburrirnos de manera artística. Supimos estar
rotos con estilo. Supimos convertir la confusión existencial en cultura pop.
Hoy vemos
esa escena y sentimos algo parecido a la nostalgia radiactiva. No solo por la
película, sino porque representa un mundo que desapareció. Un mundo donde
todavía podías perder una tarde entera escuchando discos con amigos sin mirar
el móvil cada cuarenta segundos. Donde las conversaciones no estaban diseñadas
para convertirse en contenido. Donde la gente se enamoraba en videoclubs, en
cafeterías o en supermercados cutres mientras sonaba una canción pegajosa de
fondo.
Quizá por
eso aquella escena sigue viva treinta años después. Porque no habla únicamente
de unos personajes.
Habla de nosotros. De una generación que creció entre el cinismo y la
esperanza, entre la cultura alternativa y el principio del gran vacío moderno.
Una generación que bailaba en los supermercados mientras intuía, en algún
rincón oscuro del alma, que el futuro iba a ser bastante más extraño de lo que
nos habían prometido.
¡Por cierto,
gracias Winona Ryder por esos pasos de baile!
Como he
escrito en repetidas ocasiones en estas mismas páginas, el Unicaja no es
simplemente un club de baloncesto. El Unicaja es el brazo armado de Málaga. Una
bandera verde y morada clavada en el corazón del sur. Un equipo que, sin los
presupuestos obscenos del Barcelona, el Real Madrid o el Valencia Basket,
ha sido capaz de conquistar once títulos y escribir una de las etapas más
gloriosas de su historia bajo el mando de Ibón Navarro, con siete entorchados
que ya pertenecen a la memoria sentimental de esta ciudad.
Porque el
Unicaja tiene algo que el dinero jamás podrá comprar: carácter. Esa mezcla
de descaro, rebeldía y amor por las cosas bien hechas que convierte a Málaga
en una isla distinta al resto del sur peninsular. Un lugar donde todavía se
compite con orgullo y donde el Carpena no es un pabellón, sino una caldera
emocional.
El
Unicaja y su gente son los Celtics de Málaga. Un equipo con identidad, con mística y con una
afición capaz de levantar muertos a base de cánticos. Pero hasta las mejores
películas tienen capítulos oscuros. Y esta temporada ha sido uno de ellos. Un
auténtico desastre.
La caída
comenzó en verano. Melvin Ejim no fue renovado. Se marcharon Kameron Taylor,
Dylan Osetkowski, Carter y hasta Yankuba Sima. Y lo que llegó después fue
una colección de decisiones difíciles de entender.
Castañeda
resultó ser una castaña monumental. Duarte, magnífico jugador en lo
individual, nunca consiguió encajar en el engranaje colectivo de Ibón Navarro;
demasiado ego para un sistema donde todos deben remar en la misma dirección.
Sulejmanovic sigue perdido en tierra de nadie sin saber si es un cuatro, un
cinco o un turista táctico. Augustin Rubit parece un exjugador
persiguiendo recuerdos de sí mismo. Audige ha alternado noches brillantes con
actuaciones incomprensibles. Y Web III, explosivo en ataque, deja en
defensa más huecos que un cartón de huevos.
En cuanto a
los veteranos, pocos han estado a la altura de lo que exigía el escudo.
Especialmente Killian Tillie, cuya temporada ha sido tan decepcionante
que, si dependiera de mí, tendría el finiquito preparado esta misma noche.
Sí, las
lesiones han castigado. Sí, es imposible ganar siempre. Ni siquiera los grandes
imperios fueron eternos. Pero una cosa no quita la otra: la dirección deportiva
ha firmado un fracaso rotundo. Y cuando una afición deja de creer en sus
jugadores, el problema ya no es deportivo; es anímico.
Málaga da
la temporada por enterrada. Y quizá tenga razón.
Pero
precisamente ahí es donde se mide la verdadera grandeza de un entrenador y de
un grupo humano.
Porque
cualquiera sabe liderar cuando suenan los himnos y llegan los títulos. Lo
difícil es entrar en un vestuario roto, mirar a jugadores bloqueados, sin
confianza y sin alma, y conseguir que vuelvan a creer en sí mismos. Un buen
coach no solo diseña sistemas; reconstruye orgullos, despierta carácter y
recuerda a sus hombres quiénes eran antes de perderse.
Ibón Navarro
tiene ahora el reto más difícil de todos: volver a empezar. Separar el ruido
del compromiso. Recuperar el hambre competitiva. Construir un nuevo proyecto
sin vivir encadenado a la nostalgia, aunque nadie pueda quitarnos lo bailado.
Porque el
pasado fue glorioso, sí, pero el deporte no perdona a quien vive únicamente de
recuerdos.
Del presente
solo quedan ya los banderines colgando del techo del Carpena como viejas
medallas de guerra. Y queda también lo más importante: su gente. Los
aficionados. Los abonados —entre los que me encuentro— que seguirán cantando a
pleno pulmón incluso en las derrotas:
“Siempre te
llevo conmigo,
no juegas solo si yo estoy aquí,
porque vuela el Carpena y Málaga sueña…
Unicaja, yo vivo por ti.”
Hay
películas que entretienen.
Y hay otras que terminan viviendo dentro de uno como un órgano más. American Graffiti hizo eso conmigo.
La vi en un
cine de verano, hace muchísimos años, cuando las noches todavía tenían misterio
y las pantallas parecían portales abiertos hacia otra vida mejor. Recuerdo el
ruido de las sillas metálicas, el olor a tierra caliente y aquella sensación
extraña de que algo importante estaba ocurriendo delante de mí aunque todavía
no supiera nombrarlo.
No lo sabía
entonces, pero aquella película me estaba moldeando por dentro.
Y hubo dos
figuras que me marcaron de una manera casi obsesiva.
La
primera fue Wolfman Jack, el mítico locutor nocturno que aparece en la película como una especie
de chamán del rock and roll. Con aquella barba imposible, aquella voz cavernosa
y esa manera de hablar como si estuviera emitiendo desde el fondo de una
carretera infinita, Wolfman no parecía un simple pinchadiscos. Parecía un
espíritu protector de los adolescentes perdidos.
Lo
fascinante es que era real.
Su verdadero
nombre era Robert Weston Smith, aunque el mundo terminó conociéndolo
para siempre como Wolfman Jack. Durante años emitió programas de radio
nocturnos que se escuchaban por media América gracias a emisoras fronterizas
mexicanas que lanzaban señales gigantescas capaces de atravesar estados
enteros. En muchas ciudades, de madrugada, los jóvenes se acostaban escuchando
aquella voz salvaje mezclada con doo-wop, rhythm and blues y rock clásico.
George
Lucas lo admiraba profundamente y quiso convertirlo en el corazón secreto de American
Graffiti. Y lo
consiguió.
Porque
Wolfman apenas aparece físicamente en la película, pero está en todas partes.
Es la voz que acompaña la noche. El narrador invisible de una generación que
aún no sabía que estaba perdiendo la inocencia.
A mí aquello
me dejó hipnotizado.
Comprendí
que una voz puede construir un universo entero. Que alguien escondido tras un
micrófono puede acompañar más que muchas personas reales. Y probablemente ahí
nació una parte importante de lo que hoy hago yo mismo, aunque nunca lo haya
dicho abiertamente.
Con los
años, además, ocurrió algo hermoso y triste a la vez: Wolfman atravesaba
problemas económicos y American Graffiti volvió a convertirlo en
leyenda. Gracias a la película recibió royalties, recuperó popularidad y volvió
a actuar ante miles de personas. Era como si el cine le hubiera devuelto la
vida al fantasma que había alimentado tantas madrugadas ajenas.
Y luego
llegó el final.
En 1995,
después de una actuación en Carolina del Norte, regresó agotado a casa. Se
sintió mal, se desplomó en brazos de su esposa y le dijo una frase que parece
escrita por un guionista melancólico: “Cariño, me muero”.
Murió
poco después de un infarto.
Y no sé por
qué, pero siempre pensé que era una muerte perfectamente coherente con su
personaje. Como si una voz nacida para acompañar noches infinitas no pudiera
apagarse de una forma vulgar.
Luego estaba
ella.
La rubia
del Cadillac blanco.
Ese
personaje que atraviesa toda la película como un sueño imposible. La
interpretaba Suzanne Somers, aunque apenas aparece unos minutos. Y sin
embargo, consiguió algo extraordinario: convertirse en uno de los grandes
fantasmas sentimentales de la historia del cine.
Su personaje
ni siquiera tiene demasiadas frases. No hace falta. Basta una mirada, un coche
alejándose y la obsesión silenciosa del protagonista, Richard Dreyfuss,
intentando volver a encontrarla durante toda la noche.
Eso es
precisamente lo que la hace eterna.
Porque los
amores consumados terminan perteneciendo a la realidad. Y la realidad desgasta
las cosas. Pero los amores imposibles quedan congelados para siempre en el
punto exacto donde fueron soñados.
Nunca
envejecen del todo.
Siguen
sonando como aquella canción de verano que no has vuelto a escuchar en veinte
años y que, aun así, todavía sabe exactamente dónde hacerte daño.
Para mí,
aquella chica del Cadillac terminó simbolizando algo mucho más grande que un
romance juvenil.
Representaba una época entera que desaparecía lentamente. El último resplandor
de una América inocente, nocturna, musical y despreocupada que estaba a punto
de ser barrida por el tiempo.
Y quizá por
eso me afectó tanto.
Porque todos
tenemos una “rubia del Cadillac” en nuestra memoria. No necesariamente
una mujer. A veces es una ciudad, una época, una voz o una versión de nosotros
mismos que ya no volverá.
Con el paso
de los años entendí algo inquietante: gran parte de lo que he creado nace
exactamente de esos dos fantasmas.
De
Wolfman hablando desde la noche.
Y de esa mujer alejándose para siempre.
Uno me
enseñó el poder de la voz.
La otra, el poder de la nostalgia.
Y ambos me
hicieron comprender que el verdadero arte no intenta detener el tiempo. Lo
único que hace es iluminar durante unos segundos aquello que inevitablemente
vamos a perder.
Existen
películas que no envejecen: se repliegan. Se esconden en los pliegues de la
memoria como una carta doblada demasiadas veces, con las esquinas gastadas y el
perfume intacto. Sixteen Candles pertenece a esa estirpe. No es
solo una comedia adolescente: es un relicario emocional donde los años ochenta
siguen respirando, como si el tiempo hubiese decidido hacer una pausa para
observarse a sí mismo.
En el centro
de ese pequeño universo late Molly Ringwald, sacerdotisa involuntaria de
una generación que aprendió a nombrar sus inseguridades a través de miradas
esquivas y silencios más elocuentes que cualquier declaración. Su Samantha
no grita, no exige: espera. Y en esa espera —tan propia de la adolescencia—
se condensa todo un tratado sobre el deseo de ser vista en un mundo que, por
norma, olvida lo esencial. El día de su cumpleaños, convertido en una fecha
invisible, es una metáfora delicada y cruel: crecer es aceptar que nadie está
obligado a recordar lo que para ti lo es todo.
El cine
de John Hughes,
arquitecto sentimental de aquella década, tenía la rara virtud de parecer
ligero mientras excavaba hondo. En Sixteen Candles no hay grandes
tragedias, pero sí una constelación de pequeñas heridas: la familia que no
escucha, el amor que se idealiza, la identidad que se construye a base de
equívocos. Hughes comprendió algo esencial: que la adolescencia no es un
tránsito, sino un territorio. Y lo cartografió con una precisión casi íntima,
como si cada escena hubiese sido escrita a partir de un recuerdo que dolía lo
justo para seguir siendo bello.
Frente a
Samantha, el mundo se organiza como un teatro de máscaras. Está el deseo
improbable encarnado en Jake Ryan, la torpeza desbordada del personaje que irrumpe sin
entender las reglas, el desfile de situaciones absurdas que, lejos de
trivializar la historia, la humanizan. Porque la vida, incluso en sus momentos
más decisivos, rara vez adopta formas solemnes: se presenta disfrazada de
malentendido, de accidente, de risa fuera de lugar. Y ahí, en ese equilibrio
entre lo ridículo y lo trascendente, la película encuentra su tono exacto.
Vista hoy,
la película funciona como un espejo ligeramente empañado. Hay elementos que
pertenecen a otra época —códigos, gestos, incluso excesos que el presente mira
con distancia crítica—, pero también hay algo que permanece intacto: la
vulnerabilidad. Esa sensación de estar a medio camino entre lo que uno es y lo
que teme no llegar a ser. En ese sentido, Sixteen Candles dialoga con
su hermana espiritual, Pretty in Pink, donde la misma Molly Ringwald
encarna otra variación del mismo enigma: cómo sostener la dignidad cuando
el mundo insiste en clasificarte.
Los
pequeños secretos de la película no están en sus giros, sino en sus detalles. En cómo una mirada puede durar un
segundo más de lo previsto. En cómo una escena aparentemente banal —un pastel,
unas velas, una canción— se convierte en un ritual de paso. En cómo el humor, a
veces irreverente, a veces incómodo, actúa como una coartada para hablar de lo
que realmente importa: el miedo a no ser elegido, a no ser suficiente, a
quedarse al margen de la historia que otros parecen protagonizar con
naturalidad.
Revisitarla
hoy es un ejercicio de arqueología emocional. No se trata solo de recordar una
película que nos gustó, sino de reencontrarse con la persona que fuimos cuando
la vimos por primera vez. Hay algo casi táctil en esa experiencia: como si
pudiéramos palpar los pliegues de la piel del pasado y comprobar que, pese a
todo, siguen ahí, respirando bajo la superficie del presente.
Recomendar
Sixteen Candles no es un gesto cinéfilo, es un acto de memoria. Es invitar a alguien a sentarse
frente a una pantalla y aceptar que la nostalgia no es una trampa, sino una
forma de conocimiento. Porque entender quiénes fuimos —con nuestras torpezas,
nuestros anhelos desmedidos, nuestras pequeñas tragedias domésticas— es, en el
fondo, la única manera honesta de entender quiénes somos.
Y quizá por
eso la película persiste. No por lo que cuenta, sino por lo que deja
suspendido. Por esa sensación de que, en algún lugar entre la risa y el olvido,
seguimos soplando velas que nadie vio encenderse. Y que, sin embargo, siguen
iluminando.
Entre la
elegancia quebradiza de la risa y la melancolía que siempre acecha tras el
telón, hay parejas que no solo hicieron historia: la encarnaron. Stan Laurel
y Oliver Hardy no fueron simplemente “el gordo y el flaco”; fueron una
forma de entender el mundo, un lenguaje universal que no necesitaba traducción…
y, sin embargo, la tuvo.
Porque en
los albores del cine sonoro, cuando Hollywood todavía tanteaba los
límites de su propia voz, ellos decidieron algo tan insólito como profundamente
artesanal: hablarle al mundo en su propio idioma. Bajo la producción de Hal
Roach, repitieron escenas enteras en español, fonéticamente memorizadas,
como si cada sílaba fuera una pieza más de ese engranaje cómico que funcionaba
con precisión de relojería y caos de vodevil. En títulos como La vida
nocturna, Noche de duendes, Aves nocturnas o Tiembla y
titubea, no solo actuaban: traducían su propio ritmo, su propio tempo,
su propia torpeza coreografiada. Cambiaban “manager” por “gerente”,
domesticaban el idioma sin domarlo del todo, y en ese leve acento extranjero se
colaba una comicidad nueva, inesperada, casi más humana.
Eran, en
esencia, la reencarnación moderna de un arquetipo antiguo. Como Don Quijote
y Sancho Panza, uno soñaba y el otro tropezaba; uno se elevaba y el otro
aterrizaba, a menudo de bruces. Esa dialéctica —el dúo desigual, el contraste
como motor narrativo— ha recorrido la historia desde Miguel de Cervantes
hasta las duplas contemporáneas: Bud Abbott y Lou Costello, o incluso Sherlock
Holmes y Doctor Watson. Pero en Laurel y Hardy ese esquema alcanzó una
pureza casi matemática: la repetición del “dos” como forma de explicar el
absurdo del “uno”.
Y, sin
embargo, bajo la superficie del gag perfecto, latía una relación compleja. Stan
Laurel, británico, perfeccionista hasta el desvelo, era el verdadero
arquitecto del humor del dúo: escribía, reescribía, afinaba cada gesto. Oliver
Hardy, estadounidense, aportaba la presencia, la pausa, esa mirada a cámara
que rompía la cuarta pared antes de que el concepto se volviera académico.
Juntos crearon un idioma propio, donde una caída podía ser una sinfonía y un
silencio, una carcajada diferida.
La industria
audiovisual mundial les debe algo más que risas: les debe la comprensión de que
el humor físico podía trascender fronteras culturales sin perder identidad. En
una época sin doblajes sofisticados ni subtítulos universales, ellos optaron
por el esfuerzo titánico de rehacerse en cada idioma. No era solo estrategia
comercial; era una forma de respeto hacia el espectador, una intuición casi
ética de que la risa, para ser compartida, debía ser también comprendida.
Sus finales,
como suele ocurrir con los grandes cómicos, tuvieron un poso de tristeza. Oliver
Hardy murió en 1957, debilitado tras varios problemas de salud que lo
alejaron progresivamente de los escenarios. Stan Laurel, que le sobrevivió
hasta 1965, se retiró prácticamente tras la muerte de su compañero, como si
el número —ese “dos” irrepetible— no admitiera sustituciones ni simulacros.
Siguió escribiendo gags, contestando cartas de admiradores, pero nunca volvió a
ser “la mitad” de nada. Porque el milagro había sido precisamente ese: la suma
indivisible de dos.
Hoy, cuando
el ruido audiovisual parece haberlo colonizado todo, regresar a sus películas
es un acto casi subversivo. En España, donde aún resuena el eco de aquellas
versiones en español, siguen siendo una liturgia doméstica: generaciones
que descubren que el humor puede ser inocente sin ser ingenuo, sofisticado sin
volverse pretencioso. Y que, a veces, basta una puerta que no se abre, un piano
que cae por una escalera o una mirada cómplice para recordarnos que el mundo,
en su absurdo, sigue siendo profundamente humano.
Laurel y
Hardy no pertenecen al pasado. Habitan ese territorio extraño donde la risa se convierte
en memoria y la memoria, en un pequeño acto de resistencia contra el olvido.
Porque mientras alguien, en cualquier lugar, siga riendo con ellos —aunque sea
con acento, aunque sea repitiendo palabras aprendidas de oído—, el número
seguirá siendo dos. Y seguirá siendo perfecto.
Dije, y a algunos
sesudos pensantes les pareció exagerado, que si importabas África y Magreb,
al final, claro está, tenías exactamente eso.; el tercer mundo en casa. También dejé escrito qué si
repetíamos los fallos en inmigración ilegal en Reino Unido, Francia o la
desternillante Bélgica, el resultado sería el mismo drama. Me crujieron a
insultos. Pues bien. El tiempo, ese juez
implacable, me ha terminado dando la razón.
Un hombre de
37 años, marroquí para más señas, grita consignas islamistas en plena calle de Esplugues
de Llobregat y termina asesinando a una ciudadana china de 17 primaveras
que había salido a pasear a su perrito. El supuesto criminal, angelito
migrante para las ONG subvencionadas por el gobierno del yerno del
proxeneta, ya había protagonizado incidentes en varios puntos de la geografía
española. A pesar de los gritos, del apedreamiento a la policía y los vecinos,
los responsables dijeron que se trataba de un caso de salud mental. La suya, no
la de los gestores políticos. No fue deportado. De Burgos pasó a Barcelona
tras protagonizar diferentes monerías de la morería. Lo de siempre y a nadie
puede sorprender. Tampoco asombra que los medios de desinformación catalogaran el
asesinato como violencia machista. Cuando se destapó el pastel, tuvieron que
borrar tuits y titulares por la vía de urgencia.
Un falso
mena viola a una menor en un parque en Hortalezas y alude que consumió marihuana,
alcohol, pastillas y hachís. Como vemos, el joven no disponía de tiempo para estudiar
urbanidad occidental.
La criatura había sido expulsada de Alemania e
Italia por delitos violentos. Le acogimos en España por caridad cristiana y le
ha destrozado la vida a una pobre niña cuyos gritos, como no fueron provocados
por un hombre europeo heterosexual, no quiso escuchar nadie. Nadie le echó cuentas. Otra que tampoco sabe
mucho de cuentas es María Jesús Montero, Lady Mopongo para los amigos,
cuya contabilidad ha sido desnudada por el Tribunal de la materia señalando que
usó fondos de la UE para tapar que no hay presupuestos estableciendo un nuevo
agujero de récord en las pensiones. Al parecer la ministra gastó en 2024 77.000
millones más de lo que permitía la prórroga e infló deudas tributarias, según
el órgano fiscalizador.
En estos
asuntos el gobierno de Sánchez se niega a dar más información; en la
regularización de inmigrantes alude al secreto de Estado. En el tema de las
cuentas aplica aquello de los socialistas prefieren la oscuridad de los
lupanares que la claridad de las cuentas.
Son las
noticias escalofriantes de la semana. Hay más. Muchas más. Pero me tiemblan las
manos como para seguir escribiendo.
A veces
vuelve, como un zumbido que no se apaga del todo, aquella frase de The
Smiths: I was looking for a job and then I found a job… heaven knows I’m
miserable now. No es nostalgia musical; es una constatación. Hay
canciones que no se escuchan: se habitan. Y esta, como una letanía de derrota
digna, me atraviesa cada vez que recuerdo el día en que mi hermano murió y el
mundo siguió girando con la indiferencia metronómica de una máquina bien
engrasada.
Murió mi
hermano. Y no hubo pausa.
Ni en la
empresa. Ni en el centro de estudios. Ni en ese ecosistema de sonrisas
plastificadas donde la palabra “equipo” se pronuncia como si fuera una
contraseña para entrar en un club al que, en realidad, nadie pertenece. No tuve
derecho a un día libre. Ni uno. La ley, ese dios menor de los despachos, no
contemplaba mi duelo como una causa suficiente. Debe de ser que la muerte, si
no está bien tipificada, carece de entidad jurídica.
Recuerdo
volver al trabajo con esa sensación de haber dejado algo irreparable detrás,
como quien cierra la puerta de una casa en llamas y decide no mirar atrás
porque sabe que no podría soportarlo. Y allí estaban ellos, hablando de input,
de output, de coworking, de sinergias y de resiliencia,
pronunciando esas palabras como si fueran fórmulas mágicas que justificaran su
propia vacuidad. No saben inglés, pero manejan su jerga como quien agita
un incensario: mucho humo, ninguna fe.
Después
están las ONG, las empresas, las instituciones: ese coro de voces bien
moduladas que llenan LinkedIn de vídeos emocionantes, de abrazos en cámara
lenta, de frases que hablan de cuidar a las personas. “El capital humano es
lo primero”, dicen, mientras el humano concreto —tú, yo, cualquiera— se
convierte en un número que no merece ni una llamada cuando se rompe por dentro.
Son los mismos que organizan talleres sobre bienestar emocional, pero no tienen
el menor interés en saber cómo estás cuando de verdad importa. Prefieren la
estética del cuidado a su práctica. La pose antes que la presencia.
Vivimos
rodeados de una filantropía ornamental. Se preocupan por todo lo que no duele
cerca: causas lejanas, nobles, fotogénicas. La vida sexual del somormujo, si
hace falta. Cualquier cosa que pueda enmarcarse en un vídeo inspirador con
música de fondo y subtítulos en blanco. Pero no por el tipo que se sienta a su
lado y que acaba de perder a su hermano. Ese no da likes. Ese incomoda.
Ese recuerda que, bajo la retórica, no hay nada.
Y luego está
el edadismo, esa forma de desprecio elegante que no se nombra, pero se respira.
Cuando ya no eres joven, pero tampoco lo bastante viejo como para ser invisible
del todo, te conviertes en una molestia estadística. Has dejado de ser promesa,
pero aún no eres memoria. Estás en tierra de nadie, donde lo que sabes no interesa
y lo que eres no cotiza. Te piden experiencia, pero desconfían de ella. Te
exigen lealtad, pero te ofrecen caducidad.
Todo esto
tiene algo profundamente cinematográfico, aunque no en el sentido épico que nos vendieron. Se parece
más a esas escenas de oficina interminables, con luces frías y conversaciones
que no dicen nada, donde el protagonista se da cuenta —demasiado tarde— de que
ha estado interpretando un papel en una película que no le interesa. Una mezcla
entre el absurdo burocrático y la soledad de quien entiende que nadie va a
detener la cinta por él.
Y, sin
embargo, lo más hiriente no es la crueldad explícita. Es la indiferencia
bien organizada. Esa capacidad de seguir adelante sin que nada se altere,
como si la vida de los demás fuera un ruido de fondo que se puede silenciar con
un clic. No es que no les importe si vives o mueres. Es peor: no llegan ni a
planteárselo.
Quizá por
eso aquella canción vuelve. Porque en medio de todo este teatro de buenas
intenciones y discursos huecos, hay una verdad incómoda latiendo: estamos
entregando nuestro tiempo —ese bien irreparable— a estructuras que no sabrían
reconocernos ni aunque nos desmoronáramos delante de ellas.
Y lo hacemos
en silencio.
Hasta que un
día algo se rompe. Y entonces, por un instante, lo ves todo con claridad: el
decorado, los figurantes, las palabras vacías flotando en el aire como globos
desinflados.
Y entiendes,
con una lucidez que duele, que nunca les importó.
El
nacimiento del partido islamista en la taifa del sur no es exactamente lo que
necesitábamos los autónomos. Su líder, que no conocen ni en su casa a la hora
de comer, es apoyado por el nieto de Blas Infante cuyo credo, y nadie
puede negarlo, incluía segregar a Andalucía de España y unirla al
cochambroso Marruecos.
En su
presentación, su cabecilla se ha ido a Sevilla para subirse a la Giralda
y pedir a los ciudadanos de esa ciudad que se conviertan al islam en masa. Al tipo
se le veía convencido. A los sevillanos no tanto. Eso de dejar de comer jamón, abandonar
en masa la devoción a la Virgen de Triana o a la Macarena no
parece un plan sin fisuras. Más bien todo lo contrario. En verdad, verlo lanzar
a rezar por el rito musulmán no le va regalar demasiados votos. No importa
cuantos edificios históricos pise porque, como bien nos enseña la historia que
no se muestra en los centros de estudio, cuando un payaso se muda a un palacio,
no se convierte en Rey; el palacio se convierte en un circo.
También es
posible que el musulmán arranque algunos votos por la zona de Algeciras.
Si eso ocurre, aunque de momento no le valga para obtener representación parlamentaria,
demostrará por qué los judíos y cristianos copan los premios Nóbel en todas las
categorías y los musulmanes, siendo millones, son relegados siempre al vagón de cola.
Para ser exactos, el 65% por
ciento de los premiados se consideraban cristianos a la hora de recoger el citado
galardón. Más de 200 personas de origen judío han sido galardonadas con el
Premio Nobel, representando aproximadamente el 20-25% del total de los premios
otorgados desde 1901, a pesar de constituir solo el 0,2% de la población
mundial. La mayoría de estos premios se concentran en las áreas científicas de
Física, Química y Medicina. Y el dato final relevante y demoledor. Además, Se
estima que en 2025 la población musulmana mundial ronda los 2.000
millones de personas. El islam es la religión con mayor crecimiento,
representando aproximadamente el 25,6% de la población mundial.
Podemos
hablar de matemáticas en la siguiente ronda informativa;
1. Grupo judío
(0,2% población → 20–25% Nobel)
Esto es lo
más llamativo.
Si tomamos
un valor medio (22,5%):
factor de representacioˊn=22,50,2=112,5\text{factor
de representación} = \frac{22,5}{0,2} = 112,5factor de representacioˊn=0,222,5=112,5
Este grupo está más de 100 veces
sobrerrepresentado en premios Nobel respecto a su tamaño poblacional.
2. Grupo
Cristiano (33% población → 65% Nobel)
6533≈1,97\frac{65}{33}
\approx 1,973365≈1,97
Aproximadamente
el doble de lo esperado. También está sobrerrepresentado, pero nada
comparable con el grupo pequeño.
3. Grupo Musulmán
(25,6% población → 12 premios)
Desde 1901 ha habido algo más de 600–650 laureados individuales.
Un grupo diminuto con una hiperconcentración
extraordinaria de premios
Un grupo grande con rendimiento
alto
Otro grupo enorme con rendimiento
muy bajo
Pero esto no
explica causas, solo describe un fenómeno.
Al margen de
los datos matemáticos, hay otra realidad inquietante. Todos los islamistas
emigran a países occidentales donde hay bienestar, respeto a la ley y a los
derechos humanos- y eso incluye la igualdad entre hombres y mujeres- libertad
religiosa y sexual. Pero nunca a países musulmanes. Dicho de otra manera; occidente
es la respuesta para escapar de sus descacharrantes sociedades. Crear un
partido islamista para vivir de nuevo bajo el yugo del medievo, del que por cierto escaparon, sólo se le puede ocurrir a un bobo con abundantes barbas.
No hay nada
más peligroso que una película que nos devuelve a nosotros mismos. Peggy
Sue Got Married no es, en apariencia, más que un artefacto de
nostalgia: un viaje hacia los años de instituto, hacia las faldas de vuelo y
los peinados imposibles, hacia ese territorio donde el tiempo aún no ha pasado
factura y la vida parece una promesa en lugar de una contabilidad de pérdidas.
Pero bajo su superficie amable late una inquietud más honda, casi metafísica:
¿qué haríamos si pudiéramos corregir nuestra propia biografía?
La premisa
es conocida y, sin embargo, nunca deja de seducir. Peggy Sue,
interpretada por una Kathleen Turner en estado de gracia crepuscular, se
desmaya durante una reunión de antiguos alumnos y despierta en 1960, en su
propio cuerpo adolescente, pero con la conciencia intacta de la mujer que ya ha
vivido, amado, fracasado. Esa fractura entre experiencia y juventud es el
verdadero motor de la película: no es el viaje en el tiempo lo que importa,
sino la conciencia del error.
Porque la
memoria —esa gran impostora— no solo recuerda, también reescribe. Y Peggy
Sue, como todos nosotros en nuestros momentos más íntimos, cree saber qué
decisiones fueron las equivocadas. Cree que, con la lucidez del futuro,
puede domesticar el pasado. Ahí reside la belleza melancólica del filme: en esa
ilusión de control que se desmorona lentamente.
La reunión
con las amigas, los pasillos del instituto, las miradas que aún no han
aprendido a disimular: todo está filmado con una delicadeza casi elegíaca. No
hay ironía cruel, sino una ternura que roza lo doloroso. Es el cine como
máquina de resurrección, como intento desesperado de devolvernos a un tiempo
donde todo parecía posible, incluso aquello que jamás lo fue.
Y luego
está él: ese Nicolas Cage desbordado, excesivo, casi caricaturesco, que encarna al amor
imperfecto, al amor real. Porque la película, en última instancia, no habla de
oportunidades perdidas, sino de elecciones inevitables. Uno puede fantasear con
invitar a salir a aquella chica que nunca se atrevió a mirar a los ojos, con
besar a quien solo habitó en la imaginación, con desviarse del camino conocido.
Pero hay algo profundamente inquietante en la idea de que, incluso sabiendo
todo lo que sabemos, tal vez acabaríamos cometiendo los mismos errores.
La banda
sonora merece una mención aparte: no es mero acompañamiento, sino un tejido
emocional que envuelve cada escena con una pátina de tiempo suspendido. Las
canciones funcionan como cápsulas de memoria, activando en el espectador esa
nostalgia prestada que, sin embargo, sentimos como propia. Es música que no
solo se escucha: se recuerda, aunque nunca haya formado parte de nuestra vida.
Más
discutible resulta el tramo final, cuando la película se desliza hacia lo casi
fantástico con la figura del abuelo que acepta la posibilidad del viaje
temporal. Ahí el relato pierde parte de su sutileza, como si necesitara
explicarse cuando lo verdaderamente poderoso era, precisamente, su ambigüedad.
El misterio, una vez verbalizado, deja de ser misterio.
Aun así, hay
destellos que permanecen: la aparición casi anecdótica de una jovencísima Sofia
Coppola, testigo silencioso de un linaje cinematográfico; la presencia de
aquella actriz veterana que encarnó a la mujer de Tarzán, recordándonos
que el cine es también un cementerio luminoso donde las generaciones se
superponen sin tocarse.
Pero lo que
realmente queda, lo que persiste después de los créditos, es esa sensación
incómoda de haber mirado demasiado de cerca nuestra propia vida. Porque Peggy
Sue Got Married no trata del pasado, sino del presente visto con los ojos
del arrepentimiento. Trata de los sueños que no cumplimos, de las versiones
de nosotros mismos que quedaron en el camino, de esa intuición amarga de que la
vida es, en esencia, una sucesión de renuncias.
Y, sin
embargo, hay algo casi consolador en su conclusión implícita: no podemos
reescribir nuestra historia. No hay segundas oportunidades verdaderas, no hay
regresos limpios al origen. Solo nos queda la memoria, ese territorio ambiguo
donde los errores se suavizan y los amores perdidos adquieren una perfección
que nunca tuvieron.
Quizá por
eso la película deja un poso extraño, entre la tristeza y la aceptación. Como
si nos susurrara, con una elegancia casi cruel, que no importa cuánto viajemos
hacia atrás en nuestra imaginación: la vida, al final, siempre nos conduce al
mismo lugar. Y no salimos vivos de ella.
En mi
biblioteca hay libros que se leen y libros que se viven. Y luego está el El
cuaderno gris, que directamente se infiltra en la manera en que uno observa el
mundo. Yo soy planiano hasta la médula, y no lo digo como una etiqueta
literaria, sino como una forma de estar en la realidad: desconfiando de lo
grandilocuente, atendiendo a lo pequeño, encontrando en una conversación
trivial o en un plato bien descrito una verdad más sólida que en muchos discursos
solemnes. Leer a Josep Pla es asistir a un fenómeno extraño: el autor no
construye personajes porque él mismo se convierte en el personaje central de
toda su obra. Su mirada lo invade todo. Su ironía, seca como una sentencia
notarial, desmonta la realidad sin levantar la voz. Y, sin embargo, bajo esa
aparente claridad, siempre hay una penumbra.
Pla escribió
como quien toma notas del mundo, pero en realidad estaba levantando un sistema
de interpretación. En El cuaderno gris no hay argumento en el sentido
clásico, sino una sucesión de observaciones que, poco a poco, acaban
formando una cosmovisión. El joven que escribe ese diario ya contiene al
escritor total: el escéptico, el observador incansable, el hombre que parece no
implicarse pero que en realidad está profundamente atravesado por lo que ve. Y
ahí empieza el misterio. Porque Pla parece transparente, pero no lo es. Dice
mucho, pero también decide con precisión quirúrgica qué no decir.
Ese silencio
se vuelve especialmente elocuente cuando uno entra en el territorio de sus
relaciones con las mujeres. Pla las vivió intensamente, pero las escribió con
una discreción casi obsesiva. Esperanza Suquet, el amor de juventud,
apenas deja rastro. Mercedes, en Barcelona, queda confinada a las cartas
privadas. Rosetta Lagomarsino irrumpe con fuerza en su vida, incluso
llega a Palafrugell, pero es expulsada, como si la realidad misma no pudiera
tolerar ese desorden sentimental. Luego aparecen figuras más complejas, como Aly
Herscovitz, en el Berlín derrotado y febril de los años veinte, o Adi
Enberg, quizá la relación más enigmática de todas: años de convivencia,
posible matrimonio, una hija nunca reconocida… y, sin embargo, un silencio casi
total en su obra. Pla convierte su vida en literatura, sí, pero no toda su vida
entra en ese filtro.
Con
Aurora, la historia cambia de tono. Aquí ya no estamos ante la discreción, sino ante una
intensidad casi obsesiva. Pla descubre con ella un territorio erótico que lo
desborda, y aunque la relación se interrumpe, continúa durante décadas a través
de cartas cargadas de deseo. Es un Pla distinto: menos irónico, más vulnerable,
más expuesto. Y luego está Consuelo Robles, la joven gitana, a quien
integra en su vida cotidiana de una manera difícil de clasificar, entre lo
afectivo, lo práctico y lo profundamente ambiguo. Todo esto dibuja a un hombre
que observa con distancia, pero vive con contradicción.
Y es
precisamente en esas contradicciones donde el personaje se vuelve
verdaderamente interesante para un expediente como el que estás construyendo. Porque
Pla no es solo el gran prosista del siglo XX en lengua catalana, no es solo
el cronista minucioso de una época. Es también un hombre situado en un contexto
político y moral complejo. Su relación con el franquismo no puede obviarse. Tras
la Guerra Civil, Pla se adapta al nuevo régimen, escribe, publica,
sobrevive. Colabora, en cierta medida, con el sistema, aunque siempre desde esa
posición suya tan característica: lateral, pragmática, nunca del todo
explícita. No es un ideólogo del régimen, pero tampoco un opositor. Es, si se
quiere, un superviviente lúcido que decide seguir escribiendo en las
condiciones que le tocan.
La famosa
anécdota de la gabardina resume bien ese espíritu. Pla, con su ironía habitual, viene a
decir que uno se pone la gabardina que conviene según el tiempo que hace. No es
una declaración heroica, ni pretende serlo. Es, más bien, una forma de cinismo
práctico, de adaptación a la intemperie histórica. Y esto incomoda, claro.
Sobre todo cuando se contrasta con su ambición de ser el gran cronista de su
siglo. Porque hay silencios que pesan. Y uno de los más evidentes es su
ausencia de reflexión sobre el Holocausto. En un escritor tan atento a la
realidad, tan obsesionado con describir su tiempo, ese vacío resulta
inquietante. No es un descuido menor, es una omisión significativa que obliga a
replantearse su figura.
Decir
esto no disminuye a Pla; lo humaniza. Lo saca del pedestal y lo devuelve a ese terreno que a él
mismo le habría gustado: el de la imperfección concreta. Un escritor enorme,
sí, pero también un hombre con zonas oscuras, con decisiones discutibles, con
silencios que interpelan. Y quizá ahí reside una de las claves más fascinantes
de su obra. Pla no ofrece respuestas morales claras. No se presenta como
ejemplo. Escribe, observa, anota. Y deja que el lector saque sus propias
conclusiones.
Desde
dentro, incluso apoyando a la Fundación que lleva su nombre, es comprensible
que estos aspectos se traten con cautela. Pero un escritor cuando es grande de
verdad, no se sostiene solo sobre la admiración, sino también sobre la
incomodidad.
Y Pla, en
ese sentido, sigue siendo profundamente incómodo. Por su lucidez, por su ironía, por
su capacidad de describir el mundo… y también por todo aquello que decidió no
contar.
Mi padre
aprobó unas oposiciones con doce años. Tuvo que estudiar contabilidad e inglés.
Tras conseguirlo, obtuvo el puesto de botones en el Banco de Bilbao.
Años más tarde terminaría trabajando como director de sucursal. Nunca se tomó
una baja. Jamás dio una excusa en el trabajo. Un tipo que se vestía por los
pies. Alguien que en ninguna hoja del calendario tiró un papel al suelo. Un
caballero profesional que exigía lo mismo de sus subordinados.
A él no se
le pasó por la cabeza pitar un himno ajeno, ni siquiera el andaluz, que
sentíamos ajeno. En esencia, era un tipo conservador. De esos que crecieron
afirmando que hacer el servicio militar era servir a España. Sin
embargo, decía que los homosexuales eran seres fantásticos, porque así mis
hermanos y yo tendríamos más mujeres a nuestra disposición. De las lesbianas
pensaba que eran personas de muy buen gusto, porque se enamoraban de otras
mujeres.
Rafael
variaba muy poco de opinión; lo que le parecía fatal al alba le seguía
pareciendo igual de mal en la anochecida. No era el tipo de hombre al que le hubiera agradado
escuchar cánticos como el de «musulmán el que no bote», pero habría puesto el
grito en el cielo ante la vejación del himno de todos los españoles. Ya lo
leen: un señor muy alejado de los patanes que hoy opinan en televisión y
escriben en los diarios.
Lo que más
me gustaba de él era su fino e irónico sentido del humor. A veces podía
confundirse con un señor inglés que, tras leer un artículo de The Times,
levanta la cabeza para soltar un comentario jocoso. Le hacían mucha gracia esos
falsos profetas que se esposan con mujeres porque Dios se les aparece en sueños
para que desfloren a alguna damisela. Como si el Altísimo, que como todo el
mundo sabe está en el cielo tan pimpante, no tuviera otra cosa que hacer que
preocuparse de la vida sexual de los mortales.
Mi padre
nunca tuvo mala sangre. Es más, pasó su vida donándola, porque la suya era
universal. El karma no le premió y, el único día que su ángel de la guarda —al
cual mandó saludos muy poco cordiales— estaba despistadillo, terminó ahogado en
su propia sangre, esperando a una ambulancia del Servicio Andaluz de Salud. Su
muerte no provocó ningún titular. Nadie se manifestó en la calle por él.
Básicamente, porque gobernaba el PSOE y él no era un perrito como Excalibur.
A veces
pienso que su muerte fue la forma que tuvo Dios de ahorrarle ver con sus
propios ojos que los españoles y el resto de europeos estamos siendo
sustituidos por una masa de gente ajena cuyos valores morales se anclan en un pedrusco
de Arabia. Él no lo hubiera intentado. Él no lo hubiera aceptado. Al final,
el tiempo le dio la razón: nuestro mundo va a desaparecer.
Y, sin
embargo, cuando cae la noche y el ruido se apaga, me gusta pensar que hombres
como él no desaparecen del todo. Que quedan suspendidos en algún lugar
discreto, quizá en ese mismo cielo donde el Altísimo sigue tan pimpante,
observándonos con una mezcla de ironía y cansancio. Como si aún levantara la
vista de su periódico invisible para dictar sentencia, breve y certera, sobre
este mundo que ya no reconoce. Y entonces, por un instante, todo parece un poco
menos perdido.
Ya
arbitrando apuntaba maneras de pistolero desquiciado cuando llegó a expulsar a Ferran
Torres por mirarle mal tras no señalar un penalti como la catedral de
Burgos. Por momentos parecía Billy the Kid desenfundando el revólver
en un saloon de mala muerte. Arma que, por cierto, mantenía con el seguro
echado cuando Casemiro repartía hostias celestiales a diestro y siniestro. Y
eso incluía, metafóricamente, las que le daba al propio Mateu en los
vestuarios.
Es imposible
no troncharse de risa cada vez que abre la boca. El árbitro retirado, hoy
reconvertido en oráculo del balompié en Movistar, no pierde ocasión para
convencernos de que su sitio natural no es un plató, sino una habitación
acolchada con vistas al infinito. Un día, el jugador del Real Madrid, Federico
Valverde —si eso lo hace en un campo de fútbol, qué no hará en un parking—,
soltaba un viaje descomunal en la cara a un jugador del Benfica,
cortando una ocasión manifiesta de gol, y el trencilla televisivo justificaba
la no expulsión porque el colegiado estaba realizando un “arbitraje muy
humano”. Muy humano, sí: como el de Hannibal Lecter a la hora de cenar.
¿Es tonto o
no es tonto? ¿Está para encerrarlo o no está para encerrarlo?
Ayer nos
dejó otra perla de coleccionista antes del Atleti-Barça: “Al árbitro francés lo
veo muy centrado porque acaba de saludar a los niños y eso es muy buena señal”.
Les juro que estuve a punto de caerme del sofá, como en una escena de Aterriza
como puedas. Minutos después, tras un fallo flagrante del gabacho, lo
disculpaba afirmando que estaba de espaldas. No lo estaba. Pero en el estudio
nadie se atrevió a discutir con quien ya ha cruzado la línea que separa el
análisis de la alucinación.
En realidad,
lo que me gustaría saber es cuáles son los criterios de Movistar Plus+ para
contratar a sus comentaristas. Porque lo que hay ahí dentro no es una
redacción: es una especie de casting permanente para un reality de
incompetencia ilustrada.
Ahí tienen a
Ajero entrevistando a jugadores de baloncesto en un inglés macarrónico
que no entiende ni él mismo, como si estuviera improvisando diálogos
descartados de una mala película de Guy Ritchie después de una noche
larga y una resaca peor. Uno lo escucha y no sabe si está formulando una
pregunta, pidiendo auxilio o intentando invocar a un demonio babilónico.
Y luego está
Amaya Valdemoro, que sabe de baloncesto —eso es innegable—, pero cuyo
madridismo sociológico es tan transparente que debería cotizar en bolsa.
Intenta disimularlo repartiendo elogios al rival, sí, pero siempre cuando el
partido está decidido, cuando el pescado ya está vendido y el aplauso no
compromete nada. Es como esos actores que lloran cuando ya ha caído el telón:
mucho gesto, cero riesgo.
Muchas veces
recuerda a esos calvos que se dejan barba para que no reparemos en que tienen
menos pelo en la cabeza que una bombilla de veinticinco vatios. Pero aquí la
barba ya no engaña a nadie. El cartón se ve desde la última fila.
Y mientras
tanto, el espectador, que no es idiota —aunque algunos se empeñen en tratarlo
como tal—, asiste a este desfile de opiniones blandas, justificaciones absurdas
y análisis que parecen escritos con un dado en la mano. Hoy digo una cosa,
mañana la contraria, y pasado mañana ya veremos si me acuerdo de lo que dije
ayer.
Esto no es
análisis deportivo: es un número de varietés. Un circo de tres pistas donde
cada cual hace su numerito esperando que nadie mire demasiado de cerca.
Solo
faltan Falete, los Los Chiripitifláuticos y Kiko Rivera comentando el VAR para
completar el esperpento.
Total… que
uno ya no sabe si está viendo fútbol o un remake cutre de Alguien voló sobre el
nido del cuco. Pero sin Jack Nicholson que nos salve la función.
Y lo peor no
es que estén ahí. Lo peor es que pretenden que nos lo tomemos en serio.