Uno va a
hacerse una analítica pensando que saldrá con lo de siempre: “todo normal”,
“beba agua”, “hierro justito”. Y de repente aparece una palabra que suena a
tragedia clásica: talasemia. En mi caso, lo que ha salido es un rasgo
talasémico A. No la enfermedad, no el drama, sino el gen. El polizón
genético.
Ser portador
no significa estar enfermo. Significa llevar una variante heredada, como quien
hereda ojos claros, mala uva o una peligrosa afición por desmontar relatos
oficiales. La talasemia solo es un problema cuando dos portadores coinciden y
tienen hijos. Por eso se estudia. Por eso se controla. No por miedo, sino por
conocimiento y previsión.
Y una vez
pasado el susto inicial, llega la pregunta lógica:
¿esto de dónde sale?
Aquí es
donde la genética empieza a resultar incómoda para muchos discursos
identitarios. Porque los genes no leen manuales ideológicos ni mapas escolares
mal explicados. Los genes recuerdan viajes reales, no consignas. El
rasgo talasémico aparece en el Mediterráneo, sí, pero también en
Irlanda, en Gran Bretaña, en zonas del norte de Europa. No por capricho ni por
romanticismo céltico, sino por selección natural.
Durante
siglos, la malaria fue endémica en buena parte de Europa. También en el norte.
Costas atlánticas, ríos, marismas, zonas húmedas. Ser portador de talasemia
ofrecía una ventaja: no inmunidad, pero resistencia. Y la evolución, que no
debate ni pide permiso, decidió conservar el gen porque servía para
sobrevivir.
Hasta aquí,
biología básica.
Y ahora
viene el momento incómodo.
Porque
cuando uno mira la genética real del sur de España, lo que aparece NO
es una población de origen árabe. Lo siento por el tópico, pero no. La
presencia musulmana fue política, militar y administrativa, no un
reparto genético ni una sustitución poblacional. No hubo una “arabización”
demográfica. Hubo una élite gobernante minoritaria sobre una población
mayoritariamente hispanorromana que ya estaba allí desde hacía siglos.
Y aquí
conviene decirlo sin rodeos:
las mujeres hispanorromanas no se casaban masivamente con musulmanes,
porque eso implicaba perder derechos civiles, jurídicos y religiosos. No es una
opinión moderna ni una provocación: es derecho histórico elemental. La genética
actual, además, lo confirma con una frialdad casi cruel para el mito.
El
componente árabe-bereber en la población del sur del país es reducido y
marginal. El sustrato dominante es romano, visigodo y europeo atlántico.
Es decir, si alguien espera encontrar en el ADN una genealogía de emires y
califas, va a salir del laboratorio con cara de tonto.
Dicho de
forma más clara:
el sur de España no procede genéticamente de los árabes.
Procede de europeos antiguos que fueron gobernados por árabes durante un
tiempo. Que no es lo mismo. Ni de lejos.
Nuestro sur peninsular
fue, antes que nada, hispanorromano. Luego visigodo. Luego un puerto
abierto al Atlántico, al comercio, a los pueblos del norte. No un desierto
humano esperando ser rellenado. Fue un cruce de caminos, no un solar vacío.
No hace
falta imaginar una escena concreta, pero uno puede hacerlo: un mercader del
norte con anemia leve, un visigodo de piel clara, un marinero irlandés que se
baja del barco en el puerto equivocado y decide que ya ha navegado suficiente.
Como en una historia de Corto Maltés, sin discursos, sin banderas, con
el mar de fondo y el destino encogiéndose de hombros.
La genética
moderna no discute ni opina: mide. Y lo que mide desmonta mitos muy
repetidos y muy poco pensados. Lo que aparece es una continuidad europea
profunda, compleja, mezclada, coherente con siglos de historia real. No con
cuentos simplificados para consumo rápido.
La ironía
final es deliciosa: después de descubrir que mi sangre hablaba de rutas
atlánticas y pueblos del norte, terminé casándome con una mujer escandinava, de
Dinamarca. Mis hijos son hispano-daneses, hablan ambos idiomas y además
inglés, como si la genética se hubiera permitido un chiste privado.
Así que sí,
puede que tenga un rasgo talasémico A.
Puede que en mi sangre viajen romanos, visigodos o algún rey irlandés
despistado.
Pero desde luego, no procede de ningún reparto árabe imaginario.
Porque al
final entendí algo muy simple:
mi análisis de sangre no era un problema.
Era un mapa
Sergio Calle
Llorens


