martes, 22 de septiembre de 2026

¡LOS MISTERIOS DE RAYMOND CHANDLER!

 

Los Ángeles de Raymond Chandler no era la ciudad de las postales. Era una ciudad de dinero, alcohol, corrupción, hoteles, policías, detectives privados y hombres ricos que escondían sus miserias detrás de puertas perfectamente cerradas. Chandler convirtió todo aquello en literatura y creó a Philip Marlowe, uno de los personajes fundamentales de la novela negra. Pero cuando dejamos los libros a un lado y empezamos a investigar la vida de su creador, descubrimos que el expediente de Chandler también contiene secretos, relaciones complicadas, alcohol, crisis personales, enfrentamientos con Hollywood y una historia de amor que marcó su existencia durante más de treinta años.

Raymond Thornton Chandler nació en Chicago en 1888. Su padre abandonó a la familia y Chandler terminó trasladándose con su madre a Inglaterra, donde recibió una educación clásica y llegó a trabajar como funcionario. Su vida parecía encaminada hacia una existencia bastante convencional, muy lejos de la literatura. Sin embargo, después de regresar a Estados Unidos, Chandler trabajó durante años en el negocio petrolero hasta alcanzar una posición estable. El alcohol empezó a perjudicar seriamente su vida profesional y, en 1932, perdió su empleo. Tenía cuarenta y cuatro años y aquella crisis profesional lo empujó hacia una decisión que cambiaría su vida: convertirse en escritor.

Antes de Philip Marlowe estuvo Cissy Pascal. Chandler conoció en Los Ángeles a una mujer dieciocho años mayor que él y se enamoró. Cissy estaba casada cuando comenzó aquella relación, una circunstancia que convirtió desde el principio la historia en un asunto bastante más complicado de lo que suele aparecer en las biografías resumidas. Chandler y Cissy terminaron casándose en 1924, después de la muerte de la madre de él. Él tenía treinta y cinco años y ella cincuenta y tres. Permanecieron juntos durante tres décadas y Cissy se convirtió en la persona central de la vida privada del escritor.

Cuando Chandler perdió su trabajo en la industria petrolera, comenzó a estudiar seriamente la ficción detectivesca. Leyó las revistas pulp, analizó su estructura, practicó el diálogo y empezó a publicar relatos. No llegó a la literatura como un joven prodigio. Llegó después de haber cumplido cuarenta años, después de haber tenido otra profesión y después de haber experimentado una caída personal considerable. En 1939 publicó The Big Sleep, la primera novela protagonizada por Philip Marlowe, y con ella cambió para siempre la imagen del detective privado.

Marlowe era duro, sarcástico y perfectamente capaz de moverse entre delincuentes, policías corruptos, millonarios y mujeres peligrosas. Pero tenía una característica que lo diferenciaba: un código moral. Sabía cómo funcionaba la corrupción y conocía perfectamente la suciedad de las personas que lo rodeaban, pero se negaba a aceptar que todo pudiera comprarse. Esa característica resulta especialmente interesante cuando la comparamos con el propio Chandler. El escritor tenía problemas con el alcohol, mantuvo relaciones con otras mujeres y atravesó periodos de enorme inestabilidad personal. Marlowe, en cambio, representaba una integridad que Chandler no siempre consiguió mantener en su propia vida.

La construcción de las novelas también tiene su propia historia. Chandler reutilizó algunos de sus primeros relatos publicados en las revistas pulp, reconstruyéndolos y ampliándolos para convertirlos en novelas. Aquello formaba parte de su proceso de aprendizaje y de las exigencias económicas de la ficción popular de aquella época. Lo extraordinario fue lo que consiguió hacer después con ese material. Chandler convirtió las historias de detectives en algo mucho más amplio: retratos de una sociedad donde el dinero, el poder, el sexo y las apariencias podían esconder auténticas miserias.

Y esa sociedad tenía un escenario perfecto: Los Ángeles. Chandler convirtió la ciudad en uno de los grandes personajes de su literatura. Las mansiones, los hoteles, los clubes privados, las carreteras, las playas y los barrios residenciales aparecían junto a detectives, chantajistas, asesinos y policías corruptos. Desde lejos, Los Ángeles podía parecer una ciudad perfecta. Chandler se encargó de demostrar que, cuando uno levantaba la alfombra, encontraba una cantidad considerable de suciedad.

Después llegó Hollywood. Chandler participó en la escritura de Double Indemnity, junto a Billy Wilder, y aquella colaboración produjo uno de los grandes clásicos del cine negro. Sin embargo, su relación con Hollywood estuvo marcada por los enfrentamientos. Chandler tenía una personalidad difícil y una enorme necesidad de controlar su trabajo, mientras que el sistema de estudios funcionaba mediante productores, directores, actores y ejecutivos que intervenían constantemente en los guiones. El cine le proporcionó dinero y prestigio, pero también le mostró una industria donde el escritor podía perder rápidamente el control sobre aquello que había creado.

La ironía era considerable. Chandler había convertido Los Ángeles en el escenario literario de una sociedad dominada por el dinero y las apariencias, y ahora tenía que trabajar dentro de la misma industria cinematográfica que formaba parte de aquella ciudad. Hollywood le permitió vivir de su escritura y aumentó enormemente su fama, pero también alimentó muchas de sus frustraciones. Esa experiencia acabó reforzando la visión crítica que ya aparecía en sus novelas.

Mientras Chandler triunfaba, Cissy seguía siendo el centro de su vida. El matrimonio fue duradero, pero no perfecto. Chandler tuvo relaciones extramatrimoniales y el alcohol continuó siendo un problema. La contradicción resulta evidente: el escritor que había creado a Philip Marlowe, un personaje obsesionado con la lealtad y con mantener un código personal, no siempre actuaba de acuerdo con esos mismos principios. Marlowe era ficción, pero representaba una forma de conducta que Chandler admiraba profundamente.

Cissy enfermó durante sus últimos años y su salud se deterioró progresivamente. Chandler permaneció junto a ella mientras continuaba trabajando y luchando contra el alcohol. En 1954, Cissy murió. Para Chandler fue un golpe devastador. Había perdido a la mujer con la que había compartido más de treinta años y su vida comenzó a desmoronarse. Volvió a beber con intensidad y entró en una etapa de profunda crisis personal.

Al año siguiente, en 1955, Chandler protagonizó un intento de suicidio que provocó la intervención de la policía y su hospitalización. La muerte de Cissy había dejado un vacío enorme y el escritor no consiguió llenarlo con el trabajo ni con el éxito. Durante los años posteriores sufrió episodios de depresión y alcoholismo, y su correspondencia muestra a un hombre cada vez más vulnerable y aislado.

Pero existe un episodio de su vida que parece salido directamente de una novela de misterio. Después de la muerte de Cissy, Chandler destruyó las cartas que había escrito a su esposa. Las quemó deliberadamente. Aquellas cartas podían contener información sobre sus sentimientos, sus conflictos matrimoniales, sus últimos años juntos y aspectos de su relación que no aparecen en otras fuentes. Hoy esas palabras han desaparecido. No podemos leerlas, no podemos reconstruir exactamente su contenido y no podemos saber qué llevó a Chandler a decidir que aquellas cartas debían desaparecer.

Ese es un misterio real. Y no necesita ninguna exageración.

Sabemos que Chandler amó profundamente a Cissy, que le fue infiel, que tuvo graves problemas con el alcohol, que quedó devastado después de su muerte y que intentó suicidarse. También sabemos que destruyó las cartas que había escrito a su esposa. Lo que no sabemos es qué decían aquellas cartas. Esa parte de la historia desapareció para siempre y, en este caso, el silencio no es una interpretación: es un hecho.

Después de la muerte de Cissy, Chandler mantuvo relaciones con otras mujeres y pasó temporadas fuera de Estados Unidos. Algunas interpretaciones posteriores han intentado reconstruir aspectos de su vida sentimental y sexual, pero las pruebas disponibles no permiten convertir todas esas teorías en hechos. Por eso conviene separar claramente la documentación de la especulación. Chandler ya ofrece suficiente material real para construir un episodio fascinante sin necesidad de inventarle una vida secreta que no podamos demostrar.

Y aquí es donde su propia literatura adquiere un significado especial. Chandler sabía que las personas mienten, que los testigos ocultan información y que una investigación puede conducir a una verdad incómoda. Sus novelas están llenas de personajes que cuentan una versión de los hechos mientras esconden otra. La verdad aparece poco a poco, fragmentada entre conversaciones, documentos, cadáveres y contradicciones. En su propia biografía ocurre algo parecido, solo que algunas pruebas han desaparecido definitivamente.

Philip Marlowe no era un héroe perfecto. Bebía, se metía en problemas y utilizaba la ironía como escudo, pero conservaba una línea que no estaba dispuesto a cruzar. Esa es probablemente la conexión más poderosa entre Chandler y su personaje. Mientras el escritor luchaba contra sus propias contradicciones, Marlowe permanecía en las novelas como un hombre capaz de caminar por un mundo corrupto sin convertirse completamente en parte de él. Chandler creó un personaje que poseía una firmeza moral que la vida real no siempre le permitió conservar.

El éxito cinematográfico terminó de convertir a Marlowe en un icono. Humphrey Bogart interpretó al detective en The Big Sleep y fijó para siempre una imagen que todavía forma parte del imaginario del cine negro: el despacho, el teléfono, el whisky, la lluvia, la mujer misteriosa y una ciudad donde prácticamente todo el mundo parece esconder algo. Pero Chandler había creado algo más importante que una estética. Había creado una manera de mirar el mundo. Su detective no investigaba solamente quién había cometido un crimen; investigaba cómo funcionaba una sociedad donde el dinero podía comprar silencio y donde la respetabilidad podía servir para ocultar la corrupción.

Raymond Chandler murió el 26 de marzo de 1959, en La Jolla, California. Tenía setenta años y murió a consecuencia de una neumonía. Dejó siete novelas completas, numerosos relatos, ensayos, cartas y trabajos cinematográficos. Su producción no fue enorme en cantidad, pero su influencia fue gigantesca. Chandler transformó la novela detectivesca y convirtió el lenguaje, el ambiente y la crítica social en elementos tan importantes como la propia investigación criminal.

Y cuando cerramos sus libros aparece una última contradicción. Chandler pasó décadas escribiendo sobre detectives que buscaban la verdad y sobre personajes que escondían secretos, pero cuando llegó el momento de enfrentarse a sus propios recuerdos destruyó una parte de las pruebas. Quemó las cartas de Cissy y se llevó con ellas una conversación privada que ya nadie puede recuperar. No sabemos qué contenían y no existe forma de reconstruirlas. Esa ausencia forma parte de su historia y no necesita una explicación inventada.

Raymond Chandler fue un hombre brillante, contradictorio y profundamente humano. Bebió demasiado, fue infiel, tuvo problemas profesionales y personales, sufrió la pérdida de la mujer que había ocupado el centro de su vida y atravesó una crisis que casi terminó con su propia existencia. También escribió algunas de las páginas más influyentes de la literatura negra y creó a Philip Marlowe, un personaje que todavía representa una idea muy concreta del honor.

Por eso, cuando investigamos los misterios de Raymond Chandler, el verdadero interés no está en fabricar escándalos ni en convertir cualquier rumor en un secreto oculto. Está en observar las contradicciones documentadas de un hombre que escribió sobre la corrupción mientras luchaba contra sus propios demonios, que convirtió la infidelidad y la desconfianza en materia literaria, que perdió a la mujer que había sido su compañera durante treinta años y que destruyó las cartas que podían contarnos una parte de aquella historia.

Chandler sabía que un buen misterio necesita pistas. También sabía que algunas pistas desaparecen. En su caso, una parte de la respuesta terminó convertida en cenizas. El resto quedó repartido entre sus novelas, sus cartas conservadas, sus biografías y los personajes que creó. Y entre todos ellos destaca uno: Philip Marlowe, el detective que caminaba solo por Los Ángeles, rodeado de corrupción, mujeres peligrosas, hombres poderosos y secretos que nadie quería contar.

Marlowe sobrevivió a su creador porque Chandler consiguió algo que muy pocos escritores alcanzan: crear un personaje que terminó viviendo por su cuenta. Pero detrás de aquel detective siempre estará el hombre que lo escribió. Un hombre que conoció el alcohol, el amor, la infidelidad, el fracaso, Hollywood, la enfermedad y la pérdida. Un hombre que tuvo que empezar de nuevo a los cuarenta y cuatro años y que terminó convirtiéndose, con cincuenta y uno, en uno de los grandes nombres de la novela negra.

Ese es el verdadero expediente de Raymond Chandler. No el de un escritor misterioso rodeado de conspiraciones, sino el de un hombre que tuvo suficientes secretos, contradicciones y heridas reales como para alimentar toda una novela. Y cuando las páginas se cierran y Philip Marlowe vuelve a caminar solo por las calles de Los Ángeles, queda una última certeza: Chandler sabía escribir sobre hombres que buscaban respuestas porque conocía perfectamente lo difícil que resulta enfrentarse a las propias.

Algunas respuestas quedaron en sus libros. Otras quedaron en las cartas que decidió conservar. Y unas cuantas desaparecieron para siempre cuando Chandler decidió arrojar al fuego las palabras que había escrito para Cissy. Esa es la clase de misterio que merece la atención del Guardián del Cementerio: uno que no necesita inventarse una solución, porque la propia historia ya nos ha dejado una puerta cerrada.

Y detrás de esa puerta está Raymond Chandler.

Sergio Calle Llorens

lunes, 21 de septiembre de 2026

¡LA SONRISA DE JULIA Y LOS PELIGROS DEL RECREO!


 

Analizando mi descacharrante vida, llego a la conclusión de que vine, vi y no vencí, pero mis deleites vitales sí fueron un auténtico triunfo. Supongo que han sido tantos los pasones que me he pegado que me vi forzado a poner freno al desenfreno, a amar el desamor y a desembarazarme del abrazo del oso de la soledad. Pero no de la solitud, como la mayoría la entiende, sino de esa otra, mucho más extraña y desoladora: la de estar rodeado de gente que no entiende una palabra de lo que digo.

Recuerdo el vértigo que sentía en el colegio cuando el profesor de ciencias explicaba no sé qué misterios de la naturaleza y, mientras hablaba, en mi cabeza sonaban los acordes de alguna canción de The Beatles. Recuerdo también al profesor de literatura hablándome de Lorca, mientras yo, en un cuaderno que seguramente merecía mejor destino, componía versos quevedescos. Endecasílabos que terminaron, en el mejor de los casos, en alguna papelera.

Luego llegaba el recreo, que era otra cosa. Allí, junto a mi compañero Curro del Moral, la literatura dejaba paso a la música y nos dedicábamos a hacer versiones de McCartney y Lennon. Recuerdo especialmente aquella que hicimos de Twist and Shout, que en nuestras manos se convirtió en Volando, volando sobre el mar. Éramos dos muchachos jugando a que las canciones podían cambiar de piel y a que las palabras, bien colocadas, podían llevarnos a cualquier parte.

Curro acabó convirtiendo aquel juego en una vida. Terminó dedicándose a la música y fundó La Sonrisa de Julia, un grupo que consiguió hacerse un nombre y que en 2003 ganó el Rock Villa de Madrid. Yo, por mi parte, acabé dedicándome a la literatura. Ellos se llevaron los escenarios, los amplificadores y los aplausos; yo, algunos dolores de cabeza, porque escribir es meterse en problemas.

Don Francisco de Quevedo y Villegas terminó en la cárcel. Yo estuve a punto de entrar por una poesía. Currito sigue en el mundo de los conciertos, y José Antonio López Morales se unió a la banda Biscuter antes de dedicarse al mundo de los luthiers.

Aquellos recreos, como ven, dieron para mucho. Quizá más de lo que entonces éramos capaces de sospechar.

Supongo que en la vida se trata de encontrar un público fiel con el que bailar. A veces puede ser un puñado de amigos al abrigo de los recuerdos y de unas buenas cervezas. Otras veces, la música nos empuja a tomar pareja en la oscuridad. Es tanto el deseo de movernos que las piernas se nos enredan en una danza parecida a la de los pájaros en celo. Incluso puede ocurrir que unos muchachos se junten para componer canciones de rock and roll, convencidos de que el mundo está esperando precisamente esa canción que todavía no existe.

Cuando pienso en todo esto, me pongo alerta. Porque no es difícil imaginar al cuervo negro de Yoko Ono revoloteando cerca, con la intención de acabar con todo lo bello que hay en este mundo. Los reventadores se esconden en cualquier esquina y en cualquier época. Son esos tipos capaces de entrar en una fiesta y preguntarse qué demonios hacemos todos riéndonos. Gente que necesita romper algo para sentirse viva, que confunde la provocación con el talento y el ruido con una idea.

Algunos escriben; otros hablan. Los hay que necesitan anfetaminas para soportarse a sí mismos y los hay que no necesitan nada. Quizá estos últimos sean los más peligrosos.

Porque escribir también puede servir para destruir. Las palabras pueden levantar una casa o incendiarla. Pueden juntar a dos desconocidos en un recreo o convencer a millones de que el vecino es su enemigo. Mein Kampf ya fue escrito y, desde entonces, cualquier aspirante a incendiario llega con el inconveniente de que el gran delirio ya tiene dueño. Lo demás son imitaciones, ecos y variaciones de una vieja enfermedad.

Yo, en cambio, escribía canciones sobre muchachas bellas sin ropa interior. Amores fugaces que siempre estaban en fuga, muchachas que aparecían y desaparecían antes de que pudiera aprenderme su nombre y versos que tenían la mala costumbre de terminar en alguna papelera. No sé si aquello era literatura. Probablemente no. Pero al menos nadie salió herido, salvo yo, que ya empezaba a descubrir que escribir es una forma bastante sofisticada de meterse en el próximo follón.

Sergio Calle Llorens

miércoles, 16 de septiembre de 2026

¡BLONDIE Y LA EDAD DE LA INOCENCIA!


 

Una vez leí en algún sitio que Blondie no era solo una banda, sino la perfecta colisión entre la frialdad de la calle neoyorquina y el calor de un estribillo pop perfecto. Al frente, Debbie Harry, la mujer que nunca pidió permiso ni bajó la mirada ante nada ni ante nadie. La cantante rubia, emparentada con Eve Babitz, con sus gafas que bajaba hasta la punta de la nariz para revelar unos ojos sonrientes y una mirada muy fija. Alguien que no solo fue musa, sino autora, líder y visión absoluta. Es posible que la fiesta musical comenzara antes de que ellos nacieran, pero, incluso llegando después, vinieron a cambiarlo todo.

La música de Blondie ha sido parte de la banda sonora de mi vida y, con toda seguridad, lo seguirá siendo hasta que la muerte me separe de la vida. Sus notas musicales sonaron bajo la luna hedonista de La Malagueta en los años ochenta. También me hicieron compañía cuando creí que podía crear mi propia versión de Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band. Podría decir que toda la pasión que ardía en mi interior, incluso con mis fracasos, terminaba resurgiendo de las cenizas de sus letras para escribir otra carta. Y miren que yo podría dejar de contar cosas porque nadie cuenta conmigo, pero luego llega la noche y las canciones del tocadiscos me hacen escapar de un pozo sin fondo.

La vida debe ser horrible sin canciones. La existencia debe ser más amarga sin estas letras.

Porque hubo una época en la que una canción podía cambiarte la vida. No metafóricamente. De verdad. Bastaba con escuchar los primeros compases para sentir que algo se abría delante de nosotros, una grieta por la que entraba el aire de un mundo nuevo.

Para un joven de la Movida malagueña, escuchar a Blondie era también descubrir que la belleza podía ser insolente, que una mujer podía convertirse en mito sin pedir disculpas por su deseo, su inteligencia o su poder. Y entonces aparecía Debbie Harry, rubia, voluptuosa, casi rubensiana, con aquella mezcla imposible de fragilidad y desafío. Yo la contemplaba desde la portada de un disco y desde las imágenes que llegaban hasta nosotros, intentando descifrar qué demonios tenía aquella mujer para que resultara tan magnética. Su voz me parecía de terciopelo. O eso pienso ahora. Quizá la memoria también inventa la textura de las voces que amamos.

Después sonaba “Denis”.

Y todo cambiaba.

Aquel nombre repetido una y otra vez tenía algo de conjuro adolescente. No hacía falta entender demasiado. Bastaba dejarse llevar. Y cuando llegaba “Sunday Girl”, aquella descarga de electricidad parecía decirnos que el mundo estaba ahí fuera, esperándonos. Que había que salir, llamar, besar, equivocarse, volver a empezar. Que todavía estábamos a tiempo de convertirnos en quienes soñábamos ser.

Eso significaron para muchos de nosotros aquellas canciones: la posibilidad.

La posibilidad de que la vida no fuera solamente aquello que habíamos heredado. De que pudiera inventarse. De que una ciudad, una noche, un disco y una mujer pudieran enseñarte, sin darte ninguna lección, que había otras maneras de estar en el mundo.

Hoy han pasado demasiados años. Algunos nombres se han borrado, algunas caras se han vuelto fotografías y muchos de aquellos sueños han acabado en lugares que jamás habríamos imaginado. Pero pongo un disco de Blondie y sucede algo extraño: durante tres minutos y cuarenta y tantos segundos, el tiempo pierde sus derechos.

Vuelve el muchacho.

Vuelve intacto.

Vuelve con la insolencia de quien todavía no sabe todo lo que va a perder.

Y Debbie Harry vuelve a mirarlo desde el otro lado del tiempo, con sus gafas en la punta de la nariz, esa sonrisa que parece saberlo todo y aquella voz de terciopelo que todavía consigue abrir una puerta donde yo creía que ya no quedaba ninguna.

Entonces empieza “Call Me”.

Y comprendo que quizá crecer no consiste en dejar atrás al joven que fuimos, sino en aprender a encontrarlo cuando una canción vuelve a sonar.

La aguja sigue girando.

Debbie canta.

Y, por un instante, vuelvo a tener toda la vida por delante

Sergio Calle Llorens

domingo, 13 de septiembre de 2026

¡LA CENA CON MÓNICA!

 


La cena con Mónica está regada con excelentes caldos de la tierra. El revuelto de gambas con champiñones al brandy es un regalo de los cielos y al porche de su casa solo llega la serenata de los grillos. La tonada de estos curiosos insectos nocturnos es igual que la última vez que estuve allí de noche. Ocurrió hace muchos años, cuando esta finca de Benejarafe pertenecía a unas familiares de mi madre. Mi amiga desconoce este dato de mi biografía y ya era hora de que lo supiera.

Mi presencia en el lugar la noche del viernes se explica por una apuesta. Ella perdió y yo gané. La apuesta era sencilla: quien perdiera invitaba a cenar. No había letra pequeña, ni árbitro, ni posibilidad de recurrir el resultado. Mi victoria consistió en conseguir que un medio digital retirara de su primera página una entrevista a un profesor de la UMA, con cara de cipote, en la que acusaba al fracaso educativo en Andalucía de ser consecuencia de las políticas de la derecha y, más concretamente, de no retirar el negocio de las privadas para reinvertir en lo público. La entrevista fue publicada en primera plana y en ella no había ni rastro de la ley educativa socialista que ha llevado a España al desastre educativo en PISA.

No fue complicado ganar la apuesta. Era cuestión de investigar un poco. Simplemente fui a la cuenta de Instagram del entrevistado y, como no podía ser de otra manera, el enseñante era de Podemos y compartía vídeos de Irene Montero y Pablo Iglesias. La pareja que llevó a sus hijos a la escuela privada en vez de a la pública. El chiste se cuenta solo y, tras hacerlo ver en redes sociales, La Opinión de Málaga tuvo que aguantar el zasca en toda la boca y colocar la entrevista en algún lugar desconocido de su cochambroso medio. Fue un paso en la dirección correcta, pero no lo bastante enérgico. Deberían haber cerrado la puerta del diario con llave y haberse escondido bajo los escritorios.

Evidentemente, el periodismo comarcal vive sus momentos más bajos con  infumables entrevistas  y, encima, en cada portada, regala titulares como “Málaga se manifiesta contra el racismo en Ceuta”, cuando la manifestación solo reunió a los mismos lectores que tiene ese periódico al día: unos doscientos. Como ven, el personal no se cansa de hacer el ridículo y los chistes me los deberían dejar a mí. Mónica ríe al recordar cómo esta gente de poco seso juega en sus escritos a ser violetas de los prados, mostrando un mundo que no existe o que simplemente no funciona. Incluso los borrachos profesionales tienen más momentos equilibrados de realidad.

Tras el riquísimo mousse de chocolate, Mónica prepara un French 75. Un sorbo que estalla en el paladar con la precisión de un destello. Un cóctel que posee una elegante armonía, donde la fuerza de la ginebra se funde con la delicadeza del champán y el frescor vivaz del limón. Tras beberme dos, le cuento a mi amiga los secretos de su finca que tienen que ver con los recuerdos: los gritos de mis primos, las efectivas paellas, los baños en la alberca, las voces de aquellos que se han convertido en sombra y la vuelta a casa en el coche de mis padres por aquel camino angosto donde las luces del vehículo cegaban a algunos conejos despistados.

—Nunca dejarás de sorprenderme, querido amigo.

Quise decir algo ingenioso ante aquella información, pero reaccioné como lo haría una cabeza de jabalí embalsamada en presencia de un cazador.

Y la noche siguió. Y las copas de French 75 siguieron mezclándose con los recuerdos del pretérito y los efluvios del presente.

A veces la memoria tiene esas cosas: abre una puerta que uno creía tapiada y, al otro lado, no hay fantasmas ni grandes revelaciones, sino una finca, unos grillos, una cena y una copa que vuelve a llenarse. Quizá la vida sea eso: regresar al mismo lugar sin ser ya el mismo. Y descubrir, de paso, que algunos recuerdos envejecen como el buen vino y otros, como ciertos periódicos, solo sirven para envolver el pescado.


Sergio Calle Llorens

martes, 8 de septiembre de 2026

¡SEXO EN LA MONTAÑA!

 


En la isla de Java hay un monte llamado Gunung Kemukus (conocido popularmente como la “Montaña del Sexo”). Allí, los lugareños deben tener relaciones sexuales con una persona que no es su cónyuge. Siete veces, para ser exactos. La creencia de los participantes en este singular ñaka ñaka es que el ritual les traerá fortuna, riqueza y éxito en los negocios.

En España, que es el segundo país más montañoso de Europa, no tenemos ese ritual para alcanzar nuestros sueños. Sin embargo, el personal ha votado históricamente al PSOE, que es una forma de sexo porque te dan por culo a diario, con la esperanza de que la economía, la educación y la sanidad mejoren algún día de estos. Sería injusto afirmar que los indonesios no obtienen lo que buscan tras participar en esas prácticas en la montaña citada. Pero, en la vieja piel de toro, esperar algo bueno de la secta del capullo excede el análisis político para adentrarse en el peligroso desfiladero de las enfermedades mentales graves.

Cuando la mafia de la Rosa gobierna, las desgracias se suceden. Un día es una epidemia. Al día siguiente, un apagón. Otro, una invasión. Y, todas las jornadas, suben los alimentos de primera necesidad mientras baja la confianza en el partido más putero del mundo. De hecho, hoy nos hemos enterado de que, con Pedro Sánchez, como era de esperar, se han sacado los peores resultados educativos de la historia de España. PISA dixit.

Esa era la noticia del mediodía. En el desayuno, El Confidencial sacaba una primicia en la que se afirmaba que el Ministerio del Interior, que dirige Pequeño Marlaska, elaboró un dossier secreto de periodistas fichados por su ideología. El informe haría sonreír al mismísimo Heinrich Himmler. Tras el almuerzo, el Tribunal Supremo ha paralizado la ley de nietos con la que el marido de Begoña Gómez pretendía dar un pucherazo.

Como pueden leer, los españoles siguen pensando que el PSOE no arregla sus problemas porque, como les pasa a los comunistas con sus líderes, no afinan con la elección de sus jefes. No importa: ellos no subirán a ninguna montaña, pero seguirán con todos sus agujeros abiertos de par en par para que los dirigentes de esa formación política continúen rompiéndoles el ojete con tal de que no gobierne la derecha.

Prácticas sexuales. Prácticas de subnormales.

Sergio Calle Llorens

miércoles, 2 de septiembre de 2026

¡HAY QUE BOMBARDEAR RABAT!

 


En unas horas saldré a la calle para manifestarme por Ceuta, junto a millones de compatriotas. Lo haré por mi tío, Antonio Llorens, que fue teniente de la Legión; por mis primas, que viven en esa ciudad española; y porque estoy convencido de que Marruecos ha cometido un error de cálculo al atacar a España.

Ha llegado el momento de expresar nuestra rabia, nuestra indignación y nuestro rechazo ante un país que pretende poner a prueba nuestra integridad territorial. Y lo más paradójico es que, para hacerle frente, ni siquiera necesitaríamos disparar un solo tiro.

Bastaría con utilizar nuestra propia fuerza económica. Bastaría, por ejemplo, con recordar quién suministra la electricidad y cerrar el grifo comercial. Ni un solo producto del reino de Mohamed VI debería entrar en España mientras dure esta agresión. También podríamos restringir las conexiones aéreas y marítimas y revisar de arriba abajo unas relaciones diplomáticas que, a estas alturas, parecen sostenerse más por inercia que por confianza.

Y, por supuesto, ni un solo euro más.

Porque una cosa debería quedar clara: si alguien ataca nuestra soberanía, España no puede responder como si nada hubiera ocurrido.

Marruecos está a años luz de España en términos económicos y militares. No hace falta ser un estratega para comprenderlo. Por eso resulta todavía más incomprensible que alguien pueda pensar que nuestro país va a permanecer eternamente de brazos cruzados.

Y si las medidas económicas, comerciales y diplomáticas no fueran suficientes, siempre quedaría la opción militar.

En cuestión de horas, nuestros aviones podrían convertir la aviación marroquí en un recuerdo. Nuestros medios militares podrían imponerse con una superioridad abrumadora. Sería, llevado al extremo, un auténtico pim, pam, pum.

Un tiro al plato.

Y entonces llegaríamos a Rabat.

Porque en esta propuesta bélica que algunos parecen estar dispuestos a alimentar, también habría que bombardear la capital marroquí. Cada bomba podría llevar su propio mensaje antes de enviar a nuestros enemigos a cenar con el Altísimo.

Se acabó el diálogo.

Se acabaron las concesiones.

Se acabaron los Marlaskas y los Sánchez de turno, a quienes, según esta lógica, habría que juzgar por alta traición.

¿Exagerado?

Un cojón de pato.

¿Desproporcionado?

Dos cojones de pato. 

¿Pero no es precisamente esa la lógica a la que conduce el odio cuando dejamos de pensar?

Porque, llegados a este punto, tampoco bastaría con bombardear Rabat. Habría que reducirla a cenizas. Y, puestos a seguir con la misma lógica, podríamos decir que ya hemos hecho algo parecido en España con el programa de lengua árabe y cultura marroquí de numerosas regiones.

¿Ven dónde termina la agresión marroquí?

Empieza con la indignación. Continúa con el boicot. Después llega la ruptura diplomática. Más tarde aparecen las bombas. Se acabó lo de poner la otra mejilla. 

España no puede seguir mirando hacia otro lado, eso sí lo tengo claro. Nuestros enemigos nos han lanzado un desafío y tenemos que recoger el guante. Pero recogerlo no significa perder la cabeza.

Porque la verdadera fortaleza de un país no consiste únicamente en saber cuánto daño puede hacer, sino también en saber cuánto daño está dispuesto a evitar.

Mierduecos —no se me ocurre un nombre mejor para ese país— acabará entendiendo que acaba de despertar a un león dormido.

O quizá el león debería demostrar que, además de tener dientes, sabe cuándo merece la pena enseñar los colmillos.

¡Al tiempo!

Sergio Calle Llorens

domingo, 30 de agosto de 2026

¡BLAKE Y MORTIMER: UNA INVITACIÓN A LA AVENTURA!

 


Aunque ya voy peinando abundantes canas —y a mucha honra—, todavía conservo intacta la capacidad de dejarme llevar por una buena aventura. Eso es precisamente lo que me sucede cada vez que regreso a Blake y Mortimer, una de esas series que no necesitan recurrir a la nostalgia para seguir fascinando. Basta abrir cualquiera de sus álbumes para que la imaginación se ponga en marcha y aparezcan misterios por resolver, conspiraciones internacionales, civilizaciones desaparecidas, científicos brillantes, viajes en el tiempo y amenazas capaces de poner patas arriba el mundo conocido.

Detrás de esta pareja extraordinaria se encuentra Edgar P. Jacobs, uno de los grandes nombres del cómic europeo y figura fundamental de la escuela franco-belga. En 1946 presentó en las páginas de Tintin a dos personajes destinados a convertirse en clásicos: el capitán Francis Blake, miembro del MI5, y Philip Mortimer, un científico de enorme talento. Desde entonces, ambos han protagonizado algunas de las aventuras más ambiciosas y reconocibles de la historieta europea.

Lo interesante de Blake y Mortimer es que Jacobs nunca necesitó convertirlos en personajes idénticos. Al contrario, su riqueza nace de la diferencia. Blake representa la acción, el espionaje, la estrategia y la disciplina; Mortimer aporta la ciencia, la inteligencia y una curiosidad prácticamente inagotable. Uno actúa mientras el otro analiza. Uno se enfrenta al peligro y el otro intenta comprenderlo. Juntos forman un mecanismo narrativo extraordinariamente eficaz.

Y frente a ellos, inevitablemente, el coronel Olrik. Pocos villanos del cómic europeo poseen una presencia tan reconocible. Inteligente, ambicioso y calculador, Olrik es mucho más que el enemigo de turno. Es una amenaza recurrente, una sombra que puede aparecer en Londres, en una aventura arqueológica, en un conflicto científico o incluso en los confines del tiempo. Su inteligencia obliga a Blake y Mortimer a estar siempre a la altura de las circunstancias.

Ahí reside una de las grandes virtudes de Jacobs: su capacidad para convertir una historia de aventuras en muchas historias al mismo tiempo. En sus álbumes caben el espionaje, la investigación detectivesca, la ciencia ficción, la arqueología, la historia y el misterio. El misterio de la Gran Pirámide, La marca amarilla, El enigma de la Atlántida, S.O.S. Meteoros o La trampa diabólica son títulos que permiten comprobar hasta dónde podía llegar aquella imaginación.

Particularmente fascinantes me resultan los viajes en el tiempo. La trampa diabólica juega con una de las grandes obsesiones del ser humano: la posibilidad de abandonar nuestra época y contemplar aquello que fue o aquello que todavía no ha sucedido. Siempre me ha atraído ese territorio en el que la ciencia y la imaginación se dan la mano. Jacobs comprendió que el viaje temporal no necesitaba ser únicamente un recurso espectacular; podía convertirse en una manera de preguntarnos por nuestra propia relación con la historia y con el futuro.

Algo parecido ocurre con El enigma de la Atlántida, donde una de las grandes leyendas de la humanidad sirve de punto de partida para una aventura que mezcla arqueología, ciencia ficción y misterio. La gracia está precisamente en que Jacobs consigue que el lector acepte durante unas horas la posibilidad de que aquello que pertenece a la leyenda pueda tener una explicación escondida. Esa capacidad para hacer creíble lo imposible es patrimonio de los grandes narradores.

Y después está La marca amarilla, probablemente uno de los álbumes más emblemáticos de la serie. El Londres nocturno, la investigación criminal, la atmósfera inquietante y la presencia de un enemigo misterioso convierten sus páginas en una auténtica novela policíaca dibujada. Jacobs demuestra aquí su enorme dominio del suspense y de la ambientación, además de una atención al detalle que se convertiría en una de las características de su obra. Norma Editorial — La marca amarilla

Porque Blake y Mortimer también son eso: atmósfera. Los edificios, los laboratorios, las máquinas, los vehículos y los escenarios están cuidadosamente documentados. Jacobs no parece tener ninguna prisa. Se toma su tiempo para explicar un mecanismo, desarrollar una investigación o mostrar un escenario. Hoy, cuando buena parte del entretenimiento exige velocidad constante, esa manera de narrar puede parecer casi anacrónica. A mí me resulta justamente lo contrario: refrescante.

Hay algo muy estimulante en un cómic que confía en la inteligencia y en la paciencia del lector. Jacobs no entrega siempre la respuesta inmediatamente. Deja pistas, construye hipótesis y permite que la imaginación complete aquello que las viñetas apenas sugieren. Por eso sus aventuras se leen, pero también se exploran.

La importancia de Blake y Mortimer dentro del cómic europeo se entiende mejor cuando observamos su capacidad para sobrevivir a su creador. Jacobs murió en 1987 dejando inconclusa Las tres fórmulas del profesor Sato. Bob de Moor completó posteriormente aquella historia y, después, diferentes guionistas y dibujantes continuaron desarrollando la serie. Norma reúne actualmente 33 álbumes, prueba de que aquellos personajes mantienen una vitalidad extraordinaria varias décadas después de su nacimiento. Norma Editorial — Blake y Mortimer

Naturalmente, ninguna continuación puede reproducir exactamente la personalidad de Jacobs. Cada autor aporta su propia mirada y es inevitable que el lector establezca comparaciones. Pero quizá ahí esté también el mejor reconocimiento que puede recibir una creación: que sus personajes sean capaces de continuar viviendo cuando su creador ya no está.

Lo que más me gusta de Blake y Mortimer, sin embargo, no tiene que ver con las cifras, ni con la longevidad de la serie, ni siquiera con su importancia histórica. Tiene que ver con algo mucho más sencillo: lo que sucede dentro de mi cabeza cuando leo sus páginas.

La imaginación empieza a correr.

Un pasadizo puede conducir a una civilización perdida. Una máquina puede abrir una puerta hacia otro tiempo. Un laboratorio puede esconder un descubrimiento capaz de cambiar el destino del mundo. Londres puede convertirse en el escenario de una conspiración internacional. Y un científico y un capitán británico pueden volver a ponerse en marcha para resolver un misterio que parecía imposible.

Eso es lo que sigo buscando cuando regreso a estos álbumes. No volver a ser niño, sino recuperar durante unas horas esa sensación extraordinaria de que el mundo todavía guarda secretos y de que, detrás de la siguiente página, puede comenzar una aventura.

Y quizá esa sea la verdadera grandeza de Blake y Mortimer: haber conseguido que varias generaciones de lectores comprendamos que la imaginación no tiene fecha de caducidad. Mientras existan historias capaces de hacernos mirar una viñeta y preguntarnos qué habrá al otro lado, siempre quedará un territorio por explorar.

Sergio Calle Llorens

viernes, 28 de agosto de 2026

¡UN DÍA PARA AGRADECER A LA VIDA!

 


Laura llega puntual al Castillo de Santa Catalina en su coche alquilado. Estamos ante una construcción de 1624 que hoy alberga un hotel de cinco estrellas y un restaurante donde se sirven platos cuidados al detalle, sin necesidad de estar hospedado en el establecimiento.

Ya habíamos almorzado aquí en otra ocasión. Si la memoria no me falla, aquel día degustamos ostras francesas Poget Spéciale Normandie y un jamón de bellota cien por cien ibérico. También cayeron un salmón ahumado y algunas croquetas. Un auténtico manjar de dioses.

Pero hoy hemos venido a desayunar contemplando la bahía malagueña desde El Limonar, cuna y refugio de aquella burguesía malagueña que supo convertir este rincón de la ciudad en un lugar de elegancia y sosiego.

Ha llovido bastante desde nuestro último encuentro. Bueno, este año las puertas del cielo se han abierto con tanta facilidad como los boquetes de una recién casada. Laura tiene las piernas tan largas como las mías, así que se sienta a mi lado mientras no deja de emitir pequeños sonidos de aprobación ante cada degustación. Mientras lo hace, su pelo negro se mueve con la brisa de la mañana.

Hablamos lo justo. No hace falta mucho más cuando los croissants y el zumo de naranja abren paso a conversaciones más sedosas, como el caramelo ligero de moscatel o el brioche caramelizado.

Laura es arquitecta y reconoce la importancia de ocupar el espacio, de comprender el movimiento de los astros y de interpretar esa luz incomparable de esta ciudad mediterránea. Yo soy más partidario de dejar los espacios abiertos, de esa inmensidad del océano que, paradójicamente, parece necesitar la pincelada de algún barco navegando en silencio para sentirse todavía más infinita.

Y entonces aparece Gaudí en nuestra conversación.

Gaudí no construía contra la naturaleza, sino con ella. Parecía haber comprendido que los árboles, las conchas, las montañas, las flores y hasta el movimiento de las hojas guardaban un lenguaje secreto que la arquitectura podía aprender a hablar. Allí donde otros levantaban muros, él buscaba formas vivas; allí donde otros trazaban líneas rectas, él dejaba que las curvas respiraran.

Su arquitectura parece nacida de un bosque después de la lluvia, de una montaña que hubiera decidido transformarse en catedral. La luz, lejos de ser un simple elemento funcional, se convierte en materia; entra, rebota, se filtra y acaricia las superficies como si también ella hubiera sido diseñada. Y en sus edificios permanece siempre esa fascinación por las formas orgánicas, por los bosques y por la geometría caprichosa con la que la naturaleza lleva millones de años haciendo obras maestras.

—¿Cuánto tiempo tardaría en concebir semejantes maravillas? —se pregunta Laura.

Yo, en cambio, me pregunto cuánto tiempo tardó la naturaleza en concebir un cuerpo como el suyo.

Miguel Ángel quizá habría necesitado mármol de Carrara para intentarlo. Aunque, pensándolo bien, probablemente tampoco habría sido capaz de mejorar lo que tenía delante. Y quizá habría preferido esculpir hombres.

Yo me limito a admirarla.

Unas horas más tarde estamos en el restaurante Marina Playa, en Torre de Benagalbón, Rincón de la Victoria, un establecimiento reconocido con el primer premio al mejor gazpachuelo tradicional de España.

Cuando Laura se seca en la orilla del mar y llega a la mesa, ha cortado la respiración de los bañistas, de los comensales, de las señoras que la miran con cierta envidia y hasta del propio gazpachuelo, que amenaza con cortarse.

El único que no se corta soy yo.

—La perfección existe —le digo.

Y para perfección, la del helado Melody, nacido en Sicilia Gelati, en Torre del Mar. Una propuesta que ha conquistado el viejo continente al conseguir el galardón al mejor helado de Europa.

Es una obra maestra de Juanma Guerrero, que combina una base cremosa de ricota con una salsa de mandarina y un toque mágico, crujiente y elegante de pistacho de alta calidad.

En definitiva, el heladero malagueño parece haber mantenido un diálogo fructuoso con el mismísimo Dios antes de alcanzar el Olimpo de los grandes nombres de la heladería artesanal. Aunque, pensándolo bien, debería decir que subió al cielo. Y es que esta comarca nuestra de la Axarquía se parece demasiado a un paraíso adelantado, uno de esos lugares que se empeñan en demostrar que todavía quedan sorpresas culinarias capaces de reconciliarnos con el mundo.

Para rematar este día mágico, nuestros pasos nos llevan hasta la fascinante Frigiliana. Paseamos por sus calles sinuosas, fotografiamos sus casas encaladas, sus balcones llenos de flores y esas fachadas que parecen guardar historias detrás de cada puerta.

Después nos tomamos un vermut mientras contemplamos cómo el sol termina besando el mar. El atardecer avanza despacio, casi con pereza, y desparrama sobre el horizonte un color bermejo que invita al silencio.

Horas después, ya en la cama, reflexiono sobre las actividades de la jornada. Un eclipse lunar me hace saltar de ella y, por alguna razón, siento la necesidad de agradecer a la providencia experiencias como las de hoy.

Y es que el doctor me dijo recientemente que estaba agotado física y mentalmente, que necesitaba un cambio, respirar otros aires, salir de la rutina.

Y entonces llegó, presta, mi Laurita.

Llegó para regalarme un día lleno de emociones, de sabores, de mar, de arquitectura, de conversaciones, de risas y de esa belleza que, cuando aparece inesperadamente, consigue que uno vuelva a sentirse vivo.

Gracias, amiga. Te debo una.

Sergio Calle Llorens

jueves, 27 de agosto de 2026

¡COBARDES!

 


Soy de la opinión que Dios siempre bendice a los intrépidos. Porque el valiente no es el que no tiene miedo, sino el que vence a ese temor. El Altísimo conoce ese sufrimiento interno e ilumina su camino vital para verter sobre el mismo todas sus bendiciones. Le aleja de ese proceso por el cual el valeroso vive hasta que el cobarde quiere.

Porque el miedo siempre ha estado ahí. Esperando. Agazapado en algún rincón oscuro del alma, aguardando el momento en que la voluntad flaquee y el hombre decida que es más cómodo vivir de rodillas que morir de pie. La valentía, sin embargo, no consiste en desconocer el miedo, sino en mirarlo de frente cuando todo invita a bajar la mirada.

Ser valiente es morir una vez y ser cobarde es morir millones de veces en vida.

No hay mayor condena que traicionarse a uno mismo. No hay derrota más amarga que aquella que se produce en silencio, cuando nadie nos ve, cuando nadie aplaude, cuando nadie conoce la batalla que se libra dentro de nosotros. Hay hombres y mujeres que vencen en público y pierden en privado. Otros, en cambio, pierden muchas batallas, pero conservan intacta la única bandera que importa: la de sus principios.

Ahí tienen a Esther González, exfutbolista del Real Madrid, que ha borrado de las redes sociales las fotos de su mujer e hijo tras fichar por un equipo de Arabia Saudí. La pasta por encima de su defensa de los derechos del LGTBI. Nada queda ya de la emancipación de las mujeres ni de los derechos de las lesbianas. Tan solo el color verde de los billetes.

La jugadora ha agachado la cabeza sin saber que los gestos importan mucho más que las declaraciones vacuas. Porque hay momentos en los que una decisión pesa más que mil discursos. Momentos en los que basta un gesto para saber de qué está hecho alguien. Y cuando llega la hora de elegir entre la comodidad y los principios, entre el aplauso y la dignidad, entre el dinero y aquello que un día se defendió con orgullo, ya no sirven las palabras.

Otra farsante.

Otro jugador, en este caso del PSG, pide que su compañero no abra una botella de buen champán francés por respeto a su religión tras ganar la Supercopa.

El gesto, insisto, es importante; porque debería ser el musulmán el que respetara las costumbres y hábitos de la vieja Europa. No al contrario.

Puede parecer una tontería, pero no lo es tanto porque nos estamos jugando el futuro que debe ser alejado de las ideas tercermundistas.

Las civilizaciones también se defienden en los pequeños detalles. En aquello que parece insignificante. En una copa que se abre, en una costumbre que se mantiene, en una tradición que no se abandona por miedo a incomodar a nadie. Porque lo que hoy parece una concesión inocente puede convertirse mañana en costumbre, y la costumbre, con el paso del tiempo, puede terminar convirtiéndose en ley.

Personalmente, yo me negué a darle la mano a un corrupto que me denunció porque mis principios estaban por encima de mis intereses.

Sin ir más lejos, me negué a que mis estudiantes entraran en mi clase a rezarle a Mahoma.

La explicación que les trasladé fue simple: esta aula es mi templo y yo soy su sumo sacerdote.

Mi casa, mis reglas.

Hay frases que no necesitan discursos. Hay fronteras que no necesitan mapas. Hay líneas que, una vez trazadas, solo pueden respetarse o cruzarse. Y yo decidí trazar la mía.

Nunca nadie pudo convencerme de que cambiara de parecer. A resultas de todo esto, tuve grandes problemas con la injusticia española. Pagué las consecuencias de mis decisiones, pero jamás di un paso atrás.

Porque todo principio tiene un precio. Y quien no está dispuesto a pagarlo acaba vendiendo aquello que juró defender.

Sencillamente, tomé mi viejo sable y tracé una línea en el suelo mientras decía:

Por aquí no pasan.

Y oigan, nadie ha osado jamás cruzarla.

Quizá porque una línea dibujada en el suelo no es solamente una línea. A veces es una frontera. A veces es una declaración de guerra. A veces es el último refugio de quien ha decidido que podrá perderlo todo menos su dignidad.

En mi vida he llegado a conocer a muchos valientes de boquilla, pero en las distancias cortas, en la penumbra de los callejones y lejos de despachos de abogados carísimos, eran incapaces de defender ni la honra ni la vida.

Los he visto hablar con la voz de los héroes cuando no había peligro y encogerse cuando la tormenta aparecía en el horizonte. Los he visto levantar la bandera de sus convicciones mientras soplaba el viento a favor y arriarla en cuanto llegaron las primeras dificultades.

Porque la valentía no se demuestra cuando todo está ganado.

Se demuestra cuando todo puede perderse.

Aléjense de esta gentuza porque la cobardía, como suele ocurrir con la ignorancia, suele ser contagiosa.

Y recuerden que, cuando llegue la hora de la verdad, cuando desaparezcan los aplausos, cuando se apaguen las luces y solo quede uno frente a sus propias decisiones, nadie podrá luchar por ustedes.

Entonces solo quedarán sus principios.

Y la línea que decidieron no cruzar.

Sergio Calle Llorens

martes, 25 de agosto de 2026

¡CARACOLES: LA LENTA Y GLORIOSA CONQUISTA DE LA FELICIDAD!

 

Hay algo particularmente malagueño en cocinar bien. Una especie de naturalidad insolente. Como si en otros lugares tuvieran que reunirse tres cocineros, consultar cuatro libros y convocar un congreso para decidir cuánto comino poner, mientras en Málaga alguien, sin hacer demasiado ruido, prueba la salsa con una cuchara y dice: «Le falta algo».

Ese «algo» es una ciencia.

Porque los caracoles exigen equilibrio. La salsa debe tener carácter, pero no puede ocultar al protagonista. Tiene que ser sabrosa, aromática, ligeramente picante si procede, profunda y capaz de adherirse al caracol con esa dignidad untuosa que convierte el pan en una herramienta gastronómica imprescindible.

Unos caracoles mediocres son una decepción.

Unos buenos caracoles son un acontecimiento.

Y unos caracoles extraordinarios son capaces de provocar esa escena tan española en la que todos empiezan diciendo que no tienen demasiada hambre y, veinte minutos después, están disputándose discretamente el último trozo de pan.

Porque el secreto no está solamente en el caracol. Está en la salsa.

Ahí se conoce a un restaurante.

Un restaurante puede tener una carta interminable, una vajilla preciosa, camareros que describen cada plato como si estuvieran presentando una tesis doctoral y una cuenta capaz de provocar una experiencia religiosa. Pero ponga delante unos caracoles y veremos qué sabe hacer.

La cocina de verdad no siempre necesita productos aristocráticos. También se puede demostrar talento con algo humilde, terrestre y aparentemente insignificante. El lujo, en gastronomía, no siempre consiste en añadir ingredientes caros. A veces consiste en conseguir que un plato sencillo tenga profundidad, equilibrio y memoria.

Eso Málaga lo entiende especialmente bien.

Porque aquí existe una manera de cocinar que no necesita pedir permiso. Una cocina que conoce el producto, respeta la tradición y, cuando hace falta, sabe darle una vuelta sin convertirlo en una extravagancia.

Y esa es, a mi juicio, una de las grandes superioridades culinarias de Málaga: la capacidad de hacer extraordinario lo que otros considerarían simplemente cotidiano.

No hace falta disfrazar un caracol.

Hay que cocinarlo bien.

Que la salsa huela antes incluso de llegar a la mesa. Que el primer bocado tenga ese punto de especias que despierta el apetito. Que la carne salga con facilidad de la concha. Que uno pueda concentrarse en el plato durante unos segundos y pensar, con absoluta seriedad, que quizá la civilización haya alcanzado aquí uno de sus pequeños momentos de perfección.

Y entonces llega el pan.

Ese gran olvidado de las críticas gastronómicas.

El pan no pregunta. El pan comprende.

Se introduce en la salsa con discreción y sale convertido en una prueba irrefutable de que Dios, si existe, probablemente también moja pan.

Lo maravilloso de los caracoles es que obligan además a comer despacio. No admiten la vulgaridad de la prisa. Cada uno requiere su pequeño ritual. Se coge, se extrae, se saborea y se vuelve a por otro. Es una gastronomía pausada, casi meditativa, aunque la meditación suele terminar cuando alguien descubre que quedan tres en la cazuela.

Y entonces aparece la verdadera naturaleza humana.

«Ese es mío».

La alta cocina puede hablar de texturas, emulsiones, reducciones y técnicas ancestrales. Todo muy respetable. Pero yo sostengo que existe una forma mucho más sencilla de medir la felicidad gastronómica: poner una cazuela de buenos caracoles en el centro de una mesa y observar cómo desaparece.

Ahí no hay esnobismo.

No hay postureo.

No hay discurso.

Hay hambre, memoria y placer.

Y Málaga, una vez más, sabe hacerlo.

Por eso, cuando unos buenos caracoles llegan a la mesa con una salsa bien hecha, caliente, aromática y generosa, uno comprende que la grandeza culinaria no siempre está en lo complicado. Está en saber hacer bien aquello que parece sencillo.

Los caracoles, además, tienen una última virtud: son probablemente los únicos comensales que llegan al restaurante con la casa puesta.

Y aun así, después de probar la salsa, son ellos los que terminan diciendo que quieren volver al hogar. 

Sergio Calle Llorens

lunes, 24 de agosto de 2026

¡EMIGRANTES, NO INVASORES: LA VERDAD QUE ALGUNOS PREFIEREN OLVIDAR!

 


Decían que los datos policiales eran falsos. Decían que las violaciones cometidas por argelinos y marroquíes no encabezaban la lista de delitos sexuales en España. Afirmaban que el hijab empoderaba a la mujer musulmana, pero muchas huyen de Marruecos por no poder quitárselo. Su huida a territorio civilizado confirma nuestras sospechas porque, finalmente, las marroquíes y subsaharianas violadas por manadas de magrebíes deben ser enviadas a la península para protegerlas de aquello que no sucedía. Ya ven, la realidad es tozuda.

Al parecer, esta pandilla de pánfilos saca también el recordatorio de la emigración española. Todo para ocultar la invasión del desastroso país de Mohamed Último. Aquí la verdad también es obstinada. Lean y aprendan:

Alemania: contrato y selección antes de salir

España y la República Federal de Alemania firmaron en marzo de 1960 un acuerdo específico sobre migración, contratación y colocación de trabajadores españoles. El sistema contemplaba que las empresas alemanas solicitaran trabajadores y que las autoridades españolas participaran en su selección y contratación. El IEE funcionaba como organismo de preselección y control; según el Instituto Cervantes, llegó a gestionar entre seis y siete de cada diez emigrantes españoles que marcharon a Alemania.

Así que, para un trabajador que emigraba por la vía oficial, sí: normalmente existía una oferta concreta y un proceso de contratación antes de viajar. No era una aventura completamente a ciegas. El acuerdo hispano-alemán incluso establecía que las autoridades españolas debían proporcionar al trabajador el pasaporte y los documentos necesarios para el viaje, mientras que la parte alemana expedía una tarjeta de legitimación al trabajador contratado que funcionaba como permiso de trabajo durante un período inicial.

Un ejemplo muy gráfico: los primeros españoles que llegaron a Alemania tras el convenio fueron 160 jóvenes andaluces contratados en 1960 por Brown Boveri & Cie., en Großauheim. Es decir, no llegaron allí y después preguntaron dónde podían trabajar: habían sido reclutados para una empresa concreta.

¿Y Suiza?

Aquí la historia es un poco más complicada. España y Suiza firmaron un acuerdo de contratación de trabajadores en 1961, pero los españoles ya estaban llegando antes. A finales de los cincuenta había diferentes vías de entrada: algunos trabajadores fueron reclutados mediante procedimientos privados, otros llegaron con mecanismos relacionados con el IEE y también hubo españoles que entraron oficialmente como turistas, aunque en realidad iban buscando trabajo. El Instituto Cervantes señala expresamente que los empresarios suizos preferían en ocasiones vías privadas de contratación, sin la mediación española.

Eso significa que no puedes aplicar exactamente el modelo alemán a todos los emigrantes españoles en Suiza. A partir del acuerdo bilateral de 1961, la contratación quedó mucho más estructurada, pero ya existía una corriente migratoria anterior. De hecho, los españoles residentes en Suiza pasaron de unos 1.200 en 1950 a más de 13.500 en 1960, antes del gran crecimiento posterior al convenio.

¿Y Francia?

Francia tenía una situación diferente porque existía una emigración española anterior y unas relaciones migratorias mucho más antiguas. Allí coexistieron emigración organizada, contratación nominativa y redes personales/familiares, por lo que tampoco conviene imaginar un único procedimiento obligatorio para todos.

Pero hay algo importante que suele perderse cuando hablamos de aquella emigración: el Estado español controlaba bastante la salida de trabajadores. La Ley de Bases de Ordenación de la Emigración de 1960 establecía que las oficinas de colocación debían registrar tanto a los españoles que querían emigrar con contrato de trabajo como las ofertas de empresas extranjeras que buscaban mano de obra española. También atribuía a los organismos españoles funciones de información y asesoramiento sobre los contratos y de intervención en las contrataciones colectivas.

Por tanto, sí existía una especie de circuito institucional: una empresa extranjera necesitaba trabajadores → formulaba una oferta → las autoridades españolas la canalizaban → se seleccionaban trabajadores → se formalizaba la contratación → se preparaba la documentación → y el trabajador viajaba al país de destino.

Pero había una segunda emigración, menos ordenada: gente que ya tenía familiares o conocidos fuera, gente que viajaba por su cuenta, trabajadores que entraban como turistas y después buscaban empleo, etc. En Suiza está documentado expresamente este fenómeno.

Y hay un detalle muy interesante para entender la época: España no era simplemente un país del que la gente salía libremente para buscarse la vida por Europa. El régimen franquista quería controlar la emigración, pero al mismo tiempo la fomentaba porque las remesas de los emigrantes eran una fuente importantísima de divisas. Por eso creó toda una estructura administrativa alrededor de ella. La emigración era, en cierto modo, una política económica organizada desde el Estado.

Así que la imagen de aquellos españoles llegando a una estación de Frankfurt, Zúrich o París con una maleta de cartón y empezando desde cero tiene una parte real, pero muchos de ellos habían salido de España con un destino laboral bastante concreto ya organizado. El verdadero salto al vacío no siempre era «¿encontraré trabajo?», sino «¿cómo será mi vida en un país cuyo idioma no conozco, en una fábrica o una obra que apenas puedo imaginar?».

Todos ellos terminaron integrándose. Todos ellos dieron lo mejor que tenían. Aprendieron a expresarse en otras lenguas. Respetaron las normas y la cultura de cada nación. No violaron a nadie. No asaltaron fronteras y una inmensa mayoría se comportaba de manera caballerosa. Nada que ver con los invasores.

Alguien tenía que decirlo.

Sergio Calle Llorens

miércoles, 12 de agosto de 2026

¡PALABREJAS PARA DOMINAR AL REBAÑO!

 

Emily Dickinson decía que una sola palabra posee un poder enorme y es capaz de brillar por sí misma. Yo pienso que, además, un término puede indicar hasta qué punto una persona ha perdido la cabeza e, incluso, hasta la vergüenza.

Ahí tienen la palabra «emprendedor», que los muñequitos del andamio progresista usan para restar poder diabólico al empresario. Una palabreja importada: entrepreneur. Como pueden ver, España siempre copia todo lo malo.

También son legión los que dicen hablar castellano. No les importa que la RAE recomiende el uso del vocablo «español» ya que, entre otros hechos históricos, castellano es el dialecto antiguo de la Edad Media que se hablaba en España. Yo me defiendo con el Cantar de Mio Cid, pero hablar castellano, lo que se dice dominarlo, me cuesta horrores. Por tanto, el español es el idioma global y es lo que se usa en todo el mundo. Pues ni por esas: esta gente es más pesada que un sudamericano en un vídeo de YouTube.

Finalmente, y para colmo, tenemos a esos periodistas que son los señores de las preguntas, pero nunca formulan la cuestión pertinente: ¿por qué usan el término «migrante» en vez de «inmigrante»? Lo escribo porque los migrantes son las aves, porque van y vuelven. Parece mentira que los medios subvencionados nos metan con calzador esta palabreja tan ridícula.

Pues sí, la autora de «Morí por la belleza» tenía toda la razón: una sola palabra tiene un enorme poder y es capaz de brillar por sí misma. Además, sus usuarios nos demuestran hasta qué punto son realmente gilipollas.

Sergio Calle Llorens


martes, 11 de agosto de 2026

¡LA PLAYLIST DE UN PAÍS EN LLAMAS!

 


España atraviesa una de esas semanas en las que la realidad debería imponer silencio en los despachos. Ceuta soporta una presión migratoria extraordinaria, la frontera se convierte en el escenario de una crisis política y humanitaria y Europa vuelve a descubrir que las fronteras, esas líneas que algunos consideran una antigualla administrativa, siguen teniendo la desagradable costumbre de existir. En medio de semejante paisaje, uno esperaría escuchar al presidente hablar de seguridad, de recursos, de diplomacia, de inmigración, de los ciudadanos de Ceuta o de qué demonios piensa hacer el Gobierno. Pero la política contemporánea posee una maravillosa capacidad para convertir cualquier tragedia en una oportunidad de lifestyle. También podemos hablar de música. De libros. De viajes. De sensibilidad. De la playlist presidencial.

Pedro Sánchez lleva tiempo cultivando esa peculiar faceta del político convertido en influencer: presidente del Gobierno por la mañana, crítico musical por la tarde. Rosalía, Extremoduro, Florence + The Machine y demás forman parte de sus recomendaciones musicales. Nada que objetar: un presidente tiene todo el derecho del mundo a escuchar lo que le venga en gana. Incluso a escuchar canciones horribles, si ese fuera su gusto. El problema comienza cuando el ciudadano contempla semejante escaparate cultural desde el otro lado del cristal, mientras contempla también cómo una crisis real golpea una de las fronteras españolas. Entonces la playlist empieza a adquirir un significado involuntariamente cómico. Porque quizá no necesitamos saber qué escucha el presidente. Quizá necesitamos saber si el presidente está escuchando lo que ocurre.

La misma transformación alcanza a algunos miembros de su Gobierno, convertidos en prescriptores culturales de una ciudadanía que, francamente, quizá no estaba esperando semejante servicio público. Yolanda Díaz también ha construido alrededor de su figura ese territorio de libros, recomendaciones y sensibilidad cultural que tan bien funciona en las redes sociales. Y repito: leer, viajar, escuchar música y recomendar libros constituye una actividad perfectamente saludable. Incluso recomendable. Lo verdaderamente extraordinario aparece cuando la política empieza a confundirse con una revista de tendencias. El poder deja de hablar como Gobierno y comienza a comunicarse como una cuenta de Instagram con despacho oficial.

Mientras tanto, el ciudadano contempla el espectáculo con una mezcla de estupor y cabreo. Porque uno puede soportar que el presidente le recomiende una canción. Lo que resulta bastante más difícil de digerir es que parezca existir una enorme distancia entre la sofisticación cultural del mensaje y la crudeza de los problemas que esperan fuera. Ceuta no necesita una banda sonora. Necesita recursos, coordinación, seguridad, respuestas y una política migratoria capaz de explicar qué pretende hacer España cuando la presión sobre sus fronteras aumenta. Y los ciudadanos tampoco necesitan que un ministro les descubra su libro favorito. Ya tienen librerías.

La ironía definitiva consiste en que quienes ocupan el poder parecen empeñados en enseñarnos a disfrutar de la vida mientras la vida real se empeña en estropearles el decorado. Una canción para acompañar el verano. Un libro para la mesilla de noche. Un restaurante imprescindible. Un destino maravilloso. Una recomendación cinematográfica. Y, de fondo, una frontera sometida a una presión extraordinaria. Todo perfectamente ordenado para que el algoritmo no detecte que la realidad se ha colado en el encuadre.

Quizá el problema no sea que Pedro Sánchez tenga una playlist. Quizá el problema sea que, después de tantos años de política convertida en comunicación, uno empieza a sospechar que algunos dirigentes han confundido gobernar un país con gestionar su perfil de Spotify. Y cuando llegan los problemas de verdad, esos que no caben en una fotografía cuidadosamente encuadrada ni admiten un filtro de Instagram, queda una pregunta bastante más incómoda que cualquier recomendación cultural: ¿quién está al mando cuando termina la música?

Sergio Calle Llorens