En mi
biblioteca hay libros que se leen y libros que se viven. Y luego está el El
cuaderno gris, que directamente se infiltra en la manera en que uno observa el
mundo. Yo soy planiano hasta la médula, y no lo digo como una etiqueta
literaria, sino como una forma de estar en la realidad: desconfiando de lo
grandilocuente, atendiendo a lo pequeño, encontrando en una conversación
trivial o en un plato bien descrito una verdad más sólida que en muchos discursos
solemnes. Leer a Josep Pla es asistir a un fenómeno extraño: el autor no
construye personajes porque él mismo se convierte en el personaje central de
toda su obra. Su mirada lo invade todo. Su ironía, seca como una sentencia
notarial, desmonta la realidad sin levantar la voz. Y, sin embargo, bajo esa
aparente claridad, siempre hay una penumbra.
Pla escribió
como quien toma notas del mundo, pero en realidad estaba levantando un sistema
de interpretación. En El cuaderno gris no hay argumento en el sentido
clásico, sino una sucesión de observaciones que, poco a poco, acaban
formando una cosmovisión. El joven que escribe ese diario ya contiene al
escritor total: el escéptico, el observador incansable, el hombre que parece no
implicarse pero que en realidad está profundamente atravesado por lo que ve. Y
ahí empieza el misterio. Porque Pla parece transparente, pero no lo es. Dice
mucho, pero también decide con precisión quirúrgica qué no decir.
Ese silencio
se vuelve especialmente elocuente cuando uno entra en el territorio de sus
relaciones con las mujeres. Pla las vivió intensamente, pero las escribió con
una discreción casi obsesiva. Esperanza Suquet, el amor de juventud,
apenas deja rastro. Mercedes, en Barcelona, queda confinada a las cartas
privadas. Rosetta Lagomarsino irrumpe con fuerza en su vida, incluso
llega a Palafrugell, pero es expulsada, como si la realidad misma no pudiera
tolerar ese desorden sentimental. Luego aparecen figuras más complejas, como Aly
Herscovitz, en el Berlín derrotado y febril de los años veinte, o Adi
Enberg, quizá la relación más enigmática de todas: años de convivencia,
posible matrimonio, una hija nunca reconocida… y, sin embargo, un silencio casi
total en su obra. Pla convierte su vida en literatura, sí, pero no toda su vida
entra en ese filtro.
Con
Aurora, la historia cambia de tono. Aquí ya no estamos ante la discreción, sino ante una
intensidad casi obsesiva. Pla descubre con ella un territorio erótico que lo
desborda, y aunque la relación se interrumpe, continúa durante décadas a través
de cartas cargadas de deseo. Es un Pla distinto: menos irónico, más vulnerable,
más expuesto. Y luego está Consuelo Robles, la joven gitana, a quien
integra en su vida cotidiana de una manera difícil de clasificar, entre lo
afectivo, lo práctico y lo profundamente ambiguo. Todo esto dibuja a un hombre
que observa con distancia, pero vive con contradicción.
Y es
precisamente en esas contradicciones donde el personaje se vuelve
verdaderamente interesante para un expediente como el que estás construyendo. Porque
Pla no es solo el gran prosista del siglo XX en lengua catalana, no es solo
el cronista minucioso de una época. Es también un hombre situado en un contexto
político y moral complejo. Su relación con el franquismo no puede obviarse. Tras
la Guerra Civil, Pla se adapta al nuevo régimen, escribe, publica,
sobrevive. Colabora, en cierta medida, con el sistema, aunque siempre desde esa
posición suya tan característica: lateral, pragmática, nunca del todo
explícita. No es un ideólogo del régimen, pero tampoco un opositor. Es, si se
quiere, un superviviente lúcido que decide seguir escribiendo en las
condiciones que le tocan.
La famosa
anécdota de la gabardina resume bien ese espíritu. Pla, con su ironía habitual, viene a
decir que uno se pone la gabardina que conviene según el tiempo que hace. No es
una declaración heroica, ni pretende serlo. Es, más bien, una forma de cinismo
práctico, de adaptación a la intemperie histórica. Y esto incomoda, claro.
Sobre todo cuando se contrasta con su ambición de ser el gran cronista de su
siglo. Porque hay silencios que pesan. Y uno de los más evidentes es su
ausencia de reflexión sobre el Holocausto. En un escritor tan atento a la
realidad, tan obsesionado con describir su tiempo, ese vacío resulta
inquietante. No es un descuido menor, es una omisión significativa que obliga a
replantearse su figura.
Decir
esto no disminuye a Pla; lo humaniza. Lo saca del pedestal y lo devuelve a ese terreno que a él
mismo le habría gustado: el de la imperfección concreta. Un escritor enorme,
sí, pero también un hombre con zonas oscuras, con decisiones discutibles, con
silencios que interpelan. Y quizá ahí reside una de las claves más fascinantes
de su obra. Pla no ofrece respuestas morales claras. No se presenta como
ejemplo. Escribe, observa, anota. Y deja que el lector saque sus propias
conclusiones.
Desde
dentro, incluso apoyando a la Fundación que lleva su nombre, es comprensible
que estos aspectos se traten con cautela. Pero un escritor cuando es grande de
verdad, no se sostiene solo sobre la admiración, sino también sobre la
incomodidad.
Y Pla, en
ese sentido, sigue siendo profundamente incómodo. Por su lucidez, por su ironía, por
su capacidad de describir el mundo… y también por todo aquello que decidió no
contar.
Sergio Calle Llorens



