Soy escritor, investigador, guionista, profesor de idiomas y muchas cosas más que no caben aquí. También tengo una sección en Espacio en Blanco de RNE.
El mundo se divide en dos categorías, los que tienen el revolver cargado, y los que cavan, tú cavas.
Anoche soñé
que era feliz. A mi mente llegaron estampas de cariño junto al calor del fuego.
Anoche, sin ir más lejos, la cercanía de la soledad puso ante mí una
sucesión de recuerdos que nunca ocurrieron: amores que nunca tuve. Orejas
que me escuchaban. Ojos que me leían. Labios que no me dieron descanso.
Anoche, en
la oscuridad nocturna, la magnificencia del horizonte se diluyó en la
luminosidad cegadora de la mañana. A veces me pregunto si mi afición por los
paseos no será una forma de alejarme de mi mala sombra. Esta mañana, por
cierto, mis pasos me han llevado a los acantilados del Cantal, cuya
mirada se pierde en una playa sobre la que cuelgan unas pequeñas casas blancas.
Fue precisamente aquí donde una amiga artista me confesó que su deseo es que
las autoridades locales le pongan su nombre a este bonito lugar.
Yo, que
nunca he tenido grandes ambiciones, salvo la de ir tirando sin que me tiren a
la basura, me conformo con que mi nombre aparezca bien escrito en mi esquela.
Ustedes tal vez no se acuerden, pero hace años muchas personas abrían los
diarios por la página donde aparecían los avisos de difuntos. No era plan
empezar la jornada sin saber quién se había mudado al otro barrio. «No somos
nadie», exclamaba mi padre al enterarse de la mudanza al más allá de algún conocido. En
cambio, yo no necesito entregar mi alma al Altísimo para saber que no somos
nadie. Por eso camino alejándome de mí mismo mientras silbo la melodía de mis
fracasos.
Sí,
anoche soñé que era feliz de nuevo, en las tinieblas de la noche. Anoche llegué
a creer que mi vida no había sido un imponente y morrocotudo naufragio.
Al
despertar, todo había cambiado y supe al instante —la verdad es que yo soy muy
listo— que había sido tan invisible que fui incapaz de encontrar mi cuerpo
desnudo entre los pliegues de mis sábanas.
Tal vez
alguien pueda usar mi invisibilidad como material para redactar mi esquela. No
sé, algo así como: «Murió el hombre invisible. Su ausencia se notará tanto
como su presencia en vida».
Hay una
pregunta que siempre me ha parecido mucho más interesante que cualquier
biografía. No es cómo vivieron los grandes personajes, sino qué ocurrió con
quienes se quedaron cuando ellos desaparecieron. Hace unos días volví a ver La
Bamba y, como la primera vez, terminé emocionado. No solo por la historia
de Ritchie Valens, aquel muchacho que apenas tuvo tiempo de descubrir
quién iba a ser antes de convertirse en leyenda, sino por todas esas personas
que la película deja discretamente a un lado cuando aparecen los títulos de
crédito. Nosotros apagamos el televisor y seguimos con nuestra vida, pero ellos
tuvieron que levantarse a la mañana siguiente y aprender a convivir con un
vacío imposible de llenar. Mientras millones de personas continuaban escuchando
La Bamba y Donna, ellos descubrían que el éxito, la fama y la
inmortalidad no sirven de consuelo cuando el silencio ocupa para siempre el
lugar de alguien a quien se ha amado.
Entonces
comenzaron a surgir las preguntas. ¿Qué fue de la madre que enterró a un hijo
cuando apenas empezaba a conocer el mundo? ¿Qué ocurrió con Bob, aquel
hermano mayor tan difícil de soportar en la película, consumido por los celos,
el alcohol y la frustración, que con el paso de los años encontraría la
serenidad suficiente para colaborar en la reconstrucción de la verdadera
historia de Ritchie? ¿Y Donna? La muchacha cuyo nombre quedó unido para siempre
a una de las baladas más hermosas del rock and roll. Mientras el mundo entero
seguía escuchando aquella canción, ella tuvo que hacer algo mucho más
complicado: seguir viviendo. Casarse o no casarse. Tener hijos o no tenerlos.
Envejecer. Descubrir que la vida continúa incluso cuando el tiempo parece
haberse detenido para todos los demás. Resulta extraño pensar que millones de
personas conocen su nombre y, sin embargo, casi nadie se pregunta qué ocurrió
después de que terminara la canción.
No es la
primera vez que me sucede. Hace años escribí sobre Buddy Holly y sobre la mujer
que quedó viuda cuando aquel avión cayó durante la noche que la música perdió
parte de su inocencia.
Todos recordamos al muchacho de las gruesas gafas que revolucionó el rock antes
de cumplir los veintitrés años, pero muy pocos se preguntan qué fue de la mujer
que esperaba volver a verlo. ¿Cómo continúa una existencia cuando la persona a
la que amas queda congelada para siempre en la juventud mientras tú sigues
envejeciendo? ¿Cómo se construye una nueva vida cuando el mundo entero insiste
en recordarte un pasado del que nunca podrás desprenderte? Es curioso. Las
canciones sobreviven mejor que las personas. Peggy Sue seguirá teniendo
eternamente la edad que tenía cuando sonó por primera vez aquella guitarra.
Donna permanecerá para siempre esperando a Ritchie en cada reproducción del
disco. Ellos quedaron atrapados en un instante perfecto que jamás se desgasta.
Nosotros, en cambio, seguimos acumulando años, pérdidas, cicatrices y
despedidas.
Quizá por
eso la nostalgia posee una fuerza tan extraordinaria. No echamos de menos
únicamente lo que ocurrió; sentimos una melancolía todavía mayor por todo
aquello que pudo haber ocurrido y nunca sucedió. Hay vidas enteras que
desaparecen antes incluso de comenzar. Hay conversaciones que nunca llegaron a
pronunciarse, trenes a los que no subimos, llamadas que no hicimos y personas a
las que dejamos escapar creyendo que habría otra oportunidad. Siempre he
pensado que una de las películas que mejor explica esa sensación es Sliding
Doors. Toda una existencia cambia porque una mujer consigue entrar en
un vagón de metro... o porque las puertas se cierran unos segundos antes. A
partir de ese instante nacen dos biografías completamente diferentes. No hay
grandes decisiones ni acontecimientos extraordinarios. Solo unos pocos segundos
de diferencia. Y, sin embargo, basta ese pequeño retraso para alterar el resto
de una vida.
Supongo que
todos guardamos una historia semejante. Yo también tengo la mía. Ocurrió hace
muchos años, cuando vivía en Londres. Paseaba por un parque sin pensar
en nada importante cuando una mujer pelirroja apareció caminando en dirección
contraria. Era de una belleza difícil de describir, de esas que obligan a
levantar la vista sin proponérselo. Nos cruzamos. Durante un instante nuestras
miradas se encontraron y cada uno continuó caminando en silencio. Di unos
cuantos pasos y, movido por un impulso que todavía hoy no sé explicar, me giré
para mirarla una vez más. Ella también se había girado. Durante apenas un
segundo volvimos a encontrarnos con los ojos antes de que ambos siguiéramos
nuestro camino para no volver a vernos jamás. Nunca hubo una conversación.
Nunca supe su nombre. Nunca existió una historia de amor. Y, sin embargo, de
vez en cuando me sorprendo imaginando la vida que jamás existió. ¿Qué habría
ocurrido si hubiera regresado sobre mis pasos? ¿Y si hubiera pronunciado
cualquier frase, por absurda que fuese? ¿Y si aquel encuentro hubiera cambiado
el rumbo de mi historia? Tal vez hoy viviría en otra ciudad. Tal vez tendría
otra familia. Tal vez escribiría libros completamente distintos. O quizá nada
habría cambiado. Lo único seguro es que jamás lo sabré.
Con los años
he llegado a la conclusión de que los seres humanos no vivimos solo de
recuerdos. Vivimos también de posibilidades. Somos el resultado de nuestras
decisiones, pero también de todas aquellas que nunca llegamos a tomar. Por eso
determinadas canciones nos conmueven tanto. No solo nos devuelven a quienes las
interpretaron, sino también a la persona que nosotros éramos cuando las
escuchamos por primera vez. Cada melodía es una máquina del tiempo imperfecta.
Nos devuelve olores, calles, voces y rostros que creíamos olvidados. Nos
recuerda que hubo un momento en el que el futuro todavía estaba abierto y
cualquier cosa parecía posible.
Hace unos
días leí una frase que decía que cada palabra que pronunciamos es un préstamo
de los muertos y un regalo para quienes aún no han nacido. Desde entonces no he
dejado de pensar en ella. Quizá sea verdad que todos hablamos constantemente
con los muertos. Hablamos con Sócrates cuando discutimos sobre la
democracia. Con Cervantes cuando escribimos en español. Con Shakespeare cuando
nos enamoramos. Con Buddy Holly cuando una guitarra comienza a
sonar. Con Ritchie Valens cada vez que alguien vuelve a escuchar Donna.
No porque los fantasmas existan necesariamente, sino porque las personas dejan
una parte de sí mismas en aquello que crean, y esa parte continúa viajando de
generación en generación mucho después de que ellas hayan desaparecido.
Tal vez esa
sea la única forma auténtica de vencer a la muerte. No impedir que el cuerpo
desaparezca, porque eso pertenece al orden inevitable de la naturaleza, sino
conseguir que una idea, una canción, un libro o incluso una simple mirada
sobrevivan al paso del tiempo. Al fin y al cabo, todavía hay una pelirroja que
continúa girándose para mirarme en un parque de Londres. Vive únicamente en mi
memoria, en ese universo paralelo que nunca llegó a existir. Pero mientras siga
recordándola, mientras siga preguntándome qué habría sido de nosotros si aquel
día hubiera dado media vuelta, esa historia imposible seguirá respirando en
algún rincón de mi vida. Y quizá, después de todo, esa también sea una forma de
inmortalidad.
Siempre digo
que todos somos el resultado de una primera mirada, de unas lecturas, de una
época e incluso de unas canciones. No es lo mismo nacer junto a un río que
divide que a orillas de un Mediterráneo que todo lo abraza. Por eso, los
baby boomers de la Ciudad del Paraíso crecimos con ideas distintas, pero
con un mismo respeto.
Nuestras
grandes peleas eran sobre música, cine y bares. Crecimos en unos años en los
que el acoso escolar solía venir de algunos profesores. No montamos ninguna
asociación de afectados. No fuimos a contarlo a la televisión. Simplemente
seguimos adelante y, en algunos casos, hasta nos vengamos. Traumas, los justos.
Teníamos
unas ganas inmensas de bebernos la vida, y vaya si nos la bebimos. Algunos
llegaron incluso a devorarla hasta no dejar ni las migas. Íbamos al América
Multicines a gritar aquello de «Movierecord» a pleno pulmón y fingíamos
mantener relaciones sexuales con alguna amiga imaginaria.
Los mods en
la esquina del Zaragozanos. Los vanguardistas en cada calle. Los rockers
esperando su momento. Teníamos citas como las Serenatas de la Luna Joven, donde
aprendimos a aullar a la luna con la banda sonora de varias generaciones. La
Malagueta templaba el carácter. Pedregalejo remataba la faena con sus garitos y
sus calas abiertas al mar.
Nadie pedía
permiso y nadie se ofendía por nada. Nuestra generación fue creciendo hasta
dejar atrás, por el espejo retrovisor, aquella Málaga tan espléndida y
libertaria. De todo aquello apenas quedó una mirada descreída, el respeto por
los viejos amigos y la querencia por los primeros amores.
Quizá por
eso muchos de nosotros no entendemos que generaciones anteriores sigan
contemplando la política como si fuera un partido de fútbol. Nunca ven un
penalti en contra de su equipo. Cualquier caso de corrupción resulta
disculpable si procede del partido al que votan. Cualquier falta del
adversario, en cambio, es señalada como una mancha indeleble. A veces, al
escucharlos, tengo la impresión de que estarían dispuestos a marchar otra vez
detrás de las banderas del guerracivilismo.
En mi grupo
de amigos hay personas de todas las ideologías. Pero ninguno, sin excepción, ha
osado publicar jamás nada hiriente sobre política que pudiera desembocar en una
pelea. Las vivencias compartidas siempre han sido mucho más importantes que las
ideas políticas. Es una actitud que, curiosamente, no siempre he encontrado en
muchas personas nacidas en los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado.
Tampoco he visto jamás que mis amigos lleguen a las manos por política, como
les ocurrió hace unas semanas a dos vecinas. Una venía del manicomio. La otra
iba a un concierto por la paz en Palestina. Pensé que la realidad llevaba
demasiada ventaja sobre los novelistas. Gente incapaz de reconocer una sola
virtud en quien piensa de manera diferente. Y eso, en una ciudad como
Málaga, debería ser motivo suficiente para el destierro.
Sencillamente,
creo que somos mejores porque nuestra primera mirada fue siempre el azul de un
mar libertario.
Some songs arrive with fanfare, months of studio
experimentation, and committees of producers polishing every note until the
life has been sanded out of it. Others stumble into existence wearing
yesterday’s clothes, smelling faintly of cigarette smoke and spilled beer.
“That’s Entertainment” belongs firmly to the second category.
It remains one of the greatest songs ever written
about ordinary life, and perhaps the finest achievement of Paul Weller during
his years with The Jam. What makes its existence even more remarkable is the
almost mythical story behind its creation. According to Weller himself, the
song was written in roughly ten minutes after a night out drinking with his
mates. A few pints had been consumed, the evening had run its natural
course, and while most people would have collapsed into bed or searched the
kitchen for a forgotten sandwich, Weller sat down and casually produced a
masterpiece.
History is filled with stories of artistic genius, but
few are as wonderfully British as this one. No mountaintop revelation. No
spiritual awakening. No tortured months staring into the abyss. Just a young
songwriter returning home from the pub and, almost by accident, capturing an
entire nation in four minutes of music.
The year was 1980. Britain was struggling.
Factories were closing, unemployment was rising, and many working-class
communities were living through difficult times. Yet “That’s Entertainment” is
not a protest song in the traditional sense. Weller did not write a political
manifesto. Instead, he did something far more powerful: he described life
exactly as it was.
The song unfolds like a series of snapshots taken from
the streets, pubs, kitchens, and terraced houses of everyday Britain. A broken
window. A fight in the street. The smell of a chip shop. A couple arguing. Rain
falling on concrete. Small frustrations. Small pleasures. Small tragedies.
Nothing extraordinary happens.
And that is precisely the point.
The genius of “That’s Entertainment”
lies in its ability to find poetry in the mundane. Weller understood that real
life rarely resembles a Hollywood screenplay. Most people do not spend their
days saving the world or delivering dramatic monologues. They queue for buses.
They argue over nothing. They stare through rainy windows. They get drunk with
friends and worry about tomorrow.
For generations of listeners, the song felt less like
something they heard and more like something they recognized.
Musically, the track is deceptively simple. An
acoustic guitar carries the melody with an almost effortless grace. There are
no grand orchestral flourishes, no studio gimmicks demanding attention. The
arrangement leaves room for the lyrics to breathe. It sounds like a song that
was always there, simply waiting for someone to notice it.
That simplicity mirrors the song’s subject matter.
Weller understood an important truth: when you are describing ordinary life,
excessive decoration only gets in the way. The music walks quietly beside the
words, allowing the images to do their work.
And what images they are.
The repeated phrase “That’s entertainment” functions
both as a joke and as a profound observation. Every scene described in the song
is mundane, even bleak at times, yet Weller presents them with a knowing wink.
Here is life in all its messy, disappointing, ridiculous glory. Here are people
trying to get through another day. Here are the endless little dramas that
never make the newspapers.
That’s entertainment.
The title itself becomes an act of irony. In an age
increasingly obsessed with spectacle, celebrity, and manufactured excitement,
Weller suggests that the true drama is already happening around us. The
neighbour shouting next door. The lovers arguing in the rain. The lonely walk
home after midnight. These are the stories that matter.
What is perhaps most astonishing is that such a deeply
observed song emerged so quickly. Songwriters often spend years chasing
authenticity. Weller found it in a burst of inspiration that lasted little
longer than a television commercial break.
Of course, ten minutes of writing only tells part of
the story. The real work had already been done. Every bus ride, every
conversation overheard in a pub, every walk through grey suburban streets had
been accumulating inside him for years. When inspiration finally arrived, it
merely opened the floodgates.
That may be the greatest lesson of “That’s
Entertainment.”
People often imagine creativity as a lightning strike
from the heavens. In reality, it is more like a reservoir slowly filling drop
by drop. Then one evening, after several pints and a perfectly ordinary day,
someone sits down with a guitar and releases everything at once.
The result is a song that has outlived fashions,
trends, and entire musical movements.
More than four decades later, “That’s Entertainment”
remains a small miracle. It is a reminder that greatness does not always
arrive with trumpets and fireworks. Sometimes it arrives quietly, carrying
a guitar, smelling slightly of beer, and looking as surprised as everyone else.
And perhaps that is why the song continues to
resonate. It is not merely a portrait of British life in 1980. It is a
tribute to the extraordinary richness hidden within ordinary existence. It
celebrates the overlooked details that make up our days and reminds us that art
does not always emerge from grand events.
Sometimes, from almost nothing, an artist creates
everything.
A veces me
pregunto cómo hemos pasado del humor inteligente de Tip y Coll al de Manu
Sánchez. Del ingenio afilado, la paradoja brillante y la comicidad
surrealista de aquella pareja irrepetible a la militancia política disfrazada
de entretenimiento. De la España que se reía de sí misma con la elegancia
del absurdo, heredera de Jardiel Poncela, Mihura y las greguerías imposibles de
Gómez de la Serna, a otra que confunde la propaganda con el humor y el
aplauso sectario con el talento.
Tip y
Coll conseguían que
uno riera sin saber exactamente dónde terminaba el disparate y comenzaba la
inteligencia. Manu Sánchez logra el efecto contrario: uno escucha atentamente y
sigue sin encontrar ninguna de las dos cosas.
El sevillano
presenta un programa en la televisión pública llamado El perro andaluz. El
problema es que el can no ladra: rebuzna.
Para
defenderse de sus detractores, Sánchez afirma que no habla un mal español,
sino un buen andaluz. El inconveniente es que el andaluz, como lengua
diferenciada, no existe. A esa variedad lingüística los especialistas la
denominan español meridional. Y esto, queridos contribuyentes, no es una
opinión, sino una realidad ampliamente aceptada por la filología y la
lingüística. Lo que sucede es que los límites intelectuales del personaje
parecen nacer y morir en Dos Hermanas, alimentándose de una fuente
inagotable de simpleza ideológica. No pasa un solo día sin que chapotee con
entusiasmo en las aguas turbias de cierta mitología política convertida en
dogma. Como aquellos beatos que veían milagros en las manchas de humedad, él
parece encontrar sabiduría en cualquier consigna que emane de los altares de su
parroquia política.
Canal
Sur, en verdad, hizo mucho daño. La proliferación industrial de sevillanos televisivos
empeñados en convertir la caricatura en identidad colectiva dejó una huella
difícil de borrar. Llegaron los programas de viejas palanganeras en busca de
novio, las retransmisiones interminables del Rocío y el insufrible salto de la
verja elevado a categoría cultural. Durante años intentaron convencernos de que
ser andaluz consistía precisamente en eso: hacer el ridículo y presumir de
ello. Como si Andalucía hubiera dado al mundo únicamente chascarrillos de barra
de bar y no también a Velázquez, Machado, Juan Ramón Jiménez o María
Zambrano.
Aquella
televisión parecía empeñada en fabricar una Andalucía de cartón piedra, una
tierra donde todo el mundo contaba chistes, tocaba palmas o perseguía una
cámara. Una Andalucía reducida a estampita folclórica para consumo
interno. Y cuando una caricatura se prolonga durante demasiado tiempo, acaba
siendo confundida con la realidad.
En ese
contexto nace el payaso mediático que hoy hace chistes con la corrupción de
cualquiera, excepto con la de los suyos. No vaya a ser que P. S. se enfade y le
cierren el programa en esa televisión pública que tan generosamente lo cobija.
Y miren que el material es abundante. Ahí están los escándalos de Vergonya
Gómez, las andanzas de Ábalos o las joyas del imputado Zapatero. Pero no.
De eso no se habla. El humorista oficial del régimen parece haber aprendido una
lección elemental: la sátira siempre es más cómoda cuando apunta hacia los
demás.
Los viejos
maestros del humor ridiculizaban al poderoso porque entendían que la risa era
una forma de libertad. Los nuevos bufones hacen exactamente lo contrario:
protegen al poderoso y ridiculizan únicamente a quienes están fuera de su
parroquia ideológica. La diferencia entre ambas actitudes es la misma que
existe entre el humor y la propaganda.
El
perro andaluz
representa casi todo lo que detesto: la chabacanería convertida en virtud, la militancia
recalcitrante elevada a identidad personal y la defensa incondicional de la
organización política a la que se vota. Él pertenece al Guadalquivir. Yo al
Mediterráneo. Su mirada nace y muere en un río. La mía se pierde en un
horizonte salado donde las olas acercan y alejan certezas, donde toda
convicción es provisional y todo dogma merece una sonrisa escéptica.
El río suele
conducir siempre al mismo sitio. El mar, en cambio, invita a partir. Quizá por
eso él parece cómodo dentro de los márgenes de una única verdad, mientras que
yo prefiero navegar entre dudas. Después de todo, las certezas absolutas han
causado más estragos que las tormentas.
Por ello
concluyo, y concluyo sin reservas, que mi patria marítima me ha enseñado a
desconfiar de cualquier organización creada por los seres humanos. Después de
todo, la política se parece mucho al sexo. Tras estudiar con detenimiento el
Kamasutra, he llegado a una moraleja sencilla: da igual cómo te
pongas porque, al final, te van a follar igual.
Y
especialmente en un país donde se conceden programas de televisión a un cretino
como Manu Sánchez. Un hombre al que, aunque quizá no lo sepa, conviene
recordarle una vieja máxima sobre cierto socialismo patrio: consiste
básicamente en robar mucho y declarar poco.
Antes de
hablar de Angel of the Morning, conviene recordar una verdad
incómoda: casi todos los grandes amores de nuestra vida han durado mucho menos
de lo que recordamos. La memoria es una estafadora profesional. Toma una noche
y la convierte en una época. Toma una mirada y la transforma en una novela de
cuatrocientas páginas. Toma un adiós pronunciado a las cinco de la mañana en
una estación de tren, en un aeropuerto o en la puerta de un hotel cualquiera, y
lo conserva durante décadas como si hubiese sido un acontecimiento histórico.
Quizá por eso algunas canciones envejecen mejor que otras. No hablan de lo que
ocurrió. Hablan de lo que seguimos sintiendo mucho después de que todo haya
terminado.
La
versión de Angel of the Morning grabada por The Pretenders pertenece a
esa rara categoría de canciones que parecen llegar desde otro tiempo, como una
postal encontrada dentro de un libro viejo. La canción había recorrido un largo camino antes de
llegar a las manos de Chrissie Hynde. Escrita por Chip Taylor a finales de los
años sesenta y convertida en un clásico por distintas intérpretes, encontró en
la voz de Hynde una mezcla perfecta de fortaleza y vulnerabilidad. No hay
lágrimas innecesarias. No hay promesas imposibles. No hay esa desesperación
teatral que suele acompañar a las canciones de amor. Lo que hay es algo mucho
más difícil de encontrar: lucidez.
La narradora
sabe exactamente dónde está pisando. Sabe que aquello no va a durar. Sabe que
el amanecer traerá consigo la realidad, esa vieja cobradora de deudas que
siempre acaba llamando a la puerta. Y, sin embargo, decide quedarse. Esa es la
grandeza de la canción. No habla de una mujer engañada ni de una víctima
sentimental. Habla de alguien que comprende perfectamente las reglas del juego
y aun así acepta jugar una última partida. Hay una dignidad extraordinaria en
esa elección. En un mundo lleno de canciones sobre la esperanza, Angel of
the Morning es una canción sobre la aceptación.
Siempre me
ha parecido que las mejores historias de amor tienen algo de novela negra. No
de esas novelas modernas donde todo el mundo acaba aprendiendo una lección
edificante y creciendo emocionalmente, sino de las antiguas. De las que olían a
humo, bourbon barato y calles mojadas. Historias donde el protagonista reconoce
el peligro desde la primera página y avanza igualmente hacia él. Historias en
las que el desastre no aparece disfrazado; entra por la puerta principal, se
sienta frente a ti y pide otra copa.
Philip
Marlowe habría entendido perfectamente el espíritu de esta canción. El viejo
detective de Raymond Chandler conocía demasiado bien a las personas que llegan
a nuestras vidas con una etiqueta invisible que dice: "No te acerques". Lo
curioso es que son precisamente esas personas las que terminan ocupando un
lugar permanente en nuestra memoria. Los seres humanos tenemos una habilidad
prodigiosa para ignorar las señales de advertencia. Vemos las luces rojas.
Escuchamos las alarmas. Reconocemos que aquello terminará mal. Después
sonreímos, asentimos y seguimos adelante como si nada. La inteligencia sirve
para muchas cosas, pero rara vez ha conseguido detener a un corazón empeñado en
cometer una estupidez memorable.
Eso es
precisamente lo que convierte a Angel of the Morning en una obra tan hermosa. La canción
no celebra la inocencia. Celebra la valentía de quienes aman sabiendo que van a
perder. Hay una diferencia enorme. Cualquiera puede lanzarse al vacío cuando
cree que va a volar. Lo admirable es hacerlo cuando sospecha que el suelo está
mucho más cerca de lo que le gustaría.
Con los años
he llegado a pensar que la vida se parece menos a una gran novela romántica y
más a una colección de encuentros breves. Algunas personas aparecen durante
unos meses. Otras durante unas semanas. Algunas apenas permanecen unas horas.
Sin embargo, son precisamente esas presencias fugaces las que a menudo dejan
las huellas más profundas. Quizá porque no tuvieron tiempo de decepcionarnos
por completo. Quizá porque la imaginación es siempre más poderosa que la
realidad. O quizá porque existe una melancolía especial en las cosas que
terminan antes de desgastarse.
Todos
conservamos algún recuerdo así. Una conversación que se prolongó hasta el
amanecer. Una habitación de hotel en una ciudad extranjera. Un paseo por una
playa desierta. Un nombre que ya apenas recordamos. Una promesa que nadie tuvo
la intención de cumplir. Son fragmentos dispersos de un pasado que se niega a
desaparecer del todo. Los llevamos con nosotros como quien guarda viejas
fotografías en el fondo de un cajón. No las miramos todos los días. A veces
pasan años sin que pensemos en ellas. Pero basta una canción para abrir la tapa
y encontrarlas intactas, esperando pacientemente en la oscuridad.
Ese es el
verdadero poder de Angel of the Morning. No nos habla de una historia concreta. Nos habla de todas. Nos
recuerda que hubo un tiempo en que éramos más jóvenes, más imprudentes y
probablemente más ridículos. Un tiempo en que confundíamos la intensidad con el
destino y creíamos que ciertas noches durarían para siempre. Lo maravilloso es
que ahora sabemos que no duraron. Y aun así las seguimos considerando valiosas.
Hay una
ironía deliciosa en todo esto. Pasamos la mitad de nuestra existencia buscando
estabilidad en un universo que parece diseñado para destruirla. Construimos
planes a diez años, hacemos juramentos eternos y llenamos agendas como si
hubiésemos firmado un contrato privado con el tiempo. Mientras tanto, el
tiempo se limita a observarnos con una sonrisa de jugador profesional. Sabe
algo que nosotros preferimos olvidar: todo es provisional. Los amores terminan.
Las ciudades cambian. Los amigos desaparecen. Los discos se convierten en
reliquias. Incluso nuestros recuerdos más queridos empiezan a perder nitidez
con el paso de los años.
Y, sin
embargo, algunas canciones sobreviven. Permanecen como pequeñas cápsulas de
emoción suspendidas en el tiempo. Escuchamos los primeros acordes y una puerta
se abre en algún lugar del pasado. No regresan las personas. No regresan los
lugares. Ni siquiera regresan los acontecimientos. Lo que vuelve es algo mucho
más extraño: la versión de nosotros mismos que existía entonces. El hombre que
todavía creía en ciertas cosas. La mujer que aún no había aprendido
determinadas lecciones. El soñador. El idiota. El optimista. El romántico
incorregible. Todos ellos regresan durante tres minutos y medio para
saludarnos antes de desaparecer otra vez.
Quizá por
eso sigo pensando que Angel of the Morning es mucho más que una canción
sobre una aventura de una noche. Es una meditación sobre la fugacidad. Sobre
la belleza de aquello que sabemos que no podremos conservar. Sobre el
extraño valor de los momentos condenados desde su nacimiento. En el fondo, la
canción nos recuerda una verdad que preferimos ignorar: no solo los amores son
pasajeros. Nosotros también lo somos.
Tal vez la
verdadera sabiduría consista en aceptar esa realidad sin amargura. Beber una
copa más. Escuchar una canción más. Besar a alguien más. Caminar un poco más
bajo las luces de una ciudad dormida. Y cuando llegue el amanecer, como
inevitablemente llegará, abandonar la escena con cierta elegancia, agradecidos
por haber estado allí.
Porque un
día descubriremos que no fueron las historias perfectas las que dieron forma a
nuestra vida. Fueron las imperfectas. Las breves. Las imposibles. Las que
Philip Marlowe habría identificado como una pésima idea desde el primer minuto.
Y precisamente por eso, las que jamás olvidamos.
Como Angel
of the Morning.
Una canción que comprende algo esencial sobre el amor, sobre la memoria y sobre
el paso del tiempo: que las cosas más hermosas rara vez son las que duran para
siempre. Son las que desaparecen antes de que podamos acostumbrarnos a ellas.
La vida
tiene pequeños placeres que iluminan el alma: esa luz deliciosa que se filtra
entre las nubes en un atardecer junto al mar. Esas cervezas en compañía de los
viejos amigos. Las risas de un niño jugando en la orilla. Las piernas doradas
de una mujer. Una mirada a medianoche. El espíritu de quienes siempre
hemos sido libres y, por supuesto, ver cómo algunos prefieren escribir sobre
los peligros que acechan a la lagartija pitusa en Ibiza antes que sobre
la corrupción del gobierno de P. S.
Evidentemente,
cada uno puede tener su opinión. De hecho, hay mucha gente que tiene opiniones,
pero bastantes menos tienen estilo para contarlas. Y el estilo, para un
escritor, vale más que cien opiniones.
Yo escribo
para exagerar, caricaturizar, pinchar y dejar una herida verbal que el lector
recuerde. Mi trabajo no es presentar pruebas ante un tribunal, sino encender el
foco sobre lo que considero una farsa y dejar que el lector contemple el
espectáculo. El problema es que ya ni siquiera tengo que esforzarme en
exagerar. El gobierno y sus voceros lo hacen por mí.
Las joyas
de Zapatero, el
blanqueo de capitales, las cloacas del PSOE, los de la secta del capullo en la
cárcel y el nadaplete del Madrid, que no ha ganado ni un título en dos
temporadas. Y miren que se han gastado más dinero que nadie. La Cosa Nostra
lo quería todo y, con la pandemia, dejó a Al Capone y sus muchachos como
simples aficionados. Los madridistas aspiraban a campeonar y hasta el Albacete
les dio una patada en el trasero. Ni en baloncesto, oigan.
La cantidad
de lecciones que nos han dado sobre moralidad. Los millones de jornadas
afirmando que eran los mejores del mundo. Pero todo era una farsa, un sainete
con decorados de cartón piedra.
Recuerdo que
siempre que terminaba mi columna de fusilamiento pensaba en esto: si alguien
recuerda, tras su lectura, una escena, una metáfora o una comparación sangrante,
la sátira ha cumplido su función literaria. Sin embargo, ahora ellos me
hacen todo el trabajo sucio. Ni siquiera tengo que esforzarme en deformar la
realidad, porque la realidad ya aparece deformada por sí sola, como un reflejo
imposible en una galería de espejos infinitos.
En fin, como
escritor no se trata de quitar pólvora al disparo. Se trata de mejorar la
puntería. Y bien mirado, en la España sanchista hasta los mafiosos parecen
pegarse un tiro cada mañana.
Contemplar
el rostro de Leire Díaz, la famosa fontanera del PSOE y periodista en un
universo paralelo, me produce una profunda inquietud. Esos gestos. Esa mirada perturbada.
Esa manera de andar. Esa agenda que deja meridianamente claro que montó una red
de acoso y derribo para proteger al ONE de los casos de corrupción que afectan
personalmente a Pedro Sánchez. Perdonen la reiteración.
A veces me
pregunto en qué sección del averno estructural hace la secta del capullo el
casting para reclutar a estos demonios.
A veces
tengo miedo de conocer más detalles. Otras, en cambio, salto de alegría al ver
cómo la UCO, responsable de la investigación, está llevando a medio
Gobierno hacia la cárcel y al otro medio a las puertas de la imputación. De ahí
las cloacas. De ahí la operación para acabar con jueces, periodistas y guardias
civiles. De ahí los insultos de la sincronizada.
Leire se
reunía con P.S., con la directora de la Benemérita, con ZP, pero el hijo
de Gepetto no sabía nada de sus andanzas. Para Anticorrupción no hay
duda: la operación estaba destinada a proteger a la familia del presidente. El
caso Sánchez deja al Watergate en peccata minuta.
Una historia
así no sería aceptada ni por Sherlock Holmes, que, al comprobar la
identidad secreta tras la que se esconde P.S., concluiría que el personaje ni
siquiera merece levantar la pipa.
Sin embargo,
para la sincronizada que siempre defiende al Gobierno, todo tiene una
explicación alternativa. O es un montaje. O, peor aún, el resultado del odio de
la fachosfera. Para esta gente, P.S. puede ser cualquiera.
Paca
Saltarina para Javier Ruiz.
Patricio
Sentado para Sarah Santaolalla.
Porfirio
Salchicha para Gonzalo Miró.
En verdad,
estamos a un paso de que alguien diga en Televisión Española que las
reuniones de la descacharrante Leire con P.S. corresponden a las siglas
de «Picha Submarina». Total, esta gente es así.
Recientemente
se reunieron en el Vaticano Su Santidad, el papa Minino XIV, y Su Sanchidad
de España, Pedro II el Cruel. El primero sigue sin abrir la boca ante las
matanzas de cristianos en África. El segundo continúa sin felicitar las fiestas
a los católicos mientras no se cansa de hacerlo por Ramadán con los musulmanes.
Como ven,
ninguno pone la otra mejilla, aunque ambos tienen más cara que espalda. A tenor
de los escándalos de corrupción que cercan a miembros de su partido, no sería
de extrañar que el Vaticano terminase organizando una segunda ruta de
escape para socialistas atribulados, como ya hizo con los nazis tras la Segunda
Guerra Mundial.
Que el
premier español, según la UCO, aparezca señalado como el vértice de una
estructura política que hostigó a los guardias civiles encargados de investigar
la supuesta corrupción de su entorno familiar no parece motivo suficiente para
visitar España. Había ganas de verlo después del desprecio mostrado por
el Paco Paco hacia nuestro país. Un cuervo de plumaje tan negro como el
horizonte que se dibuja para los de la Rosa Nostra.
Pero la
verdadera imagen de estos días no está en Roma. Está en las cloacas.
Porque si
todo era producto de la máquina del fango, si todo era una conspiración de la
fachosfera y de la derecha mediática, ¿por qué hubo necesidad de descender al
alcantarillado? ¿Por qué mover tapas, remover aguas negras y organizar
operaciones destinadas a desacreditar a quienes investigaban los casos que
afectan al entorno presidencial?
La reunión
con el pontífice romano duró apenas unos minutos. La de Leire Díez, tras
la imputación de la hija del proxeneta, se prolongó durante días. Y esa
diferencia de tiempo resulta mucho más reveladora que cualquier fotografía
protocolaria.
Cinco días
de reflexión. Ciento veinte horas. Siete mil doscientos minutos.
Mientras
artistas, músicos, comunicadores y demás fieles del sanchismo suplicaban entre
lágrimas un «Pedro, no te vayas», el silencio de los despachos parecía estar
ocupado en tareas mucho menos sentimentales. Hoy sabemos que aquellas jornadas
tuvieron bastante menos de meditación y bastante más de estrategia.
Y, sin
embargo, quienes entonces inundaban las redes y los platós con muestras de
apoyo incondicional permanecen mudos. Ni una canción protesta. Ni un
manifiesto. Ni un tuit indignado. Nada.
Silencio.
El mismo
silencio que suele escucharse cuando alguien levanta la tapa de una cloaca.
Mientras
tanto, las causas judiciales siguen avanzando y los nombres se acumulan
alrededor del poder como barcos atraídos por un remolino. Unos ya están
sentados en el banquillo. Otros esperan sentencia. Algunos siguen declarando. Y
todos parecen navegar en la misma dirección.
Demasiadas
corrientes para creer que se trata de simples coincidencias.
Ya solo
falta que Víctor Manuel le componga una nueva oda a Su Sanchidad, como
hizo en 1966 con Francisco Franco en la canción «Un gran hombre».
Así,
queridos niños, se entiende mucho mejor por qué el dictador murió en la cama y la España de la transición en manos de un psicópata.
Hay series
que entretienen, series que sorprenden y series que intentan parecer
inteligentes. Spider-Noir pertenece a una categoría mucho más
rara: la de las obras que poseen una personalidad propia desde el primer
fotograma. La adaptación televisiva del personaje de Marvel no se limita
a trasladar los cómics a la pantalla; los utiliza como punto de partida para
construir una declaración de amor al cine negro clásico, a las novelas pulp y
a esa Nueva York imaginaria donde la lluvia parece caer incluso cuando no
llueve. La decisión de permitir al espectador elegir entre la versión en
color y la versión en blanco y negro es una genialidad. Sí, ambas funcionan,
pero no resulta extraño que muchos espectadores prefieran la experiencia
monocromática. Vista así, la serie parece escapada de una película perdida
entre los fantasmas de El tercer hombre y las novelas de Raymond
Chandler. Las sombras adquieren peso físico, el humo de los cigarrillos se
convierte en parte de la escenografía y cada callejón parece esconder una
traición.
Nicolas
Cage ofrece
probablemente una de las interpretaciones más inspiradas de toda su carrera
reciente. No interpreta simplemente a un superhéroe envejecido; interpreta a un
hombre derrotado por el tiempo, por los errores y por los recuerdos. Su Ben
Reilly camina por la ciudad como uno de aquellos detectives privados de la
literatura hard boiled que sabían que el caso estaba perdido antes incluso de
comenzarlo. Cage entiende perfectamente que Spider-Noir no trata
tanto sobre lanzar telarañas como sobre cargar con cicatrices. A su alrededor
encontramos un reparto extraordinario. Lamorne Morris, en el papel del
periodista Robbie Robertson, está sencillamente magnífico; aporta humanidad,
inteligencia y una presencia que roba escenas sin esfuerzo. Li Jun Li
convierte a su cantante de club nocturno en una figura magnética, una de esas
mujeres que parecen haber salido directamente de una novela de los cincuenta,
donde cada sonrisa oculta un secreto y cada mirada contiene una amenaza. Abraham
Popoola, Brendan Gleeson y el resto del reparto construyen una galería de
villanos, mafiosos y supervivientes que enriquecen constantemente el
universo de la serie. No hay personajes de relleno. Todos parecen tener una
historia detrás.
Lo más
interesante para los lectores del cómic original es comprobar cómo la serie se
atreve a separarse del material de partida. El Spider-Man Noir de Marvel era
esencialmente Peter Parker trasladado a una realidad alternativa de los años
treinta. Aquí, en cambio, los creadores toman riesgos y transforman la
propuesta en algo más adulto y melancólico. La serie se acerca más a una novela
detectivesca con ecos superheroicos que a una adaptación convencional de
Marvel. Esa libertad creativa podría haber sido un desastre, pero termina
siendo precisamente su mayor virtud. Spider-Noir no pretende copiar las
viñetas; pretende capturar su alma. El resultado es una de las aproximaciones
más elegantes y atmosféricas que se han hecho jamás al universo arácnido. Como
habría escrito Chandler, las calles están llenas de sombras, los hombres llevan
demasiados secretos encima y nadie es exactamente quien dice ser. En medio de
toda esa oscuridad camina Nicolas Cage con sombrero, gabardina y una máscara
que parece esconder mucho más que una identidad. Y durante ocho episodios uno
tiene la sensación de estar contemplando no una serie de superhéroes, sino un
sueño febril en blanco y negro del que no quiere despertar.
La noche
olía a salitre, a gasolina y a juventud imprudente. El verano apenas había
comenzado y las ciudades todavía conservaban esa electricidad extraña de los
años ochenta, cuando las madrugadas parecían infinitas y las canciones podían
abrir heridas que uno ni siquiera sabía que llevaba dentro. En algún lugar,
después de demasiadas cervezas, de vasos sudados y conversaciones inútiles bajo
las farolas, sonó una melodía distinta a todas las demás. Primero aquel susurro
espectral. Luego la voz de Billy Idol, elegante y rota al mismo tiempo,
pronunciando unas palabras que parecían llegar desde un sueño enfermo: Eyes
Without a Face.
Para muchos
fue simplemente una canción más de la MTV dorada. Para otros, entre los
que me incluyo, aquello fue una revelación emocional. Una grieta. Porque detrás
de aquella apariencia sofisticada de videoclip nocturno y peinado imposible,
latía algo mucho más oscuro. Algo que no encajaba con las canciones románticas
de la época, llenas de promesas adolescentes y corazones fluorescentes. Billy
Idol había compuesto una anti canción de amor. Una elegía sobre la pérdida
del alma.
Y quizá por
eso impactaba tanto.
En 1984,
mientras el mundo bailaba entre sintetizadores y neones, Idol decidió escribir
sobre la descomposición emocional, la infidelidad, las máscaras y la distancia
entre dos personas que ya no saben mirarse de verdad. La canción hablaba de
relaciones convertidas en habitaciones vacías, de cuerpos que todavía comparten
la cama mientras el espíritu ya ha desaparecido hace tiempo. “Got no human
grace”, canta en uno de los versos más devastadores. “Ya no queda gracia
humana”. No hay ternura. No hay identidad. Sólo una carcasa bonita caminando
por una ciudad insomne.
Pero el
verdadero origen de la canción se encontraba todavía más abajo, en las
catacumbas del cine europeo.
El título
estaba inspirado directamente en la película francesa Les Yeux sans
visage (“Los ojos sin rostro”), dirigida en 1960 por Georges Franju. Y
aquí es donde la historia se vuelve todavía más perturbadora y fascinante. La
película narraba la obsesión de un cirujano que secuestra jóvenes para
arrancarles el rostro e intentar reconstruir la cara desfigurada de su hija.
Ella vive escondida detrás de una máscara blanca, fantasmal, mientras sólo sus
ojos permanecen visibles. Un espectro hermoso y aterrador atrapado entre la
vida y la muerte.
La película
era puro terror poético. Nada de monstruos vulgares ni sustos baratos. Aquello
era un descenso elegante a la culpa, a la identidad perdida y a la
monstruosidad escondida bajo las apariencias. La actriz Édith Scob, con
aquella máscara inexpresiva y aquellos ojos inmensos llenos de tristeza,
terminó convirtiéndose en una de las imágenes más inolvidables del cine de
horror europeo.
Billy
Idol comprendió perfectamente la metáfora.
Porque
todos, tarde o temprano, terminamos llevando máscaras.
La canción
transforma aquella idea macabra en algo íntimo y cotidiano. Ya no habla sólo de
una hija desfigurada, sino de personas emocionalmente mutiladas. De amantes
incapaces de sentir. De seres humanos que sobreviven entre fiestas, drogas,
traiciones y noches interminables mientras por dentro se van vaciando
lentamente. El propio Idol confesó alguna vez que veía la canción casi como un
asesinato emocional. No una muerte física, sino algo peor: la lenta
desaparición de la humanidad dentro de alguien.
Quizá por
eso la canción sigue envejeciendo tan bien. Porque bajo la estética ochentera
existe una verdad eterna. Todos hemos conocido a alguien —o nos hemos
convertido alguna vez en alguien— con ojos pero sin rostro. Personas que
sonríen mientras están completamente rotas por dentro. Personas que aman sin
sentir ya nada. Sombras bellísimas perdidas en clubes nocturnos, conduciendo
hacia ninguna parte mientras las luces de la ciudad se reflejan en el
parabrisas mojado.
Y, sin
embargo, hay una extraña belleza en todo ello.
Escuchar Eyes
Without aFaceen una madrugada de verano todavía produce la
sensación de estar atravesando un túnel de recuerdos que nunca viviste del
todo. La canción tiene algo espectral, como si viniera de un lugar donde los
sueños felices ya se han podrido ligeramente en los bordes. Ese bajo hipnótico.
La voz cansada de Idol. Los coros femeninos flotando como fantasmas alrededor
de la melodía. Todo parece suspendido entre el deseo y el vacío.
Los años
ochenta tuvieron muchas canciones inolvidables. Himnos para bailar, para
enamorarse, para conducir junto al mar con las ventanillas bajadas. Pero pocas
consiguieron capturar tan bien la melancolía secreta de aquella década como Eyes
Without a Face. Porque debajo de todo aquel maquillaje de neón ya se
escondía la soledad moderna que todavía arrastramos hoy.
Tal vez por
eso sigue emocionando tanto escucharla en silencio, cuando la noche ya ha
terminado y uno regresa a casa con la sensación extraña de haber sobrevivido a
algo que no sabe nombrar.
Y entonces
vuelve aquella frase.
Eyes without a face.
Ojos sin rostro.
Como un eco.
Como un
recuerdo.
Como una
vieja herida iluminada por las últimas luces del verano.
Zapatero
estaba de corrupción hasta las cejas. Esas franjas de vello estratégicamente situadas sobre las
cuencas de los ojos, que agitaba con entusiasmo de telepredicador durante las
campañas electorales. Las manos, en cambio, parecía reservarlas para otros
menesteres: supuestamente para trincar del petróleo o del oro venezolano. Las
mismas extremidades con las que ocultaba presos políticos en el Caribe. Los
mismos dedos con los que firmaba acuerdos con algunos de los peores dictadores
del planeta.
«La
tierra no pertenece a nadie, salvo al viento», proclamaba el expresidente que negó la crisis
económica hasta que la crisis terminó llamando a su puerta con una maza.
Aquella brisa poética se ha convertido ahora en vendaval judicial y amenaza con
empujarlo directamente hacia la cárcel; junto a Maduro, junto a sus hijas
políticas y junto a toda esa corte tropical de aduladores del chavismo.
Mientras tanto, un servidor mantiene una botella de champán francés enfriándose
en la nevera para celebrar el acontecimiento. Entonces tendrá que abandonar su
soñada ocupación de “supervisor de nubes acostado en una hamaca”.
«El
infinito es infinito; el universo es infinito y probablemente no cabe en
nuestra cabeza»,
decía Rodríguez en uno de sus infumables discursos. Especialmente en la suya:
cabeza de chorlito ilustrado.
«Everyday,
all day, bonsáis»,
declaró el leonés durante una visita a La Moncloa del canciller Schröder
y del presidente Chirac. Una frase destinada a cambiar para siempre el
rumbo del pensamiento occidental y a dejar a Platón convertido en tertuliano de
sobremesa.
«Hoy estamos
mejor que ayer y mañana estaremos mejor que hoy». Y al día siguiente estalló
una bomba en la T-4 de Barajas. Una vez más quedaba demostrado que el
personaje, además de inútil, arrastraba una leyenda negra de gafe únicamente
comparable a la de Tomás Roncero.
«España
es un poderoso trasatlántico», declaró ufano durante el centenario del hundimiento del Titanic.
Ya ven ustedes que de historia siempre anduvo, como su única neurona, bastante
justito.
«Los
130.000 no son parados; son personas que se han apuntado al paro», confesó el marido de Sonsoles
sin despeinarse ni pestañear.
Produce
escalofríos pensar que semejante palurdo haya presidido un país europeo y
occidental. El hombre que, después de arruinar España, todavía pretendía
repartir lecciones de moral y ética. Él. Precisamente él. El imputado moral
permanente.
A
resultas de todo esto conviene distinguir entre el simple tonto y el imbécil
solemne.
El tonto se
equivoca porque ignora. Le faltan datos, experiencia o contexto. Eso nos sucede
a todos. Nadie atraviesa la vida sin despeñarse alguna vez por los desfiladeros
de la ignorancia. Pero el tonto tiene remedio: aprende. Cuando comprende,
rectifica. Cuando ve con claridad, cambia de opinión.
El
imbécil es otra cosa.
No yerra por
falta de información, sino por soberbia. Ve la evidencia. Escucha la verdad.
Percibe el error y, aun así, persevera en él con fanatismo litúrgico. Ahí
reside la diferencia esencial.
El tonto
todavía está en camino. El imbécil convierte el error en trinchera. Uno
agradece la corrección; el otro se ofende, se rasga las vestiduras y acusa al
espejo de deformarlo. Uno revisa sus ideas; el otro las defiende incluso cuando
sus postulados se desploman como yeso húmedo.
Al tonto se
le puede enseñar. El imbécil, en cambio, carece de solución posible. Ser tonto
es humano. Volverse imbécil constituye una decisión del carácter.
Y si alguien
duda de ello, basta con asomarse a las redes sociales para contemplar cómo
legiones de imbéciles continúan defendiendo a un personaje como Zapatero,
que ya empieza a oler a presidio.
Aquella
escena en el supermercado de Reality Bites no era simplemente un grupo
de jóvenes haciendo el idiota entre bolsas de patatas y refrescos baratos
mientras sonaba My Sharona. Era prácticamente un manifiesto generacional
disfrazado de gamberrada. Un instante encapsulado en formol noventero donde
toda una generación quedaba retratada sin necesidad de discursos políticos, sin
manifiestos filosóficos y sin sociólogos de universidad escribiendo artículos
insufribles sobre la juventud desencantada. Bastaban tres chavales bailando
como posesos en los pasillos de una tienda mientras Ethan Hawke permanecía
apoyado junto al mostrador con esa expresión mezcla de resaca emocional,
cinismo existencial y agotamiento vital que convirtió a Troy Dyer en el
santo patrón de millones de adolescentes confundidos.
Porque si
algo tenía aquella generación era precisamente eso: una capacidad
extraordinaria para alternar la euforia absurda con el nihilismo más elegante
jamás visto. Éramos chavales criados entre cintas VHS rebobinadas con
bolígrafo Bic, videoclubs con olor a moqueta húmeda y programas de televisión
donde todavía parecía posible que el mundo escondiera cierta magia. Nos
educaron prometiéndonos un futuro brillante y acabamos descubriendo que
probablemente terminaríamos compartiendo piso, fumando tabaco barato y
discutiendo sobre música alternativa mientras trabajábamos en algo que
odiábamos profundamente. Y aun así, había una belleza extraña en todo aquello.
Una especie de romanticismo mugriento que el cine de los noventa supo capturar
mejor que nadie.
La escena
funciona porque parece improvisada, casi accidental, pero contiene más verdad
sobre nuestra generación que muchas películas enteras. Mientras Lelaina,
Vickie y Sammy bailan completamente desatados por el supermercado, agarrando
snacks y moviéndose como si acabaran de escapar de un psiquiátrico adorable,
Troy observa la situación con esa mezcla de desprecio y melancolía que definió
a tantos jóvenes de la época. Él representa al tipo que ya estaba cansado
incluso antes de empezar la vida adulta. El intelectual sarcástico que leía
libros de músicos muertos, citaba filósofos en bares donde olía a cerveza
rancia y parecía convencido de que la felicidad era una trampa inventada por la
publicidad de Coca-Cola.
Y sin
embargo, todos queríamos parecernos un poco a Troy. Aunque fuera insoportable.
Aunque tuviera el entusiasmo vital de una farola apagada. Porque en el fondo
representaba la resistencia romántica contra el mundo prefabricado que empezaba
a devorarlo todo. Los noventa fueron exactamente ese instante: el momento en
que la autenticidad todavía parecía posible antes de que internet convirtiera
hasta la rebeldía en un producto empaquetado. Aún podías encontrarte a alguien
verdaderamente raro. Aún existían personas que escuchaban música porque les
salvaba la vida y no para colgar frases en redes sociales junto a un café
fotogénico.
Lo
extraordinario de aquella secuencia es que convertía un supermercado cualquiera
en una pista de baile generacional. Durante unos segundos, aquellos personajes
parecían olvidar la precariedad, los trabajos basura, las relaciones
sentimentales desastrosas y el miedo constante al futuro. Bailaban como
bailábamos nosotros cuando todavía creíamos que el simple hecho de poner una
canción a todo volumen podía arreglar el universo. Porque nuestra generación
tenía algo profundamente ingenuo y profundamente triste al mismo tiempo.
Éramos irónicos, sí, pero todavía conservábamos cierta esperanza secreta. Una
esperanza escondida bajo capas de sarcasmo, camisas de cuadros y conversaciones
absurdamente intensas a las tres de la madrugada.
Y
entonces aparecía Troy, inmóvil junto al mostrador, observándolo todo con gesto
de fastidio metafísico, como si estuviera pensando: “Sí, bailad todo lo que queráis. Dentro
de veinte años pagaréis hipotecas imposibles y tendréis dolores lumbares”.
Lo terrible es que probablemente tenía razón. Pero también estaba equivocado.
Porque aquella generación perdió muchas cosas, sí, pero ganó una estética
emocional irrepetible. Supimos aburrirnos de manera artística. Supimos estar
rotos con estilo. Supimos convertir la confusión existencial en cultura pop.
Hoy vemos
esa escena y sentimos algo parecido a la nostalgia radiactiva. No solo por la
película, sino porque representa un mundo que desapareció. Un mundo donde
todavía podías perder una tarde entera escuchando discos con amigos sin mirar
el móvil cada cuarenta segundos. Donde las conversaciones no estaban diseñadas
para convertirse en contenido. Donde la gente se enamoraba en videoclubs, en
cafeterías o en supermercados cutres mientras sonaba una canción pegajosa de
fondo.
Quizá por
eso aquella escena sigue viva treinta años después. Porque no habla únicamente
de unos personajes.
Habla de nosotros. De una generación que creció entre el cinismo y la
esperanza, entre la cultura alternativa y el principio del gran vacío moderno.
Una generación que bailaba en los supermercados mientras intuía, en algún
rincón oscuro del alma, que el futuro iba a ser bastante más extraño de lo que
nos habían prometido.
¡Por cierto,
gracias Winona Ryder por esos pasos de baile!
Como he
escrito en repetidas ocasiones en estas mismas páginas, el Unicaja no es
simplemente un club de baloncesto. El Unicaja es el brazo armado de Málaga. Una
bandera verde y morada clavada en el corazón del sur. Un equipo que, sin los
presupuestos obscenos del Barcelona, el Real Madrid o el Valencia Basket,
ha sido capaz de conquistar once títulos y escribir una de las etapas más
gloriosas de su historia bajo el mando de Ibón Navarro, con siete entorchados
que ya pertenecen a la memoria sentimental de esta ciudad.
Porque el
Unicaja tiene algo que el dinero jamás podrá comprar: carácter. Esa mezcla
de descaro, rebeldía y amor por las cosas bien hechas que convierte a Málaga
en una isla distinta al resto del sur peninsular. Un lugar donde todavía se
compite con orgullo y donde el Carpena no es un pabellón, sino una caldera
emocional.
El
Unicaja y su gente son los Celtics de Málaga. Un equipo con identidad, con mística y con una
afición capaz de levantar muertos a base de cánticos. Pero hasta las mejores
películas tienen capítulos oscuros. Y esta temporada ha sido uno de ellos. Un
auténtico desastre.
La caída
comenzó en verano. Melvin Ejim no fue renovado. Se marcharon Kameron Taylor,
Dylan Osetkowski, Carter y hasta Yankuba Sima. Y lo que llegó después fue
una colección de decisiones difíciles de entender.
Castañeda
resultó ser una castaña monumental. Duarte, magnífico jugador en lo
individual, nunca consiguió encajar en el engranaje colectivo de Ibón Navarro;
demasiado ego para un sistema donde todos deben remar en la misma dirección.
Sulejmanovic sigue perdido en tierra de nadie sin saber si es un cuatro, un
cinco o un turista táctico. Augustin Rubit parece un exjugador
persiguiendo recuerdos de sí mismo. Audige ha alternado noches brillantes con
actuaciones incomprensibles. Y Web III, explosivo en ataque, deja en
defensa más huecos que un cartón de huevos.
En cuanto a
los veteranos, pocos han estado a la altura de lo que exigía el escudo.
Especialmente Killian Tillie, cuya temporada ha sido tan decepcionante
que, si dependiera de mí, tendría el finiquito preparado esta misma noche.
Sí, las
lesiones han castigado. Sí, es imposible ganar siempre. Ni siquiera los grandes
imperios fueron eternos. Pero una cosa no quita la otra: la dirección deportiva
ha firmado un fracaso rotundo. Y cuando una afición deja de creer en sus
jugadores, el problema ya no es deportivo; es anímico.
Málaga da
la temporada por enterrada. Y quizá tenga razón.
Pero
precisamente ahí es donde se mide la verdadera grandeza de un entrenador y de
un grupo humano.
Porque
cualquiera sabe liderar cuando suenan los himnos y llegan los títulos. Lo
difícil es entrar en un vestuario roto, mirar a jugadores bloqueados, sin
confianza y sin alma, y conseguir que vuelvan a creer en sí mismos. Un buen
coach no solo diseña sistemas; reconstruye orgullos, despierta carácter y
recuerda a sus hombres quiénes eran antes de perderse.
Ibón Navarro
tiene ahora el reto más difícil de todos: volver a empezar. Separar el ruido
del compromiso. Recuperar el hambre competitiva. Construir un nuevo proyecto
sin vivir encadenado a la nostalgia, aunque nadie pueda quitarnos lo bailado.
Porque el
pasado fue glorioso, sí, pero el deporte no perdona a quien vive únicamente de
recuerdos.
Del presente
solo quedan ya los banderines colgando del techo del Carpena como viejas
medallas de guerra. Y queda también lo más importante: su gente. Los
aficionados. Los abonados —entre los que me encuentro— que seguirán cantando a
pleno pulmón incluso en las derrotas:
“Siempre te
llevo conmigo,
no juegas solo si yo estoy aquí,
porque vuela el Carpena y Málaga sueña…
Unicaja, yo vivo por ti.”
Hay
películas que entretienen.
Y hay otras que terminan viviendo dentro de uno como un órgano más. American Graffiti hizo eso conmigo.
La vi en un
cine de verano, hace muchísimos años, cuando las noches todavía tenían misterio
y las pantallas parecían portales abiertos hacia otra vida mejor. Recuerdo el
ruido de las sillas metálicas, el olor a tierra caliente y aquella sensación
extraña de que algo importante estaba ocurriendo delante de mí aunque todavía
no supiera nombrarlo.
No lo sabía
entonces, pero aquella película me estaba moldeando por dentro.
Y hubo dos
figuras que me marcaron de una manera casi obsesiva.
La
primera fue Wolfman Jack, el mítico locutor nocturno que aparece en la película como una especie
de chamán del rock and roll. Con aquella barba imposible, aquella voz cavernosa
y esa manera de hablar como si estuviera emitiendo desde el fondo de una
carretera infinita, Wolfman no parecía un simple pinchadiscos. Parecía un
espíritu protector de los adolescentes perdidos.
Lo
fascinante es que era real.
Su verdadero
nombre era Robert Weston Smith, aunque el mundo terminó conociéndolo
para siempre como Wolfman Jack. Durante años emitió programas de radio
nocturnos que se escuchaban por media América gracias a emisoras fronterizas
mexicanas que lanzaban señales gigantescas capaces de atravesar estados
enteros. En muchas ciudades, de madrugada, los jóvenes se acostaban escuchando
aquella voz salvaje mezclada con doo-wop, rhythm and blues y rock clásico.
George
Lucas lo admiraba profundamente y quiso convertirlo en el corazón secreto de American
Graffiti. Y lo
consiguió.
Porque
Wolfman apenas aparece físicamente en la película, pero está en todas partes.
Es la voz que acompaña la noche. El narrador invisible de una generación que
aún no sabía que estaba perdiendo la inocencia.
A mí aquello
me dejó hipnotizado.
Comprendí
que una voz puede construir un universo entero. Que alguien escondido tras un
micrófono puede acompañar más que muchas personas reales. Y probablemente ahí
nació una parte importante de lo que hoy hago yo mismo, aunque nunca lo haya
dicho abiertamente.
Con los
años, además, ocurrió algo hermoso y triste a la vez: Wolfman atravesaba
problemas económicos y American Graffiti volvió a convertirlo en
leyenda. Gracias a la película recibió royalties, recuperó popularidad y volvió
a actuar ante miles de personas. Era como si el cine le hubiera devuelto la
vida al fantasma que había alimentado tantas madrugadas ajenas.
Y luego
llegó el final.
En 1995,
después de una actuación en Carolina del Norte, regresó agotado a casa. Se
sintió mal, se desplomó en brazos de su esposa y le dijo una frase que parece
escrita por un guionista melancólico: “Cariño, me muero”.
Murió
poco después de un infarto.
Y no sé por
qué, pero siempre pensé que era una muerte perfectamente coherente con su
personaje. Como si una voz nacida para acompañar noches infinitas no pudiera
apagarse de una forma vulgar.
Luego estaba
ella.
La rubia
del Cadillac blanco.
Ese
personaje que atraviesa toda la película como un sueño imposible. La
interpretaba Suzanne Somers, aunque apenas aparece unos minutos. Y sin
embargo, consiguió algo extraordinario: convertirse en uno de los grandes
fantasmas sentimentales de la historia del cine.
Su personaje
ni siquiera tiene demasiadas frases. No hace falta. Basta una mirada, un coche
alejándose y la obsesión silenciosa del protagonista, Richard Dreyfuss,
intentando volver a encontrarla durante toda la noche.
Eso es
precisamente lo que la hace eterna.
Porque los
amores consumados terminan perteneciendo a la realidad. Y la realidad desgasta
las cosas. Pero los amores imposibles quedan congelados para siempre en el
punto exacto donde fueron soñados.
Nunca
envejecen del todo.
Siguen
sonando como aquella canción de verano que no has vuelto a escuchar en veinte
años y que, aun así, todavía sabe exactamente dónde hacerte daño.
Para mí,
aquella chica del Cadillac terminó simbolizando algo mucho más grande que un
romance juvenil.
Representaba una época entera que desaparecía lentamente. El último resplandor
de una América inocente, nocturna, musical y despreocupada que estaba a punto
de ser barrida por el tiempo.
Y quizá por
eso me afectó tanto.
Porque todos
tenemos una “rubia del Cadillac” en nuestra memoria. No necesariamente
una mujer. A veces es una ciudad, una época, una voz o una versión de nosotros
mismos que ya no volverá.
Con el paso
de los años entendí algo inquietante: gran parte de lo que he creado nace
exactamente de esos dos fantasmas.
De
Wolfman hablando desde la noche.
Y de esa mujer alejándose para siempre.
Uno me
enseñó el poder de la voz.
La otra, el poder de la nostalgia.
Y ambos me
hicieron comprender que el verdadero arte no intenta detener el tiempo. Lo
único que hace es iluminar durante unos segundos aquello que inevitablemente
vamos a perder.
Existen
películas que no envejecen: se repliegan. Se esconden en los pliegues de la
memoria como una carta doblada demasiadas veces, con las esquinas gastadas y el
perfume intacto. Sixteen Candles pertenece a esa estirpe. No es
solo una comedia adolescente: es un relicario emocional donde los años ochenta
siguen respirando, como si el tiempo hubiese decidido hacer una pausa para
observarse a sí mismo.
En el centro
de ese pequeño universo late Molly Ringwald, sacerdotisa involuntaria de
una generación que aprendió a nombrar sus inseguridades a través de miradas
esquivas y silencios más elocuentes que cualquier declaración. Su Samantha
no grita, no exige: espera. Y en esa espera —tan propia de la adolescencia—
se condensa todo un tratado sobre el deseo de ser vista en un mundo que, por
norma, olvida lo esencial. El día de su cumpleaños, convertido en una fecha
invisible, es una metáfora delicada y cruel: crecer es aceptar que nadie está
obligado a recordar lo que para ti lo es todo.
El cine
de John Hughes,
arquitecto sentimental de aquella década, tenía la rara virtud de parecer
ligero mientras excavaba hondo. En Sixteen Candles no hay grandes
tragedias, pero sí una constelación de pequeñas heridas: la familia que no
escucha, el amor que se idealiza, la identidad que se construye a base de
equívocos. Hughes comprendió algo esencial: que la adolescencia no es un
tránsito, sino un territorio. Y lo cartografió con una precisión casi íntima,
como si cada escena hubiese sido escrita a partir de un recuerdo que dolía lo
justo para seguir siendo bello.
Frente a
Samantha, el mundo se organiza como un teatro de máscaras. Está el deseo
improbable encarnado en Jake Ryan, la torpeza desbordada del personaje que irrumpe sin
entender las reglas, el desfile de situaciones absurdas que, lejos de
trivializar la historia, la humanizan. Porque la vida, incluso en sus momentos
más decisivos, rara vez adopta formas solemnes: se presenta disfrazada de
malentendido, de accidente, de risa fuera de lugar. Y ahí, en ese equilibrio
entre lo ridículo y lo trascendente, la película encuentra su tono exacto.
Vista hoy,
la película funciona como un espejo ligeramente empañado. Hay elementos que
pertenecen a otra época —códigos, gestos, incluso excesos que el presente mira
con distancia crítica—, pero también hay algo que permanece intacto: la
vulnerabilidad. Esa sensación de estar a medio camino entre lo que uno es y lo
que teme no llegar a ser. En ese sentido, Sixteen Candles dialoga con
su hermana espiritual, Pretty in Pink, donde la misma Molly Ringwald
encarna otra variación del mismo enigma: cómo sostener la dignidad cuando
el mundo insiste en clasificarte.
Los
pequeños secretos de la película no están en sus giros, sino en sus detalles. En cómo una mirada puede durar un
segundo más de lo previsto. En cómo una escena aparentemente banal —un pastel,
unas velas, una canción— se convierte en un ritual de paso. En cómo el humor, a
veces irreverente, a veces incómodo, actúa como una coartada para hablar de lo
que realmente importa: el miedo a no ser elegido, a no ser suficiente, a
quedarse al margen de la historia que otros parecen protagonizar con
naturalidad.
Revisitarla
hoy es un ejercicio de arqueología emocional. No se trata solo de recordar una
película que nos gustó, sino de reencontrarse con la persona que fuimos cuando
la vimos por primera vez. Hay algo casi táctil en esa experiencia: como si
pudiéramos palpar los pliegues de la piel del pasado y comprobar que, pese a
todo, siguen ahí, respirando bajo la superficie del presente.
Recomendar
Sixteen Candles no es un gesto cinéfilo, es un acto de memoria. Es invitar a alguien a sentarse
frente a una pantalla y aceptar que la nostalgia no es una trampa, sino una
forma de conocimiento. Porque entender quiénes fuimos —con nuestras torpezas,
nuestros anhelos desmedidos, nuestras pequeñas tragedias domésticas— es, en el
fondo, la única manera honesta de entender quiénes somos.
Y quizá por
eso la película persiste. No por lo que cuenta, sino por lo que deja
suspendido. Por esa sensación de que, en algún lugar entre la risa y el olvido,
seguimos soplando velas que nadie vio encenderse. Y que, sin embargo, siguen
iluminando.