No hay nada
más peligroso que una película que nos devuelve a nosotros mismos. Peggy
Sue Got Married no es, en apariencia, más que un artefacto de
nostalgia: un viaje hacia los años de instituto, hacia las faldas de vuelo y
los peinados imposibles, hacia ese territorio donde el tiempo aún no ha pasado
factura y la vida parece una promesa en lugar de una contabilidad de pérdidas.
Pero bajo su superficie amable late una inquietud más honda, casi metafísica:
¿qué haríamos si pudiéramos corregir nuestra propia biografía?
La premisa
es conocida y, sin embargo, nunca deja de seducir. Peggy Sue,
interpretada por una Kathleen Turner en estado de gracia crepuscular, se
desmaya durante una reunión de antiguos alumnos y despierta en 1960, en su
propio cuerpo adolescente, pero con la conciencia intacta de la mujer que ya ha
vivido, amado, fracasado. Esa fractura entre experiencia y juventud es el
verdadero motor de la película: no es el viaje en el tiempo lo que importa,
sino la conciencia del error.
Porque la
memoria —esa gran impostora— no solo recuerda, también reescribe. Y Peggy
Sue, como todos nosotros en nuestros momentos más íntimos, cree saber qué
decisiones fueron las equivocadas. Cree que, con la lucidez del futuro,
puede domesticar el pasado. Ahí reside la belleza melancólica del filme: en esa
ilusión de control que se desmorona lentamente.
La reunión
con las amigas, los pasillos del instituto, las miradas que aún no han
aprendido a disimular: todo está filmado con una delicadeza casi elegíaca. No
hay ironía cruel, sino una ternura que roza lo doloroso. Es el cine como
máquina de resurrección, como intento desesperado de devolvernos a un tiempo
donde todo parecía posible, incluso aquello que jamás lo fue.
Y luego
está él: ese Nicolas Cage desbordado, excesivo, casi caricaturesco, que encarna al amor
imperfecto, al amor real. Porque la película, en última instancia, no habla de
oportunidades perdidas, sino de elecciones inevitables. Uno puede fantasear con
invitar a salir a aquella chica que nunca se atrevió a mirar a los ojos, con
besar a quien solo habitó en la imaginación, con desviarse del camino conocido.
Pero hay algo profundamente inquietante en la idea de que, incluso sabiendo
todo lo que sabemos, tal vez acabaríamos cometiendo los mismos errores.
La banda
sonora merece una mención aparte: no es mero acompañamiento, sino un tejido
emocional que envuelve cada escena con una pátina de tiempo suspendido. Las
canciones funcionan como cápsulas de memoria, activando en el espectador esa
nostalgia prestada que, sin embargo, sentimos como propia. Es música que no
solo se escucha: se recuerda, aunque nunca haya formado parte de nuestra vida.
Más
discutible resulta el tramo final, cuando la película se desliza hacia lo casi
fantástico con la figura del abuelo que acepta la posibilidad del viaje
temporal. Ahí el relato pierde parte de su sutileza, como si necesitara
explicarse cuando lo verdaderamente poderoso era, precisamente, su ambigüedad.
El misterio, una vez verbalizado, deja de ser misterio.
Aun así, hay
destellos que permanecen: la aparición casi anecdótica de una jovencísima Sofia
Coppola, testigo silencioso de un linaje cinematográfico; la presencia de
aquella actriz veterana que encarnó a la mujer de Tarzán, recordándonos
que el cine es también un cementerio luminoso donde las generaciones se
superponen sin tocarse.
Pero lo que
realmente queda, lo que persiste después de los créditos, es esa sensación
incómoda de haber mirado demasiado de cerca nuestra propia vida. Porque Peggy
Sue Got Married no trata del pasado, sino del presente visto con los ojos
del arrepentimiento. Trata de los sueños que no cumplimos, de las versiones
de nosotros mismos que quedaron en el camino, de esa intuición amarga de que la
vida es, en esencia, una sucesión de renuncias.
Y, sin
embargo, hay algo casi consolador en su conclusión implícita: no podemos
reescribir nuestra historia. No hay segundas oportunidades verdaderas, no hay
regresos limpios al origen. Solo nos queda la memoria, ese territorio ambiguo
donde los errores se suavizan y los amores perdidos adquieren una perfección
que nunca tuvieron.
Quizá por
eso la película deja un poso extraño, entre la tristeza y la aceptación. Como
si nos susurrara, con una elegancia casi cruel, que no importa cuánto viajemos
hacia atrás en nuestra imaginación: la vida, al final, siempre nos conduce al
mismo lugar. Y no salimos vivos de ella.
Sergio Calle Llorens



