Siempre he
pensado que Dios siempre bendice a los intrépidos. Porque el valiente no
es el que no tiene miedo, sino el que vence a ese temor. El Altísimo conoce ese
sufrimiento interno e ilumina su camino vital para verter sobre el mismo todas
sus bendiciones. Le aleja de ese proceso por el cual el valeroso vive hasta que
el cobarde quiere.
Porque el
miedo siempre ha estado ahí. Esperando. Agazapado en algún rincón oscuro del
alma, aguardando el momento en que la voluntad flaquee y el hombre decida que
es más cómodo vivir de rodillas que morir de pie. La valentía, sin embargo, no
consiste en desconocer el miedo, sino en mirarlo de frente cuando todo invita a
bajar la mirada.
Ser valiente
es morir una vez y ser cobarde es morir millones de veces en vida.
No hay mayor
condena que traicionarse a uno mismo. No hay derrota más amarga que aquella que
se produce en silencio, cuando nadie nos ve, cuando nadie aplaude, cuando nadie
conoce la batalla que se libra dentro de nosotros. Hay hombres y mujeres que
vencen en público y pierden en privado. Otros, en cambio, pierden muchas
batallas, pero conservan intacta la única bandera que importa: la de sus
principios.
Ahí tienen a
Esther González, exfutbolista del Real Madrid, que ha borrado de las
redes sociales las fotos de su mujer e hijo tras fichar por un equipo de Arabia
Saudí. La pasta por encima de su defensa de los derechos del LGTBI.
Nada queda ya de la emancipación de las mujeres ni de los derechos de las
lesbianas. Tan solo el color verde de los billetes.
La jugadora
ha agachado la cabeza sin saber que los gestos importan mucho más que las
declaraciones vacuas. Porque hay momentos en los que una decisión pesa más que
mil discursos. Momentos en los que basta un gesto para saber de qué está hecho
alguien. Y cuando llega la hora de elegir entre la comodidad y los principios,
entre el aplauso y la dignidad, entre el dinero y aquello que un día se
defendió con orgullo, ya no sirven las palabras.
Otra
farsante.
Otro
jugador, en este caso del PSG, pide que su compañero no abra una botella
de buen champán francés por respeto a su religión tras ganar la Supercopa.
El gesto,
insisto, es importante; porque debería ser el musulmán el que respetara las
costumbres y hábitos de la vieja Europa. No al contrario.
Puede
parecer una tontería, pero no lo es tanto porque nos estamos jugando el futuro
que debe ser alejado de las ideas tercermundistas.
Las
civilizaciones también se defienden en los pequeños detalles. En aquello que
parece insignificante. En una copa que se abre, en una costumbre que se
mantiene, en una tradición que no se abandona por miedo a incomodar a nadie.
Porque lo que hoy parece una concesión inocente puede convertirse mañana en
costumbre, y la costumbre, con el paso del tiempo, puede terminar
convirtiéndose en ley.
Personalmente,
yo me negué a darle la mano a un corrupto que me denunció porque mis principios
estaban por encima de mis intereses.
Sin ir más
lejos, me negué a que mis estudiantes entraran en mi clase a rezarle a Mahoma.
La
explicación que les trasladé fue simple: esta aula es mi templo y yo soy su
sumo sacerdote.
Mi casa, mis
reglas.
Hay frases
que no necesitan discursos. Hay fronteras que no necesitan mapas. Hay líneas
que, una vez trazadas, solo pueden respetarse o cruzarse. Y yo decidí trazar la
mía.
Nunca nadie
pudo convencerme de que cambiara de parecer. A resultas de todo esto, tuve
grandes problemas con la injusticia española. Pagué las consecuencias de mis
decisiones, pero jamás di un paso atrás.
Porque todo
principio tiene un precio. Y quien no está dispuesto a pagarlo acaba vendiendo
aquello que juró defender.
Sencillamente,
tomé mi viejo sable y tracé una línea en el suelo mientras decía:
Por aquí
no pasan.
Y oigan,
nadie ha osado jamás cruzarla.
Quizá porque
una línea dibujada en el suelo no es solamente una línea. A veces es una
frontera. A veces es una declaración de guerra. A veces es el último refugio de
quien ha decidido que podrá perderlo todo menos su dignidad.
En mi vida
he llegado a conocer a muchos valientes de boquilla, pero en las distancias
cortas, en la penumbra de los callejones y lejos de despachos de abogados
carísimos, eran incapaces de defender ni la honra ni la vida.
Los he visto
hablar con la voz de los héroes cuando no había peligro y encogerse cuando la
tormenta aparecía en el horizonte. Los he visto levantar la bandera de sus
convicciones mientras soplaba el viento a favor y arriarla en cuanto llegaron
las primeras dificultades.
Porque la
valentía no se demuestra cuando todo está ganado.
Se demuestra
cuando todo puede perderse.
Aléjense de
esta gentuza porque la cobardía, como suele ocurrir con la ignorancia, suele
ser contagiosa.
Y recuerden
que, cuando llegue la hora de la verdad, cuando desaparezcan los aplausos,
cuando se apaguen las luces y solo quede uno frente a sus propias decisiones,
nadie podrá luchar por ustedes.
Entonces
solo quedarán sus principios.
Y la línea
que decidieron no cruzar.
Sergio Calle Llorens
