Laura
llega puntual al Castillo de Santa Catalina en su coche alquilado. Estamos ante una construcción
de 1624 que hoy alberga un hotel de cinco estrellas y un restaurante donde se
sirven platos cuidados al detalle, sin necesidad de estar hospedado en el
establecimiento.
Ya habíamos
almorzado aquí en otra ocasión. Si la memoria no me falla, aquel día degustamos
ostras francesas Poget Spéciale Normandie y un jamón de bellota cien por
cien ibérico. También cayeron un salmón ahumado y algunas croquetas. Un
auténtico manjar de dioses.
Pero hoy
hemos venido a desayunar contemplando la bahía malagueña desde El Limonar,
cuna y refugio de aquella burguesía malagueña que supo convertir este rincón de
la ciudad en un lugar de elegancia y sosiego.
Ha llovido
bastante desde nuestro último encuentro. Bueno, este año las puertas del cielo
se han abierto con tanta facilidad como los boquetes de una recién casada.
Laura tiene las piernas tan largas como las mías, así que se sienta a mi lado
mientras no deja de emitir pequeños sonidos de aprobación ante cada
degustación. Mientras lo hace, su pelo negro se mueve con la brisa de la
mañana.
Hablamos lo
justo. No hace falta mucho más cuando los croissants y el zumo de naranja abren
paso a conversaciones más sedosas, como el caramelo ligero de moscatel o el
brioche caramelizado.
Laura es
arquitecta y reconoce la importancia de ocupar el espacio, de comprender el
movimiento de los astros y de interpretar esa luz incomparable de esta ciudad
mediterránea. Yo soy más partidario de dejar los espacios abiertos, de esa
inmensidad del océano que, paradójicamente, parece necesitar la pincelada de
algún barco navegando en silencio para sentirse todavía más infinita.
Y entonces
aparece Gaudí en nuestra conversación.
Gaudí no
construía contra la naturaleza, sino con ella. Parecía haber comprendido que
los árboles, las conchas, las montañas, las flores y hasta el movimiento de las
hojas guardaban un lenguaje secreto que la arquitectura podía aprender a
hablar. Allí donde otros levantaban muros, él buscaba formas vivas; allí donde
otros trazaban líneas rectas, él dejaba que las curvas respiraran.
Su
arquitectura parece nacida de un bosque después de la lluvia, de una montaña
que hubiera decidido transformarse en catedral. La luz, lejos de ser un simple
elemento funcional, se convierte en materia; entra, rebota, se filtra y
acaricia las superficies como si también ella hubiera sido diseñada. Y en sus
edificios permanece siempre esa fascinación por las formas orgánicas, por los
bosques y por la geometría caprichosa con la que la naturaleza lleva millones
de años haciendo obras maestras.
—¿Cuánto
tiempo tardaría en concebir semejantes maravillas? —se pregunta Laura.
Yo, en
cambio, me pregunto cuánto tiempo tardó la naturaleza en concebir un cuerpo
como el suyo.
Miguel Ángel
quizá habría necesitado mármol de Carrara para intentarlo. Aunque, pensándolo
bien, probablemente tampoco habría sido capaz de mejorar lo que tenía delante.
Y quizá habría preferido esculpir hombres.
Yo me limito
a admirarla.
Unas horas
más tarde estamos en el restaurante Marina Playa, en Torre de
Benagalbón, Rincón de la Victoria, un establecimiento reconocido con el primer
premio al mejor gazpachuelo tradicional de España.
Cuando Laura
se seca en la orilla del mar y llega a la mesa, ha cortado la respiración de
los bañistas, de los comensales, de las señoras que la miran con cierta envidia
y hasta del propio gazpachuelo, que amenaza con cortarse.
El único que
no se corta soy yo.
—La
perfección existe —le digo.
Y para
perfección, la del helado Melody, nacido en Sicilia Gelati, en Torre del
Mar. Una propuesta que ha conquistado el viejo continente al conseguir el
galardón al mejor helado de Europa.
Es una obra
maestra de Juanma Guerrero, que combina una base cremosa de ricota con
una salsa de mandarina y un toque mágico, crujiente y elegante de pistacho de
alta calidad.
En
definitiva, el heladero malagueño parece haber mantenido un diálogo fructuoso
con el mismísimo Dios antes de alcanzar el Olimpo de los grandes nombres de la
heladería artesanal. Aunque, pensándolo bien, debería decir que subió al cielo.
Y es que esta comarca nuestra de la Axarquía se parece demasiado a un
paraíso adelantado, uno de esos lugares que se empeñan en demostrar que todavía
quedan sorpresas culinarias capaces de reconciliarnos con el mundo.
Para rematar
este día mágico, nuestros pasos nos llevan hasta la fascinante Frigiliana.
Paseamos por sus calles sinuosas, fotografiamos sus casas encaladas, sus
balcones llenos de flores y esas fachadas que parecen guardar historias detrás
de cada puerta.
Después nos
tomamos un vermut mientras contemplamos cómo el sol termina besando el mar. El
atardecer avanza despacio, casi con pereza, y desparrama sobre el horizonte un
color bermejo que invita al silencio.
Horas
después, ya en la cama, reflexiono sobre las actividades de la jornada. Un
eclipse lunar me hace saltar de ella y, por alguna razón, siento la necesidad
de agradecer a la providencia experiencias como las de hoy.
Y es que el
doctor me dijo recientemente que estaba agotado física y mentalmente, que
necesitaba un cambio, respirar otros aires, salir de la rutina.
Y entonces
llegó, presta, mi Laurita.
Llegó para
regalarme un día lleno de emociones, de sabores, de mar, de arquitectura, de
conversaciones, de risas y de esa belleza que, cuando aparece inesperadamente,
consigue que uno vuelva a sentirse vivo.
Gracias,
amiga. Te debo una.
Sergio Calle Llorens
