Como he
escrito en repetidas ocasiones en estas mismas páginas, el Unicaja no es
simplemente un club de baloncesto. El Unicaja es el brazo armado de Málaga. Una
bandera verde y morada clavada en el corazón del sur. Un equipo que, sin los
presupuestos obscenos del Barcelona, el Real Madrid o el Valencia Basket,
ha sido capaz de conquistar once títulos y escribir una de las etapas más
gloriosas de su historia bajo el mando de Ibón Navarro, con siete entorchados
que ya pertenecen a la memoria sentimental de esta ciudad.
Porque el
Unicaja tiene algo que el dinero jamás podrá comprar: carácter. Esa mezcla
de descaro, rebeldía y amor por las cosas bien hechas que convierte a Málaga
en una isla distinta al resto del sur peninsular. Un lugar donde todavía se
compite con orgullo y donde el Carpena no es un pabellón, sino una caldera
emocional.
El
Unicaja y su gente son los Celtics de Málaga. Un equipo con identidad, con mística y con una
afición capaz de levantar muertos a base de cánticos. Pero hasta las mejores
películas tienen capítulos oscuros. Y esta temporada ha sido uno de ellos. Un
auténtico desastre.
La caída
comenzó en verano. Melvin Ejim no fue renovado. Se marcharon Kameron Taylor,
Dylan Osetkowski, Carter y hasta Yankuba Sima. Y lo que llegó después fue
una colección de decisiones difíciles de entender.
Castañeda
resultó ser una castaña monumental. Duarte, magnífico jugador en lo
individual, nunca consiguió encajar en el engranaje colectivo de Ibón Navarro;
demasiado ego para un sistema donde todos deben remar en la misma dirección.
Sulejmanovic sigue perdido en tierra de nadie sin saber si es un cuatro, un
cinco o un turista táctico. Augustin Rubit parece un exjugador
persiguiendo recuerdos de sí mismo. Audige ha alternado noches brillantes con
actuaciones incomprensibles. Y Web III, explosivo en ataque, deja en
defensa más huecos que un cartón de huevos.
En cuanto a
los veteranos, pocos han estado a la altura de lo que exigía el escudo.
Especialmente Killian Tillie, cuya temporada ha sido tan decepcionante
que, si dependiera de mí, tendría el finiquito preparado esta misma noche.
Sí, las
lesiones han castigado. Sí, es imposible ganar siempre. Ni siquiera los grandes
imperios fueron eternos. Pero una cosa no quita la otra: la dirección deportiva
ha firmado un fracaso rotundo. Y cuando una afición deja de creer en sus
jugadores, el problema ya no es deportivo; es anímico.
Málaga da
la temporada por enterrada. Y quizá tenga razón.
Pero
precisamente ahí es donde se mide la verdadera grandeza de un entrenador y de
un grupo humano.
Porque
cualquiera sabe liderar cuando suenan los himnos y llegan los títulos. Lo
difícil es entrar en un vestuario roto, mirar a jugadores bloqueados, sin
confianza y sin alma, y conseguir que vuelvan a creer en sí mismos. Un buen
coach no solo diseña sistemas; reconstruye orgullos, despierta carácter y
recuerda a sus hombres quiénes eran antes de perderse.
Ibón Navarro
tiene ahora el reto más difícil de todos: volver a empezar. Separar el ruido
del compromiso. Recuperar el hambre competitiva. Construir un nuevo proyecto
sin vivir encadenado a la nostalgia, aunque nadie pueda quitarnos lo bailado.
Porque el
pasado fue glorioso, sí, pero el deporte no perdona a quien vive únicamente de
recuerdos.
Del presente
solo quedan ya los banderines colgando del techo del Carpena como viejas
medallas de guerra. Y queda también lo más importante: su gente. Los
aficionados. Los abonados —entre los que me encuentro— que seguirán cantando a
pleno pulmón incluso en las derrotas:
“Siempre te
llevo conmigo,
no juegas solo si yo estoy aquí,
porque vuela el Carpena y Málaga sueña…
Unicaja, yo vivo por ti.”
Sergio Calle Llorens

