A veces
vuelve, como un zumbido que no se apaga del todo, aquella frase de The
Smiths: I was looking for a job and then I found a job… heaven knows I’m
miserable now. No es nostalgia musical; es una constatación. Hay
canciones que no se escuchan: se habitan. Y esta, como una letanía de derrota
digna, me atraviesa cada vez que recuerdo el día en que mi hermano murió y el
mundo siguió girando con la indiferencia metronómica de una máquina bien
engrasada.
Murió mi
hermano. Y no hubo pausa.
Ni en la
empresa. Ni en el centro de estudios. Ni en ese ecosistema de sonrisas
plastificadas donde la palabra “equipo” se pronuncia como si fuera una
contraseña para entrar en un club al que, en realidad, nadie pertenece. No tuve
derecho a un día libre. Ni uno. La ley, ese dios menor de los despachos, no
contemplaba mi duelo como una causa suficiente. Debe de ser que la muerte, si
no está bien tipificada, carece de entidad jurídica.
Recuerdo
volver al trabajo con esa sensación de haber dejado algo irreparable detrás,
como quien cierra la puerta de una casa en llamas y decide no mirar atrás
porque sabe que no podría soportarlo. Y allí estaban ellos, hablando de input,
de output, de coworking, de sinergias y de resiliencia,
pronunciando esas palabras como si fueran fórmulas mágicas que justificaran su
propia vacuidad. No saben inglés, pero manejan su jerga como quien agita
un incensario: mucho humo, ninguna fe.
Después
están las ONG, las empresas, las instituciones: ese coro de voces bien
moduladas que llenan LinkedIn de vídeos emocionantes, de abrazos en cámara
lenta, de frases que hablan de cuidar a las personas. “El capital humano es
lo primero”, dicen, mientras el humano concreto —tú, yo, cualquiera— se
convierte en un número que no merece ni una llamada cuando se rompe por dentro.
Son los mismos que organizan talleres sobre bienestar emocional, pero no tienen
el menor interés en saber cómo estás cuando de verdad importa. Prefieren la
estética del cuidado a su práctica. La pose antes que la presencia.
Vivimos
rodeados de una filantropía ornamental. Se preocupan por todo lo que no duele
cerca: causas lejanas, nobles, fotogénicas. La vida sexual del somormujo, si
hace falta. Cualquier cosa que pueda enmarcarse en un vídeo inspirador con
música de fondo y subtítulos en blanco. Pero no por el tipo que se sienta a su
lado y que acaba de perder a su hermano. Ese no da likes. Ese incomoda.
Ese recuerda que, bajo la retórica, no hay nada.
Y luego está
el edadismo, esa forma de desprecio elegante que no se nombra, pero se respira.
Cuando ya no eres joven, pero tampoco lo bastante viejo como para ser invisible
del todo, te conviertes en una molestia estadística. Has dejado de ser promesa,
pero aún no eres memoria. Estás en tierra de nadie, donde lo que sabes no interesa
y lo que eres no cotiza. Te piden experiencia, pero desconfían de ella. Te
exigen lealtad, pero te ofrecen caducidad.
Todo esto
tiene algo profundamente cinematográfico, aunque no en el sentido épico que nos vendieron. Se parece
más a esas escenas de oficina interminables, con luces frías y conversaciones
que no dicen nada, donde el protagonista se da cuenta —demasiado tarde— de que
ha estado interpretando un papel en una película que no le interesa. Una mezcla
entre el absurdo burocrático y la soledad de quien entiende que nadie va a
detener la cinta por él.
Y, sin
embargo, lo más hiriente no es la crueldad explícita. Es la indiferencia
bien organizada. Esa capacidad de seguir adelante sin que nada se altere,
como si la vida de los demás fuera un ruido de fondo que se puede silenciar con
un clic. No es que no les importe si vives o mueres. Es peor: no llegan ni a
planteárselo.
Quizá por
eso aquella canción vuelve. Porque en medio de todo este teatro de buenas
intenciones y discursos huecos, hay una verdad incómoda latiendo: estamos
entregando nuestro tiempo —ese bien irreparable— a estructuras que no sabrían
reconocernos ni aunque nos desmoronáramos delante de ellas.
Y lo hacemos
en silencio.
Hasta que un
día algo se rompe. Y entonces, por un instante, lo ves todo con claridad: el
decorado, los figurantes, las palabras vacías flotando en el aire como globos
desinflados.
Y entiendes,
con una lucidez que duele, que nunca les importó.
Sergio Calle
Llorens



