En días de
nostalgia, uno puede sentir la ciudad de otra manera, como si las calles
tuvieran memoria propia y recordaran los pasos de quienes alguna vez las
cruzaron con cuidado, con ritmo, con estilo. La esquina del Banco Zaragozano
todavía existe en mi mente como un pequeño altar urbano, un punto de reunión
donde la juventud se alineaba con precisión casi obsesiva, donde los mods se
reconocían con un gesto, un asentimiento, una sonrisa apenas perceptible.
Lambrettas dormían a su lado, motos que eran tan parte del ritual como la parca
que abrazaba el cuerpo y el peinado que se mantenía intacto frente al viento.
Todo era gesto y declaración: un código secreto de elegancia y música que
dictaba la manera de caminar, de mirar, de existir. La música flotaba
invisible, The Who, Madness, los primeros Beatles, Small Faces: no era
fondo, era la sangre de todo eso que sucedía.
Recuerdo la
sensación de comenzar la noche, de preparar cada detalle, de que el mundo
girara a tu alrededor mientras tú te detenías un instante para que todo
estuviera en su sitio: chaqueta cerrada, zapatos que reflejaban la luz de la
ciudad, peinado que desafía el tiempo, manos que ajustan cada hebilla, cada
correa, cada gesto mínimo. Era un ritual, una coreografía de identidad que
nadie más podía interpretar, una liturgia urbana donde la música y la estética
dictaban el ritmo de la vida. Nada era casual: los gestos, la ropa, el
movimiento de los amigos que ya estaban allí, alineados en el frío o en el sol,
esperando que la noche se abriera como un telón invisible que solo ellos sabían
cómo descorrer.
Ahora miro
atrás y me sorprende que todo eso existiera en realidad, que esos cuerpos
jóvenes, esas risas, esas parkas perfectamente medidas, esas horas antes de que
la ciudad respirara la noche, fueran tan precisos, tan llenos de energía, tan
irrepetibles. Uno se da cuenta de que la vida pasó sin avisar, que la ciudad
siguió su curso, y que lo que queda es un hilo de memoria que arde con la
misma intensidad que aquel primer acorde de guitarra, que aquel golpe de
batería, que aquel bajo que vibraba en el pecho y hacía que cada paso estuviera
sincronizado con la música. La nostalgia no es tristeza: es reconocimiento de
que algo fue perfecto, aunque breve, aunque fugaz, y que nada volverá a ser
igual.
Ser mod
era un acto de rebeldía elegante, de poesía silenciosa, de ritmo contenido que explotaba en
cada encuentro, en cada conversación, en cada mirada. No importaba la hora, no
importaba el lugar: la ciudad era un escenario, y cada gesto, un solo de jazz,
un riff, un golpe de batería, una línea de bajo que hacía que todo encajara.
Los mods caminaban con la certeza de que su mundo era otro mundo, invisible
para los demás, pero tan real que podía tocarse en la textura de la parca, en
el brillo del calzado, en el viento que rozaba el rostro antes de arrancar en
la Lambretta rumbo a la noche que los esperaba.
Y ahora,
décadas después, cuando el tiempo ha hecho su trabajo y las canas se mezclan
con los recuerdos, uno sonríe con melancolía. Porque la memoria guarda los
detalles que nunca desaparecerán: el murmullo de los amigos, la tensión de
prepararse, la vibración de la ciudad, la música que nunca se apaga, y la
elegancia que sigue latiendo como un latido secreto en cada rincón de Málaga.
Y es imposible no sentir que aquellos días perfectos, aunque ya no sean carne
viva, siguen respirando en el aire, en la memoria de quienes lo vivieron, en la
forma en que la ciudad aún recuerda sus pasos.
Al final,
uno comprende que la tribu mod no muere. La estética, el gesto, el peinado, la música, la
elegancia, todo eso sigue vivo, y quien lo recuerda puede volver a caminar por
aquellas calles, puede sentir el viento, el pulso de la batería, el golpe del
bajo, la precisión de un gesto, la perfecta coreografía de la juventud que supo
convertir la noche en un acto de belleza y pertenencia. Y en ese instante, la
vida que se ha pasado se olvida, y uno se encuentra otra vez joven, elegante,
listo para arrancar, con la ciudad ante sí y la música corriendo por las venas,
y todo, absolutamente todo, parece posible otra vez.
Sergio Calle
Llorens

