Una vez leí
en algún sitio que Blondie no era solo una banda, sino la perfecta
colisión entre la frialdad de la calle neoyorquina y el calor de un estribillo
pop perfecto. Al frente, Debbie Harry, la mujer que nunca pidió permiso
ni bajó la mirada ante nada ni ante nadie. La cantante rubia, emparentada con Eve
Babitz, con sus gafas que bajaba hasta la punta de la nariz para revelar
unos ojos sonrientes y una mirada muy fija. Alguien que no solo fue musa, sino
autora, líder y visión absoluta. Es posible que la fiesta musical comenzara
antes de que ellos nacieran, pero, incluso llegando después, vinieron a
cambiarlo todo.
La música
de Blondie ha sido
parte de la banda sonora de mi vida y, con toda seguridad, lo seguirá siendo
hasta que la muerte me separe de la vida. Sus notas musicales sonaron bajo la
luna hedonista de La Malagueta en los años ochenta. También me hicieron
compañía cuando creí que podía crear mi propia versión de Sgt. Pepper’s
Lonely Hearts Club Band. Podría decir que toda la pasión que ardía en mi
interior, incluso con mis fracasos, terminaba resurgiendo de las cenizas de sus
letras para escribir otra carta. Y miren que yo podría dejar de contar cosas
porque nadie cuenta conmigo, pero luego llega la noche y las canciones del
tocadiscos me hacen escapar de un pozo sin fondo.
La vida debe
ser horrible sin canciones. La existencia debe ser más amarga sin estas letras.
Porque hubo
una época en la que una canción podía cambiarte la vida. No metafóricamente. De
verdad. Bastaba con escuchar los primeros compases para sentir que algo se
abría delante de nosotros, una grieta por la que entraba el aire de un mundo
nuevo.
Para un
joven de la Movida malagueña, escuchar a Blondie era también descubrir
que la belleza podía ser insolente, que una mujer podía convertirse en mito sin
pedir disculpas por su deseo, su inteligencia o su poder. Y entonces aparecía Debbie
Harry, rubia, voluptuosa, casi rubensiana, con aquella mezcla imposible de
fragilidad y desafío. Yo la contemplaba desde la portada de un disco y desde
las imágenes que llegaban hasta nosotros, intentando descifrar qué demonios
tenía aquella mujer para que resultara tan magnética. Su voz me parecía de
terciopelo. O eso pienso ahora. Quizá la memoria también inventa la
textura de las voces que amamos.
Después
sonaba “Denis”.
Y todo
cambiaba.
Aquel nombre
repetido una y otra vez tenía algo de conjuro adolescente. No hacía falta
entender demasiado. Bastaba dejarse llevar. Y cuando llegaba “Sunday Girl”,
aquella descarga de electricidad parecía decirnos que el mundo estaba ahí
fuera, esperándonos. Que había que salir, llamar, besar, equivocarse, volver a
empezar. Que todavía estábamos a tiempo de convertirnos en quienes soñábamos
ser.
Eso
significaron para muchos de nosotros aquellas canciones: la posibilidad.
La
posibilidad de que la vida no fuera solamente aquello que habíamos heredado. De
que pudiera inventarse. De que una ciudad, una noche, un disco y una mujer
pudieran enseñarte, sin darte ninguna lección, que había otras maneras de estar
en el mundo.
Hoy han
pasado demasiados años. Algunos nombres se han borrado, algunas caras se han
vuelto fotografías y muchos de aquellos sueños han acabado en lugares que jamás
habríamos imaginado. Pero pongo un disco de Blondie y sucede algo extraño:
durante tres minutos y cuarenta y tantos segundos, el tiempo pierde sus
derechos.
Vuelve el
muchacho.
Vuelve
intacto.
Vuelve con
la insolencia de quien todavía no sabe todo lo que va a perder.
Y Debbie
Harry vuelve a mirarlo desde el otro lado del tiempo, con sus gafas en la punta
de la nariz, esa sonrisa que parece saberlo todo y aquella voz de terciopelo
que todavía consigue abrir una puerta donde yo creía que ya no quedaba ninguna.
Entonces
empieza “Call Me”.
Y comprendo
que quizá crecer no consiste en dejar atrás al joven que fuimos, sino en
aprender a encontrarlo cuando una canción vuelve a sonar.
La aguja
sigue girando.
Debbie
canta.
Y, por un
instante, vuelvo a tener toda la vida por delante
Sergio Calle Llorens
