Zapatero
estaba de corrupción hasta las cejas. Esas franjas de vello estratégicamente situadas sobre las
cuencas de los ojos, que agitaba con entusiasmo de telepredicador durante las
campañas electorales. Las manos, en cambio, parecía reservarlas para otros
menesteres: supuestamente para trincar del petróleo o del oro venezolano. Las
mismas extremidades con las que ocultaba presos políticos en el Caribe. Los
mismos dedos con los que firmaba acuerdos con algunos de los peores dictadores
del planeta.
«La
tierra no pertenece a nadie, salvo al viento», proclamaba el expresidente que negó la crisis
económica hasta que la crisis terminó llamando a su puerta con una maza.
Aquella brisa poética se ha convertido ahora en vendaval judicial y amenaza con
empujarlo directamente hacia la cárcel; junto a Maduro, junto a sus hijas
políticas y junto a toda esa corte tropical de aduladores del chavismo.
Mientras tanto, un servidor mantiene una botella de champán francés enfriándose
en la nevera para celebrar el acontecimiento. Entonces tendrá que abandonar su
soñada ocupación de “supervisor de nubes acostado en una hamaca”.
«El
infinito es infinito; el universo es infinito y probablemente no cabe en
nuestra cabeza»,
decía Rodríguez en uno de sus infumables discursos. Especialmente en la suya:
cabeza de chorlito ilustrado.
«Everyday,
all day, bonsáis»,
declaró el leonés durante una visita a La Moncloa del canciller Schröder
y del presidente Chirac. Una frase destinada a cambiar para siempre el
rumbo del pensamiento occidental y a dejar a Platón convertido en tertuliano de
sobremesa.
«Hoy estamos
mejor que ayer y mañana estaremos mejor que hoy». Y al día siguiente estalló
una bomba en la T-4 de Barajas. Una vez más quedaba demostrado que el
personaje, además de inútil, arrastraba una leyenda negra de gafe únicamente
comparable a la de Tomás Roncero.
«España
es un poderoso trasatlántico», declaró ufano durante el centenario del hundimiento del Titanic.
Ya ven ustedes que de historia siempre anduvo, como su única neurona, bastante
justito.
«Los
130.000 no son parados; son personas que se han apuntado al paro», confesó el marido de Sonsoles
sin despeinarse ni pestañear.
Produce
escalofríos pensar que semejante palurdo haya presidido un país europeo y
occidental. El hombre que, después de arruinar España, todavía pretendía
repartir lecciones de moral y ética. Él. Precisamente él. El imputado moral
permanente.
A
resultas de todo esto conviene distinguir entre el simple tonto y el imbécil
solemne.
El tonto se
equivoca porque ignora. Le faltan datos, experiencia o contexto. Eso nos sucede
a todos. Nadie atraviesa la vida sin despeñarse alguna vez por los desfiladeros
de la ignorancia. Pero el tonto tiene remedio: aprende. Cuando comprende,
rectifica. Cuando ve con claridad, cambia de opinión.
El
imbécil es otra cosa.
No yerra por
falta de información, sino por soberbia. Ve la evidencia. Escucha la verdad.
Percibe el error y, aun así, persevera en él con fanatismo litúrgico. Ahí
reside la diferencia esencial.
El tonto
todavía está en camino. El imbécil convierte el error en trinchera. Uno
agradece la corrección; el otro se ofende, se rasga las vestiduras y acusa al
espejo de deformarlo. Uno revisa sus ideas; el otro las defiende incluso cuando
sus postulados se desploman como yeso húmedo.
Al tonto se
le puede enseñar. El imbécil, en cambio, carece de solución posible. Ser tonto
es humano. Volverse imbécil constituye una decisión del carácter.
Y si alguien
duda de ello, basta con asomarse a las redes sociales para contemplar cómo
legiones de imbéciles continúan defendiendo a un personaje como Zapatero,
que ya empieza a oler a presidio.
Los demás
brindaremos con Moët & Chandon.
Sergio Calle
Llorens

