Madrid
amanece con ese color de periódico viejo que tienen las ciudades cansadas. Los
barrenderos empujan la noche hacia las alcantarillas, los primeros autobuses
resoplan como viejos caballos de hierro y en las terrazas algún madrugador moja
el churro en el café mientras hojea titulares que ya nacen arrugados. Madrid
siempre ha sido así: una ciudad que despierta deprisa y piensa tarde. Si
uno camina lo suficiente por sus calles, todavía puede imaginar a un hombre
flaco, nervioso, con levita negra y una ironía afilada como una navaja. Se
llamaba Mariano José de Larra, aunque firmaba muchas veces como Fígaro,
que era una forma elegante de esconderse mientras decía verdades que nadie
quería escuchar.
Larra
miraba a la capital del reino como quien observa un teatro lleno de actores
mediocres. En sus
artículos retrató a los funcionarios perezosos, a los políticos huecos, a los
burócratas que convertían cualquier trámite en una novela interminable. El país
que describía era un país que parecía avanzar con los pies atados. Su famosa
sátira sobre el “vuelva usted mañana” no era sólo una broma: era el
diagnóstico de una enfermedad nacional que todavía hoy da síntomas cada mañana
en alguna ventanilla administrativa.
Lo
extraordinario es que Larra tenía apenas veintitantos años cuando
escribía con esa lucidez feroz. Era joven, elegante, brillante y profundamente
incómodo para su tiempo. Amaba a España con la misma intensidad con la que
la detestaba, como quien quiere a un familiar que no deja de cometer
disparates. Su pluma era una mezcla peligrosa de inteligencia, desesperación y
sarcasmo, tres ingredientes que en política suelen ser dinamita.
Pero Larra
no sólo escribió sobre la sociedad: también escribió, sin saberlo, sobre el
corazón humano. Su vida sentimental fue un campo de batalla romántico, como
correspondía a un escritor del siglo XIX. Su relación con Dolores Armijo
terminó convirtiéndose en una tragedia privada que acabaría mezclándose con su
desesperanza pública. Un día de febrero de 1837, después de una ruptura que
terminó de quebrarlo, Larra se encerró en su casa de la calle Santa
Clara y se pegó un tiro. Tenía apenas veintisiete años. España perdía
así a uno de los pocos hombres que la entendían demasiado bien.
Desde
entonces han pasado casi dos siglos y Madrid sigue despertando con el mismo
aire entre cansado y burlón. Cambian los trajes, cambian los gobiernos,
cambian las palabras, pero hay algo en el fondo del país que parece resistirse
a cambiar del todo. Quizá por eso leer a Larra produce una sensación
extraña: uno tiene la impresión de estar leyendo el periódico de esta misma
mañana.
Y tal vez
por eso conviene recordarlo.
Porque
España cambia de siglo.
Pero nunca
deja de parecerse a sí misma.
Sergio Calle Llorens



