Los
ahorcamientos de mujeres violadas, homosexuales o manifestantes son el pan
nuestro de cada día en Irán. Ninguna de las setenta resoluciones de la Asamblea
General de las Naciones Unidas condenando la situación de los derechos
humanos en ese terrible país ha servido para nada. Especialmente porque ninguna
teocracia ha caído jamás gracias al derecho internacional. Por ello, ver
estallar las bombas sobre las cabezas de los ayatolás produce una sensación de
alivio —cuando no de franca felicidad— en muchos de nosotros, los occidentales.
Bien es
cierto que nuestros países comercian con otros regímenes tan criminales como el
iraní. Empero, en el mundo de la geoestrategia no hay aliados eternos, sino
intereses. Ya nos gustaría a todos terminar, y de un plumazo, con países como
el cochambroso Marruecos, Catar o Arabia Saudí, pero todo a su tiempo.
Ya llegará la hora de marchar también sobre ellos.
Ahora las
bombas se dirigen raudas y veloces hacia todos los rincones de Irán. Con ellas,
el miedo ha cambiado de bando y, mientras tratan de defenderse por tierra, aire
y mar —bueno, en el mar ya no les quedan demasiados barcos que perder—, los
chiíes no pueden seguir financiando a más grupos terroristas y su arsenal de
cohetes continúa menguando camino de la derrota total.
La guerra es
un asunto feo, pero en ocasiones resulta necesaria. Bien lo sabía Winston
Churchill antes de que al cabo austríaco se le ocurriese invadir Polonia.
Por eso lucharon en las playas, en los aeródromos, en los campos y en las
colinas. Nunca se rindieron. Tampoco lo hicieron los españoles que salvaron a Europa
del dominio otomano en el Mediterráneo durante la batalla de Lepanto
—la más alta ocasión que vieron los siglos—, ni los arcabuceros de los Tercios
que contuvieron al turco ante las murallas de Viena. Tampoco entonces
capitularon ante los sarracenos.
El “no a
la guerra” es un grito infantil que esconde el cálculo electoral del embustero de Sánchez.
El “sí a la guerra”, en cambio, nos recuerda la sangre que vertimos en los
campos de la vieja Europa. La sangre de soldados que murieron por
grandes ideales, porque nuestra civilización —por mucho que les pese a los
estúpidos wokistas de toda índole y condición mental— sigue siendo la más
grande de las civilizaciones.
Europa
parece estar despertando. Y ese despertar debe convertirse en un clamor que
ayude a Israel y a los Estados Unidos a terminar el trabajo. Es posible
que las aguas del mar se tiñan de rojo carmesí y que el precio sea alto, como
siempre lo ha sido cuando la historia llama a la puerta de los pueblos libres.
Pero hay momentos en los que la espada debe hablar para que vuelva a reinar la
paz.
Ha llegado
la hora.
La hora de
recordar quiénes somos.
La hora de no retroceder.
La hora de que los fanáticos del turbante comprendan, de una vez por todas, que
Occidente no ha olvidado luchar.
Porque
cuando Europa despierta, la historia vuelve a escribirse con acero.
Sí a la
guerra.
Sergio Calle Llorens



