Una luz
dulcísima se filtra entre las nubes a la hora en que me sumerjo en el mar. Solo
el estridente canto de las gaviotas rompe la paz del amanecer. Ni siquiera las
playas parecen despiertas, pero mis amigas, las Intrépidas, ya han plantado sus
toallas y sus bártulos sobre la arena. Entre todas acumulan varios siglos de
vida.
Me conocen
porque una de ellas, Marta, es una entusiasta de mis novelas y ha introducido
mis libros en el Club del Crimen. Todas leen para descubrir al asesino
antes que el detective. Agatha Christie, por supuesto, reina sobre sus
estanterías. Ella es la soberana del misterio; ellas, sus más fieles devotas.
Y, si excluimos a los hombres morenos de culo prieto, no existe nada que
entusiasme más a las integrantes de este peculiar club.
Cuando salgo
del agua, Carmen me lanza la misma pregunta de cada mañana.
—¿Está buena
el agua?
Asiento con
la cabeza.
Carmen tiene
la costumbre de rematar cualquier sorpresa con un sonoro «¡hala!». Y esta
mañana, al comprobar que su amiga Lucía vuelve a enseñar las domingas en pleno
martes, no puede evitar la exclamación.
Lucía debió
de ser un auténtico pibón en su juventud. Conserva una mirada pícara que jamás
se pierde en el horizonte. Antonia, en cambio, es la prudencia hecha mujer.
Prefiere la seguridad de la arena y se queda vigilando las pertenencias
mientras las demás juegan a ser sirenas en el Mediterráneo.
Yo ya me he
tumbado sobre la toalla e intento contener la sonrisa cuando las oigo lanzar
esos grititos inevitables al primer contacto con el agua.
Pero no se
equivoquen: estas mujeres no tienen un pelo de inocentes.
Hay un
detalle en su biografía que resulta, cuanto menos, inquietante: todas
enviudaron antes de que sus maridos cumplieran los sesenta años. Lo sé porque
ellas mismas me lo contaron. Según dicen, fueron cayendo uno detrás de otro en
años sucesivos.
En fin,
una vez es casualidad; dos, coincidencia; tres… ya empieza a parecer obra del
enemigo.
Quién sabe.
Tal vez tantas novelas policiacas hayan terminado por perfeccionar su dominio
del arsénico.
—¿Les
hicieron la autopsia a sus difuntos maridos?
Estallan en
carcajadas antes de lanzarme una advertencia.
—En el mar
es muy fácil morirse.
Decido no
seguir haciendo preguntas.
Mis ojos se
distraen entonces contemplando a dos espléndidas morenas que caminan por la
orilla de una playa ancha, de arena blanca, una de esas playas que, por
fortuna, nunca se llena de presencias demasiado aberrantes para mi gusto.
Al poco, mis
amigas salen del agua con esa expresión de felicidad que solo concede un baño
temprano. Ni siquiera empapadas consiguen parecerme inocentes.
—Sergio,
¿cuándo nos vas a dedicar unas líneas en uno de tus artículos?
Les regalo
mi mejor sonrisa antes de responder.
—Cuando
vosotras me confeséis cómo van esos clítoris. ¿Chupetón arriba o chupetón
abajo? Porque por ahí se comenta que habéis tenido una vida... bastante
intensa.
—¡Hala!
—vuelve a exclamar Carmen.
—Mira,
Sergio, nuestras aventuras sexuales ya forman parte del pasado —dice Lucía.
—Bueno...
las tuyas no tanto —replica Carmen sin concederle un segundo de tregua.
El Club del
Crimen estalló de nuevo en carcajadas. Las gaviotas levantaron el vuelo, el mar
siguió respirando con la misma calma y el sol terminó de imponerse sobre el
horizonte.
Las vi
marcharse despacio, dejando sobre la arena un rastro de risas y salitre. Pensé
que la juventud presume de músculos, pero la vejez presume de historias. Y las
de estas mujeres darían para varias novelas... siempre que nadie se empeñe en
investigar demasiado.
Yo me
limitaré a seguir saludándolas cada mañana.
Y, si un día
dejo de escribir, ya saben dónde empezar la investigación.
Sergio Calle
Llorens