A veces me
pregunto cómo hemos pasado del humor inteligente de Tip y Coll al de Manu
Sánchez. Del ingenio afilado, la paradoja brillante y la comicidad
surrealista de aquella pareja irrepetible a la militancia política disfrazada
de entretenimiento. De la España que se reía de sí misma con la elegancia
del absurdo, heredera de Jardiel Poncela, Mihura y las greguerías imposibles de
Gómez de la Serna, a otra que confunde la propaganda con el humor y el
aplauso sectario con el talento.
Tip y
Coll conseguían que
uno riera sin saber exactamente dónde terminaba el disparate y comenzaba la
inteligencia. Manu Sánchez logra el efecto contrario: uno escucha atentamente y
sigue sin encontrar ninguna de las dos cosas.
El sevillano
presenta un programa en la televisión pública llamado El perro andaluz. El
problema es que el can no ladra: rebuzna.
Para
defenderse de sus detractores, Sánchez afirma que no habla un mal español,
sino un buen andaluz. El inconveniente es que el andaluz, como lengua
diferenciada, no existe. A esa variedad lingüística los especialistas la
denominan español meridional. Y esto, queridos contribuyentes, no es una
opinión, sino una realidad ampliamente aceptada por la filología y la
lingüística. Lo que sucede es que los límites intelectuales del personaje
parecen nacer y morir en Dos Hermanas, alimentándose de una fuente
inagotable de simpleza ideológica. No pasa un solo día sin que chapotee con
entusiasmo en las aguas turbias de cierta mitología política convertida en
dogma. Como aquellos beatos que veían milagros en las manchas de humedad, él
parece encontrar sabiduría en cualquier consigna que emane de los altares de su
parroquia política.
Canal
Sur, en verdad, hizo mucho daño. La proliferación industrial de sevillanos televisivos
empeñados en convertir la caricatura en identidad colectiva dejó una huella
difícil de borrar. Llegaron los programas de viejas palanganeras en busca de
novio, las retransmisiones interminables del Rocío y el insufrible salto de la
verja elevado a categoría cultural. Durante años intentaron convencernos de que
ser andaluz consistía precisamente en eso: hacer el ridículo y presumir de
ello. Como si Andalucía hubiera dado al mundo únicamente chascarrillos de barra
de bar y no también a Velázquez, Machado, Juan Ramón Jiménez o María
Zambrano.
Aquella
televisión parecía empeñada en fabricar una Andalucía de cartón piedra, una
tierra donde todo el mundo contaba chistes, tocaba palmas o perseguía una
cámara. Una Andalucía reducida a estampita folclórica para consumo
interno. Y cuando una caricatura se prolonga durante demasiado tiempo, acaba
siendo confundida con la realidad.
En ese
contexto nace el payaso mediático que hoy hace chistes con la corrupción de
cualquiera, excepto con la de los suyos. No vaya a ser que P. S. se enfade y le
cierren el programa en esa televisión pública que tan generosamente lo cobija.
Y miren que el material es abundante. Ahí están los escándalos de Vergonya
Gómez, las andanzas de Ábalos o las joyas del imputado Zapatero. Pero no.
De eso no se habla. El humorista oficial del régimen parece haber aprendido una
lección elemental: la sátira siempre es más cómoda cuando apunta hacia los
demás.
Los viejos
maestros del humor ridiculizaban al poderoso porque entendían que la risa era
una forma de libertad. Los nuevos bufones hacen exactamente lo contrario:
protegen al poderoso y ridiculizan únicamente a quienes están fuera de su
parroquia ideológica. La diferencia entre ambas actitudes es la misma que
existe entre el humor y la propaganda.
El
perro andaluz
representa casi todo lo que detesto: la chabacanería convertida en virtud, la militancia
recalcitrante elevada a identidad personal y la defensa incondicional de la
organización política a la que se vota. Él pertenece al Guadalquivir. Yo al
Mediterráneo. Su mirada nace y muere en un río. La mía se pierde en un
horizonte salado donde las olas acercan y alejan certezas, donde toda
convicción es provisional y todo dogma merece una sonrisa escéptica.
El río suele
conducir siempre al mismo sitio. El mar, en cambio, invita a partir. Quizá por
eso él parece cómodo dentro de los márgenes de una única verdad, mientras que
yo prefiero navegar entre dudas. Después de todo, las certezas absolutas han
causado más estragos que las tormentas.
Por ello
concluyo, y concluyo sin reservas, que mi patria marítima me ha enseñado a
desconfiar de cualquier organización creada por los seres humanos. Después de
todo, la política se parece mucho al sexo. Tras estudiar con detenimiento el
Kamasutra, he llegado a una moraleja sencilla: da igual cómo te
pongas porque, al final, te van a follar igual.
Y
especialmente en un país donde se conceden programas de televisión a un cretino
como Manu Sánchez. Un hombre al que, aunque quizá no lo sepa, conviene
recordarle una vieja máxima sobre cierto socialismo patrio: consiste
básicamente en robar mucho y declarar poco.
Sergio Calle Llorens