En Estados
Unidos un policía escucha un disparo, saca la pistola, pone cara de Clint
Eastwood con estreñimiento y en menos de treinta segundos ha detenido a
tres delincuentes, desactivado una bomba, salvado a un niño y pedido una
hamburguesa con queso. En Belfast las cosas funcionan de otra manera. Aquí un
agente puede tardar bastante más en decidir qué demonios está pasando, porque
antes de sacar el arma tiene que pensar, hablar, medir el peligro y, si es
posible, regresar vivo a la comisaría.
Bienvenidos
a Blue Lights, una de esas series que demuestran que para hacer una
magnífica ficción policial no hace falta trasladar Manhattan a cualquier
parte del mundo ni llenar la pantalla de tipos con mandíbula de granito,
músculos de gimnasio y una pistola del tamaño de un lanzagranadas.
La serie de
los guionistas Declan Lawn y Adam Patterson nos lleva a Belfast y sigue
a tres policías novatos durante su periodo de aprendizaje en una comisaría de
la ciudad: Grace, una antigua trabajadora social; Tommy, un joven tímido al que
le cuesta imponer autoridad, y Annie, una muchacha rebelde que parece haber
interpretado el reglamento como una sugerencia.
Y ahí está
uno de los grandes aciertos de Blue Lights: sus protagonistas no llegan
a la policía sabiendo hacerlo todo. Aprenden.
Parece una
obviedad, pero no lo es.
En
demasiadas series policiales el protagonista aparece en pantalla como si
hubiera nacido con una placa debajo de la almohada. Sabe disparar, conducir,
interrogar, perseguir, investigar, pelear, hackear el Pentágono y probablemente
preparar un buen arroz con bogavante. Aquí no. Aquí los policías se equivocan,
sienten miedo, dudan, se bloquean, se enfadan y descubren que llevar un
uniforme no convierte a nadie en Superman.
Y eso hace
que resulten humanos.
Especialmente
Grace, interpretada por una magnífica Siân Brooke, que consigue
transmitir algo muy complicado: la tensión entre la persona que quiere ayudar a
los demás y la policía que tiene que aprender a poner límites. Su pasado como
trabajadora social no es un adorno del personaje, sino una parte fundamental de
su manera de enfrentarse al mundo.
Y después
está Katherine Devlin, que interpreta a Annie Conlon.
Esta mujer
llena la pantalla.
No necesita
montar una escena para hacerse notar. Tiene esa presencia que poseen algunos
actores capaces de convertir una conversación aparentemente insignificante en
algo que merece la pena mirar. Annie es impulsiva, desafiante, imperfecta y
bastante incapaz de comportarse como se supone que debe hacerlo una policía
recién llegada. Es decir, exactamente el tipo de personaje que uno quiere
seguir viendo.
Luego está
Tommy, interpretado por Nathan Braniff, cuya evolución resulta especialmente
interesante porque parte desde el extremo contrario: no le sobra confianza,
precisamente.
Los tres
forman un grupo que funciona porque no son tres versiones del mismo policía.
Y alrededor
de ellos aparece una colección de veteranos que aporta otra de las virtudes de
la serie: experiencia, cansancio, humor, desencanto y una humanidad que pocas
veces aparece en los policiales de cartón piedra.
Entre ellos
está Richard Dormer, que interpreta a Gerry Cliff.
Dormer está
magnífico.
Tiene esa
capacidad para transmitir autoridad sin necesidad de levantar la voz. Su
personaje pertenece a una generación de policías que ha vivido otra Belfast y
que entiende perfectamente que el uniforme que lleva encima tiene una historia
que pesa. Una historia que no desaparece porque alguien haya decidido que ahora
estamos en una época distinta.
Porque Belfast
es otro personaje de la serie.
Y menudo
personaje.
La ciudad no
aparece como una postal turística ni como un decorado intercambiable. Sus
calles, sus barrios y sus heridas forman parte de la historia. Belfast tiene
memoria. Y la policía también.
Por eso
resulta tan interesante que Blue Lights se desarrolle en Irlanda del
Norte sin convertir los Troubles en una excusa para hacer otra serie
sobre los Troubles.
El conflicto
está ahí.
Se nota.
Pesa.
Aparece en
la relación entre determinados sectores de la comunidad y la policía, en las
desconfianzas heredadas, en los paramilitares y en esa sensación de que algunas
heridas históricas no desaparecen porque hayan dejado de ocupar las portadas de
los periódicos.
Pero la
serie no necesita convertir cada episodio en una clase de Historia
Contemporánea de Irlanda del Norte.
Hace algo
bastante más inteligente: nos enseña cómo viven esa realidad quienes tienen
que ponerse el uniforme todas las mañanas.
Y ahí
aparece otra de sus grandes diferencias.
En Blue
Lights la policía no es omnipotente.
No llega un
coche patrulla, baja un tipo con gafas de sol y se acaba el problema.
A veces el
problema empieza precisamente cuando llega la policía.
Hay vecinos
que no quieren hablar. Hay delincuentes que conocen el terreno mejor que los
agentes. Hay situaciones en las que la autoridad tiene que medirse con cuidado
porque una mala decisión puede convertir un problema pequeño en uno enorme.
Y eso genera
una tensión mucho más interesante que la simple persecución de un delincuente.
También hay
humor.
Mucho.
Pero es un
humor seco, británico, en ocasiones negrísimo, que aparece en los lugares más
inesperados. No rompe la tensión; forma parte de ella. Porque incluso en una
comisaría de Belfast hay momentos en los que alguien tiene que decir una
barbaridad para soportar el día.
La serie
tampoco necesita convertir cada intervención policial en una exhibición de
violencia.
Aquí una
pistola es una pistola, no un complemento de moda.
Los agentes
tienen que valorar cuándo intervenir, cómo hacerlo y cuáles pueden ser las
consecuencias. La violencia tiene un peso que no siempre tiene en el policial
norteamericano.
Y eso me
gusta.
Me gusta
porque Blue Lights entiende que un policía no es una máquina de detener
delincuentes.
Es una
persona que vuelve a casa después del turno.
Y esa
diferencia cambia completamente la manera de contar una historia.
La primera
temporada ya dejaba claro que detrás de los tres novatos había una trama
criminal de mayor alcance, con bandas locales y organizaciones paramilitares.
En la segunda, los personajes han crecido y la serie amplía el mundo criminal
que rodea a la comisaría.
Pero lo que
me interesa de Blue Lights no es solamente descubrir quién delinque.
Me interesa
descubrir qué le ocurre a la gente que tiene que enfrentarse todos los días
a quienes delinquen.
Ahí está la
diferencia.
Porque una
serie policial puede preguntarte quién es el asesino.
Esta quiere
preguntarte qué significa ser policía.
Y lo hace
sin ponerse trascendente, sin repartir sermones y sin convertir a sus
protagonistas en santos.
Por eso me
ha gustado tanto.
Porque
mientras buena parte de la televisión mundial sigue empeñada en demostrarnos
que Estados Unidos puede resolver cualquier problema con una persecución, tres
helicópteros y ocho cargadores de munición, Blue Lights nos recuerda que
Europa también sabe contar historias policiales.
Y no
necesita copiar a nadie.
Tiene
Belfast.
Tiene unos
actores extraordinarios.
Tiene
personajes con defectos.
Tiene humor.
Tiene
tensión.
Tiene una
ciudad con memoria.
Y tiene algo
todavía más importante: tiene gente dentro de los uniformes.
Después de
ver las dos primeras temporadas, entiendo perfectamente que se haya convertido
en un fenómeno en Reino Unido. La propia Movistar Plus+ la describe como un
éxito de público y crítica, y la serie recibió el BAFTA TV a mejor drama en
2025.
Yo solo
puedo decir una cosa.
Si todas las
policías fueran como las de las series americanas, probablemente habría que
emigrar.
Menos mal
que existe Belfast.
Sergio Calle
Llorens