miércoles, 12 de agosto de 2026

¡PALABREJAS PARA DOMINAR AL REBAÑO!

 

Emily Dickinson decía que una sola palabra posee un poder enorme y es capaz de brillar por sí misma. Yo pienso que, además, un término puede indicar hasta qué punto una persona ha perdido la cabeza e, incluso, hasta la vergüenza.

Ahí tienen la palabra «emprendedor», que los muñequitos del andamio progresista usan para restar poder diabólico al empresario. Una palabreja importada: entrepreneur. Como pueden ver, España siempre copia todo lo malo.

También son legión los que dicen hablar castellano. No les importa que la RAE recomiende el uso del vocablo «español» ya que, entre otros hechos históricos, castellano es el dialecto antiguo de la Edad Media que se hablaba en España. Yo me defiendo con el Cantar de Mio Cid, pero hablar castellano, lo que se dice dominarlo, me cuesta horrores. Por tanto, el español es el idioma global y es lo que se usa en todo el mundo. Pues ni por esas: esta gente es más pesada que un sudamericano en un vídeo de YouTube.

Finalmente, y para colmo, tenemos a esos periodistas que son los señores de las preguntas, pero nunca formulan la cuestión pertinente: ¿por qué usan el término «migrante» en vez de «inmigrante»? Lo escribo porque los migrantes son las aves, porque van y vuelven. Parece mentira que los medios subvencionados nos metan con calzador esta palabreja tan ridícula.

Pues sí, la autora de «Morí por la belleza» tenía toda la razón: una sola palabra tiene un enorme poder y es capaz de brillar por sí misma. Además, sus usuarios nos demuestran hasta qué punto son realmente gilipollas.

Sergio Calle Llorens


martes, 11 de agosto de 2026

¡LA PLAYLIST DE UN PAÍS EN LLAMAS!

 


España atraviesa una de esas semanas en las que la realidad debería imponer silencio en los despachos. Ceuta soporta una presión migratoria extraordinaria, la frontera se convierte en el escenario de una crisis política y humanitaria y Europa vuelve a descubrir que las fronteras, esas líneas que algunos consideran una antigualla administrativa, siguen teniendo la desagradable costumbre de existir. En medio de semejante paisaje, uno esperaría escuchar al presidente hablar de seguridad, de recursos, de diplomacia, de inmigración, de los ciudadanos de Ceuta o de qué demonios piensa hacer el Gobierno. Pero la política contemporánea posee una maravillosa capacidad para convertir cualquier tragedia en una oportunidad de lifestyle. También podemos hablar de música. De libros. De viajes. De sensibilidad. De la playlist presidencial.

Pedro Sánchez lleva tiempo cultivando esa peculiar faceta del político convertido en influencer: presidente del Gobierno por la mañana, crítico musical por la tarde. Rosalía, Extremoduro, Florence + The Machine y demás forman parte de sus recomendaciones musicales. Nada que objetar: un presidente tiene todo el derecho del mundo a escuchar lo que le venga en gana. Incluso a escuchar canciones horribles, si ese fuera su gusto. El problema comienza cuando el ciudadano contempla semejante escaparate cultural desde el otro lado del cristal, mientras contempla también cómo una crisis real golpea una de las fronteras españolas. Entonces la playlist empieza a adquirir un significado involuntariamente cómico. Porque quizá no necesitamos saber qué escucha el presidente. Quizá necesitamos saber si el presidente está escuchando lo que ocurre.

La misma transformación alcanza a algunos miembros de su Gobierno, convertidos en prescriptores culturales de una ciudadanía que, francamente, quizá no estaba esperando semejante servicio público. Yolanda Díaz también ha construido alrededor de su figura ese territorio de libros, recomendaciones y sensibilidad cultural que tan bien funciona en las redes sociales. Y repito: leer, viajar, escuchar música y recomendar libros constituye una actividad perfectamente saludable. Incluso recomendable. Lo verdaderamente extraordinario aparece cuando la política empieza a confundirse con una revista de tendencias. El poder deja de hablar como Gobierno y comienza a comunicarse como una cuenta de Instagram con despacho oficial.

Mientras tanto, el ciudadano contempla el espectáculo con una mezcla de estupor y cabreo. Porque uno puede soportar que el presidente le recomiende una canción. Lo que resulta bastante más difícil de digerir es que parezca existir una enorme distancia entre la sofisticación cultural del mensaje y la crudeza de los problemas que esperan fuera. Ceuta no necesita una banda sonora. Necesita recursos, coordinación, seguridad, respuestas y una política migratoria capaz de explicar qué pretende hacer España cuando la presión sobre sus fronteras aumenta. Y los ciudadanos tampoco necesitan que un ministro les descubra su libro favorito. Ya tienen librerías.

La ironía definitiva consiste en que quienes ocupan el poder parecen empeñados en enseñarnos a disfrutar de la vida mientras la vida real se empeña en estropearles el decorado. Una canción para acompañar el verano. Un libro para la mesilla de noche. Un restaurante imprescindible. Un destino maravilloso. Una recomendación cinematográfica. Y, de fondo, una frontera sometida a una presión extraordinaria. Todo perfectamente ordenado para que el algoritmo no detecte que la realidad se ha colado en el encuadre.

Quizá el problema no sea que Pedro Sánchez tenga una playlist. Quizá el problema sea que, después de tantos años de política convertida en comunicación, uno empieza a sospechar que algunos dirigentes han confundido gobernar un país con gestionar su perfil de Spotify. Y cuando llegan los problemas de verdad, esos que no caben en una fotografía cuidadosamente encuadrada ni admiten un filtro de Instagram, queda una pregunta bastante más incómoda que cualquier recomendación cultural: ¿quién está al mando cuando termina la música?

Sergio Calle Llorens

domingo, 2 de agosto de 2026

¡ALGUNAS MUJERES!


 

Hay gente que, para desprestigiarme, afirma que yo no soy un genio. Sin embargo, puedo confirmar que vivo dentro de una botella. A veces, cuando salgo del frasco, me enfrento a los recuerdos.

Entre ellos, compartí momentos con una bella mujer de cabellos cobrizos cuyo reloj vital se paró en los primeros minutos. Ella fue la muchacha que me escribió que cada historia tiene dos lados… y veinte amantes, terminé añadiendo yo.

Pero los recuerdos nunca llegan solos. En aquella vetusta facultad hallé también al segundo gran amor de mi vida. Muchas lunas después, me confesó que todos sus amigos eran funcionarios de carrera y que, en mi agenda de amiguetes, no había ni un centinela del tiempo de los despachos. Eso equivalía, al parecer, a la separación despectiva que incluye hasta a las sombras de la luz vivida.

Y, como si el pasado aún no hubiera agotado su inventario de ironías, hubo otra señora que tenía dos radares: uno para hackear mis redes sociales y conocer, en tiempo real, a qué mujeres les daba «me gusta»; y otro para detectar con qué bellas y sugerentes señoritas hablaba mientras dormía. En cierta ocasión dibujó una cara de sospecha cuando miré a una cucaracha en la pared. Hasta mi sombra se cansó de no ser la única que me seguía a todas partes. Evidentemente, no puedo culpar a mi gemelo gótico por su hastío tras la persecución sufrida. Bien pensado, dos son compañía y tres multitud, aunque pueda acabar en un ménage à trois.

Por todo lo expuesto, vivo dentro de una botella. Pero ni siquiera acallando el mundanal ruido he podido olvidar el latido exacto de estas afrentas vitales. De ahí que algunas madrugadas salga a escuchar la serena melodía de los grillos mientras una dulce guitarra acompaña la tonada con tres mágicos acordes. Todo se cura. 

Sergio Calle Llorens