domingo, 30 de agosto de 2026

¡BLAKE Y MORTIMER: UNA INVITACIÓN A LA AVENTURA!

 


Aunque ya voy peinando abundantes canas —y a mucha honra—, todavía conservo intacta la capacidad de dejarme llevar por una buena aventura. Eso es precisamente lo que me sucede cada vez que regreso a Blake y Mortimer, una de esas series que no necesitan recurrir a la nostalgia para seguir fascinando. Basta abrir cualquiera de sus álbumes para que la imaginación se ponga en marcha y aparezcan misterios por resolver, conspiraciones internacionales, civilizaciones desaparecidas, científicos brillantes, viajes en el tiempo y amenazas capaces de poner patas arriba el mundo conocido.

Detrás de esta pareja extraordinaria se encuentra Edgar P. Jacobs, uno de los grandes nombres del cómic europeo y figura fundamental de la escuela franco-belga. En 1946 presentó en las páginas de Tintin a dos personajes destinados a convertirse en clásicos: el capitán Francis Blake, miembro del MI5, y Philip Mortimer, un científico de enorme talento. Desde entonces, ambos han protagonizado algunas de las aventuras más ambiciosas y reconocibles de la historieta europea.

Lo interesante de Blake y Mortimer es que Jacobs nunca necesitó convertirlos en personajes idénticos. Al contrario, su riqueza nace de la diferencia. Blake representa la acción, el espionaje, la estrategia y la disciplina; Mortimer aporta la ciencia, la inteligencia y una curiosidad prácticamente inagotable. Uno actúa mientras el otro analiza. Uno se enfrenta al peligro y el otro intenta comprenderlo. Juntos forman un mecanismo narrativo extraordinariamente eficaz.

Y frente a ellos, inevitablemente, el coronel Olrik. Pocos villanos del cómic europeo poseen una presencia tan reconocible. Inteligente, ambicioso y calculador, Olrik es mucho más que el enemigo de turno. Es una amenaza recurrente, una sombra que puede aparecer en Londres, en una aventura arqueológica, en un conflicto científico o incluso en los confines del tiempo. Su inteligencia obliga a Blake y Mortimer a estar siempre a la altura de las circunstancias.

Ahí reside una de las grandes virtudes de Jacobs: su capacidad para convertir una historia de aventuras en muchas historias al mismo tiempo. En sus álbumes caben el espionaje, la investigación detectivesca, la ciencia ficción, la arqueología, la historia y el misterio. El misterio de la Gran Pirámide, La marca amarilla, El enigma de la Atlántida, S.O.S. Meteoros o La trampa diabólica son títulos que permiten comprobar hasta dónde podía llegar aquella imaginación.

Particularmente fascinantes me resultan los viajes en el tiempo. La trampa diabólica juega con una de las grandes obsesiones del ser humano: la posibilidad de abandonar nuestra época y contemplar aquello que fue o aquello que todavía no ha sucedido. Siempre me ha atraído ese territorio en el que la ciencia y la imaginación se dan la mano. Jacobs comprendió que el viaje temporal no necesitaba ser únicamente un recurso espectacular; podía convertirse en una manera de preguntarnos por nuestra propia relación con la historia y con el futuro.

Algo parecido ocurre con El enigma de la Atlántida, donde una de las grandes leyendas de la humanidad sirve de punto de partida para una aventura que mezcla arqueología, ciencia ficción y misterio. La gracia está precisamente en que Jacobs consigue que el lector acepte durante unas horas la posibilidad de que aquello que pertenece a la leyenda pueda tener una explicación escondida. Esa capacidad para hacer creíble lo imposible es patrimonio de los grandes narradores.

Y después está La marca amarilla, probablemente uno de los álbumes más emblemáticos de la serie. El Londres nocturno, la investigación criminal, la atmósfera inquietante y la presencia de un enemigo misterioso convierten sus páginas en una auténtica novela policíaca dibujada. Jacobs demuestra aquí su enorme dominio del suspense y de la ambientación, además de una atención al detalle que se convertiría en una de las características de su obra. Norma Editorial — La marca amarilla

Porque Blake y Mortimer también son eso: atmósfera. Los edificios, los laboratorios, las máquinas, los vehículos y los escenarios están cuidadosamente documentados. Jacobs no parece tener ninguna prisa. Se toma su tiempo para explicar un mecanismo, desarrollar una investigación o mostrar un escenario. Hoy, cuando buena parte del entretenimiento exige velocidad constante, esa manera de narrar puede parecer casi anacrónica. A mí me resulta justamente lo contrario: refrescante.

Hay algo muy estimulante en un cómic que confía en la inteligencia y en la paciencia del lector. Jacobs no entrega siempre la respuesta inmediatamente. Deja pistas, construye hipótesis y permite que la imaginación complete aquello que las viñetas apenas sugieren. Por eso sus aventuras se leen, pero también se exploran.

La importancia de Blake y Mortimer dentro del cómic europeo se entiende mejor cuando observamos su capacidad para sobrevivir a su creador. Jacobs murió en 1987 dejando inconclusa Las tres fórmulas del profesor Sato. Bob de Moor completó posteriormente aquella historia y, después, diferentes guionistas y dibujantes continuaron desarrollando la serie. Norma reúne actualmente 33 álbumes, prueba de que aquellos personajes mantienen una vitalidad extraordinaria varias décadas después de su nacimiento. Norma Editorial — Blake y Mortimer

Naturalmente, ninguna continuación puede reproducir exactamente la personalidad de Jacobs. Cada autor aporta su propia mirada y es inevitable que el lector establezca comparaciones. Pero quizá ahí esté también el mejor reconocimiento que puede recibir una creación: que sus personajes sean capaces de continuar viviendo cuando su creador ya no está.

Lo que más me gusta de Blake y Mortimer, sin embargo, no tiene que ver con las cifras, ni con la longevidad de la serie, ni siquiera con su importancia histórica. Tiene que ver con algo mucho más sencillo: lo que sucede dentro de mi cabeza cuando leo sus páginas.

La imaginación empieza a correr.

Un pasadizo puede conducir a una civilización perdida. Una máquina puede abrir una puerta hacia otro tiempo. Un laboratorio puede esconder un descubrimiento capaz de cambiar el destino del mundo. Londres puede convertirse en el escenario de una conspiración internacional. Y un científico y un capitán británico pueden volver a ponerse en marcha para resolver un misterio que parecía imposible.

Eso es lo que sigo buscando cuando regreso a estos álbumes. No volver a ser niño, sino recuperar durante unas horas esa sensación extraordinaria de que el mundo todavía guarda secretos y de que, detrás de la siguiente página, puede comenzar una aventura.

Y quizá esa sea la verdadera grandeza de Blake y Mortimer: haber conseguido que varias generaciones de lectores comprendamos que la imaginación no tiene fecha de caducidad. Mientras existan historias capaces de hacernos mirar una viñeta y preguntarnos qué habrá al otro lado, siempre quedará un territorio por explorar.

Sergio Calle Llorens

viernes, 28 de agosto de 2026

¡UN DÍA PARA AGRADECER A LA VIDA!

 


Laura llega puntual al Castillo de Santa Catalina en su coche alquilado. Estamos ante una construcción de 1624 que hoy alberga un hotel de cinco estrellas y un restaurante donde se sirven platos cuidados al detalle, sin necesidad de estar hospedado en el establecimiento.

Ya habíamos almorzado aquí en otra ocasión. Si la memoria no me falla, aquel día degustamos ostras francesas Poget Spéciale Normandie y un jamón de bellota cien por cien ibérico. También cayeron un salmón ahumado y algunas croquetas. Un auténtico manjar de dioses.

Pero hoy hemos venido a desayunar contemplando la bahía malagueña desde El Limonar, cuna y refugio de aquella burguesía malagueña que supo convertir este rincón de la ciudad en un lugar de elegancia y sosiego.

Ha llovido bastante desde nuestro último encuentro. Bueno, este año las puertas del cielo se han abierto con tanta facilidad como los boquetes de una recién casada. Laura tiene las piernas tan largas como las mías, así que se sienta a mi lado mientras no deja de emitir pequeños sonidos de aprobación ante cada degustación. Mientras lo hace, su pelo negro se mueve con la brisa de la mañana.

Hablamos lo justo. No hace falta mucho más cuando los croissants y el zumo de naranja abren paso a conversaciones más sedosas, como el caramelo ligero de moscatel o el brioche caramelizado.

Laura es arquitecta y reconoce la importancia de ocupar el espacio, de comprender el movimiento de los astros y de interpretar esa luz incomparable de esta ciudad mediterránea. Yo soy más partidario de dejar los espacios abiertos, de esa inmensidad del océano que, paradójicamente, parece necesitar la pincelada de algún barco navegando en silencio para sentirse todavía más infinita.

Y entonces aparece Gaudí en nuestra conversación.

Gaudí no construía contra la naturaleza, sino con ella. Parecía haber comprendido que los árboles, las conchas, las montañas, las flores y hasta el movimiento de las hojas guardaban un lenguaje secreto que la arquitectura podía aprender a hablar. Allí donde otros levantaban muros, él buscaba formas vivas; allí donde otros trazaban líneas rectas, él dejaba que las curvas respiraran.

Su arquitectura parece nacida de un bosque después de la lluvia, de una montaña que hubiera decidido transformarse en catedral. La luz, lejos de ser un simple elemento funcional, se convierte en materia; entra, rebota, se filtra y acaricia las superficies como si también ella hubiera sido diseñada. Y en sus edificios permanece siempre esa fascinación por las formas orgánicas, por los bosques y por la geometría caprichosa con la que la naturaleza lleva millones de años haciendo obras maestras.

—¿Cuánto tiempo tardaría en concebir semejantes maravillas? —se pregunta Laura.

Yo, en cambio, me pregunto cuánto tiempo tardó la naturaleza en concebir un cuerpo como el suyo.

Miguel Ángel quizá habría necesitado mármol de Carrara para intentarlo. Aunque, pensándolo bien, probablemente tampoco habría sido capaz de mejorar lo que tenía delante. Y quizá habría preferido esculpir hombres.

Yo me limito a admirarla.

Unas horas más tarde estamos en el restaurante Marina Playa, en Torre de Benagalbón, Rincón de la Victoria, un establecimiento reconocido con el primer premio al mejor gazpachuelo tradicional de España.

Cuando Laura se seca en la orilla del mar y llega a la mesa, ha cortado la respiración de los bañistas, de los comensales, de las señoras que la miran con cierta envidia y hasta del propio gazpachuelo, que amenaza con cortarse.

El único que no se corta soy yo.

—La perfección existe —le digo.

Y para perfección, la del helado Melody, nacido en Sicilia Gelati, en Torre del Mar. Una propuesta que ha conquistado el viejo continente al conseguir el galardón al mejor helado de Europa.

Es una obra maestra de Juanma Guerrero, que combina una base cremosa de ricota con una salsa de mandarina y un toque mágico, crujiente y elegante de pistacho de alta calidad.

En definitiva, el heladero malagueño parece haber mantenido un diálogo fructuoso con el mismísimo Dios antes de alcanzar el Olimpo de los grandes nombres de la heladería artesanal. Aunque, pensándolo bien, debería decir que subió al cielo. Y es que esta comarca nuestra de la Axarquía se parece demasiado a un paraíso adelantado, uno de esos lugares que se empeñan en demostrar que todavía quedan sorpresas culinarias capaces de reconciliarnos con el mundo.

Para rematar este día mágico, nuestros pasos nos llevan hasta la fascinante Frigiliana. Paseamos por sus calles sinuosas, fotografiamos sus casas encaladas, sus balcones llenos de flores y esas fachadas que parecen guardar historias detrás de cada puerta.

Después nos tomamos un vermut mientras contemplamos cómo el sol termina besando el mar. El atardecer avanza despacio, casi con pereza, y desparrama sobre el horizonte un color bermejo que invita al silencio.

Horas después, ya en la cama, reflexiono sobre las actividades de la jornada. Un eclipse lunar me hace saltar de ella y, por alguna razón, siento la necesidad de agradecer a la providencia experiencias como las de hoy.

Y es que el doctor me dijo recientemente que estaba agotado física y mentalmente, que necesitaba un cambio, respirar otros aires, salir de la rutina.

Y entonces llegó, presta, mi Laurita.

Llegó para regalarme un día lleno de emociones, de sabores, de mar, de arquitectura, de conversaciones, de risas y de esa belleza que, cuando aparece inesperadamente, consigue que uno vuelva a sentirse vivo.

Gracias, amiga. Te debo una.

Sergio Calle Llorens

jueves, 27 de agosto de 2026

¡COBARDES!

 


Soy de la opinión que Dios siempre bendice a los intrépidos. Porque el valiente no es el que no tiene miedo, sino el que vence a ese temor. El Altísimo conoce ese sufrimiento interno e ilumina su camino vital para verter sobre el mismo todas sus bendiciones. Le aleja de ese proceso por el cual el valeroso vive hasta que el cobarde quiere.

Porque el miedo siempre ha estado ahí. Esperando. Agazapado en algún rincón oscuro del alma, aguardando el momento en que la voluntad flaquee y el hombre decida que es más cómodo vivir de rodillas que morir de pie. La valentía, sin embargo, no consiste en desconocer el miedo, sino en mirarlo de frente cuando todo invita a bajar la mirada.

Ser valiente es morir una vez y ser cobarde es morir millones de veces en vida.

No hay mayor condena que traicionarse a uno mismo. No hay derrota más amarga que aquella que se produce en silencio, cuando nadie nos ve, cuando nadie aplaude, cuando nadie conoce la batalla que se libra dentro de nosotros. Hay hombres y mujeres que vencen en público y pierden en privado. Otros, en cambio, pierden muchas batallas, pero conservan intacta la única bandera que importa: la de sus principios.

Ahí tienen a Esther González, exfutbolista del Real Madrid, que ha borrado de las redes sociales las fotos de su mujer e hijo tras fichar por un equipo de Arabia Saudí. La pasta por encima de su defensa de los derechos del LGTBI. Nada queda ya de la emancipación de las mujeres ni de los derechos de las lesbianas. Tan solo el color verde de los billetes.

La jugadora ha agachado la cabeza sin saber que los gestos importan mucho más que las declaraciones vacuas. Porque hay momentos en los que una decisión pesa más que mil discursos. Momentos en los que basta un gesto para saber de qué está hecho alguien. Y cuando llega la hora de elegir entre la comodidad y los principios, entre el aplauso y la dignidad, entre el dinero y aquello que un día se defendió con orgullo, ya no sirven las palabras.

Otra farsante.

Otro jugador, en este caso del PSG, pide que su compañero no abra una botella de buen champán francés por respeto a su religión tras ganar la Supercopa.

El gesto, insisto, es importante; porque debería ser el musulmán el que respetara las costumbres y hábitos de la vieja Europa. No al contrario.

Puede parecer una tontería, pero no lo es tanto porque nos estamos jugando el futuro que debe ser alejado de las ideas tercermundistas.

Las civilizaciones también se defienden en los pequeños detalles. En aquello que parece insignificante. En una copa que se abre, en una costumbre que se mantiene, en una tradición que no se abandona por miedo a incomodar a nadie. Porque lo que hoy parece una concesión inocente puede convertirse mañana en costumbre, y la costumbre, con el paso del tiempo, puede terminar convirtiéndose en ley.

Personalmente, yo me negué a darle la mano a un corrupto que me denunció porque mis principios estaban por encima de mis intereses.

Sin ir más lejos, me negué a que mis estudiantes entraran en mi clase a rezarle a Mahoma.

La explicación que les trasladé fue simple: esta aula es mi templo y yo soy su sumo sacerdote.

Mi casa, mis reglas.

Hay frases que no necesitan discursos. Hay fronteras que no necesitan mapas. Hay líneas que, una vez trazadas, solo pueden respetarse o cruzarse. Y yo decidí trazar la mía.

Nunca nadie pudo convencerme de que cambiara de parecer. A resultas de todo esto, tuve grandes problemas con la injusticia española. Pagué las consecuencias de mis decisiones, pero jamás di un paso atrás.

Porque todo principio tiene un precio. Y quien no está dispuesto a pagarlo acaba vendiendo aquello que juró defender.

Sencillamente, tomé mi viejo sable y tracé una línea en el suelo mientras decía:

Por aquí no pasan.

Y oigan, nadie ha osado jamás cruzarla.

Quizá porque una línea dibujada en el suelo no es solamente una línea. A veces es una frontera. A veces es una declaración de guerra. A veces es el último refugio de quien ha decidido que podrá perderlo todo menos su dignidad.

En mi vida he llegado a conocer a muchos valientes de boquilla, pero en las distancias cortas, en la penumbra de los callejones y lejos de despachos de abogados carísimos, eran incapaces de defender ni la honra ni la vida.

Los he visto hablar con la voz de los héroes cuando no había peligro y encogerse cuando la tormenta aparecía en el horizonte. Los he visto levantar la bandera de sus convicciones mientras soplaba el viento a favor y arriarla en cuanto llegaron las primeras dificultades.

Porque la valentía no se demuestra cuando todo está ganado.

Se demuestra cuando todo puede perderse.

Aléjense de esta gentuza porque la cobardía, como suele ocurrir con la ignorancia, suele ser contagiosa.

Y recuerden que, cuando llegue la hora de la verdad, cuando desaparezcan los aplausos, cuando se apaguen las luces y solo quede uno frente a sus propias decisiones, nadie podrá luchar por ustedes.

Entonces solo quedarán sus principios.

Y la línea que decidieron no cruzar.

Sergio Calle Llorens

martes, 25 de agosto de 2026

¡CARACOLES: LA LENTA Y GLORIOSA CONQUISTA DE LA FELICIDAD!

 

Hay algo particularmente malagueño en cocinar bien. Una especie de naturalidad insolente. Como si en otros lugares tuvieran que reunirse tres cocineros, consultar cuatro libros y convocar un congreso para decidir cuánto comino poner, mientras en Málaga alguien, sin hacer demasiado ruido, prueba la salsa con una cuchara y dice: «Le falta algo».

Ese «algo» es una ciencia.

Porque los caracoles exigen equilibrio. La salsa debe tener carácter, pero no puede ocultar al protagonista. Tiene que ser sabrosa, aromática, ligeramente picante si procede, profunda y capaz de adherirse al caracol con esa dignidad untuosa que convierte el pan en una herramienta gastronómica imprescindible.

Unos caracoles mediocres son una decepción.

Unos buenos caracoles son un acontecimiento.

Y unos caracoles extraordinarios son capaces de provocar esa escena tan española en la que todos empiezan diciendo que no tienen demasiada hambre y, veinte minutos después, están disputándose discretamente el último trozo de pan.

Porque el secreto no está solamente en el caracol. Está en la salsa.

Ahí se conoce a un restaurante.

Un restaurante puede tener una carta interminable, una vajilla preciosa, camareros que describen cada plato como si estuvieran presentando una tesis doctoral y una cuenta capaz de provocar una experiencia religiosa. Pero ponga delante unos caracoles y veremos qué sabe hacer.

La cocina de verdad no siempre necesita productos aristocráticos. También se puede demostrar talento con algo humilde, terrestre y aparentemente insignificante. El lujo, en gastronomía, no siempre consiste en añadir ingredientes caros. A veces consiste en conseguir que un plato sencillo tenga profundidad, equilibrio y memoria.

Eso Málaga lo entiende especialmente bien.

Porque aquí existe una manera de cocinar que no necesita pedir permiso. Una cocina que conoce el producto, respeta la tradición y, cuando hace falta, sabe darle una vuelta sin convertirlo en una extravagancia.

Y esa es, a mi juicio, una de las grandes superioridades culinarias de Málaga: la capacidad de hacer extraordinario lo que otros considerarían simplemente cotidiano.

No hace falta disfrazar un caracol.

Hay que cocinarlo bien.

Que la salsa huela antes incluso de llegar a la mesa. Que el primer bocado tenga ese punto de especias que despierta el apetito. Que la carne salga con facilidad de la concha. Que uno pueda concentrarse en el plato durante unos segundos y pensar, con absoluta seriedad, que quizá la civilización haya alcanzado aquí uno de sus pequeños momentos de perfección.

Y entonces llega el pan.

Ese gran olvidado de las críticas gastronómicas.

El pan no pregunta. El pan comprende.

Se introduce en la salsa con discreción y sale convertido en una prueba irrefutable de que Dios, si existe, probablemente también moja pan.

Lo maravilloso de los caracoles es que obligan además a comer despacio. No admiten la vulgaridad de la prisa. Cada uno requiere su pequeño ritual. Se coge, se extrae, se saborea y se vuelve a por otro. Es una gastronomía pausada, casi meditativa, aunque la meditación suele terminar cuando alguien descubre que quedan tres en la cazuela.

Y entonces aparece la verdadera naturaleza humana.

«Ese es mío».

La alta cocina puede hablar de texturas, emulsiones, reducciones y técnicas ancestrales. Todo muy respetable. Pero yo sostengo que existe una forma mucho más sencilla de medir la felicidad gastronómica: poner una cazuela de buenos caracoles en el centro de una mesa y observar cómo desaparece.

Ahí no hay esnobismo.

No hay postureo.

No hay discurso.

Hay hambre, memoria y placer.

Y Málaga, una vez más, sabe hacerlo.

Por eso, cuando unos buenos caracoles llegan a la mesa con una salsa bien hecha, caliente, aromática y generosa, uno comprende que la grandeza culinaria no siempre está en lo complicado. Está en saber hacer bien aquello que parece sencillo.

Los caracoles, además, tienen una última virtud: son probablemente los únicos comensales que llegan al restaurante con la casa puesta.

Y aun así, después de probar la salsa, son ellos los que terminan diciendo que quieren volver al hogar. 

Sergio Calle Llorens

lunes, 24 de agosto de 2026

¡EMIGRANTES, NO INVASORES: LA VERDAD QUE ALGUNOS PREFIEREN OLVIDAR!

 


Decían que los datos policiales eran falsos. Decían que las violaciones cometidas por argelinos y marroquíes no encabezaban la lista de delitos sexuales en España. Afirmaban que el hijab empoderaba a la mujer musulmana, pero muchas huyen de Marruecos por no poder quitárselo. Su huida a territorio civilizado confirma nuestras sospechas porque, finalmente, las marroquíes y subsaharianas violadas por manadas de magrebíes deben ser enviadas a la península para protegerlas de aquello que no sucedía. Ya ven, la realidad es tozuda.

Al parecer, esta pandilla de pánfilos saca también el recordatorio de la emigración española. Todo para ocultar la invasión del desastroso país de Mohamed Último. Aquí la verdad también es obstinada. Lean y aprendan:

Alemania: contrato y selección antes de salir

España y la República Federal de Alemania firmaron en marzo de 1960 un acuerdo específico sobre migración, contratación y colocación de trabajadores españoles. El sistema contemplaba que las empresas alemanas solicitaran trabajadores y que las autoridades españolas participaran en su selección y contratación. El IEE funcionaba como organismo de preselección y control; según el Instituto Cervantes, llegó a gestionar entre seis y siete de cada diez emigrantes españoles que marcharon a Alemania.

Así que, para un trabajador que emigraba por la vía oficial, sí: normalmente existía una oferta concreta y un proceso de contratación antes de viajar. No era una aventura completamente a ciegas. El acuerdo hispano-alemán incluso establecía que las autoridades españolas debían proporcionar al trabajador el pasaporte y los documentos necesarios para el viaje, mientras que la parte alemana expedía una tarjeta de legitimación al trabajador contratado que funcionaba como permiso de trabajo durante un período inicial.

Un ejemplo muy gráfico: los primeros españoles que llegaron a Alemania tras el convenio fueron 160 jóvenes andaluces contratados en 1960 por Brown Boveri & Cie., en Großauheim. Es decir, no llegaron allí y después preguntaron dónde podían trabajar: habían sido reclutados para una empresa concreta.

¿Y Suiza?

Aquí la historia es un poco más complicada. España y Suiza firmaron un acuerdo de contratación de trabajadores en 1961, pero los españoles ya estaban llegando antes. A finales de los cincuenta había diferentes vías de entrada: algunos trabajadores fueron reclutados mediante procedimientos privados, otros llegaron con mecanismos relacionados con el IEE y también hubo españoles que entraron oficialmente como turistas, aunque en realidad iban buscando trabajo. El Instituto Cervantes señala expresamente que los empresarios suizos preferían en ocasiones vías privadas de contratación, sin la mediación española.

Eso significa que no puedes aplicar exactamente el modelo alemán a todos los emigrantes españoles en Suiza. A partir del acuerdo bilateral de 1961, la contratación quedó mucho más estructurada, pero ya existía una corriente migratoria anterior. De hecho, los españoles residentes en Suiza pasaron de unos 1.200 en 1950 a más de 13.500 en 1960, antes del gran crecimiento posterior al convenio.

¿Y Francia?

Francia tenía una situación diferente porque existía una emigración española anterior y unas relaciones migratorias mucho más antiguas. Allí coexistieron emigración organizada, contratación nominativa y redes personales/familiares, por lo que tampoco conviene imaginar un único procedimiento obligatorio para todos.

Pero hay algo importante que suele perderse cuando hablamos de aquella emigración: el Estado español controlaba bastante la salida de trabajadores. La Ley de Bases de Ordenación de la Emigración de 1960 establecía que las oficinas de colocación debían registrar tanto a los españoles que querían emigrar con contrato de trabajo como las ofertas de empresas extranjeras que buscaban mano de obra española. También atribuía a los organismos españoles funciones de información y asesoramiento sobre los contratos y de intervención en las contrataciones colectivas.

Por tanto, sí existía una especie de circuito institucional: una empresa extranjera necesitaba trabajadores → formulaba una oferta → las autoridades españolas la canalizaban → se seleccionaban trabajadores → se formalizaba la contratación → se preparaba la documentación → y el trabajador viajaba al país de destino.

Pero había una segunda emigración, menos ordenada: gente que ya tenía familiares o conocidos fuera, gente que viajaba por su cuenta, trabajadores que entraban como turistas y después buscaban empleo, etc. En Suiza está documentado expresamente este fenómeno.

Y hay un detalle muy interesante para entender la época: España no era simplemente un país del que la gente salía libremente para buscarse la vida por Europa. El régimen franquista quería controlar la emigración, pero al mismo tiempo la fomentaba porque las remesas de los emigrantes eran una fuente importantísima de divisas. Por eso creó toda una estructura administrativa alrededor de ella. La emigración era, en cierto modo, una política económica organizada desde el Estado.

Así que la imagen de aquellos españoles llegando a una estación de Frankfurt, Zúrich o París con una maleta de cartón y empezando desde cero tiene una parte real, pero muchos de ellos habían salido de España con un destino laboral bastante concreto ya organizado. El verdadero salto al vacío no siempre era «¿encontraré trabajo?», sino «¿cómo será mi vida en un país cuyo idioma no conozco, en una fábrica o una obra que apenas puedo imaginar?».

Todos ellos terminaron integrándose. Todos ellos dieron lo mejor que tenían. Aprendieron a expresarse en otras lenguas. Respetaron las normas y la cultura de cada nación. No violaron a nadie. No asaltaron fronteras y una inmensa mayoría se comportaba de manera caballerosa. Nada que ver con los invasores.

Alguien tenía que decirlo.

Sergio Calle Llorens

miércoles, 12 de agosto de 2026

¡PALABREJAS PARA DOMINAR AL REBAÑO!

 

Emily Dickinson decía que una sola palabra posee un poder enorme y es capaz de brillar por sí misma. Yo pienso que, además, un término puede indicar hasta qué punto una persona ha perdido la cabeza e, incluso, hasta la vergüenza.

Ahí tienen la palabra «emprendedor», que los muñequitos del andamio progresista usan para restar poder diabólico al empresario. Una palabreja importada: entrepreneur. Como pueden ver, España siempre copia todo lo malo.

También son legión los que dicen hablar castellano. No les importa que la RAE recomiende el uso del vocablo «español» ya que, entre otros hechos históricos, castellano es el dialecto antiguo de la Edad Media que se hablaba en España. Yo me defiendo con el Cantar de Mio Cid, pero hablar castellano, lo que se dice dominarlo, me cuesta horrores. Por tanto, el español es el idioma global y es lo que se usa en todo el mundo. Pues ni por esas: esta gente es más pesada que un sudamericano en un vídeo de YouTube.

Finalmente, y para colmo, tenemos a esos periodistas que son los señores de las preguntas, pero nunca formulan la cuestión pertinente: ¿por qué usan el término «migrante» en vez de «inmigrante»? Lo escribo porque los migrantes son las aves, porque van y vuelven. Parece mentira que los medios subvencionados nos metan con calzador esta palabreja tan ridícula.

Pues sí, la autora de «Morí por la belleza» tenía toda la razón: una sola palabra tiene un enorme poder y es capaz de brillar por sí misma. Además, sus usuarios nos demuestran hasta qué punto son realmente gilipollas.

Sergio Calle Llorens


martes, 11 de agosto de 2026

¡LA PLAYLIST DE UN PAÍS EN LLAMAS!

 


España atraviesa una de esas semanas en las que la realidad debería imponer silencio en los despachos. Ceuta soporta una presión migratoria extraordinaria, la frontera se convierte en el escenario de una crisis política y humanitaria y Europa vuelve a descubrir que las fronteras, esas líneas que algunos consideran una antigualla administrativa, siguen teniendo la desagradable costumbre de existir. En medio de semejante paisaje, uno esperaría escuchar al presidente hablar de seguridad, de recursos, de diplomacia, de inmigración, de los ciudadanos de Ceuta o de qué demonios piensa hacer el Gobierno. Pero la política contemporánea posee una maravillosa capacidad para convertir cualquier tragedia en una oportunidad de lifestyle. También podemos hablar de música. De libros. De viajes. De sensibilidad. De la playlist presidencial.

Pedro Sánchez lleva tiempo cultivando esa peculiar faceta del político convertido en influencer: presidente del Gobierno por la mañana, crítico musical por la tarde. Rosalía, Extremoduro, Florence + The Machine y demás forman parte de sus recomendaciones musicales. Nada que objetar: un presidente tiene todo el derecho del mundo a escuchar lo que le venga en gana. Incluso a escuchar canciones horribles, si ese fuera su gusto. El problema comienza cuando el ciudadano contempla semejante escaparate cultural desde el otro lado del cristal, mientras contempla también cómo una crisis real golpea una de las fronteras españolas. Entonces la playlist empieza a adquirir un significado involuntariamente cómico. Porque quizá no necesitamos saber qué escucha el presidente. Quizá necesitamos saber si el presidente está escuchando lo que ocurre.

La misma transformación alcanza a algunos miembros de su Gobierno, convertidos en prescriptores culturales de una ciudadanía que, francamente, quizá no estaba esperando semejante servicio público. Yolanda Díaz también ha construido alrededor de su figura ese territorio de libros, recomendaciones y sensibilidad cultural que tan bien funciona en las redes sociales. Y repito: leer, viajar, escuchar música y recomendar libros constituye una actividad perfectamente saludable. Incluso recomendable. Lo verdaderamente extraordinario aparece cuando la política empieza a confundirse con una revista de tendencias. El poder deja de hablar como Gobierno y comienza a comunicarse como una cuenta de Instagram con despacho oficial.

Mientras tanto, el ciudadano contempla el espectáculo con una mezcla de estupor y cabreo. Porque uno puede soportar que el presidente le recomiende una canción. Lo que resulta bastante más difícil de digerir es que parezca existir una enorme distancia entre la sofisticación cultural del mensaje y la crudeza de los problemas que esperan fuera. Ceuta no necesita una banda sonora. Necesita recursos, coordinación, seguridad, respuestas y una política migratoria capaz de explicar qué pretende hacer España cuando la presión sobre sus fronteras aumenta. Y los ciudadanos tampoco necesitan que un ministro les descubra su libro favorito. Ya tienen librerías.

La ironía definitiva consiste en que quienes ocupan el poder parecen empeñados en enseñarnos a disfrutar de la vida mientras la vida real se empeña en estropearles el decorado. Una canción para acompañar el verano. Un libro para la mesilla de noche. Un restaurante imprescindible. Un destino maravilloso. Una recomendación cinematográfica. Y, de fondo, una frontera sometida a una presión extraordinaria. Todo perfectamente ordenado para que el algoritmo no detecte que la realidad se ha colado en el encuadre.

Quizá el problema no sea que Pedro Sánchez tenga una playlist. Quizá el problema sea que, después de tantos años de política convertida en comunicación, uno empieza a sospechar que algunos dirigentes han confundido gobernar un país con gestionar su perfil de Spotify. Y cuando llegan los problemas de verdad, esos que no caben en una fotografía cuidadosamente encuadrada ni admiten un filtro de Instagram, queda una pregunta bastante más incómoda que cualquier recomendación cultural: ¿quién está al mando cuando termina la música?

Sergio Calle Llorens

domingo, 2 de agosto de 2026

¡ALGUNAS MUJERES!


 

Hay gente que, para desprestigiarme, afirma que yo no soy un genio. Sin embargo, puedo confirmar que vivo dentro de una botella. A veces, cuando salgo del frasco, me enfrento a los recuerdos.

Entre ellos, compartí momentos con una bella mujer de cabellos cobrizos cuyo reloj vital se paró en los primeros minutos. Ella fue la muchacha que me escribió que cada historia tiene dos lados… y veinte amantes, terminé añadiendo yo.

Pero los recuerdos nunca llegan solos. En aquella vetusta facultad hallé también al segundo gran amor de mi vida. Muchas lunas después, me confesó que todos sus amigos eran funcionarios de carrera y que, en mi agenda de amiguetes, no había ni un centinela del tiempo de los despachos. Eso equivalía, al parecer, a la separación despectiva que incluye hasta a las sombras de la luz vivida.

Y, como si el pasado aún no hubiera agotado su inventario de ironías, hubo otra señora que tenía dos radares: uno para hackear mis redes sociales y conocer, en tiempo real, a qué mujeres les daba «me gusta»; y otro para detectar con qué bellas y sugerentes señoritas hablaba mientras dormía. En cierta ocasión dibujó una cara de sospecha cuando miré a una cucaracha en la pared. Hasta mi sombra se cansó de no ser la única que me seguía a todas partes. Evidentemente, no puedo culpar a mi gemelo gótico por su hastío tras la persecución sufrida. Bien pensado, dos son compañía y tres multitud, aunque pueda acabar en un ménage à trois.

Por todo lo expuesto, vivo dentro de una botella. Pero ni siquiera acallando el mundanal ruido he podido olvidar el latido exacto de estas afrentas vitales. De ahí que algunas madrugadas salga a escuchar la serena melodía de los grillos mientras una dulce guitarra acompaña la tonada con tres mágicos acordes. Todo se cura. 

Sergio Calle Llorens