Hay gente
que, para desprestigiarme, afirma que yo no soy un genio. Sin embargo, puedo
confirmar que vivo dentro de una botella. A veces, cuando salgo del frasco, me
enfrento a los recuerdos.
Entre ellos,
compartí momentos con una bella mujer de cabellos cobrizos cuyo reloj
vital se paró en los primeros minutos. Ella fue la muchacha que me escribió que
cada historia tiene dos lados… y veinte amantes, terminé añadiendo yo.
Pero los
recuerdos nunca llegan solos. En aquella vetusta facultad hallé también al segundo
gran amor de mi vida. Muchas lunas después, me confesó que todos sus amigos
eran funcionarios de carrera y que, en mi agenda de amiguetes, no había ni un
centinela del tiempo de los despachos. Eso equivalía, al parecer, a la
separación despectiva que incluye hasta a las sombras de la luz vivida.
Y, como
si el pasado aún no hubiera agotado su inventario de ironías, hubo otra señora
que tenía dos radares:
uno para hackear mis redes sociales y conocer, en tiempo real, a qué mujeres
les daba «me gusta»; y otro para detectar con qué bellas y sugerentes señoritas
hablaba mientras dormía. En cierta ocasión dibujó una cara de sospecha cuando
miré a una cucaracha en la pared. Hasta mi sombra se cansó de no ser la única
que me seguía a todas partes. Evidentemente, no puedo culpar a mi gemelo gótico
por su hastío tras la persecución sufrida. Bien pensado, dos son compañía y
tres multitud, aunque pueda acabar en un ménage à trois.
Por todo lo
expuesto, vivo dentro de una botella. Pero ni siquiera acallando el mundanal
ruido he podido olvidar el latido exacto de estas afrentas
vitales. De ahí que algunas madrugadas salga a escuchar la serena melodía de
los grillos mientras una dulce guitarra acompaña la tonada con tres mágicos
acordes. Todo se cura.
Sergio Calle
Llorens
