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domingo, 30 de agosto de 2026

¡BLAKE Y MORTIMER: UNA INVITACIÓN A LA AVENTURA!

 


Aunque ya voy peinando abundantes canas —y a mucha honra—, todavía conservo intacta la capacidad de dejarme llevar por una buena aventura. Eso es precisamente lo que me sucede cada vez que regreso a Blake y Mortimer, una de esas series que no necesitan recurrir a la nostalgia para seguir fascinando. Basta abrir cualquiera de sus álbumes para que la imaginación se ponga en marcha y aparezcan misterios por resolver, conspiraciones internacionales, civilizaciones desaparecidas, científicos brillantes, viajes en el tiempo y amenazas capaces de poner patas arriba el mundo conocido.

Detrás de esta pareja extraordinaria se encuentra Edgar P. Jacobs, uno de los grandes nombres del cómic europeo y figura fundamental de la escuela franco-belga. En 1946 presentó en las páginas de Tintin a dos personajes destinados a convertirse en clásicos: el capitán Francis Blake, miembro del MI5, y Philip Mortimer, un científico de enorme talento. Desde entonces, ambos han protagonizado algunas de las aventuras más ambiciosas y reconocibles de la historieta europea.

Lo interesante de Blake y Mortimer es que Jacobs nunca necesitó convertirlos en personajes idénticos. Al contrario, su riqueza nace de la diferencia. Blake representa la acción, el espionaje, la estrategia y la disciplina; Mortimer aporta la ciencia, la inteligencia y una curiosidad prácticamente inagotable. Uno actúa mientras el otro analiza. Uno se enfrenta al peligro y el otro intenta comprenderlo. Juntos forman un mecanismo narrativo extraordinariamente eficaz.

Y frente a ellos, inevitablemente, el coronel Olrik. Pocos villanos del cómic europeo poseen una presencia tan reconocible. Inteligente, ambicioso y calculador, Olrik es mucho más que el enemigo de turno. Es una amenaza recurrente, una sombra que puede aparecer en Londres, en una aventura arqueológica, en un conflicto científico o incluso en los confines del tiempo. Su inteligencia obliga a Blake y Mortimer a estar siempre a la altura de las circunstancias.

Ahí reside una de las grandes virtudes de Jacobs: su capacidad para convertir una historia de aventuras en muchas historias al mismo tiempo. En sus álbumes caben el espionaje, la investigación detectivesca, la ciencia ficción, la arqueología, la historia y el misterio. El misterio de la Gran Pirámide, La marca amarilla, El enigma de la Atlántida, S.O.S. Meteoros o La trampa diabólica son títulos que permiten comprobar hasta dónde podía llegar aquella imaginación.

Particularmente fascinantes me resultan los viajes en el tiempo. La trampa diabólica juega con una de las grandes obsesiones del ser humano: la posibilidad de abandonar nuestra época y contemplar aquello que fue o aquello que todavía no ha sucedido. Siempre me ha atraído ese territorio en el que la ciencia y la imaginación se dan la mano. Jacobs comprendió que el viaje temporal no necesitaba ser únicamente un recurso espectacular; podía convertirse en una manera de preguntarnos por nuestra propia relación con la historia y con el futuro.

Algo parecido ocurre con El enigma de la Atlántida, donde una de las grandes leyendas de la humanidad sirve de punto de partida para una aventura que mezcla arqueología, ciencia ficción y misterio. La gracia está precisamente en que Jacobs consigue que el lector acepte durante unas horas la posibilidad de que aquello que pertenece a la leyenda pueda tener una explicación escondida. Esa capacidad para hacer creíble lo imposible es patrimonio de los grandes narradores.

Y después está La marca amarilla, probablemente uno de los álbumes más emblemáticos de la serie. El Londres nocturno, la investigación criminal, la atmósfera inquietante y la presencia de un enemigo misterioso convierten sus páginas en una auténtica novela policíaca dibujada. Jacobs demuestra aquí su enorme dominio del suspense y de la ambientación, además de una atención al detalle que se convertiría en una de las características de su obra. Norma Editorial — La marca amarilla

Porque Blake y Mortimer también son eso: atmósfera. Los edificios, los laboratorios, las máquinas, los vehículos y los escenarios están cuidadosamente documentados. Jacobs no parece tener ninguna prisa. Se toma su tiempo para explicar un mecanismo, desarrollar una investigación o mostrar un escenario. Hoy, cuando buena parte del entretenimiento exige velocidad constante, esa manera de narrar puede parecer casi anacrónica. A mí me resulta justamente lo contrario: refrescante.

Hay algo muy estimulante en un cómic que confía en la inteligencia y en la paciencia del lector. Jacobs no entrega siempre la respuesta inmediatamente. Deja pistas, construye hipótesis y permite que la imaginación complete aquello que las viñetas apenas sugieren. Por eso sus aventuras se leen, pero también se exploran.

La importancia de Blake y Mortimer dentro del cómic europeo se entiende mejor cuando observamos su capacidad para sobrevivir a su creador. Jacobs murió en 1987 dejando inconclusa Las tres fórmulas del profesor Sato. Bob de Moor completó posteriormente aquella historia y, después, diferentes guionistas y dibujantes continuaron desarrollando la serie. Norma reúne actualmente 33 álbumes, prueba de que aquellos personajes mantienen una vitalidad extraordinaria varias décadas después de su nacimiento. Norma Editorial — Blake y Mortimer

Naturalmente, ninguna continuación puede reproducir exactamente la personalidad de Jacobs. Cada autor aporta su propia mirada y es inevitable que el lector establezca comparaciones. Pero quizá ahí esté también el mejor reconocimiento que puede recibir una creación: que sus personajes sean capaces de continuar viviendo cuando su creador ya no está.

Lo que más me gusta de Blake y Mortimer, sin embargo, no tiene que ver con las cifras, ni con la longevidad de la serie, ni siquiera con su importancia histórica. Tiene que ver con algo mucho más sencillo: lo que sucede dentro de mi cabeza cuando leo sus páginas.

La imaginación empieza a correr.

Un pasadizo puede conducir a una civilización perdida. Una máquina puede abrir una puerta hacia otro tiempo. Un laboratorio puede esconder un descubrimiento capaz de cambiar el destino del mundo. Londres puede convertirse en el escenario de una conspiración internacional. Y un científico y un capitán británico pueden volver a ponerse en marcha para resolver un misterio que parecía imposible.

Eso es lo que sigo buscando cuando regreso a estos álbumes. No volver a ser niño, sino recuperar durante unas horas esa sensación extraordinaria de que el mundo todavía guarda secretos y de que, detrás de la siguiente página, puede comenzar una aventura.

Y quizá esa sea la verdadera grandeza de Blake y Mortimer: haber conseguido que varias generaciones de lectores comprendamos que la imaginación no tiene fecha de caducidad. Mientras existan historias capaces de hacernos mirar una viñeta y preguntarnos qué habrá al otro lado, siempre quedará un territorio por explorar.

Sergio Calle Llorens

domingo, 9 de marzo de 2025

¡HERGÉ|

 


Georges Remi, conocido como Hergé, nació en 1907 en Etterbeek, Bélgica. Desde muy joven mostró un talento extraordinario para la ilustración y el relato gráfico. No es exagerado decir que Las aventuras de Tintín (publicadas entre 1929 y 1983) son el reflejo más fiel de su propia vida, sus obsesiones y contradicciones.

Hergé era un hombre de múltiples facetas, a menudo en lucha consigo mismo. Tenía un espíritu meticuloso, con un gran sentido de la estética, pero también arrastraba sombras personales y dilemas morales. A través de sus personajes, canalizaba distintas partes de su personalidad.

Tintín es, en muchos sentidos, el hombre que Hergé habría querido ser: un aventurero, intrépido, justo y sin miedo. Representa la parte más luminosa del autor, su amor por los viajes, el misterio y la exploración. Hergé nunca fue un reportero como su personaje, pero a través de él pudo recorrer el mundo desde su mesa de dibujo, investigando cada detalle con una precisión obsesiva.

Curiosamente, a diferencia de otros personajes, Tintín no tiene un gran desarrollo emocional ni cambios profundos. Es un lienzo casi en blanco sobre el que se proyectan los demás personajes, lo que ha llevado a muchos a considerarlo una figura más funcional que emocional.

Si Tintín es el Hergé idealizado, el capitán Haddock es su yo más visceral. Alcohólico, gruñón, sentimental y lleno de debilidades, Haddock es el contrapunto perfecto al impoluto Tintín. Su evolución es especialmente interesante: en su primera aparición (El cangrejo de las pinzas de oro), es un borracho perdido, pero poco a poco se convierte en un personaje con más matices, hasta volverse casi el verdadero protagonista emocional de la serie.

Hergé siempre tuvo una relación compleja con el alcohol y una personalidad melancólica que, como en Haddock, a veces se expresaba con exabruptos de rabia y una vena casi teatral en su forma de hablar (sus insultos creativos son legendarios: “ectoplasma”, “bashi-bazouk”, “mameluco”...).

El castillo de Moulinsart, la residencia del capitán, representa una especie de refugio en la vida de Tintín y Haddock, pero también simboliza algo que Hergé buscó toda su vida: un hogar donde sentirse en paz.

Estos dos detectives torpes, que siempre hablan a la vez y se equivocan en todo, reflejan otra faceta del autor: la burocracia absurda, la repetición sin sentido y la imposibilidad de diferenciar lo importante de lo trivial. Se dice que representan el conflicto interno de Hergé, su mente dividida entre el orden y el caos, la rigidez y la espontaneidad. También podrían simbolizar la censura o el control social, algo que vivió en carne propia, especialmente tras la Segunda Guerra Mundial, cuando fue acusado de colaboracionismo.

La diva de la ópera, siempre irrumpiendo en la vida de los protagonistas con su voz estridente y su desbordante personalidad, representa el miedo de Hergé a lo femenino. Su vida amorosa fue complicada y marcada por la represión emocional. Su primer matrimonio con Germaine Kieckens fue más una relación de compromiso que de amor, y solo en su madurez pudo liberarse y vivir una historia más auténtica con Fanny Vlamynck.

Castafiore no es una villana, pero sí una presencia que rompe la estabilidad de Moulinsart, como si representara una fuerza que Hergé no sabía manejar.

Inspirado en el físico Auguste Piccard, Tornasol es la encarnación de la genialidad aislada del mundo. Representa el lado más obsesivo de Hergé, el hombre que se encierra en su trabajo y pierde la noción de la realidad. Pero también es un reflejo del Hergé que buscaba la espiritualidad y la paz interior en sus últimos años.

Hergé tuvo un pasado complicado durante la ocupación alemana de Bélgica en la Segunda Guerra Mundial. Publicó sus historias en un periódico controlado por los nazis (Le Soir), lo que le valió acusaciones de colaboracionismo tras la guerra. Sin embargo, él siempre se defendió diciendo que solo quería contar historias y que nunca tuvo intenciones políticas.

A lo largo de los años, pasó de ser un dibujante de cómics con una visión simplista del mundo (Tintín en el Congo, con su visión colonialista), a alguien que empezó a cuestionarse todo (Tintín en el Tíbet, donde explora la amistad y la espiritualidad).

Cada personaje de Tintín contiene una parte del alma de su creador. Tintín es su yo ideal, Haddock su yo imperfecto, Tornasol su lado más ensimismado y Castafiore la fuerza que no sabía cómo encajar. Hergé fue un genio atrapado entre el perfeccionismo y la duda, entre el deseo de aventura y la búsqueda de estabilidad.

Murió en 1983 sin haber podido terminar la última aventura de Tintín (Tintín y el Arte-Alfa), dejando un final abierto, como si él mismo siguiera buscando respuestas.

Así que, cuando leemos Tintín, en realidad estamos explorando el alma de Hergé, un hombre lleno de luces y sombras, igual que sus personajes. En cualquier caso, Tintín y sus amigos serán siempre un faro al que mirar en el oscuro mar de la vida.

Sergio Calle Llorens



miércoles, 16 de noviembre de 2016

BATMAN EN BARCELONA

Los héroes no llevan capa. Los héroes van trepando con un traje de mallas por los edificios del Nueva York o, son franmarinos que aprendieron, como un servidor, los secretos de la Cábala en el viejo barrio judío de Venecia. En verdad, el adalid de la clase trabajadora no era John Lennon sino Spiderman. Bruce Wayne, en cambio, es un hombre atormentado por el asesinato de sus padres. Un tipo rico y guapo por el que las mujeres beben los vientos por él mientras su personaje, Batman, se enfrenta a villanos con almas tan oscuras como las calles de Gotham. El impecable sentido de Peter Parker contrasta con las maneras depresivas del multimillonario Wayne. Una forma curiosa de demostrarnos que el verdadero humor solo está al alcance de las personas inteligentes.

Los comics de Batman me gustan pero no los tengo en mi pedestal imaginario de héroes donde descansan los Tintin, Capitán Haddock, Roberto Alcázar, Spiderman o el mismísimo Corto Maltés. Sin embargo, la semana pasada tuve la ocasión de dedicarle un rato a una historia protagonizada por el hombre-murciélago en Barcelona y, justo es reconocer que la aventura me enganchó desde el principio.  Algo normal si tenemos en cuenta la portada del gran Jim Lee y el guión de Mark Waid, uno de los guionistas más reputados del comic norteamericano. También tuvieron que ver en la gozada de la lectura los dibujos de Diego Olmos que, justo es reconocerlo, se ha salido en el Caballero del Dragón con la colaboración de la aragonesa Marta Martínez.

Batman acude a la llamada de la Ciudad Condal y se deja ver por algunos de los sitios más queridos por los barceloneses como La Rambla, la Sagrada Familia y el Hospital de San Pau. En realidad no encuentro un mejor lugar que Barcelona para que un personaje tan gótico como el hombre-murciélago abandone su cuartel general de Gotham city para buscar su camino.  E l reto de este comic ha sido, sin duda, cambiar una ciudad tan oscura y gris con sus gárgolas retorcidas por una villa mediterránea de cielos azules y límpidos.  Además, uno puede sentir como el superhéroe es mucho más vulnerable fuera de su ciudad natal.  La reacción de los policías y de la gente en Barcelona es muy diferente al ver a Batman que la que estamos acostumbrados a presenciar en su territorio querencioso . También Bruce Wayne actua distinto llegando incluso  a participar en el Día de San Jordi pero, ni por esas parece que vaya el hombre a vivir su vida con sentido del disfrute.

Al final del Caballero del Dragón el personaje vestido con traje de chaqueta observa por la ventanilla del avión donde se ve, además de la bella ciudad de Barcelona, el reflejo del hombre-murciélago. Sencillamente genial.

Sergio Calle Llorens

domingo, 20 de abril de 2014

SPIDERMAN 2

De pequeño yo siempre quise ser Spiderman, o mejor dicho, Peter Parker con esa novia pelirroja y esos poderes sobrenaturales mientras trepaba por los muros de la ciudad de Nueva York. Un tipo que me convenció de aquello de que un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Hoy, en cambio, no me importaría convertirme en su creador, el inefable y genial Stan Lee cuya rueda de prensa antes del estreno de la película Spiderman 2 ha quedado para la posteridad.

Peter Parker representa el sueño de ser adulto. El recorrido de alguien que va enfrentándose a un mundo amenazante que no entiendes del todo. Creo no equivocarme al afirmar que un Comic del Hombre Araña hace más por recomponer la psicología de un adolescente que cualquier sesión con un psiquiatra cuyas taras, en ocasiones, son más acentuadas que las de la mayoría de los mortales. La máscara que tanto atrae a los niños, es la que oculta el verdadero rostro del héroe que sufre con la amistad, los celos, el amor y el desamor más absoluto. Stan Lee, en cambio, es la realidad palpable de haber cumplido sus sueños de tener una vida cojonuda. Estoy seguro, o casi, de que hay mucho de Lee en el propio Parker. Al menos muchas de sus frustraciones juveniles que gracias a su joven creación, pudo vencer siendo ya un adulto.

Spiderman, como ya he escrito otras veces, es el héroe de los adolescentes porque nos vemos reflejados en él. Y escribo en primera persona del plural porque todavía conservo parte del espíritu joven que me hacía tomar vuelos a la ciudad de los rascacielos y gritar en pleno vuelo; “My spider sense is tingling like mad”. Conservo, y no sólo en la memoria, aquellas vivencias leídas en noches de verano; las lágrimas por la muerte de Tía May en el número 400 de The Amazing Spiderman. Una saga que todos los amantes del personaje guardamos en el corazón.


Hoy que nuestro superhéroe es un ídolo de masas cuyo merchandising casi iguala al de Elvis Presley, la figura de Spiderman se alarga con cada estreno en el cine. La última la firma Marc Webb. La primera recaudó más de 750 millones de dolares en todo el mundo. Desconozco si la segunda será tan buena como la primera pero, en cualquier caso, muy pronto iré a disfrutar con la vieja batalla inacabada con dos de sus archienemigos; Electro y el Duende Berde. El primero odia a Spiderman y el otro, a Peter Parker. Y yo, como no podía ser de otra manera, amo a Stan Lee y a Emma Stone cuyo papel de Mary Jane en la primera parte de la saga es imponente. Sencillamente: Spiderman por siempre. 

Sergio Calle Llorens

viernes, 12 de julio de 2013

ROBERTO ALCÁZAR Y PEDRÍN

De un tiempo a esta parte, hay una tendencia a colocar la etiqueta de homosexual a cualquier héroe, ya sea Batman, Spiderman o los mismísimos Roberto Alcázar y Pedrín. En verdad, la orientación sexual de una superhéroe no tiene la mayor importancia. Y me la trae al fresco si el hombre murciélago sodomizaba, o no, a Robin en la Baticueva. Tampoco me importa que la gente piense que esos héroes hispanos salidos de editorial valenciana eran unas fachas peligrosísimos.

Lo que me importa es que una tarde recién llegada la otoñada, mi madre me regaló unos tebeos en los que un policía en compañía de un niño rubio, luchaban contra un hombre diabólico; personaje de aspecto vampírico que tenía la habilidad de hipnotizar a sus víctimas. Era el jefe de un grupo de malhechores que querían, como todos, dominar el mundo. Su cara cadavérica y su extraño look me fascinaban por completo. Ese sombrero amplio y esa capa oscura cuya visión me provocaba un profundo terror, siguen viniendo a visitarme cada vez que saco del baúl de la memoria aquellas viejas viñetas. No creo equivocarme al afirmar que fue el primer comic de terror que leí en mi vida. Ante mis ojos pasaron momias, castillos encantados, diferentes monstruos pero sin duda, Svimtus era el rey de todos aquellos malvados. Su magnetismo todavía se arrastra ante mi las noches que decido hojear esos tebeos antiguos antes de ir a visitar a Morfeo.

Repasando esas páginas la otra noche, recordé una noche de verano de luna llena en la que una lechuza cantaba a la luna. Embebido por las hazañas de Roberto Alcázar y Pedrín en Londres en un número lleno de recovecos, misterios, giros y sorpresas que me llevaron al grito cuando mi madre entró en la habitación sin previo aviso. Han pasado muchos veranos, pero sigo siendo fiel a todos eses seres que hicieron de mi niñez un lugar mucho más agradable.

La historia cuenta que el periodista, aventurero y detective Roberto Alcázar conoció en el trasatlántico Neptunia al polizón Pedrín Fernández, decidiéndose a adoptarle, formando desde entonces de una pareja en busca de emociones fuertes. Desgraciadamente, los mismos que adoraban a estos héroes comenzaron a decir después que los autores habían creado al personaje basándose en el fundador de la Falange. Tal vez, digo yo, para hacerse perdonar su cercanía al régimen.

El autor de Tintín defendió en su juventud ideas racistas. Agatha Christie lo fue hasta el final de sus días sin ningún complejo y, nosotros, españolitos de a pie, hemos dejado morir a uno de nuestros tebeos favoritos por la maldita corrección basada en las papanatadas de esa pandilla de descerebrados.  De haber sido franceses nuestros aventureros, ahora Alcázar y Pedrín seguirían cabalgando en pos de nuevas hazañas, sin contar con todo el trabajo que estaría dando a tanto dibujante y guionista parado. Pero esto es España y hay que joderse.

Sólo me queda esperar que algún día alguien entienda que los únicos límites a un futuro mejor son nuestras dudas de hoy, como dijera en su momento el gran Rooselvelt. Sencillamente el mundo necesita a héroes como Roberto Alcázar y Pedrín. ¡Sólo nos queda resucitarlos!

Sergio Calle Llorens

jueves, 4 de julio de 2013

CORTO

Conocí a Corto Maltés una noche sin luna en el barrio judío de Venecia. Vagaba yo en compañía de una mujer que me enseñaba los arcanos del mundo. Callejones oscuros junto a los soportales. Farolillos a media luz en la serenísima.  Su figura recortada con sus patillas largas y su gorra de marinero. Aventurero perpetuo que navegaba por los siete mares como miembro de la cofradía de los hombres marinos. Rebelde que se negó a aceptar su destino alargándose con una navaja la línea de la vida en la palma de la mano. Hombre enamorado de estar enamorado. Hijo de gitana con sangre celta. Libertario y liberticida. Amante y amado con la pasión con la que se forjan los sueños.

Un recorrido por la Venecia secreta, con su misterio y supersticiones ancestrales en su devenir por la ciudad de las máscaras. Revelaciones sobre la gran farsa de la existencia porque existe otra realidad oculta bajo el velo de Isis. A veces era Bepi Faliero, o el violento Stevani, un misterioso escritor al que todos conocían como el Poeta. Y, sobre todo, aquellas viejas sociedades masónicas tan peligrosas entonces y ahora.

Corto sigue a lo largo del relato cargado de intriga al que acude, de vez en cuando, la bellísima Hipazia, desvelando la fábula de la ciudad de su autor. Esa urbe que pertenece oculta a los ojos de los que desconocen los códigos para entrar en los secretos mejor guardados del Ventetto. Corto no busca la clavícula de Salomón, sino la sabiduría de sus hijas, siempre tan bellas a la luz nocturna de Venecia.

Las góndolas como heraldos de misterio. Los canales que transportan enigmas. Las mujeres con su sensualidad oculta bajo las puertas de esas casas antiquísimas. En ese contexto, mis pasos sonaban en el suelo añejo cuando las sombras reinaban y tenía que volverme temiendo un encuentro de aceros incómodo en un territorio hostil y sumamente peligroso. En Venecia hay tres lugares mágicos y escondidos; uno en la calle del amor de los amigos, el segundo cerca del puente de las Maravillas, y el tercero en la calle de los Marranos, en los alrededores de Sn Geremia, en el gueto antiguo. En éste último lugar, las chicas judías me guiaron por las santas escrituras. Dicen, o eso afirmaba Hugo Pratt,  que cuando los venecianos se cansan de las autoridades oficiales, van a alguno de estos tres lugares secretos y, abriendo las puertas que están al fondo de esos patios, se van para siempre hacia lugares bellísimos y hacia otras historias. Yo nací cansado de las autoridades de cualquier parte, pero siempre he vuelto a Venecia para reencontrarme con las  leyendas de esa mágica ciudad donde aprendí los designios de mi raza perdida. Gracias a ellos, puedo orientarme por cualquier lugar alejado de mi mediterráneo. Sigo bajo el influjo de capricornio.

Sergio Calle Llorens






domingo, 19 de mayo de 2013

SPIDERMAN



Soy un gran aficionado a los Comics y mi superhéroe favorito, como no podía ser de otra manera, es Spiderman. El personaje creado por Stan Lee que hizo su aparición en 1962. Si Batman es millonario y todos sus poderes se deben a inventos que valen una pasta, desde el batimovil hasta la cueva del murciélago, Superman es de otro mundo. En cambio, Peter Parker es un joven sin más que sufre la picadura de una araña radiactiva transformándole en un hombre de grandes poderes. Huérfano de padre, vive con su tía May y su tío Ben hasta que éste es asesinado por su estupidez. Desde entonces recuerda sus palabras de que un gran poder conlleva una gran responsabilidad, y dedica su  tiempo a luchar contra la criminalidad. Es la misión de un chico que tiene unos límites extraordinarios, de alguien que se sacrifica por el bien común. Ni su amada Mary Jane, ni su tía entenderán jamás lo que oculta el fotógrafo mal pagado bajo esa máscara de torpeza.

Parker es un héroe de la clase trabajadora. Tiene sus problemas amorosos que hemos sufrido todos en la adolescencia, pero al ponerse su traje de superhéroe y saltar de edificio en edificio por la ciudad de Nueva York, es el Rey de la noche con su instinto arácnido que le avisa cuando se encuentra en peligro. Peter deja su vulgaridad de chico americano para conquistar la noche y hacer, de paso, un mundo mejor y más respirable. De sus historietas los chavales, y no tan jóvenes, podemos aprender lo que significan palabras como el sacrificio y el honor.

Superman no me dice nada y las historias de Batman, aunque tiene unos dibujos admirables, no me llegan al alma como lo hacen las aventuras de Peter Parker. Su amor por la pelirroja, que comparto absolutamente,  y sus hazañas se colocaron en mi imaginación una tarde de otoño. Ha pasado mucho tiempo desde entonces, pero no el suficiente para dejar de inculcar en mi hijo mayor la admiración por el increíble hombre araña. Cuando era pequeño lo recuerdo lanzándome telarañas mientras yo hacía de Duende verde. No sabría decir quien de los dos disfrutaba más. Y es que no hay nada como mantener intacta el alma de niños que todos llevamos dentro. Bendito Spiderman.

Sergio Calle Llorens