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miércoles, 3 de junio de 2026

¡SPIDER-NOIR!

 


Hay series que entretienen, series que sorprenden y series que intentan parecer inteligentes. Spider-Noir pertenece a una categoría mucho más rara: la de las obras que poseen una personalidad propia desde el primer fotograma. La adaptación televisiva del personaje de Marvel no se limita a trasladar los cómics a la pantalla; los utiliza como punto de partida para construir una declaración de amor al cine negro clásico, a las novelas pulp y a esa Nueva York imaginaria donde la lluvia parece caer incluso cuando no llueve. La decisión de permitir al espectador elegir entre la versión en color y la versión en blanco y negro es una genialidad. Sí, ambas funcionan, pero no resulta extraño que muchos espectadores prefieran la experiencia monocromática. Vista así, la serie parece escapada de una película perdida entre los fantasmas de El tercer hombre y las novelas de Raymond Chandler. Las sombras adquieren peso físico, el humo de los cigarrillos se convierte en parte de la escenografía y cada callejón parece esconder una traición.

Nicolas Cage ofrece probablemente una de las interpretaciones más inspiradas de toda su carrera reciente. No interpreta simplemente a un superhéroe envejecido; interpreta a un hombre derrotado por el tiempo, por los errores y por los recuerdos. Su Ben Reilly camina por la ciudad como uno de aquellos detectives privados de la literatura hard boiled que sabían que el caso estaba perdido antes incluso de comenzarlo. Cage entiende perfectamente que Spider-Noir no trata tanto sobre lanzar telarañas como sobre cargar con cicatrices. A su alrededor encontramos un reparto extraordinario. Lamorne Morris, en el papel del periodista Robbie Robertson, está sencillamente magnífico; aporta humanidad, inteligencia y una presencia que roba escenas sin esfuerzo. Li Jun Li convierte a su cantante de club nocturno en una figura magnética, una de esas mujeres que parecen haber salido directamente de una novela de los cincuenta, donde cada sonrisa oculta un secreto y cada mirada contiene una amenaza. Abraham Popoola, Brendan Gleeson y el resto del reparto construyen una galería de villanos, mafiosos y supervivientes que enriquecen constantemente el universo de la serie. No hay personajes de relleno. Todos parecen tener una historia detrás.

Lo más interesante para los lectores del cómic original es comprobar cómo la serie se atreve a separarse del material de partida. El Spider-Man Noir de Marvel era esencialmente Peter Parker trasladado a una realidad alternativa de los años treinta. Aquí, en cambio, los creadores toman riesgos y transforman la propuesta en algo más adulto y melancólico. La serie se acerca más a una novela detectivesca con ecos superheroicos que a una adaptación convencional de Marvel. Esa libertad creativa podría haber sido un desastre, pero termina siendo precisamente su mayor virtud. Spider-Noir no pretende copiar las viñetas; pretende capturar su alma. El resultado es una de las aproximaciones más elegantes y atmosféricas que se han hecho jamás al universo arácnido. Como habría escrito Chandler, las calles están llenas de sombras, los hombres llevan demasiados secretos encima y nadie es exactamente quien dice ser. En medio de toda esa oscuridad camina Nicolas Cage con sombrero, gabardina y una máscara que parece esconder mucho más que una identidad. Y durante ocho episodios uno tiene la sensación de estar contemplando no una serie de superhéroes, sino un sueño febril en blanco y negro del que no quiere despertar.

Sergio Calle Llorens


miércoles, 25 de marzo de 2026

¡SCARPETTA!

 

Ahí, en ese punto exacto donde la ciencia forense deja de ser procedimiento y se convierte en confesión, Scarpetta encuentra su verdadero pulso. No como adaptación complaciente, sino como una relectura incómoda del universo de Patricia Cornwell, diseñada para incomodar más que para entretener.

Disponible en Amazon Prime Video, la serie articula sus ocho episodios como un descenso progresivo a una doble investigación: la de varios asesinatos con patrones inquietantemente precisos y, en paralelo, la de un pasado que se niega a permanecer enterrado. Kay Scarpetta, médica forense de prestigio, se ve obligada a enfrentarse no solo a cadáveres que cuentan historias a medias, sino a una trama que conecta lo profesional con lo íntimo de una forma cada vez más asfixiante. Nada es casual. Nada está completamente cerrado.

Nicole Kidman construye una Scarpetta que huye del cliché: cerebral, sí, pero también erosionada, incómoda en su propia piel, como si cada autopsia fuera un recordatorio de algo que no logró resolver en su propia vida. No hay heroicidad, hay resistencia.

A su lado, Jamie Lee Curtis ofrece una interpretación sencillamente incontestable. Cada escena suya añade una capa de tensión, de historia no dicha, de autoridad moral ambigua. No acompaña la serie: la eleva.

El juego temporal es una de las claves del relato, y aquí sí: la joven Scarpetta tiene nombre y peso. Rosy McEwen no se limita a imitar; construye un origen. Su interpretación aporta nervio, fragilidad y una sensación constante de peligro latente, como si el personaje ya estuviera marcado desde el principio. Gracias a ella, el pasado no explica el presente: lo contamina.

Uno de los grandes aciertos de casting —y también de escritura— es el personaje de Pete Marino. Bobby Cannavale encarna la versión adulta con una mezcla de desgaste, ironía y violencia contenida que funciona a la perfección, mientras que su hijo, Jake Cannavale, da vida al Marino joven con una energía más impulsiva, más cruda. El resultado no es solo coherente: es orgánico. Rara vez se ve en pantalla una continuidad generacional tan bien resuelta.

Completa el núcleo principal Simon Baker, que abandona cualquier rastro de carisma complaciente para instalarse en una ambigüedad incómoda. Su personaje nunca se entrega del todo, y eso lo convierte en una pieza clave dentro del engranaje narrativo.

Pero si hay un elemento que distingue a Scarpetta del resto de thrillers recientes es su apuesta por integrar la tecnología como conflicto emocional, no como artificio. La sobrina de Scarpetta mantiene “conversaciones” con un avatar creado por su pareja antes de morir: una inteligencia artificial que sigue presente, que responde, que interactúa. Lo inquietante no es la idea —cada vez más plausible—, sino su ejecución. No hay espectacularidad, hay perturbación. La serie acierta al plantearlo no como avance tecnológico, sino como imposibilidad de duelo.

En cuanto al argumento, la serie construye una investigación compleja en torno a varios crímenes que parecen aislados, pero que poco a poco revelan conexiones profundas con decisiones del pasado, relaciones familiares fracturadas y secretos que nunca debieron sobrevivir. Cada episodio añade una pieza, pero también introduce una duda. Y ahí está la clave: el espectador nunca tiene la sensación de pisar terreno firme.

El desenlace —sin destriparlo— no busca cerrar, sino revelar. Obliga a reinterpretar lo visto, a reconsiderar las motivaciones, a aceptar que algunas respuestas llegan demasiado tarde.

Scarpetta no es una serie de consumo rápido. Es una serie que exige atención, que incomoda y que, cuando termina, deja algo más que la sensación de haber visto una buena historia: deja una inquietud difícil de sacudir.

Sergio Calle Llorens

sábado, 7 de febrero de 2026

¡UNTAMED/INDOMABLE!


 

Indomable se presenta como un thriller pausado, envuelto en la majestuosidad del Parque Nacional de Yosemite, y sostenido sobre una promesa clásica: la naturaleza como escenario donde la violencia humana cree poder esconderse. La serie, creada por Mark L. Smith junto a Elle Smith, apuesta por un relato contenido, emocionalmente cargado y visualmente deslumbrante. Y durante buena parte de su metraje cumple. Otra cosa es que sorprenda.

El punto de partida es potente: el cadáver de una joven, Lucy Cook, se precipita desde las alturas de El Capitán ante la mirada atónita de unos escaladores. Accidente imposible, caída sospechosa, violencia previa. El encargado de investigar el caso es Kyle Turner, agente del Servicio de Parques Nacionales, interpretado por un Eric Bana en uno de esos registros que le sientan bien: rostro cansado, mirada opaca y una tristeza que no necesita ser explicada.

Turner es un personaje moldeado por la pérdida. La muerte de su hijo, compartida con su exesposa Jill Bowden (una sólida Rosemarie DeWitt), no solo explica su aislamiento emocional, sino que funciona como el verdadero motor de la serie. Aquí no se investiga solo un crimen: se investiga una culpa que nunca termina de encontrar descanso. En ese sentido, Indomable es menos un thriller que un drama disfrazado de procedural.

El relato se completa con la llegada de Naya Vasquez (Lily Santiago),  ex policía de Los Ángeles reciclada como guardabosques, huyendo de una amenaza urbana que la serie dosifica con cierta torpeza. Su relación con Turner evita el romance explícito y se apoya más en la complicidad entre dos personajes dañados. Funciona, aunque también responde a un esquema reconocible.

Y ese es uno de los problemas de Indomable: la sensación constante de estar viendo una historia bien contada, pero demasiado conocida.

Para quien lleva demasiados años leyendo a la reina del misterio, viendo series de investigación y ejercitando las famosas little grey cells, el misterio se resuelve pronto. En mi caso, el asesino de la joven estaba identificado desde el primer episodio. No por genialidad deductiva, sino porque la serie juega con cartas marcadas. El abanico de sospechosos responde a un patrón tan reconocible que elimina cualquier verdadero sobresalto.

Además, Indomable no puede —ni quiere— traicionar ciertos dogmas contemporáneos. El personaje nativo americano, presentado como sospechoso potencial, está automáticamente blindado. Todos sabemos que no puede ser el culpable. No por pruebas, sino por corrección ideológica. La serie necesita señalarlo, tensar la cuerda, pero nunca romperla. El resultado es un falso suspense que resta fuerza al whodunnit y convierte parte de la investigación en un trámite.

A esto se suman algunos detalles visuales discutibles. Las escenas con animales, especialmente la muerte de los ciervos, resultan tan artificiales que sacan al espectador del relato. El uso de efectos digitales es comprensible por razones legales y éticas, pero aquí es tan evidente que roza lo descuidado. En una serie que se apoya tanto en la autenticidad del entorno, este tipo de fallos pesan más de lo deseable.

Eso sí, donde Indomable acierta sin reservas es en su atmósfera. Yosemite está filmado con una belleza casi obscena. El paisaje impone silencio, distancia y una sensación de pequeñez que dialoga perfectamente con el estado emocional de los personajes. La naturaleza no consuela ni castiga: simplemente está ahí, recordando que la tragedia humana es irrelevante a escala geológica.

Sam Neill, como jefe de los guardabosques y mentor de Turner, aporta solvencia y una autoridad serena que eleva cada escena en la que aparece. Su personaje refuerza uno de los temas centrales de la serie: la paternidad entendida no como refugio, sino como herida permanente. Indomable insiste en que educar no es domesticar, y en que traer hijos al mundo implica aceptar un riesgo que nunca se controla del todo.

El problema es que todo esto se articula dentro de una estructura demasiado previsible. El giro final cumple, pero no sacude. Se acepta más por inercia narrativa que por verdadero impacto. La serie parece consciente de ello y compensa con emoción, música y paisaje, confiando en que el espectador perdone lo que ya ha visto venir.

Indomable es, en definitiva, una buena serie. Honesta, bien interpretada, visualmente poderosa. Pero también es una serie cauta, excesivamente respetuosa con ciertos códigos contemporáneos y poco arriesgada en su resolución. Conmueve más de lo que sorprende. Se disfruta más por el camino que por la meta.

Una historia que se deja ver con placer en Netflix, que invita a la contemplación y al duelo, pero que difícilmente quedará grabada en la memoria de quienes esperaban algo más que un crimen bellamente envuelto. Porque todo funciona, todo encaja y nada descoloca demasiado. Quizá porque en estos tiempos es más fácil simular un ciervo con inteligencia artificial que engañar a un espectador con demasiadas horas de novela negra encima.

Sergio Calle Llorens


sábado, 3 de enero de 2026

¡ADIÓS A STRANGER THINGS!


 

Las despedidas no se anuncian con trompetas ni con fuegos artificiales. Llegan despacio, como una canción que sabes que está a punto de terminar y aun así no quieres que termine nunca. Así se ha ido Stranger Things. No como una serie, sino como una pandilla. Como un verano eterno que al cerrarse te devuelve de golpe a la edad adulta.

Stranger Things nunca fue solo una historia de monstruos. Eso lo supimos desde el primer capítulo, aunque no supiéramos explicarlo. Era una carta de amor a los ochenta escrita por alguien que no idealizaba la década, sino que la recordaba con sus luces y sus heridas. Bicicletas como caballos de batalla, sótanos como catedrales del pensamiento, walkie talkies como cordones umbilicales entre amigos. Y sobre todo esa idea casi olvidada de que los niños podían ser valientes sin dejar de ser niños.

Las claves estaban ahí desde el principio, pero nadie las dijo en voz alta. El verdadero monstruo nunca fue el Demogorgon ni el Upside Down. Fue el miedo a crecer. El terror a que el mundo adulto, gris y normativo, acabara devorando ese universo donde todo era posible. Hawkins no era un pueblo. Era un estado mental. Un lugar donde la amistad aún podía salvarte la vida.

Eleven no era solo una niña con poderes. Era la metáfora de todos los niños raros, callados, diferentes, a los que el mundo intenta domesticar a base de experimentos, etiquetas o diagnósticos. Hopper no era solo un sheriff. Era el adulto roto que aprende a volver a creer gracias a los niños. Joyce no era solo una madre desesperada. Era la intuición, esa voz que el sistema siempre ignora pero que casi siempre tiene razón.

Y luego está el Upside Down. Ese mundo invertido que muchos entendieron como una dimensión paralela, cuando en realidad era una alegoría brutal de la depresión, del trauma, del duelo. Un lugar frío, detenido, donde todo lo que amas sigue existiendo, pero ya no puedes tocarlo. Vecna no fue más que la culminación lógica de esa idea: el dolor convertido en entidad, el resentimiento que se alimenta de recuerdos rotos.

La última temporada ha sido, en muchos sentidos, excesiva. Más larga, más oscura, más consciente de sí misma. A veces demasiado pendiente de cerrar tramas, de explicarlo todo, de no dejar cabos sueltos. Stranger Things funcionaba mejor cuando sugería que cuando explicaba. Cuando el misterio respiraba. Cuando no necesitaba verbalizar cada trauma para que lo entendiéramos.

También se le puede reprochar cierto miedo a matar a sus criaturas. La serie coquetea constantemente con la pérdida definitiva, pero retrocede en el último momento. Los ochenta que homenajea no eran tan piadosos. Ahí morían personajes y nadie pedía disculpas. Ese exceso de protección emocional le resta algo de verdad al desenlace.

Y sin embargo, pese a todo, el adiós duele. Duele como dolía cerrar un libro de Los Cinco de Enid Blyton. No porque fuera alta literatura, sino porque significaba abandonar a unos amigos. Decirles adiós sabiendo que ya no volverías a vivir aventuras con ellos, que el verano había terminado, que la linterna se apagaba.

Stranger Things ha sido eso. Un verano largo. Un refugio. Una serie que nos recordó que el terror puede ser entrañable, que la nostalgia no es solo un ejercicio estético, sino una forma de duelo. Dueles por lo que fuiste. Por quien eras cuando creías que el mundo podía salvarse con una pandilla, una bici y una canción en cassette.

Ahora toca cerrar la puerta del sótano, apagar las luces de Hawkins y aceptar que hemos crecido un poco más. Pero que nos quiten lo bailado. Porque durante unos años volvimos a ser niños. Y eso, en este mundo, es casi un milagro.

Sergio Calle Llorens

 


miércoles, 17 de diciembre de 2025

¡MARE OF EASTTOWN: CUANDO LA TRISTEZA TAMBIÉN INVESTIGA!


 

Hay series que se ven.
Y hay series que te miran.
Mare of Easttown pertenece peligrosamente al segundo grupo.

Porque esto no es solo una historia policial. Es un retrato minucioso de la culpa, del duelo enquistado, de los pueblos pequeños donde todos se conocen demasiado y nadie termina de salvarse. Un lugar donde el pasado no es un recuerdo, sino una condena con código postal.

La serie, disponible en HBO, nos sitúa en una pequeña comunidad de Pensilvania, un escenario gris, húmedo, cotidiano… y por eso mismo inquietante. Allí vive Mare Sheehan, detective de homicidios, mujer cansada, madre, exmujer, vecina, leyenda local venida a menos y, sobre todo, ser humano al borde del colapso funcional.

No diré más del argumento porque no hace falta. Mare of Easttown no avanza por giros espectaculares, sino por acumulación de silencios. Aquí el crimen es importante, sí, pero lo verdaderamente devastador es todo lo que rodea al crimen: las miradas esquivas, las cocinas tristes, los bares con olor a resignación y esa sensación constante de que la vida pasó… y no avisó.

Y en el centro de todo está Kate Winslet, que no interpreta a Mare: la habita. Sin glamour, sin concesiones, sin miedo a resultar antipática, brusca o rota. Winslet, además de protagonista, es coproductora de la serie, y eso se nota: el personaje no está diseñado para gustar, sino para ser verdad. Camina mal, habla peor, se equivoca mucho y arrastra un dolor que no necesita subrayado musical.

Es una actuación absolutamente magistral, de las que no se olvidan, de las que hacen que el espectador se sienta un poco indiscreto, como si estuviera espiando la vida real de alguien que no pidió ser observado.

Entre los elementos menos conocidos de la serie hay varios detalles deliciosos:
– El uso deliberado del acento local, tan marcado que incluso algunos espectadores estadounidenses necesitaron subtítulos.
– La negativa consciente a embellecer el entorno: Easttown no es fotogénica, y no quiere serlo.
– Un guion que se permite el lujo de la pausa, del diálogo incómodo, del humor seco que aparece cuando menos lo esperas.
– Y una dirección que entiende que el terror más eficaz no siempre viene de lo sobrenatural, sino de lo cotidiano.

Mare of Easttown es una serie sobre un crimen, sí, pero sobre todo es una serie sobre lo que queda cuando el crimen ya ha ocurrido: las familias, las heridas abiertas, los errores que no prescriben y esa pregunta incómoda que flota durante todos los episodios:
¿qué hacemos con el dolor cuando ya no cabe dentro?

No es una serie para devorar alegremente. Es una serie para sentarse, mirar fijamente y aceptar que, a veces, la oscuridad no necesita fantasmas.

Y aun así, o precisamente por eso, es hermosa.

Una de esas historias que no se olvidan cuando aparecen los créditos.
Una serie que se queda contigo.
Como un pueblo pequeño.
Como un secreto.
Como una culpa.

Desde mi atalaya mediterránea, esta recomendación no es solo entusiasta:
es una invitación a sufrir con estilo.

Sergio Calle Llorens

lunes, 1 de diciembre de 2025

¡MR MERCEDES!


 


Señoras, señores… y criaturas que prefieren no revelar su nombre. Hoy, desde este despacho sombrío donde las sombras toman notas sin permiso, hablaremos de una serie que, sin necesidad de fantasmas, consigue que uno mire dos veces por la ventana: Mr. Mercedes, disponible en Netflix. Una adaptación de Stephen King que, por una vez, no se disfraza de terror, porque no lo necesita. Aquí el monstruo no viene del más allá. El monstruo está registrado en el censo.

Mr. Mercedes nos lanza de golpe a un crimen tan absurdo como devastador: un asesino anónimo irrumpe con un Mercedes y arrasa una cola de parados. Un gesto tan frío que, más que un acto, parece un diagnóstico de la sociedad. Años después, el caso sigue abierto en la mente de Bill Hodges, inspector jubilado, alcohólico en potencia y santo patrón de los hombres que no saben soltar.

Este Hodges tiene un rostro: el del irlandés Brendan Gleeson, un gigante interpretativo que podría leerse la guía telefónica y aun así transmitir tragedia. Aquí, su desgana es una forma de resistencia, su enojo un método para seguir vivo. Gleeson no interpreta: desgasta la pantalla como si arrastrara un alma que pesa demasiado.

En el lado oscuro del tablero está Brady Hartsfield, interpretado por Harry Treadaway, que borda a un villano silencioso, casi educado, que odia al mundo con la dedicación de un artesano. Nada de máscaras ni risas histéricas: el terror está en su normalidad, en lo bien que podría colarse en cualquier barrio sin que nadie sospechara que dentro lleva un huracán ácido dispuesto a estallar.

Pero si hablamos de brillo, de inteligencia, de luz rara entre tanta sombra, aparece ella: Justine Lupe, radiante, frágil, temblorosa, pero más incisiva que todos los policías del condado juntos. Su Holly Gibney no es un personaje, es una herida que aprende a hablar. Una joya en una serie que ya venía cargada de diamantes oscuros.

A su alrededor giran también Holland Taylor, que convierte el sarcasmo en un arma blanca; y Mary-Louise Parker, magnética, estimulante, imprevisible, como un relámpago que no necesita tormenta.

La dirección corre en gran parte a cargo de Jack Bender, veterano de Lost y Juego de Tronos, que adopta un estilo sobrio, de bisturí. Nada de efectismos: deja que el horror surja de los silencios, de la respiración entrecortada, del modo en que el mal se cuela por las grietas de lo cotidiano. Y todo ello con los guiones del infalible David E. Kelley, que adapta la novela de King con respeto, sí, pero también con inteligencia y ritmo propio.

Respecto a las diferencias con el libro, no te preocupes: no hay destripes. Solo diré que la serie ahonda más en algunas relaciones, pule el viaje emocional del villano y reorganiza ciertos momentos para que el duelo entre Hodges y Hartsfield sea un combate más íntimo y venenoso.
Es Stephen King sin los espectros… y sin necesitarlos.

Mr. Mercedes es una obra que late, que respira, que incomoda. Un thriller psicológico que recuerda que el mal, a veces, tiene cara de vecino. Y que los héroes pueden ser hombres cansados, gordos, tristes… pero con un último deber que cumplir.

Si la ves de noche, cierra la puerta. No porque vaya a entrar un fantasma, sino por si acaso el Mercedes vuelve a arrancar.

Sergio Calle Llorens

martes, 23 de agosto de 2022

G.E.O: MÁS ALLÁ DEL LÍMITE

 


Los G.E.O son el último recurso del Estado. Una necesidad en un mundo que es un estanque cuajado de caimanes. La élite entre la élite. Si la literatura pone orden al caos, la unidad policial más famosa de España se hace grande en el desconcierto de los acontecimientos. Especialmente cuando silban las balas y la línea que separa la vida de la muerte es tan fina como un anochecer perezoso. Cien candidatos- policías motivadísimos- para muy pocas plazas. Todos tratan de demostrar a sus instructores que tienen madera del mejor madero- nunca mejor dicho- y entre ellos un ser que parece venido de otro tiempo: Pelayo Gayol. Un líder nato. Un sargento de hierro, asturiano de pura cepa para más señas, cuya participación en la docuserie de Amazon Prime G.E.O: Más allá del límite, no deja a nadie indiferente. Sus frases cortan el frío de la madrugada y sientan cátedra entre los aspirantes.

·         En la puta vida quiero nadie más en este curso que llegue un minuto tarde a nada, que no sea muerte, amputación o algo similar.

·        Las matemáticas me dicen que me sobran más de 80 policías aquí.

·        Me da igual el careto que tengas. Yo no estoy mirando tu cara. Miro un poquito más allá

Pero entre mis favoritas está aquella que suelta en una noche de reflexiones compartidas: El agua huele tu miedo. Frase que el inspector Pelayo suelta en medio de un contraluz misterioso mirando a cámara. Los otros instructores elevan también la serie a categoría superior y por eso es imposible olvidarme del policía Pertegaz, instructor de tiro, o el policía Sanz.

La serie es un desfile de rostros curtidos. Un recorrido vital por las peripecias de unos candidatos que van aprendiendo las técnicas de la unidad de élite. En ningún momento sabemos los nombres de los agentes que llegarán a colocarse la ansiada boina azul, pero lo que sí sabemos que al final nuestro peor enemigo está en nosotros, siempre al acecho. Eliminaciones, renuncias, traumas, sufrimientos y una dulce camaradería que parece sacada de una película de John Ford. En definitiva, un monumento fílmico muy efectivo con el acompañamiento de la Film Symphony orchestra que ustedes no deben perderse. Reconforta saber que estamos en buenas manos cuando la cosa se tuerce.

Sergio Calle Llorens


martes, 26 de mayo de 2020

THE LAST DANCE


El documental de Last Dance es probablemente el mejor trabajo audiovisual que jamás haya visto sobre la NBA. Un acierto que Adam Silver convenciera a los dueños de los Bulls para grabar más de 10.000 horas de cintas que estuvieron una década encerradas en un almacén. El último baile sobre el que el mismísimo Michael Jordan declaraba; “la gente me va odiar” después de ver esta serie que muestra el camino que emprendió para convertir a los Bulls en la franquicia más exitosa de la historia.  En su senda para lograrlo Jordan nos deja  frases impagables:

·         Winning has a price
·         Leadership has a price
·         I pulled people along when they did not want to be pulled
·         I challenged people when they did not want to be challenged

Michael Jordan, sencillamente, era capaz de todo con tal de ganar porque era incapaz de soportar la derrota. Por eso provocaba en los entrenamientos a sus compañeros. Los maldecía convirtiéndose en el Rey del trash talk. Incluso parece estar a la altura de mi admirado Larry Bird en ese apartado. Jordan, simplemente, quería estar seguro de poder contar con soldados dispuestos a batirse con enemigos tan terribles como los Bad Boys de Detroit que tuvieron la poca vergüenza de marcharse de la pista sin saludar tras ser derrotados. Scottie Pippen y Dennis Rodman y Steve Kerr- con este llegó a los puñetazos- se ganaron el respeto de “Air Jordan”. 

Más le costó ganarse un puesto al croata Tony Kukoc  al que en un partido de los Juegos Olímpicos de 1992 los que serían sus compañeros le dieron con todo. Primero dentro, y después fuera de la pista. Esa forma de cebarse con el europeo tiene un trasfondo económico. El contrato de Rodman  que la franquicia de Chicago se negaba a mejorar. Tuvo el bueno de Kukoc que ganarse el respeto en la final olímpica contra el Dream Team. En este punto quiero recordar a los jugadores españoles pidiendo autógrafos a Magic Johnson y compañía antes del partido que ambos equipos iban a disputar. Los lamentos del fantasma de Díaz Miguel todavía se escuchan por todos los rincones de Barcelona. Pero Kukoc no fue el único con el que se cebaron los jugadores de Chicago, ya que Jerry Krausse recibe más en el documental que Alberto Garzón en un control parlamentario. El general manager que apostó por desmantelar el equipo porque veía que debido a la edad ya no podían dar más de sí.  En cualquier caso, el señor Krausse fue el responsable de crear una de las organizaciones deportivas más exitosas del mundo.

El documental se centra en Jerry Reinsdorf, dueño de Chicago Bulls, diciendo que  sentían que ese iba a ser el último año. Por eso Phil Jackson se inventa lo de The last dance. Y ya lo creo que bailaron a pesar de que muchos eran muy veteranos.  Jackson, que conocía el baloncesto como nadie,  supo que el triángulo ofensivo de Tex Winter, otro de los asistentes de los Bulls, podía llevar a aquel equipo a ganar campeonatos en la competición más exigente del mundo.

· Dennis Rodman: 36 años.
· Michael Jordan, Ron Harper y Bill Wennington: 34 años. 
· Scottie Pippen: 32 años. 
· Toni Kukoc y Luc Longley: 29 años.

Es evidente que ganar tiene un precio y no todos están dispuestos a pagarlo. También es diáfano que en lugares como España el documental no se va a entender del todo. Especialmente en lo referente a vencer porque aquí basta con tener el 90% de los árbitros como seguidores del club de Concha Espina.  Pero en la NBA, como en otros mares repletos de tiburones que buscan sangre, para triunfar necesitas un enfoque diferente a los demás.  Para lograrlo, Jordan era capaz de inventarse afrentas como la de aquella vez en la que se convenció tras una derrota que un jugador contrario le había dicho una frase hiriente que no había pronunciado. George Karl, en cambio, conoció el amargo aroma de la derrota cuando tuvo la “brillante idea” de no saludarle en un restaurante antes de la final. Lo pagó caro.

Jordan, que  ganó su primero anillo en la NBA con 27 años, sabía lo que se decía cuando afirmaba que lo iban a odiar. Porque ganar, como muy bien dice, tiene un precio. Él lo pagó y lo seguirá pagando. Muchos no entienden, ni entenderán jamás, que nada es gratis en este mundo. Ni siquiera la renta mínima  que tiene una máxima carga fiscal para el contribuyente aunque la mayoría no lo sepa.  El último baile, señoras y señores, es para seguir bailando.

"In life, winning and losing will both happen. What is never acceptable is quitting": Magic Johnson

Sergio Calle Llorens