Yo he visto
cosas sorprendentes. He visto a España conquistar su segundo Mundial y
comprobar cómo sus aficionados no rompían una sola papelera, no incendiaban un
solo contenedor ni asaltaban comercio alguno para saquearlo. Nada que ver con
los seguidores del PSG, que, ganen o pierdan, convierten las calles de París
en un escenario de devastación.
La
celebración fue intensa. Las calles rebosaban de alegría y la gente regresaba
abrazada como si fueran hermanos, entonando Al partir, de Nino Bravo.
Sí, ya sé que las comparaciones son odiosas. También sé que los españoles que
festejaron la victoria en otros países tampoco ocasionaron problemas dignos de
mención a las fuerzas del orden. Mucha fiesta; ningún vandalismo. Mucho
entusiasmo; ninguna falta de respeto.
Eso tampoco
parecen entenderlo algunos jóvenes marroquíes, que volvieron a protagonizar
disturbios tras una pírrica victoria de su selección. No. No todos somos
iguales.
Nosotros
venimos del país que alumbró a Lope de Vega, a Góngora, a Quevedo, a
Velázquez, a Dalí y a Ortega y Gasset; del país donde floreció la Escuela de
Salamanca y donde germinaron los principios del Derecho Internacional
moderno. De la nación que, cuando otros pueblos apenas intuían el mestizaje,
permitía los matrimonios entre razas. Ahí están los mapas de cualquier rincón
de Hispanoamérica para demostrarlo.
Sí, yo he
visto cosas sorprendentes. He visto nacer el submarino, el autogiro y el primer
traje espacial concebidos por ingenios españoles. También he contemplado los
montes de mi provincia cubiertos de nieve mientras el azul inmóvil del Mediterráneo
enmarcaba una estampa de belleza casi irreal. Quizá quienes hemos nacido aquí
estemos acostumbrados a nuestros propios milagros y, por ello, ya casi nada
consiga maravillarnos.
Pensándolo
bien, tampoco sorprende ver cómo tantos súbditos de Mohamed VI intentan
escapar de su propio país. Pocas desgracias se me ocurren comparables a la de
nacer y permanecer atrapado en un reino que tantos de sus propios ciudadanos
anhelan abandonar.
En fin, no
suelo prodigarme en el adjetivo. Mis textos descansan más sobre el sustantivo,
la imagen y el ritmo narrativo que sobre el adorno. Prefiero sugerir antes que
recargar. Pero hoy, al contemplar una nueva llegada de inmigrantes a Ceuta,
huyendo de la desesperanza africana, me permito abandonar por un instante esa
costumbre.
Por ello,
parafraseando la insolencia inmortal de Quevedo para finalizar el cuarteto, sólo me queda añadir un adjetivo.
Uno solo: repugnante. El resto lo ponen esos miles de marroquíes que prefieren
jugarse la vida en el mar antes que seguir viviendo bajo su corona.
Sergio Calle Llorens


