viernes, 31 de julio de 2026

¡HÉROES CANSADOS!


 

Un héroe es aquel que, aunque sabe que todo está perdido de antemano, decide seguir en la pelea. Esa es la diferencia entre el valiente y el imbécil. El imbécil pelea porque cree que puede ganar. El héroe pelea porque sabe que hay derrotas que dignifican más que ciertas victorias. Por eso el verdadero héroe de La Ilíada nunca fue Aquiles. Aquiles era un semidiós, un privilegiado, un hombre al que los dioses habían concedido casi todo salvo un talón. El héroe era Héctor. Sabía que Troya estaba condenada. Sabía que Aquiles acabaría atravesándole el cuello con la lanza. Sabía que su mujer quedaría viuda, que su hijo crecería sin padre y que las murallas caerían. Y aun así salió por las puertas Esceas. No porque creyera en el milagro, sino porque hay hombres que no saben vivir de rodillas.

En España esos hombres tienen otro nombre. Se llaman autónomos.

Somos los Héctor de este país. Los tipos que todas las mañanas salimos a pelear contra un enemigo infinitamente más fuerte sabiendo que, tarde o temprano, acabará pasándonos factura. Nunca mejor dicho. Nos levantamos antes que nadie, cerramos después que todos, trabajamos cuando los demás descansan y financiamos un Estado que solo parece acordarse de nosotros cuando llega el momento de cobrarnos. Hacienda tiene algo de vampiro burocrático. Nunca pregunta cómo estás. Nunca llama para decirte que resistas. Solo aparece cuando huele la sangre. Y de sangre sabemos bastante quienes llevamos años dejando jirones de vida entre declaraciones trimestrales, cuotas, impuestos, inspecciones y normas que cambian con la misma facilidad con la que un político cambia de discurso.

Lo extraordinario es que ni siquiera protestamos demasiado. Quizá porque hace tiempo comprendimos que nadie va a venir a rescatarnos. Si el negocio se hunde, el Estado no despliega helicópteros. Si la persiana baja por última vez, no hay una red esperando debajo. Da igual que lleves veinte, treinta o cuarenta años pagando religiosamente. Da igual cuántos ceros hayas aportado a las arcas públicas. Descubrirás que no tienes derecho al mismo colchón que otros trabajadores tienen cuando todo se acaba. Es una sensación difícil de explicar: pasar media vida sosteniendo un sistema que, cuando tú caes, te responde con un formulario.

Y mientras tanto observamos decisiones políticas que producen una mezcla de desconcierto y amargura. Vemos recursos públicos destinados a la acogida de inmigrantes recién llegados —alojamiento, asistencia jurídica, atención social o programas de integración— mientras muchos pequeños empresarios sienten que para ellos nunca hay un plan de rescate. No es una cuestión de señalar al que llega buscando una vida mejor. Es una cuestión de preguntarse por qué quien lleva décadas levantando este país tiene la sensación de ser siempre el último de la fila. De contemplar cómo el Estado despliega una eficacia admirable para unas cosas mientras para otras solo ofrece silencio administrativo.

Nos hemos convertido en una especie de muertos vivientes. Extraños cadáveres que siguen andando. Gente que sonríe al cliente después de pasarse la noche haciendo cuentas para decidir qué factura puede retrasar unos días más. Gente que aprende a convivir con la ansiedad igual que otros conviven con el reuma. Tipos que no tienen comité de empresa, ni pancartas, ni manifestaciones multitudinarias, ni subvenciones salvadoras. Solo tienen una llave que abre una persiana y una absurda costumbre de seguir creyendo que mañana será mejor.

Quizá por eso siempre me ha parecido que el himno no oficial del autónomo no lo escribió ningún economista. Lo escribió Bruce Springsteen cuando cantaba No Retreat, No Surrender. Sin retirada. Sin rendición. Porque eso es exactamente lo que hacemos. Seguimos avanzando aunque el amplificador ya esté echando humo y la guitarra lleve tiempo desafinada. Seguimos tocando mientras el barco hace aguas por todas partes. Como si los últimos acordes fueran más importantes que el propio naufragio.

Y hay algo profundamente cervantino en todo esto. Don Quijote nunca confundió los molinos con gigantes. Lo que confundía era la comodidad con la dignidad. Sabía que el mundo iba a reírse de él, pero prefería el ridículo de luchar al prestigio de quedarse quieto. Nosotros también cabalgamos contra molinos. Solo que los nuestros tienen forma de boletines oficiales, modelos tributarios y ministerios convencidos de que el dinero nace en las cuentas corrientes de quienes todavía tienen el valor de emprender.

Lo terrible no es trabajar mucho. Lo terrible es descubrir que quienes gobiernan parecen considerar el esfuerzo una fuente inagotable de recaudación y nunca una virtud que merezca protección. Porque un país que castiga sistemáticamente al que arriesga termina convirtiendo el emprendimiento en una enfermedad y la dependencia en una forma de vida. Y cuando eso ocurre ya no hace falta que la economía se hunda. Basta con mirar a los ojos de un autónomo para comprender que algo esencial se ha roto.

Después vendrán los discursos solemnes hablando del tejido productivo, de los emprendedores, del motor económico y de la España que madruga. Palabras. Siempre palabras. Pero cuando se apagan los focos y llegan las liquidaciones, volvemos a ser los de siempre: los Héctor de una Troya que nadie parece dispuesto a defender. Y quizá algún día, cuando no quede nadie dispuesto a abrir una persiana, contratar un empleado o jugarse sus ahorros por levantar un negocio, el Gobierno descubra que no se puede gobernar eternamente contra quienes sostienen el país. Para entonces será tarde. Porque las ciudades no caen cuando llegan los enemigos. Caen cuando consiguen que sus héroes se cansen de luchar.

Sergio Calle Llorens

jueves, 30 de julio de 2026

¡CLARO QUE SOMOS DISTINTOS!

 


Yo he visto cosas sorprendentes. He visto a España conquistar su segundo Mundial y comprobar cómo sus aficionados no rompían una sola papelera, no incendiaban un solo contenedor ni asaltaban comercio alguno para saquearlo. Nada que ver con los seguidores del PSG, que, ganen o pierdan, convierten las calles de París en un escenario de devastación.

La celebración fue intensa. Las calles rebosaban de alegría y la gente regresaba abrazada como si fueran hermanos, entonando Al partir, de Nino Bravo. Sí, ya sé que las comparaciones son odiosas. También sé que los españoles que festejaron la victoria en otros países tampoco ocasionaron problemas dignos de mención a las fuerzas del orden. Mucha fiesta; ningún vandalismo. Mucho entusiasmo; ninguna falta de respeto.

Eso tampoco parecen entenderlo algunos jóvenes marroquíes, que volvieron a protagonizar disturbios tras una pírrica victoria de su selección. No. No todos somos iguales.

Nosotros venimos del país que alumbró a Lope de Vega, a Góngora, a Quevedo, a Velázquez, a Dalí y a Ortega y Gasset; del país donde floreció la Escuela de Salamanca y donde germinaron los principios del Derecho Internacional moderno. De la nación que, cuando otros pueblos apenas intuían el mestizaje, permitía los matrimonios entre razas. Ahí están los mapas de cualquier rincón de Hispanoamérica para demostrarlo.

Sí, yo he visto cosas sorprendentes. He visto nacer el submarino, el autogiro y el primer traje espacial concebidos por ingenios españoles. También he contemplado los montes de mi provincia cubiertos de nieve mientras el azul inmóvil del Mediterráneo enmarcaba una estampa de belleza casi irreal. Quizá quienes hemos nacido aquí estemos acostumbrados a nuestros propios milagros y, por ello, ya casi nada consiga maravillarnos.

Pensándolo bien, tampoco sorprende ver cómo tantos súbditos de Mohamed VI intentan escapar de su propio país. Pocas desgracias se me ocurren comparables a la de nacer y permanecer atrapado en un reino que tantos de sus propios ciudadanos anhelan abandonar.

En fin, no suelo prodigarme en el adjetivo. Mis textos descansan más sobre el sustantivo, la imagen y el ritmo narrativo que sobre el adorno. Prefiero sugerir antes que recargar. Pero hoy, al contemplar una nueva llegada de inmigrantes a Ceuta, huyendo de la desesperanza africana, me permito abandonar por un instante esa costumbre.

Por ello, parafraseando la insolencia inmortal de Quevedo para finalizar el cuarteto, sólo me queda añadir un adjetivo. Uno solo: repugnante. El resto lo ponen esos miles de marroquíes que prefieren jugarse la vida en el mar antes que seguir viviendo bajo su corona.

Sergio Calle Llorens

miércoles, 29 de julio de 2026

¡LOS FANTASMAS DEL VINILO!


 

Noches estrelladas en las que a mis difuntos me enfrento.

No los busco donde el mármol administra los nombres ni donde las coronas de flores fingen derrotar al tiempo. Los busco en casa. Allí donde una aguja desciende con la solemnidad de un oficio antiguo y el vinilo, obediente, comienza a girar como giran los astros sobre quienes ya no pueden contemplarlos.

Es entonces cuando regresan.

No hacen ruido al entrar. Nunca lo hicieron. Se sientan en el lugar que les pertenece desde hace décadas, entre las estanterías, los libros y los discos. Ninguno pide permiso. Tampoco lo necesita. Porque hay hombres cuya verdadera residencia no fue nunca una dirección postal, sino la memoria de quienes los escucharon.

Uno aprende, con los años, que una discoteca no es una acumulación de objetos. Es un censo de afectos. Cada carpeta conserva una edad de quien la compró, una habitación ya desaparecida, un amor cuyo nombre apenas recordamos, una madrugada que todavía respira bajo el cartón envejecido. Los discos no almacenan canciones. Almacenan tiempo.

Aquella noche volvió a sonar Ilegales. Y mientras el surco iba desgranando palabras de hierro, comprendí por qué algunas composiciones envejecen con la dignidad de los grandes vinos y otras nacen ya viejas, condenadas al olvido antes incluso de terminar su primera temporada de éxito.

Durante demasiado tiempo se confundió la velocidad con el talento. Como si acelerar el pulso pudiera ennoblecer una melodía mediocre. Como si la abundancia de notas lograra ocultar la escasez de ideas. Pero la música jamás fue una competición atlética. Ninguna emoción ha necesitado correr para llegar antes al corazón.

Las mejores canciones conocen la respiración de su lengua. Saben que el español no admite cualquier violencia. Cada sílaba reclama su peso, cada acento exige su lugar, cada silencio posee una función tan decisiva como la palabra que lo precede. El compositor verdadero no escribe únicamente sonidos: administra el tiempo, reparte el aire, ordena el silencio y, sólo cuando todo encuentra su justa medida, permite que la música nazca.

Ésa fue siempre la impresión que me produjo Jorge: la de un hombre que desconfiaba del artificio. Sabía que un riff puede ser brillante durante treinta segundos y resultar insoportable durante treinta años. En cambio, una frase escrita con verdad continúa respirando cuando ya han cambiado las modas, los peinados, las emisoras y hasta los gobiernos.

Tal vez por eso vuelvo una y otra vez a determinados discos. No persigo la nostalgia. Persigo una forma de honestidad que empieza a escasear. Escuchar ciertos álbumes es recordar que el oficio consiste menos en exhibirse que en decir; menos en impresionar que en permanecer.

Con la edad también cambia la geografía de las ausencias. Antes faltaban sillas en Navidad, en los cumpleaños o en las sobremesas familiares. Ahora faltan también voces en las estanterías. Cada año descubro que un lomo más se convierte en epitafio, que una portada deja de anunciar un presente para custodiar definitivamente una memoria. Y, sin embargo, qué extraña victoria la de esos músicos: el cuerpo desaparece; la conversación continúa.

Quizá por eso sigo comprando vinilos. No por fidelidad a un formato, sino por fidelidad a una liturgia. Hay algo profundamente humano en sacar un disco de su funda, sostenerlo unos segundos entre las manos y confiarle otra vez la tarea de devolvernos aquello que el calendario nos fue arrebatando. Ninguna plataforma conoce ese gesto. Ningún algoritmo comprende esa espera. La belleza, como casi todas las cosas importantes, necesita ceremonias.

Al apagar la luz, la habitación queda entregada únicamente al resplandor tenue del amplificador. Fuera continúa girando el mundo. Dentro gira un disco. Y entre ambas rotaciones, tan distintas y tan semejantes, uno acaba comprendiendo que los muertos no desaparecen del todo mientras alguien, en una noche cualquiera, todavía sepa en qué estante descansa la música con la que decidieron desafiar al olvido.

Sergio Calle Llorens


martes, 28 de julio de 2026

¡LONELY SUMMER NIGHTS!


 

Cerré la puerta de casa y el silencio hizo el resto. No había nadie al otro lado. Nadie preguntando cómo había ido el día, nadie protestando porque llegaba tarde, nadie ocupando el otro extremo del sofá. Solo una respiración profunda, la mía, marcando el compás de una noche de verano que parecía suspendida en el tiempo. En momentos así siempre vuelve la misma pregunta, aquella que Charles Bukowski lanzó con la naturalidad de quien sabe que algunas dudas nunca admiten respuesta: si regresas a casa y nadie te espera, y por la mañana nadie pronuncia tu nombre para despertarte, ¿eso es libertad o es soledad?

Nunca he sabido contestarla. Quizá porque las dos cosas se parecen demasiado.

Mientras la casa se llenaba de ese silencio que solo conocen quienes viven solos, empezó a sonar dentro de mi cabeza Lonely Summer Nights, de los Stray Cats. Ni siquiera necesitaba poner el disco. Bastaban los primeros acordes imaginarios para entender que algunas canciones no envejecen; simplemente esperan su momento. Esa siempre aparece cuando cae la noche y el mundo deja de hacer ruido. No habla únicamente de un verano lejano ni de un amor perdido. Habla de ese instante en el que uno descubre que la memoria tiene mejor oído que el corazón.

Fue entonces cuando levanté la vista hacia la ventana. Sobre el Mediterráneo colgaba una luna inmensa, redonda, insolente, como si llevara siglos contemplando las mismas historias sin cansarse jamás de ellas. Y bastó verla para que el tiempo decidiera dar media vuelta.

Volví a otra luna. También era agosto. También era verano. También había una mujer.

Rubia. Ojos azules. De esas personas por las que uno, cuando todavía cree que la vida siempre concede una segunda oportunidad, es capaz de beber los vientos sin preguntarse cuánto costará la resaca. Han pasado muchos años desde entonces, pero el tiempo tiene una extraña manera de administrar los recuerdos. No los destruye. Los archiva. Permanecen inmóviles durante décadas hasta que una canción, una carretera o una luna idéntica deciden abrir el cajón donde llevaban tanto tiempo escondidos.

Dicen que el pasado siempre vuelve. No es verdad. El pasado nunca se va. Somos nosotros quienes aprendemos a caminar mirando hacia otro lado.

Mientras contemplaba aquella luna sobre el Mediterráneo comprendí que no estaba echando de menos a aquella mujer. Lo que realmente había regresado era el hombre que fui cuando la quise. Ese muchacho que todavía pensaba que todas las despedidas eran provisionales, que las noches de verano duraban para siempre y que el rock podía arreglar cualquier herida con tres acordes y una guitarra Gretsch.

La vida, naturalmente, terminó llevándose por delante todas aquellas certezas. Pero fue incapaz de llevarse las canciones.

Por eso sigo creyendo que el rock tiene algo que ninguna otra música ha sabido conservar con la misma dignidad: nunca intenta engañarte. No promete finales felices. No vende optimismo de saldo. El rock se limita a sentarse a tu lado cuando el silencio pesa demasiado y a decirte que otros estuvieron ahí antes que tú. Que ellos también volvieron solos a casa. Que también miraron una luna de agosto preguntándose en qué momento se les escapó la juventud entre los dedos.

Quizá por eso sigo regresando a los Stray Cats. Porque debajo de aquella apariencia gamberra y aquellas guitarras veloces siempre hubo una melancolía elegante. La suficiente para convertir una noche cualquiera en un refugio donde uno puede reconciliarse con sus propias derrotas.

Con los años también he aprendido que la peor soledad no consiste en cenar solo ni en acostarse sin nadie al lado. La peor soledad es compartir la mesa con alguien que ya no te mira, dormir junto a una persona con la que hace tiempo dejaste de hablar y descubrir que el silencio pesa mucho más cuando tiene dos propietarios. Nunca me he sentido más solo que en algunas compañías. En cambio, noches como aquella, con la única compañía de mi respiración y una vieja canción sonando por dentro, terminan pareciéndose mucho más a la paz que al abandono.

Supongo que eso es hacerse mayor. Aprender que los fantasmas no siempre vienen a asustarte. Algunos aparecen únicamente para hacerte compañía. Se sientan contigo, piden otra copa, sonríen al escuchar una vieja canción y desaparecen antes del amanecer sin hacer demasiado ruido. He dejado de luchar contra ellos. Al fin y al cabo, son los únicos que conocen todas las versiones de mi historia.

Bukowski nunca respondió a su propia pregunta. Tal vez porque comprendió que la libertad y la soledad son vecinas de rellano y que, algunas noches, resulta imposible distinguir en cuál de las dos casas has entrado. Yo tampoco voy a intentarlo.

Solo sé que aquella noche cerré la puerta, respiré hondo y dejé que una vieja canción de los Stray Cats hiciera lo que lleva haciendo desde hace tantos años: recordarme que la nostalgia no siempre es una herida. A veces es un hogar.

Y mientras la luna seguía iluminando el Mediterráneo con esa indiferencia de las cosas eternas, comprendí que uno nunca vuelve realmente solo a casa. Siempre regresan con nosotros las canciones que nos salvaron, los amores que nos cambiaron para siempre y la persona que fuimos cuando todavía creíamos que el verano no iba a terminar nunca.

Sergio Calle Llorens

 


lunes, 27 de julio de 2026

¡EL CLUB DEL CRIMEN!


 

Una luz dulcísima se filtra entre las nubes a la hora en que me sumerjo en el mar. Solo el estridente canto de las gaviotas rompe la paz del amanecer. Ni siquiera las playas parecen despiertas, pero mis amigas, las Intrépidas, ya han plantado sus toallas y sus bártulos sobre la arena. Entre todas acumulan varios siglos de vida.

Me conocen porque una de ellas, Marta, es una entusiasta de mis novelas y ha introducido mis libros en el Club del Crimen. Todas leen para descubrir al asesino antes que el detective. Agatha Christie, por supuesto, reina sobre sus estanterías. Ella es la soberana del misterio; ellas, sus más fieles devotas. Y, si excluimos a los hombres morenos de culo prieto, no existe nada que entusiasme más a las integrantes de este peculiar club.

Cuando salgo del agua, Carmen me lanza la misma pregunta de cada mañana.

—¿Está buena el agua?

Asiento con la cabeza.

Carmen tiene la costumbre de rematar cualquier sorpresa con un sonoro «¡hala!». Y esta mañana, al comprobar que su amiga Lucía vuelve a enseñar las domingas en pleno martes, no puede evitar la exclamación.

Lucía debió de ser un auténtico pibón en su juventud. Conserva una mirada pícara que jamás se pierde en el horizonte. Antonia, en cambio, es la prudencia hecha mujer. Prefiere la seguridad de la arena y se queda vigilando las pertenencias mientras las demás juegan a ser sirenas en el Mediterráneo.

Yo ya me he tumbado sobre la toalla e intento contener la sonrisa cuando las oigo lanzar esos grititos inevitables al primer contacto con el agua.

Pero no se equivoquen: estas mujeres no tienen un pelo de inocentes.

Hay un detalle en su biografía que resulta, cuanto menos, inquietante: todas enviudaron antes de que sus maridos cumplieran los sesenta años. Lo sé porque ellas mismas me lo contaron. Según dicen, fueron cayendo uno detrás de otro en años sucesivos.

En fin, una vez es casualidad; dos, coincidencia; tres… ya empieza a parecer obra del enemigo.

Quién sabe. Tal vez tantas novelas policiacas hayan terminado por perfeccionar su dominio del arsénico.

—¿Les hicieron la autopsia a sus difuntos maridos?

Estallan en carcajadas antes de lanzarme una advertencia.

—En el mar es muy fácil morirse.

Decido no seguir haciendo preguntas.

Mis ojos se distraen entonces contemplando a dos espléndidas morenas que caminan por la orilla de una playa ancha, de arena blanca, una de esas playas que, por fortuna, nunca se llena de presencias demasiado aberrantes para mi gusto.

Al poco, mis amigas salen del agua con esa expresión de felicidad que solo concede un baño temprano. Ni siquiera empapadas consiguen parecerme inocentes.

—Sergio, ¿cuándo nos vas a dedicar unas líneas en uno de tus artículos?

Les regalo mi mejor sonrisa antes de responder.

—Cuando vosotras me confeséis cómo van esos clítoris. ¿Chupetón arriba o chupetón abajo? Porque por ahí se comenta que habéis tenido una vida... bastante intensa.

—¡Hala! —vuelve a exclamar Carmen.

—Mira, Sergio, nuestras aventuras sexuales ya forman parte del pasado —dice Lucía.

—Bueno... las tuyas no tanto —replica Carmen sin concederle un segundo de tregua.

El Club del Crimen estalló de nuevo en carcajadas. Las gaviotas levantaron el vuelo, el mar siguió respirando con la misma calma y el sol terminó de imponerse sobre el horizonte.

Las vi marcharse despacio, dejando sobre la arena un rastro de risas y salitre. Pensé que la juventud presume de músculos, pero la vejez presume de historias. Y las de estas mujeres darían para varias novelas... siempre que nadie se empeñe en investigar demasiado.

Yo me limitaré a seguir saludándolas cada mañana.

Y, si un día dejo de escribir, ya saben dónde empezar la investigación.

Sergio Calle Llorens


lunes, 20 de julio de 2026

¡ESPAÑA ES INVENCIBLE!


 

En el siglo XXI, el fútbol se ha convertido en una modalidad deportiva de once contra once en la que siempre ganamos los españoles. Por eso, España ha vuelto a vencer en la Copa del Mundo. Un torneo que empezó de verdad en cuartos porque, tristemente, a la FIFA se le ocurrió convertir el Mundial en una serie de Netflix: diversidad, selecciones infumables y equipos que estarían jugando en Primera Federación. Infantino incluso ha amenazado con ampliar el número de selecciones. Un día veremos a un combinado del barrio de la Victoria compitiendo para que todos se sientan incluidos. Strange times indeed.

Sí, España acaba de sumar una nueva estrella a su camiseta. Treinta y nueve partidos sin conocer la derrota y, cuando hinca la rodilla, es en los penaltis, porque nadie tiene la destreza ni el gen competitivo español para derrotarla en el tiempo reglamentario.

España jubiló a Cristiano Ronaldo —otro que se une a la larga lista de grandes jugadores que nunca han ganado un Mundial—, a Messi, a Deschamps y a De Bruyne. Grandes selecciones que han ido claudicando y aceptando la superioridad hispana. Todas menos Argentina, cuyas entradas en el campo no es que rocen el límite del reglamento, sino el Código Penal.

En la final, España era la clase. Tocaba y tocaba, y las ocasiones se sucedían mientras los argentinos homenajeaban la película Karate Kid: dar cera, pulir cera. Seguro que el profesor Miyagi se sintió orgulloso desde el cielo. Más henchidos de felicidad nos sentimos los españoles al ver cómo Ferran Torres le daba el segundo Mundial a nuestra selección con un gol antológico que hizo saltar de alegría al planeta fútbol. La gente ama la belleza y detesta a los matones de barrio que hablan con acento porteño.

 Por cierto, durante semanas algunos como Jordi Évole buscaron identidades, porcentajes y etiquetas. Mientras contaban melaninas y apellidos, España contaba victorias. Debe de ser que el fútbol sigue teniendo la mala costumbre de decidirse sobre el césped y no en una tertulia.

Hoy hemos amanecido felices porque nos sentimos imbatibles y victoriosos. Después de todo, la selección de Luis de la Fuente ha batido todos los récords e, incluso en regiones como Cataluña y el País Vasco, el seguimiento y el apoyo han sido masivos. El mensaje que España ha lanzado al mundo ha sido este: juntos somos más fuertes y casi invencibles.

Enhorabuena.

Sergio Calle Llorens


lunes, 13 de julio de 2026

¡ANOCHE SOÑÉ QUE ERA FELIZ!

 



Anoche soñé que era feliz. A mi mente llegaron estampas de cariño junto al calor del fuego. Anoche, sin ir más lejos, la cercanía de la soledad puso ante mí una sucesión de recuerdos que nunca ocurrieron: amores que nunca tuve. Orejas que me escuchaban. Ojos que me leían. Labios que no me dieron descanso.

Anoche, en la oscuridad nocturna, la magnificencia del horizonte se diluyó en la luminosidad cegadora de la mañana. A veces me pregunto si mi afición por los paseos no será una forma de alejarme de mi mala sombra. Esta mañana, por cierto, mis pasos me han llevado a los acantilados del Cantal, cuya mirada se pierde en una playa sobre la que cuelgan unas pequeñas casas blancas. Fue precisamente aquí donde una amiga artista me confesó que su deseo es que las autoridades locales le pongan su nombre a este bonito lugar.

Yo, que nunca he tenido grandes ambiciones, salvo la de ir tirando sin que me tiren a la basura, me conformo con que mi nombre aparezca bien escrito en mi esquela. Ustedes tal vez no se acuerden, pero hace años muchas personas abrían los diarios por la página donde aparecían los avisos de difuntos. No era plan empezar la jornada sin saber quién se había mudado al otro barrio. «No somos nadie», exclamaba mi padre al enterarse de la mudanza al más allá de algún conocido. En cambio, yo no necesito entregar mi alma al Altísimo para saber que no somos nadie. Por eso camino alejándome de mí mismo mientras silbo la melodía de mis fracasos.

Sí, anoche soñé que era feliz de nuevo, en las tinieblas de la noche. Anoche llegué a creer que mi vida no había sido un imponente y morrocotudo naufragio.

Al despertar, todo había cambiado y supe al instante —la verdad es que yo soy muy listo— que había sido tan invisible que fui incapaz de encontrar mi cuerpo desnudo entre los pliegues de mis sábanas.

Tal vez alguien pueda usar mi invisibilidad como material para redactar mi esquela. No sé, algo así como: «Murió el hombre invisible. Su ausencia se notará tanto como su presencia en vida».

Sergio Calle Llorens

viernes, 3 de julio de 2026

¡DESPUÉS DE LA CANCIÓN!


 

Hay una pregunta que siempre me ha parecido mucho más interesante que cualquier biografía. No es cómo vivieron los grandes personajes, sino qué ocurrió con quienes se quedaron cuando ellos desaparecieron. Hace unos días volví a ver La Bamba y, como la primera vez, terminé emocionado. No solo por la historia de Ritchie Valens, aquel muchacho que apenas tuvo tiempo de descubrir quién iba a ser antes de convertirse en leyenda, sino por todas esas personas que la película deja discretamente a un lado cuando aparecen los títulos de crédito. Nosotros apagamos el televisor y seguimos con nuestra vida, pero ellos tuvieron que levantarse a la mañana siguiente y aprender a convivir con un vacío imposible de llenar. Mientras millones de personas continuaban escuchando La Bamba y Donna, ellos descubrían que el éxito, la fama y la inmortalidad no sirven de consuelo cuando el silencio ocupa para siempre el lugar de alguien a quien se ha amado.

Entonces comenzaron a surgir las preguntas. ¿Qué fue de la madre que enterró a un hijo cuando apenas empezaba a conocer el mundo? ¿Qué ocurrió con Bob, aquel hermano mayor tan difícil de soportar en la película, consumido por los celos, el alcohol y la frustración, que con el paso de los años encontraría la serenidad suficiente para colaborar en la reconstrucción de la verdadera historia de Ritchie? ¿Y Donna? La muchacha cuyo nombre quedó unido para siempre a una de las baladas más hermosas del rock and roll. Mientras el mundo entero seguía escuchando aquella canción, ella tuvo que hacer algo mucho más complicado: seguir viviendo. Casarse o no casarse. Tener hijos o no tenerlos. Envejecer. Descubrir que la vida continúa incluso cuando el tiempo parece haberse detenido para todos los demás. Resulta extraño pensar que millones de personas conocen su nombre y, sin embargo, casi nadie se pregunta qué ocurrió después de que terminara la canción.

No es la primera vez que me sucede. Hace años escribí sobre Buddy Holly y sobre la mujer que quedó viuda cuando aquel avión cayó durante la noche que la música perdió parte de su inocencia. Todos recordamos al muchacho de las gruesas gafas que revolucionó el rock antes de cumplir los veintitrés años, pero muy pocos se preguntan qué fue de la mujer que esperaba volver a verlo. ¿Cómo continúa una existencia cuando la persona a la que amas queda congelada para siempre en la juventud mientras tú sigues envejeciendo? ¿Cómo se construye una nueva vida cuando el mundo entero insiste en recordarte un pasado del que nunca podrás desprenderte? Es curioso. Las canciones sobreviven mejor que las personas. Peggy Sue seguirá teniendo eternamente la edad que tenía cuando sonó por primera vez aquella guitarra. Donna permanecerá para siempre esperando a Ritchie en cada reproducción del disco. Ellos quedaron atrapados en un instante perfecto que jamás se desgasta. Nosotros, en cambio, seguimos acumulando años, pérdidas, cicatrices y despedidas.

Quizá por eso la nostalgia posee una fuerza tan extraordinaria. No echamos de menos únicamente lo que ocurrió; sentimos una melancolía todavía mayor por todo aquello que pudo haber ocurrido y nunca sucedió. Hay vidas enteras que desaparecen antes incluso de comenzar. Hay conversaciones que nunca llegaron a pronunciarse, trenes a los que no subimos, llamadas que no hicimos y personas a las que dejamos escapar creyendo que habría otra oportunidad. Siempre he pensado que una de las películas que mejor explica esa sensación es Sliding Doors. Toda una existencia cambia porque una mujer consigue entrar en un vagón de metro... o porque las puertas se cierran unos segundos antes. A partir de ese instante nacen dos biografías completamente diferentes. No hay grandes decisiones ni acontecimientos extraordinarios. Solo unos pocos segundos de diferencia. Y, sin embargo, basta ese pequeño retraso para alterar el resto de una vida.

Supongo que todos guardamos una historia semejante. Yo también tengo la mía. Ocurrió hace muchos años, cuando vivía en Londres. Paseaba por un parque sin pensar en nada importante cuando una mujer pelirroja apareció caminando en dirección contraria. Era de una belleza difícil de describir, de esas que obligan a levantar la vista sin proponérselo. Nos cruzamos. Durante un instante nuestras miradas se encontraron y cada uno continuó caminando en silencio. Di unos cuantos pasos y, movido por un impulso que todavía hoy no sé explicar, me giré para mirarla una vez más. Ella también se había girado. Durante apenas un segundo volvimos a encontrarnos con los ojos antes de que ambos siguiéramos nuestro camino para no volver a vernos jamás. Nunca hubo una conversación. Nunca supe su nombre. Nunca existió una historia de amor. Y, sin embargo, de vez en cuando me sorprendo imaginando la vida que jamás existió. ¿Qué habría ocurrido si hubiera regresado sobre mis pasos? ¿Y si hubiera pronunciado cualquier frase, por absurda que fuese? ¿Y si aquel encuentro hubiera cambiado el rumbo de mi historia? Tal vez hoy viviría en otra ciudad. Tal vez tendría otra familia. Tal vez escribiría libros completamente distintos. O quizá nada habría cambiado. Lo único seguro es que jamás lo sabré.

Con los años he llegado a la conclusión de que los seres humanos no vivimos solo de recuerdos. Vivimos también de posibilidades. Somos el resultado de nuestras decisiones, pero también de todas aquellas que nunca llegamos a tomar. Por eso determinadas canciones nos conmueven tanto. No solo nos devuelven a quienes las interpretaron, sino también a la persona que nosotros éramos cuando las escuchamos por primera vez. Cada melodía es una máquina del tiempo imperfecta. Nos devuelve olores, calles, voces y rostros que creíamos olvidados. Nos recuerda que hubo un momento en el que el futuro todavía estaba abierto y cualquier cosa parecía posible.

Hace unos días leí una frase que decía que cada palabra que pronunciamos es un préstamo de los muertos y un regalo para quienes aún no han nacido. Desde entonces no he dejado de pensar en ella. Quizá sea verdad que todos hablamos constantemente con los muertos. Hablamos con Sócrates cuando discutimos sobre la democracia. Con Cervantes cuando escribimos en español. Con Shakespeare cuando nos enamoramos. Con Buddy Holly cuando una guitarra comienza a sonar. Con Ritchie Valens cada vez que alguien vuelve a escuchar Donna. No porque los fantasmas existan necesariamente, sino porque las personas dejan una parte de sí mismas en aquello que crean, y esa parte continúa viajando de generación en generación mucho después de que ellas hayan desaparecido.

Tal vez esa sea la única forma auténtica de vencer a la muerte. No impedir que el cuerpo desaparezca, porque eso pertenece al orden inevitable de la naturaleza, sino conseguir que una idea, una canción, un libro o incluso una simple mirada sobrevivan al paso del tiempo. Al fin y al cabo, todavía hay una pelirroja que continúa girándose para mirarme en un parque de Londres. Vive únicamente en mi memoria, en ese universo paralelo que nunca llegó a existir. Pero mientras siga recordándola, mientras siga preguntándome qué habría sido de nosotros si aquel día hubiera dado media vuelta, esa historia imposible seguirá respirando en algún rincón de mi vida. Y quizá, después de todo, esa también sea una forma de inmortalidad.

Sergio Calle Llorens