jueves, 30 de abril de 2026

¡HEAVEN KNOWS I´M MISERABLE NOW!



A veces vuelve, como un zumbido que no se apaga del todo, aquella frase de The Smiths: I was looking for a job and then I found a job… heaven knows I’m miserable now. No es nostalgia musical; es una constatación. Hay canciones que no se escuchan: se habitan. Y esta, como una letanía de derrota digna, me atraviesa cada vez que recuerdo el día en que mi hermano murió y el mundo siguió girando con la indiferencia metronómica de una máquina bien engrasada.

Murió mi hermano. Y no hubo pausa.

Ni en la empresa. Ni en el centro de estudios. Ni en ese ecosistema de sonrisas plastificadas donde la palabra “equipo” se pronuncia como si fuera una contraseña para entrar en un club al que, en realidad, nadie pertenece. No tuve derecho a un día libre. Ni uno. La ley, ese dios menor de los despachos, no contemplaba mi duelo como una causa suficiente. Debe de ser que la muerte, si no está bien tipificada, carece de entidad jurídica.

Recuerdo volver al trabajo con esa sensación de haber dejado algo irreparable detrás, como quien cierra la puerta de una casa en llamas y decide no mirar atrás porque sabe que no podría soportarlo. Y allí estaban ellos, hablando de input, de output, de coworking, de sinergias y de resiliencia, pronunciando esas palabras como si fueran fórmulas mágicas que justificaran su propia vacuidad. No saben inglés, pero manejan su jerga como quien agita un incensario: mucho humo, ninguna fe.

Después están las ONG, las empresas, las instituciones: ese coro de voces bien moduladas que llenan LinkedIn de vídeos emocionantes, de abrazos en cámara lenta, de frases que hablan de cuidar a las personas. “El capital humano es lo primero”, dicen, mientras el humano concreto —tú, yo, cualquiera— se convierte en un número que no merece ni una llamada cuando se rompe por dentro. Son los mismos que organizan talleres sobre bienestar emocional, pero no tienen el menor interés en saber cómo estás cuando de verdad importa. Prefieren la estética del cuidado a su práctica. La pose antes que la presencia.

Vivimos rodeados de una filantropía ornamental. Se preocupan por todo lo que no duele cerca: causas lejanas, nobles, fotogénicas. La vida sexual del somormujo, si hace falta. Cualquier cosa que pueda enmarcarse en un vídeo inspirador con música de fondo y subtítulos en blanco. Pero no por el tipo que se sienta a su lado y que acaba de perder a su hermano. Ese no da likes. Ese incomoda. Ese recuerda que, bajo la retórica, no hay nada.

Y luego está el edadismo, esa forma de desprecio elegante que no se nombra, pero se respira. Cuando ya no eres joven, pero tampoco lo bastante viejo como para ser invisible del todo, te conviertes en una molestia estadística. Has dejado de ser promesa, pero aún no eres memoria. Estás en tierra de nadie, donde lo que sabes no interesa y lo que eres no cotiza. Te piden experiencia, pero desconfían de ella. Te exigen lealtad, pero te ofrecen caducidad.

Todo esto tiene algo profundamente cinematográfico, aunque no en el sentido épico que nos vendieron. Se parece más a esas escenas de oficina interminables, con luces frías y conversaciones que no dicen nada, donde el protagonista se da cuenta —demasiado tarde— de que ha estado interpretando un papel en una película que no le interesa. Una mezcla entre el absurdo burocrático y la soledad de quien entiende que nadie va a detener la cinta por él.

Y, sin embargo, lo más hiriente no es la crueldad explícita. Es la indiferencia bien organizada. Esa capacidad de seguir adelante sin que nada se altere, como si la vida de los demás fuera un ruido de fondo que se puede silenciar con un clic. No es que no les importe si vives o mueres. Es peor: no llegan ni a planteárselo.

Quizá por eso aquella canción vuelve. Porque en medio de todo este teatro de buenas intenciones y discursos huecos, hay una verdad incómoda latiendo: estamos entregando nuestro tiempo —ese bien irreparable— a estructuras que no sabrían reconocernos ni aunque nos desmoronáramos delante de ellas.

Y lo hacemos en silencio.

Hasta que un día algo se rompe. Y entonces, por un instante, lo ves todo con claridad: el decorado, los figurantes, las palabras vacías flotando en el aire como globos desinflados.

Y entiendes, con una lucidez que duele, que nunca les importó.

Sergio Calle Llorens


miércoles, 29 de abril de 2026

¡EL PARTIDO MUSULMÁN ANDALUSÍ!

 


El nacimiento del partido islamista en la taifa del sur no es exactamente lo que necesitábamos los autónomos. Su líder, que no conocen ni en su casa a la hora de comer, es apoyado por el nieto de Blas Infante cuyo credo, y nadie puede negarlo, incluía segregar a Andalucía de España y unirla al cochambroso Marruecos.

En su presentación, su cabecilla se ha ido a Sevilla para subirse a la Giralda y pedir a los ciudadanos de esa ciudad que se conviertan al islam en masa. Al tipo se le veía convencido. A los sevillanos no tanto. Eso de dejar de comer jamón, abandonar en masa la devoción a la Virgen de Triana o a la Macarena no parece un plan sin fisuras. Más bien todo lo contrario. En verdad, verlo lanzar a rezar por el rito musulmán no le va regalar demasiados votos. No importa cuantos edificios históricos pise porque, como bien nos enseña la historia que no se muestra en los centros de estudio, cuando un payaso se muda a un palacio, no se convierte en Rey; el palacio se convierte en un circo.

También es posible que el musulmán arranque algunos votos por la zona de Algeciras. Si eso ocurre, aunque de momento no le valga para obtener representación parlamentaria, demostrará por qué los judíos y cristianos copan los premios Nóbel en todas las categorías y los musulmanes, siendo millones, son relegados siempre al vagón de cola.

 Para ser exactos, el 65% por ciento de los premiados se consideraban cristianos a la hora de recoger el citado galardón. Más de 200 personas de origen judío han sido galardonadas con el Premio Nobel, representando aproximadamente el 20-25% del total de los premios otorgados desde 1901, a pesar de constituir solo el 0,2% de la población mundial. La mayoría de estos premios se concentran en las áreas científicas de Física, Química y Medicina. Y el dato final relevante y demoledor. Además, Se estima que en 2025 la población musulmana mundial ronda los 2.000 millones de personas. El islam es la religión con mayor crecimiento, representando aproximadamente el 25,6% de la población mundial.

Podemos hablar de matemáticas en la siguiente ronda informativa;

1. Grupo judío (0,2% población → 20–25% Nobel)

Esto es lo más llamativo.

Si tomamos un valor medio (22,5%):

factor de representacioˊn=22,50,2=112,5\text{factor de representación} = \frac{22,5}{0,2} = 112,5factor de representacioˊn=0,222,5​=112,5

 Este grupo está más de 100 veces sobrerrepresentado en premios Nobel respecto a su tamaño poblacional.

2. Grupo Cristiano (33% población → 65% Nobel)

6533≈1,97\frac{65}{33} \approx 1,973365​≈1,97

Aproximadamente el doble de lo esperado. También está sobrerrepresentado, pero nada comparable con el grupo pequeño.

3. Grupo Musulmán (25,6% población → 12 premios)


Desde 1901 ha habido algo más de 600–650 laureados individuales.

12650≈1,8%\frac{12}{650} \approx 1,8\%65012​≈1,8%

 Eso sería:

1,825,6≈0,07\frac{1,8}{25,6} \approx 0,0725,61,8​≈0,07

 Es decir, muy infrarrepresentado.

Matemáticamente, el contraste es brutal:

  • Un grupo diminuto con una hiperconcentración extraordinaria de premios
  • Un grupo grande con rendimiento alto
  • Otro grupo enorme con rendimiento muy bajo

Pero esto no explica causas, solo describe un fenómeno.

Al margen de los datos matemáticos, hay otra realidad inquietante. Todos los islamistas emigran a países occidentales donde hay bienestar, respeto a la ley y a los derechos humanos- y eso incluye la igualdad entre hombres y mujeres- libertad religiosa y sexual. Pero nunca a países musulmanes. Dicho de otra manera; occidente es la respuesta para escapar de sus descacharrantes sociedades. Crear un partido islamista para vivir de nuevo bajo el yugo del medievo, del que por cierto escaparon, sólo se le puede ocurrir a un bobo con abundantes barbas.

Sergio Calle Llorens

viernes, 24 de abril de 2026

¡PEGGY SUE GOT MARRIED!



 


No hay nada más peligroso que una película que nos devuelve a nosotros mismos. Peggy Sue Got Married no es, en apariencia, más que un artefacto de nostalgia: un viaje hacia los años de instituto, hacia las faldas de vuelo y los peinados imposibles, hacia ese territorio donde el tiempo aún no ha pasado factura y la vida parece una promesa en lugar de una contabilidad de pérdidas. Pero bajo su superficie amable late una inquietud más honda, casi metafísica: ¿qué haríamos si pudiéramos corregir nuestra propia biografía?

La premisa es conocida y, sin embargo, nunca deja de seducir. Peggy Sue, interpretada por una Kathleen Turner en estado de gracia crepuscular, se desmaya durante una reunión de antiguos alumnos y despierta en 1960, en su propio cuerpo adolescente, pero con la conciencia intacta de la mujer que ya ha vivido, amado, fracasado. Esa fractura entre experiencia y juventud es el verdadero motor de la película: no es el viaje en el tiempo lo que importa, sino la conciencia del error.

Porque la memoria —esa gran impostora— no solo recuerda, también reescribe. Y Peggy Sue, como todos nosotros en nuestros momentos más íntimos, cree saber qué decisiones fueron las equivocadas. Cree que, con la lucidez del futuro, puede domesticar el pasado. Ahí reside la belleza melancólica del filme: en esa ilusión de control que se desmorona lentamente.

La reunión con las amigas, los pasillos del instituto, las miradas que aún no han aprendido a disimular: todo está filmado con una delicadeza casi elegíaca. No hay ironía cruel, sino una ternura que roza lo doloroso. Es el cine como máquina de resurrección, como intento desesperado de devolvernos a un tiempo donde todo parecía posible, incluso aquello que jamás lo fue.

Y luego está él: ese Nicolas Cage desbordado, excesivo, casi caricaturesco, que encarna al amor imperfecto, al amor real. Porque la película, en última instancia, no habla de oportunidades perdidas, sino de elecciones inevitables. Uno puede fantasear con invitar a salir a aquella chica que nunca se atrevió a mirar a los ojos, con besar a quien solo habitó en la imaginación, con desviarse del camino conocido. Pero hay algo profundamente inquietante en la idea de que, incluso sabiendo todo lo que sabemos, tal vez acabaríamos cometiendo los mismos errores.

La banda sonora merece una mención aparte: no es mero acompañamiento, sino un tejido emocional que envuelve cada escena con una pátina de tiempo suspendido. Las canciones funcionan como cápsulas de memoria, activando en el espectador esa nostalgia prestada que, sin embargo, sentimos como propia. Es música que no solo se escucha: se recuerda, aunque nunca haya formado parte de nuestra vida.

Más discutible resulta el tramo final, cuando la película se desliza hacia lo casi fantástico con la figura del abuelo que acepta la posibilidad del viaje temporal. Ahí el relato pierde parte de su sutileza, como si necesitara explicarse cuando lo verdaderamente poderoso era, precisamente, su ambigüedad. El misterio, una vez verbalizado, deja de ser misterio.

Aun así, hay destellos que permanecen: la aparición casi anecdótica de una jovencísima Sofia Coppola, testigo silencioso de un linaje cinematográfico; la presencia de aquella actriz veterana que encarnó a la mujer de Tarzán, recordándonos que el cine es también un cementerio luminoso donde las generaciones se superponen sin tocarse.

Pero lo que realmente queda, lo que persiste después de los créditos, es esa sensación incómoda de haber mirado demasiado de cerca nuestra propia vida. Porque Peggy Sue Got Married no trata del pasado, sino del presente visto con los ojos del arrepentimiento. Trata de los sueños que no cumplimos, de las versiones de nosotros mismos que quedaron en el camino, de esa intuición amarga de que la vida es, en esencia, una sucesión de renuncias.

Y, sin embargo, hay algo casi consolador en su conclusión implícita: no podemos reescribir nuestra historia. No hay segundas oportunidades verdaderas, no hay regresos limpios al origen. Solo nos queda la memoria, ese territorio ambiguo donde los errores se suavizan y los amores perdidos adquieren una perfección que nunca tuvieron.

Quizá por eso la película deja un poso extraño, entre la tristeza y la aceptación. Como si nos susurrara, con una elegancia casi cruel, que no importa cuánto viajemos hacia atrás en nuestra imaginación: la vida, al final, siempre nos conduce al mismo lugar. Y no salimos vivos de ella.

Sergio Calle Llorens

miércoles, 22 de abril de 2026

¡PLA, SUS MUJERES Y YO!

 


En mi biblioteca hay libros que se leen y libros que se viven. Y luego está el El cuaderno gris, que directamente se infiltra en la manera en que uno observa el mundo. Yo soy planiano hasta la médula, y no lo digo como una etiqueta literaria, sino como una forma de estar en la realidad: desconfiando de lo grandilocuente, atendiendo a lo pequeño, encontrando en una conversación trivial o en un plato bien descrito una verdad más sólida que en muchos discursos solemnes. Leer a Josep Pla es asistir a un fenómeno extraño: el autor no construye personajes porque él mismo se convierte en el personaje central de toda su obra. Su mirada lo invade todo. Su ironía, seca como una sentencia notarial, desmonta la realidad sin levantar la voz. Y, sin embargo, bajo esa aparente claridad, siempre hay una penumbra.

Pla escribió como quien toma notas del mundo, pero en realidad estaba levantando un sistema de interpretación. En El cuaderno gris no hay argumento en el sentido clásico, sino una sucesión de observaciones que, poco a poco, acaban formando una cosmovisión. El joven que escribe ese diario ya contiene al escritor total: el escéptico, el observador incansable, el hombre que parece no implicarse pero que en realidad está profundamente atravesado por lo que ve. Y ahí empieza el misterio. Porque Pla parece transparente, pero no lo es. Dice mucho, pero también decide con precisión quirúrgica qué no decir.

Ese silencio se vuelve especialmente elocuente cuando uno entra en el territorio de sus relaciones con las mujeres. Pla las vivió intensamente, pero las escribió con una discreción casi obsesiva. Esperanza Suquet, el amor de juventud, apenas deja rastro. Mercedes, en Barcelona, queda confinada a las cartas privadas. Rosetta Lagomarsino irrumpe con fuerza en su vida, incluso llega a Palafrugell, pero es expulsada, como si la realidad misma no pudiera tolerar ese desorden sentimental. Luego aparecen figuras más complejas, como Aly Herscovitz, en el Berlín derrotado y febril de los años veinte, o Adi Enberg, quizá la relación más enigmática de todas: años de convivencia, posible matrimonio, una hija nunca reconocida… y, sin embargo, un silencio casi total en su obra. Pla convierte su vida en literatura, sí, pero no toda su vida entra en ese filtro.

Con Aurora, la historia cambia de tono. Aquí ya no estamos ante la discreción, sino ante una intensidad casi obsesiva. Pla descubre con ella un territorio erótico que lo desborda, y aunque la relación se interrumpe, continúa durante décadas a través de cartas cargadas de deseo. Es un Pla distinto: menos irónico, más vulnerable, más expuesto. Y luego está Consuelo Robles, la joven gitana, a quien integra en su vida cotidiana de una manera difícil de clasificar, entre lo afectivo, lo práctico y lo profundamente ambiguo. Todo esto dibuja a un hombre que observa con distancia, pero vive con contradicción.

Y es precisamente en esas contradicciones donde el personaje se vuelve verdaderamente interesante para un expediente como el que estás construyendo. Porque Pla no es solo el gran prosista del siglo XX en lengua catalana, no es solo el cronista minucioso de una época. Es también un hombre situado en un contexto político y moral complejo. Su relación con el franquismo no puede obviarse. Tras la Guerra Civil, Pla se adapta al nuevo régimen, escribe, publica, sobrevive. Colabora, en cierta medida, con el sistema, aunque siempre desde esa posición suya tan característica: lateral, pragmática, nunca del todo explícita. No es un ideólogo del régimen, pero tampoco un opositor. Es, si se quiere, un superviviente lúcido que decide seguir escribiendo en las condiciones que le tocan.

La famosa anécdota de la gabardina resume bien ese espíritu. Pla, con su ironía habitual, viene a decir que uno se pone la gabardina que conviene según el tiempo que hace. No es una declaración heroica, ni pretende serlo. Es, más bien, una forma de cinismo práctico, de adaptación a la intemperie histórica. Y esto incomoda, claro. Sobre todo cuando se contrasta con su ambición de ser el gran cronista de su siglo. Porque hay silencios que pesan. Y uno de los más evidentes es su ausencia de reflexión sobre el Holocausto. En un escritor tan atento a la realidad, tan obsesionado con describir su tiempo, ese vacío resulta inquietante. No es un descuido menor, es una omisión significativa que obliga a replantearse su figura.

Decir esto no disminuye a Pla; lo humaniza. Lo saca del pedestal y lo devuelve a ese terreno que a él mismo le habría gustado: el de la imperfección concreta. Un escritor enorme, sí, pero también un hombre con zonas oscuras, con decisiones discutibles, con silencios que interpelan. Y quizá ahí reside una de las claves más fascinantes de su obra. Pla no ofrece respuestas morales claras. No se presenta como ejemplo. Escribe, observa, anota. Y deja que el lector saque sus propias conclusiones.

Desde dentro, incluso apoyando a la Fundación que lleva su nombre, es comprensible que estos aspectos se traten con cautela. Pero un escritor cuando es grande de verdad, no se sostiene solo sobre la admiración, sino también sobre la incomodidad.

Y Pla, en ese sentido, sigue siendo profundamente incómodo. Por su lucidez, por su ironía, por su capacidad de describir el mundo… y también por todo aquello que decidió no contar.

Sergio Calle Llorens

domingo, 19 de abril de 2026

¡UN CABALLERO EN TIEMPOS DE RUIDO!

 


Mi padre aprobó unas oposiciones con doce años. Tuvo que estudiar contabilidad e inglés. Tras conseguirlo, obtuvo el puesto de botones en el Banco de Bilbao. Años más tarde terminaría trabajando como director de sucursal. Nunca se tomó una baja. Jamás dio una excusa en el trabajo. Un tipo que se vestía por los pies. Alguien que en ninguna hoja del calendario tiró un papel al suelo. Un caballero profesional que exigía lo mismo de sus subordinados.

A él no se le pasó por la cabeza pitar un himno ajeno, ni siquiera el andaluz, que sentíamos ajeno. En esencia, era un tipo conservador. De esos que crecieron afirmando que hacer el servicio militar era servir a España. Sin embargo, decía que los homosexuales eran seres fantásticos, porque así mis hermanos y yo tendríamos más mujeres a nuestra disposición. De las lesbianas pensaba que eran personas de muy buen gusto, porque se enamoraban de otras mujeres.

Rafael variaba muy poco de opinión; lo que le parecía fatal al alba le seguía pareciendo igual de mal en la anochecida. No era el tipo de hombre al que le hubiera agradado escuchar cánticos como el de «musulmán el que no bote», pero habría puesto el grito en el cielo ante la vejación del himno de todos los españoles. Ya lo leen: un señor muy alejado de los patanes que hoy opinan en televisión y escriben en los diarios.

Lo que más me gustaba de él era su fino e irónico sentido del humor. A veces podía confundirse con un señor inglés que, tras leer un artículo de The Times, levanta la cabeza para soltar un comentario jocoso. Le hacían mucha gracia esos falsos profetas que se esposan con mujeres porque Dios se les aparece en sueños para que desfloren a alguna damisela. Como si el Altísimo, que como todo el mundo sabe está en el cielo tan pimpante, no tuviera otra cosa que hacer que preocuparse de la vida sexual de los mortales.

Mi padre nunca tuvo mala sangre. Es más, pasó su vida donándola, porque la suya era universal. El karma no le premió y, el único día que su ángel de la guarda —al cual mandó saludos muy poco cordiales— estaba despistadillo, terminó ahogado en su propia sangre, esperando a una ambulancia del Servicio Andaluz de Salud. Su muerte no provocó ningún titular. Nadie se manifestó en la calle por él. Básicamente, porque gobernaba el PSOE y él no era un perrito como Excalibur.

A veces pienso que su muerte fue la forma que tuvo Dios de ahorrarle ver con sus propios ojos que los españoles y el resto de europeos estamos siendo sustituidos por una masa de gente ajena cuyos valores morales se anclan en un pedrusco de Arabia. Él no lo hubiera intentado. Él no lo hubiera aceptado. Al final, el tiempo le dio la razón: nuestro mundo va a desaparecer.

Y, sin embargo, cuando cae la noche y el ruido se apaga, me gusta pensar que hombres como él no desaparecen del todo. Que quedan suspendidos en algún lugar discreto, quizá en ese mismo cielo donde el Altísimo sigue tan pimpante, observándonos con una mezcla de ironía y cansancio. Como si aún levantara la vista de su periódico invisible para dictar sentencia, breve y certera, sobre este mundo que ya no reconoce. Y entonces, por un instante, todo parece un poco menos perdido.

Sergio Calle Llorens

miércoles, 15 de abril de 2026

¡MATEU LAHOZ: ANATOMÍA DE UN ESPERPENTO TELEVISADO!



Ya arbitrando apuntaba maneras de pistolero desquiciado cuando llegó a expulsar a Ferran Torres por mirarle mal tras no señalar un penalti como la catedral de Burgos. Por momentos parecía Billy the Kid desenfundando el revólver en un saloon de mala muerte. Arma que, por cierto, mantenía con el seguro echado cuando Casemiro repartía hostias celestiales a diestro y siniestro. Y eso incluía, metafóricamente, las que le daba al propio Mateu en los vestuarios.

Es imposible no troncharse de risa cada vez que abre la boca. El árbitro retirado, hoy reconvertido en oráculo del balompié en Movistar, no pierde ocasión para convencernos de que su sitio natural no es un plató, sino una habitación acolchada con vistas al infinito. Un día, el jugador del Real Madrid, Federico Valverde —si eso lo hace en un campo de fútbol, qué no hará en un parking—, soltaba un viaje descomunal en la cara a un jugador del Benfica, cortando una ocasión manifiesta de gol, y el trencilla televisivo justificaba la no expulsión porque el colegiado estaba realizando un “arbitraje muy humano”. Muy humano, sí: como el de Hannibal Lecter a la hora de cenar.

¿Es tonto o no es tonto? ¿Está para encerrarlo o no está para encerrarlo?

Ayer nos dejó otra perla de coleccionista antes del Atleti-Barça: “Al árbitro francés lo veo muy centrado porque acaba de saludar a los niños y eso es muy buena señal”. Les juro que estuve a punto de caerme del sofá, como en una escena de Aterriza como puedas. Minutos después, tras un fallo flagrante del gabacho, lo disculpaba afirmando que estaba de espaldas. No lo estaba. Pero en el estudio nadie se atrevió a discutir con quien ya ha cruzado la línea que separa el análisis de la alucinación.

En realidad, lo que me gustaría saber es cuáles son los criterios de Movistar Plus+ para contratar a sus comentaristas. Porque lo que hay ahí dentro no es una redacción: es una especie de casting permanente para un reality de incompetencia ilustrada.

Ahí tienen a Ajero entrevistando a jugadores de baloncesto en un inglés macarrónico que no entiende ni él mismo, como si estuviera improvisando diálogos descartados de una mala película de Guy Ritchie después de una noche larga y una resaca peor. Uno lo escucha y no sabe si está formulando una pregunta, pidiendo auxilio o intentando invocar a un demonio babilónico.

Y luego está Amaya Valdemoro, que sabe de baloncesto —eso es innegable—, pero cuyo madridismo sociológico es tan transparente que debería cotizar en bolsa. Intenta disimularlo repartiendo elogios al rival, sí, pero siempre cuando el partido está decidido, cuando el pescado ya está vendido y el aplauso no compromete nada. Es como esos actores que lloran cuando ya ha caído el telón: mucho gesto, cero riesgo.

Muchas veces recuerda a esos calvos que se dejan barba para que no reparemos en que tienen menos pelo en la cabeza que una bombilla de veinticinco vatios. Pero aquí la barba ya no engaña a nadie. El cartón se ve desde la última fila.

Y mientras tanto, el espectador, que no es idiota —aunque algunos se empeñen en tratarlo como tal—, asiste a este desfile de opiniones blandas, justificaciones absurdas y análisis que parecen escritos con un dado en la mano. Hoy digo una cosa, mañana la contraria, y pasado mañana ya veremos si me acuerdo de lo que dije ayer.

Esto no es análisis deportivo: es un número de varietés. Un circo de tres pistas donde cada cual hace su numerito esperando que nadie mire demasiado de cerca.

Solo faltan Falete, los Los Chiripitifláuticos y Kiko Rivera comentando el VAR para completar el esperpento.

Total… que uno ya no sabe si está viendo fútbol o un remake cutre de Alguien voló sobre el nido del cuco. Pero sin Jack Nicholson que nos salve la función.

Y lo peor no es que estén ahí. Lo peor es que pretenden que nos lo tomemos en serio.

Sergio Calle Llorens

jueves, 9 de abril de 2026

¡DONDE EMPIEZAN LOS FRACASOS ELEGANTES!


Siempre he tenido la sensación de haber llegado demasiado pronto o demasiado tarde a los sitios. Una constante que no ha sufrido variación alguna en mi agitada vida. Sin embargo, durante años soñé que el entrenador me sacaría a jugar los últimos diez segundos del partido para lanzar la canasta ganadora sobre la bocina. Nunca ocurrió. Tampoco pasó que aquella mujer, marquesa de la progresía, descolgara el teléfono para disculparse por el trato degradante al no considerarme de su mismo pedigrí. A veces hay clases incluso entre los funcionarios.

Los soñadores vivimos mejor en las viñetas de un cómic. Posamos bien en ese mar de tinta bermeja bajo la luna espectral que apenas ilumina nuestros fracasos. En mi caso, todos ellos llevan la palabra «casi»: casi vendí los derechos de mi segunda novela a una gran productora de cine, como esos guiones que duermen el sueño eterno en un cajón de Hollywood. Casi terminé escribiendo para un gran diario, rozando con los dedos una columna que nunca llegó a llevar mi nombre. Casi terminé en la cárcel, como don Francisco de Quevedo, por unos versos satíricos que jamás alcanzaron el escándalo necesario. Casi incluyeron en un disco una canción que compuse en una noche de verano, de esas que suenan en la radio de otro mientras uno conduce sin rumbo. Casi llegué a los dos años como best seller, en una época en la que el viento siempre empujaba mi nave hacia un puerto llamado éxito… pero siempre había una corriente traicionera que desviaba el rumbo en el último instante.

La vida es una continua pérdida. Pierdes a tu primer amor. Pierdes a tus seres queridos, que van dejando demasiados huecos en la mesa. Pierdes la lozanía y pierdes hasta la vida. Es cuestión de aceptarlo, aunque duela. Lo que no se puede aprender es la esperanza. Empero, yo la perdí en algún cruce de caminos, pero sería incapaz de recordar el triste acontecimiento.

A resultas de todo esto, siento que mi existencia ha sido un completo desatino. Incluso pienso que no debería haber nacido. A veces siento que ni mi sombra es capaz de seguirme en mis correrías nocturnas. En una de ellas, me percaté de que apenas me tengo en pie ya. Creo que, una vez más, llegaré tarde a mi cita con el destino. Recuerdo que, en lo alto, el ululato del mochuelo parecía compadecerse de mi escasa fortuna. Intentaba localizarlo cuando la lluvia hizo acto de presencia y deshice el camino por última vez.

¡Y esto, queridos niños, es lo que uno piensa cuando llega a casa de noche y se encuentra la nevera sin cerveza!

Sergio Calle Llorens

miércoles, 1 de abril de 2026

¡EL HOMBRE QUE ESCUCHÓ LA MÚSICA HASTA QUE SE LE ROMPIÓ EL CORAZÓN!


 

Chicago, años cincuenta. No era una ciudad, era un ruido constante. Un lugar donde el humo de las fábricas se mezclaba con la música que salía de los bares como si alguien hubiera dejado abierta una herida en medio de la noche.

En ese escenario aparece Leonard Chess, un inmigrante judío que no llega con un plan para cambiar la música ni con ninguna ambición cultural. Llega como llegan muchos: buscando una forma de sostenerse en pie. Pero hay personas que, sin proponérselo, acaban escuchando cosas que otros no oyen.

El blues estaba allí antes que él. En las voces de los que venían del sur, en los dedos cansados de guitarristas que tocaban como si se estuvieran contando a sí mismos su propia vida. No era entretenimiento. Era supervivencia hecha sonido.

Y Chess escucha.

No lo analiza. No lo teoriza. Lo escucha.

De esa escucha nace Chess Records, junto a su hermano Phil. Un sello discográfico que no empieza como una idea brillante de negocio, sino como una intuición casi física: aquello que suena en los clubes pequeños de Chicago no puede quedarse allí dentro sin perder algo esencial.

Muddy Waters, Howlin’ Wolf, Willie Dixon… nombres que hoy suenan a historia grande, pero que entonces eran simplemente personas intentando transformar el dolor en algo que pudiera sostenerse en una canción. No había distancia entre la vida y la música. Todo era lo mismo.

Chess no inventa nada de eso. Lo que hace es otra cosa más rara: quedarse cerca.

Entra en ese mundo sin terminar de pertenecer a él, pero sin apartarse. Y en esa fricción nace algo extraordinario. El blues se electrifica, se vuelve urbano, más duro, más afilado. Chicago empieza a sonar distinto, y con el tiempo el eco de ese sonido llega mucho más lejos de lo que nadie podía imaginar.

El sello crece. Y con él crece también la vida de su fundador, que empieza a moverse entre oficinas, contratos, decisiones que ya no tienen la inocencia del principio. La música sigue ahí, pero ahora también hay negocio, presión, expectativas, tensiones con artistas que no siempre confían en quienes llevan las cuentas.

Todo se vuelve más grande. Y lo grande siempre pesa.

Hubo cercanía con los músicos, hubo conflictos, hubo relaciones intensas propias de un mundo donde el arte no se separa fácilmente de la vida. Porque Chess Records no era solo una empresa: era un lugar donde muchas vidas se cruzaban alrededor de algo tan frágil como una canción.

Y entonces llega el final de Leonard Chess.

Un infarto en su coche, en movimiento, en plena actividad. No hay reposo, no hay cierre, no hay ceremonia. Solo el cuerpo deteniéndose de golpe mientras todo lo demás seguía avanzando. Y quizá ahí está la única coherencia posible con su historia: alguien que vivió siempre en movimiento no podía terminar de otra manera.

Porque su vida fue eso. Movimiento constante. Música empujando hacia delante. Ruido convertido en forma de sentido.

Lo que queda de él no es una biografía cerrada ni una figura solemne. Lo que queda es un catálogo de voces que cambiaron la historia de la música sin saber del todo que la estaban cambiando.

Y si alguien quiere ver más de esa vida, más de ese mundo donde todo esto ocurrió, existe una película que la reconstruye con sus luces y sus sombras: Cadillac Records.

Sergio Calle Llorens