domingo, 19 de abril de 2026

¡UN CABALLERO EN TIEMPOS DE RUIDO!

 


Mi padre aprobó unas oposiciones con doce años. Tuvo que estudiar contabilidad e inglés. Tras conseguirlo, obtuvo el puesto de botones en el Banco de Bilbao. Años más tarde terminaría trabajando como director de sucursal. Nunca se tomó una baja. Jamás dio una excusa en el trabajo. Un tipo que se vestía por los pies. Alguien que en ninguna hoja del calendario tiró un papel al suelo. Un caballero profesional que exigía lo mismo de sus subordinados.

A él no se le pasó por la cabeza pitar un himno ajeno, ni siquiera el andaluz, que sentíamos ajeno. En esencia, era un tipo conservador. De esos que crecieron afirmando que hacer el servicio militar era servir a España. Sin embargo, decía que los homosexuales eran seres fantásticos, porque así mis hermanos y yo tendríamos más mujeres a nuestra disposición. De las lesbianas pensaba que eran personas de muy buen gusto, porque se enamoraban de otras mujeres.

Rafael variaba muy poco de opinión; lo que le parecía fatal al alba le seguía pareciendo igual de mal en la anochecida. No era el tipo de hombre al que le hubiera agradado escuchar cánticos como el de «musulmán el que no bote», pero habría puesto el grito en el cielo ante la vejación del himno de todos los españoles. Ya lo leen: un señor muy alejado de los patanes que hoy opinan en televisión y escriben en los diarios.

Lo que más me gustaba de él era su fino e irónico sentido del humor. A veces podía confundirse con un señor inglés que, tras leer un artículo de The Times, levanta la cabeza para soltar un comentario jocoso. Le hacían mucha gracia esos falsos profetas que se esposan con mujeres porque Dios se les aparece en sueños para que desfloren a alguna damisela. Como si el Altísimo, que como todo el mundo sabe está en el cielo tan pimpante, no tuviera otra cosa que hacer que preocuparse de la vida sexual de los mortales.

Mi padre nunca tuvo mala sangre. Es más, pasó su vida donándola, porque la suya era universal. El karma no le premió y, el único día que su ángel de la guarda —al cual mandó saludos muy poco cordiales— estaba despistadillo, terminó ahogado en su propia sangre, esperando a una ambulancia del Servicio Andaluz de Salud. Su muerte no provocó ningún titular. Nadie se manifestó en la calle por él. Básicamente, porque gobernaba el PSOE y él no era un perrito como Excalibur.

A veces pienso que su muerte fue la forma que tuvo Dios de ahorrarle ver con sus propios ojos que los españoles y el resto de europeos estamos siendo sustituidos por una masa de gente ajena cuyos valores morales se anclan en un pedrusco de Arabia. Él no lo hubiera intentado. Él no lo hubiera aceptado. Al final, el tiempo le dio la razón: nuestro mundo va a desaparecer.

Y, sin embargo, cuando cae la noche y el ruido se apaga, me gusta pensar que hombres como él no desaparecen del todo. Que quedan suspendidos en algún lugar discreto, quizá en ese mismo cielo donde el Altísimo sigue tan pimpante, observándonos con una mezcla de ironía y cansancio. Como si aún levantara la vista de su periódico invisible para dictar sentencia, breve y certera, sobre este mundo que ya no reconoce. Y entonces, por un instante, todo parece un poco menos perdido.

Sergio Calle Llorens

miércoles, 15 de abril de 2026

¡MATEU LAHOZ: ANATOMÍA DE UN ESPERPENTO TELEVISADO!



Ya arbitrando apuntaba maneras de pistolero desquiciado cuando llegó a expulsar a Ferran Torres por mirarle mal tras no señalar un penalti como la catedral de Burgos. Por momentos parecía Billy the Kid desenfundando el revólver en un saloon de mala muerte. Arma que, por cierto, mantenía con el seguro echado cuando Casemiro repartía hostias celestiales a diestro y siniestro. Y eso incluía, metafóricamente, las que le daba al propio Mateu en los vestuarios.

Es imposible no troncharse de risa cada vez que abre la boca. El árbitro retirado, hoy reconvertido en oráculo del balompié en Movistar, no pierde ocasión para convencernos de que su sitio natural no es un plató, sino una habitación acolchada con vistas al infinito. Un día, el jugador del Real Madrid, Federico Valverde —si eso lo hace en un campo de fútbol, qué no hará en un parking—, soltaba un viaje descomunal en la cara a un jugador del Benfica, cortando una ocasión manifiesta de gol, y el trencilla televisivo justificaba la no expulsión porque el colegiado estaba realizando un “arbitraje muy humano”. Muy humano, sí: como el de Hannibal Lecter a la hora de cenar.

¿Es tonto o no es tonto? ¿Está para encerrarlo o no está para encerrarlo?

Ayer nos dejó otra perla de coleccionista antes del Atleti-Barça: “Al árbitro francés lo veo muy centrado porque acaba de saludar a los niños y eso es muy buena señal”. Les juro que estuve a punto de caerme del sofá, como en una escena de Aterriza como puedas. Minutos después, tras un fallo flagrante del gabacho, lo disculpaba afirmando que estaba de espaldas. No lo estaba. Pero en el estudio nadie se atrevió a discutir con quien ya ha cruzado la línea que separa el análisis de la alucinación.

En realidad, lo que me gustaría saber es cuáles son los criterios de Movistar Plus+ para contratar a sus comentaristas. Porque lo que hay ahí dentro no es una redacción: es una especie de casting permanente para un reality de incompetencia ilustrada.

Ahí tienen a Ajero entrevistando a jugadores de baloncesto en un inglés macarrónico que no entiende ni él mismo, como si estuviera improvisando diálogos descartados de una mala película de Guy Ritchie después de una noche larga y una resaca peor. Uno lo escucha y no sabe si está formulando una pregunta, pidiendo auxilio o intentando invocar a un demonio babilónico.

Y luego está Amaya Valdemoro, que sabe de baloncesto —eso es innegable—, pero cuyo madridismo sociológico es tan transparente que debería cotizar en bolsa. Intenta disimularlo repartiendo elogios al rival, sí, pero siempre cuando el partido está decidido, cuando el pescado ya está vendido y el aplauso no compromete nada. Es como esos actores que lloran cuando ya ha caído el telón: mucho gesto, cero riesgo.

Muchas veces recuerda a esos calvos que se dejan barba para que no reparemos en que tienen menos pelo en la cabeza que una bombilla de veinticinco vatios. Pero aquí la barba ya no engaña a nadie. El cartón se ve desde la última fila.

Y mientras tanto, el espectador, que no es idiota —aunque algunos se empeñen en tratarlo como tal—, asiste a este desfile de opiniones blandas, justificaciones absurdas y análisis que parecen escritos con un dado en la mano. Hoy digo una cosa, mañana la contraria, y pasado mañana ya veremos si me acuerdo de lo que dije ayer.

Esto no es análisis deportivo: es un número de varietés. Un circo de tres pistas donde cada cual hace su numerito esperando que nadie mire demasiado de cerca.

Solo faltan Falete, los Los Chiripitifláuticos y Kiko Rivera comentando el VAR para completar el esperpento.

Total… que uno ya no sabe si está viendo fútbol o un remake cutre de Alguien voló sobre el nido del cuco. Pero sin Jack Nicholson que nos salve la función.

Y lo peor no es que estén ahí. Lo peor es que pretenden que nos lo tomemos en serio.

Sergio Calle Llorens

jueves, 9 de abril de 2026

¡DONDE EMPIEZAN LOS FRACASOS ELEGANTES!


Siempre he tenido la sensación de haber llegado demasiado pronto o demasiado tarde a los sitios. Una constante que no ha sufrido variación alguna en mi agitada vida. Sin embargo, durante años soñé que el entrenador me sacaría a jugar los últimos diez segundos del partido para lanzar la canasta ganadora sobre la bocina. Nunca ocurrió. Tampoco pasó que aquella mujer, marquesa de la progresía, descolgara el teléfono para disculparse por el trato degradante al no considerarme de su mismo pedigrí. A veces hay clases incluso entre los funcionarios.

Los soñadores vivimos mejor en las viñetas de un cómic. Posamos bien en ese mar de tinta bermeja bajo la luna espectral que apenas ilumina nuestros fracasos. En mi caso, todos ellos llevan la palabra «casi»: casi vendí los derechos de mi segunda novela a una gran productora de cine, como esos guiones que duermen el sueño eterno en un cajón de Hollywood. Casi terminé escribiendo para un gran diario, rozando con los dedos una columna que nunca llegó a llevar mi nombre. Casi terminé en la cárcel, como don Francisco de Quevedo, por unos versos satíricos que jamás alcanzaron el escándalo necesario. Casi incluyeron en un disco una canción que compuse en una noche de verano, de esas que suenan en la radio de otro mientras uno conduce sin rumbo. Casi llegué a los dos años como best seller, en una época en la que el viento siempre empujaba mi nave hacia un puerto llamado éxito… pero siempre había una corriente traicionera que desviaba el rumbo en el último instante.

La vida es una continua pérdida. Pierdes a tu primer amor. Pierdes a tus seres queridos, que van dejando demasiados huecos en la mesa. Pierdes la lozanía y pierdes hasta la vida. Es cuestión de aceptarlo, aunque duela. Lo que no se puede aprender es la esperanza. Empero, yo la perdí en algún cruce de caminos, pero sería incapaz de recordar el triste acontecimiento.

A resultas de todo esto, siento que mi existencia ha sido un completo desatino. Incluso pienso que no debería haber nacido. A veces siento que ni mi sombra es capaz de seguirme en mis correrías nocturnas. En una de ellas, me percaté de que apenas me tengo en pie ya. Creo que, una vez más, llegaré tarde a mi cita con el destino. Recuerdo que, en lo alto, el ululato del mochuelo parecía compadecerse de mi escasa fortuna. Intentaba localizarlo cuando la lluvia hizo acto de presencia y deshice el camino por última vez.

¡Y esto, queridos niños, es lo que uno piensa cuando llega a casa de noche y se encuentra la nevera sin cerveza!

Sergio Calle Llorens

miércoles, 1 de abril de 2026

¡EL HOMBRE QUE ESCUCHÓ LA MÚSICA HASTA QUE SE LE ROMPIÓ EL CORAZÓN!


 

Chicago, años cincuenta. No era una ciudad, era un ruido constante. Un lugar donde el humo de las fábricas se mezclaba con la música que salía de los bares como si alguien hubiera dejado abierta una herida en medio de la noche.

En ese escenario aparece Leonard Chess, un inmigrante judío que no llega con un plan para cambiar la música ni con ninguna ambición cultural. Llega como llegan muchos: buscando una forma de sostenerse en pie. Pero hay personas que, sin proponérselo, acaban escuchando cosas que otros no oyen.

El blues estaba allí antes que él. En las voces de los que venían del sur, en los dedos cansados de guitarristas que tocaban como si se estuvieran contando a sí mismos su propia vida. No era entretenimiento. Era supervivencia hecha sonido.

Y Chess escucha.

No lo analiza. No lo teoriza. Lo escucha.

De esa escucha nace Chess Records, junto a su hermano Phil. Un sello discográfico que no empieza como una idea brillante de negocio, sino como una intuición casi física: aquello que suena en los clubes pequeños de Chicago no puede quedarse allí dentro sin perder algo esencial.

Muddy Waters, Howlin’ Wolf, Willie Dixon… nombres que hoy suenan a historia grande, pero que entonces eran simplemente personas intentando transformar el dolor en algo que pudiera sostenerse en una canción. No había distancia entre la vida y la música. Todo era lo mismo.

Chess no inventa nada de eso. Lo que hace es otra cosa más rara: quedarse cerca.

Entra en ese mundo sin terminar de pertenecer a él, pero sin apartarse. Y en esa fricción nace algo extraordinario. El blues se electrifica, se vuelve urbano, más duro, más afilado. Chicago empieza a sonar distinto, y con el tiempo el eco de ese sonido llega mucho más lejos de lo que nadie podía imaginar.

El sello crece. Y con él crece también la vida de su fundador, que empieza a moverse entre oficinas, contratos, decisiones que ya no tienen la inocencia del principio. La música sigue ahí, pero ahora también hay negocio, presión, expectativas, tensiones con artistas que no siempre confían en quienes llevan las cuentas.

Todo se vuelve más grande. Y lo grande siempre pesa.

Hubo cercanía con los músicos, hubo conflictos, hubo relaciones intensas propias de un mundo donde el arte no se separa fácilmente de la vida. Porque Chess Records no era solo una empresa: era un lugar donde muchas vidas se cruzaban alrededor de algo tan frágil como una canción.

Y entonces llega el final de Leonard Chess.

Un infarto en su coche, en movimiento, en plena actividad. No hay reposo, no hay cierre, no hay ceremonia. Solo el cuerpo deteniéndose de golpe mientras todo lo demás seguía avanzando. Y quizá ahí está la única coherencia posible con su historia: alguien que vivió siempre en movimiento no podía terminar de otra manera.

Porque su vida fue eso. Movimiento constante. Música empujando hacia delante. Ruido convertido en forma de sentido.

Lo que queda de él no es una biografía cerrada ni una figura solemne. Lo que queda es un catálogo de voces que cambiaron la historia de la música sin saber del todo que la estaban cambiando.

Y si alguien quiere ver más de esa vida, más de ese mundo donde todo esto ocurrió, existe una película que la reconstruye con sus luces y sus sombras: Cadillac Records.

Sergio Calle Llorens