martes, 22 de septiembre de 2026

¡LOS MISTERIOS DE RAYMOND CHANDLER!

 

Los Ángeles de Raymond Chandler no era la ciudad de las postales. Era una ciudad de dinero, alcohol, corrupción, hoteles, policías, detectives privados y hombres ricos que escondían sus miserias detrás de puertas perfectamente cerradas. Chandler convirtió todo aquello en literatura y creó a Philip Marlowe, uno de los personajes fundamentales de la novela negra. Pero cuando dejamos los libros a un lado y empezamos a investigar la vida de su creador, descubrimos que el expediente de Chandler también contiene secretos, relaciones complicadas, alcohol, crisis personales, enfrentamientos con Hollywood y una historia de amor que marcó su existencia durante más de treinta años.

Raymond Thornton Chandler nació en Chicago en 1888. Su padre abandonó a la familia y Chandler terminó trasladándose con su madre a Inglaterra, donde recibió una educación clásica y llegó a trabajar como funcionario. Su vida parecía encaminada hacia una existencia bastante convencional, muy lejos de la literatura. Sin embargo, después de regresar a Estados Unidos, Chandler trabajó durante años en el negocio petrolero hasta alcanzar una posición estable. El alcohol empezó a perjudicar seriamente su vida profesional y, en 1932, perdió su empleo. Tenía cuarenta y cuatro años y aquella crisis profesional lo empujó hacia una decisión que cambiaría su vida: convertirse en escritor.

Antes de Philip Marlowe estuvo Cissy Pascal. Chandler conoció en Los Ángeles a una mujer dieciocho años mayor que él y se enamoró. Cissy estaba casada cuando comenzó aquella relación, una circunstancia que convirtió desde el principio la historia en un asunto bastante más complicado de lo que suele aparecer en las biografías resumidas. Chandler y Cissy terminaron casándose en 1924, después de la muerte de la madre de él. Él tenía treinta y cinco años y ella cincuenta y tres. Permanecieron juntos durante tres décadas y Cissy se convirtió en la persona central de la vida privada del escritor.

Cuando Chandler perdió su trabajo en la industria petrolera, comenzó a estudiar seriamente la ficción detectivesca. Leyó las revistas pulp, analizó su estructura, practicó el diálogo y empezó a publicar relatos. No llegó a la literatura como un joven prodigio. Llegó después de haber cumplido cuarenta años, después de haber tenido otra profesión y después de haber experimentado una caída personal considerable. En 1939 publicó The Big Sleep, la primera novela protagonizada por Philip Marlowe, y con ella cambió para siempre la imagen del detective privado.

Marlowe era duro, sarcástico y perfectamente capaz de moverse entre delincuentes, policías corruptos, millonarios y mujeres peligrosas. Pero tenía una característica que lo diferenciaba: un código moral. Sabía cómo funcionaba la corrupción y conocía perfectamente la suciedad de las personas que lo rodeaban, pero se negaba a aceptar que todo pudiera comprarse. Esa característica resulta especialmente interesante cuando la comparamos con el propio Chandler. El escritor tenía problemas con el alcohol, mantuvo relaciones con otras mujeres y atravesó periodos de enorme inestabilidad personal. Marlowe, en cambio, representaba una integridad que Chandler no siempre consiguió mantener en su propia vida.

La construcción de las novelas también tiene su propia historia. Chandler reutilizó algunos de sus primeros relatos publicados en las revistas pulp, reconstruyéndolos y ampliándolos para convertirlos en novelas. Aquello formaba parte de su proceso de aprendizaje y de las exigencias económicas de la ficción popular de aquella época. Lo extraordinario fue lo que consiguió hacer después con ese material. Chandler convirtió las historias de detectives en algo mucho más amplio: retratos de una sociedad donde el dinero, el poder, el sexo y las apariencias podían esconder auténticas miserias.

Y esa sociedad tenía un escenario perfecto: Los Ángeles. Chandler convirtió la ciudad en uno de los grandes personajes de su literatura. Las mansiones, los hoteles, los clubes privados, las carreteras, las playas y los barrios residenciales aparecían junto a detectives, chantajistas, asesinos y policías corruptos. Desde lejos, Los Ángeles podía parecer una ciudad perfecta. Chandler se encargó de demostrar que, cuando uno levantaba la alfombra, encontraba una cantidad considerable de suciedad.

Después llegó Hollywood. Chandler participó en la escritura de Double Indemnity, junto a Billy Wilder, y aquella colaboración produjo uno de los grandes clásicos del cine negro. Sin embargo, su relación con Hollywood estuvo marcada por los enfrentamientos. Chandler tenía una personalidad difícil y una enorme necesidad de controlar su trabajo, mientras que el sistema de estudios funcionaba mediante productores, directores, actores y ejecutivos que intervenían constantemente en los guiones. El cine le proporcionó dinero y prestigio, pero también le mostró una industria donde el escritor podía perder rápidamente el control sobre aquello que había creado.

La ironía era considerable. Chandler había convertido Los Ángeles en el escenario literario de una sociedad dominada por el dinero y las apariencias, y ahora tenía que trabajar dentro de la misma industria cinematográfica que formaba parte de aquella ciudad. Hollywood le permitió vivir de su escritura y aumentó enormemente su fama, pero también alimentó muchas de sus frustraciones. Esa experiencia acabó reforzando la visión crítica que ya aparecía en sus novelas.

Mientras Chandler triunfaba, Cissy seguía siendo el centro de su vida. El matrimonio fue duradero, pero no perfecto. Chandler tuvo relaciones extramatrimoniales y el alcohol continuó siendo un problema. La contradicción resulta evidente: el escritor que había creado a Philip Marlowe, un personaje obsesionado con la lealtad y con mantener un código personal, no siempre actuaba de acuerdo con esos mismos principios. Marlowe era ficción, pero representaba una forma de conducta que Chandler admiraba profundamente.

Cissy enfermó durante sus últimos años y su salud se deterioró progresivamente. Chandler permaneció junto a ella mientras continuaba trabajando y luchando contra el alcohol. En 1954, Cissy murió. Para Chandler fue un golpe devastador. Había perdido a la mujer con la que había compartido más de treinta años y su vida comenzó a desmoronarse. Volvió a beber con intensidad y entró en una etapa de profunda crisis personal.

Al año siguiente, en 1955, Chandler protagonizó un intento de suicidio que provocó la intervención de la policía y su hospitalización. La muerte de Cissy había dejado un vacío enorme y el escritor no consiguió llenarlo con el trabajo ni con el éxito. Durante los años posteriores sufrió episodios de depresión y alcoholismo, y su correspondencia muestra a un hombre cada vez más vulnerable y aislado.

Pero existe un episodio de su vida que parece salido directamente de una novela de misterio. Después de la muerte de Cissy, Chandler destruyó las cartas que había escrito a su esposa. Las quemó deliberadamente. Aquellas cartas podían contener información sobre sus sentimientos, sus conflictos matrimoniales, sus últimos años juntos y aspectos de su relación que no aparecen en otras fuentes. Hoy esas palabras han desaparecido. No podemos leerlas, no podemos reconstruir exactamente su contenido y no podemos saber qué llevó a Chandler a decidir que aquellas cartas debían desaparecer.

Ese es un misterio real. Y no necesita ninguna exageración.

Sabemos que Chandler amó profundamente a Cissy, que le fue infiel, que tuvo graves problemas con el alcohol, que quedó devastado después de su muerte y que intentó suicidarse. También sabemos que destruyó las cartas que había escrito a su esposa. Lo que no sabemos es qué decían aquellas cartas. Esa parte de la historia desapareció para siempre y, en este caso, el silencio no es una interpretación: es un hecho.

Después de la muerte de Cissy, Chandler mantuvo relaciones con otras mujeres y pasó temporadas fuera de Estados Unidos. Algunas interpretaciones posteriores han intentado reconstruir aspectos de su vida sentimental y sexual, pero las pruebas disponibles no permiten convertir todas esas teorías en hechos. Por eso conviene separar claramente la documentación de la especulación. Chandler ya ofrece suficiente material real para construir un episodio fascinante sin necesidad de inventarle una vida secreta que no podamos demostrar.

Y aquí es donde su propia literatura adquiere un significado especial. Chandler sabía que las personas mienten, que los testigos ocultan información y que una investigación puede conducir a una verdad incómoda. Sus novelas están llenas de personajes que cuentan una versión de los hechos mientras esconden otra. La verdad aparece poco a poco, fragmentada entre conversaciones, documentos, cadáveres y contradicciones. En su propia biografía ocurre algo parecido, solo que algunas pruebas han desaparecido definitivamente.

Philip Marlowe no era un héroe perfecto. Bebía, se metía en problemas y utilizaba la ironía como escudo, pero conservaba una línea que no estaba dispuesto a cruzar. Esa es probablemente la conexión más poderosa entre Chandler y su personaje. Mientras el escritor luchaba contra sus propias contradicciones, Marlowe permanecía en las novelas como un hombre capaz de caminar por un mundo corrupto sin convertirse completamente en parte de él. Chandler creó un personaje que poseía una firmeza moral que la vida real no siempre le permitió conservar.

El éxito cinematográfico terminó de convertir a Marlowe en un icono. Humphrey Bogart interpretó al detective en The Big Sleep y fijó para siempre una imagen que todavía forma parte del imaginario del cine negro: el despacho, el teléfono, el whisky, la lluvia, la mujer misteriosa y una ciudad donde prácticamente todo el mundo parece esconder algo. Pero Chandler había creado algo más importante que una estética. Había creado una manera de mirar el mundo. Su detective no investigaba solamente quién había cometido un crimen; investigaba cómo funcionaba una sociedad donde el dinero podía comprar silencio y donde la respetabilidad podía servir para ocultar la corrupción.

Raymond Chandler murió el 26 de marzo de 1959, en La Jolla, California. Tenía setenta años y murió a consecuencia de una neumonía. Dejó siete novelas completas, numerosos relatos, ensayos, cartas y trabajos cinematográficos. Su producción no fue enorme en cantidad, pero su influencia fue gigantesca. Chandler transformó la novela detectivesca y convirtió el lenguaje, el ambiente y la crítica social en elementos tan importantes como la propia investigación criminal.

Y cuando cerramos sus libros aparece una última contradicción. Chandler pasó décadas escribiendo sobre detectives que buscaban la verdad y sobre personajes que escondían secretos, pero cuando llegó el momento de enfrentarse a sus propios recuerdos destruyó una parte de las pruebas. Quemó las cartas de Cissy y se llevó con ellas una conversación privada que ya nadie puede recuperar. No sabemos qué contenían y no existe forma de reconstruirlas. Esa ausencia forma parte de su historia y no necesita una explicación inventada.

Raymond Chandler fue un hombre brillante, contradictorio y profundamente humano. Bebió demasiado, fue infiel, tuvo problemas profesionales y personales, sufrió la pérdida de la mujer que había ocupado el centro de su vida y atravesó una crisis que casi terminó con su propia existencia. También escribió algunas de las páginas más influyentes de la literatura negra y creó a Philip Marlowe, un personaje que todavía representa una idea muy concreta del honor.

Por eso, cuando investigamos los misterios de Raymond Chandler, el verdadero interés no está en fabricar escándalos ni en convertir cualquier rumor en un secreto oculto. Está en observar las contradicciones documentadas de un hombre que escribió sobre la corrupción mientras luchaba contra sus propios demonios, que convirtió la infidelidad y la desconfianza en materia literaria, que perdió a la mujer que había sido su compañera durante treinta años y que destruyó las cartas que podían contarnos una parte de aquella historia.

Chandler sabía que un buen misterio necesita pistas. También sabía que algunas pistas desaparecen. En su caso, una parte de la respuesta terminó convertida en cenizas. El resto quedó repartido entre sus novelas, sus cartas conservadas, sus biografías y los personajes que creó. Y entre todos ellos destaca uno: Philip Marlowe, el detective que caminaba solo por Los Ángeles, rodeado de corrupción, mujeres peligrosas, hombres poderosos y secretos que nadie quería contar.

Marlowe sobrevivió a su creador porque Chandler consiguió algo que muy pocos escritores alcanzan: crear un personaje que terminó viviendo por su cuenta. Pero detrás de aquel detective siempre estará el hombre que lo escribió. Un hombre que conoció el alcohol, el amor, la infidelidad, el fracaso, Hollywood, la enfermedad y la pérdida. Un hombre que tuvo que empezar de nuevo a los cuarenta y cuatro años y que terminó convirtiéndose, con cincuenta y uno, en uno de los grandes nombres de la novela negra.

Ese es el verdadero expediente de Raymond Chandler. No el de un escritor misterioso rodeado de conspiraciones, sino el de un hombre que tuvo suficientes secretos, contradicciones y heridas reales como para alimentar toda una novela. Y cuando las páginas se cierran y Philip Marlowe vuelve a caminar solo por las calles de Los Ángeles, queda una última certeza: Chandler sabía escribir sobre hombres que buscaban respuestas porque conocía perfectamente lo difícil que resulta enfrentarse a las propias.

Algunas respuestas quedaron en sus libros. Otras quedaron en las cartas que decidió conservar. Y unas cuantas desaparecieron para siempre cuando Chandler decidió arrojar al fuego las palabras que había escrito para Cissy. Esa es la clase de misterio que merece la atención del Guardián del Cementerio: uno que no necesita inventarse una solución, porque la propia historia ya nos ha dejado una puerta cerrada.

Y detrás de esa puerta está Raymond Chandler.

Sergio Calle Llorens

lunes, 21 de septiembre de 2026

¡LA SONRISA DE JULIA Y LOS PELIGROS DEL RECREO!


 

Analizando mi descacharrante vida, llego a la conclusión de que vine, vi y no vencí, pero mis deleites vitales sí fueron un auténtico triunfo. Supongo que han sido tantos los pasones que me he pegado que me vi forzado a poner freno al desenfreno, a amar el desamor y a desembarazarme del abrazo del oso de la soledad. Pero no de la solitud, como la mayoría la entiende, sino de esa otra, mucho más extraña y desoladora: la de estar rodeado de gente que no entiende una palabra de lo que digo.

Recuerdo el vértigo que sentía en el colegio cuando el profesor de ciencias explicaba no sé qué misterios de la naturaleza y, mientras hablaba, en mi cabeza sonaban los acordes de alguna canción de The Beatles. Recuerdo también al profesor de literatura hablándome de Lorca, mientras yo, en un cuaderno que seguramente merecía mejor destino, componía versos quevedescos. Endecasílabos que terminaron, en el mejor de los casos, en alguna papelera.

Luego llegaba el recreo, que era otra cosa. Allí, junto a mi compañero Curro del Moral, la literatura dejaba paso a la música y nos dedicábamos a hacer versiones de McCartney y Lennon. Recuerdo especialmente aquella que hicimos de Twist and Shout, que en nuestras manos se convirtió en Volando, volando sobre el mar. Éramos dos muchachos jugando a que las canciones podían cambiar de piel y a que las palabras, bien colocadas, podían llevarnos a cualquier parte.

Curro acabó convirtiendo aquel juego en una vida. Terminó dedicándose a la música y fundó La Sonrisa de Julia, un grupo que consiguió hacerse un nombre y que en 2003 ganó el Rock Villa de Madrid. Yo, por mi parte, acabé dedicándome a la literatura. Ellos se llevaron los escenarios, los amplificadores y los aplausos; yo, algunos dolores de cabeza, porque escribir es meterse en problemas.

Don Francisco de Quevedo y Villegas terminó en la cárcel. Yo estuve a punto de entrar por una poesía. Currito sigue en el mundo de los conciertos, y José Antonio López Morales se unió a la banda Biscuter antes de dedicarse al mundo de los luthiers.

Aquellos recreos, como ven, dieron para mucho. Quizá más de lo que entonces éramos capaces de sospechar.

Supongo que en la vida se trata de encontrar un público fiel con el que bailar. A veces puede ser un puñado de amigos al abrigo de los recuerdos y de unas buenas cervezas. Otras veces, la música nos empuja a tomar pareja en la oscuridad. Es tanto el deseo de movernos que las piernas se nos enredan en una danza parecida a la de los pájaros en celo. Incluso puede ocurrir que unos muchachos se junten para componer canciones de rock and roll, convencidos de que el mundo está esperando precisamente esa canción que todavía no existe.

Cuando pienso en todo esto, me pongo alerta. Porque no es difícil imaginar al cuervo negro de Yoko Ono revoloteando cerca, con la intención de acabar con todo lo bello que hay en este mundo. Los reventadores se esconden en cualquier esquina y en cualquier época. Son esos tipos capaces de entrar en una fiesta y preguntarse qué demonios hacemos todos riéndonos. Gente que necesita romper algo para sentirse viva, que confunde la provocación con el talento y el ruido con una idea.

Algunos escriben; otros hablan. Los hay que necesitan anfetaminas para soportarse a sí mismos y los hay que no necesitan nada. Quizá estos últimos sean los más peligrosos.

Porque escribir también puede servir para destruir. Las palabras pueden levantar una casa o incendiarla. Pueden juntar a dos desconocidos en un recreo o convencer a millones de que el vecino es su enemigo. Mein Kampf ya fue escrito y, desde entonces, cualquier aspirante a incendiario llega con el inconveniente de que el gran delirio ya tiene dueño. Lo demás son imitaciones, ecos y variaciones de una vieja enfermedad.

Yo, en cambio, escribía canciones sobre muchachas bellas sin ropa interior. Amores fugaces que siempre estaban en fuga, muchachas que aparecían y desaparecían antes de que pudiera aprenderme su nombre y versos que tenían la mala costumbre de terminar en alguna papelera. No sé si aquello era literatura. Probablemente no. Pero al menos nadie salió herido, salvo yo, que ya empezaba a descubrir que escribir es una forma bastante sofisticada de meterse en el próximo follón.

Sergio Calle Llorens

miércoles, 16 de septiembre de 2026

¡BLONDIE Y LA EDAD DE LA INOCENCIA!


 

Una vez leí en algún sitio que Blondie no era solo una banda, sino la perfecta colisión entre la frialdad de la calle neoyorquina y el calor de un estribillo pop perfecto. Al frente, Debbie Harry, la mujer que nunca pidió permiso ni bajó la mirada ante nada ni ante nadie. La cantante rubia, emparentada con Eve Babitz, con sus gafas que bajaba hasta la punta de la nariz para revelar unos ojos sonrientes y una mirada muy fija. Alguien que no solo fue musa, sino autora, líder y visión absoluta. Es posible que la fiesta musical comenzara antes de que ellos nacieran, pero, incluso llegando después, vinieron a cambiarlo todo.

La música de Blondie ha sido parte de la banda sonora de mi vida y, con toda seguridad, lo seguirá siendo hasta que la muerte me separe de la vida. Sus notas musicales sonaron bajo la luna hedonista de La Malagueta en los años ochenta. También me hicieron compañía cuando creí que podía crear mi propia versión de Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band. Podría decir que toda la pasión que ardía en mi interior, incluso con mis fracasos, terminaba resurgiendo de las cenizas de sus letras para escribir otra carta. Y miren que yo podría dejar de contar cosas porque nadie cuenta conmigo, pero luego llega la noche y las canciones del tocadiscos me hacen escapar de un pozo sin fondo.

La vida debe ser horrible sin canciones. La existencia debe ser más amarga sin estas letras.

Porque hubo una época en la que una canción podía cambiarte la vida. No metafóricamente. De verdad. Bastaba con escuchar los primeros compases para sentir que algo se abría delante de nosotros, una grieta por la que entraba el aire de un mundo nuevo.

Para un joven de la Movida malagueña, escuchar a Blondie era también descubrir que la belleza podía ser insolente, que una mujer podía convertirse en mito sin pedir disculpas por su deseo, su inteligencia o su poder. Y entonces aparecía Debbie Harry, rubia, voluptuosa, casi rubensiana, con aquella mezcla imposible de fragilidad y desafío. Yo la contemplaba desde la portada de un disco y desde las imágenes que llegaban hasta nosotros, intentando descifrar qué demonios tenía aquella mujer para que resultara tan magnética. Su voz me parecía de terciopelo. O eso pienso ahora. Quizá la memoria también inventa la textura de las voces que amamos.

Después sonaba “Denis”.

Y todo cambiaba.

Aquel nombre repetido una y otra vez tenía algo de conjuro adolescente. No hacía falta entender demasiado. Bastaba dejarse llevar. Y cuando llegaba “Sunday Girl”, aquella descarga de electricidad parecía decirnos que el mundo estaba ahí fuera, esperándonos. Que había que salir, llamar, besar, equivocarse, volver a empezar. Que todavía estábamos a tiempo de convertirnos en quienes soñábamos ser.

Eso significaron para muchos de nosotros aquellas canciones: la posibilidad.

La posibilidad de que la vida no fuera solamente aquello que habíamos heredado. De que pudiera inventarse. De que una ciudad, una noche, un disco y una mujer pudieran enseñarte, sin darte ninguna lección, que había otras maneras de estar en el mundo.

Hoy han pasado demasiados años. Algunos nombres se han borrado, algunas caras se han vuelto fotografías y muchos de aquellos sueños han acabado en lugares que jamás habríamos imaginado. Pero pongo un disco de Blondie y sucede algo extraño: durante tres minutos y cuarenta y tantos segundos, el tiempo pierde sus derechos.

Vuelve el muchacho.

Vuelve intacto.

Vuelve con la insolencia de quien todavía no sabe todo lo que va a perder.

Y Debbie Harry vuelve a mirarlo desde el otro lado del tiempo, con sus gafas en la punta de la nariz, esa sonrisa que parece saberlo todo y aquella voz de terciopelo que todavía consigue abrir una puerta donde yo creía que ya no quedaba ninguna.

Entonces empieza “Call Me”.

Y comprendo que quizá crecer no consiste en dejar atrás al joven que fuimos, sino en aprender a encontrarlo cuando una canción vuelve a sonar.

La aguja sigue girando.

Debbie canta.

Y, por un instante, vuelvo a tener toda la vida por delante

Sergio Calle Llorens

domingo, 13 de septiembre de 2026

¡LA CENA CON MÓNICA!

 


La cena con Mónica está regada con excelentes caldos de la tierra. El revuelto de gambas con champiñones al brandy es un regalo de los cielos y al porche de su casa solo llega la serenata de los grillos. La tonada de estos curiosos insectos nocturnos es igual que la última vez que estuve allí de noche. Ocurrió hace muchos años, cuando esta finca de Benejarafe pertenecía a unas familiares de mi madre. Mi amiga desconoce este dato de mi biografía y ya era hora de que lo supiera.

Mi presencia en el lugar la noche del viernes se explica por una apuesta. Ella perdió y yo gané. La apuesta era sencilla: quien perdiera invitaba a cenar. No había letra pequeña, ni árbitro, ni posibilidad de recurrir el resultado. Mi victoria consistió en conseguir que un medio digital retirara de su primera página una entrevista a un profesor de la UMA, con cara de cipote, en la que acusaba al fracaso educativo en Andalucía de ser consecuencia de las políticas de la derecha y, más concretamente, de no retirar el negocio de las privadas para reinvertir en lo público. La entrevista fue publicada en primera plana y en ella no había ni rastro de la ley educativa socialista que ha llevado a España al desastre educativo en PISA.

No fue complicado ganar la apuesta. Era cuestión de investigar un poco. Simplemente fui a la cuenta de Instagram del entrevistado y, como no podía ser de otra manera, el enseñante era de Podemos y compartía vídeos de Irene Montero y Pablo Iglesias. La pareja que llevó a sus hijos a la escuela privada en vez de a la pública. El chiste se cuenta solo y, tras hacerlo ver en redes sociales, La Opinión de Málaga tuvo que aguantar el zasca en toda la boca y colocar la entrevista en algún lugar desconocido de su cochambroso medio. Fue un paso en la dirección correcta, pero no lo bastante enérgico. Deberían haber cerrado la puerta del diario con llave y haberse escondido bajo los escritorios.

Evidentemente, el periodismo comarcal vive sus momentos más bajos con  infumables entrevistas  y, encima, en cada portada, regala titulares como “Málaga se manifiesta contra el racismo en Ceuta”, cuando la manifestación solo reunió a los mismos lectores que tiene ese periódico al día: unos doscientos. Como ven, el personal no se cansa de hacer el ridículo y los chistes me los deberían dejar a mí. Mónica ríe al recordar cómo esta gente de poco seso juega en sus escritos a ser violetas de los prados, mostrando un mundo que no existe o que simplemente no funciona. Incluso los borrachos profesionales tienen más momentos equilibrados de realidad.

Tras el riquísimo mousse de chocolate, Mónica prepara un French 75. Un sorbo que estalla en el paladar con la precisión de un destello. Un cóctel que posee una elegante armonía, donde la fuerza de la ginebra se funde con la delicadeza del champán y el frescor vivaz del limón. Tras beberme dos, le cuento a mi amiga los secretos de su finca que tienen que ver con los recuerdos: los gritos de mis primos, las efectivas paellas, los baños en la alberca, las voces de aquellos que se han convertido en sombra y la vuelta a casa en el coche de mis padres por aquel camino angosto donde las luces del vehículo cegaban a algunos conejos despistados.

—Nunca dejarás de sorprenderme, querido amigo.

Quise decir algo ingenioso ante aquella información, pero reaccioné como lo haría una cabeza de jabalí embalsamada en presencia de un cazador.

Y la noche siguió. Y las copas de French 75 siguieron mezclándose con los recuerdos del pretérito y los efluvios del presente.

A veces la memoria tiene esas cosas: abre una puerta que uno creía tapiada y, al otro lado, no hay fantasmas ni grandes revelaciones, sino una finca, unos grillos, una cena y una copa que vuelve a llenarse. Quizá la vida sea eso: regresar al mismo lugar sin ser ya el mismo. Y descubrir, de paso, que algunos recuerdos envejecen como el buen vino y otros, como ciertos periódicos, solo sirven para envolver el pescado.


Sergio Calle Llorens

martes, 8 de septiembre de 2026

¡SEXO EN LA MONTAÑA!

 


En la isla de Java hay un monte llamado Gunung Kemukus (conocido popularmente como la “Montaña del Sexo”). Allí, los lugareños deben tener relaciones sexuales con una persona que no es su cónyuge. Siete veces, para ser exactos. La creencia de los participantes en este singular ñaka ñaka es que el ritual les traerá fortuna, riqueza y éxito en los negocios.

En España, que es el segundo país más montañoso de Europa, no tenemos ese ritual para alcanzar nuestros sueños. Sin embargo, el personal ha votado históricamente al PSOE, que es una forma de sexo porque te dan por culo a diario, con la esperanza de que la economía, la educación y la sanidad mejoren algún día de estos. Sería injusto afirmar que los indonesios no obtienen lo que buscan tras participar en esas prácticas en la montaña citada. Pero, en la vieja piel de toro, esperar algo bueno de la secta del capullo excede el análisis político para adentrarse en el peligroso desfiladero de las enfermedades mentales graves.

Cuando la mafia de la Rosa gobierna, las desgracias se suceden. Un día es una epidemia. Al día siguiente, un apagón. Otro, una invasión. Y, todas las jornadas, suben los alimentos de primera necesidad mientras baja la confianza en el partido más putero del mundo. De hecho, hoy nos hemos enterado de que, con Pedro Sánchez, como era de esperar, se han sacado los peores resultados educativos de la historia de España. PISA dixit.

Esa era la noticia del mediodía. En el desayuno, El Confidencial sacaba una primicia en la que se afirmaba que el Ministerio del Interior, que dirige Pequeño Marlaska, elaboró un dossier secreto de periodistas fichados por su ideología. El informe haría sonreír al mismísimo Heinrich Himmler. Tras el almuerzo, el Tribunal Supremo ha paralizado la ley de nietos con la que el marido de Begoña Gómez pretendía dar un pucherazo.

Como pueden leer, los españoles siguen pensando que el PSOE no arregla sus problemas porque, como les pasa a los comunistas con sus líderes, no afinan con la elección de sus jefes. No importa: ellos no subirán a ninguna montaña, pero seguirán con todos sus agujeros abiertos de par en par para que los dirigentes de esa formación política continúen rompiéndoles el ojete con tal de que no gobierne la derecha.

Prácticas sexuales. Prácticas de subnormales.

Sergio Calle Llorens

miércoles, 2 de septiembre de 2026

¡HAY QUE BOMBARDEAR RABAT!

 


En unas horas saldré a la calle para manifestarme por Ceuta, junto a millones de compatriotas. Lo haré por mi tío, Antonio Llorens, que fue teniente de la Legión; por mis primas, que viven en esa ciudad española; y porque estoy convencido de que Marruecos ha cometido un error de cálculo al atacar a España.

Ha llegado el momento de expresar nuestra rabia, nuestra indignación y nuestro rechazo ante un país que pretende poner a prueba nuestra integridad territorial. Y lo más paradójico es que, para hacerle frente, ni siquiera necesitaríamos disparar un solo tiro.

Bastaría con utilizar nuestra propia fuerza económica. Bastaría, por ejemplo, con recordar quién suministra la electricidad y cerrar el grifo comercial. Ni un solo producto del reino de Mohamed VI debería entrar en España mientras dure esta agresión. También podríamos restringir las conexiones aéreas y marítimas y revisar de arriba abajo unas relaciones diplomáticas que, a estas alturas, parecen sostenerse más por inercia que por confianza.

Y, por supuesto, ni un solo euro más.

Porque una cosa debería quedar clara: si alguien ataca nuestra soberanía, España no puede responder como si nada hubiera ocurrido.

Marruecos está a años luz de España en términos económicos y militares. No hace falta ser un estratega para comprenderlo. Por eso resulta todavía más incomprensible que alguien pueda pensar que nuestro país va a permanecer eternamente de brazos cruzados.

Y si las medidas económicas, comerciales y diplomáticas no fueran suficientes, siempre quedaría la opción militar.

En cuestión de horas, nuestros aviones podrían convertir la aviación marroquí en un recuerdo. Nuestros medios militares podrían imponerse con una superioridad abrumadora. Sería, llevado al extremo, un auténtico pim, pam, pum.

Un tiro al plato.

Y entonces llegaríamos a Rabat.

Porque en esta propuesta bélica que algunos parecen estar dispuestos a alimentar, también habría que bombardear la capital marroquí. Cada bomba podría llevar su propio mensaje antes de enviar a nuestros enemigos a cenar con el Altísimo.

Se acabó el diálogo.

Se acabaron las concesiones.

Se acabaron los Marlaskas y los Sánchez de turno, a quienes, según esta lógica, habría que juzgar por alta traición.

¿Exagerado?

Un cojón de pato.

¿Desproporcionado?

Dos cojones de pato. 

¿Pero no es precisamente esa la lógica a la que conduce el odio cuando dejamos de pensar?

Porque, llegados a este punto, tampoco bastaría con bombardear Rabat. Habría que reducirla a cenizas. Y, puestos a seguir con la misma lógica, podríamos decir que ya hemos hecho algo parecido en España con el programa de lengua árabe y cultura marroquí de numerosas regiones.

¿Ven dónde termina la agresión marroquí?

Empieza con la indignación. Continúa con el boicot. Después llega la ruptura diplomática. Más tarde aparecen las bombas. Se acabó lo de poner la otra mejilla. 

España no puede seguir mirando hacia otro lado, eso sí lo tengo claro. Nuestros enemigos nos han lanzado un desafío y tenemos que recoger el guante. Pero recogerlo no significa perder la cabeza.

Porque la verdadera fortaleza de un país no consiste únicamente en saber cuánto daño puede hacer, sino también en saber cuánto daño está dispuesto a evitar.

Mierduecos —no se me ocurre un nombre mejor para ese país— acabará entendiendo que acaba de despertar a un león dormido.

O quizá el león debería demostrar que, además de tener dientes, sabe cuándo merece la pena enseñar los colmillos.

¡Al tiempo!

Sergio Calle Llorens