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martes, 28 de julio de 2026

¡LONELY SUMMER NIGHTS!


 

Cerré la puerta de casa y el silencio hizo el resto. No había nadie al otro lado. Nadie preguntando cómo había ido el día, nadie protestando porque llegaba tarde, nadie ocupando el otro extremo del sofá. Solo una respiración profunda, la mía, marcando el compás de una noche de verano que parecía suspendida en el tiempo. En momentos así siempre vuelve la misma pregunta, aquella que Charles Bukowski lanzó con la naturalidad de quien sabe que algunas dudas nunca admiten respuesta: si regresas a casa y nadie te espera, y por la mañana nadie pronuncia tu nombre para despertarte, ¿eso es libertad o es soledad?

Nunca he sabido contestarla. Quizá porque las dos cosas se parecen demasiado.

Mientras la casa se llenaba de ese silencio que solo conocen quienes viven solos, empezó a sonar dentro de mi cabeza Lonely Summer Nights, de los Stray Cats. Ni siquiera necesitaba poner el disco. Bastaban los primeros acordes imaginarios para entender que algunas canciones no envejecen; simplemente esperan su momento. Esa siempre aparece cuando cae la noche y el mundo deja de hacer ruido. No habla únicamente de un verano lejano ni de un amor perdido. Habla de ese instante en el que uno descubre que la memoria tiene mejor oído que el corazón.

Fue entonces cuando levanté la vista hacia la ventana. Sobre el Mediterráneo colgaba una luna inmensa, redonda, insolente, como si llevara siglos contemplando las mismas historias sin cansarse jamás de ellas. Y bastó verla para que el tiempo decidiera dar media vuelta.

Volví a otra luna. También era agosto. También era verano. También había una mujer.

Rubia. Ojos azules. De esas personas por las que uno, cuando todavía cree que la vida siempre concede una segunda oportunidad, es capaz de beber los vientos sin preguntarse cuánto costará la resaca. Han pasado muchos años desde entonces, pero el tiempo tiene una extraña manera de administrar los recuerdos. No los destruye. Los archiva. Permanecen inmóviles durante décadas hasta que una canción, una carretera o una luna idéntica deciden abrir el cajón donde llevaban tanto tiempo escondidos.

Dicen que el pasado siempre vuelve. No es verdad. El pasado nunca se va. Somos nosotros quienes aprendemos a caminar mirando hacia otro lado.

Mientras contemplaba aquella luna sobre el Mediterráneo comprendí que no estaba echando de menos a aquella mujer. Lo que realmente había regresado era el hombre que fui cuando la quise. Ese muchacho que todavía pensaba que todas las despedidas eran provisionales, que las noches de verano duraban para siempre y que el rock podía arreglar cualquier herida con tres acordes y una guitarra Gretsch.

La vida, naturalmente, terminó llevándose por delante todas aquellas certezas. Pero fue incapaz de llevarse las canciones.

Por eso sigo creyendo que el rock tiene algo que ninguna otra música ha sabido conservar con la misma dignidad: nunca intenta engañarte. No promete finales felices. No vende optimismo de saldo. El rock se limita a sentarse a tu lado cuando el silencio pesa demasiado y a decirte que otros estuvieron ahí antes que tú. Que ellos también volvieron solos a casa. Que también miraron una luna de agosto preguntándose en qué momento se les escapó la juventud entre los dedos.

Quizá por eso sigo regresando a los Stray Cats. Porque debajo de aquella apariencia gamberra y aquellas guitarras veloces siempre hubo una melancolía elegante. La suficiente para convertir una noche cualquiera en un refugio donde uno puede reconciliarse con sus propias derrotas.

Con los años también he aprendido que la peor soledad no consiste en cenar solo ni en acostarse sin nadie al lado. La peor soledad es compartir la mesa con alguien que ya no te mira, dormir junto a una persona con la que hace tiempo dejaste de hablar y descubrir que el silencio pesa mucho más cuando tiene dos propietarios. Nunca me he sentido más solo que en algunas compañías. En cambio, noches como aquella, con la única compañía de mi respiración y una vieja canción sonando por dentro, terminan pareciéndose mucho más a la paz que al abandono.

Supongo que eso es hacerse mayor. Aprender que los fantasmas no siempre vienen a asustarte. Algunos aparecen únicamente para hacerte compañía. Se sientan contigo, piden otra copa, sonríen al escuchar una vieja canción y desaparecen antes del amanecer sin hacer demasiado ruido. He dejado de luchar contra ellos. Al fin y al cabo, son los únicos que conocen todas las versiones de mi historia.

Bukowski nunca respondió a su propia pregunta. Tal vez porque comprendió que la libertad y la soledad son vecinas de rellano y que, algunas noches, resulta imposible distinguir en cuál de las dos casas has entrado. Yo tampoco voy a intentarlo.

Solo sé que aquella noche cerré la puerta, respiré hondo y dejé que una vieja canción de los Stray Cats hiciera lo que lleva haciendo desde hace tantos años: recordarme que la nostalgia no siempre es una herida. A veces es un hogar.

Y mientras la luna seguía iluminando el Mediterráneo con esa indiferencia de las cosas eternas, comprendí que uno nunca vuelve realmente solo a casa. Siempre regresan con nosotros las canciones que nos salvaron, los amores que nos cambiaron para siempre y la persona que fuimos cuando todavía creíamos que el verano no iba a terminar nunca.

Sergio Calle Llorens

 


lunes, 27 de julio de 2026

¡EL CLUB DEL CRIMEN!


 

Una luz dulcísima se filtra entre las nubes a la hora en que me sumerjo en el mar. Solo el estridente canto de las gaviotas rompe la paz del amanecer. Ni siquiera las playas parecen despiertas, pero mis amigas, las Intrépidas, ya han plantado sus toallas y sus bártulos sobre la arena. Entre todas acumulan varios siglos de vida.

Me conocen porque una de ellas, Marta, es una entusiasta de mis novelas y ha introducido mis libros en el Club del Crimen. Todas leen para descubrir al asesino antes que el detective. Agatha Christie, por supuesto, reina sobre sus estanterías. Ella es la soberana del misterio; ellas, sus más fieles devotas. Y, si excluimos a los hombres morenos de culo prieto, no existe nada que entusiasme más a las integrantes de este peculiar club.

Cuando salgo del agua, Carmen me lanza la misma pregunta de cada mañana.

—¿Está buena el agua?

Asiento con la cabeza.

Carmen tiene la costumbre de rematar cualquier sorpresa con un sonoro «¡hala!». Y esta mañana, al comprobar que su amiga Lucía vuelve a enseñar las domingas en pleno martes, no puede evitar la exclamación.

Lucía debió de ser un auténtico pibón en su juventud. Conserva una mirada pícara que jamás se pierde en el horizonte. Antonia, en cambio, es la prudencia hecha mujer. Prefiere la seguridad de la arena y se queda vigilando las pertenencias mientras las demás juegan a ser sirenas en el Mediterráneo.

Yo ya me he tumbado sobre la toalla e intento contener la sonrisa cuando las oigo lanzar esos grititos inevitables al primer contacto con el agua.

Pero no se equivoquen: estas mujeres no tienen un pelo de inocentes.

Hay un detalle en su biografía que resulta, cuanto menos, inquietante: todas enviudaron antes de que sus maridos cumplieran los sesenta años. Lo sé porque ellas mismas me lo contaron. Según dicen, fueron cayendo uno detrás de otro en años sucesivos.

En fin, una vez es casualidad; dos, coincidencia; tres… ya empieza a parecer obra del enemigo.

Quién sabe. Tal vez tantas novelas policiacas hayan terminado por perfeccionar su dominio del arsénico.

—¿Les hicieron la autopsia a sus difuntos maridos?

Estallan en carcajadas antes de lanzarme una advertencia.

—En el mar es muy fácil morirse.

Decido no seguir haciendo preguntas.

Mis ojos se distraen entonces contemplando a dos espléndidas morenas que caminan por la orilla de una playa ancha, de arena blanca, una de esas playas que, por fortuna, nunca se llena de presencias demasiado aberrantes para mi gusto.

Al poco, mis amigas salen del agua con esa expresión de felicidad que solo concede un baño temprano. Ni siquiera empapadas consiguen parecerme inocentes.

—Sergio, ¿cuándo nos vas a dedicar unas líneas en uno de tus artículos?

Les regalo mi mejor sonrisa antes de responder.

—Cuando vosotras me confeséis cómo van esos clítoris. ¿Chupetón arriba o chupetón abajo? Porque por ahí se comenta que habéis tenido una vida... bastante intensa.

—¡Hala! —vuelve a exclamar Carmen.

—Mira, Sergio, nuestras aventuras sexuales ya forman parte del pasado —dice Lucía.

—Bueno... las tuyas no tanto —replica Carmen sin concederle un segundo de tregua.

El Club del Crimen estalló de nuevo en carcajadas. Las gaviotas levantaron el vuelo, el mar siguió respirando con la misma calma y el sol terminó de imponerse sobre el horizonte.

Las vi marcharse despacio, dejando sobre la arena un rastro de risas y salitre. Pensé que la juventud presume de músculos, pero la vejez presume de historias. Y las de estas mujeres darían para varias novelas... siempre que nadie se empeñe en investigar demasiado.

Yo me limitaré a seguir saludándolas cada mañana.

Y, si un día dejo de escribir, ya saben dónde empezar la investigación.

Sergio Calle Llorens


lunes, 13 de julio de 2026

¡ANOCHE SOÑÉ QUE ERA FELIZ!

 



Anoche soñé que era feliz. A mi mente llegaron estampas de cariño junto al calor del fuego. Anoche, sin ir más lejos, la cercanía de la soledad puso ante mí una sucesión de recuerdos que nunca ocurrieron: amores que nunca tuve. Orejas que me escuchaban. Ojos que me leían. Labios que no me dieron descanso.

Anoche, en la oscuridad nocturna, la magnificencia del horizonte se diluyó en la luminosidad cegadora de la mañana. A veces me pregunto si mi afición por los paseos no será una forma de alejarme de mi mala sombra. Esta mañana, por cierto, mis pasos me han llevado a los acantilados del Cantal, cuya mirada se pierde en una playa sobre la que cuelgan unas pequeñas casas blancas. Fue precisamente aquí donde una amiga artista me confesó que su deseo es que las autoridades locales le pongan su nombre a este bonito lugar.

Yo, que nunca he tenido grandes ambiciones, salvo la de ir tirando sin que me tiren a la basura, me conformo con que mi nombre aparezca bien escrito en mi esquela. Ustedes tal vez no se acuerden, pero hace años muchas personas abrían los diarios por la página donde aparecían los avisos de difuntos. No era plan empezar la jornada sin saber quién se había mudado al otro barrio. «No somos nadie», exclamaba mi padre al enterarse de la mudanza al más allá de algún conocido. En cambio, yo no necesito entregar mi alma al Altísimo para saber que no somos nadie. Por eso camino alejándome de mí mismo mientras silbo la melodía de mis fracasos.

Sí, anoche soñé que era feliz de nuevo, en las tinieblas de la noche. Anoche llegué a creer que mi vida no había sido un imponente y morrocotudo naufragio.

Al despertar, todo había cambiado y supe al instante —la verdad es que yo soy muy listo— que había sido tan invisible que fui incapaz de encontrar mi cuerpo desnudo entre los pliegues de mis sábanas.

Tal vez alguien pueda usar mi invisibilidad como material para redactar mi esquela. No sé, algo así como: «Murió el hombre invisible. Su ausencia se notará tanto como su presencia en vida».

Sergio Calle Llorens

lunes, 29 de junio de 2026

¡EL AZUL DE UN MAR LIBERTARIO!

 



Siempre digo que todos somos el resultado de una primera mirada, de unas lecturas, de una época e incluso de unas canciones. No es lo mismo nacer junto a un río que divide que a orillas de un Mediterráneo que todo lo abraza. Por eso, los baby boomers de la Ciudad del Paraíso crecimos con ideas distintas, pero con un mismo respeto.

Nuestras grandes peleas eran sobre música, cine y bares. Crecimos en unos años en los que el acoso escolar solía venir de algunos profesores. No montamos ninguna asociación de afectados. No fuimos a contarlo a la televisión. Simplemente seguimos adelante y, en algunos casos, hasta nos vengamos. Traumas, los justos.

Teníamos unas ganas inmensas de bebernos la vida, y vaya si nos la bebimos. Algunos llegaron incluso a devorarla hasta no dejar ni las migas. Íbamos al América Multicines a gritar aquello de «Movierecord» a pleno pulmón y fingíamos mantener relaciones sexuales con alguna amiga imaginaria.

Los mods en la esquina del Zaragozanos. Los vanguardistas en cada calle. Los rockers esperando su momento. Teníamos citas como las Serenatas de la Luna Joven, donde aprendimos a aullar a la luna con la banda sonora de varias generaciones. La Malagueta templaba el carácter. Pedregalejo remataba la faena con sus garitos y sus calas abiertas al mar.

Nadie pedía permiso y nadie se ofendía por nada. Nuestra generación fue creciendo hasta dejar atrás, por el espejo retrovisor, aquella Málaga tan espléndida y libertaria. De todo aquello apenas quedó una mirada descreída, el respeto por los viejos amigos y la querencia por los primeros amores.

Quizá por eso muchos de nosotros no entendemos que generaciones anteriores sigan contemplando la política como si fuera un partido de fútbol. Nunca ven un penalti en contra de su equipo. Cualquier caso de corrupción resulta disculpable si procede del partido al que votan. Cualquier falta del adversario, en cambio, es señalada como una mancha indeleble. A veces, al escucharlos, tengo la impresión de que estarían dispuestos a marchar otra vez detrás de las banderas del guerracivilismo.

En mi grupo de amigos hay personas de todas las ideologías. Pero ninguno, sin excepción, ha osado publicar jamás nada hiriente sobre política que pudiera desembocar en una pelea. Las vivencias compartidas siempre han sido mucho más importantes que las ideas políticas. Es una actitud que, curiosamente, no siempre he encontrado en muchas personas nacidas en los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado. Tampoco he visto jamás que mis amigos lleguen a las manos por política, como les ocurrió hace unas semanas a dos vecinas. Una venía del manicomio. La otra iba a un concierto por la paz en Palestina. Pensé que la realidad llevaba demasiada ventaja sobre los novelistas. Gente incapaz de reconocer una sola virtud en quien piensa de manera diferente. Y eso, en una ciudad como Málaga, debería ser motivo suficiente para el destierro.

Sencillamente, creo que somos mejores porque nuestra primera mirada fue siempre el azul de un mar libertario.

Sergio Calle Llorens


miércoles, 4 de marzo de 2026

¡DONDE LA LUNA JUZGA EN SILENCIO!


Contemplo una luna que se mece en una niebla azulada, suspendida como un presagio. Una estampa que diríase arrancada de la mente febril de algún novelista gótico de la centuria decimonónica. A poniente, las olas rompen y desgranan espumas blanquecinas cuyo bramido me estremece en la noche.

Estoy solo y, más allá del latido del mar, el silencio es tan afilado que parte mi alma en dos. Lo que queda tras la herida es una tristeza infinita, empapada en efluvios de melancolía. Intento encontrar alguna explicación para este ánimo nocturno, pero no doy con causa razonable. Apenas me asalta alguna idea dispersa que enlaza con mi perpetua hipersensibilidad, siempre a flor de piel. Por eso vivo, padezco, escribo y muero en cada recoveco de este corazón doliente. No siempre en el mismo orden.

Acabo de advertir que por la mañana experimentaba un placer inmenso al observar a los surfistas en mi playa. Aquella escena se me antoja ahora la metáfora perfecta de estos tiempos atribulados: a la multitud le gusta deslizarse sobre la superficie, pero jamás se sumerge en las profundidades porque teme conocer la verdad, aunque esta libere. El común debería aprender a mirar aquello que rehúye contemplar. Por eso se refugia en el entretenimiento; alimenta el tener y descuida el ser. Yo no poseo nada y tampoco soy gran cosa: acaso el más imperfecto de los seres, la insignificancia elevada a categoría. Tal vez ahí resida mi desconsuelo: en el conocimiento que, lejos de emanciparme, me sacude en las horas más foscas.

De pronto recuerdo la frase de un conocido que presume de hablar siete idiomas —dos más que yo, puntualiza con delectación—, aunque jamás aprendió a escuchar en ninguno. Yo, en cambio, las callo todas, porque cualquier palabra pronunciada o escrita puede ser utilizada en mi contra en algún tribunal de injusticia. Alguien afirmó que hablando se entiende la gente. Yo, sin embargo, solo sé comunicarme con mis silencios y aprendo más del rumor de estas olas rizadas que de una conversación a siete voces.

La noche avanza y, con ella, las tinieblas empañan mi mente. Tengo frío y ninguna intención de regresar a casa. Sigo caminando hasta que la lluvia empapa las casitas blancas de mi pueblecito mediterráneo. No me queda más remedio que volver con esa expresión de panoli que se le queda a uno cuando el aguacero lo cala hasta los huesos. Si fuera viernes, descorcharía una botella de vino; pero es martes y me encierro en el baño para secarme las gotas del chaparrón… y también las lágrimas.

Mañana será otro día. El mundo amanecerá con su bullicio de siempre, los surfistas desafiarán otra vez la espuma y la luna aguardará paciente su turno en el cielo. Yo, en cambio, seguiré siendo este mismo defecto obstinado que camina a solas por la orilla, buscando en la bruma una respuesta que quizá nunca llegue, pero cuya ausencia —paradójicamente— me mantiene vivo.

Sergio Calle Llorens

 

domingo, 4 de enero de 2026

¡BAJO LA LLUVIA, NADIE ES INOCENTE!

 



 Cae la lluvia queda en mi pueblecito mediterráneo. El silencio apenas se rompe con alguna ráfaga de viento que empuja las frías gotas contra los cristales. En mi eficiente chimenea, los troncos proyectan unas extrañas sombras danzarinas de color rojizo. Esta vez, la celestial pirotecnia no hace acto de presencia. Le he tomado afición a estas mañanas pasadas por agua, en las que nunca parece pasar nada. Pero pasa, y mucho.

De hecho, Maduro ha sido capturado por el ejército de Estados Unidos y sacado de Venezuela. Ya está el bigotudo tras las rejas. Algunos dicen que por dictador y narcotraficante. Otros, que por el interés de Trump en el petróleo venezolano. Imagino que los cubanos y los rusos estaban en el país caribeño por su ron y sus mujeres. Mi opinión es que a cada cerdo le llega su San Martín.

Y hablando de cerdos, los ayatolás están muy asustados por la revolución que han iniciado las mujeres. Esas persas que se niegan a llevar velo y a seguir los preceptos del islam más radical. El descontento de la población es tan atronador como los silencios de las feministas occidentales. Unas se juegan la vida y otras miran para otro lado.

Cae la lluvia sin pausa, pero sin prisa. Es un elemento líquido agradable y casi invisible que llena los arroyos parleros de felicidad local. Debido a los chubascos, me va a ser difícil hacer la caminata matutina que me templa el cuerpo y los recuerdos, a pesar de que cada vez soy menos dado a remover caldos añejos. Sin embargo, me viene a la memoria el impresentable de Zapatero defendiendo la indefendible dictadura bolivariana, mientras los presos políticos se pudren en la cárcel. El miedo, al parecer, ha cambiado de bando. ¿Terminará el cejitas en una fría cárcel de Nueva York, como su amigo Nicolás? El tiempo lo dirá.

Y hablando del mismo, recuerdo que en el siglo XVI existía la costumbre de llamar a la servidumbre con toques de campana. Era un privilegio exclusivo de los cardenales. Sin embargo, un embajador en la Santa Sede hizo suya la costumbre. Don Enrique de Guzmán y Ribera, padre del que luego sería el Conde Duque de Olivares, fue amonestado por el papa Sixto V, ya que el embajador francés se había quejado en numerosas ocasiones al respecto. El español hizo caso al Santo Padre y trocó la campanilla por un cañón para llamar a sus criados. Aquella potente detonación sembró el pánico entre los romanos, que temían estar siendo víctimas de un ataque. A consecuencia de todo ello, el Papa no tuvo más remedio que envainársela y conceder también a la embajada de España aquel privilegio cardenalicio.

Cosas que pasaban cuando los españoles éramos los dueños del mundo. Hoy todo ha cambiado, menos la lluvia, que sigue cayendo sobre las casitas blancas donde vivimos a estas orillas, indiferente a imperios, dictadores y redenciones tardías. La lluvia no toma partido. No vota. No firma tratados. Solo cae.

Y mientras cae, algunos hombres son sacados de palacios y encerrados en jaulas, no por justicia divina, sino porque alguien más fuerte ha decidido que su tiempo ha terminado. Trump ha capturado a Maduro porque puede. Porque el poder, cuando se ejerce sin complejos, no necesita explicación. La historia no siempre avanza con razón, pero casi siempre lo hace con fuerza. Y esta mañana, bajo la lluvia, queda claro quién manda… y quién ya solo espera a que escampe.

Sergio Calle Llorens

domingo, 23 de noviembre de 2025

¡CONFESIÒN CREPUSCULAR!

 



Las lluvias han llegado fieles a su cita con la otoñada. La caída de las hojas cubre el suelo forestal en un manto tierno y mojado. La humedad de la noche sube desde el mar alcanzando todos los rincones del pueblecito mediterráneo donde me escondo del mundo. Hace frío y la luz de los faroles proyecta una imagen fantasmagórica. En estas, mis pasos resuenan amenazadores ante mí mismo. No es la primera vez que camino entre sombras en la madrugada. Recuerdo que, ya de jovencito, tenía esa querencia por la noche oscura y el nocturno completo. Siempre me gustaron esos cielos límpidos cubiertos de estrellas. Centinelas de mis caminatas. Mis ojos miran al frente. Mi mente, al pasado, y miren que intento no caer en la melancolía de los recuerdos. Pero llegan los relámpagos y, con ellos, los primeros truenos. Heraldos de la tormenta.

Al poco estoy empapado, pero feliz por alguna extraña razón que desconozco. Tal vez porque me tenga a mí mismo. Tal vez porque ya no me pueden hacer más daño. Tal vez por ninguna razón o por razones que se me escapan. La banda sonora de mi vida no sólo la componen acordes de viejas guitarras. También está hecha de climatología adversa o de noches de verano con la Dama de Noche y la sonata de los grillos. ¿A qué le tengo miedo ya? ¿Al destino? ¿A la soledad? ¿A las malas compañías, que son siempre las mejores? ¿A ser como un disco cuyos ecos no alcanzan ni a la vuelta de la esquina?

Necesito un vino. Tal vez dos. Así, mientras camino bajo la pertinaz lluvia, me imagino con una copa en la mano junto al eficiente fuego de la chimenea que proyecta sombras danzarinas en las paredes: azules, violetas, rojizas. De pronto, el aullido de un perro me saca de mi ensoñación y la lluvia arrecia como un viejo recuerdo inacabado, doloroso, impertérrito. La naturaleza, que tiene su propio lenguaje secreto, es la mejor forma de advertirnos de los peligros vitales. Y las estaciones del año son el mejor recordatorio de que todo termina en un invierno gélido.

¿Quién se acordará de mí cuando ya no esté? ¿Me echará alguien en falta? ¿Se borrará mi recuerdo en dos generaciones? ¿Transcenderé de alguna manera en el oscuro túnel del tiempo? A mi mente vienen más preguntas sin respuesta mientras camino por el peligroso sendero de mis últimos metros. Porque, al final, lo único que permanece es la sombra que dejamos atrás.

Sergio Calle Llorens


jueves, 25 de septiembre de 2025

¡ETERNOS BAÑOS DE SEPTIEMBRE!

 

Ahora que he perdido algo de tiempo —aunque, en realidad, no tengo tiempo que perder—, tomo los baños de septiembre como una declaración de intenciones: la manera en que los buenos mediterráneos aprovechamos la calidad de las aguas para inmunizarnos de cara al invierno. A veces me lanzo al mar muy de mañana; en otras ocasiones, al atardecer. Los colores van desde el turquesa al azul marino.

Retozando aquí, recuerdo que los griegos tenían un vocabulario sorprendentemente rico para nombrar la gama cromática del Mare Nostrum. Cuando el mar se mostraba embravecido y oscuro, lo llamaban porphýreos, “purpúreo”, como la sangre o el tinte regio. Si brillaba rojizo bajo cierta luz, era oinops, el “mar de vino” homérico. En sus profundidades sombrías recibía el nombre de kyáneos, raíz de nuestro “cian”. Cuando resplandecía bajo el sol, con destellos que oscilaban entre el verde, el gris y el azul, se volvía glaukós, el mismo adjetivo que acompañaba los ojos de Atenea. Y, al caer el día, en los matices violetas del crepúsculo, se transformaba en ioeidés, el mar “color de violeta”. Para Homero y sus poetas, el mar nunca fue simplemente azul: era vino, púrpura, glauco o violeta; un ser vivo y cambiante, con ánimo propio.

Después, como continuación natural de ese espectáculo, llegan los colores anaranjados que despuntan en el cielo. A veces me quedo perplejo ante el intenso rojo que tiñe el crepúsculo y siento un amor inmenso por estas tierras mágicas. En verdad, no podría vivir sin mar. Una reflexión tan cierta como que la tierra gira sobre sí misma.

Ante tanta hermosura, apenas me queda tomar mi cuaderno de notas para describir lo inenarrable: las olas rizadas, los últimos rayos de sol reflejados en la orilla, la torre vigía que adquiere un tono dorado y esas parejas que caminan de la mano, creando un vínculo invisible con estas playas.

Es entonces cuando a mi mente acuden los inmortales versos de Manuel Alcántara:

El mar no puede morir.
Se quedará navegando aunque no haya nadie aquí.
Que no, que el mar no se muere, que no se puede morir.
Seguirá que va y que viene, yendo y volviendo a venir cualquiera sabe hasta cuándo.
Hasta que encuentre por fin la playa que está buscando.
Él no puede morir.
Se quedará navegando cuando no haya nadie aquí.

Unos versos que resumen las obsesiones de los nacidos junto a este mar sabio, cuyos latidos serán siempre eternos. El mar lo es todo y yo soy la nada, pero al bañarme en sus aguas siento que llego a formar parte de algo perpetuo y universal.

¡Eternos baños de septiembre!

Sergio Calle Llorens

martes, 2 de septiembre de 2025

¡AGOSTO EN EL MEDITERRÁNEO!

 



Agosto me ha curado el alma.
Esos paseos por la orilla de mis playas mediterráneas son la llave que abre todas las puertas del conocimiento. Las noches de luna llena, cuyos rayos de plata iluminan el mar, son el espectáculo más bello del planeta.

Esos cuerpos femeninos, bañados por la sal del mar, merecen miles de poesías enamoradas. Juegos infantiles en la arena. Canciones que se convierten en la banda sonora de mi vida. Amores de verano que cuajan al albor del silencio. Encuentros con viejos amigos. Brindis por lo que fuimos y por lo que dejaremos atrás. Incluso a mi atalaya llegan ecos de nuestra generación —la mía, la nuestra— que nunca pidió permiso para entrar a un castillo. Simplemente lo asaltaba, sin mirar atrás. Sin pensar en las consecuencias.

Presente y pasado se dan la mano en unas vacaciones en las que he recuperado la salud y, hasta, la ilusión. Antes escribía todo lo que pensaba. Ahora pienso antes de escribir nada, porque ya no vivimos en democracia. El progresismo asesinó la crítica, y la justicia es un coche negro que lleva a Solón y a Pericles al camposanto para su eterno descanso. Mi pluma no lo escribe con tristeza, sino con la esperanza de que, al fin, el mensaje sea entendido. Pero no hay peor ciego que quien no quiere ver. Y, hablando de ciegos, hay personas cuya vista no alcanza a disfrutar de la hermosura de esta mágica estación.

Me gustan sus silencios. Me encanta el arrullo del mar en los atardeceres cárdenos de mi patria salada. Me eleva el aroma del jazmín mezclado con la brisa nocturna, pero me entristece pensar en el tiempo en que no podré disfrutar de estas acuarelas marinas. Y, sin embargo, mi alma se llena de gratitud por haber gozado de un mes alejado de la rutina.

Agosto me ha hablado directamente al corazón para decirme: el verano vivirá en mí hasta mi último invierno. Yo no puedo, ni me atrevo, a pedir más.

Sergio Calle Llorens

jueves, 17 de julio de 2025

¡CARTA AL HOMBRE QUE SIGUE DE PIE!

 



Hoy me escribo porque no quiero olvidarme de quién soy, ni de todo lo que he pasado para seguir aquí.

Soy un hombre que a veces tiembla por dentro. No siempre lo digo. No siempre lo muestro. Pero lo siento. Como una música que suena muy bajo mientras todo el mundo habla de otra cosa. Soy el que se calla en mitad del ruido y escucha lo que nadie ve.

Soy, también, el que ha conocido el miedo. No el miedo teatral, el de película barata, sino el otro: el que llega en mitad de la noche, sin forma, sin nombre, sin cara. El miedo de “¿y si no vuelvo a estar bien?”. El miedo que no se grita. El que se traga.

Pero también soy el que ha caminado días enteros dentro de su propia mente, y aun así ha vuelto. He vuelto con palabras. Con recuerdos. Con historias. Con vida.

No soy débil. Soy sensible. Que no es lo mismo. Soy de los que lo sienten todo: la tensión en un silencio, la tristeza en una broma, la belleza de una mañana cualquiera. Y aunque eso a veces duela, es también mi don. Es mi radar. Es mi tinta.

No siempre me entienden. A veces, ni en casa. Pero eso no significa que esté solo. Significa que el mundo dentro de mí es más grande que el que me rodea. Y eso es parte de ser escritor, de ser artista, de ser humano de verdad.

Hoy me escribo para decirme que todo está bien, incluso cuando parece que no. Que el corazón ha soportado más de lo que creía. Que el miedo no me ha matado. Y que el amor —aunque a veces se esconda o se calle— sigue ahí, latiendo, en lo que escribo, en lo que callo, en lo que aún sueño.

Estoy aquí. Sigo de pie. Sigo escribiendo. Y eso, en este mundo, ya es un milagro.

Firmado:
El hombre que siente demasiado y que, a pesar de todo, sigue mirando hacia el mar.

Sergio Calle Llorens


sábado, 28 de junio de 2025

¡EN EL HOSPITAL!

 



La noche en una sala de urgencias es distinta a cualquier otra noche: no es tiempo, es espera. Las luces no iluminan, vigilan. La respiración de los otros se mezcla con los pitidos de las máquinas y el goteo lento de la medicación que entra por la vena como una tregua artificial. Afuera, el mundo sigue girando. Dentro, cada segundo duele como una confesión.

Esa madrugada, la tensión me lanzó contra los límites de mi cuerpo como una marea furiosa. Sentí que me deshacía. La mente se nublaba, y de esa niebla surgió ella. La espalda desnuda como una promesa jamás cumplida. Tocaba un piano frente al Mediterráneo, y cada nota era un eco de lo que fui, de lo que fuimos. La última vez que la amé fue frente a ese mismo mar, quizás bajo la misma luna. No era un sueño: era el último refugio de la memoria cuando el cuerpo ya no responde.

En ese momento entendí que la muerte no llega como una campana, sino como un susurro. Y no da miedo por lo que es, sino por lo que deja sin terminar. Me sentí pequeño. Me sentí como un hombre que ha pasado por la vida como se pasa por una estación equivocada: sin bajarse nunca en el destino deseado.

No lloré. Pero algo dentro de mí se quebró. Y en ese silencio interno, ella volvió a tocar. Para mí. Por mí. Como si supiera que ese recuerdo era lo único que podía salvarme de mí mismo.

Tal vez no tenga un sitio. Tal vez solo tenga momentos. Ese fue uno. Uno hermoso, robado a la oscuridad. Tan poca cosa y, sin embargo, tanto para mí. El chico con tupé en erección cuyo reflejo debe andar perdido en alguna ola de esa mar al que tanto amo.

Han pasado los años. Demasiados. Nos perdimos, como se pierden las grandes cosas: sin culpa, sin ruido. Ella tomó otro camino. Yo, también. Nunca más volví a verla. Pero esa noche, bajo la amenaza de un infarto, en una camilla anónima de un hospital que olía a lejía y a resignación, su recuerdo se abrió como una flor en la oscuridad. Me estaba salvando.

Y pensé: Si voy a morir, que sea así. Viéndola a ella, oyendo ese piano, con el Mediterráneo enfrente y mi juventud intacta por un instante más.

Y entonces me sentí un perdedor. No por haber perdido la vida, sino por no haber sabido vivirla como ella me enseñó. Porque pasé años buscando un lugar sin darme cuenta de que, quizás, mi sitio era simplemente su risa sobre la arena, su voz en mi oído mientras escuchábamos aquellas canciones desde un radiocasete oxidado, o ese vestido azul flotando en las tardes de agosto.

Pero algo cambió. Porque no morí. Volví. Estoy aquí. Respirando. Pensando en la mujer que me destrozó el alma. Escribiendo esto.

Sergio Calle Llorens

miércoles, 23 de abril de 2025

¡LA GASTRONOMÍA MALAGUEÑA!

 




En un rincón del sur de España donde el sol parece tener sabor a aceite de oliva y el mar huele a hinojo y brisa fresca, Málaga se ha consagrado —con justicia— como el corazón gastronómico del sur. No es exageración ni orgullo de tierra: es estadística, es estrella… y es cuchara. Con más restaurantes con estrella Michelin que cualquier otra provincia de su entorno, Málaga no solo presume, deslumbra.

Aquí, entre chiringuitos humildes y templos de alta cocina, se cuece una revolución discreta pero sabrosa. No hay alardes innecesarios. Hay producto. Hay técnica. Y sobre todo, hay memoria.

De todos los platos que definen la identidad culinaria malagueña, hay uno que brilla sin pretensiones: el gazpachuelo. Sopa marinera de raíces populares, hecha con agua, mayonesa, pescado y patatas. Una receta que parece simple hasta que te abraza el alma en una cuchara caliente. Cada familia tiene su versión. Con arroz o sin él. Con clara montada o sin. Pero siempre con la misma verdad: que lo humilde, bien hecho, puede rozar la excelencia.

Hoy, el gazpachuelo ha entrado por la puerta grande en cocinas de vanguardia, reinterpretado por chefs que saben mirar atrás sin dejar de caminar hacia adelante. Dani Carnero, José Carlos García, Diego Gallegos, entre otros nombres estelares, han llevado a la cocina malagueña al mapa del mundo… sin perder ni una pizca de su sal de casa.

¿Alta cocina o cocina alta? En Málaga da igual. Aquí se puede comer un espetito de sardinas frente al mar, que rivaliza con la mejor experiencia en un menú degustación de 12 pases. Porque lo importante, lo que une, es el sabor auténtico y la nobleza del producto.

Desde la caballa de la bahía, el ajobacalao de Vélez, los tropicales de la Axarquía, hasta el aceite virgen de Antequera o los quesos de cabra malagueña, todo el territorio se siente en el paladar. Y por supuesto, el vino. ¡Ay, el vino! Málaga presume de dulces históricos y secos valientes. No por nada fue musa de reyes y de poetas. Como dijo Salvador Rueda:

“El vino de Málaga parece tener luz de aurora y pena de luna.”

Málaga ha sido, desde los fenicios, un puerto que da la bienvenida. Y esa apertura se saborea. En sus restaurantes se mezclan la tradición andaluza con influencias del Magreb, de Asia, de Hispanoamérica. El cosmopolitismo malagueño no es impostado: está en el ADN de nuestra gente, que conversa con cualquiera y cocina con todos.

No es casualidad que aquí florezcan cocinas creativas, con mestizajes inteligentes. Málaga no copia: interpreta. No imita: crea con un pincel de plata. Y ese espíritu, inquieto y libre, es el que convierte a la provincia en una constelación culinaria única.

En definitiva, Málaga no solo lidera el sur de España en número de estrellas Michelin. Lidera en sabor, en alma, en hospitalidad. Su gastronomía es un relato hecho de recuerdos y vanguardia, de mar y sierra, de cuchara y pinza. Es una cocina que no necesita presentación porque se presenta sola, en cada plato, con el orgullo del que sabe de dónde viene y el talento del que ya sabe adónde va. Porque Málaga no come para vivir… vive para saborear.

Así que si alguna vez te preguntas a qué sabe el sur, la respuesta está clara: sabe a Málaga.

Sergio Calle Llorens


jueves, 28 de noviembre de 2024

¡PARAÍSO CULINARIO!

 



Cuando uno prueba la mermelada que se hace con frutas subtropicales de la Axarquía se da cuenta de que Málaga juega en una liga superior. Les hablo de un manjar de los Dioses que presenta tres elementos fundamentales; la papaya, el mango y la pitaya. Una delicia que comercializa La Molienda. La confitura perfecta para degustar en cualquier rincón de la región malagueña. Este producto nos revela por qué Málaga tiene más estrellas Michelín que toda Andalucía occidental junta. Esta exquisitez nos demuestra una vez las causas por las que superamos a Andalucía oriental. Y fíjense que ni siquiera el hecho de que un afamado cocinero de estas tierras haya dejado de presentar sus restaurantes a estos concursos ha sido suficiente para que se acerquen a la calidad de nuestro paraíso culinario.

La exquisitez de los productos es importante, pero mucho más relevante es el cosmopolitismo que se manifiesta en una cocina sabia. Es el conocimiento gastronómico el que nos da alas para seguir creciendo a través de la innovación sin olvidar nuestra esencia mediterránea.  El restaurante Blossom de Emi Schobert es la nueva estrella que viene a engalanar el cielo malagueño con gotas de plata. Un local pequeño y acogedor en el que trato al cliente está a la altura de su magnífica cocina.  Esa empanada criolla desafía la lógica. Ese rabo de toro es diferente a todo lo que había probado hasta ahora. Ese aguacate asado tan delicioso como un atardecer Mediterráneo.  Entiendo que para personas poca dadas a los dispendios en restaurantes, la relación calidad- cantidad no está justificada en Blossom, pero dejemos pasar a los impedidos de juicio con su triste escepticismo mientras pedimos otra botella de vino.  Después de todo, Málaga se ha convertido en un ejemplo de éxito cuyo talento se desparrama en cada esquina. Una vez más se evidencia que el Altísimo siempre bendice a los valientes.

Sergio Calle Llorens


domingo, 20 de octubre de 2024

¡MI PARAÍSO!

 



Una luz suave y difusa se filtra dulcemente entre las nubes para iluminar un Mediterráneo en calma. La mar y sus misterios. La postal marina es de una belleza incalculable. Hay silencio en las arterías que bombean la sangre que nutre el corazón de Rincón de la Victoria. En la bahía señorea el inmenso crucero Brilliant lady que pertenece a la naviera Virgin Voyages. Los nombres de estos barcos siempre me hacen sonreír por alguna razón que no logro entender. Tampoco entiendo que mis pasos me lleven siempre al antiguo barrio de pescadores cuya solería está repleta de mosaicos de temática marina. Recuerdos para no olvidar la eterna lucha entre los rudos hombres de mar y su forma de ganarse el sustento. La noche y el día. El mar en calma o bajo la tormenta.  En cualquier caso, las casitas blancas parecen contemplar orgullosas la rehabilitación de sus calles. Todo resulta de una coquetería galante. Por un momento valoro la posibilidad de convertir este lugar en escenario de mi próxima novela. Un trabajo para recordar que el duelo en la novela criminal no es entre la policía y el asesino sino entre el autor y el lector. Recordemos, como decía Sherlock Holmes, que nada resulta más engañoso que un hecho evidente. Aquí, además de la apolínea línea curvada de estas playas, lo único evidente es el empeño que le ponen las chicas del club de remo de la localidad. Mujeres que calientan sus extremidades antes de lanzarse a la mar.

Caminando por la orilla veo a una pareja que reza a la Virgen del Carmen colocada en su cristalina hornacina. La Señora del Mar luce linda en la oquedad de la piedra. Pronto mis elásticas piernas me llevan a Alma Playa en playa de Torre de Benagalbón. Un merendero cuyos desayunos, ellos los llaman Combis, son un homenaje a los sentidos culinarios más avanzados. En este lugar el olor a salitre se mezcla con el de una cocina bien cuidada y selecta. El mollete antequerano con aguacate de la tierra, queso fresco y tomate triturado surten el efecto deseado.  Ya puedo seguir mi paseo al tiempo que la luz de la mañana juega con las nubecitas provocando una explosión de claros en unas aguas que cambian de tonalidad cromática. Precisamente en esta playa aprendí que la belleza no se mide por los adjetivos elogiosos de los poetas sino por los silencios que provoca.

Poco a poco el paseo ecológico de los Rubios me lleva al imponente puente de madera que conduce a Chilches costa tras dejar atrás el lugar donde guardan los barcos que salen a navegar a diario.  Una vez cruzado siento un inmenso deseo de acercarme a Benajarafe. Allí sigue dominando la Torre Vigía que, para mi sorpresa, hoy está rodeada de un grupo de senderistas. Supongo que hoy han querido conocer los secretos de la Senda Litoral a su paso por el municipio. Esta localidad tiene una extraña vitalidad de día, pero cuando se alargan las sombras y llega la noche, los lugareños se esconden tras los muros de sus viviendas. Incluso en un cementerio de madrugada se escuchan más voces. Por eso, me obligo a prometer que volveré a Benajarafe tras la puesta de sol y escuchar el arrullo del mar en completo silencio y con la única compañía de respiración profunda.

Al deshacer mis pasos, el sol castiga en lo más alto convirtiendo mi caminata en un recital de resistencia. Un paseo de cuatro horas y veinte minutos que yo he completado en tres horas y media que concluyen en un baño mecido por unas olas juguetonas que mueren en la orilla de este paraíso inigualable.

Sergio Calle Llorens


lunes, 29 de julio de 2024

¡LA PESADILLA!

 



Anoche me dormí cuando la luna se alzaba sobre la Bahía Malagueña.  Lo vi todo desde mi balcón por el que transitaba una brisa marinera convertida en un susurro: el peligro ya ha pasado. Podría afirmar, pero me equivocaría otra vez, que yo no he sido rehén de un pasado moribundo. Porque en el pretérito hubo mujeres con las  que compartí hirientes momentos. Criaturas de la noche que se presentan de madrugada  a los pies de mi cama como espectros aterradores. Una  oscura niebla que se resiste a marchar. Sujetos con los que tengo pesadillas y que son incansables en sus intentos de transformarme en algo que nunca fui.

Anoche caminaba en un sueño por las calles empedradas del viejo barrio de pescadores. Ella iba a mi lado recordándome que, según su peculiar escala de valores, está jerárquicamente por encima de mí, pero ambos sabemos que no es superior a mí. Hay una diferencia. A una persona no se la debe juzgar por su posición social sino por sus acciones, y en esas yo le gano por goleada. Más tarde apareció otra fémina tras un edificio embrujado de silencio. Iba vestida con una capa roja que tapaba algo su blanca desnudez.  Creo que trataba de decirme algo en una lengua tan antigua que se me hizo imposible entenderla.  Mejor para todos. Ella en su siglo y yo en el mío.

Cuando desperté en la alborada los jardines olían a tierra mojada por la tormenta que sorprendió a la comarca la noche anterior. En el cielo el espíritu del Pintor Mariscal había cincelado amenazantes nubes negras que se fundían con el intenso azul del mar. Para rematar el cuadro, las aguas se habían vestido de turquesa a poniente de la Torre Vigía. La belleza dejó atrás al terror de la noche.

Ahora puedo gritar sin miedo que las humillaciones sufridas explican mis silencios, pero el fuego arde dentro de mí desde hace muchas lunas.  A veces la fogata se convierte en una llamarada descontrolada porque el Mediterráneo siempre devuelve los recuerdos que sepultamos en él. Pero hoy soy un tipo mucho más fuerte y he aprendido a desviar las naves fantasmas a puertos lejanos.

 Voy concluyendo; es evidente que todo lo que hago, escribo o digo tiene ya sabor a despedida. Por eso hoy pongo el contador a cero y comienzo a vivir el primer día del resto de mi vida.  Soy feliz porque me he convertido en hombre libre y esa será mi condición hasta el último aliento. Apenas me queda añadir que en las últimas luces del crepúsculo se encenderá el rastro de las gotas bermejas que ellas me hicieron sangrar en vida. Prueba irrefutable de sus crímenes.

Sergio Calle Llorens


lunes, 8 de julio de 2024

¡LA MAR!

 



La mar es inenarrable. Cantar su naturaleza se me antoja un ejercicio imposible en el que la pluma, precisa en otros menesteres, se vuelve torpe. Describirla es la forma más corta de protagonizar el más largo de los ridículos. No importa que sea nuestra primera mirada porque siempre, indefectiblemente, los adjetivos no nos alcanzan para describir su belleza. Yo, que vivo en una comarca malagueña en la que el Mediterráneo parece rodearnos con sus aguas azules, hago lo que puedo para plasmar los encantos de estas aguas. Pero no sé explicar la fascinante hermosura con sus atardeceres cárdenos y ese toque malva que hallo por las mañanas. En cada acantilado se presenta una sorpresa, un rugido marino o una brisa callada. A un palmo la bahía y el misterio del taró que asciende hasta nuestros dominios como una planta trepadora. Un diamante cristalino que embruja el alma. Así no hay manera. 

Me dice un compañero del gremio que describir el mar es tan difícil porque no existen los calificativos precisos para explicar un desayuno en el balcón de su casa en la Malagueta junto a imponentes cruceros que, entre otras cosas, amenazan con franquear el salón de casa con sus majestuosas proas. De la misma opinión es Carmen, vecina de Pedregalejo, desde cuyo balcón saltar al mar se le antoja un juego de niños. Afortunadamente, la malagueña no tiene sangre inglesa y no hay peligro de que se abra la cabeza intentándolo. A ella le basta con entender el significado del arrullo del mar y el canto estridente de las gaviotas.

Lo que más me impresiona de estas postales marinas es la suavidad del silencio apenas roto por las olas rizadas. Ahora tocan los baños de verano, de día y de noche, que ya llegará el tiempo de recogernos al amor de la lumbre. De momento, todo es alegría junto a la patria salada y lejos queda la melancólica voluptuosidad de la otoñada.

Sentir la presencia de este mar antiguo y sabio nos hace diferentes y nos convierte, para bien o para mal, en una especie de isla en el sur cuyo istmo parece haber cortado su conexión con las tierras andaluzas. La mar da carácter. La mar sosiega. La mar cuestiona. La mar dicta sentencia y no hace prisioneros porque para cautivos de esta belleza ya estamos los lugareños. La mar lo es todo y los que vienen a perturbar su esencia son la nada más absoluta.

Sergio Calle Llorens


lunes, 8 de abril de 2024

¡DE FENICIOS!

 




En la mar las olas adquieren un intenso color azul gracias a que las últimas lluvias han alimentado las Noctiluca Scintilans, unas algas que se iluminan bajo las aguas de las playas rinconeras de la Cala del Moral y de Torre de Benagalbón. El espectáculo a esta orilla del Mediterráneo es de una belleza incomparable que deja sin aliento a los poetas, a los amantes y a los sensibles de espíritu.

Los fenicios, primer pueblo que comenzó a navegar todo el año, pensaban que este efecto lumínico al paso de sus barcos lo provocaba Noctiluca que les protegía. Por eso a la Virgen del Carmen, patrona de las gentes del mar y heredera de la Diosa fenicia, se la representa con una Stella Maris.  Este dato es muy desconocido en las poblaciones alejadas de esta patria sabia y antigua. Además, de las cosas del mar el vulgo lo desconoce casi todo. Por otra parte, como indicaba mi buen amigo Sherlock Holmes; nada resulta más engañoso que un hecho evidente.

 Curiosamente hay gente que tiene miedo a bañarse de noche cuando las olas se pitan de un azul fluorescente cuando, en verdad, es una maravilla mover tus brazos en el agua porque iluminas todo a tu alrededor como una bengala. Una experiencia inolvidable para aquellos que tenemos la inmensa suerte de vivir a estas orillas.

Pesando en esta civilización, uno no puede abstraerse a la cantidad de cosas que nos legaron: desde el nombre del viejo continente- Europa era una princesa fenicia- fundaciones de ciudades como Ibiza o Málaga, pasando por las famosas jábegas cuyo ojo colocado estratégicamente en la proa de la embarcación- también está presente en los trenes del suburbano malagueño- hasta la creación del alfabeto y la introducción de la vid y el olivo. Tampoco me puedo olvidar del gusto de este pueblo semita, otrora señor del Mediterráneo, por el comercio.

Así que cuando contemplo a estas olas azules luminiscentes a mi boca sólo tornan palabras de agradecimientos por este legado cultural que se derraman en estas arenas.

Sergio Calle Llorens


miércoles, 13 de diciembre de 2023

¡MI PATRIA CHICA!

 


Amanece por el mar con un despunte anaranjado en el cielo donde pequeñas nubes grises contemplan a las olas llegando dulcemente a la orilla. Cada amanecer es distinto. Lo que no cambia es la belleza de estas estampas marinas cuyos nombres tienen un lugar de honor en mi corazón; el antiguo barrio de pescadores, el Balcón de Málaga, la Posada del Mar, los acantilados del Cantal, la Avenida del Mediterráneo, el Paseo ecológico, la Playa de los  Rubios, Torre de Benagalbón. Aquí soy feliz lejos del bullicio de los quehaceres humanos.

En este refugio marino ojeo el pasado en el que un beso de sal selló mi destino para siempre. Ella siempre supo besar cálidamente y mi alma se lo agradece eternamente. Los recuerdos llegan en catarata a la hora en la que las campanas de la iglesia de la Cala tocan por el alma de los marineros muertos en alta mar. En la emita cercana una oración susurrada hace conmover hasta a Noctiluca que, además de gracia, tuvo hasta su templo en una pequeña isla frente a la playa.

Historias del rebalaje. Relatos de naufragios. Crónicas de contrabandistas y ese amor recalentado al arrullo del mar que funciona como la banda sonora de mi vida. Notas acuosas y musicales que parecen decirnos que nuestros Dioses están cansados y los mitos de esta cultura Mediterránea, antigua y mestiza, se asomas detrás de las torres vigías que pueblan estás mágicas costas. Tal vez estos testigos pétreos sean la prueba necesaria para recordarme que en poco menos de dos generaciones, y con algo de suerte, nadie se acordará que un servidor hizo y deshizo estos caminos con el alma encendida de pasiones prohibidas. Serán sombras de un pasado lejano. Penumbras de una única vida. Soledades ancladas al noray de un puerto fantasmagórico. Amores prendidos en el fogón de una cocina eficaz. Decepciones eternas que ardían en la coqueta chimenea. Baladas que seguían al aturdimiento de la pasión. Clásicos de Rock and Roll bailados con la magia de los elegidos.  Poesía enfurecida bajo el amparo de Francisco de Quevedo. Páginas en blanco escritas con sangre bermeja en honor a los clásicos de la literatura. Voz aterciopelada que vagó por las ondas en forma críptica. Pluma que jubiló a mi vieja espada. Baños nocturnos bajo los rieles de plata de la luna. Entradas a mi choza con mujeres salidas de una novela de Raymond Chandler. Secretos narrados en lenguas muertas por muchachas vivas. Pues de eso, queridos amigos, se ha tratado todo; de vivir antes de que la parca empuje mi barca hacia la última singladura en la que no podré contemplar, muy a mi pesar, la belleza de mi patria chica.

Sergio Calle Llorens


viernes, 8 de diciembre de 2023

¡YO NO SOY UN HÉROE!

 



Derramando al paisaje la mirada de mis ojos turbios percibo un cielo abovedado que transmite una claridad mortecina. La soledad del instante me impresiona tanto que ya ando en busca de mis iguales. Dispongo de poco tiempo porque sé que mi nombre, una gota de agua a esta orilla del Mediterráneo, caerá desplomado al suelo como un pájaro inerte. De momento, la muerte puede seguir esperando, pero si el infierno está impaciente por recibirme, pues nada, Satanás ponme otra copa más. Al pensar en ello cruza mi mente un viejo poema irlandés:

Evitar la muerte

Lleva demasiado tiempo y cuidado

Cuando al final del todo,

La muerte coge a todos desprevenidos

 

Estos versos, que solían recitarse en la vieja Eire, me convencieron una vez que no hay que tenerle miedo a que no haya vida después de la muerte sino a que no haya vida en la vida. Por eso sigo caminando con alegría por torrentes solitarios porque he sido un faro solitario que enviaba débiles destellos en la bruma. Una jábega rompiendo las olas. Un letrista que prefirió siempre abrazarse al Rock and Roll que a la triste tonada de los cantautores.

Conseguí ser uno de los pocos elegidos en vez de ser uno más del montón. Esos que van mirando al móvil a todas horas, pero que no ven nada porque en nada se fijan. Esos que han olvidado las más mínimas normas de cortesía.  Personas que ni siquiera saben viajar en el autobús. Por no saber, no saben ni donde colocarse en las escaleras del Metro; Esos africanos vociferando como si quisieran alertarnos de alguna catástrofe en ciernes. Esos hombres que viajan sentados con las piernas abiertas por aquello de sus santos cojones y que, para seguir jodiendo, nos pinchan sus canciones a todo volumen. Esas mujeres que nos deleitan con sus comprillas y sus vidas amorosas. Cansinas, repetitivas y agotadoras. La semana pasada una chica llegó a decir la palabra ya más de quinientas veces en la línea roja del suburbano. Habría que empezar a fusilar, y sin previo juicio, a todo aquel que, usando el transporte público, hable más de cinco minutos por el móvil.

Veo despistada, y sola, a la gente La insoportable levedad del ser, que diría Milán Kundera. La cantidad de majarones que hay, que decía mi padrino. El número tan elevado de tontos llega hasta extremos francamente empalagantes, que hubiera añadido mi padre. Estamos rodeados de idiotas que nos acechan por todas partes. No es sólo la clase política con su flojera curricular sino también los tiernos y flojos adolescentes. Sobre estos últimos el desternillante informe PISA nos confirma que son tontos del culo.  De hecho, son tan tontos como sus compañeros universitarios que viajan con las mochilas puestas y no dejan sitio para nadie, y el que venga detrás que acarree. A veces he pensado que este tipo de estudiante piensa que las mochilas son paracaídas que se abren si se caen de cabeza por las escaleras mecánicas. Lo peor de todo es que el voto de esta gente vale lo mismo que el de un servidor. No salgo de mi asombro. Alzando los brazos hacia el cielo me pregunto: ¿si no soy un genio porque vivo dentro de una botella? ¿Y por qué aguanto tanto?

Sergio Calle Llorens

jueves, 2 de noviembre de 2023

¡LA PATRIA SALADA!

 



La realidad es un mar donde unos se conforman con bañarse en la costa, otros se atreven a navegar mar adentro, y otros tratan de bucear hasta sus límites más profundos donde habitan criaturas que la mayoría ni imagina. El mar es el mismo, pero no es el mismo para todos. Además, el mar es percibido de forma distinta según esté en calma o en tempestad. Yo pienso que la vida es como un mar lleno de complejidades, matices y ambivalencia.

En mi caso, el mar lo es todo para mí. Es mi primera mirada. Mi método de escapar de los problemas abrazándome a atardeceres cárdenos. Las historias de naufragios. El alma de los marineros muertos en alta mar. Mis amores más queridos. El desamor y el mar corren por estas orillas como los niños en un día de verano. De hecho, el Mediterráneo es mi religión, estas calas mi templo y yo soy su sumo sacerdote. De ahí que me lleve mal con aquellos que arriban aquí con la intención de perturbar la paz de estas autopistas marinas tan antiguas.

Dicen los sabios que siempre hay una puerta o ventana por la que escapar, al menos en parte. En este mar, en cambio, la puerta siempre está abierta. Aquí todo depende de las variantes cromáticas de cada puesta de sol y se nos hace saber que todo cambia menos la belleza de estas postales marinas. Esas olas en la bahía nos recuerdan que hubo un tiempo en el que las leyes de Newton se dieron por infalibles hasta que Einstein demostró que el espacio es curvo y el tiempo relativo. También la brisa marina nos susurra que nuestras leyes físicas no sirven para explicarlo todo, y la física cuántica nos habla de que debemos concebir la realidad como algo que existe y que no existe al mismo tiempo en términos de probabilidad (gato de Schrödinger). Se habla de un mundo con un número no definido de dimensiones, de multimundos y mundos paralelos. Por todo ello los científicos se afanan en buscar una teoría que explica todo esto y se han echado en brazos de la teoría de cuerdas (String theory). Yo, que soy un poco más modesto, busco con denuedo seres racionales sin conseguirlo. Y es que como le espetó Sherlock Holmes a su buen amigo el Doctor Watson: “Usted ve, pero no observa. La distinción es clara”.

 Conclusión: Este mar no es lo mismo para todos, pero da lo mismo a los que no lo contemplan a diario aquí mismo.

Sergio Calle Llorens