Mi pequeño
grupo de doo-wop duró lo que duran ciertas felicidades de juventud: lo
suficiente para recordarlo toda la vida. Nos reuníamos para cantar, imitando
con la boca el bajo, la batería y los demás instrumentos de una orquesta que no
podíamos permitirnos. Aquellos muchachos de los barrios estadounidenses habían
hecho exactamente eso antes que nosotros. Bastaban unas voces, una farola y la
convicción de que, durante unos minutos, la calle podía ser nuestra.
El
doo-wop nació de la tradición vocal del góspel, del rhythm and blues y de los
antiguos cuartetos de armonías. Pero su historia también tiene un capítulo singular en los
barrios italoamericanos de Nueva York, donde muchos jóvenes incorporaron a
aquella música su propia sensibilidad melódica. En sus casas se escuchaban
canciones italianas, y la tradición napolitana —con sus melodías expansivas,
sus amores desgraciados y su gusto por el dramatismo vocal— formaba parte del
paisaje familiar. No fue el origen del doo-wop, como a veces se sugiere, pero
sí un posible punto de encuentro sentimental entre dos culturas. Dion and
the Belmonts encarnaron especialmente bien aquella confluencia.
Lo curioso
es que muchos de aquellos conjuntos parecían haber elegido sus nombres mirando
al cielo. The Ravens, The Orioles, The Penguins, The Flamingos,
The Crows. La moda tenía antecedentes concretos. The Ravens, formados en 1945, ayudaron a
definir el sonido de los grupos vocales urbanos, con un bajo profundo y un
falsete que parecía surgir de otra habitación. The Orioles popularizaron en
1948 It's Too Soon to Know, una balada que contribuyó a
establecer el tono romántico del género. Años después, The Penguins
alcanzarían la inmortalidad con Earth Angel, mientras The Flamingos
llevarían la sofisticación vocal a otro nivel con I Only Have Eyes for You.
¿Por qué
tantos pájaros? No existe una explicación única, pero resulta difícil no
encontrar cierta ironía poética en aquellos nombres. Sus propietarios eran
adolescentes de barrios modestos, a menudo sin dinero para comprar
instrumentos, que escogían símbolos de vuelo y libertad. Algunos llegaron a los
escenarios y a las listas de éxitos; muchísimos otros jamás abandonaron su
esquina. La historia discográfica conserva los nombres de los primeros. De los
segundos apenas queda el eco.
Y ese eco es
precisamente lo que más me interesa. El doo-wop no fue solo una colección de
canciones inolvidables, sino también una actividad clandestinamente cotidiana:
muchachos ensayando en portales, bajo las farolas o en las escaleras de sus
edificios, repitiendo una armonía hasta que las voces encajaban. No necesitaban
saber música en el sentido académico. Aprendían escuchándose, corrigiéndose y
volviendo a empezar. El bajo sostenía al solista; los demás lo arropaban con
sílabas inventadas. Doo-wop, shoo-bop: palabras sin significado
que, juntas, producían algo parecido a la felicidad.
Con los
años, uno comprende que aquellas reuniones tenían una importancia que entonces
no sospechábamos. No se trataba de triunfar ni de hacerse famoso. Se trataba de
pertenecer a un grupo, de descubrir que la voz propia encontraba su lugar entre
las voces de los demás. Después llegaba la vida adulta, los trabajos, las
mudanzas y las obligaciones. Los conjuntos se disolvían sin despedidas, y
muchas canciones desaparecían con ellos, sin que nadie las hubiera grabado.
Cuando
vuelvo a recordar aquellos ensayos, no escucho solamente música. Recuerdo la
despreocupación de quienes todavía creen que todas las noches se repetirán y
que siempre habrá tiempo para cantar otra vez. Quizá por eso el doo-wop
conserva esa melancolía tan particular: detrás de sus armonías luminosas se
adivina la fugacidad de quienes las inventaron.
Los discos
sobrevivieron. Las esquinas cambiaron. Los pájaros siguieron cantando en las
etiquetas de los viejos vinilos. Pero en algún lugar de la memoria permanecen
aquellos muchachos que, sin instrumentos ni dinero, consiguieron construir una
orquesta con sus propias voces. Entre ellos, modestamente, también estuvimos
nosotros.
Y a veces
basta escuchar los primeros compases de una vieja canción para regresar a
aquella farola, ocupar de nuevo nuestro sitio y recordar que, durante un
instante, fuimos capaces de hacer música con casi nada.
Sergio Calle
Llorens