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viernes, 31 de julio de 2026

¡HÉROES CANSADOS!


 

Un héroe es aquel que, aunque sabe que todo está perdido de antemano, decide seguir en la pelea. Esa es la diferencia entre el valiente y el imbécil. El imbécil pelea porque cree que puede ganar. El héroe pelea porque sabe que hay derrotas que dignifican más que ciertas victorias. Por eso el verdadero héroe de La Ilíada nunca fue Aquiles. Aquiles era un semidiós, un privilegiado, un hombre al que los dioses habían concedido casi todo salvo un talón. El héroe era Héctor. Sabía que Troya estaba condenada. Sabía que Aquiles acabaría atravesándole el cuello con la lanza. Sabía que su mujer quedaría viuda, que su hijo crecería sin padre y que las murallas caerían. Y aun así salió por las puertas Esceas. No porque creyera en el milagro, sino porque hay hombres que no saben vivir de rodillas.

En España esos hombres tienen otro nombre. Se llaman autónomos.

Somos los Héctor de este país. Los tipos que todas las mañanas salen a pelear contra un enemigo infinitamente más fuerte sabiendo que, tarde o temprano, acabará pasándoles factura. Nunca mejor dicho. Nos levantamos antes que nadie, cerramos después que todos, trabajamos cuando los demás descansan y financiamos un Estado que solo parece acordarse de nosotros cuando llega el momento de cobrarnos. Hacienda tiene algo de vampiro burocrático. Nunca pregunta cómo estás. Nunca llama para decirte que resistas. Solo aparece cuando huele la sangre. Y de sangre sabemos bastante quienes llevamos años dejando jirones de vida entre declaraciones trimestrales, cuotas, impuestos, inspecciones y normas que cambian con la misma facilidad con la que un político cambia de discurso.

Lo extraordinario es que ni siquiera protestamos demasiado. Quizá porque hace tiempo comprendimos que nadie va a venir a rescatarnos. Si el negocio se hunde, el Estado no despliega helicópteros. Si la persiana baja por última vez, no hay una red esperando debajo. Da igual que lleves veinte, treinta o cuarenta años pagando religiosamente. Da igual cuántos ceros hayas aportado a las arcas públicas. Descubrirás que no tienes derecho al mismo colchón que otros trabajadores tienen cuando todo se acaba. Es una sensación difícil de explicar: pasar media vida sosteniendo un sistema que, cuando tú caes, te responde con un formulario.

Y mientras tanto observamos decisiones políticas que producen una mezcla de desconcierto y amargura. Vemos recursos públicos destinados a la acogida de inmigrantes recién llegados —alojamiento, asistencia jurídica, atención social o programas de integración— mientras muchos pequeños empresarios sienten que para ellos nunca hay un plan de rescate. No es una cuestión de señalar al que llega buscando una vida mejor. Es una cuestión de preguntarse por qué quien lleva décadas levantando este país tiene la sensación de ser siempre el último de la fila. De contemplar cómo el Estado despliega una eficacia admirable para unas cosas mientras para otras solo ofrece silencio administrativo.

Nos hemos convertido en una especie de muertos vivientes. Extraños cadáveres que siguen andando. Gente que sonríe al cliente después de pasarse la noche haciendo cuentas para decidir qué factura puede retrasar unos días más. Gente que aprende a convivir con la ansiedad igual que otros conviven con el reuma. Tipos que no tienen comité de empresa, ni pancartas, ni manifestaciones multitudinarias, ni subvenciones salvadoras. Solo tienen una llave que abre una persiana y una absurda costumbre de seguir creyendo que mañana será mejor.

Quizá por eso siempre me ha parecido que el himno no oficial del autónomo no lo escribió ningún economista. Lo escribió Bruce Springsteen cuando cantaba No Retreat, No Surrender. Sin retirada. Sin rendición. Porque eso es exactamente lo que hacemos. Seguimos avanzando aunque el amplificador ya esté echando humo y la guitarra lleve tiempo desafinada. Seguimos tocando mientras el barco hace agua por todas partes. Como si los últimos acordes fueran más importantes que el propio naufragio.

Y hay algo profundamente cervantino en todo esto. Don Quijote nunca confundió los molinos con gigantes. Lo que confundía era la comodidad con la dignidad. Sabía que el mundo iba a reírse de él, pero prefería el ridículo de luchar al prestigio de quedarse quieto. Nosotros también cabalgamos contra molinos. Solo que los nuestros tienen forma de boletines oficiales, modelos tributarios y ministerios convencidos de que el dinero nace en las cuentas corrientes de quienes todavía tienen el valor de emprender.

Lo terrible no es trabajar mucho. Lo terrible es descubrir que quienes gobiernan parecen considerar el esfuerzo una fuente inagotable de recaudación y nunca una virtud que merezca protección. Porque un país que castiga sistemáticamente al que arriesga termina convirtiendo el emprendimiento en una enfermedad y la dependencia en una forma de vida. Y cuando eso ocurre ya no hace falta que la economía se hunda. Basta con mirar a los ojos de un autónomo para comprender que algo esencial se ha roto.

Después vendrán los discursos solemnes hablando del tejido productivo, de los emprendedores, del motor económico y de la España que madruga. Palabras. Siempre palabras. Pero cuando se apagan los focos y llegan las liquidaciones, volvemos a ser los de siempre: los Héctor de una Troya que nadie parece dispuesto a defender. Y quizá algún día, cuando no quede nadie dispuesto a abrir una persiana, contratar un empleado o jugarse sus ahorros por levantar un negocio, el Gobierno descubra que no se puede gobernar eternamente contra quienes sostienen el país. Para entonces será tarde. Porque las ciudades no caen cuando llegan los enemigos. Caen cuando consiguen que sus héroes se cansen de luchar.

Sergio Calle Llorens

miércoles, 29 de julio de 2026

¡LOS FANTASMAS DEL VINILO!


 

Noches estrelladas en las que a mis difuntos me enfrento.

No los busco donde el mármol administra los nombres ni donde las coronas de flores fingen derrotar al tiempo. Los busco en casa. Allí donde una aguja desciende con la solemnidad de un oficio antiguo y el vinilo, obediente, comienza a girar como giran los astros sobre quienes ya no pueden contemplarlos.

Es entonces cuando regresan.

No hacen ruido al entrar. Nunca lo hicieron. Se sientan en el lugar que les pertenece desde hace décadas, entre las estanterías, los libros y los discos. Ninguno pide permiso. Tampoco lo necesita. Porque hay hombres cuya verdadera residencia no fue nunca una dirección postal, sino la memoria de quienes los escucharon.

Uno aprende, con los años, que una discoteca no es una acumulación de objetos. Es un censo de afectos. Cada carpeta conserva una edad de quien la compró, una habitación ya desaparecida, un amor cuyo nombre apenas recordamos, una madrugada que todavía respira bajo el cartón envejecido. Los discos no almacenan canciones. Almacenan tiempo.

Aquella noche volvió a sonar Ilegales. Y mientras el surco iba desgranando palabras de hierro, comprendí por qué algunas composiciones envejecen con la dignidad de los grandes vinos y otras nacen ya viejas, condenadas al olvido antes incluso de terminar su primera temporada de éxito.

Durante demasiado tiempo se confundió la velocidad con el talento. Como si acelerar el pulso pudiera ennoblecer una melodía mediocre. Como si la abundancia de notas lograra ocultar la escasez de ideas. Pero la música jamás fue una competición atlética. Ninguna emoción ha necesitado correr para llegar antes al corazón.

Las mejores canciones conocen la respiración de su lengua. Saben que el español no admite cualquier violencia. Cada sílaba reclama su peso, cada acento exige su lugar, cada silencio posee una función tan decisiva como la palabra que lo precede. El compositor verdadero no escribe únicamente sonidos: administra el tiempo, reparte el aire, ordena el silencio y, sólo cuando todo encuentra su justa medida, permite que la música nazca.

Ésa fue siempre la impresión que me produjo Jorge: la de un hombre que desconfiaba del artificio. Sabía que un riff puede ser brillante durante treinta segundos y resultar insoportable durante treinta años. En cambio, una frase escrita con verdad continúa respirando cuando ya han cambiado las modas, los peinados, las emisoras y hasta los gobiernos.

Tal vez por eso vuelvo una y otra vez a determinados discos. No persigo la nostalgia. Persigo una forma de honestidad que empieza a escasear. Escuchar ciertos álbumes es recordar que el oficio consiste menos en exhibirse que en decir; menos en impresionar que en permanecer.

Con la edad también cambia la geografía de las ausencias. Antes faltaban sillas en Navidad, en los cumpleaños o en las sobremesas familiares. Ahora faltan también voces en las estanterías. Cada año descubro que un lomo más se convierte en epitafio, que una portada deja de anunciar un presente para custodiar definitivamente una memoria. Y, sin embargo, qué extraña victoria la de esos músicos: el cuerpo desaparece; la conversación continúa.

Quizá por eso sigo comprando vinilos. No por fidelidad a un formato, sino por fidelidad a una liturgia. Hay algo profundamente humano en sacar un disco de su funda, sostenerlo unos segundos entre las manos y confiarle otra vez la tarea de devolvernos aquello que el calendario nos fue arrebatando. Ninguna plataforma conoce ese gesto. Ningún algoritmo comprende esa espera. La belleza, como casi todas las cosas importantes, necesita ceremonias.

Al apagar la luz, la habitación queda entregada únicamente al resplandor tenue del amplificador. Fuera continúa girando el mundo. Dentro gira un disco. Y entre ambas rotaciones, tan distintas y tan semejantes, uno acaba comprendiendo que los muertos no desaparecen del todo mientras alguien, en una noche cualquiera, todavía sepa en qué estante descansa la música con la que decidieron desafiar al olvido.

Sergio Calle Llorens


martes, 28 de julio de 2026

¡LONELY SUMMER NIGHTS!


 

Cerré la puerta de casa y el silencio hizo el resto. No había nadie al otro lado. Nadie preguntando cómo había ido el día, nadie protestando porque llegaba tarde, nadie ocupando el otro extremo del sofá. Solo una respiración profunda, la mía, marcando el compás de una noche de verano que parecía suspendida en el tiempo. En momentos así siempre vuelve la misma pregunta, aquella que Charles Bukowski lanzó con la naturalidad de quien sabe que algunas dudas nunca admiten respuesta: si regresas a casa y nadie te espera, y por la mañana nadie pronuncia tu nombre para despertarte, ¿eso es libertad o es soledad?

Nunca he sabido contestarla. Quizá porque las dos cosas se parecen demasiado.

Mientras la casa se llenaba de ese silencio que solo conocen quienes viven solos, empezó a sonar dentro de mi cabeza Lonely Summer Nights, de los Stray Cats. Ni siquiera necesitaba poner el disco. Bastaban los primeros acordes imaginarios para entender que algunas canciones no envejecen; simplemente esperan su momento. Esa siempre aparece cuando cae la noche y el mundo deja de hacer ruido. No habla únicamente de un verano lejano ni de un amor perdido. Habla de ese instante en el que uno descubre que la memoria tiene mejor oído que el corazón.

Fue entonces cuando levanté la vista hacia la ventana. Sobre el Mediterráneo colgaba una luna inmensa, redonda, insolente, como si llevara siglos contemplando las mismas historias sin cansarse jamás de ellas. Y bastó verla para que el tiempo decidiera dar media vuelta.

Volví a otra luna. También era agosto. También era verano. También había una mujer.

Rubia. Ojos azules. De esas personas por las que uno, cuando todavía cree que la vida siempre concede una segunda oportunidad, es capaz de beber los vientos sin preguntarse cuánto costará la resaca. Han pasado muchos años desde entonces, pero el tiempo tiene una extraña manera de administrar los recuerdos. No los destruye. Los archiva. Permanecen inmóviles durante décadas hasta que una canción, una carretera o una luna idéntica deciden abrir el cajón donde llevaban tanto tiempo escondidos.

Dicen que el pasado siempre vuelve. No es verdad. El pasado nunca se va. Somos nosotros quienes aprendemos a caminar mirando hacia otro lado.

Mientras contemplaba aquella luna sobre el Mediterráneo comprendí que no estaba echando de menos a aquella mujer. Lo que realmente había regresado era el hombre que fui cuando la quise. Ese muchacho que todavía pensaba que todas las despedidas eran provisionales, que las noches de verano duraban para siempre y que el rock podía arreglar cualquier herida con tres acordes y una guitarra Gretsch.

La vida, naturalmente, terminó llevándose por delante todas aquellas certezas. Pero fue incapaz de llevarse las canciones.

Por eso sigo creyendo que el rock tiene algo que ninguna otra música ha sabido conservar con la misma dignidad: nunca intenta engañarte. No promete finales felices. No vende optimismo de saldo. El rock se limita a sentarse a tu lado cuando el silencio pesa demasiado y a decirte que otros estuvieron ahí antes que tú. Que ellos también volvieron solos a casa. Que también miraron una luna de agosto preguntándose en qué momento se les escapó la juventud entre los dedos.

Quizá por eso sigo regresando a los Stray Cats. Porque debajo de aquella apariencia gamberra y aquellas guitarras veloces siempre hubo una melancolía elegante. La suficiente para convertir una noche cualquiera en un refugio donde uno puede reconciliarse con sus propias derrotas.

Con los años también he aprendido que la peor soledad no consiste en cenar solo ni en acostarse sin nadie al lado. La peor soledad es compartir la mesa con alguien que ya no te mira, dormir junto a una persona con la que hace tiempo dejaste de hablar y descubrir que el silencio pesa mucho más cuando tiene dos propietarios. Nunca me he sentido más solo que en algunas compañías. En cambio, noches como aquella, con la única compañía de mi respiración y una vieja canción sonando por dentro, terminan pareciéndose mucho más a la paz que al abandono.

Supongo que eso es hacerse mayor. Aprender que los fantasmas no siempre vienen a asustarte. Algunos aparecen únicamente para hacerte compañía. Se sientan contigo, piden otra copa, sonríen al escuchar una vieja canción y desaparecen antes del amanecer sin hacer demasiado ruido. He dejado de luchar contra ellos. Al fin y al cabo, son los únicos que conocen todas las versiones de mi historia.

Bukowski nunca respondió a su propia pregunta. Tal vez porque comprendió que la libertad y la soledad son vecinas de rellano y que, algunas noches, resulta imposible distinguir en cuál de las dos casas has entrado. Yo tampoco voy a intentarlo.

Solo sé que aquella noche cerré la puerta, respiré hondo y dejé que una vieja canción de los Stray Cats hiciera lo que lleva haciendo desde hace tantos años: recordarme que la nostalgia no siempre es una herida. A veces es un hogar.

Y mientras la luna seguía iluminando el Mediterráneo con esa indiferencia de las cosas eternas, comprendí que uno nunca vuelve realmente solo a casa. Siempre regresan con nosotros las canciones que nos salvaron, los amores que nos cambiaron para siempre y la persona que fuimos cuando todavía creíamos que el verano no iba a terminar nunca.

Sergio Calle Llorens

 


lunes, 27 de julio de 2026

¡EL CLUB DEL CRIMEN!


 

Una luz dulcísima se filtra entre las nubes a la hora en que me sumerjo en el mar. Solo el estridente canto de las gaviotas rompe la paz del amanecer. Ni siquiera las playas parecen despiertas, pero mis amigas, las Intrépidas, ya han plantado sus toallas y sus bártulos sobre la arena. Entre todas acumulan varios siglos de vida.

Me conocen porque una de ellas, Marta, es una entusiasta de mis novelas y ha introducido mis libros en el Club del Crimen. Todas leen para descubrir al asesino antes que el detective. Agatha Christie, por supuesto, reina sobre sus estanterías. Ella es la soberana del misterio; ellas, sus más fieles devotas. Y, si excluimos a los hombres morenos de culo prieto, no existe nada que entusiasme más a las integrantes de este peculiar club.

Cuando salgo del agua, Carmen me lanza la misma pregunta de cada mañana.

—¿Está buena el agua?

Asiento con la cabeza.

Carmen tiene la costumbre de rematar cualquier sorpresa con un sonoro «¡hala!». Y esta mañana, al comprobar que su amiga Lucía vuelve a enseñar las domingas en pleno martes, no puede evitar la exclamación.

Lucía debió de ser un auténtico pibón en su juventud. Conserva una mirada pícara que jamás se pierde en el horizonte. Antonia, en cambio, es la prudencia hecha mujer. Prefiere la seguridad de la arena y se queda vigilando las pertenencias mientras las demás juegan a ser sirenas en el Mediterráneo.

Yo ya me he tumbado sobre la toalla e intento contener la sonrisa cuando las oigo lanzar esos grititos inevitables al primer contacto con el agua.

Pero no se equivoquen: estas mujeres no tienen un pelo de inocentes.

Hay un detalle en su biografía que resulta, cuanto menos, inquietante: todas enviudaron antes de que sus maridos cumplieran los sesenta años. Lo sé porque ellas mismas me lo contaron. Según dicen, fueron cayendo uno detrás de otro en años sucesivos.

En fin, una vez es casualidad; dos, coincidencia; tres… ya empieza a parecer obra del enemigo.

Quién sabe. Tal vez tantas novelas policiacas hayan terminado por perfeccionar su dominio del arsénico.

—¿Les hicieron la autopsia a sus difuntos maridos?

Estallan en carcajadas antes de lanzarme una advertencia.

—En el mar es muy fácil morirse.

Decido no seguir haciendo preguntas.

Mis ojos se distraen entonces contemplando a dos espléndidas morenas que caminan por la orilla de una playa ancha, de arena blanca, una de esas playas que, por fortuna, nunca se llena de presencias demasiado aberrantes para mi gusto.

Al poco, mis amigas salen del agua con esa expresión de felicidad que solo concede un baño temprano. Ni siquiera empapadas consiguen parecerme inocentes.

—Sergio, ¿cuándo nos vas a dedicar unas líneas en uno de tus artículos?

Les regalo mi mejor sonrisa antes de responder.

—Cuando vosotras me confeséis cómo van esos clítoris. ¿Chupetón arriba o chupetón abajo? Porque por ahí se comenta que habéis tenido una vida... bastante intensa.

—¡Hala! —vuelve a exclamar Carmen.

—Mira, Sergio, nuestras aventuras sexuales ya forman parte del pasado —dice Lucía.

—Bueno... las tuyas no tanto —replica Carmen sin concederle un segundo de tregua.

El Club del Crimen estalló de nuevo en carcajadas. Las gaviotas levantaron el vuelo, el mar siguió respirando con la misma calma y el sol terminó de imponerse sobre el horizonte.

Las vi marcharse despacio, dejando sobre la arena un rastro de risas y salitre. Pensé que la juventud presume de músculos, pero la vejez presume de historias. Y las de estas mujeres darían para varias novelas... siempre que nadie se empeñe en investigar demasiado.

Yo me limitaré a seguir saludándolas cada mañana.

Y, si un día dejo de escribir, ya saben dónde empezar la investigación.

Sergio Calle Llorens


lunes, 13 de julio de 2026

¡ANOCHE SOÑÉ QUE ERA FELIZ!

 



Anoche soñé que era feliz. A mi mente llegaron estampas de cariño junto al calor del fuego. Anoche, sin ir más lejos, la cercanía de la soledad puso ante mí una sucesión de recuerdos que nunca ocurrieron: amores que nunca tuve. Orejas que me escuchaban. Ojos que me leían. Labios que no me dieron descanso.

Anoche, en la oscuridad nocturna, la magnificencia del horizonte se diluyó en la luminosidad cegadora de la mañana. A veces me pregunto si mi afición por los paseos no será una forma de alejarme de mi mala sombra. Esta mañana, por cierto, mis pasos me han llevado a los acantilados del Cantal, cuya mirada se pierde en una playa sobre la que cuelgan unas pequeñas casas blancas. Fue precisamente aquí donde una amiga artista me confesó que su deseo es que las autoridades locales le pongan su nombre a este bonito lugar.

Yo, que nunca he tenido grandes ambiciones, salvo la de ir tirando sin que me tiren a la basura, me conformo con que mi nombre aparezca bien escrito en mi esquela. Ustedes tal vez no se acuerden, pero hace años muchas personas abrían los diarios por la página donde aparecían los avisos de difuntos. No era plan empezar la jornada sin saber quién se había mudado al otro barrio. «No somos nadie», exclamaba mi padre al enterarse de la mudanza al más allá de algún conocido. En cambio, yo no necesito entregar mi alma al Altísimo para saber que no somos nadie. Por eso camino alejándome de mí mismo mientras silbo la melodía de mis fracasos.

Sí, anoche soñé que era feliz de nuevo, en las tinieblas de la noche. Anoche llegué a creer que mi vida no había sido un imponente y morrocotudo naufragio.

Al despertar, todo había cambiado y supe al instante —la verdad es que yo soy muy listo— que había sido tan invisible que fui incapaz de encontrar mi cuerpo desnudo entre los pliegues de mis sábanas.

Tal vez alguien pueda usar mi invisibilidad como material para redactar mi esquela. No sé, algo así como: «Murió el hombre invisible. Su ausencia se notará tanto como su presencia en vida».

Sergio Calle Llorens

viernes, 3 de julio de 2026

¡DESPUÉS DE LA CANCIÓN!


 

Hay una pregunta que siempre me ha parecido mucho más interesante que cualquier biografía. No es cómo vivieron los grandes personajes, sino qué ocurrió con quienes se quedaron cuando ellos desaparecieron. Hace unos días volví a ver La Bamba y, como la primera vez, terminé emocionado. No solo por la historia de Ritchie Valens, aquel muchacho que apenas tuvo tiempo de descubrir quién iba a ser antes de convertirse en leyenda, sino por todas esas personas que la película deja discretamente a un lado cuando aparecen los títulos de crédito. Nosotros apagamos el televisor y seguimos con nuestra vida, pero ellos tuvieron que levantarse a la mañana siguiente y aprender a convivir con un vacío imposible de llenar. Mientras millones de personas continuaban escuchando La Bamba y Donna, ellos descubrían que el éxito, la fama y la inmortalidad no sirven de consuelo cuando el silencio ocupa para siempre el lugar de alguien a quien se ha amado.

Entonces comenzaron a surgir las preguntas. ¿Qué fue de la madre que enterró a un hijo cuando apenas empezaba a conocer el mundo? ¿Qué ocurrió con Bob, aquel hermano mayor tan difícil de soportar en la película, consumido por los celos, el alcohol y la frustración, que con el paso de los años encontraría la serenidad suficiente para colaborar en la reconstrucción de la verdadera historia de Ritchie? ¿Y Donna? La muchacha cuyo nombre quedó unido para siempre a una de las baladas más hermosas del rock and roll. Mientras el mundo entero seguía escuchando aquella canción, ella tuvo que hacer algo mucho más complicado: seguir viviendo. Casarse o no casarse. Tener hijos o no tenerlos. Envejecer. Descubrir que la vida continúa incluso cuando el tiempo parece haberse detenido para todos los demás. Resulta extraño pensar que millones de personas conocen su nombre y, sin embargo, casi nadie se pregunta qué ocurrió después de que terminara la canción.

No es la primera vez que me sucede. Hace años escribí sobre Buddy Holly y sobre la mujer que quedó viuda cuando aquel avión cayó durante la noche que la música perdió parte de su inocencia. Todos recordamos al muchacho de las gruesas gafas que revolucionó el rock antes de cumplir los veintitrés años, pero muy pocos se preguntan qué fue de la mujer que esperaba volver a verlo. ¿Cómo continúa una existencia cuando la persona a la que amas queda congelada para siempre en la juventud mientras tú sigues envejeciendo? ¿Cómo se construye una nueva vida cuando el mundo entero insiste en recordarte un pasado del que nunca podrás desprenderte? Es curioso. Las canciones sobreviven mejor que las personas. Peggy Sue seguirá teniendo eternamente la edad que tenía cuando sonó por primera vez aquella guitarra. Donna permanecerá para siempre esperando a Ritchie en cada reproducción del disco. Ellos quedaron atrapados en un instante perfecto que jamás se desgasta. Nosotros, en cambio, seguimos acumulando años, pérdidas, cicatrices y despedidas.

Quizá por eso la nostalgia posee una fuerza tan extraordinaria. No echamos de menos únicamente lo que ocurrió; sentimos una melancolía todavía mayor por todo aquello que pudo haber ocurrido y nunca sucedió. Hay vidas enteras que desaparecen antes incluso de comenzar. Hay conversaciones que nunca llegaron a pronunciarse, trenes a los que no subimos, llamadas que no hicimos y personas a las que dejamos escapar creyendo que habría otra oportunidad. Siempre he pensado que una de las películas que mejor explica esa sensación es Sliding Doors. Toda una existencia cambia porque una mujer consigue entrar en un vagón de metro... o porque las puertas se cierran unos segundos antes. A partir de ese instante nacen dos biografías completamente diferentes. No hay grandes decisiones ni acontecimientos extraordinarios. Solo unos pocos segundos de diferencia. Y, sin embargo, basta ese pequeño retraso para alterar el resto de una vida.

Supongo que todos guardamos una historia semejante. Yo también tengo la mía. Ocurrió hace muchos años, cuando vivía en Londres. Paseaba por un parque sin pensar en nada importante cuando una mujer pelirroja apareció caminando en dirección contraria. Era de una belleza difícil de describir, de esas que obligan a levantar la vista sin proponérselo. Nos cruzamos. Durante un instante nuestras miradas se encontraron y cada uno continuó caminando en silencio. Di unos cuantos pasos y, movido por un impulso que todavía hoy no sé explicar, me giré para mirarla una vez más. Ella también se había girado. Durante apenas un segundo volvimos a encontrarnos con los ojos antes de que ambos siguiéramos nuestro camino para no volver a vernos jamás. Nunca hubo una conversación. Nunca supe su nombre. Nunca existió una historia de amor. Y, sin embargo, de vez en cuando me sorprendo imaginando la vida que jamás existió. ¿Qué habría ocurrido si hubiera regresado sobre mis pasos? ¿Y si hubiera pronunciado cualquier frase, por absurda que fuese? ¿Y si aquel encuentro hubiera cambiado el rumbo de mi historia? Tal vez hoy viviría en otra ciudad. Tal vez tendría otra familia. Tal vez escribiría libros completamente distintos. O quizá nada habría cambiado. Lo único seguro es que jamás lo sabré.

Con los años he llegado a la conclusión de que los seres humanos no vivimos solo de recuerdos. Vivimos también de posibilidades. Somos el resultado de nuestras decisiones, pero también de todas aquellas que nunca llegamos a tomar. Por eso determinadas canciones nos conmueven tanto. No solo nos devuelven a quienes las interpretaron, sino también a la persona que nosotros éramos cuando las escuchamos por primera vez. Cada melodía es una máquina del tiempo imperfecta. Nos devuelve olores, calles, voces y rostros que creíamos olvidados. Nos recuerda que hubo un momento en el que el futuro todavía estaba abierto y cualquier cosa parecía posible.

Hace unos días leí una frase que decía que cada palabra que pronunciamos es un préstamo de los muertos y un regalo para quienes aún no han nacido. Desde entonces no he dejado de pensar en ella. Quizá sea verdad que todos hablamos constantemente con los muertos. Hablamos con Sócrates cuando discutimos sobre la democracia. Con Cervantes cuando escribimos en español. Con Shakespeare cuando nos enamoramos. Con Buddy Holly cuando una guitarra comienza a sonar. Con Ritchie Valens cada vez que alguien vuelve a escuchar Donna. No porque los fantasmas existan necesariamente, sino porque las personas dejan una parte de sí mismas en aquello que crean, y esa parte continúa viajando de generación en generación mucho después de que ellas hayan desaparecido.

Tal vez esa sea la única forma auténtica de vencer a la muerte. No impedir que el cuerpo desaparezca, porque eso pertenece al orden inevitable de la naturaleza, sino conseguir que una idea, una canción, un libro o incluso una simple mirada sobrevivan al paso del tiempo. Al fin y al cabo, todavía hay una pelirroja que continúa girándose para mirarme en un parque de Londres. Vive únicamente en mi memoria, en ese universo paralelo que nunca llegó a existir. Pero mientras siga recordándola, mientras siga preguntándome qué habría sido de nosotros si aquel día hubiera dado media vuelta, esa historia imposible seguirá respirando en algún rincón de mi vida. Y quizá, después de todo, esa también sea una forma de inmortalidad.

Sergio Calle Llorens


jueves, 18 de junio de 2026

¡ANGEL OF THE MORNING!


 

Antes de hablar de Angel of the Morning, conviene recordar una verdad incómoda: casi todos los grandes amores de nuestra vida han durado mucho menos de lo que recordamos. La memoria es una estafadora profesional. Toma una noche y la convierte en una época. Toma una mirada y la transforma en una novela de cuatrocientas páginas. Toma un adiós pronunciado a las cinco de la mañana en una estación de tren, en un aeropuerto o en la puerta de un hotel cualquiera, y lo conserva durante décadas como si hubiese sido un acontecimiento histórico. Quizá por eso algunas canciones envejecen mejor que otras. No hablan de lo que ocurrió. Hablan de lo que seguimos sintiendo mucho después de que todo haya terminado.

La versión de Angel of the Morning grabada por The Pretenders pertenece a esa rara categoría de canciones que parecen llegar desde otro tiempo, como una postal encontrada dentro de un libro viejo. La canción había recorrido un largo camino antes de llegar a las manos de Chrissie Hynde. Escrita por Chip Taylor a finales de los años sesenta y convertida en un clásico por distintas intérpretes, encontró en la voz de Hynde una mezcla perfecta de fortaleza y vulnerabilidad. No hay lágrimas innecesarias. No hay promesas imposibles. No hay esa desesperación teatral que suele acompañar a las canciones de amor. Lo que hay es algo mucho más difícil de encontrar: lucidez.

La narradora sabe exactamente dónde está pisando. Sabe que aquello no va a durar. Sabe que el amanecer traerá consigo la realidad, esa vieja cobradora de deudas que siempre acaba llamando a la puerta. Y, sin embargo, decide quedarse. Esa es la grandeza de la canción. No habla de una mujer engañada ni de una víctima sentimental. Habla de alguien que comprende perfectamente las reglas del juego y aun así acepta jugar una última partida. Hay una dignidad extraordinaria en esa elección. En un mundo lleno de canciones sobre la esperanza, Angel of the Morning es una canción sobre la aceptación.

Siempre me ha parecido que las mejores historias de amor tienen algo de novela negra. No de esas novelas modernas donde todo el mundo acaba aprendiendo una lección edificante y creciendo emocionalmente, sino de las antiguas. De las que olían a humo, bourbon barato y calles mojadas. Historias donde el protagonista reconoce el peligro desde la primera página y avanza igualmente hacia él. Historias en las que el desastre no aparece disfrazado; entra por la puerta principal, se sienta frente a ti y pide otra copa.

Philip Marlowe habría entendido perfectamente el espíritu de esta canción. El viejo detective de Raymond Chandler conocía demasiado bien a las personas que llegan a nuestras vidas con una etiqueta invisible que dice: "No te acerques". Lo curioso es que son precisamente esas personas las que terminan ocupando un lugar permanente en nuestra memoria. Los seres humanos tenemos una habilidad prodigiosa para ignorar las señales de advertencia. Vemos las luces rojas. Escuchamos las alarmas. Reconocemos que aquello terminará mal. Después sonreímos, asentimos y seguimos adelante como si nada. La inteligencia sirve para muchas cosas, pero rara vez ha conseguido detener a un corazón empeñado en cometer una estupidez memorable.

Eso es precisamente lo que convierte a Angel of the Morning en una obra tan hermosa. La canción no celebra la inocencia. Celebra la valentía de quienes aman sabiendo que van a perder. Hay una diferencia enorme. Cualquiera puede lanzarse al vacío cuando cree que va a volar. Lo admirable es hacerlo cuando sospecha que el suelo está mucho más cerca de lo que le gustaría.

Con los años he llegado a pensar que la vida se parece menos a una gran novela romántica y más a una colección de encuentros breves. Algunas personas aparecen durante unos meses. Otras durante unas semanas. Algunas apenas permanecen unas horas. Sin embargo, son precisamente esas presencias fugaces las que a menudo dejan las huellas más profundas. Quizá porque no tuvieron tiempo de decepcionarnos por completo. Quizá porque la imaginación es siempre más poderosa que la realidad. O quizá porque existe una melancolía especial en las cosas que terminan antes de desgastarse.

Todos conservamos algún recuerdo así. Una conversación que se prolongó hasta el amanecer. Una habitación de hotel en una ciudad extranjera. Un paseo por una playa desierta. Un nombre que ya apenas recordamos. Una promesa que nadie tuvo la intención de cumplir. Son fragmentos dispersos de un pasado que se niega a desaparecer del todo. Los llevamos con nosotros como quien guarda viejas fotografías en el fondo de un cajón. No las miramos todos los días. A veces pasan años sin que pensemos en ellas. Pero basta una canción para abrir la tapa y encontrarlas intactas, esperando pacientemente en la oscuridad.

Ese es el verdadero poder de Angel of the Morning. No nos habla de una historia concreta. Nos habla de todas. Nos recuerda que hubo un tiempo en que éramos más jóvenes, más imprudentes y probablemente más ridículos. Un tiempo en que confundíamos la intensidad con el destino y creíamos que ciertas noches durarían para siempre. Lo maravilloso es que ahora sabemos que no duraron. Y aun así las seguimos considerando valiosas.

Hay una ironía deliciosa en todo esto. Pasamos la mitad de nuestra existencia buscando estabilidad en un universo que parece diseñado para destruirla. Construimos planes a diez años, hacemos juramentos eternos y llenamos agendas como si hubiésemos firmado un contrato privado con el tiempo. Mientras tanto, el tiempo se limita a observarnos con una sonrisa de jugador profesional. Sabe algo que nosotros preferimos olvidar: todo es provisional. Los amores terminan. Las ciudades cambian. Los amigos desaparecen. Los discos se convierten en reliquias. Incluso nuestros recuerdos más queridos empiezan a perder nitidez con el paso de los años.

Y, sin embargo, algunas canciones sobreviven. Permanecen como pequeñas cápsulas de emoción suspendidas en el tiempo. Escuchamos los primeros acordes y una puerta se abre en algún lugar del pasado. No regresan las personas. No regresan los lugares. Ni siquiera regresan los acontecimientos. Lo que vuelve es algo mucho más extraño: la versión de nosotros mismos que existía entonces. El hombre que todavía creía en ciertas cosas. La mujer que aún no había aprendido determinadas lecciones. El soñador. El idiota. El optimista. El romántico incorregible. Todos ellos regresan durante tres minutos y medio para saludarnos antes de desaparecer otra vez.

Quizá por eso sigo pensando que Angel of the Morning es mucho más que una canción sobre una aventura de una noche. Es una meditación sobre la fugacidad. Sobre la belleza de aquello que sabemos que no podremos conservar. Sobre el extraño valor de los momentos condenados desde su nacimiento. En el fondo, la canción nos recuerda una verdad que preferimos ignorar: no solo los amores son pasajeros. Nosotros también lo somos.

Tal vez la verdadera sabiduría consista en aceptar esa realidad sin amargura. Beber una copa más. Escuchar una canción más. Besar a alguien más. Caminar un poco más bajo las luces de una ciudad dormida. Y cuando llegue el amanecer, como inevitablemente llegará, abandonar la escena con cierta elegancia, agradecidos por haber estado allí.

Porque un día descubriremos que no fueron las historias perfectas las que dieron forma a nuestra vida. Fueron las imperfectas. Las breves. Las imposibles. Las que Philip Marlowe habría identificado como una pésima idea desde el primer minuto. Y precisamente por eso, las que jamás olvidamos.

Como Angel of the Morning. Una canción que comprende algo esencial sobre el amor, sobre la memoria y sobre el paso del tiempo: que las cosas más hermosas rara vez son las que duran para siempre. Son las que desaparecen antes de que podamos acostumbrarnos a ellas.

Sergio Calle Llorens

martes, 16 de junio de 2026

¡PEQUEÑOS PLACERES!

 


La vida tiene pequeños placeres que iluminan el alma: esa luz deliciosa que se filtra entre las nubes en un atardecer junto al mar. Esas cervezas en compañía de los viejos amigos. Las risas de un niño jugando en la orilla. Las piernas doradas de una mujer. Una mirada a medianoche. El espíritu de quienes siempre hemos sido libres y, por supuesto, ver cómo algunos prefieren escribir sobre los peligros que acechan a la lagartija pitusa en Ibiza antes que sobre la corrupción del gobierno de P. S.

Evidentemente, cada uno puede tener su opinión. De hecho, hay mucha gente que tiene opiniones, pero bastantes menos tienen estilo para contarlas. Y el estilo, para un escritor, vale más que cien opiniones.

Yo escribo para exagerar, caricaturizar, pinchar y dejar una herida verbal que el lector recuerde. Mi trabajo no es presentar pruebas ante un tribunal, sino encender el foco sobre lo que considero una farsa y dejar que el lector contemple el espectáculo. El problema es que ya ni siquiera tengo que esforzarme en exagerar. El gobierno y sus voceros lo hacen por mí.

Las joyas de Zapatero, el blanqueo de capitales, las cloacas del PSOE, los de la secta del capullo en la cárcel y el nadaplete del Madrid, que no ha ganado ni un título en dos temporadas. Y miren que se han gastado más dinero que nadie. La Cosa Nostra lo quería todo y, con la pandemia, dejó a Al Capone y sus muchachos como simples aficionados. Los madridistas aspiraban a campeonar y hasta el Albacete les dio una patada en el trasero. Ni en baloncesto, oigan.

La cantidad de lecciones que nos han dado sobre moralidad. Los millones de jornadas afirmando que eran los mejores del mundo. Pero todo era una farsa, un sainete con decorados de cartón piedra.

Recuerdo que siempre que terminaba mi columna de fusilamiento pensaba en esto: si alguien recuerda, tras su lectura, una escena, una metáfora o una comparación sangrante, la sátira ha cumplido su función literaria. Sin embargo, ahora ellos me hacen todo el trabajo sucio. Ni siquiera tengo que esforzarme en deformar la realidad, porque la realidad ya aparece deformada por sí sola, como un reflejo imposible en una galería de espejos infinitos.

En fin, como escritor no se trata de quitar pólvora al disparo. Se trata de mejorar la puntería. Y bien mirado, en la España sanchista hasta los mafiosos parecen pegarse un tiro cada mañana.

¡Pequeños placeres!

Sergio Calle Llorens

jueves, 28 de mayo de 2026

¡EYES WITHOUT A FACE!


 

La noche olía a salitre, a gasolina y a juventud imprudente. El verano apenas había comenzado y las ciudades todavía conservaban esa electricidad extraña de los años ochenta, cuando las madrugadas parecían infinitas y las canciones podían abrir heridas que uno ni siquiera sabía que llevaba dentro. En algún lugar, después de demasiadas cervezas, de vasos sudados y conversaciones inútiles bajo las farolas, sonó una melodía distinta a todas las demás. Primero aquel susurro espectral. Luego la voz de Billy Idol, elegante y rota al mismo tiempo, pronunciando unas palabras que parecían llegar desde un sueño enfermo: Eyes Without a Face.

Para muchos fue simplemente una canción más de la MTV dorada. Para otros, entre los que me incluyo, aquello fue una revelación emocional. Una grieta. Porque detrás de aquella apariencia sofisticada de videoclip nocturno y peinado imposible, latía algo mucho más oscuro. Algo que no encajaba con las canciones románticas de la época, llenas de promesas adolescentes y corazones fluorescentes. Billy Idol había compuesto una anti canción de amor. Una elegía sobre la pérdida del alma.

Y quizá por eso impactaba tanto.

En 1984, mientras el mundo bailaba entre sintetizadores y neones, Idol decidió escribir sobre la descomposición emocional, la infidelidad, las máscaras y la distancia entre dos personas que ya no saben mirarse de verdad. La canción hablaba de relaciones convertidas en habitaciones vacías, de cuerpos que todavía comparten la cama mientras el espíritu ya ha desaparecido hace tiempo. “Got no human grace”, canta en uno de los versos más devastadores. “Ya no queda gracia humana”. No hay ternura. No hay identidad. Sólo una carcasa bonita caminando por una ciudad insomne.

Pero el verdadero origen de la canción se encontraba todavía más abajo, en las catacumbas del cine europeo.

El título estaba inspirado directamente en la película francesa Les Yeux sans visage (“Los ojos sin rostro”), dirigida en 1960 por Georges Franju. Y aquí es donde la historia se vuelve todavía más perturbadora y fascinante. La película narraba la obsesión de un cirujano que secuestra jóvenes para arrancarles el rostro e intentar reconstruir la cara desfigurada de su hija. Ella vive escondida detrás de una máscara blanca, fantasmal, mientras sólo sus ojos permanecen visibles. Un espectro hermoso y aterrador atrapado entre la vida y la muerte.

La película era puro terror poético. Nada de monstruos vulgares ni sustos baratos. Aquello era un descenso elegante a la culpa, a la identidad perdida y a la monstruosidad escondida bajo las apariencias. La actriz Édith Scob, con aquella máscara inexpresiva y aquellos ojos inmensos llenos de tristeza, terminó convirtiéndose en una de las imágenes más inolvidables del cine de horror europeo.

Billy Idol comprendió perfectamente la metáfora.

Porque todos, tarde o temprano, terminamos llevando máscaras.

La canción transforma aquella idea macabra en algo íntimo y cotidiano. Ya no habla sólo de una hija desfigurada, sino de personas emocionalmente mutiladas. De amantes incapaces de sentir. De seres humanos que sobreviven entre fiestas, drogas, traiciones y noches interminables mientras por dentro se van vaciando lentamente. El propio Idol confesó alguna vez que veía la canción casi como un asesinato emocional. No una muerte física, sino algo peor: la lenta desaparición de la humanidad dentro de alguien.

Quizá por eso la canción sigue envejeciendo tan bien. Porque bajo la estética ochentera existe una verdad eterna. Todos hemos conocido a alguien —o nos hemos convertido alguna vez en alguien— con ojos pero sin rostro. Personas que sonríen mientras están completamente rotas por dentro. Personas que aman sin sentir ya nada. Sombras bellísimas perdidas en clubes nocturnos, conduciendo hacia ninguna parte mientras las luces de la ciudad se reflejan en el parabrisas mojado.

Y, sin embargo, hay una extraña belleza en todo ello.

Escuchar Eyes Without a Face en una madrugada de verano todavía produce la sensación de estar atravesando un túnel de recuerdos que nunca viviste del todo. La canción tiene algo espectral, como si viniera de un lugar donde los sueños felices ya se han podrido ligeramente en los bordes. Ese bajo hipnótico. La voz cansada de Idol. Los coros femeninos flotando como fantasmas alrededor de la melodía. Todo parece suspendido entre el deseo y el vacío.

Los años ochenta tuvieron muchas canciones inolvidables. Himnos para bailar, para enamorarse, para conducir junto al mar con las ventanillas bajadas. Pero pocas consiguieron capturar tan bien la melancolía secreta de aquella década como Eyes Without a Face. Porque debajo de todo aquel maquillaje de neón ya se escondía la soledad moderna que todavía arrastramos hoy.

Tal vez por eso sigue emocionando tanto escucharla en silencio, cuando la noche ya ha terminado y uno regresa a casa con la sensación extraña de haber sobrevivido a algo que no sabe nombrar.

Y entonces vuelve aquella frase.

Eyes without a face.

Ojos sin rostro.

Como un eco.

Como un recuerdo.

Como una vieja herida iluminada por las últimas luces del verano.

Sergio Calle Llorens

jueves, 21 de mayo de 2026

¡ESCENAS OCHENTERAS!


 

Aquella escena en el supermercado de Reality Bites no era simplemente un grupo de jóvenes haciendo el idiota entre bolsas de patatas y refrescos baratos mientras sonaba My Sharona. Era prácticamente un manifiesto generacional disfrazado de gamberrada. Un instante encapsulado en formol noventero donde toda una generación quedaba retratada sin necesidad de discursos políticos, sin manifiestos filosóficos y sin sociólogos de universidad escribiendo artículos insufribles sobre la juventud desencantada. Bastaban tres chavales bailando como posesos en los pasillos de una tienda mientras Ethan Hawke permanecía apoyado junto al mostrador con esa expresión mezcla de resaca emocional, cinismo existencial y agotamiento vital que convirtió a Troy Dyer en el santo patrón de millones de adolescentes confundidos.

Porque si algo tenía aquella generación era precisamente eso: una capacidad extraordinaria para alternar la euforia absurda con el nihilismo más elegante jamás visto. Éramos chavales criados entre cintas VHS rebobinadas con bolígrafo Bic, videoclubs con olor a moqueta húmeda y programas de televisión donde todavía parecía posible que el mundo escondiera cierta magia. Nos educaron prometiéndonos un futuro brillante y acabamos descubriendo que probablemente terminaríamos compartiendo piso, fumando tabaco barato y discutiendo sobre música alternativa mientras trabajábamos en algo que odiábamos profundamente. Y aun así, había una belleza extraña en todo aquello. Una especie de romanticismo mugriento que el cine de los noventa supo capturar mejor que nadie.

La escena funciona porque parece improvisada, casi accidental, pero contiene más verdad sobre nuestra generación que muchas películas enteras. Mientras Lelaina, Vickie y Sammy bailan completamente desatados por el supermercado, agarrando snacks y moviéndose como si acabaran de escapar de un psiquiátrico adorable, Troy observa la situación con esa mezcla de desprecio y melancolía que definió a tantos jóvenes de la época. Él representa al tipo que ya estaba cansado incluso antes de empezar la vida adulta. El intelectual sarcástico que leía libros de músicos muertos, citaba filósofos en bares donde olía a cerveza rancia y parecía convencido de que la felicidad era una trampa inventada por la publicidad de Coca-Cola.

Y sin embargo, todos queríamos parecernos un poco a Troy. Aunque fuera insoportable. Aunque tuviera el entusiasmo vital de una farola apagada. Porque en el fondo representaba la resistencia romántica contra el mundo prefabricado que empezaba a devorarlo todo. Los noventa fueron exactamente ese instante: el momento en que la autenticidad todavía parecía posible antes de que internet convirtiera hasta la rebeldía en un producto empaquetado. Aún podías encontrarte a alguien verdaderamente raro. Aún existían personas que escuchaban música porque les salvaba la vida y no para colgar frases en redes sociales junto a un café fotogénico.

Lo extraordinario de aquella secuencia es que convertía un supermercado cualquiera en una pista de baile generacional. Durante unos segundos, aquellos personajes parecían olvidar la precariedad, los trabajos basura, las relaciones sentimentales desastrosas y el miedo constante al futuro. Bailaban como bailábamos nosotros cuando todavía creíamos que el simple hecho de poner una canción a todo volumen podía arreglar el universo. Porque nuestra generación tenía algo profundamente ingenuo y profundamente triste al mismo tiempo. Éramos irónicos, sí, pero todavía conservábamos cierta esperanza secreta. Una esperanza escondida bajo capas de sarcasmo, camisas de cuadros y conversaciones absurdamente intensas a las tres de la madrugada.

Y entonces aparecía Troy, inmóvil junto al mostrador, observándolo todo con gesto de fastidio metafísico, como si estuviera pensando: “Sí, bailad todo lo que queráis. Dentro de veinte años pagaréis hipotecas imposibles y tendréis dolores lumbares”. Lo terrible es que probablemente tenía razón. Pero también estaba equivocado. Porque aquella generación perdió muchas cosas, sí, pero ganó una estética emocional irrepetible. Supimos aburrirnos de manera artística. Supimos estar rotos con estilo. Supimos convertir la confusión existencial en cultura pop.

Hoy vemos esa escena y sentimos algo parecido a la nostalgia radiactiva. No solo por la película, sino porque representa un mundo que desapareció. Un mundo donde todavía podías perder una tarde entera escuchando discos con amigos sin mirar el móvil cada cuarenta segundos. Donde las conversaciones no estaban diseñadas para convertirse en contenido. Donde la gente se enamoraba en videoclubs, en cafeterías o en supermercados cutres mientras sonaba una canción pegajosa de fondo.

Quizá por eso aquella escena sigue viva treinta años después. Porque no habla únicamente de unos personajes. Habla de nosotros. De una generación que creció entre el cinismo y la esperanza, entre la cultura alternativa y el principio del gran vacío moderno. Una generación que bailaba en los supermercados mientras intuía, en algún rincón oscuro del alma, que el futuro iba a ser bastante más extraño de lo que nos habían prometido.

¡Por cierto, gracias Winona Ryder por esos pasos de baile!

Sergio Calle Llorens

jueves, 14 de mayo de 2026

¡LA CHICA DEL CADILLAC Y EL HOMBRE QUE HABLABA DESDE LA MADRUGADA!


 

Hay películas que entretienen.
Y hay otras que terminan viviendo dentro de uno como un órgano más.
American Graffiti hizo eso conmigo.

La vi en un cine de verano, hace muchísimos años, cuando las noches todavía tenían misterio y las pantallas parecían portales abiertos hacia otra vida mejor. Recuerdo el ruido de las sillas metálicas, el olor a tierra caliente y aquella sensación extraña de que algo importante estaba ocurriendo delante de mí aunque todavía no supiera nombrarlo.

No lo sabía entonces, pero aquella película me estaba moldeando por dentro.

Y hubo dos figuras que me marcaron de una manera casi obsesiva.

La primera fue Wolfman Jack, el mítico locutor nocturno que aparece en la película como una especie de chamán del rock and roll. Con aquella barba imposible, aquella voz cavernosa y esa manera de hablar como si estuviera emitiendo desde el fondo de una carretera infinita, Wolfman no parecía un simple pinchadiscos. Parecía un espíritu protector de los adolescentes perdidos.

Lo fascinante es que era real.

Su verdadero nombre era Robert Weston Smith, aunque el mundo terminó conociéndolo para siempre como Wolfman Jack. Durante años emitió programas de radio nocturnos que se escuchaban por media América gracias a emisoras fronterizas mexicanas que lanzaban señales gigantescas capaces de atravesar estados enteros. En muchas ciudades, de madrugada, los jóvenes se acostaban escuchando aquella voz salvaje mezclada con doo-wop, rhythm and blues y rock clásico.

George Lucas lo admiraba profundamente y quiso convertirlo en el corazón secreto de American Graffiti. Y lo consiguió.

Porque Wolfman apenas aparece físicamente en la película, pero está en todas partes. Es la voz que acompaña la noche. El narrador invisible de una generación que aún no sabía que estaba perdiendo la inocencia.

A mí aquello me dejó hipnotizado.

Comprendí que una voz puede construir un universo entero. Que alguien escondido tras un micrófono puede acompañar más que muchas personas reales. Y probablemente ahí nació una parte importante de lo que hoy hago yo mismo, aunque nunca lo haya dicho abiertamente.

Con los años, además, ocurrió algo hermoso y triste a la vez: Wolfman atravesaba problemas económicos y American Graffiti volvió a convertirlo en leyenda. Gracias a la película recibió royalties, recuperó popularidad y volvió a actuar ante miles de personas. Era como si el cine le hubiera devuelto la vida al fantasma que había alimentado tantas madrugadas ajenas.

Y luego llegó el final.

En 1995, después de una actuación en Carolina del Norte, regresó agotado a casa. Se sintió mal, se desplomó en brazos de su esposa y le dijo una frase que parece escrita por un guionista melancólico: “Cariño, me muero”.

Murió poco después de un infarto.

Y no sé por qué, pero siempre pensé que era una muerte perfectamente coherente con su personaje. Como si una voz nacida para acompañar noches infinitas no pudiera apagarse de una forma vulgar.

Luego estaba ella.

La rubia del Cadillac blanco.

Ese personaje que atraviesa toda la película como un sueño imposible. La interpretaba Suzanne Somers, aunque apenas aparece unos minutos. Y sin embargo, consiguió algo extraordinario: convertirse en uno de los grandes fantasmas sentimentales de la historia del cine.

Su personaje ni siquiera tiene demasiadas frases. No hace falta. Basta una mirada, un coche alejándose y la obsesión silenciosa del protagonista, Richard Dreyfuss, intentando volver a encontrarla durante toda la noche.

Eso es precisamente lo que la hace eterna.

Porque los amores consumados terminan perteneciendo a la realidad. Y la realidad desgasta las cosas. Pero los amores imposibles quedan congelados para siempre en el punto exacto donde fueron soñados.

Nunca envejecen del todo.

Siguen sonando como aquella canción de verano que no has vuelto a escuchar en veinte años y que, aun así, todavía sabe exactamente dónde hacerte daño.

Para mí, aquella chica del Cadillac terminó simbolizando algo mucho más grande que un romance juvenil. Representaba una época entera que desaparecía lentamente. El último resplandor de una América inocente, nocturna, musical y despreocupada que estaba a punto de ser barrida por el tiempo.

Y quizá por eso me afectó tanto.

Porque todos tenemos una “rubia del Cadillac” en nuestra memoria. No necesariamente una mujer. A veces es una ciudad, una época, una voz o una versión de nosotros mismos que ya no volverá.

Con el paso de los años entendí algo inquietante: gran parte de lo que he creado nace exactamente de esos dos fantasmas.

De Wolfman hablando desde la noche.
Y de esa mujer alejándose para siempre.

Uno me enseñó el poder de la voz.
La otra, el poder de la nostalgia.

Y ambos me hicieron comprender que el verdadero arte no intenta detener el tiempo. Lo único que hace es iluminar durante unos segundos aquello que inevitablemente vamos a perder.

Sergio Calle Llorens

jueves, 30 de abril de 2026

¡HEAVEN KNOWS I´M MISERABLE NOW!



A veces vuelve, como un zumbido que no se apaga del todo, aquella frase de The Smiths: I was looking for a job and then I found a job… heaven knows I’m miserable now. No es nostalgia musical; es una constatación. Hay canciones que no se escuchan: se habitan. Y esta, como una letanía de derrota digna, me atraviesa cada vez que recuerdo el día en que mi hermano murió y el mundo siguió girando con la indiferencia metronómica de una máquina bien engrasada.

Murió mi hermano. Y no hubo pausa.

Ni en la empresa. Ni en el centro de estudios. Ni en ese ecosistema de sonrisas plastificadas donde la palabra “equipo” se pronuncia como si fuera una contraseña para entrar en un club al que, en realidad, nadie pertenece. No tuve derecho a un día libre. Ni uno. La ley, ese dios menor de los despachos, no contemplaba mi duelo como una causa suficiente. Debe de ser que la muerte, si no está bien tipificada, carece de entidad jurídica.

Recuerdo volver al trabajo con esa sensación de haber dejado algo irreparable detrás, como quien cierra la puerta de una casa en llamas y decide no mirar atrás porque sabe que no podría soportarlo. Y allí estaban ellos, hablando de input, de output, de coworking, de sinergias y de resiliencia, pronunciando esas palabras como si fueran fórmulas mágicas que justificaran su propia vacuidad. No saben inglés, pero manejan su jerga como quien agita un incensario: mucho humo, ninguna fe.

Después están las ONG, las empresas, las instituciones: ese coro de voces bien moduladas que llenan LinkedIn de vídeos emocionantes, de abrazos en cámara lenta, de frases que hablan de cuidar a las personas. “El capital humano es lo primero”, dicen, mientras el humano concreto —tú, yo, cualquiera— se convierte en un número que no merece ni una llamada cuando se rompe por dentro. Son los mismos que organizan talleres sobre bienestar emocional, pero no tienen el menor interés en saber cómo estás cuando de verdad importa. Prefieren la estética del cuidado a su práctica. La pose antes que la presencia.

Vivimos rodeados de una filantropía ornamental. Se preocupan por todo lo que no duele cerca: causas lejanas, nobles, fotogénicas. La vida sexual del somormujo, si hace falta. Cualquier cosa que pueda enmarcarse en un vídeo inspirador con música de fondo y subtítulos en blanco. Pero no por el tipo que se sienta a su lado y que acaba de perder a su hermano. Ese no da likes. Ese incomoda. Ese recuerda que, bajo la retórica, no hay nada.

Y luego está el edadismo, esa forma de desprecio elegante que no se nombra, pero se respira. Cuando ya no eres joven, pero tampoco lo bastante viejo como para ser invisible del todo, te conviertes en una molestia estadística. Has dejado de ser promesa, pero aún no eres memoria. Estás en tierra de nadie, donde lo que sabes no interesa y lo que eres no cotiza. Te piden experiencia, pero desconfían de ella. Te exigen lealtad, pero te ofrecen caducidad.

Todo esto tiene algo profundamente cinematográfico, aunque no en el sentido épico que nos vendieron. Se parece más a esas escenas de oficina interminables, con luces frías y conversaciones que no dicen nada, donde el protagonista se da cuenta —demasiado tarde— de que ha estado interpretando un papel en una película que no le interesa. Una mezcla entre el absurdo burocrático y la soledad de quien entiende que nadie va a detener la cinta por él.

Y, sin embargo, lo más hiriente no es la crueldad explícita. Es la indiferencia bien organizada. Esa capacidad de seguir adelante sin que nada se altere, como si la vida de los demás fuera un ruido de fondo que se puede silenciar con un clic. No es que no les importe si vives o mueres. Es peor: no llegan ni a planteárselo.

Quizá por eso aquella canción vuelve. Porque en medio de todo este teatro de buenas intenciones y discursos huecos, hay una verdad incómoda latiendo: estamos entregando nuestro tiempo —ese bien irreparable— a estructuras que no sabrían reconocernos ni aunque nos desmoronáramos delante de ellas.

Y lo hacemos en silencio.

Hasta que un día algo se rompe. Y entonces, por un instante, lo ves todo con claridad: el decorado, los figurantes, las palabras vacías flotando en el aire como globos desinflados.

Y entiendes, con una lucidez que duele, que nunca les importó.

Sergio Calle Llorens


viernes, 24 de abril de 2026

¡PEGGY SUE GOT MARRIED!



 


No hay nada más peligroso que una película que nos devuelve a nosotros mismos. Peggy Sue Got Married no es, en apariencia, más que un artefacto de nostalgia: un viaje hacia los años de instituto, hacia las faldas de vuelo y los peinados imposibles, hacia ese territorio donde el tiempo aún no ha pasado factura y la vida parece una promesa en lugar de una contabilidad de pérdidas. Pero bajo su superficie amable late una inquietud más honda, casi metafísica: ¿qué haríamos si pudiéramos corregir nuestra propia biografía?

La premisa es conocida y, sin embargo, nunca deja de seducir. Peggy Sue, interpretada por una Kathleen Turner en estado de gracia crepuscular, se desmaya durante una reunión de antiguos alumnos y despierta en 1960, en su propio cuerpo adolescente, pero con la conciencia intacta de la mujer que ya ha vivido, amado, fracasado. Esa fractura entre experiencia y juventud es el verdadero motor de la película: no es el viaje en el tiempo lo que importa, sino la conciencia del error.

Porque la memoria —esa gran impostora— no solo recuerda, también reescribe. Y Peggy Sue, como todos nosotros en nuestros momentos más íntimos, cree saber qué decisiones fueron las equivocadas. Cree que, con la lucidez del futuro, puede domesticar el pasado. Ahí reside la belleza melancólica del filme: en esa ilusión de control que se desmorona lentamente.

La reunión con las amigas, los pasillos del instituto, las miradas que aún no han aprendido a disimular: todo está filmado con una delicadeza casi elegíaca. No hay ironía cruel, sino una ternura que roza lo doloroso. Es el cine como máquina de resurrección, como intento desesperado de devolvernos a un tiempo donde todo parecía posible, incluso aquello que jamás lo fue.

Y luego está él: ese Nicolas Cage desbordado, excesivo, casi caricaturesco, que encarna al amor imperfecto, al amor real. Porque la película, en última instancia, no habla de oportunidades perdidas, sino de elecciones inevitables. Uno puede fantasear con invitar a salir a aquella chica que nunca se atrevió a mirar a los ojos, con besar a quien solo habitó en la imaginación, con desviarse del camino conocido. Pero hay algo profundamente inquietante en la idea de que, incluso sabiendo todo lo que sabemos, tal vez acabaríamos cometiendo los mismos errores.

La banda sonora merece una mención aparte: no es mero acompañamiento, sino un tejido emocional que envuelve cada escena con una pátina de tiempo suspendido. Las canciones funcionan como cápsulas de memoria, activando en el espectador esa nostalgia prestada que, sin embargo, sentimos como propia. Es música que no solo se escucha: se recuerda, aunque nunca haya formado parte de nuestra vida.

Más discutible resulta el tramo final, cuando la película se desliza hacia lo casi fantástico con la figura del abuelo que acepta la posibilidad del viaje temporal. Ahí el relato pierde parte de su sutileza, como si necesitara explicarse cuando lo verdaderamente poderoso era, precisamente, su ambigüedad. El misterio, una vez verbalizado, deja de ser misterio.

Aun así, hay destellos que permanecen: la aparición casi anecdótica de una jovencísima Sofia Coppola, testigo silencioso de un linaje cinematográfico; la presencia de aquella actriz veterana que encarnó a la mujer de Tarzán, recordándonos que el cine es también un cementerio luminoso donde las generaciones se superponen sin tocarse.

Pero lo que realmente queda, lo que persiste después de los créditos, es esa sensación incómoda de haber mirado demasiado de cerca nuestra propia vida. Porque Peggy Sue Got Married no trata del pasado, sino del presente visto con los ojos del arrepentimiento. Trata de los sueños que no cumplimos, de las versiones de nosotros mismos que quedaron en el camino, de esa intuición amarga de que la vida es, en esencia, una sucesión de renuncias.

Y, sin embargo, hay algo casi consolador en su conclusión implícita: no podemos reescribir nuestra historia. No hay segundas oportunidades verdaderas, no hay regresos limpios al origen. Solo nos queda la memoria, ese territorio ambiguo donde los errores se suavizan y los amores perdidos adquieren una perfección que nunca tuvieron.

Quizá por eso la película deja un poso extraño, entre la tristeza y la aceptación. Como si nos susurrara, con una elegancia casi cruel, que no importa cuánto viajemos hacia atrás en nuestra imaginación: la vida, al final, siempre nos conduce al mismo lugar. Y no salimos vivos de ella.

Sergio Calle Llorens

miércoles, 22 de abril de 2026

¡PLA, SUS MUJERES Y YO!

 


En mi biblioteca hay libros que se leen y libros que se viven. Y luego está el El cuaderno gris, que directamente se infiltra en la manera en que uno observa el mundo. Yo soy planiano hasta la médula, y no lo digo como una etiqueta literaria, sino como una forma de estar en la realidad: desconfiando de lo grandilocuente, atendiendo a lo pequeño, encontrando en una conversación trivial o en un plato bien descrito una verdad más sólida que en muchos discursos solemnes. Leer a Josep Pla es asistir a un fenómeno extraño: el autor no construye personajes porque él mismo se convierte en el personaje central de toda su obra. Su mirada lo invade todo. Su ironía, seca como una sentencia notarial, desmonta la realidad sin levantar la voz. Y, sin embargo, bajo esa aparente claridad, siempre hay una penumbra.

Pla escribió como quien toma notas del mundo, pero en realidad estaba levantando un sistema de interpretación. En El cuaderno gris no hay argumento en el sentido clásico, sino una sucesión de observaciones que, poco a poco, acaban formando una cosmovisión. El joven que escribe ese diario ya contiene al escritor total: el escéptico, el observador incansable, el hombre que parece no implicarse pero que en realidad está profundamente atravesado por lo que ve. Y ahí empieza el misterio. Porque Pla parece transparente, pero no lo es. Dice mucho, pero también decide con precisión quirúrgica qué no decir.

Ese silencio se vuelve especialmente elocuente cuando uno entra en el territorio de sus relaciones con las mujeres. Pla las vivió intensamente, pero las escribió con una discreción casi obsesiva. Esperanza Suquet, el amor de juventud, apenas deja rastro. Mercedes, en Barcelona, queda confinada a las cartas privadas. Rosetta Lagomarsino irrumpe con fuerza en su vida, incluso llega a Palafrugell, pero es expulsada, como si la realidad misma no pudiera tolerar ese desorden sentimental. Luego aparecen figuras más complejas, como Aly Herscovitz, en el Berlín derrotado y febril de los años veinte, o Adi Enberg, quizá la relación más enigmática de todas: años de convivencia, posible matrimonio, una hija nunca reconocida… y, sin embargo, un silencio casi total en su obra. Pla convierte su vida en literatura, sí, pero no toda su vida entra en ese filtro.

Con Aurora, la historia cambia de tono. Aquí ya no estamos ante la discreción, sino ante una intensidad casi obsesiva. Pla descubre con ella un territorio erótico que lo desborda, y aunque la relación se interrumpe, continúa durante décadas a través de cartas cargadas de deseo. Es un Pla distinto: menos irónico, más vulnerable, más expuesto. Y luego está Consuelo Robles, la joven gitana, a quien integra en su vida cotidiana de una manera difícil de clasificar, entre lo afectivo, lo práctico y lo profundamente ambiguo. Todo esto dibuja a un hombre que observa con distancia, pero vive con contradicción.

Y es precisamente en esas contradicciones donde el personaje se vuelve verdaderamente interesante para un expediente como el que estás construyendo. Porque Pla no es solo el gran prosista del siglo XX en lengua catalana, no es solo el cronista minucioso de una época. Es también un hombre situado en un contexto político y moral complejo. Su relación con el franquismo no puede obviarse. Tras la Guerra Civil, Pla se adapta al nuevo régimen, escribe, publica, sobrevive. Colabora, en cierta medida, con el sistema, aunque siempre desde esa posición suya tan característica: lateral, pragmática, nunca del todo explícita. No es un ideólogo del régimen, pero tampoco un opositor. Es, si se quiere, un superviviente lúcido que decide seguir escribiendo en las condiciones que le tocan.

La famosa anécdota de la gabardina resume bien ese espíritu. Pla, con su ironía habitual, viene a decir que uno se pone la gabardina que conviene según el tiempo que hace. No es una declaración heroica, ni pretende serlo. Es, más bien, una forma de cinismo práctico, de adaptación a la intemperie histórica. Y esto incomoda, claro. Sobre todo cuando se contrasta con su ambición de ser el gran cronista de su siglo. Porque hay silencios que pesan. Y uno de los más evidentes es su ausencia de reflexión sobre el Holocausto. En un escritor tan atento a la realidad, tan obsesionado con describir su tiempo, ese vacío resulta inquietante. No es un descuido menor, es una omisión significativa que obliga a replantearse su figura.

Decir esto no disminuye a Pla; lo humaniza. Lo saca del pedestal y lo devuelve a ese terreno que a él mismo le habría gustado: el de la imperfección concreta. Un escritor enorme, sí, pero también un hombre con zonas oscuras, con decisiones discutibles, con silencios que interpelan. Y quizá ahí reside una de las claves más fascinantes de su obra. Pla no ofrece respuestas morales claras. No se presenta como ejemplo. Escribe, observa, anota. Y deja que el lector saque sus propias conclusiones.

Desde dentro, incluso apoyando a la Fundación que lleva su nombre, es comprensible que estos aspectos se traten con cautela. Pero un escritor cuando es grande de verdad, no se sostiene solo sobre la admiración, sino también sobre la incomodidad.

Y Pla, en ese sentido, sigue siendo profundamente incómodo. Por su lucidez, por su ironía, por su capacidad de describir el mundo… y también por todo aquello que decidió no contar.

Sergio Calle Llorens

domingo, 19 de abril de 2026

¡UN CABALLERO EN TIEMPOS DE RUIDO!

 


Mi padre aprobó unas oposiciones con doce años. Tuvo que estudiar contabilidad e inglés. Tras conseguirlo, obtuvo el puesto de botones en el Banco de Bilbao. Años más tarde terminaría trabajando como director de sucursal. Nunca se tomó una baja. Jamás dio una excusa en el trabajo. Un tipo que se vestía por los pies. Alguien que en ninguna hoja del calendario tiró un papel al suelo. Un caballero profesional que exigía lo mismo de sus subordinados.

A él no se le pasó por la cabeza pitar un himno ajeno, ni siquiera el andaluz, que sentíamos ajeno. En esencia, era un tipo conservador. De esos que crecieron afirmando que hacer el servicio militar era servir a España. Sin embargo, decía que los homosexuales eran seres fantásticos, porque así mis hermanos y yo tendríamos más mujeres a nuestra disposición. De las lesbianas pensaba que eran personas de muy buen gusto, porque se enamoraban de otras mujeres.

Rafael variaba muy poco de opinión; lo que le parecía fatal al alba le seguía pareciendo igual de mal en la anochecida. No era el tipo de hombre al que le hubiera agradado escuchar cánticos como el de «musulmán el que no bote», pero habría puesto el grito en el cielo ante la vejación del himno de todos los españoles. Ya lo leen: un señor muy alejado de los patanes que hoy opinan en televisión y escriben en los diarios.

Lo que más me gustaba de él era su fino e irónico sentido del humor. A veces podía confundirse con un señor inglés que, tras leer un artículo de The Times, levanta la cabeza para soltar un comentario jocoso. Le hacían mucha gracia esos falsos profetas que se esposan con mujeres porque Dios se les aparece en sueños para que desfloren a alguna damisela. Como si el Altísimo, que como todo el mundo sabe está en el cielo tan pimpante, no tuviera otra cosa que hacer que preocuparse de la vida sexual de los mortales.

Mi padre nunca tuvo mala sangre. Es más, pasó su vida donándola, porque la suya era universal. El karma no le premió y, el único día que su ángel de la guarda —al cual mandó saludos muy poco cordiales— estaba despistadillo, terminó ahogado en su propia sangre, esperando a una ambulancia del Servicio Andaluz de Salud. Su muerte no provocó ningún titular. Nadie se manifestó en la calle por él. Básicamente, porque gobernaba el PSOE y él no era un perrito como Excalibur.

A veces pienso que su muerte fue la forma que tuvo Dios de ahorrarle ver con sus propios ojos que los españoles y el resto de europeos estamos siendo sustituidos por una masa de gente ajena cuyos valores morales se anclan en un pedrusco de Arabia. Él no lo hubiera intentado. Él no lo hubiera aceptado. Al final, el tiempo le dio la razón: nuestro mundo va a desaparecer.

Y, sin embargo, cuando cae la noche y el ruido se apaga, me gusta pensar que hombres como él no desaparecen del todo. Que quedan suspendidos en algún lugar discreto, quizá en ese mismo cielo donde el Altísimo sigue tan pimpante, observándonos con una mezcla de ironía y cansancio. Como si aún levantara la vista de su periódico invisible para dictar sentencia, breve y certera, sobre este mundo que ya no reconoce. Y entonces, por un instante, todo parece un poco menos perdido.

Sergio Calle Llorens