miércoles, 4 de marzo de 2026

¡DONDE LA LUNA JUZGA EN SILENCIO!


Contemplo una luna que se mece en una niebla azulada, suspendida como un presagio. Una estampa que diríase arrancada de la mente febril de algún novelista gótico de la centuria decimonónica. A poniente, las olas rompen y desgranan espumas blanquecinas cuyo bramido me estremece en la noche.

Estoy solo y, más allá del latido del mar, el silencio es tan afilado que parte mi alma en dos. Lo que queda tras la herida es una tristeza infinita, empapada en efluvios de melancolía. Intento encontrar alguna explicación para este ánimo nocturno, pero no doy con causa razonable. Apenas me asalta alguna idea dispersa que enlaza con mi perpetua hipersensibilidad, siempre a flor de piel. Por eso vivo, padezco, escribo y muero en cada recoveco de este corazón doliente. No siempre en el mismo orden.

Acabo de advertir que por la mañana experimentaba un placer inmenso al observar a los surfistas en mi playa. Aquella escena se me antoja ahora la metáfora perfecta de estos tiempos atribulados: a la multitud le gusta deslizarse sobre la superficie, pero jamás se sumerge en las profundidades porque teme conocer la verdad, aunque esta libere. El común debería aprender a mirar aquello que rehúye contemplar. Por eso se refugia en el entretenimiento; alimenta el tener y descuida el ser. Yo no poseo nada y tampoco soy gran cosa: acaso el más imperfecto de los seres, la insignificancia elevada a categoría. Tal vez ahí resida mi desconsuelo: en el conocimiento que, lejos de emanciparme, me sacude en las horas más foscas.

De pronto recuerdo la frase de un conocido que presume de hablar siete idiomas —dos más que yo, puntualiza con delectación—, aunque jamás aprendió a escuchar en ninguno. Yo, en cambio, las callo todas, porque cualquier palabra pronunciada o escrita puede ser utilizada en mi contra en algún tribunal de injusticia. Alguien afirmó que hablando se entiende la gente. Yo, sin embargo, solo sé comunicarme con mis silencios y aprendo más del rumor de estas olas rizadas que de una conversación a siete voces.

La noche avanza y, con ella, las tinieblas empañan mi mente. Tengo frío y ninguna intención de regresar a casa. Sigo caminando hasta que la lluvia empapa las casitas blancas de mi pueblecito mediterráneo. No me queda más remedio que volver con esa expresión de panoli que se le queda a uno cuando el aguacero lo cala hasta los huesos. Si fuera viernes, descorcharía una botella de vino; pero es martes y me encierro en el baño para secarme las gotas del chaparrón… y también las lágrimas.

Mañana será otro día. El mundo amanecerá con su bullicio de siempre, los surfistas desafiarán otra vez la espuma y la luna aguardará paciente su turno en el cielo. Yo, en cambio, seguiré siendo este mismo defecto obstinado que camina a solas por la orilla, buscando en la bruma una respuesta que quizá nunca llegue, pero cuya ausencia —paradójicamente— me mantiene vivo.

Sergio Calle Llorens

 

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