Contemplo
una luna que se mece en una niebla azulada, suspendida como un presagio.
Una estampa que diríase arrancada de la mente febril de algún novelista gótico
de la centuria decimonónica. A poniente, las olas rompen y desgranan espumas
blanquecinas cuyo bramido me estremece en la noche.
Estoy
solo y, más allá del latido del mar, el silencio es tan afilado que parte mi alma en dos. Lo que
queda tras la herida es una tristeza infinita, empapada en efluvios de
melancolía. Intento encontrar alguna explicación para este ánimo nocturno, pero
no doy con causa razonable. Apenas me asalta alguna idea dispersa que enlaza
con mi perpetua hipersensibilidad, siempre a flor de piel. Por eso vivo,
padezco, escribo y muero en cada recoveco de este corazón doliente. No siempre
en el mismo orden.
Acabo de
advertir que por la mañana experimentaba un placer inmenso al observar a los
surfistas en mi playa. Aquella escena se me antoja ahora la metáfora
perfecta de estos tiempos atribulados: a la multitud le gusta deslizarse sobre
la superficie, pero jamás se sumerge en las profundidades porque teme conocer
la verdad, aunque esta libere. El común debería aprender a mirar aquello que
rehúye contemplar. Por eso se refugia en el entretenimiento; alimenta el tener
y descuida el ser. Yo no poseo nada y tampoco soy gran cosa: acaso el más
imperfecto de los seres, la insignificancia elevada a categoría. Tal vez ahí resida
mi desconsuelo: en el conocimiento que, lejos de emanciparme, me sacude en las
horas más foscas.
De pronto
recuerdo la frase de un conocido que presume de hablar siete idiomas —dos más
que yo, puntualiza con delectación—, aunque jamás aprendió a escuchar en
ninguno. Yo, en cambio, las callo todas, porque cualquier palabra
pronunciada o escrita puede ser utilizada en mi contra en algún tribunal de
injusticia. Alguien afirmó que hablando se entiende la gente. Yo, sin embargo,
solo sé comunicarme con mis silencios y aprendo más del rumor de estas olas
rizadas que de una conversación a siete voces.
La noche
avanza y, con ella, las tinieblas empañan mi mente. Tengo frío y ninguna intención de
regresar a casa. Sigo caminando hasta que la lluvia empapa las casitas blancas
de mi pueblecito mediterráneo. No me queda más remedio que volver con esa
expresión de panoli que se le queda a uno cuando el aguacero lo cala hasta los
huesos. Si fuera viernes, descorcharía una botella de vino; pero es martes y me
encierro en el baño para secarme las gotas del chaparrón… y también las
lágrimas.
Mañana
será otro día. El
mundo amanecerá con su bullicio de siempre, los surfistas desafiarán otra vez
la espuma y la luna aguardará paciente su turno en el cielo. Yo, en cambio,
seguiré siendo este mismo defecto obstinado que camina a solas por la orilla,
buscando en la bruma una respuesta que quizá nunca llegue, pero cuya ausencia
—paradójicamente— me mantiene vivo.
Sergio Calle Llorens

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