Siempre digo
que todos somos el resultado de una primera mirada, de unas lecturas, de una
época e incluso de unas canciones. No es lo mismo nacer junto a un río que
divide que a orillas de un Mediterráneo que todo lo abraza. Por eso, los
baby boomers de la Ciudad del Paraíso crecimos con ideas distintas, pero
con un mismo respeto.
Nuestras
grandes peleas eran sobre música, cine y bares. Crecimos en unos años en los
que el acoso escolar solía venir de algunos profesores. No montamos ninguna
asociación de afectados. No fuimos a contarlo a la televisión. Simplemente
seguimos adelante y, en algunos casos, hasta nos vengamos. Traumas, los justos.
Teníamos
unas ganas inmensas de bebernos la vida, y vaya si nos la bebimos. Algunos
llegaron incluso a devorarla hasta no dejar ni las migas. Íbamos al América
Multicines a gritar aquello de «Movierecord» a pleno pulmón y fingíamos
mantener relaciones sexuales con alguna amiga imaginaria.
Los mods en
la esquina del Zaragozanos. Los vanguardistas en cada calle. Los rockers
esperando su momento. Teníamos citas como las Serenatas de la Luna Joven, donde
aprendimos a aullar a la luna con la banda sonora de varias generaciones. La
Malagueta templaba el carácter. Pedregalejo remataba la faena con sus garitos y
sus calas abiertas al mar.
Nadie pedía
permiso y nadie se ofendía por nada. Nuestra generación fue creciendo hasta
dejar atrás, por el espejo retrovisor, aquella Málaga tan espléndida y
libertaria. De todo aquello apenas quedó una mirada descreída, el respeto por
los viejos amigos y la querencia por los primeros amores.
Quizá por
eso muchos de nosotros no entendemos que generaciones anteriores sigan
contemplando la política como si fuera un partido de fútbol. Nunca ven un
penalti en contra de su equipo. Cualquier caso de corrupción resulta
disculpable si procede del partido al que votan. Cualquier falta del
adversario, en cambio, es señalada como una mancha indeleble. A veces, al
escucharlos, tengo la impresión de que estarían dispuestos a marchar otra vez
detrás de las banderas del guerracivilismo.
En mi grupo
de amigos hay personas de todas las ideologías. Pero ninguno, sin excepción, ha
osado publicar jamás nada hiriente sobre política que pudiera desembocar en una
pelea. Las vivencias compartidas siempre han sido mucho más importantes que las
ideas políticas. Es una actitud que, curiosamente, no siempre he encontrado en
muchas personas nacidas en los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado.
Tampoco he visto jamás que mis amigos lleguen a las manos por política, como
les ocurrió hace unas semanas a dos vecinas. Una venía del manicomio. La otra
iba a un concierto por la paz en Palestina. Pensé que la realidad llevaba
demasiada ventaja sobre los novelistas. Gente incapaz de reconocer una sola
virtud en quien piensa de manera diferente. Y eso, en una ciudad como
Málaga, debería ser motivo suficiente para el destierro.
Sencillamente,
creo que somos mejores porque nuestra primera mirada fue siempre el azul de un
mar libertario.
Sergio Calle
Llorens
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