Cerré la
puerta de casa y el silencio hizo el resto. No había nadie al otro lado. Nadie
preguntando cómo había ido el día, nadie protestando porque llegaba tarde,
nadie ocupando el otro extremo del sofá. Solo una respiración profunda, la mía,
marcando el compás de una noche de verano que parecía suspendida en el tiempo.
En momentos así siempre vuelve la misma pregunta, aquella que Charles
Bukowski lanzó con la naturalidad de quien sabe que algunas dudas nunca
admiten respuesta: si regresas a casa y nadie te espera, y por la mañana nadie
pronuncia tu nombre para despertarte, ¿eso es libertad o es soledad?
Nunca he
sabido contestarla. Quizá porque las dos cosas se parecen demasiado.
Mientras la
casa se llenaba de ese silencio que solo conocen quienes viven solos, empezó a
sonar dentro de mi cabeza Lonely Summer Nights, de los Stray Cats. Ni
siquiera necesitaba poner el disco. Bastaban los primeros acordes imaginarios
para entender que algunas canciones no envejecen; simplemente esperan su
momento. Esa siempre aparece cuando cae la noche y el mundo deja de hacer
ruido. No habla únicamente de un verano lejano ni de un amor perdido. Habla de
ese instante en el que uno descubre que la memoria tiene mejor oído que el
corazón.
Fue entonces
cuando levanté la vista hacia la ventana. Sobre el Mediterráneo colgaba una
luna inmensa, redonda, insolente, como si llevara siglos contemplando las
mismas historias sin cansarse jamás de ellas. Y bastó verla para que el tiempo
decidiera dar media vuelta.
Volví a otra
luna. También era agosto. También era verano. También había una mujer.
Rubia.
Ojos azules. De esas
personas por las que uno, cuando todavía cree que la vida siempre concede una
segunda oportunidad, es capaz de beber los vientos sin preguntarse cuánto
costará la resaca. Han pasado muchos años desde entonces, pero el tiempo tiene
una extraña manera de administrar los recuerdos. No los destruye. Los archiva.
Permanecen inmóviles durante décadas hasta que una canción, una carretera o una
luna idéntica deciden abrir el cajón donde llevaban tanto tiempo escondidos.
Dicen que el
pasado siempre vuelve. No es verdad. El pasado nunca se va. Somos nosotros
quienes aprendemos a caminar mirando hacia otro lado.
Mientras
contemplaba aquella luna sobre el Mediterráneo comprendí que no estaba
echando de menos a aquella mujer. Lo que realmente había regresado era el
hombre que fui cuando la quise. Ese muchacho que todavía pensaba que todas las
despedidas eran provisionales, que las noches de verano duraban para siempre y
que el rock podía arreglar cualquier herida con tres acordes y una guitarra
Gretsch.
La vida,
naturalmente, terminó llevándose por delante todas aquellas certezas. Pero fue
incapaz de llevarse las canciones.
Por eso sigo
creyendo que el rock tiene algo que ninguna otra música ha sabido conservar con
la misma dignidad: nunca intenta engañarte. No promete finales felices. No
vende optimismo de saldo. El rock se limita a sentarse a tu lado cuando el
silencio pesa demasiado y a decirte que otros estuvieron ahí antes que tú. Que
ellos también volvieron solos a casa. Que también miraron una luna de agosto
preguntándose en qué momento se les escapó la juventud entre los dedos.
Quizá por
eso sigo regresando a los Stray Cats. Porque debajo de aquella
apariencia gamberra y aquellas guitarras veloces siempre hubo una melancolía
elegante. La suficiente para convertir una noche cualquiera en un refugio donde
uno puede reconciliarse con sus propias derrotas.
Con los años
también he aprendido que la peor soledad no consiste en cenar solo ni en
acostarse sin nadie al lado. La peor soledad es compartir la mesa con alguien
que ya no te mira, dormir junto a una persona con la que hace tiempo dejaste de
hablar y descubrir que el silencio pesa mucho más cuando tiene dos
propietarios. Nunca me he sentido más solo que en algunas compañías. En cambio,
noches como aquella, con la única compañía de mi respiración y una vieja
canción sonando por dentro, terminan pareciéndose mucho más a la paz que al
abandono.
Supongo que
eso es hacerse mayor. Aprender que los fantasmas no siempre vienen a
asustarte. Algunos aparecen únicamente para hacerte compañía. Se sientan
contigo, piden otra copa, sonríen al escuchar una vieja canción y desaparecen
antes del amanecer sin hacer demasiado ruido. He dejado de luchar contra ellos.
Al fin y al cabo, son los únicos que conocen todas las versiones de mi
historia.
Bukowski
nunca respondió a su propia pregunta. Tal vez porque comprendió que la libertad
y la soledad son vecinas de rellano y que, algunas noches, resulta imposible
distinguir en cuál de las dos casas has entrado. Yo tampoco voy a intentarlo.
Solo sé que
aquella noche cerré la puerta, respiré hondo y dejé que una vieja canción de
los Stray Cats hiciera lo que lleva haciendo desde hace tantos años:
recordarme que la nostalgia no siempre es una herida. A veces es un hogar.
Y mientras
la luna seguía iluminando el Mediterráneo con esa indiferencia de las
cosas eternas, comprendí que uno nunca vuelve realmente solo a casa. Siempre
regresan con nosotros las canciones que nos salvaron, los amores que nos
cambiaron para siempre y la persona que fuimos cuando todavía creíamos que el
verano no iba a terminar nunca.
Sergio Calle
Llorens
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