martes, 28 de julio de 2026

¡LONELY SUMMER NIGHTS!


 

Cerré la puerta de casa y el silencio hizo el resto. No había nadie al otro lado. Nadie preguntando cómo había ido el día, nadie protestando porque llegaba tarde, nadie ocupando el otro extremo del sofá. Solo una respiración profunda, la mía, marcando el compás de una noche de verano que parecía suspendida en el tiempo. En momentos así siempre vuelve la misma pregunta, aquella que Charles Bukowski lanzó con la naturalidad de quien sabe que algunas dudas nunca admiten respuesta: si regresas a casa y nadie te espera, y por la mañana nadie pronuncia tu nombre para despertarte, ¿eso es libertad o es soledad?

Nunca he sabido contestarla. Quizá porque las dos cosas se parecen demasiado.

Mientras la casa se llenaba de ese silencio que solo conocen quienes viven solos, empezó a sonar dentro de mi cabeza Lonely Summer Nights, de los Stray Cats. Ni siquiera necesitaba poner el disco. Bastaban los primeros acordes imaginarios para entender que algunas canciones no envejecen; simplemente esperan su momento. Esa siempre aparece cuando cae la noche y el mundo deja de hacer ruido. No habla únicamente de un verano lejano ni de un amor perdido. Habla de ese instante en el que uno descubre que la memoria tiene mejor oído que el corazón.

Fue entonces cuando levanté la vista hacia la ventana. Sobre el Mediterráneo colgaba una luna inmensa, redonda, insolente, como si llevara siglos contemplando las mismas historias sin cansarse jamás de ellas. Y bastó verla para que el tiempo decidiera dar media vuelta.

Volví a otra luna. También era agosto. También era verano. También había una mujer.

Rubia. Ojos azules. De esas personas por las que uno, cuando todavía cree que la vida siempre concede una segunda oportunidad, es capaz de beber los vientos sin preguntarse cuánto costará la resaca. Han pasado muchos años desde entonces, pero el tiempo tiene una extraña manera de administrar los recuerdos. No los destruye. Los archiva. Permanecen inmóviles durante décadas hasta que una canción, una carretera o una luna idéntica deciden abrir el cajón donde llevaban tanto tiempo escondidos.

Dicen que el pasado siempre vuelve. No es verdad. El pasado nunca se va. Somos nosotros quienes aprendemos a caminar mirando hacia otro lado.

Mientras contemplaba aquella luna sobre el Mediterráneo comprendí que no estaba echando de menos a aquella mujer. Lo que realmente había regresado era el hombre que fui cuando la quise. Ese muchacho que todavía pensaba que todas las despedidas eran provisionales, que las noches de verano duraban para siempre y que el rock podía arreglar cualquier herida con tres acordes y una guitarra Gretsch.

La vida, naturalmente, terminó llevándose por delante todas aquellas certezas. Pero fue incapaz de llevarse las canciones.

Por eso sigo creyendo que el rock tiene algo que ninguna otra música ha sabido conservar con la misma dignidad: nunca intenta engañarte. No promete finales felices. No vende optimismo de saldo. El rock se limita a sentarse a tu lado cuando el silencio pesa demasiado y a decirte que otros estuvieron ahí antes que tú. Que ellos también volvieron solos a casa. Que también miraron una luna de agosto preguntándose en qué momento se les escapó la juventud entre los dedos.

Quizá por eso sigo regresando a los Stray Cats. Porque debajo de aquella apariencia gamberra y aquellas guitarras veloces siempre hubo una melancolía elegante. La suficiente para convertir una noche cualquiera en un refugio donde uno puede reconciliarse con sus propias derrotas.

Con los años también he aprendido que la peor soledad no consiste en cenar solo ni en acostarse sin nadie al lado. La peor soledad es compartir la mesa con alguien que ya no te mira, dormir junto a una persona con la que hace tiempo dejaste de hablar y descubrir que el silencio pesa mucho más cuando tiene dos propietarios. Nunca me he sentido más solo que en algunas compañías. En cambio, noches como aquella, con la única compañía de mi respiración y una vieja canción sonando por dentro, terminan pareciéndose mucho más a la paz que al abandono.

Supongo que eso es hacerse mayor. Aprender que los fantasmas no siempre vienen a asustarte. Algunos aparecen únicamente para hacerte compañía. Se sientan contigo, piden otra copa, sonríen al escuchar una vieja canción y desaparecen antes del amanecer sin hacer demasiado ruido. He dejado de luchar contra ellos. Al fin y al cabo, son los únicos que conocen todas las versiones de mi historia.

Bukowski nunca respondió a su propia pregunta. Tal vez porque comprendió que la libertad y la soledad son vecinas de rellano y que, algunas noches, resulta imposible distinguir en cuál de las dos casas has entrado. Yo tampoco voy a intentarlo.

Solo sé que aquella noche cerré la puerta, respiré hondo y dejé que una vieja canción de los Stray Cats hiciera lo que lleva haciendo desde hace tantos años: recordarme que la nostalgia no siempre es una herida. A veces es un hogar.

Y mientras la luna seguía iluminando el Mediterráneo con esa indiferencia de las cosas eternas, comprendí que uno nunca vuelve realmente solo a casa. Siempre regresan con nosotros las canciones que nos salvaron, los amores que nos cambiaron para siempre y la persona que fuimos cuando todavía creíamos que el verano no iba a terminar nunca.

Sergio Calle Llorens

 


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