Anoche soñé
que era feliz. A mi mente llegaron estampas de cariño junto al calor del fuego.
Anoche, sin ir más lejos, la cercanía de la soledad puso ante mí una
sucesión de recuerdos que nunca ocurrieron: amores que nunca tuve. Orejas
que me escuchaban. Ojos que me leían. Labios que no me dieron descanso.
Anoche, en
la oscuridad nocturna, la magnificencia del horizonte se diluyó en la
luminosidad cegadora de la mañana. A veces me pregunto si mi afición por los
paseos no será una forma de alejarme de mi mala sombra. Esta mañana, por
cierto, mis pasos me han llevado a los acantilados del Cantal, cuya
mirada se pierde en una playa sobre la que cuelgan unas pequeñas casas blancas.
Fue precisamente aquí donde una amiga artista me confesó que su deseo es que
las autoridades locales le pongan su nombre a este bonito lugar.
Yo, que
nunca he tenido grandes ambiciones, salvo la de ir tirando sin que me tiren a
la basura, me conformo con que mi nombre aparezca bien escrito en mi esquela.
Ustedes tal vez no se acuerden, pero hace años muchas personas abrían los
diarios por la página donde aparecían los avisos de difuntos. No era plan
empezar la jornada sin saber quién se había mudado al otro barrio. «No somos
nadie», exclamaba mi padre al enterarse de la mudanza al más allá de algún conocido. En
cambio, yo no necesito entregar mi alma al Altísimo para saber que no somos
nadie. Por eso camino alejándome de mí mismo mientras silbo la melodía de mis
fracasos.
Sí,
anoche soñé que era feliz de nuevo, en las tinieblas de la noche. Anoche llegué
a creer que mi vida no había sido un imponente y morrocotudo naufragio.
Al
despertar, todo había cambiado y supe al instante —la verdad es que yo soy muy
listo— que había sido tan invisible que fui incapaz de encontrar mi cuerpo
desnudo entre los pliegues de mis sábanas.
Tal vez
alguien pueda usar mi invisibilidad como material para redactar mi esquela. No
sé, algo así como: «Murió el hombre invisible. Su ausencia se notará tanto
como su presencia en vida».
Sergio Calle Llorens
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