lunes, 27 de julio de 2026

¡EL CLUB DEL CRIMEN!


 

Una luz dulcísima se filtra entre las nubes a la hora en que me sumerjo en el mar. Solo el estridente canto de las gaviotas rompe la paz del amanecer. Ni siquiera las playas parecen despiertas, pero mis amigas, las Intrépidas, ya han plantado sus toallas y sus bártulos sobre la arena. Entre todas acumulan varios siglos de vida.

Me conocen porque una de ellas, Marta, es una entusiasta de mis novelas y ha introducido mis libros en el Club del Crimen. Todas leen para descubrir al asesino antes que el detective. Agatha Christie, por supuesto, reina sobre sus estanterías. Ella es la soberana del misterio; ellas, sus más fieles devotas. Y, si excluimos a los hombres morenos de culo prieto, no existe nada que entusiasme más a las integrantes de este peculiar club.

Cuando salgo del agua, Carmen me lanza la misma pregunta de cada mañana.

—¿Está buena el agua?

Asiento con la cabeza.

Carmen tiene la costumbre de rematar cualquier sorpresa con un sonoro «¡hala!». Y esta mañana, al comprobar que su amiga Lucía vuelve a enseñar las domingas en pleno martes, no puede evitar la exclamación.

Lucía debió de ser un auténtico pibón en su juventud. Conserva una mirada pícara que jamás se pierde en el horizonte. Antonia, en cambio, es la prudencia hecha mujer. Prefiere la seguridad de la arena y se queda vigilando las pertenencias mientras las demás juegan a ser sirenas en el Mediterráneo.

Yo ya me he tumbado sobre la toalla e intento contener la sonrisa cuando las oigo lanzar esos grititos inevitables al primer contacto con el agua.

Pero no se equivoquen: estas mujeres no tienen un pelo de inocentes.

Hay un detalle en su biografía que resulta, cuanto menos, inquietante: todas enviudaron antes de que sus maridos cumplieran los sesenta años. Lo sé porque ellas mismas me lo contaron. Según dicen, fueron cayendo uno detrás de otro en años sucesivos.

En fin, una vez es casualidad; dos, coincidencia; tres… ya empieza a parecer obra del enemigo.

Quién sabe. Tal vez tantas novelas policiacas hayan terminado por perfeccionar su dominio del arsénico.

—¿Les hicieron la autopsia a sus difuntos maridos?

Estallan en carcajadas antes de lanzarme una advertencia.

—En el mar es muy fácil morirse.

Decido no seguir haciendo preguntas.

Mis ojos se distraen entonces contemplando a dos espléndidas morenas que caminan por la orilla de una playa ancha, de arena blanca, una de esas playas que, por fortuna, nunca se llena de presencias demasiado aberrantes para mi gusto.

Al poco, mis amigas salen del agua con esa expresión de felicidad que solo concede un baño temprano. Ni siquiera empapadas consiguen parecerme inocentes.

—Sergio, ¿cuándo nos vas a dedicar unas líneas en uno de tus artículos?

Les regalo mi mejor sonrisa antes de responder.

—Cuando vosotras me confeséis cómo van esos clítoris. ¿Chupetón arriba o chupetón abajo? Porque por ahí se comenta que habéis tenido una vida... bastante intensa.

—¡Hala! —vuelve a exclamar Carmen.

—Mira, Sergio, nuestras aventuras sexuales ya forman parte del pasado —dice Lucía.

—Bueno... las tuyas no tanto —replica Carmen sin concederle un segundo de tregua.

El Club del Crimen estalló de nuevo en carcajadas. Las gaviotas levantaron el vuelo, el mar siguió respirando con la misma calma y el sol terminó de imponerse sobre el horizonte.

Las vi marcharse despacio, dejando sobre la arena un rastro de risas y salitre. Pensé que la juventud presume de músculos, pero la vejez presume de historias. Y las de estas mujeres darían para varias novelas... siempre que nadie se empeñe en investigar demasiado.

Yo me limitaré a seguir saludándolas cada mañana.

Y, si un día dejo de escribir, ya saben dónde empezar la investigación.

Sergio Calle Llorens


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