viernes, 28 de agosto de 2026

¡UN DÍA PARA AGRADECER A LA VIDA!

 


Laura llega puntual al Castillo de Santa Catalina en su coche alquilado. Estamos ante una construcción de 1624 que hoy alberga un hotel de cinco estrellas y un restaurante donde se sirven platos cuidados al detalle, sin necesidad de estar hospedado en el establecimiento.

Ya habíamos almorzado aquí en otra ocasión. Si la memoria no me falla, aquel día degustamos ostras francesas Poget Spéciale Normandie y un jamón de bellota cien por cien ibérico. También cayeron un salmón ahumado y algunas croquetas. Un auténtico manjar de dioses.

Pero hoy hemos venido a desayunar contemplando la bahía malagueña desde El Limonar, cuna y refugio de aquella burguesía malagueña que supo convertir este rincón de la ciudad en un lugar de elegancia y sosiego.

Ha llovido bastante desde nuestro último encuentro. Bueno, este año las puertas del cielo se han abierto con tanta facilidad como los boquetes de una recién casada. Laura tiene las piernas tan largas como las mías, así que se sienta a mi lado mientras no deja de emitir pequeños sonidos de aprobación ante cada degustación. Mientras lo hace, su pelo negro se mueve con la brisa de la mañana.

Hablamos lo justo. No hace falta mucho más cuando los croissants y el zumo de naranja abren paso a conversaciones más sedosas, como el caramelo ligero de moscatel o el brioche caramelizado.

Laura es arquitecta y reconoce la importancia de ocupar el espacio, de comprender el movimiento de los astros y de interpretar esa luz incomparable de esta ciudad mediterránea. Yo soy más partidario de dejar los espacios abiertos, de esa inmensidad del océano que, paradójicamente, parece necesitar la pincelada de algún barco navegando en silencio para sentirse todavía más infinita.

Y entonces aparece Gaudí en nuestra conversación.

Gaudí no construía contra la naturaleza, sino con ella. Parecía haber comprendido que los árboles, las conchas, las montañas, las flores y hasta el movimiento de las hojas guardaban un lenguaje secreto que la arquitectura podía aprender a hablar. Allí donde otros levantaban muros, él buscaba formas vivas; allí donde otros trazaban líneas rectas, él dejaba que las curvas respiraran.

Su arquitectura parece nacida de un bosque después de la lluvia, de una montaña que hubiera decidido transformarse en catedral. La luz, lejos de ser un simple elemento funcional, se convierte en materia; entra, rebota, se filtra y acaricia las superficies como si también ella hubiera sido diseñada. Y en sus edificios permanece siempre esa fascinación por las formas orgánicas, por los bosques y por la geometría caprichosa con la que la naturaleza lleva millones de años haciendo obras maestras.

—¿Cuánto tiempo tardaría en concebir semejantes maravillas? —se pregunta Laura.

Yo, en cambio, me pregunto cuánto tiempo tardó la naturaleza en concebir un cuerpo como el suyo.

Miguel Ángel quizá habría necesitado mármol de Carrara para intentarlo. Aunque, pensándolo bien, probablemente tampoco habría sido capaz de mejorar lo que tenía delante. Y quizá habría preferido esculpir hombres.

Yo me limito a admirarla.

Unas horas más tarde estamos en el restaurante Marina Playa, en Torre de Benagalbón, Rincón de la Victoria, un establecimiento reconocido con el primer premio al mejor gazpachuelo tradicional de España.

Cuando Laura se seca en la orilla del mar y llega a la mesa, ha cortado la respiración de los bañistas, de los comensales, de las señoras que la miran con cierta envidia y hasta del propio gazpachuelo, que amenaza con cortarse.

El único que no se corta soy yo.

—La perfección existe —le digo.

Y para perfección, la del helado Melody, nacido en Sicilia Gelati, en Torre del Mar. Una propuesta que ha conquistado el viejo continente al conseguir el galardón al mejor helado de Europa.

Es una obra maestra de Juanma Guerrero, que combina una base cremosa de ricota con una salsa de mandarina y un toque mágico, crujiente y elegante de pistacho de alta calidad.

En definitiva, el heladero malagueño parece haber mantenido un diálogo fructuoso con el mismísimo Dios antes de alcanzar el Olimpo de los grandes nombres de la heladería artesanal. Aunque, pensándolo bien, debería decir que subió al cielo. Y es que esta comarca nuestra de la Axarquía se parece demasiado a un paraíso adelantado, uno de esos lugares que se empeñan en demostrar que todavía quedan sorpresas culinarias capaces de reconciliarnos con el mundo.

Para rematar este día mágico, nuestros pasos nos llevan hasta la fascinante Frigiliana. Paseamos por sus calles sinuosas, fotografiamos sus casas encaladas, sus balcones llenos de flores y esas fachadas que parecen guardar historias detrás de cada puerta.

Después nos tomamos un vermut mientras contemplamos cómo el sol termina besando el mar. El atardecer avanza despacio, casi con pereza, y desparrama sobre el horizonte un color bermejo que invita al silencio.

Horas después, ya en la cama, reflexiono sobre las actividades de la jornada. Un eclipse lunar me hace saltar de ella y, por alguna razón, siento la necesidad de agradecer a la providencia experiencias como las de hoy.

Y es que el doctor me dijo recientemente que estaba agotado física y mentalmente, que necesitaba un cambio, respirar otros aires, salir de la rutina.

Y entonces llegó, presta, mi Laurita.

Llegó para regalarme un día lleno de emociones, de sabores, de mar, de arquitectura, de conversaciones, de risas y de esa belleza que, cuando aparece inesperadamente, consigue que uno vuelva a sentirse vivo.

Gracias, amiga. Te debo una.

Sergio Calle Llorens

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