Las lluvias
han llegado fieles a su cita con la otoñada. La caída de las hojas cubre el
suelo forestal en un manto tierno y mojado. La humedad de la noche sube desde
el mar alcanzando todos los rincones del pueblecito mediterráneo donde me
escondo del mundo. Hace frío y la luz de los faroles proyecta una imagen
fantasmagórica. En estas, mis pasos resuenan amenazadores ante mí mismo. No
es la primera vez que camino entre sombras en la madrugada. Recuerdo que, ya de
jovencito, tenía esa querencia por la noche oscura y el nocturno completo.
Siempre me gustaron esos cielos límpidos cubiertos de estrellas. Centinelas de
mis caminatas. Mis ojos miran al frente. Mi mente, al pasado, y miren que
intento no caer en la melancolía de los recuerdos. Pero llegan los relámpagos
y, con ellos, los primeros truenos. Heraldos de la tormenta.
Al poco
estoy empapado, pero feliz por alguna extraña razón que desconozco. Tal vez
porque me tenga a mí mismo. Tal vez porque ya no me pueden hacer más daño. Tal
vez por ninguna razón o por razones que se me escapan. La banda sonora de mi
vida no sólo la componen acordes de viejas guitarras. También está hecha de
climatología adversa o de noches de verano con la Dama de Noche y la sonata de
los grillos. ¿A qué le tengo miedo ya? ¿Al destino? ¿A la soledad? ¿A las
malas compañías, que son siempre las mejores? ¿A ser como un disco cuyos
ecos no alcanzan ni a la vuelta de la esquina?
Necesito un
vino. Tal vez dos. Así, mientras camino bajo la pertinaz lluvia, me imagino con
una copa en la mano junto al eficiente fuego de la chimenea que proyecta
sombras danzarinas en las paredes: azules, violetas, rojizas. De pronto, el
aullido de un perro me saca de mi ensoñación y la lluvia arrecia como un viejo
recuerdo inacabado, doloroso, impertérrito. La naturaleza, que tiene su propio
lenguaje secreto, es la mejor forma de advertirnos de los peligros vitales. Y
las estaciones del año son el mejor recordatorio de que todo termina en un
invierno gélido.
¿Quién se
acordará de mí cuando ya no esté? ¿Me echará alguien en falta? ¿Se borrará mi
recuerdo en dos generaciones? ¿Transcenderé de alguna manera en el oscuro túnel
del tiempo? A mi mente vienen más preguntas sin respuesta mientras camino por
el peligroso sendero de mis últimos metros. Porque, al final, lo único que
permanece es la sombra que dejamos atrás.
Sergio Calle
Llorens
No hay comentarios:
Publicar un comentario