domingo, 23 de noviembre de 2025

¡CONFESIÒN CREPUSCULAR!

 



Las lluvias han llegado fieles a su cita con la otoñada. La caída de las hojas cubre el suelo forestal en un manto tierno y mojado. La humedad de la noche sube desde el mar alcanzando todos los rincones del pueblecito mediterráneo donde me escondo del mundo. Hace frío y la luz de los faroles proyecta una imagen fantasmagórica. En estas, mis pasos resuenan amenazadores ante mí mismo. No es la primera vez que camino entre sombras en la madrugada. Recuerdo que, ya de jovencito, tenía esa querencia por la noche oscura y el nocturno completo. Siempre me gustaron esos cielos límpidos cubiertos de estrellas. Centinelas de mis caminatas. Mis ojos miran al frente. Mi mente, al pasado, y miren que intento no caer en la melancolía de los recuerdos. Pero llegan los relámpagos y, con ellos, los primeros truenos. Heraldos de la tormenta.

Al poco estoy empapado, pero feliz por alguna extraña razón que desconozco. Tal vez porque me tenga a mí mismo. Tal vez porque ya no me pueden hacer más daño. Tal vez por ninguna razón o por razones que se me escapan. La banda sonora de mi vida no sólo la componen acordes de viejas guitarras. También está hecha de climatología adversa o de noches de verano con la Dama de Noche y la sonata de los grillos. ¿A qué le tengo miedo ya? ¿Al destino? ¿A la soledad? ¿A las malas compañías, que son siempre las mejores? ¿A ser como un disco cuyos ecos no alcanzan ni a la vuelta de la esquina?

Necesito un vino. Tal vez dos. Así, mientras camino bajo la pertinaz lluvia, me imagino con una copa en la mano junto al eficiente fuego de la chimenea que proyecta sombras danzarinas en las paredes: azules, violetas, rojizas. De pronto, el aullido de un perro me saca de mi ensoñación y la lluvia arrecia como un viejo recuerdo inacabado, doloroso, impertérrito. La naturaleza, que tiene su propio lenguaje secreto, es la mejor forma de advertirnos de los peligros vitales. Y las estaciones del año son el mejor recordatorio de que todo termina en un invierno gélido.

¿Quién se acordará de mí cuando ya no esté? ¿Me echará alguien en falta? ¿Se borrará mi recuerdo en dos generaciones? ¿Transcenderé de alguna manera en el oscuro túnel del tiempo? A mi mente vienen más preguntas sin respuesta mientras camino por el peligroso sendero de mis últimos metros. Porque, al final, lo único que permanece es la sombra que dejamos atrás.

Sergio Calle Llorens


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