jueves, 30 de octubre de 2025

¡WEAPONS: LA MÚSICA SECRETA DEL MIEDO!

 



El horror, cuando se escribe con inteligencia, no necesita monstruos.
A veces basta con un silencio sostenido, una mirada que se quiebra, una puerta que no se cierra del todo.


Zach Cregger lo entendió mejor que nadie en Weapons, su regreso a las tinieblas después de Barbarian.
Pero esta vez no construye una casa, sino un espejo.
Y dentro del espejo, todos nosotros.

Hay en la película una belleza enferma, un ritmo que parece pertenecer al sueño —esa cadencia que se siente cuando uno sabe que algo va mal, pero no logra decir qué.


Cregger filma la cotidianidad como si fuera un ritual, con esa calma antinatural que antecede a la tormenta.
El horror surge de la repetición: los gestos, los hábitos, los ecos de una culpa que no encuentra redención.

Nada es gratuito: las desapariciones, los murmullos, los fragmentos de vidas rotas que se cruzan sin tocarse.
El director usa las armas —esas weapons— no como objetos, sino como metáforas: la violencia que llevamos en la piel, los recuerdos que disparamos contra nosotros mismos.
Cada personaje carga la suya, y la película nos obliga a mirar qué hemos hecho con la nuestra.

Visualmente, el film es un descenso.
Los colores se apagan poco a poco, las sombras ganan territorio.
Cregger convierte la luz en un animal que huye: cada plano parece devorado por una penumbra que se mueve con hambre.
Y en medio de esa oscuridad, Julia Garner levanta un personaje que respira dolor y lucidez, un alma que comprende demasiado tarde lo que el resto prefiere ignorar.

El terror de Weapons no reside en lo que vemos, sino en lo que comprendemos un segundo después. Como si alguien nos hablara al oído en un idioma que creemos reconocer, pero del que solo entendemos una palabra: culpa. Ese es su poder: recordarnos que la violencia no viene de fuera, que lo verdaderamente aterrador no es el monstruo… sino la mirada que decide no verlo.

Y cuando llegan los créditos finales, el silencio no es alivio.
Es sospecha. La sensación de que algo nos sigue observando desde el interior de la pantalla. De que lo que empezó como ficción ha cruzado el umbral y se ha sentado con nosotros en el sofá.

Porque Weapons no busca asustar.
Busca permanecer.

Sergio Calle Llorens

miércoles, 29 de octubre de 2025

¡WELCOME TO DERRY!

 



Derry vuelve a latir.
Su suelo húmedo respira secretos, su niebla huele a infancia perdida y a ecos de algo que nunca se marchó del todo. En sus calles vacías, uno puede oír el rumor del mal disfrazado de rutina, ese que se esconde detrás de las risas, bajo las tapas de alcantarilla, en la memoria de quienes intentaron olvidar. Welcome to Derry, la nueva joya de HBO, no es solo una precuela de It: es una invocación. Una llamada al terror más puro, el que no necesita gritar para quedarse contigo.

Desde el primer fotograma, la serie te envuelve en un clima denso, hipnótico, con una belleza enfermiza que solo el buen terror puede ofrecer. La dirección apuesta por la insinuación, no por el sobresalto. El miedo crece en los márgenes, se insinúa en un reflejo o en una sombra que parece moverse sola. Welcome to Derry no busca asustar: te observa, paciente, hasta que empiezas a dudar de ti mismo.

El reparto, simplemente magnífico, da vida a personajes que respiran verdad y tragedia. Ninguno es inocente, ninguno está a salvo. Los actores consiguen que creas en ellos, que sientas sus grietas y sus terrores personales. No actúan: parecen recordarlo todo, como si ya hubieran vivido antes en ese pueblo maldito. Esa es la magia del casting y la dirección: convertir a Derry en un personaje más, con voz, memoria y hambre.

La estética visual es otro acierto absoluto. La fotografía de tonos apagados, los colores que parecen filtrados por la melancolía, la música que vibra como un corazón herido… Todo contribuye a esa sensación de estar atrapado en un sueño del que no se puede despertar. Es una serie que no se ve: se respira, se padece, se recuerda.

Y, fiel al espíritu de Stephen King, Welcome to Derry es también una reflexión sobre el mal cotidiano. Sobre cómo los monstruos verdaderos suelen tener rostro humano. Bajo su apariencia sobrenatural, late la crítica social: la intolerancia, la culpa, el silencio cómplice. King siempre supo que el horror es un espejo, y HBO lo ha entendido con precisión quirúrgica.

El resultado es un regalo para los amantes del género. Un regreso al terror elegante, psicológico, que no se conforma con asustar, sino que te acompaña después del final, cuando apagas la luz y todavía sientes que alguien respira detrás de ti.

Welcome to Derry consigue lo que pocas series logran: renovar el miedo sin traicionar su origen. Es una obra construida con respeto, inteligencia y una devoción palpable por la historia del terror. Nos devuelve al lugar donde aprendimos que el miedo puede ser hermoso.

Y cuando el globo rojo aparece, flotando en silencio sobre una calle desierta, comprendemos que Derry no ha vuelto. Nunca se fue.

¡Que la disfruten!

Sergio Calle Llorens

domingo, 26 de octubre de 2025

¡LOS MINISTROS DEL ODIO!


 


Hay un tipo de resentimiento que se disfraza de revolución, una especie de furia moral que pretende salvar al mundo a base de despreciarlo. El odio, cuando se convierte en ideología, huele a moho, a sótano cerrado y a consigna vieja. Y en España, ese olor tiene hoy nombres propios y discursos en streaming.

Pablo Iglesias y Pablo Echenique son, en el fondo, dos sacerdotes del rencor. Ambos se nutren del odio como otros del incienso: lo inhalan, lo predican y lo reparten en dosis diarias a sus fieles digitales. Dicen luchar contra el poder, pero lo único que combaten es su propio reflejo. Y eso —ya lo decía Nietzsche— termina por deformar el alma: quien combate monstruos corre el riesgo de convertirse en uno de ellos.

Iglesias, que se autoproclamó heredero de Gramsci y acabó en los platós haciendo de sí mismo, habla de “reventar a la derecha” como quien invita a una cruzada moral. Echenique, por su parte, defiende dictaduras caribeñas con la alegría de quien no ha tenido que hacer cola para comprar pan. Ambos son hijos de una misma rabia estética: la del que no soporta que el mundo no encaje en su teoría.

El odio político tiene algo de cine malo: los buenos y los malos están definidos de antemano, la trama no admite matices y la emoción se confunde con el ruido. En su versión más reciente, el guion recuerda a V de Vendetta, pero sin máscara ni elegancia, solo con mucho Twitter.

Históricamente, el odio ha sido siempre el combustible de los mediocres. Lo usaron los jacobinos para justificar la guillotina, los fascistas para llenar los trenes, los comunistas para vaciar las cárceles. Todos creyeron que odiaban por una causa noble. Ninguno entendió que el odio solo destruye lo que toca, incluso a quien lo abraza.

En filosofía, Aristóteles decía que el odio no busca corrección, sino aniquilación. No quiere convencer, quiere borrar. Por eso el discurso del odio es tan adictivo: da sensación de poder, pero deja vacío el corazón. Lo sabía también Hannah Arendt cuando observó que los regímenes totalitarios no se construyen solo con miedo, sino con resentimiento. El odio organiza, da pertenencia, ofrece una identidad a quien no sabe quién es.

Iglesias y Echenique son, en el fondo, dos tristes. Dos hombres que han hecho del resentimiento un oficio. No odian por amor a la justicia, sino por necesidad de sentirse importantes. Les pasa lo que a Anakin Skywalker antes de ser Darth Vader: confunden la ira con la fuerza, la venganza con la justicia, el poder con la verdad. Y así terminan, respirando con dificultad bajo la máscara del héroe caído.

Pero el odio tiene fecha de caducidad. Se agota, como los discursos de mitin o las causas impostadas. Lo hermoso —y esto lo aprendimos de Chaplin en El Gran Dictador— es que la bondad siempre encuentra su camino. Entre tanto grito, alguien enciende una vela, escribe un poema o cuenta una historia verdadera. La esperanza, al fin y al cabo, también es una forma de resistencia.

Por eso no puedo odiarlos. Me dan pena. Pena sincera. Porque vivir odiando debe de ser un infierno más triste que todos los que Dante imaginó. Mientras ellos lanzan consignas como piedras, yo prefiero seguir creyendo en la risa, en el vino compartido, en el periodismo libre y en la palabra que consuela.

El odio es ruido. La libertad, en cambio, es música.
Y aunque ellos desafinen, algunos seguiremos tocando.

¡Won´t get fooled again!

Sergio Calle Llorens

viernes, 24 de octubre de 2025

¡EL PERIODISMO LIBRE NO SE ARRODILLA!

 



Hubo un tiempo —quizá el último instante en que la tinta olía a pólvora y no a notas de prensa— en que los periodistas eran buscadores de verdad, no community managers del poder. Aquellos hombres y mujeres, con gabardina, cigarro y una máquina de escribir como única trinchera, destaparon los sótanos del poder y obligaron a un presidente de Estados Unidos a renunciar entre las sombras del escándalo. Se llamaba Watergate, y sus héroes no llevaban corbata ministerial sino dignidad en los bolsillos.

Hoy, en cambio, el ministro de Justicia español pretende que el periodismo se arrodille. Que los cronistas bajen la voz, que los medios sean obedientes perros de compañía del Gobierno, que el oficio de contar lo que molesta se convierta en delito de lesa majestad. No hay mayor amenaza para la democracia que un político con complejo de censor y alergia a la libertad.

Mientras tanto, el presidente Sánchez intenta dar lecciones de ética desde su púlpito de espejos, hablando de regeneración moral mientras su partido sigue oliendo a EREs y subvenciones desviadas con la misma fragancia que una vieja caja fuerte andaluza. Y como si la historia fuera una comedia de enredos, sus familiares más próximos aparecen en titulares judiciales como si se tratara de figurantes de El Padrino, pero sin la elegancia de Coppola.

El ministro, ese sacerdote de la corrección, cree que puede dictar qué es periodismo y qué no. Ignora que la libertad de prensa es una fiera vieja y sabia, que ha sobrevivido a dictadores, inquisidores, censores y ministros con ínfulas de salvapatrias. Que por cada redactor amordazado, surgen cien con la pluma más afilada. Que los periódicos libres no necesitan subvenciones ni favores, solo lectores con memoria y coraje.

Porque el periodismo libre no se alquila ni se arrodilla. Se emborracha de verdad, aunque duela, y escribe lo que ve, no lo que conviene. Es hijo bastardo de la literatura y la desobediencia, primo hermano de la poesía y del desacato. No necesita credenciales ni bendiciones: le basta con una pregunta y una conciencia.

Recuerdo una escena de Todos los hombres del presidente: Hoffman y Redford en la penumbra de la redacción, escribiendo bajo la amenaza del poder, pero con la fe intacta en que la palabra puede derribar imperios. Aquel tecleo era el sonido de la libertad. Hoy, el ruido de los teclados digitales puede ser igual de subversivo, si se usa para decir lo que el poder quiere silenciar.

Así que, señor ministro, si usted cree que puede domesticar la prensa, no ha entendido nada. Somos los gatos de la democracia: nos alimentamos de la basura del poder y, aun así, caemos siempre de pie.

Y a usted, señor presidente, le propongo una tregua: deje de luchar contra su sombra. Si quiere limpiar su partido, empiece por abrir las ventanas, no por cerrar las bocas.

El periodismo libre no necesita permiso. Solo necesita una chispa. Y créame, ya huele a pólvora.

Y mientras el ministro prepara nuevas leyes para domar la verdad, los periodistas seguiremos escribiendo, riendo, publicando, brindando con vino barato y creyendo que la palabra sigue siendo el último refugio de los libres. Porque, al final, siempre gana la tinta.

Y si no lo creen, pregúntenle a Nixon. Está en el más allá, tomando café con los fantasmas de los que pensaron que podían silenciar a la prensa.

Sergio Calle Llorens


martes, 21 de octubre de 2025

¡MORIR COMO THELMA Y LOUISE!

 



A veces los recuerdos pesan como una mochila cargada de piedras. Recuerdos de madrugada. Nostalgia asegurada. Puede ser una canción sacada de la banda sonora vital que me ha ido acompañando. Otras veces es un perfume, o un rostro desdibujado en la lluvia. Siento y sufro. Recuerdo y suspiro. Mi voz es muda, mis gritos insonoros, mi pluma sin tinta. Soy un ser invisible, y para cuando me ven, vienen a hablarme de mi hermano difunto.

Cuando eso pasa, a mi mente llega su imagen en el porche de casa: el tocadiscos pinchando a Pink Floyd y su eterna cara de pillo. Vivió siendo fiel a su filosofía hedonista de vida, y eso es más de lo que se puede decir de cualquiera. Pero nunca discuto con quienes vienen a decirme que su existencia fue demasiado disoluta. Después de todo, cada uno elige su camino, y yo no soy nadie para fiscalizar la vida de los demás. Vivió, bebió, amó y se drogó todo lo que pudo. Yo solo recuerdo… y callo.

En verdad, juzgar es una cosa muy seria, y yo, cuando se trata de fiscalizar, prefiero hacerlo conmigo mismo. Entonces soy implacable y cruel. Siendo justo, no me equivocaría si afirmase —de hecho, lo afirmo— que soy la persona más imperfecta del mundo. Nunca he acertado en nada. Soy como esas nubes errabundas que pasan por el mundo inadvertidas. Un ser insignificante. Un personaje sacado de una película de serie B. Un esperpento andante.

Si a mi bautizo no vino casi nadie, a mi funeral vendrán aún menos personas. Ni he meritado ni he sido comprendido. Mi vida ha sido como entrar a un autobús y que una mujer se moleste cuando le cedo el asiento, y cuando no lo cedo, se me acuse de ser poco solidario.

Como empresario he sido un chiste malo de Canal Sur con sabor a explotador. Como autónomo, alguien al que machacar a impuestos. Sin derechos. Sin esperanza. Sin paro. Sin movimientos. La muerte en vida.

Me pregunto cuál sería el papel a interpretar en los últimos años de mi vida. En qué rol podría ser aceptado por mis iguales; todos mejores que yo. Más altos o más guapas. Más listos o más de todo. A mí no se me ocurre ninguno. Sin embargo, sé —y por experiencia propia— que Dios aprieta hasta que te deja sin aire.

En el asilo no me veo. En el cementerio tampoco, porque no vendría nunca nadie a poner flores en mi tumba. De fantasma, menos aún, porque sería un puto sátiro y no pararía de provocar poltergeist. En la cruz, como crucificado, ya tengo mucha experiencia. No sé… A mí lo que más me pone, lo que me la pone durísima como una piedra, es el papel de atracador de bancos.

Sería épico entrar en una sucursal y decir aquellas cosillas de Geena Davis en Thelma & Louise:

Good morning, we’re not giving you this money, so just hand it over, okay?
Alright, just stay cool, ladies and gentlemen, and nobody gets hurt!
I robbed the store! I was real polite, too! I said, “Thank you.”

Y ya puestos, si me lo permiten, quisiera terminar como las protagonistas de ese film. Porque no es una caída: es un vuelo. En el instante en que, acorralado por un mundo que juzga y persigue, elijo, como ellas, la única forma de ser verdaderamente libre: desafiar la gravedad y el destino.

El coche suspendido sobre el vacío no se precipita: se eleva como un pájaro hecho de polvo y gasolina, una metáfora ardiente del coraje y la amistad. En ese segundo eterno no muero: trasciendo.

Cruzo el límite entre la tierra y el mito, entre la culpa y la eternidad, y me fundo con el horizonte como un relámpago de dignidad y belleza.
El abismo no me traga: me consagra. No encuentro otra forma mejor de irme de este mundo

Sergio Calle Llorens

viernes, 10 de octubre de 2025

¡OPERACIÓN MASAJE: CRÓNICA DEL PSOE HÚMEDO!

 



A veces me pregunto qué habrían pensado mis padres si yo les hubiera dicho que su futuro consuegro se dedicaba al negocio de las saunas. Ya saben; al estilo del padre de Begoña Gómez, cuyos negocios eran muy conocidos en la capital del Reino y, ahora, en toda España. En verdad, imagino el momento en el que “el amado líder” de la Cadena SER le confesó a sus progenitores:

—Papá, mamá, mi suegro se dedica al negocio más antiguo del mundo.

No sé yo, pero mi madre me habría preguntado si el tipo era chapero, y mi padre, por su parte, habría puesto el grito en el cielo.

También me gustaría saber qué habrían dicho mis hijos si hubiesen descubierto que su padre se gastaba el dinero público en mujeres de vida alegre. Ya saben, al estilo de Ábalos. Afortunadamente, mis vástagos no han tenido que pasar el bochorno de tener a un padre de esa calaña. A mí las pilinguis no me van, y mi vicio más secreto es el consumo de cerveza frente al Mediterráneo. Imagino que llegará el momento en que la descendencia del exministro de Transportes se cuestione la poquísima vergüenza de su padre.

—“Soy feminista porque soy socialista” —decía en un vídeo “el progresista” don José Luis Ábalos.

El otro día, cuatro personas hablaban en un bar sobre el tema mientras dos del PSOE se hacían los ofendidos.

Esta es la misma historia que ocurría con los de la secta del capullo en la taifa del sur: ese dinero gastado en cocaína y prostitución a cargo del contribuyente. Sorprendentemente, todos estos pájaros de mal agüero se ponen espléndidos a la hora de defender la ilegalización del oficio de aflautadoras de miembros. Sin embargo, yo encuentro que las señoras putas aportan más a nuestra sociedad que los votantes y políticos del PSOE. Al menos ellas hacen reales las fantasías sexuales de sus clientes. Sólo es cuestión de negociar el precio.

En cambio, los de la Rosa Nostra dan por culo al personal a todas horas y, encima o debajo, nunca negocian el precio. Ellos te penetran analmente sin vaselina, sin piedad, sin pedir permiso. Please, rush me to the burn unit.

Vivir bajo el yugo del PSOE es una violación que nadie —salvo los cuñaos ibéricos— quiere repetir por dolorosa, frustrante y cara.

A resultas de todo esto, pienso que los políticos de izquierda se rigen por la misma moralidad que en las saunas que regentaba Sabiniano Gómez Serrano. También considero que es una pena que el cuñado de Vergonya Gómez —hoy imputada por varios delitos gravísimos— haya tenido más talento para vivir del cuento que para componer una opereta llamada…

Opereta para putas y progres.

Sergio Calle Llorens

miércoles, 8 de octubre de 2025

¡VIAJE AL CENTRO DEL POSTUREO!

 



Si Julio Verne levantara la cabeza, probablemente se habría inscrito en la Flotilla española rumbo a Gaza. “Veinte mil leguas de postura en el mar”, habría titulado su diario de a bordo. Porque lo que salió de España no era un barco cargado de ayuda humanitaria, sino un flotador de ego inflado con aire de Instagram y buenas intenciones mal calibradas.

La escena tenía todos los ingredientes de una comedia absurda: personas con más pasión que planificación, líderes locales intentando hacerse héroes en la foto del desembarco, y voluntarios que parecían haber confundido la brújula con un filtro de Snapchat. Ada Colau y compañía aparecían como extras de los Hermanos Marx: uno se pregunta si la escena final consistirá en un número musical con sombreros imposibles y diálogos ingeniosamente contradictorios.

Los vuelos de regreso, pagados —oh ironía— por contribuyentes, confirmaron la sensación de que estábamos ante un híbrido entre Viaje al centro de la Tierra y La vida de Brian: un viaje épico en teoría, tragicómico en la práctica. Lo más sorprendente es que, a pesar de la ausencia de camiones de ayuda, la flotilla generó titulares gloriosos, debates en redes y memes para todos los gustos. Todo un festival de postureo internacional.

Si uno se detiene a pensar, incluso el cine de los años dorados tenía menos exageración. Imaginen a Humphrey Bogart y Peter Lorre intentando organizar cajas de ayuda mientras John Cleese les susurra chistes sobre logística humanitaria: la mezcla es tan surrealista que casi se agradece la poesía involuntaria de la escena.

Literariamente hablando, podríamos escribir páginas y páginas sobre este viaje: crónicas de buenas intenciones naufragando entre selfies, discursos pomposos y anuncios en redes sociales. Pero la moraleja es sencilla: cuando la realidad se disfraza de epopeya, el resultado a veces es un vodevil de tres actos, con banda sonora de aplausos y hashtags que nunca llegarán a puerto.

Y mientras el mundo mira, algunos héroes de pacotilla descubren que la verdadera ayuda empieza por no confundir la cámara con un salvavidas. Porque, como dijo Groucho Marx, “Estos son mis principios; si no le gustan, tengo otros”.

Sergio Calle Llorens


miércoles, 1 de octubre de 2025

¡BESOS EN VÍA MUERTA!

 



"El problema de tener el corazón blando es que siempre acaba sangrando."
— Raymond Chandler

En la confluencia de las líneas uno y dos del Metro de Málaga, contemplo a una joven pareja apresurarse para subir al vagón en la estación de El Perchel. Ella es morena, alta, de labios carnosos y con unos ojos negros tan hondos como la noche. Sus piernas, largas como la cuesta de enero, completan el cuadro de Romero de Torres. Él, en cambio, es anodino: cabello castaño, rostro sin relieve, un chico corriente.

Al entrar, se colocan frente a frente. El muchacho la mira embelesado, acariciando su rostro con ternura, como si quisiera memorizar cada pliegue de su piel. Ella, en cambio, sostiene la mirada triste, apagada, ausente. No hace falta ser experto para entenderlo: cariño sí, amor ninguno. El lenguaje corporal lo delata sin piedad.

Él habla; ella calla, con los ojos perdidos, fijos solo cuando se cruza alguien más atractivo que su novio. Al pobre le quedan dos telediarios para que lo envíen al país de los corazones rotos, con billete de ida. Y yo, al observarlos, siento un golpe de tristeza. También estuve en su lugar. También fui, alguna vez, como esa muchacha.

Por un momento deseo levantarme y advertirle al chico que ni a las jóvenes ni a las maduras les gustan demasiado los muchachos buenos. Prefieren la incertidumbre, el filo de la herida. No hay que decirles que las quieres, ni dejar que sepan cuánto poder tienen sobre ti. Pero la voz metálica, en español e inglés, anuncia la llegada a Carranque y me arrastra a mis propios recuerdos. No mejores ni peores, simplemente pretéritos, cuando yo también creí que el primer amor duraba para siempre.

El desamor no es justo, pero tal vez sea necesario. Después de todo, un hombre no está terminado hasta que no lo acaba una mujer. Y ese joven está a punto de descubrirlo.

En la risa del enamorado escucho el eco de los años futuros: perfumes que lo perseguirán, canciones que lo arañarán, atardeceres que le recordarán lo perdido. Todo evocará a la muchacha que lo dejará atrás.

Él vuelve a besarla con ternura, ignorante del mundo que se le viene encima. Llegan a su estación y se alejan. Quise levantarme y darle un abrazo, pero ya era demasiado tarde. Para él… y para mí.

Porque los últimos besos que merecieron la pena se quedan siempre en la memoria, como esas escenas de cine que uno nunca olvida. “Siempre nos quedará París”, decía Bogart en Casablanca. Solo que, para el muchacho del metro, su París será cualquier rincón del recuerdo al que ella nunca regresará.

Sergio Calle Llorens

jueves, 25 de septiembre de 2025

¡ETERNOS BAÑOS DE SEPTIEMBRE!

 

Ahora que he perdido algo de tiempo —aunque, en realidad, no tengo tiempo que perder—, tomo los baños de septiembre como una declaración de intenciones: la manera en que los buenos mediterráneos aprovechamos la calidad de las aguas para inmunizarnos de cara al invierno. A veces me lanzo al mar muy de mañana; en otras ocasiones, al atardecer. Los colores van desde el turquesa al azul marino.

Retozando aquí, recuerdo que los griegos tenían un vocabulario sorprendentemente rico para nombrar la gama cromática del Mare Nostrum. Cuando el mar se mostraba embravecido y oscuro, lo llamaban porphýreos, “purpúreo”, como la sangre o el tinte regio. Si brillaba rojizo bajo cierta luz, era oinops, el “mar de vino” homérico. En sus profundidades sombrías recibía el nombre de kyáneos, raíz de nuestro “cian”. Cuando resplandecía bajo el sol, con destellos que oscilaban entre el verde, el gris y el azul, se volvía glaukós, el mismo adjetivo que acompañaba los ojos de Atenea. Y, al caer el día, en los matices violetas del crepúsculo, se transformaba en ioeidés, el mar “color de violeta”. Para Homero y sus poetas, el mar nunca fue simplemente azul: era vino, púrpura, glauco o violeta; un ser vivo y cambiante, con ánimo propio.

Después, como continuación natural de ese espectáculo, llegan los colores anaranjados que despuntan en el cielo. A veces me quedo perplejo ante el intenso rojo que tiñe el crepúsculo y siento un amor inmenso por estas tierras mágicas. En verdad, no podría vivir sin mar. Una reflexión tan cierta como que la tierra gira sobre sí misma.

Ante tanta hermosura, apenas me queda tomar mi cuaderno de notas para describir lo inenarrable: las olas rizadas, los últimos rayos de sol reflejados en la orilla, la torre vigía que adquiere un tono dorado y esas parejas que caminan de la mano, creando un vínculo invisible con estas playas.

Es entonces cuando a mi mente acuden los inmortales versos de Manuel Alcántara:

El mar no puede morir.
Se quedará navegando aunque no haya nadie aquí.
Que no, que el mar no se muere, que no se puede morir.
Seguirá que va y que viene, yendo y volviendo a venir cualquiera sabe hasta cuándo.
Hasta que encuentre por fin la playa que está buscando.
Él no puede morir.
Se quedará navegando cuando no haya nadie aquí.

Unos versos que resumen las obsesiones de los nacidos junto a este mar sabio, cuyos latidos serán siempre eternos. El mar lo es todo y yo soy la nada, pero al bañarme en sus aguas siento que llego a formar parte de algo perpetuo y universal.

¡Eternos baños de septiembre!

Sergio Calle Llorens

miércoles, 24 de septiembre de 2025

¡CANCIONES PROHIBIDAS!



Yo tengo una colección de vinilos muy particular. Entre clásicos de doo wop que harían suspirar a cualquier alma romántica y ediciones de rock and roll que huelen a polvo de carretera, guardo también unas cuantas joyitas que parecen haber salido de un sótano secreto de la historia de la música. Y no porque desafinen, sino porque alguien, con tijeras de censor y cara de amargado insoportable, decidió que no podían sonar.

Ahí está, por ejemplo, “Finish in my mouth” de Helen DeSack, un título que ya de entrada pide o bien un brindis o bien un vaso de agua urgente. O aquella perla texturizada llamada “Your Hairy Balls”, que, más que canción, parece un catálogo de lanas gruesas para invierno. Y, por supuesto, el mítico susurro inconcluso de “I Let Jimmy Rub My Sween P…”, donde la tijera del pudor corta justo cuando más queríamos escuchar.

Todas ellas, por supuesto, prohibidas. Como si la aguja del tocadiscos fuera demasiado delicada para soportar semejante sinceridad.

La censura musical siempre me ha parecido un híbrido entre comedia involuntaria y tragedia cultural. A Elvis lo querían filmar solo de cintura para arriba, no fuera a ser que la pelvis iniciara una revolución. A los Beatles los acusaron de esconder drogas en las estrellas del cielo. Y después llegaron estas mujeres capaces de rimar lo indecible, recordándonos que la música también sirve para incomodar, provocar y reírse del decoro.

Yo, lo confieso, siento más simpatía por estas cantantes que por cualquier baladista azucarado. Prefiero una Helen DeSack desatada antes que otra canción de manual escolar con rima de “amor” y “dolor”. Al fin y al cabo, estas artistas tienen más honestidad en una sola estrofa que muchos en una discografía entera.

Prohibirlas es tan ridículo como tapar con una manta el piano de Jerry Lee Lewis para que no arda en llamas. La música, por muy subida de tono que esté, no provoca nada malo. Como mucho sonrojo, carcajadas o alguna anécdota que mejor no confesar en la cena de Nochebuena.

La defensa de estas canciones es, en realidad, la defensa de la libertad. Y la libertad, como el buen rock and roll, no se pide por favor: se arranca, se grita y se pone a girar a 45 rpm.

Así que, queridos censores de ayer, hoy y siempre: si Helen quiere terminar la canción en donde todos intuimos, que termine. Y si Jimmy frota lo que frota, que al menos tenga un buen acompañamiento vocal en doo wop.

Porque la libertad de expresión, como un buen vinilo prohibido, cuanto más se intenta ocultar, más ganas entran de ponerlo en el tocadiscos y darle volumen hasta que tiemblen las paredes.

Sergio Calle Llorens


miércoles, 17 de septiembre de 2025

¡EL MISTERIOSO CASO DEL COÑIMOTO!

 



España no gana para sustos ni para chistes involuntarios. Cuando creíamos haberlo visto todo —tesis “copypaste”, ministros que no se enteran de nada y una oposición que vive permanentemente en modo siesta—, llega el escándalo de los “cuñados de Estado”. Sí, porque según los medios españoles, el hermano del presidente Pedro Sánchez residía en la Moncloa como si fuese una comuna hippie deluxe, mientras aparecía empadronado en Portugal para ahorrarse unos eurillos de impuestos. Una especie de “residencia en B”, versión presidencial.

Pero la cosa no acaba ahí. La Moncloa, que debería ser el templo de la política, resultó también ser una especie de clínica ginecológica privada de alto standing. El escándalo más jugoso llega con el coche medicalizado de Presidencia, puesto a disposición de la cuñada japonesa para sus revisiones íntimas. A ver, que no estamos hablando de una ITV ni de un control de alcoholemia, sino de un seguimiento ginecológico de lo más personal. Todo un lujo sanitario pagado por los españoles, que ya ni sueñan con que su centro de salud les coja el teléfono.

Y aquí llega el momento estelar: ¿cómo bautizar semejante vehículo oficial? El ingenio popular no tiene límites, y ya trabaja a toda velocidad en la fábrica del humor. Estos son algunos de los nombres propuestos:

  • El Coñimoto: rápido, discreto, con asiento calefactable y revisión incluida.
  • El Yoni-San: con ese toque internacional y culto, para que suene a innovación japonesa.
  • El Chochimura: ideal para viajes oficiales con paradas en clínicas privadas.
  • El Vulvagen Oficial: versión híbrida, entre lo íntimo y lo institucional.
  • El Clítoris Express: pensado para llegar puntual a cualquier consulta delicada.
  • El Moncloa Gine-Van: fusión entre furgón oficial y sala de exploración móvil.

Lo importante es entender que el humor no va contra la mujer japonesa, que bastante tendrá con soportar este sainete, sino contra el bochornoso abuso de poder que convierte lo íntimo en grotesco y lo público en cachondeo.

La estampa encaja perfectamente con el álbum familiar: una primera dama cuya familia gestionaba saunas y clubes de alterne, un presidente que reparte favores con coche oficial, y ahora la aparición estelar de un “servicio ginecológico de urgencia” a domicilio. La Moncloa, más que un complejo presidencial, parece el spin-off patrio de Aquí no hay quien viva: “Unos viven en Portugal, otros en el Palacio, y todos a cuenta del contribuyente”.

La moraleja es clara: cuando los líderes convierten el poder en cortijo, las instituciones se degradan hasta el esperpento. Valle-Inclán estaría sacando la pluma para retratar este sainete moderno, pero como él ya no está, aquí seguimos los humoristas de guardia, rebautizando lo sagrado con motes profanos. Porque al final, lo único que nos queda a los españoles, cuando vemos que el dinero público se usa para fines tan íntimos, es reírnos para no llorar.

Y mientras tanto, el país espera: ¿habrá próximamente un coche oficial para podólogo, masajes prostáticos o depilación láser de los allegados? El abanico de posibilidades es tan amplio como el ingenio popular para bautizarlas.

Sergio Calle Llorens


martes, 16 de septiembre de 2025

¡EL EXPERTO!

 




Gonzalo Miró es un rara avis.
Un tipo que enlaza con la sabiduría de Eratóstenes, Sócrates y Aristóteles.
Un hombre que sabe de todo y de todo opina.

Para el hijo de Pilar Miró, el Big Bang fue obra de Pedro Sánchez, y el cambio climático se debe a las políticas de Isabel Ayuso.
El sabelotodo.
El genio.
El tertuliano sin un pelo en la cabeza, pero con muchas opiniones que, por alguna extraña razón, siempre coinciden con las del amado líder.

Si el programa versa sobre la vida sexual del somormujo, Gonzalito nos deleita con una de sus sesudas reflexiones:

—El pájaro anda desganado en el tema de la coyunda debido a las políticas neoliberales de Trump. Es de entender.

Si los montes se queman, el seguidor del Atlético de Madrid se mete en la piel de un bombero progresista:

El problema es que a los seguidores de VOX les ha dado por hacer barbacoas este verano. Son gentes sin estudio. Cosas de la ultraderecha.

Dicen que incluso llegó a vestir de lagarterana —¡cuánta audacia!— para opinar sobre la actividad favorita del partido putero de Europa… el PSOE. Lo suyo no tiene parangón en la historia occidental.

Su nombre lo dice todo: Gonzalo Miró vio claramente la luz, como Pablo de Tarso al caerse del caballo. El de Cicilia iba a Damasco, y el madrileño, que da más asco entre los tertulianos, no va a ningún sitio sin opinar.

¿A quién le importa lo que cobre en esa televisión espantosa si sabe de todo?
Demasiado barato nos sale el heredero de la escuela de filósofos de Atenas.
Lo que pasa es que el personal es envidioso por naturaleza.

Empero, a mí sólo me salen unos sentidos versos de reconocimiento:

Gonzalito, experto en patinetes,
defiende que los de la Rosa Nostra
gasten mi dinero en los chochetes.

Miró, diestro en la anchoa,
aboga porque Sánchez
viva siempre en La Moncloa.

Tú, que todo lo sabes,
sabio de la epidural,
necesito el número
de la lotería nacional.

Que también me ilumines
sobre el euribor y la inflación,
y cómo arreglar mi cama
sin perder la pasión.

Que tus sesudas opiniones
sobre futbolistas y tenis,
me guíen por la vida
y me eviten mil deslices.

Sergio Calle Llorens


viernes, 12 de septiembre de 2025

¡DIOS, LA VIRGEN Y LA CUCHICUCHI DEL PRESIDENTE!


 

Según el CIS, Pedro Sánchez es Dios y Begoña Gómez, la Virgen María. Según este mismo organismo demoscópico, la cuchicuhi del presidente —hoy imputada por varios delitos graves— no tiene mini sino maxi, y ese es el mejor título universitario del mundo. No vaya a ser que alguien cuestione el currículo celestial.

Para una gran mayoría de personas, lo de Gaza es un genocidio, pero la masacre de cristianos en el Congo o en Nigeria se considera actividad cinegética deportiva. Asesinados por los mismos que luego buscan refugio en Occidente. Y es que, según algunas estadísticas que nadie se atreve a contradecir, aproximadamente el 85 % de los refugiados del mundo son musulmanes. Pero curiosamente, los islámicos no piden asilo en los 56 países musulmanes: solo quieren venir a los no musulmanes. Seguro que hay una explicación feminista, progre y para quedar bien con los amigos del café, aunque yo no la encuentro. Ellos tampoco, porque están ocupados reventando la Vuelta Ciclista a España por la participación de un equipo israelí. Tal vez encuentren, como Hitler, una “solución final” al “problema judío”.

Luego tenemos a Amenábar, ese director español que parece empeñado en demostrar que cada película que hace es infinitamente peor que la anterior. Y así sucesivamente, se hace la picha un lío y debe haber leído que Miguel de Cervantes tenía buena pluma… y decidió que eso significaba que el de Alcalá de Henares era homosexual. Evidentemente, no hay prueba alguna de que el creador de Don Quijote fuese gay, pero puede que, en una mañana madrileña, Don Alejandro desayunara con el rico olio y concluyera que al manco de Lepanto no solo le faltó una mano, sino también aceite porque lo iba perdiendo por ahí. Eso es como si yo dijera que Cervantes era seguidor del Málaga y amante de los espetos de sardinas. Total… ¿quién necesita pruebas cuando se tiene imaginación?

Vivimos tiempos difíciles en los que los tontos se empeñan en demostrar que con el tiempo se perfeccionan. Es imposible huir de ellos: en la tele, en la universidad, en las canciones woke, hasta en las series. Nos rodean. Nos acosan. Están por todas partes y son incansables al desaliento. El día menos pensado vendrán a contarnos que invertir 3.000 millones para el cine español y ni un euro para un hidroavión contra los incendios es lo más progresista del mundo.

¡Qué ganas tengo de tomar la espada de nuevo y cortar la estupidez de raíz!

Sergio Calle Llorens

martes, 9 de septiembre de 2025

¡NO LOS SOPORTO!

 



 

Cuando una persona me dice que habla castellano, automáticamente dejo de escucharle.
Después de todo, ¿para qué prestar atención a los incultos?
Ni siquiera me molesto en remitirles a la RAE.

Cuando el patán de turno pronuncia la palabra Latinoamérica, mi primer impulso es salir corriendo a la velocidad de un guepardo.
No me dan ganas de recomendarle libros que le saquen, además de su triste escepticismo, de la mentira histórica.
Expulsar al demonio de la leyenda negra… como el padre Karras en El Exorcista… se me antoja demasiada faena.

Cuando la lista de turno se declara progresista, pero es incapaz de relacionarse con gentes que no pertenecen —según su propia confesión— a la misma clase social… me retiro a tiempo.
Retirada a tiempo: victoria segura.

Cuando el payaso de turno me toca la moral, normalmente lo dejo pasar.
Pero si me aprietan demasiado… saco la espada.
Y que Dios se apiade de mi enemigo, porque este guerrero… no piensa hacerlo.

Lo mío no es intransigencia.
Es experiencia. Años de experiencia.
Recuerdo a aquel retrasado mental —creo que sus padres eran de Chile, se crio en Suecia y no hablaba una palabra de nuestro idioma— que me interrumpía cada vez que yo decía español.
Castellano”, añadía él.
Harto de sus impertinencias, le lancé la tiza:
—Yo jamás he hablado castellano. Eso se hablaba en España hace siglos. La clase es suya.

El resto de los estudiantes me rogó que volviera.

También recuerdo a aquella linda ratita que no quería pasear a mi vera porque mi carrera universitaria no estaba a la altura de la suya.
Me faltaron piernas.

En otra ocasión, un transalpino —con el encanto de María del Monte— interrumpió mi clase en Education First, una secta educativa para niños ricos, para decirme que hablaba demasiado.
La única razón por la que solté la maldita aquel día fue su interrupción.
Pensé que se trataba de otro estudiante.
Huelga decir que Gualterio Malatesta sigue teniendo pesadillas conmigo.

He perdido la paciencia.
Solo tengo aguante en la cama.
El resto… se me antoja una cuesta más empinada que la subida al Angliru en la Vuelta a España.
Muchos años.
Muchos tontos.
Muchas afrentas.

Y aunque trato de controlar mi sable… a veces me es imposible.
La mano busca la empuñadura.
Una espada en cruz.
Certero ataque en diagonal… o lateralmente.

¡Y que Dios los pille confesados!

Sergio Calle Llorens


viernes, 5 de septiembre de 2025

¡A LA MIERDA LA DIVERSIDAD!

 



Si la diversidad significa aceptar que las mujeres se bañen metidas en un saco —llámese hiyab o burka en su versión más radical—, yo me niego. Esa es la variedad que no quiero y contra la que me rebelo.

Si la diversidad obliga a que los colegios adapten sus menús a la dieta musulmana, me declaro en contra. No lo digo desde la ignorancia: sé que todas las primaveras árabes terminan en invierno. Y escupo al rostro de quienes lo consienten.

Si la diversidad implica que una banda de magrebíes apalice a un hombre por ser homosexual, mi respuesta es clara. Soy descendiente de los que lucharon contra los moriscos, y como ellos, saco la espada y me pongo en guardia.

Si la diversidad significa que marroquíes y argelinos vengan a vivir del sudor de los españoles, alzo la voz. No huyen de guerras, sino de dirigentes incapaces. Por eso digo, sin rodeos: que se lleven su música a otra parte.

Es hora de hablar claro. Aceptar esa supuesta diversidad equivale a regresar al tam-tam de la tribu. No podemos convertirnos en un Senegal o en un Malí cualquiera. Somos más. Somos parte de la historia que abolió la esclavitud antes que nadie, mientras en África aún sigue presente bajo distintas formas.

La inmigración es necesaria, pero con reglas. Y preferentemente de países hispanos, con quienes compartimos lengua y cultura. Lo demás es condenar al primer mundo a la tercera división. Es un contrasentido que mientras tanto miles de jóvenes españoles, con preparación académica, tengan que emigrar por falta de oportunidades.

Europa nos folla con sus políticas. España nos falla con un gobierno corrupto y un Estado mastodóntico. Ha llegado el momento de reaccionar. De decir basta a una diversidad que no nos enriquece, sino que nos hunde.

¡Dixit!

Sergio Calle Llorens

martes, 2 de septiembre de 2025

¡AGOSTO EN EL MEDITERRÁNEO!

 



Agosto me ha curado el alma.
Esos paseos por la orilla de mis playas mediterráneas son la llave que abre todas las puertas del conocimiento. Las noches de luna llena, cuyos rayos de plata iluminan el mar, son el espectáculo más bello del planeta.

Esos cuerpos femeninos, bañados por la sal del mar, merecen miles de poesías enamoradas. Juegos infantiles en la arena. Canciones que se convierten en la banda sonora de mi vida. Amores de verano que cuajan al albor del silencio. Encuentros con viejos amigos. Brindis por lo que fuimos y por lo que dejaremos atrás. Incluso a mi atalaya llegan ecos de nuestra generación —la mía, la nuestra— que nunca pidió permiso para entrar a un castillo. Simplemente lo asaltaba, sin mirar atrás. Sin pensar en las consecuencias.

Presente y pasado se dan la mano en unas vacaciones en las que he recuperado la salud y, hasta, la ilusión. Antes escribía todo lo que pensaba. Ahora pienso antes de escribir nada, porque ya no vivimos en democracia. El progresismo asesinó la crítica, y la justicia es un coche negro que lleva a Solón y a Pericles al camposanto para su eterno descanso. Mi pluma no lo escribe con tristeza, sino con la esperanza de que, al fin, el mensaje sea entendido. Pero no hay peor ciego que quien no quiere ver. Y, hablando de ciegos, hay personas cuya vista no alcanza a disfrutar de la hermosura de esta mágica estación.

Me gustan sus silencios. Me encanta el arrullo del mar en los atardeceres cárdenos de mi patria salada. Me eleva el aroma del jazmín mezclado con la brisa nocturna, pero me entristece pensar en el tiempo en que no podré disfrutar de estas acuarelas marinas. Y, sin embargo, mi alma se llena de gratitud por haber gozado de un mes alejado de la rutina.

Agosto me ha hablado directamente al corazón para decirme: el verano vivirá en mí hasta mi último invierno. Yo no puedo, ni me atrevo, a pedir más.

Sergio Calle Llorens

miércoles, 27 de agosto de 2025

¡LA MAFIA DEL SUR!

 



En la Sevilla del siglo XV, brillante y corrupta a partes iguales, nació una organización que muchos consideran la primera mafia de Europa: La Garduña.

Fundada, según las crónicas, en 1417, operaba en Sevilla, Córdoba y Granada. Sus miembros eran ladrones, sicarios, prostitutas y hasta clérigos corruptos. Nada se movía en el hampa andaluza sin que ellos lo supieran. No eran una banda vulgar: tenían jerarquías, un “Hermano Mayor”, juramentos de sangre y un código de silencio que anticipaba lo que siglos después se conocería como omertà.

Sus actividades eran variadas: contrabando, extorsión, prostitución, chantaje y estafa. Y lo más inquietante: infiltraban a sus hombres en la justicia, en la Santa Hermandad e incluso en la Iglesia, garantizando así su impunidad. Mientras la Sevilla rica recibía el oro de América, la Garduña se enriquecía a costa del sudor de los demás.

Oficialmente, la organización fue desarticulada en 1821 tras el proceso contra Francisco Cortina. Algunos historiadores creen que el juicio fue real; otros sostienen que se trató de una exageración del Estado liberal para dar un golpe de efecto. Sea como fuere, la Garduña desapareció como estructura… pero su espíritu sobrevivió.

Y aquí es donde surge la pregunta incómoda: ¿quién heredó ese modo de entender la vida como una forma de parasitismo organizado? ¿Quién continuó esa tradición de tener jueces, cortesanos y prostitutas a su servicio?

Algunos miran hacia Nápoles o Sicilia y defienden que la Mafia italiana bebió de Sevilla. Puede ser. Pero yo creo otra cosa: que la auténtica heredera de La Garduña no se encuentra en Palermo ni en Corleone, sino en San Telmo, sede del PSOE andaluz.

Las similitudes saltan a la vista. La Garduña ordeñaba caminos y tabernas; el socialismo andaluz ordeñó subvenciones, fondos públicos y los célebres EREs. La Garduña contaba con jueces comprados; el PSOE andaluz tuvo magistrados complacientes. La Garduña se disfrazaba de hermandad piadosa; el PSOE se disfrazó de partido obrero. Y en ambos casos, la lógica fue la misma: vivir del esfuerzo ajeno.

Así que, cuando leemos las viejas crónicas de la Garduña, no estamos hojeando un episodio polvoriento de la historia. Estamos escuchando un eco que resuena todavía hoy. Porque el crimen organizado, ya sea con daga, con sotana o con un BOE en la mano, siempre busca lo mismo: que trabajen otros para vivir ellos.

La Garduña fue la primera en perfeccionarlo. Sus herederos, no lo duden, siguen en los palacios del poder.

Sergio Calle Llorens

martes, 26 de agosto de 2025

¡THE HARMONICA: SMALL IN PRICE, INMENSE IN SOUL!

 



t’s one of the most unassuming instruments in the world. You can buy a harmonica for just a few dollars/Euros at a corner shop, yet in the hands of a master, it becomes priceless. A single breath can unleash an ocean of emotion, bending notes, wailing in sorrow, or crying with joy. Its simplicity hides an extraordinary expressive power that has allowed it to endure for centuries.

In the world of electric blues, the harmonica is more than an instrument—it is a voice. It can cry like a heartbroken lover, shout like a street preacher, or whisper secrets that only the listener can hear. Legends such as Little Walter and Sonny Boy Williamson transformed this humble device into a fiery extension of themselves, bending its reeds to echo the raw emotions of human life: longing, loss, love, and rebellion.

But the harmonica is not confined to blues. In rock and roll, it wails above guitar riffs, adds a soulful edge to driving rhythms, and provides an earthy contrast to electrified instruments. From Bob Dylan’s folk-infused solos to the gritty riffs of Led Zeppelin or Neil Young, the harmonica has a unique ability to bridge genres, moving effortlessly from delicate melodies to untamed screams of energy.

Part of its beauty lies in its accessibility. Any beginner can hold one, blow a note, and create sound. But true mastery is rare. A skilled player can make it sing, moan, laugh, and scream, turning a few inches of metal and wood into a vessel for human feeling. The instrument’s small size belies its enormous emotional range; its affordability masks the wealth of expression it carries.

In jazz, country, folk, and even pop, the harmonica continues to leave its mark, proving that music does not depend on complex mechanisms or expensive materials. Its magic comes from breath, emotion, and the intimate connection between player and instrument. The harmonica reminds us that the most profound art often comes in small, unassuming forms, and that a single, perfectly played note can be worth more than gold.

When you hear a harmonica in the hands of someone who truly knows its voice, it’s impossible not to be moved. From the smoky clubs of Chicago to sprawling outdoor festivals, from quiet evenings in a small bar to roaring stadiums, the harmonica has earned its place in music history—not because it is flashy or costly, but because it can touch the soul in a way few instruments can.

So next time you see a harmonica sitting innocently on a shelf, remember: its value is not in dollars, but in its capacity to speak, to wail, to whisper, and to transform a simple melody into something unforgettable. Small in price, immense in soul—this tiny instrument is a giant in the world of music.

Sergio Calle Llorens