miércoles, 14 de mayo de 2025

¡SUPER 8!


 


La lluvia golpeaba con insistencia los cristales, como si quisiera entrar. Era una tarde de esas en que el cielo parece a punto de caerse sobre la tierra, y uno solo puede rendirse al cobijo de la melancolía. En la televisión, sin mucha ceremonia, comenzó Super 8. Hacía más de una década que no la veía. No recordaba cada escena, pero sí la sensación: la de haber vivido algo importante. Y en esa tormenta, en la soledad cálida del salón, volví a ser niño.

Ver Super 8 hoy es como abrir una caja de recuerdos que creíamos olvidada. Es encontrarse con una época no tan lejana en años, pero remota en espíritu: cuando la aventura aún era posible y el mundo no estaba contenido en pantallas diminutas. La película, escrita y dirigida por J. J. Abrams y producida por Steven Spielberg, es más que una historia de ciencia ficción con sabor a los años 70; es una carta de amor a la infancia y al cine mismo.

La premisa es sencilla, pero poderosa: un grupo de niños rueda una película de zombis con una cámara Super 8 cuando presencia el descarrilamiento de un tren que libera a una criatura desconocida. Pero Super 8 nunca fue, en el fondo, sobre el monstruo. El verdadero corazón de la historia late en los ojos azules de Elle Fanning, en el desconcierto dulce de Joel Courtney, y en la forma en que la cámara mira el mundo como si todo, incluso el dolor, tuviera un resplandor dorado.

Hay algo profundamente honesto en la forma en que Super 8 retrata el primer amor: ese enamoramiento silencioso, torpe y puro que no necesita ser nombrado. En cada mirada entre Joe y Alice se esconde una verdad universal: todos hemos sentido alguna vez que el mundo podía acabarse y que bastaba con tener a esa persona cerca para que todo estuviera bien. Como en E.T., como en Cuenta conmigo, la infancia se convierte en un territorio sagrado desde el que observamos la pérdida, el duelo, la amistad y el paso irreversible del tiempo.

Las referencias cinematográficas son evidentes, pero no impostadas. Abrams bebe del Spielberg de Encuentros cercanos en la tercera fase y del Zemeckis de Volver al futuro, pero también del alma de Los Goonies, del corazón herido de The Iron Giant. Y sin embargo, Super 8 no es un pastiche: es una sinfonía nostálgica hecha con los acordes de una infancia que no volverá, pero que el cine mantiene viva, suspendida en celuloide.

Verla hoy, ya adultos, ya cansados, ya escépticos, es dejar que la película nos devuelva, aunque sea por un rato, a ese momento en que fabricábamos historias con cartón y pegamento, cuando creíamos que los trenes escondían secretos y que una linterna podía salvarnos del mal. Es recordar que antes de las facturas, de las ausencias, de los silencios dolorosos, hubo una bicicleta, un amigo, una cámara, y el mundo entero por descubrir.

Super 8 es, en su esencia, una película sobre lo que se pierde. Sobre un grupo de chicos que intenta entender la muerte de una madre, la distancia de un padre, la fragilidad de lo que parecía eterno. Y todo ello envuelto en luces titilantes, en planos de amanecer, en la belleza imperfecta del formato Super 8. Verla es llorar un poco por lo que fuimos, pero también agradecer que el cine nos lo devuelva.

Cuando terminó la película, la tormenta ya se había ido. Quedaba el olor a tierra mojada y una tristeza dulce, como si uno hubiera pasado por una estación olvidada del alma. Super 8 no pretende explicar la vida, pero sí recordarnos cómo se sentía vivirla por primera vez. Y en tardes como esta, con el mundo afuera en pausa, eso basta. Eso salva.

Sergio Calle Llorens


jueves, 8 de mayo de 2025

¡LA UEFA ES CULPABLE!

 



Es el espectáculo de élite, dicen. La máxima competición de clubes del planeta, afirman. La Champions League: ese teatro de luces y cámaras donde supuestamente el mérito deportivo debería gobernar. Pero debajo del barniz de marketing, himnos gloriosos y gestos de fair play, la UEFA mantiene en pie una maquinaria podrida que no solo tuerce partidos: destruye ilusiones con precisión quirúrgica. Y lo hace con árbitros que parecen más marionetas de despacho que jueces imparciales.

Lo ocurrido en el partido de vuelta entre el FC Barcelona y el Inter de Milán en 2025 ha sido el último insulto a la inteligencia colectiva de millones de espectadores. El árbitro polaco, Szymon Marciniak, ofreció una clase magistral de cómo aniquilar la justicia deportiva en 120 minutos. Penaltis no pitados, manos invisibles, tarjetas que no llegan, faltas que se inventan... Todo en favor del equipo italiano, todo en contra de un Barcelona que, guste o no, estaba ganando con fútbol lo que se le negó desde el silbato.

Pero esto no es nuevo. No es un error aislado. Esto es doctrina UEFA. ¿Alguien recuerda al Málaga CF en 2013? Aquella noche infame en Dortmund cuando el equipo de Pellegrini, con la humildad de quien sabe que juega contra gigantes, se defendió con el alma y ganó con merecimiento... hasta que el árbitro decidió lo contrario. Dos goles del Borussia Dortmund en el descuento, uno de ellos en flagrante fuera de juego, otro precedido de una falta. Ni VAR, ni justicia, ni vergüenza. La UEFA, por supuesto, jamás pidió disculpas. Ni una revisión. Ni una sanción al árbitro. Porque el escándalo ya había cumplido su función: sacar al modesto y mantener viva la narrativa del poderoso.

La lista sigue ¿El Real Madrid – Bayern de Múnich en 2017? Expulsiones ridículas, goles en fuera de juego y una prórroga que parecía escrita en la sala de reuniones de Nyon. Y en todos estos casos, una constante: los errores no son aleatorios. Favorecen siempre al club con más peso político, con más ingresos potenciales, con más audiencia detrás.

La UEFA, en lugar de ser el garante de la limpieza competitiva, actúa como empresa de entretenimiento donde los resultados se escoran según la conveniencia del espectáculo. El VAR, en teoría nacido para corregir injusticias, se ha convertido en un instrumento selectivo, que aparece y desaparece como por arte de magia, dependiendo de la camiseta.

Y cuando los clubes modestos sueñan, cuando un Málaga, un Atalanta o un Shakhtar se acercan demasiado al trono reservado a los de siempre, alguien sopla un silbato y los devuelve a su sitio. No se trata solo de errores humanos: se trata de un sistema que premia a los poderosos y castiga al que se atreve a desafiar el orden establecido. La Champions no es una competición deportiva. Es una coreografía de poder donde los árbitros juegan el papel de verdugos disfrazados de imparciales.

Hoy le ha tocado al Barcelona, y antes al Málaga, pero mañana puede ser cualquier otro que no sea el Real Madrid, se entiende. Porque el problema no son los clubes, ni siquiera los árbitros concretos: es la UEFA misma, su opacidad, su falta de rendición de cuentas, su red de intereses disfrazada de fútbol europeo.

Hasta que no se exija una limpieza real, hasta que no haya jueces independientes, hasta que el VAR no sea gestionado por un ente ajeno a la UEFA, lo que veremos cada temporada no será fútbol. Será una parodia. Una tragedia. Un crimen con público.

Y lo peor es que nos lo siguen vendiendo como un sueño.

Sergio Calle Llorens


domingo, 27 de abril de 2025

¡FREDDY KRÜDIGGER!

 



Cada vez que el Real Madrid pierde, nadie puede negarlo, la justicia, los valores occidentales y la humanidad ganan por goleada. Ayer también hubo goles que se clavaron en el corazón de los blancos tras caer derrotados en otra final con el Barcelona.  La previa ya venía cargada de tensión. El resultado es que Real Madrid TV apunta y Rüdiger dispara a la cabeza del colegiado. Al jugador alemán, que parece que lleva dentro a un peligroso psicópata, ya no le basta con hacer el gesto de cortar el cuello a la afición contraria cuan yihadista cualquiera, y le tiró un objeto al árbitro que le birló dos penaltis en la final a los azulgranas.  El personal se pregunta qué hubiera pasado si no llegan a sujetarlo sus compañeros. A otro que tuvieron que agarrar fue a Jude Bellingham. El inglés, que sigue sin hablar ni una palabra en español, se comunica con un fuck off por aquí y un fuck off por allá, normalmente sin consecuencias negativas sancionadoras.

 Todo esto ocurre porque hemos normalizado las evidentes ventajas del club blanco sobre los demás. Ya nadie cuestiona que todos, absolutamente todos, desde el presidente de la liga, de la Federación española de fútbol, el jefe de la ACB, hasta la mujer que hace las designaciones arbitrales del balompié femenino, sean seguidores del Real Madrid. Y aquí no pasa nada porque los medios de comunicación, madridistas, en su gran mayoría, ríen las gracietas de Freddy Krüdiger y sus compinches. Todos sabemos por experiencia qué si el tudesco jugase en otro equipo, las sanciones por conducta antideportiva serían ejemplares. También conocemos la razón por la que las camisas de fuerza son blancas.

A resultas de todo esto, Freddy Krüdiger no debería ser sancionado con doce partidos sin jugar como pide la inmensa mayoría que sufre los atracos indiscriminados del Real Trampas. Lo justo y razonable sería encerrarlo en un lugar acorde a sus serios problemas mentales. ¿Qué les parece a ustedes el manicomio Arkham? Con lo bien que estaría allí en compañía de Tomás Roncero.  Este podría ser un final bello de película. Y hablando de cine, la escena en la que Krüdiger es agarrado por sus compañeros me ha recordado a la de Al Capone siendo sujetado por agentes de la ley en Los Intocables de Eliot Ness.  Una puta maravilla. 

Sergio Calle Llorens


jueves, 24 de abril de 2025

¡PAGAR Y CALLAR!

 



En la vida todo tiene solución menos la muerte y el Psoe de Pedro Sánchez. Sin embargo, esta afirmación no será nunca compartida por los miembros de la secta del capullo ni leída por ciegos del viejo Reino de España. Para esta gente sus pensiones son y serán pagadas por los inmigrantes y  a nadie le importa que nosotros, sufridores autónomos, metamos 5000 0 6000 euros en la caja de la seguridad social cada trimestre, porque simplemente no contamos en su imaginario como contribuyentes. Ni pagando nos consideran sus iguales.

 Somos, por decirlo de una manera fría, la nada más absoluta. Miembros de un grupo que sólo existe en el mismo plano que las ganas de integrarse del colectivo “angélico” que viene de fuera. Pagar y callar; esa es nuestra marca. El destino de millones de españoles que pintamos lo mismo que Antonio Maestre en un congreso de mentes brillantes. Ya sólo falta que el desgobierno actual saque un nuevo Decreto Ley para que nos entierren con el culo al aire para que ustedes, progresistas del carajo, puedan aparcar sus sostenibles bicicletas.

 Desde tiempo inmemorial, mucho antes de que el líder socialista escribiera su famosa carta mostrándose como un hombre profundamente enamorado de su cuchicuchi, incluso mucho antes de que Sánchez provocase el Big Bang- esta última afirmación está sacada del CIS de Tezanos- se decía que el que paga manda, menos cuando eres autónomo porque entonces, como algunos experimentamos en carne propio, nuestro silencio debe ser sepulcral, no vaya a ser que despertemos a los menas de la siesta que se pegan en los centros de acogida.

 Del dar cera pulir cera del señor Miyagi, hemos pasado a la frase favorita de este gobierno; vamos a pulirnos a los pringados de los autónomos para que no lleguen a viejos. Y ahí están las tasas, las inspecciones, las cuotas y los nervios de cada año. En definitiva, somos unos cadáveres que por alguna razón seguimos en pie. Muertos vivientes que sólo quedan bien en el papel de machistas recalcitrantes de las infumables películas de la actualidad.

Buenos días señor, ahí tiene usted la ventanilla por atreverse a montar una empresa. Buenas tardes, enemigo del progreso, y una bella señorita te indica cuántas tasas debes pagar por no ser el hermano del presidente. Buenas noches le espetas a una muchacha que come espetos bajo la luna, y al día siguiente te llega una denuncia del juzgado. Pagar y callar mientras damos cera y pulimos cera sin vacaciones, sin paro, sin contraprestaciones y sin esperanza.

¡Qué poco nos quieren!

Sergio Calle Llorens


miércoles, 23 de abril de 2025

¡LA GASTRONOMÍA MALAGUEÑA!

 




En un rincón del sur de España donde el sol parece tener sabor a aceite de oliva y el mar huele a hinojo y brisa fresca, Málaga se ha consagrado —con justicia— como el corazón gastronómico del sur. No es exageración ni orgullo de tierra: es estadística, es estrella… y es cuchara. Con más restaurantes con estrella Michelin que cualquier otra provincia de su entorno, Málaga no solo presume, deslumbra.

Aquí, entre chiringuitos humildes y templos de alta cocina, se cuece una revolución discreta pero sabrosa. No hay alardes innecesarios. Hay producto. Hay técnica. Y sobre todo, hay memoria.

De todos los platos que definen la identidad culinaria malagueña, hay uno que brilla sin pretensiones: el gazpachuelo. Sopa marinera de raíces populares, hecha con agua, mayonesa, pescado y patatas. Una receta que parece simple hasta que te abraza el alma en una cuchara caliente. Cada familia tiene su versión. Con arroz o sin él. Con clara montada o sin. Pero siempre con la misma verdad: que lo humilde, bien hecho, puede rozar la excelencia.

Hoy, el gazpachuelo ha entrado por la puerta grande en cocinas de vanguardia, reinterpretado por chefs que saben mirar atrás sin dejar de caminar hacia adelante. Dani Carnero, José Carlos García, Diego Gallegos, entre otros nombres estelares, han llevado a la cocina malagueña al mapa del mundo… sin perder ni una pizca de su sal de casa.

¿Alta cocina o cocina alta? En Málaga da igual. Aquí se puede comer un espetito de sardinas frente al mar, que rivaliza con la mejor experiencia en un menú degustación de 12 pases. Porque lo importante, lo que une, es el sabor auténtico y la nobleza del producto.

Desde la caballa de la bahía, el ajobacalao de Vélez, los tropicales de la Axarquía, hasta el aceite virgen de Antequera o los quesos de cabra malagueña, todo el territorio se siente en el paladar. Y por supuesto, el vino. ¡Ay, el vino! Málaga presume de dulces históricos y secos valientes. No por nada fue musa de reyes y de poetas. Como dijo Salvador Rueda:

“El vino de Málaga parece tener luz de aurora y pena de luna.”

Málaga ha sido, desde los fenicios, un puerto que da la bienvenida. Y esa apertura se saborea. En sus restaurantes se mezclan la tradición andaluza con influencias del Magreb, de Asia, de Hispanoamérica. El cosmopolitismo malagueño no es impostado: está en el ADN de nuestra gente, que conversa con cualquiera y cocina con todos.

No es casualidad que aquí florezcan cocinas creativas, con mestizajes inteligentes. Málaga no copia: interpreta. No imita: crea con un pincel de plata. Y ese espíritu, inquieto y libre, es el que convierte a la provincia en una constelación culinaria única.

En definitiva, Málaga no solo lidera el sur de España en número de estrellas Michelin. Lidera en sabor, en alma, en hospitalidad. Su gastronomía es un relato hecho de recuerdos y vanguardia, de mar y sierra, de cuchara y pinza. Es una cocina que no necesita presentación porque se presenta sola, en cada plato, con el orgullo del que sabe de dónde viene y el talento del que ya sabe adónde va. Porque Málaga no come para vivir… vive para saborear.

Así que si alguna vez te preguntas a qué sabe el sur, la respuesta está clara: sabe a Málaga.

Sergio Calle Llorens


martes, 22 de abril de 2025

¡EL ROBO DEL DIAMANTE!

 


“El ladrón no roba por necesidad, sino por belleza. Y el policía no atrapa por justicia, sino por amor al orden.” — Apócrifo, pero ojalá fuese mío.

Cierta vez dijo Balzac que detrás de cada gran fortuna hay un crimen. Pero también, si uno mira con ojo de poeta, detrás de cada gran crimen hay algo parecido al arte. El robo del diamante, la docuserie de Netflix que revienta las vitrinas de lo habitual, brilla más por la historia que por la joya misma. No es solo una narración del delito, sino un vals entre el caos y el cálculo, entre la pasión y la persecución.

En el año 2000, un grupo de ladrones británicos quiso hacer lo impensable: robar el diamante más vigilado del Reino Unido —el Millennium Star, 203 quilates de tentación— en pleno corazón del milenio. Un golpe de película, con todo: lanchas rápidas, maquinaria de construcción, y un plan milimétrico, diseñado no solo para el robo... sino para la leyenda.

“Un buen ladrón no busca dinero. Busca historia.” — me dijo una vez un actor que hacía de bandido, con ojos de niño travieso.

Pero si los ladrones son artistas del atrevimiento, los policías son artesanos de la paciencia. Y esta historia —ah, qué historia— es también un homenaje a ellos. A la Flying Squad, esa brigada que escucha y espera, que cambia los diamantes por réplicas, que ve el espectáculo montarse para luego, en el último acto, romper el telón y salir a escena.

Hay algo romántico en ambos bandos. Porque robar un diamante no es solo cuestión de avaricia. Es, a veces, como besar a alguien prohibido: un riesgo, una pulsión, una forma de saberse vivo. Y atraparlo, detener esa danza perfecta en el momento justo, es como declarar un amor imposible a gritos, con esposas en las manos.

“El mundo se divide en dos tipos de hombres: los que sueñan con robar el mundo, y los que sueñan con que no se les escape.” — Una frase que nadie ha dicho, pero que todos hemos sentido.

El robo del diamante es una crónica policial que huele a novela negra, suena a jazz, y se ve como un truco de magia revelado en cámara lenta. Con ritmo cinematográfico y estética afilada, la serie no toma partido: en su narrativa, tanto el ladrón como el inspector son protagonistas de una misma pasión —la del juego, el ingenio, y la eterna persecución entre el deseo y el deber.

Así que cuando termines de verla, no te preguntes quién ganó. Pregúntate, más bien: ¿cuál habría sido yo? ¿El que soñó el golpe o el que lo desbarató?

Porque, al fin y al cabo, todos llevamos un poco de diamante en el pecho… y un poco de detective en el alma.

Sergio Calle Llorens

martes, 15 de abril de 2025

¡RUFIÁN!

 




Pocas veces un apellido ha sido tan contradictorio con su dueño. Gabriel Rufián, que en cualquier otra circunstancia podría haber sido un personaje secundario en una novela picaresca, se ha convertido en uno de los actores más estridentes de la política española. Andaluz de cuna, pero independentista catalán de conversión, es la prueba viviente de que el fanatismo de los neófitos no tiene límites. Rufián es al nacionalismo catalán lo que un vegano recién convertido al brócoli: más papista que el papa, más catalán que el pan con tomate y más convencido de la independencia que un abertzale con GPS trucado.

Porque, ¿qué hay más pintoresco que un tipo de Santa Coloma de Gramenet, hijo de jornaleros andaluces, lanzando proclamas contra España con una pasión que haría sonrojar al mismísimo Rafael Casanova? La Cataluña del seny ha dado paso a la Cataluña del mem, y Rufián es el influencer de la bilis, el tuitero con escaño, el azote de la lógica y el campeón de la verborrea con sobrecarga de testosterona. Su Twitter es un manual de instrucciones para detectar fascistas, porque, según él, están por todas partes: en el Gobierno, en la oposición, en los periódicos, en las panaderías, en las ferreterías y, probablemente, en la sección de congelados del Mercadona.

Pero, ¿qué motiva esta pasión independentista en alguien que, si la Generalitat tuviera éxito en su empeño, probablemente sería enviado de vuelta a Andalucía en un tren nocturno? La respuesta es sencilla: la ideología del converso. Rufián sufre el síndrome del neocatalán devoto, ese fenómeno sociopolítico que convierte a algunos hijos de inmigrantes en radicales de la causa. Es el fenómeno del “más independentista que nadie”, del “yo no soy charnego, yo soy catalán de verdad”. Si el procés fuera una religión, Rufián sería su Torquemada, quemando en la plaza pública a cualquiera que ose decir que Cataluña nunca ha sido independiente, sino parte de la Corona de Aragón y de España.

Y ahí está el chiste: Cataluña, ese ente mítico que algunos venden como un país ancestralmente soberano, nunca ha existido como tal. Fue parte de la Corona de Aragón, que se unió con Castilla, y desde entonces ha sido pieza fundamental de España. Pero a Rufián y sus amigos eso les da igual. Porque en su realidad alternativa, Cataluña ha sido una nación próspera, prístina y pacífica, hasta que llegaron los malvados españoles con sus tricornios y sus ganas de romper urnas de cartón. La historia se retuerce, se estira y se aplasta hasta encajar en su narrativa.

Lo más divertido de todo es que Rufián, el paladín de la igualdad y la diversidad, milita en un movimiento que lleva décadas escupiendo frases racistas contra los andaluces y demás castellanos. Porque, amigos, la historia del nacionalismo catalán está llena de perlas como la de Jordi Pujol, que describía a los andaluces como “hombres poco hechos, que viven en la ignorancia y la miseria”. O la de Heribert Barrera, que afirmaba sin despeinarse que “el coeficiente intelectual de los negros de EE.UU. es inferior al de los blancos”. O la del mismísimo Quim Torra, que calificaba a los españoles de “bestias con forma humana”. Y ahí está Rufián, el gran azote del fascismo, abrazado a una ideología con un historial de supremacismo que haría palidecer a un aristócrata del siglo XVIII.

Pero el gran mérito de Rufián no es solo su capacidad para negar la historia con más aplomo que un terraplanista, sino su maestría en el arte de la chulería. Con su estilo de bar de carretera, sus frases de matón de instituto y su pose de rebelde sin causa, se ha convertido en un fenómeno mediático. Es el político perfecto para la era de Twitter: ruido sin sustancia, indignación sin profundidad, titulares sin contenido. Y lo mejor de todo es que él mismo parece creer su personaje.

La historia es cíclica, dicen. Y quizás dentro de unos años, cuando el procés sea un recuerdo lejano y Rufián una nota al pie de página, alguien escriba una tragicomedia sobre este hombre que quiso ser héroe de una causa que nunca fue suya. Un Quijote moderno que, en lugar de luchar contra molinos de viento, peleó contra su propio reflejo en el espejo de la historia.

Y el epílogo, inevitablemente, lo dictará el tiempo. Porque, al final, la independencia de Cataluña tiene algo en común con la dignidad política de Gabriel Rufián: ambas son una ilusión que se disuelve con la luz del día.

Sergio Calle Llorens

martes, 8 de abril de 2025

¡EL SEÑOR MINISTRO!

 



En el vasto escenario de la política española, emerge una figura que bien podría haber sido extraída de una novela negra o de una película de gangsters de los años 30: nuestro actual ministro de Transportes. Con su porte desafiante y su estilo directo, parece más un personaje salido de "El Padrino" que un servidor público del siglo XXI.

Su comportamiento recuerda al de Sonny Corleone, el impulsivo hijo de Vito Corleone, siempre presto a responder con vehemencia ante cualquier desafío. No es de extrañar que media España haya señalado que el ministro "no conoce los criterios mínimos de educación" necesarios para su cargo.

Mientras tanto, en Cataluña, el Ministerio de Transportes ha mostrado una diligencia digna de elogio. Después de casi dos décadas de promesas incumplidas, finalmente se ha acordado la creación de una empresa mixta para gestionar Rodalies, que comenzará a operar el 1 de enero de 2026.

Sin embargo, en otras regiones, como Málaga, la situación es muy diferente. A pesar de que la línea C1 de Cercanías es una de las más rentables de España, el ministerio ha licitado recientemente, por 1,2 millones de euros, un estudio de viabilidad para el tren litoral entre Nerja y Algeciras, una actuación que los malagueños llevan décadas esperando.

Esta disparidad en las inversiones ha generado críticas desde diversos sectores. En estas páginas se ha denunciado la "dejadez" del Gobierno, señalando también que los malagueños están "hartos de perder horas de trabajo" debido a la falta de inversiones en infraestructuras viales.

Mientras tanto, el subdelegado del Gobierno en Málaga defiende que el estudio de viabilidad del tren litoral "no se había hecho nunca", intentando justificar la demora en las actuaciones.

En resumen, nuestro ministro de Transportes parece moverse entre las sombras, al más puro estilo de los gangsters cinematográficos, priorizando inversiones según intereses que muchos no alcanzan a comprender, y dejando a  Málaga esperando soluciones que nunca llegan. Quizás sea hora de que este personaje salga de la ficción y empiece a actuar como un verdadero servidor público. Pero eso es como esperar que un socialista cruce España sin visitar sus puticlubs. Un imposible. 

Sergio Calle Llorens


sábado, 5 de abril de 2025

¡NO AL HIJAB!



Bienvenidos al siglo XXI, donde la humanidad ha enviado robots a Marte, ha logrado avances científicos que harían llorar de envidia a Leonardo da Vinci y, sin embargo, seguimos discutiendo si es adecuado que las niñas lleven un trozo de tela en la cabeza para complacer a un dios que, curiosamente, nunca ha emitido un comunicado oficial al respecto.

El hiyab en las aulas es un tema espinoso, pero seamos claros: si la educación es el templo de la razón, no podemos permitir que símbolos de sumisión y desigualdad sean normalizados. Las aulas no son terrenos de exhibición de códigos patriarcales disfrazados de "elección personal". Nadie ha escrito una oda a la falda del uniforme escolar o a la camisa de cuadros, pero parece que este pedazo de tela goza de una sacralización impropia de un sistema educativo que debería fomentar el pensamiento crítico.

Pongámoslo en perspectiva con un poco de rock and roll. ¿Alguien se imagina a Joan Jett entonando "I Love Rock 'n' Roll" con un hiyab? ¿A Patti Smith gritando "Because the Night" mientras ajusta su velo? Lo dudo. Y no es porque el rock exija pelo al viento y chupas de cuero (aunque ayuda), sino porque representa un espíritu de rebeldía que choca frontalmente con la imposición de símbolos que históricamente han servido para marcar las fronteras de la opresión femenina.

Si las niñas crecen viendo a sus compañeras cubrirse como si fueran caramelos envueltos en celofán mientras sus compañeros varones visten con la ligereza de quien nunca ha sido objeto de restricciones estéticas impuestas por una tradición religiosa, el mensaje es claro: la igualdad sigue siendo un riff sin terminar en la partitura de la educación.

La literatura también ha sido un campo de batalla entre la libertad y el yugo cultural. Pensemos en Emma Bovary, quien luchó por escapar de la jaula de la moral burguesa, o en Jane Eyre, que desafió las normas de su tiempo para reclamar independencia y dignidad. ¿Alguien cree que estas heroínas aplaudirían la normalización de símbolos que, en muchos casos, no son más que un candado simbólico a la autonomía femenina?

Incluso George Orwell nos lo advirtió en "1984": los símbolos no son inocentes. Cada prenda impuesta por una ideología conlleva un mensaje subliminal. "La libertad es la esclavitud" decía el Partido en la novela. "Cubrirte es empoderarte", dicen algunos hoy en día. La neolengua ha llegado para quedarse.

Algunos defensores de la prenda nos acusan de paternalismo, de "imponer la no imposición", como si luchar contra la normalización de símbolos opresivos fuera equivalente a ser un inquisidor cultural. Pero no se trata de meterse con la religión: se trata de garantizar que en la escuela, donde se forman los ciudadanos del futuro, se respire un aire de igualdad real. La escuela no es el lugar para perpetuar tradiciones que han sido utilizadas históricamente para restringir la autonomía de las mujeres.

¿Libertad? Claro que sí. Pero una libertad auténtica, no la que se ejerce bajo la sombra del "honor familiar", del "deber" o de la expectativa social. Porque cuando una elección está condicionada por la presión de una comunidad, ya no es una elección, es una trampa.

Y para los que siguen defendiendo el hiyab como un derecho individual, les sugiero un experimento: intenten prohibírselo a una niña en un entorno donde es la norma y vean cuánto margen de elección real tiene. Spoiler: probablemente ninguno.

Así que no, el velo no pertenece a las aulas. Como tampoco pertenecen las faldas obligatorias para las niñas, ni los códigos de vestimenta que refuerzan estereotipos arcaicos. La educación es el único terreno donde podemos aspirar a la igualdad plena. Y si queremos rock and roll en las mentes de las futuras generaciones, hay que asegurarnos de que ninguna nazca con la guitarra desafinada antes de tocar su primera nota.

Sergio Calle Llorens

 

martes, 1 de abril de 2025

¡STEPHEN KING: EL NIÑO QUE SOÑÓ CON MONSTRUOS!

 



Nació en Maine, como si el destino le hubiera señalado con el dedo de una criatura espectral. Stephen King es el escritor que creció con el rumor de los cómics EC, con las páginas gastadas de Amazing Stories, con los relatos de Ray Bradbury y la oscura alquimia de H.P. Lovecraft. Antes de que el mundo lo conociera, ya habitaba en un universo de neones en ruinas y bosques donde el viento parecía respirar. Él no inventó el terror moderno: lo escuchó primero en el silbido de las vías del tren, en la casa que susurraba en la noche, en las historias de carretera que los adultos contaban a media voz.

Si su infancia fue una fábrica de pesadillas, su juventud fue un catálogo de supervivencia. Vendió cuentos a revistas pulp, escribió con desesperación en habitaciones pequeñas, y a punto estuvo de renunciar. Luego vino Carrie, y con ella, el relámpago. Pero no se quedó en la historia de la adolescente vengativa; en su mente ya germinaban horrores más profundos, males que acechaban en el aire mismo de América.

En Salem’s Lot, King tomó la novela gótica y la empapó de polvo y farolas parpadeantes. Los vampiros ya no eran príncipes decadentes, sino sombras al acecho en los pueblos pequeños, en las casas donde se cierra la puerta demasiado rápido. Luego, en El resplandor, transformó la locura en un eco interminable en los pasillos de un hotel, donde el pasado y el presente se fundían en una pesadilla de whisky, sangre y fantasmas sin descanso.

Pero fue en IT donde su imaginación alcanzó su cima más aterradora: la criatura que se disfraza de payaso, que se alimenta del miedo de los niños, es el mismo monstruo de las alcantarillas de su país, de la hipocresía y la podredumbre que habita bajo la superficie de Derry, de cualquier ciudad. Y cuando la muerte tocó su propia puerta, cuando la carretera le arrebató lo más querido, King encontró en Cementerio de Animales su forma de preguntarle al mundo si la muerte es realmente el final, si a veces el regreso puede ser peor que la ausencia.

Su obra es un pasillo largo, donde cada puerta es una historia. The Dead Zone es la pregunta que todos tememos: ¿y si pudiéramos ver el futuro, y si nos mirara de vuelta? Misery es la pesadilla del escritor, la sombra de un lector demasiado devoto. La Torre Oscura es su mapa secreto, la interconexión de todas las historias, el latido mismo del universo King.

Pero lo que hace que sus monstruos sean inmortales no es solo su forma: es la voz de King, esa voz de narrador nocturno, la que nos convence de que todo esto podría estar pasando realmente, a la vuelta de la esquina, en la casa al final de la calle.

Porque en el fondo, Stephen King no escribe sobre el miedo. Escribe sobre lo que nos hace humanos. Sobre la infancia que dejamos atrás pero que nunca nos deja del todo. Sobre la culpa, la pérdida, la redención. Sus personajes son personas normales, atrapadas en circunstancias aterradoras, como si el destino les hubiera dado un billete de ida sin avisarles del destino final.

Y cuando susurra el final de cada historia, cuando la última página se cierra con un golpe seco, solo queda el eco de su advertencia: A veces, los muertos son mejores. A veces, lo que creemos haber vencido solo duerme. Y a veces, lo que más tememos no está en la oscuridad… sino en nosotros mismos.

Sergio Calle Llorens


martes, 18 de marzo de 2025

¡EL CASO DE LA ESCRITORA TRAMPOSA|

 



Mes amis, debo confesarlo: me han llamado para resolver un crimen literario. Como un fiel discípulo de Hércules Poirot, he tomado mi bigote más reluciente, mi gabardina más impecable y me he adentrado en el oscuro laberinto de la mente criminal de... ¡Agatha Christie! Sí, sí, la gran dama del misterio, la infalible arquitecta del crimen perfecto. Pero, ah, mis fieles lectores, ¿y si les dijera que ella misma, en más de una ocasión, se saltó sus propias reglas? ¡Mon dieu!

Nos han enseñado que en las novelas de Christie el lector siempre juega en igualdad de condiciones con el detective. Las pistas están ahí, esperando ser descubiertas, encajadas como piezas de un rompecabezas. Pero mis pequeñas grey cells han detectado algo sospechoso: hay momentos en los que la autora, con la astucia de un prestidigitador, se ha guardado un as bajo la manga. ¡Inaceptable! ¡Escandaloso! ¡Delicioso!

Tomemos, por ejemplo, "El asesinato de Roger Ackroyd". ¡Oh, amantes de la literatura criminal! Qué genio, qué osadía, qué descaro sublime. El mismísimo narrador es el asesino, y aunque todas las pistas están ahí, la forma en que se nos presenta la historia es un truco de alta escuela. La revelación nos hace dar un respingo, tirando la taza de té sobre el periódico matutino. Madame Christie, ¡esto es un golpe bajo! ¿No dijo usted que los lectores debían saber lo mismo que el detective? ¡Ajá, atrapada!

Y no olvidemos "Diez negritos". Aquí la trampa es tan brillante que uno casi se pone de pie y aplaude. Todos los personajes están encerrados en una isla, muriendo uno a uno, y cuando creemos que todo ha terminado, descubrimos que el asesino estaba más muerto que un arenque... ¡pero solo en apariencia! Un engaño tan perfecto que haría llorar de envidia al mismísimo Moriarty.

También tenemos “El misterio de la guía de ferrocarriles”, donde Poirot se encuentra con un asesino que juega con los patrones del crimen en serie para ocultar su verdadera motivación. Aquí la señora Christie nos hace mirar en la dirección equivocada, como un ilusionista que mueve una mano mientras oculta el truco en la otra. ¡Astuta como un zorro con monóculo!

Entonces, mes amis, ¿deberíamos acusarla de fraude literario? ¿Debería la ilustre dama del crimen ser llevada ante la justicia de los puristas del género? No, no, no. Al contrario, hay que rendirle homenaje. Porque si alguien tenía derecho a saltarse las normas del juego, era quien mejor lo conocía. Agatha Christie no solo las rompió: las reinventó, las manipuló y nos hizo disfrutar cada uno de sus engaños con una sonrisa de complicidad.

Así que guardo mi lupa, enderezo mi corbata y brindo con un buen cognac en honor a la mayor criminal literaria de todos los tiempos. Madame Christie, usted nos engañó a todos, y por eso la amamos aún más. C’est magnifique!

Sergio Calle Llorens


viernes, 14 de marzo de 2025

LOS ILEGALES!

 



Hay bandas que suenan a una época, y luego están aquellas que definen una era. Los Ilegales no son solo una banda, son una actitud, un bofetón en la cara de lo políticamente correcto, un acorde afilado que resuena desde los años ochenta y que aún hoy sigue electrizando a los que se atreven a escuchar. Y en el centro de esa tormenta musical, un hombre: Jorge Ilegal. Sarcástico, brutalmente honesto, dueño de una voz que arrastra la rabia de varias generaciones y de una guitarra que escupe electricidad.

Hablar de Jorge Martínez es hablar de la incorruptibilidad del rock. En tiempos en los que el panorama musical parece un parque temático de lo prefabricado, donde los artistas son productos de fábrica y las canciones se diseñan en despachos en lugar de en tugurios, Jorge sigue disparando con bala. Lo hace con sus letras, crudas, corrosivas, cargadas de desencanto y mala leche, pero también con su forma de estar en el escenario: sin trampa ni cartón. Mientras otros necesitan del auto-tune para afinar una melodía, Los Ilegales han demostrado que el rock solo necesita actitud y saber tocar. Porque si algo hay que dejar claro en este homenaje es que Ilegales jamás han sonado mal en directo.

Desde aquel primer disco homónimo de 1983, con trallazos como "Tiempos nuevos, tiempos salvajes" o "Yo soy quien espía los juegos de los niños", hasta su último trabajo, cada canción de Los Ilegales es una lección de rock sin concesiones. Punk sin pose, rock and roll sin edulcorantes, letras que huelen a puñetazo en el estómago. En "El Norte está lleno de frío" Jorge nos canta sobre la desolación, en "Agotados de esperar el fin" sobre el nihilismo de una juventud desencantada, y en "Hola Mamoncete" deja claro que la irreverencia nunca se pierde con la edad.

Mientras los festivales de hoy se llenan de "artistas" que dependen de una base pregrabada y efectos visuales para llenar el vacío de su falta de talento, Los Ilegales siguen ahí, girando, atronando, recordándonos que el rock no ha muerto, sino que lo han intentado matar a base de mediocridad. Su directo es una prueba de resistencia para quienes creen que la música debe ser domada. En un mundo donde los escenarios parecen pasarelas de influencers, Jorge Martínez sigue siendo el último forajido de la carretera.

¿Quién más puede presumir de una carrera de más de cuarenta años sin haber bajado la guardia? Pocos, muy pocos. Pero ahí sigue Jorge, con su ironía filosa, su desprecio por lo superfluo, y su capacidad de escribir letras que, a pesar del paso del tiempo, siguen siendo dagas en la conciencia de quien las escucha. Los Ilegales no solo son un grupo de rock: son un refugio para quienes aún creen en la autenticidad, en la furia controlada de una guitarra que escupe fuego y en la poesía sucia de las calles.

Así que levantemos el vaso y brindemos por Jorge y Los Ilegales. Porque en un mundo de cartón piedra, ellos siguen siendo dinamita. Porque mientras haya un amplificador encendido y un acorde de Los Ilegales retumbando en algún garito, el rock aún no ha dicho su última palabra.

Sergio Calle Llorens


jueves, 13 de marzo de 2025

¡VINICIUS: EL BUFÓN QUE NUNCA SERÁ REY!


 


Dicen que el talento sin clase es como una espada sin filo: puede impresionar a los incautos, pero nunca ganará una batalla justa. Vinicius Junior, el diletante de las bandas, se empeña en demostrar que el arte de jugar al fútbol no siempre va acompañado del arte de comportarse como un profesional. Lo suyo es el teatro de la burla, la chabacanería de quien se sabe amparado por los mismos que convierten el reglamento en papel mojado y la justicia deportiva en un guión escrito por Santiago Segura.

Ya es costumbre: el Real Madrid gana envuelto en polémica, la afición rival hierve de indignación y, como colofón, Vinicius aparece en escena para ejecutar su enésima pantomima, con una risa de villano de serie B y una mueca que recuerda a los infames bufones de Shakespeare: personajes condenados a su irrelevancia mientras los verdaderos reyes deciden el destino del reino. Si al menos su gestualidad tuviera la elegancia de un Iago o la mordacidad de un Falstaff, podría resultar hasta entretenido. Pero lo suyo es la vulgaridad del que confunde provocación con carisma, del que cree que el desdén gratuito es una muestra de grandeza.

No es novedad que el brasileño se mueva entre la chulería y el victimismo, entre la arrogancia del protegido y el fingimiento del perseguido. Un día se ofende porque alguien le trata con la misma falta de respeto con la que él trata a los demás, y al siguiente se encarga de demostrar por qué las críticas a su actitud no son infundadas. Lo suyo es un monólogo sin matices, una sobreactuación sin dirección. Si el fútbol fuera cine, sería un extra que cree ser el protagonista; si fuera literatura, sería un personaje secundario convencido de que lleva el peso de la tragedia.

El respeto, como la reputación en "Otelo", se construye con hechos y se destruye con actitudes. Pero Vinicius nunca ha entendido esto, quizá porque ha crecido en una burbuja donde el aplauso fácil y la condescendencia le han hecho creer que la soberbia es una virtud y que la educación es un concepto prescindible. No lo es. El respeto es la moneda de cambio con la que los grandes futbolistas compran su inmortalidad. Zidane podía ser un artista, pero también sabía cuando callar. Iniesta no necesitó ridiculizar a nadie para conquistar el corazón de todo un país. Vinicius, en cambio, se ha convertido en un personaje indigno de su propio talento. No sabe ganar sin ser ruin, no sabe perder sin ser insufrible.

En un mundo justo, el Balón de Oro sería un premio reservado para quienes no solo destacan con el balón, sino también con su comportamiento. Vinicius, con su repertorio de desprecios y su alergia al fair play, no será nunca más que un actor de reparto en la historia del fútbol. Puede seguir riéndose de los demás, mofándose de las aficiones rivales y celebrando victorias empañadas por la polémica, pero la historia, esa jueza implacable, solo recordará que hubo un jugador con talento que nunca entendió lo que significa ser un caballero del balón. Y cuando se apague su estrella, cuando ya nadie le ría las gracias, solo quedará el eco de sus burlas resonando en un vacío que él mismo se ha labrado.

Sergio Calle Llorens


martes, 11 de marzo de 2025

¡EL ÚLTIMO BRINDIS DE ALVITE!

 



Si la noche tuviera un cronista, un detective de barra, un poeta con gabardina y mirada de naipe gastado, ese habría sido José Luis Alvite. Pero no lo fue, porque Alvite era más que todo eso. No era solo un escritor; era un tipo que escribía con la lucidez del que sabe que la vida es un piano bar a punto de cerrar. Y él, con un cigarro a medio consumir y un vaso que nunca llegaba a estar del todo vacío, era el último en salir.

De haber nacido en Los Ángeles en los años cuarenta, tal vez habría sido guionista para Bogart, escupiendo diálogos afilados como cuchillas de afeitar. Pero nació en España, y tuvo que conformarse con los periódicos, donde su pluma destilaba la misma mezcla de desencanto y elegancia que las rubias fatales que solo existen en las novelas de Chandler. Esas mujeres que te cruzas en un garito con luz tenue, que huelen a humo caro y a promesas incumplidas. Mujeres que, como la felicidad y la libra esterlina, son fugaces.

Alvite sabía que escribir era un oficio peligroso, como ser pianista en un club donde la clientela lleva más cicatrices que propinas. Se ganaba la vida con la palabra, pero sabía que la vida nunca paga lo suficiente. Quizá por eso escribía con esa mezcla de ironía y melancolía, como si cada columna fuese un último brindis con la madrugada. Sus frases eran golpes certeros, sentencias de un hombre que miraba el mundo con la resignación de quien ya ha perdido la cuenta de las veces que le han dado calderilla en lugar de gloria.

La vida le pasó como un tren nocturno que no para en la estación esperada. Enfermedad y tinta se mezclaron en sus últimos años, pero hasta el final siguió escribiendo como si le fuera la vida en ello. Porque le iba. Y cuando se fue, dejó tras de sí no solo un legado de ingenio, sino la sensación de que los buenos escritores son como los buenos detectives de novela negra: siempre llegan tarde a todo, excepto a su propia despedida.

Hoy, cuando la noche se hace larga y las luces de neón se reflejan en los charcos de la ciudad, parece que Alvite sigue ahí, en algún rincón de un bar con jazz de fondo, dejando caer una última frase mordaz mientras el camarero limpia los vasos. Porque los escritores como él nunca desaparecen del todo: siempre hay una historia más que contar, un último cigarro por encender, un brindis pendiente con la madrugada.

Sergio Calle Llorens


domingo, 9 de marzo de 2025

¡HERGÉ|

 


Georges Remi, conocido como Hergé, nació en 1907 en Etterbeek, Bélgica. Desde muy joven mostró un talento extraordinario para la ilustración y el relato gráfico. No es exagerado decir que Las aventuras de Tintín (publicadas entre 1929 y 1983) son el reflejo más fiel de su propia vida, sus obsesiones y contradicciones.

Hergé era un hombre de múltiples facetas, a menudo en lucha consigo mismo. Tenía un espíritu meticuloso, con un gran sentido de la estética, pero también arrastraba sombras personales y dilemas morales. A través de sus personajes, canalizaba distintas partes de su personalidad.

Tintín es, en muchos sentidos, el hombre que Hergé habría querido ser: un aventurero, intrépido, justo y sin miedo. Representa la parte más luminosa del autor, su amor por los viajes, el misterio y la exploración. Hergé nunca fue un reportero como su personaje, pero a través de él pudo recorrer el mundo desde su mesa de dibujo, investigando cada detalle con una precisión obsesiva.

Curiosamente, a diferencia de otros personajes, Tintín no tiene un gran desarrollo emocional ni cambios profundos. Es un lienzo casi en blanco sobre el que se proyectan los demás personajes, lo que ha llevado a muchos a considerarlo una figura más funcional que emocional.

Si Tintín es el Hergé idealizado, el capitán Haddock es su yo más visceral. Alcohólico, gruñón, sentimental y lleno de debilidades, Haddock es el contrapunto perfecto al impoluto Tintín. Su evolución es especialmente interesante: en su primera aparición (El cangrejo de las pinzas de oro), es un borracho perdido, pero poco a poco se convierte en un personaje con más matices, hasta volverse casi el verdadero protagonista emocional de la serie.

Hergé siempre tuvo una relación compleja con el alcohol y una personalidad melancólica que, como en Haddock, a veces se expresaba con exabruptos de rabia y una vena casi teatral en su forma de hablar (sus insultos creativos son legendarios: “ectoplasma”, “bashi-bazouk”, “mameluco”...).

El castillo de Moulinsart, la residencia del capitán, representa una especie de refugio en la vida de Tintín y Haddock, pero también simboliza algo que Hergé buscó toda su vida: un hogar donde sentirse en paz.

Estos dos detectives torpes, que siempre hablan a la vez y se equivocan en todo, reflejan otra faceta del autor: la burocracia absurda, la repetición sin sentido y la imposibilidad de diferenciar lo importante de lo trivial. Se dice que representan el conflicto interno de Hergé, su mente dividida entre el orden y el caos, la rigidez y la espontaneidad. También podrían simbolizar la censura o el control social, algo que vivió en carne propia, especialmente tras la Segunda Guerra Mundial, cuando fue acusado de colaboracionismo.

La diva de la ópera, siempre irrumpiendo en la vida de los protagonistas con su voz estridente y su desbordante personalidad, representa el miedo de Hergé a lo femenino. Su vida amorosa fue complicada y marcada por la represión emocional. Su primer matrimonio con Germaine Kieckens fue más una relación de compromiso que de amor, y solo en su madurez pudo liberarse y vivir una historia más auténtica con Fanny Vlamynck.

Castafiore no es una villana, pero sí una presencia que rompe la estabilidad de Moulinsart, como si representara una fuerza que Hergé no sabía manejar.

Inspirado en el físico Auguste Piccard, Tornasol es la encarnación de la genialidad aislada del mundo. Representa el lado más obsesivo de Hergé, el hombre que se encierra en su trabajo y pierde la noción de la realidad. Pero también es un reflejo del Hergé que buscaba la espiritualidad y la paz interior en sus últimos años.

Hergé tuvo un pasado complicado durante la ocupación alemana de Bélgica en la Segunda Guerra Mundial. Publicó sus historias en un periódico controlado por los nazis (Le Soir), lo que le valió acusaciones de colaboracionismo tras la guerra. Sin embargo, él siempre se defendió diciendo que solo quería contar historias y que nunca tuvo intenciones políticas.

A lo largo de los años, pasó de ser un dibujante de cómics con una visión simplista del mundo (Tintín en el Congo, con su visión colonialista), a alguien que empezó a cuestionarse todo (Tintín en el Tíbet, donde explora la amistad y la espiritualidad).

Cada personaje de Tintín contiene una parte del alma de su creador. Tintín es su yo ideal, Haddock su yo imperfecto, Tornasol su lado más ensimismado y Castafiore la fuerza que no sabía cómo encajar. Hergé fue un genio atrapado entre el perfeccionismo y la duda, entre el deseo de aventura y la búsqueda de estabilidad.

Murió en 1983 sin haber podido terminar la última aventura de Tintín (Tintín y el Arte-Alfa), dejando un final abierto, como si él mismo siguiera buscando respuestas.

Así que, cuando leemos Tintín, en realidad estamos explorando el alma de Hergé, un hombre lleno de luces y sombras, igual que sus personajes. En cualquier caso, Tintín y sus amigos serán siempre un faro al que mirar en el oscuro mar de la vida.

Sergio Calle Llorens



miércoles, 5 de marzo de 2025

¡EL HÉROE CANSADO!

 



Los cómics de Corto Maltés son mapas de un mundo que ya no existe o que, quizás, nunca existió fuera del papel y la tinta de Hugo Pratt. Las Célticas es una de esas obras que nos atrapan en su atmósfera de libertad, de destinos inciertos y de mares abiertos, con un protagonista que, más que un héroe, es un hombre errante, cansado pero incapaz de abandonar su vagabundeo por la historia y la geografía.

Porque Corto Maltés nunca ha sido un héroe al uso. No busca gloria ni medallas. No es un patriota, ni un hombre de causa. Es, en todo caso, un espectador que a veces interviene, pero sin la certeza de que su intervención cambie realmente el curso de los acontecimientos. En Las Célticas, como en el resto de su periplo, se mueve entre espías, revolucionarios y soñadores, sin comprometerse del todo con ninguno, pero sintiendo siempre la llamada de la libertad, el único principio que parece regir su vida.

Irlanda es el escenario de algunas de las historias más evocadoras del álbum, y es allí donde el espíritu de Corto se encuentra con la lucha por la independencia, con personajes que, a diferencia de él, han elegido un bando y están dispuestos a morir por la causa. Pero la suya es una guerra en la que el romanticismo y la tragedia se entrelazan, en la que la certeza de la derrota no impide seguir luchando. Corto observa, comprende, ayuda cuando cree necesario, pero siempre con la melancolía de quien sabe que la Historia devora a los soñadores.

El viento sopla sobre los verdes campos irlandeses, y la lluvia golpea las piedras antiguas de un país que carga con siglos de dolor y resistencia. En este escenario de fábulas y leyendas, Corto se cruza con figuras que encarnan la pasión y el sacrificio, con ideales que le recuerdan que, aunque él mismo prefiera no atarse a banderas ni fronteras, hay quienes encuentran sentido en esa entrega absoluta. En Irlanda, los cuentos de hadas y la pólvora conviven, y la poesía de Yeats se mezcla con el sonido de las balas en la noche.

El mar, eterno compañero de Corto, está presente como un recordatorio de lo inabarcable. Representa la única patria que realmente tiene, el refugio donde siempre puede volver cuando la tierra firme se vuelve demasiado estrecha, demasiado llena de promesas rotas. En Las Célticas, como en todas sus historias, el mar es un personaje más: a veces tempestuoso, a veces plácido, pero siempre invitando a seguir adelante, a buscar nuevas costas donde tal vez no haya respuestas, pero sí nuevas preguntas.

El mar no es solo una vía de escape, sino también un símbolo de su esencia errante. A diferencia de quienes luchan por una causa o por un país, Corto pertenece al agua y a su eterna incertidumbre. Como un marinero de otros tiempos, como un Ulises moderno, navega sin prisas y sin rumbo fijo, guiado más por el azar y la intuición que por mapas o brújulas. En sus viajes, encuentra historias y destinos cruzados, como si el océano fuese un gigantesco escenario en el que la Historia y el mito se entrelazan una y otra vez.

Corto Maltés, con su media sonrisa irónica y su aire de hombre que ya ha visto demasiado, es el arquetipo del héroe cansado. No es que haya renunciado a los ideales, sino que ha aprendido a vivir sin certezas absolutas. En un mundo que se desmorona y se reconstruye a cada paso, él elige el camino de la duda, de la independencia, del viento en la cara y la brújula sin norte fijo.

Es un personaje que encarna la nostalgia de lo que nunca fue, de un tiempo perdido que quizás nunca existió más allá de los relatos que contamos. Es un hombre que camina por la frontera entre la realidad y la leyenda, entre la historia y la ficción, sin pertenecer del todo a ninguna de ellas. Su cansancio no es solo físico, sino también espiritual, el peso de haber visto demasiado y de saber que, por mucho que el mundo cambie, las pasiones humanas siguen siendo las mismas: la ambición, la traición, el deseo de libertad y la eterna búsqueda de algo inalcanzable.

Las Célticas es, en definitiva, una carta de amor a esa libertad que no está en las banderas ni en los discursos, sino en la elección de cada uno de ser quien quiere ser, aunque eso implique navegar sin puerto fijo. Y quizás, en el fondo, todos quisiéramos tener un poco de esa brisa marina en nuestras vidas, un poco de ese espíritu de Corto, errante y libre hasta el final.

Las viñetas de Hugo Pratt nos invitan a soñar con un mundo donde el horizonte nunca es el final, donde siempre hay una nueva aventura esperándonos al otro lado del océano. Y en cada página de Las Célticas, sentimos ese anhelo de lo desconocido, de la historia aún por contar, de la libertad que solo aquellos que no pertenecen a ningún sitio pueden conocer realmente. Corto Maltés no es solo un personaje: es un susurro en el viento, una sombra en el puerto al amanecer, un recuerdo de lo que significa ser verdaderamente libre.

Sergio Calle Llorens


martes, 4 de marzo de 2025

¡EL ÚLTIMO ADIÓS|

 



Hay novelas negras, y luego está El largo adiós. No es solo un misterio; es un whisky ahumado servido en vaso helado, con el toque exacto de nostalgia para hacerte olvidar que lo estás bebiendo demasiado rápido. Raymond Chandler, el poeta de los detectives, nos regala en esta obra maestra algo más que una intriga: nos ofrece un viaje al corazón desencantado de Los Ángeles, donde las sombras son largas y los finales nunca son felices… solo inevitables.

Philip Marlowe sigue siendo el caballero errante de una ciudad sin alma, un tipo con más principios que suerte, demasiado listo para su propio bien y con una lengua afilada como una navaja bien aceitada. Pero esta vez, el misterio que se le planta delante no es un simple caso de asesinato o chantaje. No. Es una historia sobre la amistad, la traición y el precio que pagamos por aferrarnos a nuestra integridad en un mundo donde todo se vende.

Los Ángeles de Chandler no es solo un escenario; es un personaje en sí mismo, lleno de piscinas iluminadas por la luna, clubes donde el dinero huele a perfume barato y mansiones donde la decadencia se disfraza de glamour. Su prosa, afilada como un disparo en la noche, convierte cada diálogo en un duelo y cada descripción en una pincelada de cine en blanco y negro.

Leer El largo adiós es como aceptar una copa de un desconocido carismático: puede que te arrepientas, puede que te duela, pero sabes que será una experiencia inolvidable. Porque aquí, la verdad importa menos que la manera en que se cuenta, y Chandler la cuenta con un estilo que nunca deja de sorprender.

En el centro de la historia está, por supuesto, Philip Marlowe, el último caballero andante de Los Ángeles, un hombre que se empeña en jugar limpio en una ciudad donde la ética es solo un chiste que se cuenta en voz baja en los bares. Marlowe es más que un detective: es un hombre solitario, desengañado, pero con un código moral inquebrantable. No es un héroe ni pretende serlo, pero tampoco es un cínico sin remedio. En su mundo, los hombres honestos no viven demasiado, pero alguien tiene que hacer lo correcto, aunque nadie se lo agradezca.

Esta vez, su misión no consiste solo en resolver un crimen o seguir a un sospechoso. Lo que tiene entre manos es algo más enredado, más turbio, más humano. Un amigo en problemas, una historia que no encaja, y un laberinto de mentiras que lo arrastrará por la alta sociedad y los bajos fondos de Los Ángeles. En este caso, la verdad no es un premio al final del camino, sino un callejón sin salida.

Si Marlowe es el alma de la historia, Los Ángeles es su cuerpo. Chandler convierte la ciudad en un personaje más: un monstruo de luces de neón y sombras alargadas, de mansiones donde la riqueza oculta la podredumbre y de bares donde los secretos se sirven con hielo. Aquí, la corrupción no se esconde; se lleva con orgullo.

Chandler describe este mundo con una prosa afilada y mordaz, llena de frases que son como disparos certeros. Sus diálogos son duelos de ingenio, y sus descripciones, pinceladas de un cuadro expresionista donde el lujo y la miseria se entremezclan sin remedio. Nadie ha escrito sobre Los Ángeles como Chandler, porque nadie la ha entendido como él.

Sí, El largo adiós es una novela de detectives, pero también es mucho más. Es una historia sobre la amistad y la traición, sobre cómo el pasado siempre vuelve para ajustar cuentas, sobre la imposibilidad de mantener la inocencia en un mundo donde todo se compra y se vende. Es la despedida de un autor que sabe que la edad dorada del cine negro está llegando a su fin, que los tiempos están cambiando y que los héroes solitarios como Marlowe están condenados a desaparecer.

Este no es solo un libro que se lee; es un libro que se vive. Te arrastra, te envuelve, te golpea con su cinismo y te deja con un regusto amargo y una certeza incómoda: en el fondo, la justicia es solo un espejismo.

Para cuando llegues a la última página, habrás sentido que te han contado un secreto que nadie más conoce. Y, como Marlowe, te quedarás un momento en la barra de ese bar imaginario, con el vaso medio lleno, preguntándote si la vida no es, después de todo, un largo adiós.

No es solo una novela negra. Es la gran novela negra. Hay libros que se leen y se olvidan con la misma facilidad con la que se apaga un cigarrillo en un vaso de whisky. Otras, como El largo adiós, se quedan contigo, pegadas a la piel como el humo rancio de un club nocturno. No es solo una obra maestra del género negro, es una despedida melancólica a un mundo que se desvanece, un poema cínico sobre la amistad, la lealtad y el desencanto.

Raymond Chandler no escribió simplemente novelas de detectives. Sus libros no tratan de resolver un crimen, sino de sumergirse en el alma de una sociedad corrupta y de unos personajes atrapados en su propia decadencia. Y aquí, en El largo adiós, alcanza la cima de su arte, entregándonos la que quizá sea su obra más personal y filosófica.

¡ Si solo pudieras leer un libro del género, que sea este|

Sergio Calle Llorens


domingo, 2 de marzo de 2025

¡A LOS AMIGOS DE LA MEDIA LUNA!

 



Creyó en un mundo sin fronteras,
donde la fe y la razón fueran sinceras.
Soñó con abrazos y unión,
ignorando el filo de la imposición.

Predicó la paz con gran fervor,
negando la historia con su error.
Borró las sombras del pasado,
y así forjó su destino errado.

Brindó con miel, soñó en colores,
mientras ardían libros y flores.
Nunca vio la mano impaciente,
que dictaba su fin inminente.

Si crees en pactos y concordia,
que no te ciegue la memoria.
Las palabras no valen sin hechos,
y a veces los sueños son despechos.

Sergio Calle Llorens