Nació en
Maine, como si el destino le hubiera señalado con el dedo de una criatura
espectral. Stephen King es el escritor que creció con el rumor de los
cómics EC, con las páginas gastadas de Amazing Stories, con los
relatos de Ray Bradbury y la oscura alquimia de H.P. Lovecraft. Antes
de que el mundo lo conociera, ya habitaba en un universo de neones en ruinas y
bosques donde el viento parecía respirar. Él no inventó el terror moderno: lo
escuchó primero en el silbido de las vías del tren, en la casa que susurraba en
la noche, en las historias de carretera que los adultos contaban a media voz.
Si su
infancia fue una fábrica de pesadillas, su juventud fue un catálogo de
supervivencia. Vendió cuentos a revistas pulp, escribió con
desesperación en habitaciones pequeñas, y a punto estuvo de renunciar. Luego
vino Carrie, y con ella, el relámpago. Pero no se quedó en la
historia de la adolescente vengativa; en su mente ya germinaban horrores más
profundos, males que acechaban en el aire mismo de América.
En Salem’s
Lot, King tomó la novela gótica y la empapó de polvo y farolas
parpadeantes. Los
vampiros ya no eran príncipes decadentes, sino sombras al acecho en los pueblos
pequeños, en las casas donde se cierra la puerta demasiado rápido. Luego, en El
resplandor, transformó la locura en un eco interminable en los pasillos de
un hotel, donde el pasado y el presente se fundían en una pesadilla de whisky,
sangre y fantasmas sin descanso.
Pero fue en
IT donde su imaginación alcanzó su cima más aterradora: la criatura
que se disfraza de payaso, que se alimenta del miedo de los niños, es el mismo
monstruo de las alcantarillas de su país, de la hipocresía y la podredumbre que
habita bajo la superficie de Derry, de cualquier ciudad. Y cuando la muerte
tocó su propia puerta, cuando la carretera le arrebató lo más querido, King
encontró en Cementerio de Animales su forma de preguntarle al mundo si
la muerte es realmente el final, si a veces el regreso puede ser peor que
la ausencia.
Su obra es
un pasillo largo, donde cada puerta es una historia. The Dead Zone
es la pregunta que todos tememos: ¿y si pudiéramos ver el futuro, y si nos
mirara de vuelta? Misery es la pesadilla del escritor, la sombra
de un lector demasiado devoto. La Torre Oscura es su mapa
secreto, la interconexión de todas las historias, el latido mismo del universo
King.
Pero lo que
hace que sus monstruos sean inmortales no es solo su forma: es la voz de King,
esa voz de narrador nocturno, la que nos convence de que todo esto podría estar
pasando realmente, a la vuelta de la esquina, en la casa al final de la calle.
Porque en
el fondo, Stephen King no escribe sobre el miedo. Escribe sobre lo que nos hace
humanos. Sobre la
infancia que dejamos atrás pero que nunca nos deja del todo. Sobre la culpa, la
pérdida, la redención. Sus personajes son personas normales, atrapadas en
circunstancias aterradoras, como si el destino les hubiera dado un billete de
ida sin avisarles del destino final.
Y cuando
susurra el final de cada historia, cuando la última página se cierra con un
golpe seco, solo queda el eco de su advertencia: A veces, los muertos son
mejores. A veces, lo que creemos haber vencido solo duerme. Y a veces, lo que
más tememos no está en la oscuridad… sino en nosotros mismos.
Sergio Calle
Llorens
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