miércoles, 4 de febrero de 2026

¡LA BALADA DEL MOD!

 



En días de nostalgia, uno puede sentir la ciudad de otra manera, como si las calles tuvieran memoria propia y recordaran los pasos de quienes alguna vez las cruzaron con cuidado, con ritmo, con estilo. La esquina del Banco Zaragozano todavía existe en mi mente como un pequeño altar urbano, un punto de reunión donde la juventud se alineaba con precisión casi obsesiva, donde los mods se reconocían con un gesto, un asentimiento, una sonrisa apenas perceptible. Lambrettas dormían a su lado, motos que eran tan parte del ritual como la parca que abrazaba el cuerpo y el peinado que se mantenía intacto frente al viento. Todo era gesto y declaración: un código secreto de elegancia y música que dictaba la manera de caminar, de mirar, de existir. La música flotaba invisible, The Who, Madness, los primeros Beatles, Small Faces: no era fondo, era la sangre de todo eso que sucedía.

Recuerdo la sensación de comenzar la noche, de preparar cada detalle, de que el mundo girara a tu alrededor mientras tú te detenías un instante para que todo estuviera en su sitio: chaqueta cerrada, zapatos que reflejaban la luz de la ciudad, peinado que desafía el tiempo, manos que ajustan cada hebilla, cada correa, cada gesto mínimo. Era un ritual, una coreografía de identidad que nadie más podía interpretar, una liturgia urbana donde la música y la estética dictaban el ritmo de la vida. Nada era casual: los gestos, la ropa, el movimiento de los amigos que ya estaban allí, alineados en el frío o en el sol, esperando que la noche se abriera como un telón invisible que solo ellos sabían cómo descorrer.

Ahora miro atrás y me sorprende que todo eso existiera en realidad, que esos cuerpos jóvenes, esas risas, esas parkas perfectamente medidas, esas horas antes de que la ciudad respirara la noche, fueran tan precisos, tan llenos de energía, tan irrepetibles. Uno se da cuenta de que la vida pasó sin avisar, que la ciudad siguió su curso, y que lo que queda es un hilo de memoria que arde con la misma intensidad que aquel primer acorde de guitarra, que aquel golpe de batería, que aquel bajo que vibraba en el pecho y hacía que cada paso estuviera sincronizado con la música. La nostalgia no es tristeza: es reconocimiento de que algo fue perfecto, aunque breve, aunque fugaz, y que nada volverá a ser igual.

Ser mod era un acto de rebeldía elegante, de poesía silenciosa, de ritmo contenido que explotaba en cada encuentro, en cada conversación, en cada mirada. No importaba la hora, no importaba el lugar: la ciudad era un escenario, y cada gesto, un solo de jazz, un riff, un golpe de batería, una línea de bajo que hacía que todo encajara. Los mods caminaban con la certeza de que su mundo era otro mundo, invisible para los demás, pero tan real que podía tocarse en la textura de la parca, en el brillo del calzado, en el viento que rozaba el rostro antes de arrancar en la Lambretta rumbo a la noche que los esperaba.

Y ahora, décadas después, cuando el tiempo ha hecho su trabajo y las canas se mezclan con los recuerdos, uno sonríe con melancolía. Porque la memoria guarda los detalles que nunca desaparecerán: el murmullo de los amigos, la tensión de prepararse, la vibración de la ciudad, la música que nunca se apaga, y la elegancia que sigue latiendo como un latido secreto en cada rincón de Málaga. Y es imposible no sentir que aquellos días perfectos, aunque ya no sean carne viva, siguen respirando en el aire, en la memoria de quienes lo vivieron, en la forma en que la ciudad aún recuerda sus pasos.

Al final, uno comprende que la tribu mod no muere. La estética, el gesto, el peinado, la música, la elegancia, todo eso sigue vivo, y quien lo recuerda puede volver a caminar por aquellas calles, puede sentir el viento, el pulso de la batería, el golpe del bajo, la precisión de un gesto, la perfecta coreografía de la juventud que supo convertir la noche en un acto de belleza y pertenencia. Y en ese instante, la vida que se ha pasado se olvida, y uno se encuentra otra vez joven, elegante, listo para arrancar, con la ciudad ante sí y la música corriendo por las venas, y todo, absolutamente todo, parece posible otra vez.

Sergio Calle Llorens


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