Tengo
recuerdos que no se me van nunca del monumento catedralicio que tengo por
cabeza. No envejecen, no se desgastan, no se diluyen como las fotografías
antiguas. Permanecen suspendidos en algún lugar secreto de la memoria,
intactos, como si el tiempo hubiese decidido respetarlos.
Uno de esos
recuerdos para mí tiene quince años.
Era una
tarde de primavera en La Malagueta. De esas tardes malagueñas en las que el aire trae una mezcla
imposible de sal, gasolina y promesas. El mar respiraba cerca, aunque no se
viera, y la luz del atardecer empezaba a ponerse dorada, casi líquida, como si
el día se estuviera derramando lentamente hacia la noche.
Yo caminaba
buscando a un amigo mod. Sabía que estaría en el Sophisticat, un
bar que para nosotros era algo más que un bar. Era un territorio. Un pequeño
santuario urbano donde se refugiaba una tribu que creía en la elegancia, en la
música y en una forma particular de vivir la juventud.
Antes de
entrar ya se oía la escena.
Las
Lambretta estaban aparcadas en la puerta como caballos metálicos alineados
antes de una batalla nocturna. Cromados brillando con los últimos reflejos del
sol, espejos redondos, pegatinas, algún casco colgado del manillar. Aquellas
motos eran más que un vehículo. Eran una declaración estética, una forma de
decirle al mundo quién eras.
Empujé la
puerta del bar. Y entonces empezó la magia.
Dentro
sonaba una canción que en aquel momento parecía hecha exactamente para ese
instante. Sunday Girl. El ritmo era ligero, casi juguetón, pero tenía
algo melancólico que solo se entiende cuando uno ha vivido ciertos años. La voz
de Debbie Harry flotaba por el local como un perfume elegante.
Aquella
música era la banda sonora de nuestras vidas.
Los años
ochenta tenían algo irrepetible. No lo sabíamos entonces, claro. Uno nunca sabe
que está viviendo su época dorada mientras la vive. Pero todo parecía vibrar
con una energía especial. La música new wave, el soul blanco que los mods
rescataban de viejos vinilos, el pop eléctrico que llegaba de Inglaterra y
de Nueva York. Todo se mezclaba en aquellos bares donde los tocadiscos
parecían sacerdotes de un ritual nocturno.
Y entonces
la vi.
Una chica
rubia bailaba cerca de la barra.
Vestía con
esa elegancia despreocupada que solo poseen ciertas chicas jóvenes. Faldita
corta, medias oscuras, movimientos ligeros. No bailaba para nadie. Bailaba
para la música. Y durante unos segundos me pareció que Debbie Harry se había
escapado del disco y estaba allí, en aquel bar de Málaga, moviéndose al
ritmo de su propia canción.
En la
adolescencia uno confunde fácilmente la belleza con el destino.
Quizá por
eso aquel momento quedó grabado para siempre.
Los mods
hablaban, reían, bebían cerveza, discutían sobre discos y scooters. Había una
especie de sofisticación juvenil en el ambiente, una mezcla de estética
británica y espíritu mediterráneo. Camisas bien planchadas, parkas,
mocasines, chaquetas ajustadas. Para nosotros aquello era casi una forma de
aristocracia callejera.
La noche
todavía no había empezado del todo.
Estaba
naciendo.
Ese momento
exacto entre la tarde y la oscuridad en el que todo parece posible. Cuando aún
no sabes dónde terminarás, pero sabes que algo va a ocurrir.
Después
vendría el ritual inevitable.
Las motos
arrancando una a una. El olor a gasolina mezclado con el aire marino. Las
conversaciones gritadas entre motores. Las risas. La ciudad abriéndose como un
mapa de aventuras. Cabalgábamos nuestras pequeñas máquinas por Málaga como
exploradores nocturnos.
Íbamos
buscando lo que buscan todos los jóvenes del mundo desde el principio de los
tiempos: música, amigos, alcohol barato, historias que contar y, si la suerte
acompañaba, una chica a la que robarle el corazón durante una noche que parecía
infinita.
Nada parecía
urgente entonces.
El futuro
estaba muy lejos y la vida parecía un disco recién estrenado.
A veces
pienso que cada generación tiene su música secreta, esa que queda asociada para
siempre a sus años de descubrimiento. No importa cuántas décadas pasen. Basta
escuchar los primeros acordes para que el tiempo se abra como una puerta.
Y uno vuelve
allí.
A una tarde
de primavera.
A un bar
llamado Sophisticat que ya no existe.
A unas
Lambretta brillando en la acera.
A una chica
rubia bailando. A sus amigos bebiendo cerveza fría. A mi colega Fernando Díaz Mondragón
que es como un hermano.
Y a una
canción que, durante unos minutos, hizo creer a un muchacho de quince años que
la juventud era eterna.
Sergio Calle Llorens
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