martes, 24 de marzo de 2026

¡LA TARDE EN QUE LA MÚSICA PARECÍA ETERNA!


 

Tengo recuerdos que no se me van nunca del monumento catedralicio que tengo por cabeza. No envejecen, no se desgastan, no se diluyen como las fotografías antiguas. Permanecen suspendidos en algún lugar secreto de la memoria, intactos, como si el tiempo hubiese decidido respetarlos.

Uno de esos recuerdos para mí tiene quince años.

Era una tarde de primavera en La Malagueta. De esas tardes malagueñas en las que el aire trae una mezcla imposible de sal, gasolina y promesas. El mar respiraba cerca, aunque no se viera, y la luz del atardecer empezaba a ponerse dorada, casi líquida, como si el día se estuviera derramando lentamente hacia la noche.

Yo caminaba buscando a un amigo mod. Sabía que estaría en el Sophisticat, un bar que para nosotros era algo más que un bar. Era un territorio. Un pequeño santuario urbano donde se refugiaba una tribu que creía en la elegancia, en la música y en una forma particular de vivir la juventud.

Antes de entrar ya se oía la escena.

Las Lambretta estaban aparcadas en la puerta como caballos metálicos alineados antes de una batalla nocturna. Cromados brillando con los últimos reflejos del sol, espejos redondos, pegatinas, algún casco colgado del manillar. Aquellas motos eran más que un vehículo. Eran una declaración estética, una forma de decirle al mundo quién eras.

Empujé la puerta del bar. Y entonces empezó la magia.

Dentro sonaba una canción que en aquel momento parecía hecha exactamente para ese instante. Sunday Girl. El ritmo era ligero, casi juguetón, pero tenía algo melancólico que solo se entiende cuando uno ha vivido ciertos años. La voz de Debbie Harry flotaba por el local como un perfume elegante.

Aquella música era la banda sonora de nuestras vidas.

Los años ochenta tenían algo irrepetible. No lo sabíamos entonces, claro. Uno nunca sabe que está viviendo su época dorada mientras la vive. Pero todo parecía vibrar con una energía especial. La música new wave, el soul blanco que los mods rescataban de viejos vinilos, el pop eléctrico que llegaba de Inglaterra y de Nueva York. Todo se mezclaba en aquellos bares donde los tocadiscos parecían sacerdotes de un ritual nocturno.

Y entonces la vi.

Una chica rubia bailaba cerca de la barra.

Vestía con esa elegancia despreocupada que solo poseen ciertas chicas jóvenes. Faldita corta, medias oscuras, movimientos ligeros. No bailaba para nadie. Bailaba para la música. Y durante unos segundos me pareció que Debbie Harry se había escapado del disco y estaba allí, en aquel bar de Málaga, moviéndose al ritmo de su propia canción.

En la adolescencia uno confunde fácilmente la belleza con el destino.

Quizá por eso aquel momento quedó grabado para siempre.

Los mods hablaban, reían, bebían cerveza, discutían sobre discos y scooters. Había una especie de sofisticación juvenil en el ambiente, una mezcla de estética británica y espíritu mediterráneo. Camisas bien planchadas, parkas, mocasines, chaquetas ajustadas. Para nosotros aquello era casi una forma de aristocracia callejera.

La noche todavía no había empezado del todo.

Estaba naciendo.

Ese momento exacto entre la tarde y la oscuridad en el que todo parece posible. Cuando aún no sabes dónde terminarás, pero sabes que algo va a ocurrir.

Después vendría el ritual inevitable.

Las motos arrancando una a una. El olor a gasolina mezclado con el aire marino. Las conversaciones gritadas entre motores. Las risas. La ciudad abriéndose como un mapa de aventuras. Cabalgábamos nuestras pequeñas máquinas por Málaga como exploradores nocturnos.

Íbamos buscando lo que buscan todos los jóvenes del mundo desde el principio de los tiempos: música, amigos, alcohol barato, historias que contar y, si la suerte acompañaba, una chica a la que robarle el corazón durante una noche que parecía infinita.

Nada parecía urgente entonces.

El futuro estaba muy lejos y la vida parecía un disco recién estrenado.

A veces pienso que cada generación tiene su música secreta, esa que queda asociada para siempre a sus años de descubrimiento. No importa cuántas décadas pasen. Basta escuchar los primeros acordes para que el tiempo se abra como una puerta.

Y uno vuelve allí.

A una tarde de primavera.

A un bar llamado Sophisticat que ya no existe.

A unas Lambretta brillando en la acera.

A una chica rubia bailando. A sus amigos bebiendo cerveza fría. A mi colega Fernando Díaz Mondragón que es como un hermano.

Y a una canción que, durante unos minutos, hizo creer a un muchacho de quince años que la juventud era eterna.

Sergio Calle Llorens

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