viernes, 16 de enero de 2026

¡LA NIKKA COSTA MALAGUEÑA!

 



La llamaban la Nikka Costa malagueña y, en los mágicos años ochenta, no había jovencito que no estuviera enamorado de ella. Yo incluido. Tanto me gustaba aquella belleza rubia que hasta su apodo me molestaba, porque no le hacía justicia en absoluto. La artista cantaba como los dioses. La malagueña era una diosa. No diré que cantara como los ángeles, pero parecía uno de ellos. Y si alguna vez llegas a leer esto, Inma, sabrás que no exagero ni una sílaba.

 Ya ves, recuerdo tu nombre y que estudiabas en el Instituto de Santa Rosa de Lima. Ambos cursábamos el bachillerato y nos cruzábamos también en los baretos de la movida malagueña, en el Pedregalejo marinero de entonces, cuando Málaga aún olía a salitre y a promesas. Tenías unos ojos azules tan hondos que en sus retinas brillaron alguna vez mi tupé en erección y mi camisa de piel de picha de mosquito, gracias, Pinocho. A veces te recogías el pelo con una cinta al estilo Pocahontas y yo te miraba en silencio, como un figurante enamorado en una película de John Hughes, convencido de que la vida empezaba siempre al doblar la esquina. También adivinaba tus curvas cuando pasabas cerca del instituto, y aún recuerdo cómo te apoyabas en la pared, con una pierna doblada en el quicio de la puerta de tu casa. Tal vez esperabas a alguien. No era yo, pero durante años quise creer que podría haberlo sido.

Tú, por supuesto, no te acordarás de mí. Mi cara será un recuerdo deslavazado, almacenado en algún trastero de tu memoria. Yo, en cambio, me acuerdo de cada gesto, de tu ropa, de tus silencios y hasta de las canciones que sonaban cuando pensaba en ti. Si alguna vez una melodía te devuelve una imagen borrosa de un chico mirándote demasiado, quizá sea este recuerdo llamando a la puerta.

Mis amigos siempre me decían: “métele caña”. El problema era que cada vez que lo intentaba el anzuelo se me clavaba a mí mismo y acababa haciendo el ridículo. Aun así, logré arrancarte alguna sonrisa, y eso, aunque no lo sepas, me sostuvo durante años. Solo Dios y mis colegas saben que tu sola presencia me hacía temblar las rodillas. Moragas, fiestas, paseos, bares, salidas de clase y hasta de tono, pero ni siquiera la luna hedonista de la Malagueta quiso iluminar nuestro destino. El mío lo conozco al dedillo. El tuyo se volvió un enigma envuelto en misterio el día que desapareciste de mi vida sin despedirte, cuando me matriculé en la universidad y dejé de verte. Fue como si te hubiera tragado la tierra.

Ni siquiera cuando regresé de anclar mi nave en otros puertos del mundo ni un alma supo decirme qué fue de ti. Nadie recordaba tu apellido. Ni siquiera tus compañeros de clase. Hubo quien aseguró haberte visto aquí o allá, pero aquellos avistamientos eran tan difusos como las apariciones marianas. Si sigues ahí fuera, Inma, has de saber que durante años fuiste un rumor persistente en mi memoria.

Muchas veces me he preguntado si fuiste feliz. Y, más inquietante aún, si sigues en el mundo de los vivos. Quiero creer que sí. Aunque ya vamos teniendo una edad y el tiempo, como todo lo demás, tampoco pide permiso.

Esta noche, pese a las muchas lunas transcurridas, tu reflejo vuelve a proyectarse como una sombra en la oscuridad. Quizá apareces porque encajas perfectamente en un tiempo en el que yo era parte de algo. De unos años. De una juventud que no pedía perdón por existir. De una banda sonora. De una nostalgia anterior incluso al final. Por cierto, todavía resuenan en galaxias lejanas las carcajadas de mis amigos cuando les juraba que un día, y no muy lejano, te sacaría a bailar lento. Nunca ocurrió. E Inmaculada, musa involuntaria de mi juventud, se desvaneció como un fantasma en una casa encantada.

Lo más triste es que después de aquellos años nunca volví a encajar del todo en ningún sitio. Soy orgullosamente malagueño, pero no pertenezco a este lugar. Soy peligrosamente maduro, aunque en mi interior siga bailando el alma de un niño. He trabajado en empresas públicas y privadas, pero no recuerdo ni un solo nombre ligado a ellas. En cambio, yo era un anillo al dedo para aquella década dorada. Todo encajaba. Todo tenía sentido. Había menos ausencias alrededor de la mesa y el corazón latía sin miedo.

Aquellos sábados, cuando me arreglaba con la esperanza del baile que nunca tuvimos, sentía que estaba a punto de cruzar el paraíso. Nuestras manos jamás se encontraron y nuestros labios nunca se fundieron en un beso lento, húmedo y torpe. Y ahora, en esta noche de invierno en la que las nieves arrastran certezas por los arroyos que mueren en el mar, sé que nunca volveré a verte. El destino, los dados o la diosa Fortuna, que como todo el mundo sabe es una furcia de cuidado, no estaban de mi parte. Tal vez, solo tal vez, eso haya sido tu salvación.

Si alguna vez lees esto y te reconoces, no hace falta que respondas. Ya lo hiciste sin saberlo, hace muchos años, siendo exactamente quien eras.

¡Dios lo haya querido!
¡Hasta siempre, Inma!

Sergio Calle Llorens


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