La llamaban
la Nikka Costa malagueña y, en los mágicos años ochenta, no había
jovencito que no estuviera enamorado de ella. Yo incluido. Tanto me gustaba
aquella belleza rubia que hasta su apodo me molestaba, porque no le hacía
justicia en absoluto. La artista cantaba como los dioses. La malagueña era una
diosa. No diré que cantara como los ángeles, pero parecía uno de ellos. Y si
alguna vez llegas a leer esto, Inma, sabrás que no exagero ni una sílaba.
Ya ves, recuerdo tu nombre y que estudiabas en el Instituto de Santa Rosa de Lima. Ambos
cursábamos el bachillerato y nos cruzábamos también en los baretos de la movida
malagueña, en el Pedregalejo marinero de entonces, cuando Málaga aún olía a
salitre y a promesas. Tenías unos ojos azules tan hondos que en sus retinas
brillaron alguna vez mi tupé en erección y mi camisa de piel de picha de
mosquito, gracias, Pinocho. A veces te recogías el pelo con una cinta al estilo
Pocahontas y yo te miraba en silencio, como un figurante enamorado en una
película de John Hughes, convencido de que la vida empezaba siempre al doblar
la esquina. También adivinaba tus curvas cuando pasabas cerca del instituto, y
aún recuerdo cómo te apoyabas en la pared, con una pierna doblada en el quicio
de la puerta de tu casa. Tal vez esperabas a alguien. No era yo, pero durante
años quise creer que podría haberlo sido.
Tú, por
supuesto, no te acordarás de mí. Mi cara será un recuerdo deslavazado,
almacenado en algún trastero de tu memoria. Yo, en cambio, me acuerdo de cada
gesto, de tu ropa, de tus silencios y hasta de las canciones que sonaban cuando
pensaba en ti. Si alguna vez una melodía te devuelve una imagen borrosa de un
chico mirándote demasiado, quizá sea este recuerdo llamando a la puerta.
Mis amigos
siempre me decían: “métele caña”. El problema era que cada vez que lo
intentaba el anzuelo se me clavaba a mí mismo y acababa haciendo el ridículo.
Aun así, logré arrancarte alguna sonrisa, y eso, aunque no lo sepas, me sostuvo
durante años. Solo Dios y mis colegas saben que tu sola presencia me hacía
temblar las rodillas. Moragas, fiestas, paseos, bares, salidas de clase y hasta
de tono, pero ni siquiera la luna hedonista de la Malagueta quiso
iluminar nuestro destino. El mío lo conozco al dedillo. El tuyo se volvió un
enigma envuelto en misterio el día que desapareciste de mi vida sin despedirte,
cuando me matriculé en la universidad y dejé de verte. Fue como si te hubiera
tragado la tierra.
Ni siquiera
cuando regresé de anclar mi nave en otros puertos del mundo ni un alma supo decirme
qué fue de ti. Nadie recordaba tu apellido. Ni siquiera tus compañeros
de clase. Hubo quien aseguró haberte visto aquí o allá, pero aquellos
avistamientos eran tan difusos como las apariciones marianas. Si sigues ahí
fuera, Inma, has de saber que durante años fuiste un rumor persistente en mi
memoria.
Muchas veces
me he preguntado si fuiste feliz. Y, más inquietante aún, si sigues en el mundo
de los vivos. Quiero creer que sí. Aunque ya vamos teniendo una edad y el
tiempo, como todo lo demás, tampoco pide permiso.
Esta noche,
pese a las muchas lunas transcurridas, tu reflejo vuelve a proyectarse como una
sombra en la oscuridad. Quizá apareces porque encajas perfectamente en un
tiempo en el que yo era parte de algo. De unos años. De una juventud que no
pedía perdón por existir. De una banda sonora. De una nostalgia anterior
incluso al final. Por cierto, todavía resuenan en galaxias lejanas las carcajadas de mis
amigos cuando les juraba que un día, y no muy lejano, te sacaría a bailar lento.
Nunca ocurrió. E Inmaculada, musa involuntaria de mi juventud, se desvaneció
como un fantasma en una casa encantada.
Lo más
triste es que después de aquellos años nunca volví a encajar del todo en ningún
sitio. Soy orgullosamente malagueño, pero no pertenezco a este lugar. Soy
peligrosamente maduro, aunque en mi interior siga bailando el alma de un niño.
He trabajado en empresas públicas y privadas, pero no recuerdo ni un solo
nombre ligado a ellas. En cambio, yo era un anillo al dedo para aquella década
dorada. Todo encajaba. Todo tenía sentido. Había menos ausencias alrededor de
la mesa y el corazón latía sin miedo.
Aquellos
sábados, cuando me arreglaba con la esperanza del baile que nunca tuvimos,
sentía que estaba a punto de cruzar el paraíso. Nuestras manos jamás se
encontraron y nuestros labios nunca se fundieron en un beso lento, húmedo y
torpe. Y ahora, en esta noche de invierno en la que las nieves arrastran
certezas por los arroyos que mueren en el mar, sé que nunca volveré a verte. El
destino, los dados o la diosa Fortuna, que como todo el mundo sabe es una
furcia de cuidado, no estaban de mi parte. Tal vez, solo tal vez, eso haya
sido tu salvación.
Si alguna
vez lees esto y te reconoces, no hace falta que respondas. Ya lo hiciste sin
saberlo, hace muchos años, siendo exactamente quien eras.
¡Dios lo
haya querido!
¡Hasta siempre, Inma!
Sergio Calle
Llorens
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