jueves, 26 de marzo de 2026

¡THE HOUSEMARTINS!


 The Housemartins son frecuentemente descritos como una versión más pop, luminosa y accesible de The Smiths, pero esa comparación, aunque tentadora, se queda corta. Porque si algo tenían los primeros era una capacidad casi milagrosa para disfrazar de ligereza lo que, en otras manos, habría sonado denso.

En la Málaga de los años 80 —cuando la movida no necesitaba etiquetas importadas para existir—, la música era una forma de estar en el mundo. Y en la capital de la Costa del Sol, lejos del foco de Madrid, también latía una escena propia, más cruda, más libre, menos pendiente de la foto y más del momento.

Allí, en Pedregalejo, barrio marinero donde el tiempo parecía diluirse entre el salitre y las madrugadas largas, había garitos que no saldrían nunca en una guía… pero que definieron una época. Uno de ellos, regentado por Mano —personaje de esos que sostienen una noche entera sin proponérselo—, era punto de encuentro, refugio y escenario.

Y en algún momento, entre chupitos, risas y conversaciones que se perdían en el aire, sonaba Happy Hour. Y todo cobraba sentido.

Porque mientras The Smiths construían su universo desde la melancolía elegante, con Morrissey escupiendo verdades incómodas envueltas en poesía y Johnny Marr tejiendo guitarras inolvidables, los The Housemartins optaban por otro camino: el de la ironía con ritmo, el de la sonrisa que no es ingenua.

Sus canciones entraban fáciles, casi demasiado. Pero debajo había intención, observación, mala leche bien administrada. No necesitaban oscurecer el tono para decir cosas. Les bastaba con afinar bien la melodía.

Y luego estaba ese detalle que el tiempo convirtió en mito: el bajo de Norman Cook, que años más tarde se transformaría en Fatboy Slim. Pero en aquellos días era solo parte de una banda que sonaba a algo distinto, algo fresco, algo que encajaba perfectamente en noches como aquellas.

Escuchar a los Housemartins en la costa malagueña tenía algo casi cinematográfico: música del norte industrial inglés sonando frente al mar, entre amigos, alcohol y esa sensación —cada vez más difícil de recuperar— de que todo estaba ocurriendo exactamente donde debía.

Con el paso del tiempo, Paul Heaton prolongaría esa sensibilidad en The Beautiful South, quizá con un enfoque más pulido, más adulto. Pero la chispa original, esa mezcla de frescura, ironía y verdad sin solemnidad, pertenece a aquellos años.

Compararlos con The Smiths es casi inevitable. Pero mientras unos invitaban a mirar hacia dentro, los otros te empujaban a vivir hacia fuera.

Y en noches como aquellas, en Pedregalejo, con Happy Hour sonando de fondo, no había duda de qué lado estaba la vida.

Sergio Calle Llorens

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