The Housemartins son frecuentemente
descritos como una versión más pop, luminosa y accesible de The Smiths,
pero esa comparación, aunque tentadora, se queda corta. Porque si algo tenían
los primeros era una capacidad casi milagrosa para disfrazar de ligereza lo
que, en otras manos, habría sonado denso.
En la
Málaga de los años 80
—cuando la movida no necesitaba etiquetas importadas para existir—, la música
era una forma de estar en el mundo. Y en la capital de la Costa del Sol,
lejos del foco de Madrid, también latía una escena propia, más cruda,
más libre, menos pendiente de la foto y más del momento.
Allí, en Pedregalejo,
barrio marinero donde el tiempo parecía diluirse entre el salitre y las
madrugadas largas, había garitos que no saldrían nunca en una guía… pero que
definieron una época. Uno de ellos, regentado por Mano —personaje de esos que
sostienen una noche entera sin proponérselo—, era punto de encuentro, refugio y
escenario.
Y en algún
momento, entre chupitos, risas y conversaciones que se perdían en el aire,
sonaba Happy Hour. Y todo cobraba sentido.
Porque
mientras The Smiths construían su universo desde la melancolía elegante,
con Morrissey escupiendo verdades incómodas envueltas en poesía y Johnny
Marr tejiendo guitarras inolvidables, los The Housemartins optaban
por otro camino: el de la ironía con ritmo, el de la sonrisa que no es ingenua.
Sus
canciones entraban fáciles, casi demasiado. Pero debajo había intención,
observación, mala leche bien administrada. No necesitaban oscurecer el tono
para decir cosas. Les bastaba con afinar bien la melodía.
Y luego
estaba ese detalle que el tiempo convirtió en mito: el bajo de Norman Cook,
que años más tarde se transformaría en Fatboy Slim. Pero en aquellos
días era solo parte de una banda que sonaba a algo distinto, algo fresco, algo
que encajaba perfectamente en noches como aquellas.
Escuchar
a los Housemartins en la costa malagueña tenía algo casi cinematográfico:
música del norte industrial inglés sonando frente al mar, entre amigos, alcohol
y esa sensación
—cada vez más difícil de recuperar— de que todo estaba ocurriendo exactamente
donde debía.
Con el paso
del tiempo, Paul Heaton prolongaría esa sensibilidad en The Beautiful
South, quizá con un enfoque más pulido, más adulto. Pero la chispa
original, esa mezcla de frescura, ironía y verdad sin solemnidad, pertenece a
aquellos años.
Compararlos
con The Smiths es casi inevitable. Pero mientras unos invitaban a mirar
hacia dentro, los otros te empujaban a vivir hacia fuera.
Y en noches
como aquellas, en Pedregalejo, con Happy Hour sonando de fondo,
no había duda de qué lado estaba la vida.
Sergio Calle Llorens
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