miércoles, 8 de octubre de 2025

¡VIAJE AL CENTRO DEL POSTUREO!

 



Si Julio Verne levantara la cabeza, probablemente se habría inscrito en la Flotilla española rumbo a Gaza. “Veinte mil leguas de postura en el mar”, habría titulado su diario de a bordo. Porque lo que salió de España no era un barco cargado de ayuda humanitaria, sino un flotador de ego inflado con aire de Instagram y buenas intenciones mal calibradas.

La escena tenía todos los ingredientes de una comedia absurda: personas con más pasión que planificación, líderes locales intentando hacerse héroes en la foto del desembarco, y voluntarios que parecían haber confundido la brújula con un filtro de Snapchat. Ada Colau y compañía aparecían como extras de los Hermanos Marx: uno se pregunta si la escena final consistirá en un número musical con sombreros imposibles y diálogos ingeniosamente contradictorios.

Los vuelos de regreso, pagados —oh ironía— por contribuyentes, confirmaron la sensación de que estábamos ante un híbrido entre Viaje al centro de la Tierra y La vida de Brian: un viaje épico en teoría, tragicómico en la práctica. Lo más sorprendente es que, a pesar de la ausencia de camiones de ayuda, la flotilla generó titulares gloriosos, debates en redes y memes para todos los gustos. Todo un festival de postureo internacional.

Si uno se detiene a pensar, incluso el cine de los años dorados tenía menos exageración. Imaginen a Humphrey Bogart y Peter Lorre intentando organizar cajas de ayuda mientras John Cleese les susurra chistes sobre logística humanitaria: la mezcla es tan surrealista que casi se agradece la poesía involuntaria de la escena.

Literariamente hablando, podríamos escribir páginas y páginas sobre este viaje: crónicas de buenas intenciones naufragando entre selfies, discursos pomposos y anuncios en redes sociales. Pero la moraleja es sencilla: cuando la realidad se disfraza de epopeya, el resultado a veces es un vodevil de tres actos, con banda sonora de aplausos y hashtags que nunca llegarán a puerto.

Y mientras el mundo mira, algunos héroes de pacotilla descubren que la verdadera ayuda empieza por no confundir la cámara con un salvavidas. Porque, como dijo Groucho Marx, “Estos son mis principios; si no le gustan, tengo otros”.

Sergio Calle Llorens


miércoles, 1 de octubre de 2025

¡BESOS EN VÍA MUERTA!

 



"El problema de tener el corazón blando es que siempre acaba sangrando."
— Raymond Chandler

En la confluencia de las líneas uno y dos del Metro de Málaga, contemplo a una joven pareja apresurarse para subir al vagón en la estación de El Perchel. Ella es morena, alta, de labios carnosos y con unos ojos negros tan hondos como la noche. Sus piernas, largas como la cuesta de enero, completan el cuadro de Romero de Torres. Él, en cambio, es anodino: cabello castaño, rostro sin relieve, un chico corriente.

Al entrar, se colocan frente a frente. El muchacho la mira embelesado, acariciando su rostro con ternura, como si quisiera memorizar cada pliegue de su piel. Ella, en cambio, sostiene la mirada triste, apagada, ausente. No hace falta ser experto para entenderlo: cariño sí, amor ninguno. El lenguaje corporal lo delata sin piedad.

Él habla; ella calla, con los ojos perdidos, fijos solo cuando se cruza alguien más atractivo que su novio. Al pobre le quedan dos telediarios para que lo envíen al país de los corazones rotos, con billete de ida. Y yo, al observarlos, siento un golpe de tristeza. También estuve en su lugar. También fui, alguna vez, como esa muchacha.

Por un momento deseo levantarme y advertirle al chico que ni a las jóvenes ni a las maduras les gustan demasiado los muchachos buenos. Prefieren la incertidumbre, el filo de la herida. No hay que decirles que las quieres, ni dejar que sepan cuánto poder tienen sobre ti. Pero la voz metálica, en español e inglés, anuncia la llegada a Carranque y me arrastra a mis propios recuerdos. No mejores ni peores, simplemente pretéritos, cuando yo también creí que el primer amor duraba para siempre.

El desamor no es justo, pero tal vez sea necesario. Después de todo, un hombre no está terminado hasta que no lo acaba una mujer. Y ese joven está a punto de descubrirlo.

En la risa del enamorado escucho el eco de los años futuros: perfumes que lo perseguirán, canciones que lo arañarán, atardeceres que le recordarán lo perdido. Todo evocará a la muchacha que lo dejará atrás.

Él vuelve a besarla con ternura, ignorante del mundo que se le viene encima. Llegan a su estación y se alejan. Quise levantarme y darle un abrazo, pero ya era demasiado tarde. Para él… y para mí.

Porque los últimos besos que merecieron la pena se quedan siempre en la memoria, como esas escenas de cine que uno nunca olvida. “Siempre nos quedará París”, decía Bogart en Casablanca. Solo que, para el muchacho del metro, su París será cualquier rincón del recuerdo al que ella nunca regresará.

Sergio Calle Llorens

jueves, 25 de septiembre de 2025

¡ETERNOS BAÑOS DE SEPTIEMBRE!

 

Ahora que he perdido algo de tiempo —aunque, en realidad, no tengo tiempo que perder—, tomo los baños de septiembre como una declaración de intenciones: la manera en que los buenos mediterráneos aprovechamos la calidad de las aguas para inmunizarnos de cara al invierno. A veces me lanzo al mar muy de mañana; en otras ocasiones, al atardecer. Los colores van desde el turquesa al azul marino.

Retozando aquí, recuerdo que los griegos tenían un vocabulario sorprendentemente rico para nombrar la gama cromática del Mare Nostrum. Cuando el mar se mostraba embravecido y oscuro, lo llamaban porphýreos, “purpúreo”, como la sangre o el tinte regio. Si brillaba rojizo bajo cierta luz, era oinops, el “mar de vino” homérico. En sus profundidades sombrías recibía el nombre de kyáneos, raíz de nuestro “cian”. Cuando resplandecía bajo el sol, con destellos que oscilaban entre el verde, el gris y el azul, se volvía glaukós, el mismo adjetivo que acompañaba los ojos de Atenea. Y, al caer el día, en los matices violetas del crepúsculo, se transformaba en ioeidés, el mar “color de violeta”. Para Homero y sus poetas, el mar nunca fue simplemente azul: era vino, púrpura, glauco o violeta; un ser vivo y cambiante, con ánimo propio.

Después, como continuación natural de ese espectáculo, llegan los colores anaranjados que despuntan en el cielo. A veces me quedo perplejo ante el intenso rojo que tiñe el crepúsculo y siento un amor inmenso por estas tierras mágicas. En verdad, no podría vivir sin mar. Una reflexión tan cierta como que la tierra gira sobre sí misma.

Ante tanta hermosura, apenas me queda tomar mi cuaderno de notas para describir lo inenarrable: las olas rizadas, los últimos rayos de sol reflejados en la orilla, la torre vigía que adquiere un tono dorado y esas parejas que caminan de la mano, creando un vínculo invisible con estas playas.

Es entonces cuando a mi mente acuden los inmortales versos de Manuel Alcántara:

El mar no puede morir.
Se quedará navegando aunque no haya nadie aquí.
Que no, que el mar no se muere, que no se puede morir.
Seguirá que va y que viene, yendo y volviendo a venir cualquiera sabe hasta cuándo.
Hasta que encuentre por fin la playa que está buscando.
Él no puede morir.
Se quedará navegando cuando no haya nadie aquí.

Unos versos que resumen las obsesiones de los nacidos junto a este mar sabio, cuyos latidos serán siempre eternos. El mar lo es todo y yo soy la nada, pero al bañarme en sus aguas siento que llego a formar parte de algo perpetuo y universal.

¡Eternos baños de septiembre!

Sergio Calle Llorens

miércoles, 24 de septiembre de 2025

¡CANCIONES PROHIBIDAS!



Yo tengo una colección de vinilos muy particular. Entre clásicos de doo wop que harían suspirar a cualquier alma romántica y ediciones de rock and roll que huelen a polvo de carretera, guardo también unas cuantas joyitas que parecen haber salido de un sótano secreto de la historia de la música. Y no porque desafinen, sino porque alguien, con tijeras de censor y cara de amargado insoportable, decidió que no podían sonar.

Ahí está, por ejemplo, “Finish in my mouth” de Helen DeSack, un título que ya de entrada pide o bien un brindis o bien un vaso de agua urgente. O aquella perla texturizada llamada “Your Hairy Balls”, que, más que canción, parece un catálogo de lanas gruesas para invierno. Y, por supuesto, el mítico susurro inconcluso de “I Let Jimmy Rub My Sween P…”, donde la tijera del pudor corta justo cuando más queríamos escuchar.

Todas ellas, por supuesto, prohibidas. Como si la aguja del tocadiscos fuera demasiado delicada para soportar semejante sinceridad.

La censura musical siempre me ha parecido un híbrido entre comedia involuntaria y tragedia cultural. A Elvis lo querían filmar solo de cintura para arriba, no fuera a ser que la pelvis iniciara una revolución. A los Beatles los acusaron de esconder drogas en las estrellas del cielo. Y después llegaron estas mujeres capaces de rimar lo indecible, recordándonos que la música también sirve para incomodar, provocar y reírse del decoro.

Yo, lo confieso, siento más simpatía por estas cantantes que por cualquier baladista azucarado. Prefiero una Helen DeSack desatada antes que otra canción de manual escolar con rima de “amor” y “dolor”. Al fin y al cabo, estas artistas tienen más honestidad en una sola estrofa que muchos en una discografía entera.

Prohibirlas es tan ridículo como tapar con una manta el piano de Jerry Lee Lewis para que no arda en llamas. La música, por muy subida de tono que esté, no provoca nada malo. Como mucho sonrojo, carcajadas o alguna anécdota que mejor no confesar en la cena de Nochebuena.

La defensa de estas canciones es, en realidad, la defensa de la libertad. Y la libertad, como el buen rock and roll, no se pide por favor: se arranca, se grita y se pone a girar a 45 rpm.

Así que, queridos censores de ayer, hoy y siempre: si Helen quiere terminar la canción en donde todos intuimos, que termine. Y si Jimmy frota lo que frota, que al menos tenga un buen acompañamiento vocal en doo wop.

Porque la libertad de expresión, como un buen vinilo prohibido, cuanto más se intenta ocultar, más ganas entran de ponerlo en el tocadiscos y darle volumen hasta que tiemblen las paredes.

Sergio Calle Llorens


miércoles, 17 de septiembre de 2025

¡EL MISTERIOSO CASO DEL COÑIMOTO!

 



España no gana para sustos ni para chistes involuntarios. Cuando creíamos haberlo visto todo —tesis “copypaste”, ministros que no se enteran de nada y una oposición que vive permanentemente en modo siesta—, llega el escándalo de los “cuñados de Estado”. Sí, porque según los medios españoles, el hermano del presidente Pedro Sánchez residía en la Moncloa como si fuese una comuna hippie deluxe, mientras aparecía empadronado en Portugal para ahorrarse unos eurillos de impuestos. Una especie de “residencia en B”, versión presidencial.

Pero la cosa no acaba ahí. La Moncloa, que debería ser el templo de la política, resultó también ser una especie de clínica ginecológica privada de alto standing. El escándalo más jugoso llega con el coche medicalizado de Presidencia, puesto a disposición de la cuñada japonesa para sus revisiones íntimas. A ver, que no estamos hablando de una ITV ni de un control de alcoholemia, sino de un seguimiento ginecológico de lo más personal. Todo un lujo sanitario pagado por los españoles, que ya ni sueñan con que su centro de salud les coja el teléfono.

Y aquí llega el momento estelar: ¿cómo bautizar semejante vehículo oficial? El ingenio popular no tiene límites, y ya trabaja a toda velocidad en la fábrica del humor. Estos son algunos de los nombres propuestos:

  • El Coñimoto: rápido, discreto, con asiento calefactable y revisión incluida.
  • El Yoni-San: con ese toque internacional y culto, para que suene a innovación japonesa.
  • El Chochimura: ideal para viajes oficiales con paradas en clínicas privadas.
  • El Vulvagen Oficial: versión híbrida, entre lo íntimo y lo institucional.
  • El Clítoris Express: pensado para llegar puntual a cualquier consulta delicada.
  • El Moncloa Gine-Van: fusión entre furgón oficial y sala de exploración móvil.

Lo importante es entender que el humor no va contra la mujer japonesa, que bastante tendrá con soportar este sainete, sino contra el bochornoso abuso de poder que convierte lo íntimo en grotesco y lo público en cachondeo.

La estampa encaja perfectamente con el álbum familiar: una primera dama cuya familia gestionaba saunas y clubes de alterne, un presidente que reparte favores con coche oficial, y ahora la aparición estelar de un “servicio ginecológico de urgencia” a domicilio. La Moncloa, más que un complejo presidencial, parece el spin-off patrio de Aquí no hay quien viva: “Unos viven en Portugal, otros en el Palacio, y todos a cuenta del contribuyente”.

La moraleja es clara: cuando los líderes convierten el poder en cortijo, las instituciones se degradan hasta el esperpento. Valle-Inclán estaría sacando la pluma para retratar este sainete moderno, pero como él ya no está, aquí seguimos los humoristas de guardia, rebautizando lo sagrado con motes profanos. Porque al final, lo único que nos queda a los españoles, cuando vemos que el dinero público se usa para fines tan íntimos, es reírnos para no llorar.

Y mientras tanto, el país espera: ¿habrá próximamente un coche oficial para podólogo, masajes prostáticos o depilación láser de los allegados? El abanico de posibilidades es tan amplio como el ingenio popular para bautizarlas.

Sergio Calle Llorens


martes, 16 de septiembre de 2025

¡EL EXPERTO!

 




Gonzalo Miró es un rara avis.
Un tipo que enlaza con la sabiduría de Eratóstenes, Sócrates y Aristóteles.
Un hombre que sabe de todo y de todo opina.

Para el hijo de Pilar Miró, el Big Bang fue obra de Pedro Sánchez, y el cambio climático se debe a las políticas de Isabel Ayuso.
El sabelotodo.
El genio.
El tertuliano sin un pelo en la cabeza, pero con muchas opiniones que, por alguna extraña razón, siempre coinciden con las del amado líder.

Si el programa versa sobre la vida sexual del somormujo, Gonzalito nos deleita con una de sus sesudas reflexiones:

—El pájaro anda desganado en el tema de la coyunda debido a las políticas neoliberales de Trump. Es de entender.

Si los montes se queman, el seguidor del Atlético de Madrid se mete en la piel de un bombero progresista:

El problema es que a los seguidores de VOX les ha dado por hacer barbacoas este verano. Son gentes sin estudio. Cosas de la ultraderecha.

Dicen que incluso llegó a vestir de lagarterana —¡cuánta audacia!— para opinar sobre la actividad favorita del partido putero de Europa… el PSOE. Lo suyo no tiene parangón en la historia occidental.

Su nombre lo dice todo: Gonzalo Miró vio claramente la luz, como Pablo de Tarso al caerse del caballo. El de Cicilia iba a Damasco, y el madrileño, que da más asco entre los tertulianos, no va a ningún sitio sin opinar.

¿A quién le importa lo que cobre en esa televisión espantosa si sabe de todo?
Demasiado barato nos sale el heredero de la escuela de filósofos de Atenas.
Lo que pasa es que el personal es envidioso por naturaleza.

Empero, a mí sólo me salen unos sentidos versos de reconocimiento:

Gonzalito, experto en patinetes,
defiende que los de la Rosa Nostra
gasten mi dinero en los chochetes.

Miró, diestro en la anchoa,
aboga porque Sánchez
viva siempre en La Moncloa.

Tú, que todo lo sabes,
sabio de la epidural,
necesito el número
de la lotería nacional.

Que también me ilumines
sobre el euribor y la inflación,
y cómo arreglar mi cama
sin perder la pasión.

Que tus sesudas opiniones
sobre futbolistas y tenis,
me guíen por la vida
y me eviten mil deslices.

Sergio Calle Llorens


viernes, 12 de septiembre de 2025

¡DIOS, LA VIRGEN Y LA CUCHICUCHI DEL PRESIDENTE!


 

Según el CIS, Pedro Sánchez es Dios y Begoña Gómez, la Virgen María. Según este mismo organismo demoscópico, la cuchicuhi del presidente —hoy imputada por varios delitos graves— no tiene mini sino maxi, y ese es el mejor título universitario del mundo. No vaya a ser que alguien cuestione el currículo celestial.

Para una gran mayoría de personas, lo de Gaza es un genocidio, pero la masacre de cristianos en el Congo o en Nigeria se considera actividad cinegética deportiva. Asesinados por los mismos que luego buscan refugio en Occidente. Y es que, según algunas estadísticas que nadie se atreve a contradecir, aproximadamente el 85 % de los refugiados del mundo son musulmanes. Pero curiosamente, los islámicos no piden asilo en los 56 países musulmanes: solo quieren venir a los no musulmanes. Seguro que hay una explicación feminista, progre y para quedar bien con los amigos del café, aunque yo no la encuentro. Ellos tampoco, porque están ocupados reventando la Vuelta Ciclista a España por la participación de un equipo israelí. Tal vez encuentren, como Hitler, una “solución final” al “problema judío”.

Luego tenemos a Amenábar, ese director español que parece empeñado en demostrar que cada película que hace es infinitamente peor que la anterior. Y así sucesivamente, se hace la picha un lío y debe haber leído que Miguel de Cervantes tenía buena pluma… y decidió que eso significaba que el de Alcalá de Henares era homosexual. Evidentemente, no hay prueba alguna de que el creador de Don Quijote fuese gay, pero puede que, en una mañana madrileña, Don Alejandro desayunara con el rico olio y concluyera que al manco de Lepanto no solo le faltó una mano, sino también aceite porque lo iba perdiendo por ahí. Eso es como si yo dijera que Cervantes era seguidor del Málaga y amante de los espetos de sardinas. Total… ¿quién necesita pruebas cuando se tiene imaginación?

Vivimos tiempos difíciles en los que los tontos se empeñan en demostrar que con el tiempo se perfeccionan. Es imposible huir de ellos: en la tele, en la universidad, en las canciones woke, hasta en las series. Nos rodean. Nos acosan. Están por todas partes y son incansables al desaliento. El día menos pensado vendrán a contarnos que invertir 3.000 millones para el cine español y ni un euro para un hidroavión contra los incendios es lo más progresista del mundo.

¡Qué ganas tengo de tomar la espada de nuevo y cortar la estupidez de raíz!

Sergio Calle Llorens

martes, 9 de septiembre de 2025

¡NO LOS SOPORTO!

 



 

Cuando una persona me dice que habla castellano, automáticamente dejo de escucharle.
Después de todo, ¿para qué prestar atención a los incultos?
Ni siquiera me molesto en remitirles a la RAE.

Cuando el patán de turno pronuncia la palabra Latinoamérica, mi primer impulso es salir corriendo a la velocidad de un guepardo.
No me dan ganas de recomendarle libros que le saquen, además de su triste escepticismo, de la mentira histórica.
Expulsar al demonio de la leyenda negra… como el padre Karras en El Exorcista… se me antoja demasiada faena.

Cuando la lista de turno se declara progresista, pero es incapaz de relacionarse con gentes que no pertenecen —según su propia confesión— a la misma clase social… me retiro a tiempo.
Retirada a tiempo: victoria segura.

Cuando el payaso de turno me toca la moral, normalmente lo dejo pasar.
Pero si me aprietan demasiado… saco la espada.
Y que Dios se apiade de mi enemigo, porque este guerrero… no piensa hacerlo.

Lo mío no es intransigencia.
Es experiencia. Años de experiencia.
Recuerdo a aquel retrasado mental —creo que sus padres eran de Chile, se crio en Suecia y no hablaba una palabra de nuestro idioma— que me interrumpía cada vez que yo decía español.
Castellano”, añadía él.
Harto de sus impertinencias, le lancé la tiza:
—Yo jamás he hablado castellano. Eso se hablaba en España hace siglos. La clase es suya.

El resto de los estudiantes me rogó que volviera.

También recuerdo a aquella linda ratita que no quería pasear a mi vera porque mi carrera universitaria no estaba a la altura de la suya.
Me faltaron piernas.

En otra ocasión, un transalpino —con el encanto de María del Monte— interrumpió mi clase en Education First, una secta educativa para niños ricos, para decirme que hablaba demasiado.
La única razón por la que solté la maldita aquel día fue su interrupción.
Pensé que se trataba de otro estudiante.
Huelga decir que Gualterio Malatesta sigue teniendo pesadillas conmigo.

He perdido la paciencia.
Solo tengo aguante en la cama.
El resto… se me antoja una cuesta más empinada que la subida al Angliru en la Vuelta a España.
Muchos años.
Muchos tontos.
Muchas afrentas.

Y aunque trato de controlar mi sable… a veces me es imposible.
La mano busca la empuñadura.
Una espada en cruz.
Certero ataque en diagonal… o lateralmente.

¡Y que Dios los pille confesados!

Sergio Calle Llorens


viernes, 5 de septiembre de 2025

¡A LA MIERDA LA DIVERSIDAD!

 



Si la diversidad significa aceptar que las mujeres se bañen metidas en un saco —llámese hiyab o burka en su versión más radical—, yo me niego. Esa es la variedad que no quiero y contra la que me rebelo.

Si la diversidad obliga a que los colegios adapten sus menús a la dieta musulmana, me declaro en contra. No lo digo desde la ignorancia: sé que todas las primaveras árabes terminan en invierno. Y escupo al rostro de quienes lo consienten.

Si la diversidad implica que una banda de magrebíes apalice a un hombre por ser homosexual, mi respuesta es clara. Soy descendiente de los que lucharon contra los moriscos, y como ellos, saco la espada y me pongo en guardia.

Si la diversidad significa que marroquíes y argelinos vengan a vivir del sudor de los españoles, alzo la voz. No huyen de guerras, sino de dirigentes incapaces. Por eso digo, sin rodeos: que se lleven su música a otra parte.

Es hora de hablar claro. Aceptar esa supuesta diversidad equivale a regresar al tam-tam de la tribu. No podemos convertirnos en un Senegal o en un Malí cualquiera. Somos más. Somos parte de la historia que abolió la esclavitud antes que nadie, mientras en África aún sigue presente bajo distintas formas.

La inmigración es necesaria, pero con reglas. Y preferentemente de países hispanos, con quienes compartimos lengua y cultura. Lo demás es condenar al primer mundo a la tercera división. Es un contrasentido que mientras tanto miles de jóvenes españoles, con preparación académica, tengan que emigrar por falta de oportunidades.

Europa nos folla con sus políticas. España nos falla con un gobierno corrupto y un Estado mastodóntico. Ha llegado el momento de reaccionar. De decir basta a una diversidad que no nos enriquece, sino que nos hunde.

¡Dixit!

Sergio Calle Llorens

martes, 2 de septiembre de 2025

¡AGOSTO EN EL MEDITERRÁNEO!

 



Agosto me ha curado el alma.
Esos paseos por la orilla de mis playas mediterráneas son la llave que abre todas las puertas del conocimiento. Las noches de luna llena, cuyos rayos de plata iluminan el mar, son el espectáculo más bello del planeta.

Esos cuerpos femeninos, bañados por la sal del mar, merecen miles de poesías enamoradas. Juegos infantiles en la arena. Canciones que se convierten en la banda sonora de mi vida. Amores de verano que cuajan al albor del silencio. Encuentros con viejos amigos. Brindis por lo que fuimos y por lo que dejaremos atrás. Incluso a mi atalaya llegan ecos de nuestra generación —la mía, la nuestra— que nunca pidió permiso para entrar a un castillo. Simplemente lo asaltaba, sin mirar atrás. Sin pensar en las consecuencias.

Presente y pasado se dan la mano en unas vacaciones en las que he recuperado la salud y, hasta, la ilusión. Antes escribía todo lo que pensaba. Ahora pienso antes de escribir nada, porque ya no vivimos en democracia. El progresismo asesinó la crítica, y la justicia es un coche negro que lleva a Solón y a Pericles al camposanto para su eterno descanso. Mi pluma no lo escribe con tristeza, sino con la esperanza de que, al fin, el mensaje sea entendido. Pero no hay peor ciego que quien no quiere ver. Y, hablando de ciegos, hay personas cuya vista no alcanza a disfrutar de la hermosura de esta mágica estación.

Me gustan sus silencios. Me encanta el arrullo del mar en los atardeceres cárdenos de mi patria salada. Me eleva el aroma del jazmín mezclado con la brisa nocturna, pero me entristece pensar en el tiempo en que no podré disfrutar de estas acuarelas marinas. Y, sin embargo, mi alma se llena de gratitud por haber gozado de un mes alejado de la rutina.

Agosto me ha hablado directamente al corazón para decirme: el verano vivirá en mí hasta mi último invierno. Yo no puedo, ni me atrevo, a pedir más.

Sergio Calle Llorens

miércoles, 27 de agosto de 2025

¡LA MAFIA DEL SUR!

 



En la Sevilla del siglo XV, brillante y corrupta a partes iguales, nació una organización que muchos consideran la primera mafia de Europa: La Garduña.

Fundada, según las crónicas, en 1417, operaba en Sevilla, Córdoba y Granada. Sus miembros eran ladrones, sicarios, prostitutas y hasta clérigos corruptos. Nada se movía en el hampa andaluza sin que ellos lo supieran. No eran una banda vulgar: tenían jerarquías, un “Hermano Mayor”, juramentos de sangre y un código de silencio que anticipaba lo que siglos después se conocería como omertà.

Sus actividades eran variadas: contrabando, extorsión, prostitución, chantaje y estafa. Y lo más inquietante: infiltraban a sus hombres en la justicia, en la Santa Hermandad e incluso en la Iglesia, garantizando así su impunidad. Mientras la Sevilla rica recibía el oro de América, la Garduña se enriquecía a costa del sudor de los demás.

Oficialmente, la organización fue desarticulada en 1821 tras el proceso contra Francisco Cortina. Algunos historiadores creen que el juicio fue real; otros sostienen que se trató de una exageración del Estado liberal para dar un golpe de efecto. Sea como fuere, la Garduña desapareció como estructura… pero su espíritu sobrevivió.

Y aquí es donde surge la pregunta incómoda: ¿quién heredó ese modo de entender la vida como una forma de parasitismo organizado? ¿Quién continuó esa tradición de tener jueces, cortesanos y prostitutas a su servicio?

Algunos miran hacia Nápoles o Sicilia y defienden que la Mafia italiana bebió de Sevilla. Puede ser. Pero yo creo otra cosa: que la auténtica heredera de La Garduña no se encuentra en Palermo ni en Corleone, sino en San Telmo, sede del PSOE andaluz.

Las similitudes saltan a la vista. La Garduña ordeñaba caminos y tabernas; el socialismo andaluz ordeñó subvenciones, fondos públicos y los célebres EREs. La Garduña contaba con jueces comprados; el PSOE andaluz tuvo magistrados complacientes. La Garduña se disfrazaba de hermandad piadosa; el PSOE se disfrazó de partido obrero. Y en ambos casos, la lógica fue la misma: vivir del esfuerzo ajeno.

Así que, cuando leemos las viejas crónicas de la Garduña, no estamos hojeando un episodio polvoriento de la historia. Estamos escuchando un eco que resuena todavía hoy. Porque el crimen organizado, ya sea con daga, con sotana o con un BOE en la mano, siempre busca lo mismo: que trabajen otros para vivir ellos.

La Garduña fue la primera en perfeccionarlo. Sus herederos, no lo duden, siguen en los palacios del poder.

Sergio Calle Llorens

martes, 26 de agosto de 2025

¡THE HARMONICA: SMALL IN PRICE, INMENSE IN SOUL!

 



t’s one of the most unassuming instruments in the world. You can buy a harmonica for just a few dollars/Euros at a corner shop, yet in the hands of a master, it becomes priceless. A single breath can unleash an ocean of emotion, bending notes, wailing in sorrow, or crying with joy. Its simplicity hides an extraordinary expressive power that has allowed it to endure for centuries.

In the world of electric blues, the harmonica is more than an instrument—it is a voice. It can cry like a heartbroken lover, shout like a street preacher, or whisper secrets that only the listener can hear. Legends such as Little Walter and Sonny Boy Williamson transformed this humble device into a fiery extension of themselves, bending its reeds to echo the raw emotions of human life: longing, loss, love, and rebellion.

But the harmonica is not confined to blues. In rock and roll, it wails above guitar riffs, adds a soulful edge to driving rhythms, and provides an earthy contrast to electrified instruments. From Bob Dylan’s folk-infused solos to the gritty riffs of Led Zeppelin or Neil Young, the harmonica has a unique ability to bridge genres, moving effortlessly from delicate melodies to untamed screams of energy.

Part of its beauty lies in its accessibility. Any beginner can hold one, blow a note, and create sound. But true mastery is rare. A skilled player can make it sing, moan, laugh, and scream, turning a few inches of metal and wood into a vessel for human feeling. The instrument’s small size belies its enormous emotional range; its affordability masks the wealth of expression it carries.

In jazz, country, folk, and even pop, the harmonica continues to leave its mark, proving that music does not depend on complex mechanisms or expensive materials. Its magic comes from breath, emotion, and the intimate connection between player and instrument. The harmonica reminds us that the most profound art often comes in small, unassuming forms, and that a single, perfectly played note can be worth more than gold.

When you hear a harmonica in the hands of someone who truly knows its voice, it’s impossible not to be moved. From the smoky clubs of Chicago to sprawling outdoor festivals, from quiet evenings in a small bar to roaring stadiums, the harmonica has earned its place in music history—not because it is flashy or costly, but because it can touch the soul in a way few instruments can.

So next time you see a harmonica sitting innocently on a shelf, remember: its value is not in dollars, but in its capacity to speak, to wail, to whisper, and to transform a simple melody into something unforgettable. Small in price, immense in soul—this tiny instrument is a giant in the world of music.

Sergio Calle Llorens


lunes, 25 de agosto de 2025

¡ROCK MEETS BIG BANDS!



The grand era of American big bands—a time of swirling brass, dancing feet, and evenings filled with the magic of swing—had largely faded by the early 1960s. The rise of rock and roll, with its electrifying guitars and rebellious energy, seemed to have relegated the great orchestras of the 1930s and 1940s to memory. Yet, decades later, one musician dared to dream of bridging these two worlds. That musician was Brian Setzer, and his creation, The Brian Setzer Orchestra, became a luminous testament to the enduring power of swing, reinvigorated with the pulse of rock.

Setzer, a virtuoso guitarist and passionate historian of American music, understood that the big bands had a grandeur that rock could never replace, but he also recognized that swing could be electrified for a new generation. With keen respect for the past and an eye toward the future, he fused the driving energy of rockabilly with the expansive arrangements of big band jazz. The result was music that felt both timeless and immediate: a nod to the past, yet brimming with contemporary vitality.

The Brian Setzer Orchestra didn’t just revive the big band sound; it reimagined it. Saxophones, trumpets, and trombones roared alongside pounding drums and twangy guitars, creating an atmosphere that made concert halls sway with the same exuberance that once filled ballrooms decades before. Hits like “Jump, Jive an’ Wail” captured the joy, elegance, and irrepressible rhythm of swing, while appealing to listeners who had grown up with rock and roll. The orchestra brought back the glamour of an era—zoot suits, slick hair, and dazzling arrangements—but with a fresh, invigorating edge that proved classic forms could coexist with modern sensibilities.

What Setzer achieved was nothing short of miraculous: he breathed new life into a nearly forgotten tradition, showing that big band music could dance alongside rock, that history could sing in harmony with the present. For many, The Brian Setzer Orchestra was more than a musical project; it was a celebration of American musical heritage, a reminder that the past and present can meet in joyous, unexpected ways.

In a world that often seems impatient with nostalgia, Brian Setzer’s work remains a luminous bridge. It reminds us that music, like memory, can be both treasured and renewed—that the sweeping power of a big band can still spark hearts when carried on the thrilling waves of rock and roll.

Sergio Calle Llorens


 

jueves, 21 de agosto de 2025

THE BLACK DAHLIA: A MURDER WRAPPED IN SHADOWS

 



On the morning of January 15, 1947, Los Angeles awoke to a nightmare that would haunt the city for decades. A woman’s body, severed in two, was discovered in a vacant lot near Leimert Park. Her face had been slashed into a grotesque smile, her body drained of blood, posed with eerie precision as if her killer wanted the world to see his work as art.

Her name was Elizabeth Short, a 22-year-old aspiring actress from Massachusetts. The newspapers, captivated by her beauty and the brutality of her death, gave her a name that would eclipse her own: The Black Dahlia.

The murder shocked America. Detectives questioned hundreds, interrogated dozens, and chased endless leads, but the case quickly became mired in false confessions and media frenzy. The brutality suggested not just rage, but surgical skill. This was no ordinary crime of passion; it was an execution meticulously planned.

A City of Secrets

Los Angeles in the late 1940s was a city of glamour and shadows. Beneath the neon lights and Hollywood premieres lay a darker world: corruption, organized crime, and a police department often accused of covering up scandals to protect the powerful.

Elizabeth Short had dreamed of stardom but found herself drifting through bars, cheap hotels, and uncertain relationships. Her beauty attracted men, but also predators. When her body was discovered, many suspected her killer was someone she knew—someone who moved easily between the city’s glittering surface and its hidden underbelly.

The Doctor in the Shadows

For decades, theories about the Black Dahlia’s killer swirled through books and documentaries. But one suspect emerged with chilling consistency: Dr. George Hodel, a physician with ties to Hollywood’s elite and, more disturbingly, close connections to the LAPD itself.

Hodel was a brilliant, wealthy doctor, known for his arrogance and eccentricities. He lived in a mansion in Los Angeles where he hosted decadent parties. Witnesses described his fascination with surrealist art and grotesque imagery that mirrored the Black Dahlia crime scene. Most damning of all, the mutilations on Elizabeth’s body bore signs of medical knowledge—cuts too precise to be random.

The Police Were Listening

Recently unearthed evidence revealed a chilling truth: by the late 1940s, the LAPD had already suspected Dr. Hodel. They planted hidden microphones in his home, listening day and night. What they recorded was staggering.

On the tapes, Hodel could be heard making cryptic remarks about Elizabeth Short. At one point, after a woman screamed in the background, his voice coldly admitted:
"Supposin’ I did kill the Black Dahlia. They can’t prove it now. They can’t talk to my secretary anymore, because she’s dead."

The microphones picked up sounds of violence, screams, and what investigators believed were other crimes committed within the mansion itself. Yet, despite this, no charges were ever filed. Hodel’s powerful connections within the police force ensured the case remained buried in silence.

The Final Curtain

For more than seventy years, the Black Dahlia murder has stood as one of America’s darkest unsolved mysteries. But today, the pieces form a terrifying picture. Elizabeth Short’s death was not the act of a random madman, but the calculated ritual of a physician shielded by privilege and corruption.

The Black Dahlia was not just a victim—she was a symbol, a young woman consumed by a city that fed on ambition and discarded dreams. And behind the glamour of Los Angeles, her killer lived openly, protected by those sworn to uphold the law.

The truth, whispered on police wiretaps and hidden in dusty files, is more horrifying than any noir fiction: the monster was inside the house, and the police were listening all along.

Sergio Calle Llorens


lunes, 18 de agosto de 2025

¡CASANOVA: EL NAUFRAGIO DEL CINE SUBVENCIONADO!

 



Si hay un nombre que provoca simultáneamente pena, indignación y risa nerviosa en el panorama del cine español contemporáneo, ese es Eduardo Casanova. Actor reconvertido en director, su obra se ha convertido en un espectáculo tan grotesco como insólito: vampiras con SIDA que hablan en lenguaje inclusivo, escenarios diseñados como un carnaval de mal gusto y una narrativa que parece salida de un cuaderno de garabatos de quinceañeros con delirios de Oscar.

Lo primero que llama la atención es el escandaloso contraste entre las subvenciones recibidas y la taquilla lograda. Casanova ha conseguido que fondos públicos respalden sus proyectos, mientras sus películas apenas llenan unas cuantas butacas y generan cifras de recaudación que harían llorar al contable de cualquier cine independiente. Es un fenómeno casi kafkiano: dinero del contribuyente alimentando un laboratorio de ideas mal ejecutadas, donde la provocación se confunde con incompetencia.

Su universo creativo desafía toda lógica. Las vampiras de Casanova no muerden por hambre de sangre, sino por la necesidad de aparecer en todas las conversaciones de activismo de café. Con SIDA como accesorio dramático y un lenguaje inclusivo que parece más un truco publicitario que una herramienta narrativa, sus películas son un desfile de elementos que no encajan ni por accidente. La intención de visibilizar o transgredir se pierde en la maraña de diálogos artificiales y situaciones forzadas.

Frente a obras maestras del cine español, la diferencia es brutal. Pedro Almodóvar construía historias humanas que conmueven y perduran; Álex de la Iglesia mezcla humor negro y crítica social con maestría; incluso cineastas menos conocidos, pero con oficio, logran que cada plano tenga sentido. Casanova, en cambio, parece obsesionado con provocar sin saber qué quiere contar. Es cine de provocación sin oficio, un juguete roto financiado con dinero público.

Su obra genera conversación, sí, pero siempre en negativo. La crítica lo destroza y la taquilla lo ignora. Solo un público minoritario y curioso, a veces más interesado en el escándalo que en la narrativa, parece seguir sus proyectos. Casanova ha conseguido algo inusual: ser famoso por ser infame, por un cine que provoca más rechazo que admiración.

En el fondo, Casanova es un recordatorio doloroso de lo que ocurre cuando la subvención sustituye al talento y la provocación se confunde con creatividad. Su cine demuestra que provocar no es arte si no hay historia, técnica ni coherencia. Mientras los grandes del cine español nos muestran la belleza de la narración bien hecha, él nos deja un reguero de confusión, incomodidad y vergüenza ajena.

Y, como colofón, una frase que resume su naufragio artístico:

“Si el cine español fuera un examen, Eduardo Casanova sería ese alumno que copia los apuntes y aún así suspende con honores.”

Sergio Calle Llorens


domingo, 17 de agosto de 2025

¡DEL GAGÁ AL ANALFABETO FUNCIONAL!

 



En un mundo que busca respuestas, lo más pertinente, pienso yo, es hacernos las preguntas pertinentes. He aquí algunas de ellas: ¿imagina alguien a Winston Churchill poniéndole una alfombra roja a Adolf Hitler mientras le aplaude tras la invasión de Polonia? ¿Visualiza alguien una invitación a Pedro Sánchez a un congreso de mentes brillantes? ¿Por qué nadie quiere a los palestinos en el mundo árabe? ¿Acabará algún día la corrupción en España?

Es evidente que Trump es la prueba de la decadencia de los Estados Unidos de América. De un presidente gagá como Biden, los norteamericanos han pasado a un analfabeto funcional que negocia al estilo de la mafia de Chicago. Con una metralleta en la mano siempre es más fácil. Es la ley del primo de Zumosol que no se atreve con otro que puede usar un arma igual de larga. Make America great again, decían los lerdos. Pues va a ser que no. La traición definitiva de Donald a Europa —que no para de traicionar sus principios cada día— es el último clavo en el ataúd continental de la defensa común.

Es diáfano que no hay nadie en el mundo que confíe en el presidente español. De hecho, un 95 por ciento de los españoles no le compraría al del PSOE un coche de segunda mano. Y con ese dato está dicho todo. Dejemos al tío Abundio con sus locuras de verano.

Es indudable que los palestinos son un pueblo que ha causado estragos en cualquier lugar al que llegan. De ahí que ni Egipto ni Jordania ni nadie con dos dedos de frente quiera abrirles sus fronteras.

Es incuestionable que, mientras el personal conciba la política española como un partido de fútbol, la corrupción va a seguir señoreando nuestras vidas. Al final no se trata de lo que se haga, sino de quién lo haga. Nunca ven penalti claro en contra de su equipo —perdón, de su partido político— y el amado líder es un ser de luz intachable. El fanático será siempre un fanático.

A resultas de todo esto, se puede decir que no es la verdad lo que viaja por el mundo, sino la opinión. Y como la mayoría no lee, yo escribo para remover conciencias, usted se ofende y el mundo sigue adelante, pero no avanza.

Sergio Calle Llorens

viernes, 15 de agosto de 2025

¡VENECIA A BOCADOS!

 



El primer mordisco a un cicchetto en la penumbra de una osteria junto a la laguna es como abrir un cofre antiguo: dentro no hay joyas, sino sabores que viajaron siglos para llegar a tu mesa. Quien crea que la gastronomía italiana es solo pasta, pizza y tiramisú, aquí descubrirá que está en un país distinto. La Serenissima es un puerto, un cruce de rutas, un teatro flotante donde el plato cuenta historias de mares lejanos y mercados abarrotados. Comer en Venecia no es repetir Italia: es escuchar su propia voz.

El viajero que desembarca en el Rialto, con sus tenderetes de pescado que parecen cuadros de Canaletto, notará pronto que en Venecia los sabores hablan varios idiomas. El baccalà mantecato, crema de bacalao desalado y batido con aceite hasta alcanzar la textura de un susurro, llegó desde las frías aguas del Atlántico Norte, traído por mercaderes que desafiaban tormentas. Los sarde in saor, sardinas en escabeche dulce con cebolla y pasas, son un plato nacido de la necesidad de conservar el pescado en los días en que las galeras podían tardar semanas en regresar.

En esta ciudad, cada receta guarda un secreto. El fegato alla veneziana, hígado con cebolla, recuerda que la nobleza también comía con los pies en la tierra; el risotto al nero di seppia, oscuro como una noche sin luna en la laguna, es una invitación a dejar que lo desconocido tiña la boca y la memoria. Henry James lo resumió así: “Venecia me ha enseñado que la belleza no siempre es obvia, a veces se esconde en la penumbra.

La diferencia con el resto de Italia es que aquí no se cocina para satisfacer, sino para intrigar. En Roma el plato es una afirmación; en Venecia, es una pregunta. Hay algo deliberadamente insinuante en el aperitivo de cicchetti y ombra —pequeños bocados y un vaso de vino— que recuerda a las novelas de Donna Leon, donde un buen vino puede acompañar una confidencia peligrosa, o a los versos de Lord Byron cuando escribió: “Yo desperté en Venecia, y el cielo y la mar estaban pintados para mí”.

Hasta el dulce parece escrito con pluma de viajero: los baicoli, galletas finas que duran semanas, eran el consuelo de los marineros que no sabían si volverían; el fritole, buñuelo de Carnaval, es el sabor de una ciudad que, incluso en la decadencia, celebra la vida con una máscara en la mano y azúcar en los labios. Como dejó dicho Goethe tras probar el pan y el vino venecianos: “En esta ciudad, todo es antiguo y, sin embargo, cada día nace nuevo”.

Venecia no cocina para todos: cocina para quien quiere descubrir. El viajero apurado dirá que aquí todo es más caro; el viajero sabio entenderá que lo que se paga es el privilegio de morder un trozo de historia, de llevarse a la boca un secreto salino que la laguna susurra desde hace siglos.

Porque en Venecia, incluso el pan sabe a despedida y a promesa, como una góndola que se aleja por un canal sin nombre, dejando tras de sí un aroma de mar, de especias y de misterio.

Sergio Calle Llorens

miércoles, 6 de agosto de 2025

¡LAS GRECAS Y EL GRECO!

 



Las Grecas eran un dúo español de flamenco-rock formado en 1973 por las hermanas Carmela y Edelina Muñoz.

El Greco fue un pintor cretense del final del Renacimiento que desarrolló un estilo muy personal en sus obras de arte.

Sin embargo, en la actualidad, el GRECO es un órgano del Consejo de Europa que busca mejorar la capacidad de sus miembros para luchar contra la corrupción. Recientemente, este organismo ha publicado un informe en el que reprocha al gobierno del pamplinas de Sánchez su falta de avances contra la corrupción. ¿Lo entienden ya o les hago un croquis?

El caso es que el reporte es demoledor a niveles estadísticos. De hecho, ese organismo concluyó que España aún no había aplicado plenamente ninguna de las recomendaciones que realizó al país en 2019.

Se desconoce, al menos de momento, si el ente europeo contactó con Gonzalo Miró, Ramoncín o con la cantante que destrozó la canción Piano Man de Billy Joel para conocer sus sesudas opiniones al respecto. Esos intelectuales que siempre están dispuestos a discrepar de cualquier cosa que afecte negativamente al futuro en Moncloa de su amado líder sanchista.

Europa, que no sale de su asombro con las cosillas del mal llamado gobierno progresista español, debe su nombre a una princesa fenicia raptada por Zeus, quien se transformó en un toro blanco para llevársela a la isla de Creta. Ya ven; hazañas de griegos.

Por cierto, el engaño a la hija de Agénor y Telefasa nació en la mente de un heleno. Los árabes nunca estuvieron a la altura, a pesar de que hoy nos hayan metido el caballo de Troya de la inmigración para destruir nuestro amado continente.

Para salir victoriosos de esta batalla, no hace falta embestir como un toro. Basta con aplicar la política del canguro australiano: ponemos centros en África, pagamos a los dictadorzuelos de turno y cualquier inmigrante ilegal lo llevamos allí. De esta guisa, nadie va a pagar a las mafias para meterse en un barquito de mierda y terminar encerrado en un centro de inmigrantes en un país africano.

Europa, resultado del mundo grecolatino, la Ilustración y las democracias occidentales, es el faro del mundo. Somos el toro y ellos, el caballo de Atila.

Sergio Calle Llorens