Hay una
pregunta que siempre me ha parecido mucho más interesante que cualquier
biografía. No es cómo vivieron los grandes personajes, sino qué ocurrió con
quienes se quedaron cuando ellos desaparecieron. Hace unos días volví a ver La
Bamba y, como la primera vez, terminé emocionado. No solo por la historia
de Ritchie Valens, aquel muchacho que apenas tuvo tiempo de descubrir
quién iba a ser antes de convertirse en leyenda, sino por todas esas personas
que la película deja discretamente a un lado cuando aparecen los títulos de
crédito. Nosotros apagamos el televisor y seguimos con nuestra vida, pero ellos
tuvieron que levantarse a la mañana siguiente y aprender a convivir con un
vacío imposible de llenar. Mientras millones de personas continuaban escuchando
La Bamba y Donna, ellos descubrían que el éxito, la fama y la
inmortalidad no sirven de consuelo cuando el silencio ocupa para siempre el
lugar de alguien a quien se ha amado.
Entonces
comenzaron a surgir las preguntas. ¿Qué fue de la madre que enterró a un hijo
cuando apenas empezaba a conocer el mundo? ¿Qué ocurrió con Bob, aquel
hermano mayor tan difícil de soportar en la película, consumido por los celos,
el alcohol y la frustración, que con el paso de los años encontraría la
serenidad suficiente para colaborar en la reconstrucción de la verdadera
historia de Ritchie? ¿Y Donna? La muchacha cuyo nombre quedó unido para siempre
a una de las baladas más hermosas del rock and roll. Mientras el mundo entero
seguía escuchando aquella canción, ella tuvo que hacer algo mucho más
complicado: seguir viviendo. Casarse o no casarse. Tener hijos o no tenerlos.
Envejecer. Descubrir que la vida continúa incluso cuando el tiempo parece
haberse detenido para todos los demás. Resulta extraño pensar que millones de
personas conocen su nombre y, sin embargo, casi nadie se pregunta qué ocurrió
después de que terminara la canción.
No es la
primera vez que me sucede. Hace años escribí sobre Buddy Holly y sobre la mujer
que quedó viuda cuando aquel avión cayó durante la noche que la música perdió
parte de su inocencia.
Todos recordamos al muchacho de las gruesas gafas que revolucionó el rock antes
de cumplir los veintitrés años, pero muy pocos se preguntan qué fue de la mujer
que esperaba volver a verlo. ¿Cómo continúa una existencia cuando la persona a
la que amas queda congelada para siempre en la juventud mientras tú sigues
envejeciendo? ¿Cómo se construye una nueva vida cuando el mundo entero insiste
en recordarte un pasado del que nunca podrás desprenderte? Es curioso. Las
canciones sobreviven mejor que las personas. Peggy Sue seguirá teniendo
eternamente la edad que tenía cuando sonó por primera vez aquella guitarra.
Donna permanecerá para siempre esperando a Ritchie en cada reproducción del
disco. Ellos quedaron atrapados en un instante perfecto que jamás se desgasta.
Nosotros, en cambio, seguimos acumulando años, pérdidas, cicatrices y
despedidas.
Quizá por
eso la nostalgia posee una fuerza tan extraordinaria. No echamos de menos
únicamente lo que ocurrió; sentimos una melancolía todavía mayor por todo
aquello que pudo haber ocurrido y nunca sucedió. Hay vidas enteras que
desaparecen antes incluso de comenzar. Hay conversaciones que nunca llegaron a
pronunciarse, trenes a los que no subimos, llamadas que no hicimos y personas a
las que dejamos escapar creyendo que habría otra oportunidad. Siempre he
pensado que una de las películas que mejor explica esa sensación es Sliding
Doors. Toda una existencia cambia porque una mujer consigue entrar en
un vagón de metro... o porque las puertas se cierran unos segundos antes. A
partir de ese instante nacen dos biografías completamente diferentes. No hay
grandes decisiones ni acontecimientos extraordinarios. Solo unos pocos segundos
de diferencia. Y, sin embargo, basta ese pequeño retraso para alterar el resto
de una vida.
Supongo que
todos guardamos una historia semejante. Yo también tengo la mía. Ocurrió hace
muchos años, cuando vivía en Londres. Paseaba por un parque sin pensar
en nada importante cuando una mujer pelirroja apareció caminando en dirección
contraria. Era de una belleza difícil de describir, de esas que obligan a
levantar la vista sin proponérselo. Nos cruzamos. Durante un instante nuestras
miradas se encontraron y cada uno continuó caminando en silencio. Di unos
cuantos pasos y, movido por un impulso que todavía hoy no sé explicar, me giré
para mirarla una vez más. Ella también se había girado. Durante apenas un
segundo volvimos a encontrarnos con los ojos antes de que ambos siguiéramos
nuestro camino para no volver a vernos jamás. Nunca hubo una conversación.
Nunca supe su nombre. Nunca existió una historia de amor. Y, sin embargo, de
vez en cuando me sorprendo imaginando la vida que jamás existió. ¿Qué habría
ocurrido si hubiera regresado sobre mis pasos? ¿Y si hubiera pronunciado
cualquier frase, por absurda que fuese? ¿Y si aquel encuentro hubiera cambiado
el rumbo de mi historia? Tal vez hoy viviría en otra ciudad. Tal vez tendría
otra familia. Tal vez escribiría libros completamente distintos. O quizá nada
habría cambiado. Lo único seguro es que jamás lo sabré.
Con los años
he llegado a la conclusión de que los seres humanos no vivimos solo de
recuerdos. Vivimos también de posibilidades. Somos el resultado de nuestras
decisiones, pero también de todas aquellas que nunca llegamos a tomar. Por eso
determinadas canciones nos conmueven tanto. No solo nos devuelven a quienes las
interpretaron, sino también a la persona que nosotros éramos cuando las
escuchamos por primera vez. Cada melodía es una máquina del tiempo imperfecta.
Nos devuelve olores, calles, voces y rostros que creíamos olvidados. Nos
recuerda que hubo un momento en el que el futuro todavía estaba abierto y
cualquier cosa parecía posible.
Hace unos
días leí una frase que decía que cada palabra que pronunciamos es un préstamo
de los muertos y un regalo para quienes aún no han nacido. Desde entonces no he
dejado de pensar en ella. Quizá sea verdad que todos hablamos constantemente
con los muertos. Hablamos con Sócrates cuando discutimos sobre la
democracia. Con Cervantes cuando escribimos en español. Con Shakespeare cuando
nos enamoramos. Con Buddy Holly cuando una guitarra comienza a
sonar. Con Ritchie Valens cada vez que alguien vuelve a escuchar Donna.
No porque los fantasmas existan necesariamente, sino porque las personas dejan
una parte de sí mismas en aquello que crean, y esa parte continúa viajando de
generación en generación mucho después de que ellas hayan desaparecido.
Tal vez esa
sea la única forma auténtica de vencer a la muerte. No impedir que el cuerpo
desaparezca, porque eso pertenece al orden inevitable de la naturaleza, sino
conseguir que una idea, una canción, un libro o incluso una simple mirada
sobrevivan al paso del tiempo. Al fin y al cabo, todavía hay una pelirroja que
continúa girándose para mirarme en un parque de Londres. Vive únicamente en mi
memoria, en ese universo paralelo que nunca llegó a existir. Pero mientras siga
recordándola, mientras siga preguntándome qué habría sido de nosotros si aquel
día hubiera dado media vuelta, esa historia imposible seguirá respirando en
algún rincón de mi vida. Y quizá, después de todo, esa también sea una forma de
inmortalidad.
Sergio Calle
Llorens
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