Escribo
porque necesito hacerlo. Porque hay historias que no pueden quedarse dentro,
porque existen casos que nunca terminan de cerrarse y cicatrices del alma que,
por mucho tiempo que pase, jamás llegan a desaparecer del todo. A veces esas
historias encuentran su lugar en un artículo. Otras, como ha sucedido esta vez,
necesitan convertirse en un libro.
Así nació Málaga
1986, un intento de novelar aquella movida malagueña que marcó a toda una
generación. Una novela que escribí en veintidós días. Ni uno más. Ni uno menos.
Veintidós
días en los que regresé a una época, a una ciudad y a una manera de entender la
vida que, aunque hoy parezcan pertenecer a otro mundo, siguen muy presentes en
algún rincón de mi memoria.
Es una
historia sobre la amistad, la familia, el primer amor y el vértigo de crecer.
Pero, sobre todo, es una historia sobre una Málaga vibrante, hedonista, libre e
irrepetible. Una ciudad que durante los años ochenta tuvo su propia banda
sonora, sus propios códigos y una forma muy particular de salir al encuentro de
la vida.
El Largo,
Rosado, Pinocho, Dani, Liam y el resto de la pandilla recorren aquellas calles
al ritmo del rock and roll y de la música de los ochenta. Se suceden las
fiestas, las aventuras, las noches interminables, los amores, las carcajadas y
también las despedidas. Porque crecer consiste, entre otras cosas, en descubrir
que no todo lo que queremos puede acompañarnos para siempre.
Y quizá por
eso hay épocas que permanecen intactas en nuestra memoria.
Éramos
jóvenes. Éramos libres. Y creíamos que aquello duraría para siempre.
En las
páginas de Málaga 1986 están aquellos primeros amores que nacían
en los rincones de La Malagueta. Están los Mods en la esquina del Zaragozano y
los rockers en la calle Beatas. Están los videoclubes, el América Multicines,
las conversaciones interminables, las motocicletas, los bares, los conciertos y
aquellas noches en las que siempre parecía haber tiempo para una aventura más.
También
están las moragas, los amigos de toda la vida, las canciones que se quedaron
para siempre y esa sensación maravillosa de que el mundo entero estaba
esperándonos a la vuelta de cualquier esquina.
Quien vivió
aquellos años reconocerá muchos de sus escenarios. Quizá incluso encuentre
entre sus páginas algún recuerdo que creía olvidado. Y quien no tuvo la suerte
de conocer aquella Málaga descubrirá una ciudad que ya no existe, pero que
merece la pena visitar, aunque sea a través de la literatura.
Porque Málaga
1986 es mucho más que una novela. Para mí, es una máquina del tiempo.
Necesitaba
volver. Necesitaba resucitar aquella ciudad incomparable y recuperar, aunque
solo fuera durante unas páginas, a aquellos muchachos que se sentían
invencibles. Quería volver a experimentar la libertad de una Málaga
despreocupada, nocturna y hedonista, que parecía haber descubierto que la vida
estaba hecha, fundamentalmente, para vivirla.
Y debo
confesar algo: mientras escribía, sucedió algo extraordinario.
Volví a
sentir la brisa del Mediterráneo acariciándome el rostro mientras
recorría la ciudad a lomos de mi motocicleta. Volví a experimentar aquella
euforia adolescente de las tardes en las que uno se arreglaba para salir, sin
saber muy bien qué iba a suceder, pero con la absoluta certeza de que algo
sucedería.
Regresé
al Side Car, al Nueva Pulsación y a las Serenatas de la Luna Joven. Volví a escuchar aquellas
canciones. A reconocer aquellas calles. A encontrarme con personas y
situaciones que, de una manera u otra, habían permanecido esperando dentro de
mí.
Durante
veintidós días no solo escribí una novela. Viví de nuevo una parte de mi vida.
Y quizá esa
sea la razón por la que estoy tan satisfecho con el resultado. No porque crea
haber escrito simplemente una historia entretenida, sino porque he conseguido
algo que, para mí, tiene mucho más valor: devolverle la vida a un mundo que
desapareció, pero que sigue respirando en quienes tuvimos la fortuna de
conocerlo.
No sé si los
libros tienen la capacidad de detener el tiempo. Lo que sí sé es que, mientras
leía y escribía estas páginas, el tiempo dejó de importar.
Porque hay
ciudades que uno abandona, pero que nunca terminan de abandonarlo a uno. Y hay
amigos, canciones, lugares y primeros amores que permanecen para siempre en una
habitación secreta de la memoria.
Málaga
1986 es mi manera de volver a abrir esa puerta.
Un homenaje
a una generación, a una ciudad y a una época en la que fuimos felices sin saber
que algún día la echaríamos tanto de menos.
Si alguna
vez fuiste joven en aquella Málaga, estas páginas también sean también tuyas.
Y si no
estuviste allí, te invito a descubrirla.
Porque hubo
un tiempo en el que las noches parecían no tener final, la música sonaba más
fuerte que nunca y nosotros, sencillamente, creíamos que éramos invencibles.
Sergio Calle Llorens
