La
primera vez que vi Eddie and the Cruisers (1983), me enamoré de una película que
parecía condenada a ocupar un lugar secundario en la historia del cine. Años
después volví a ella y encontré intacta aquella fascinación. No porque sea una
obra maestra escondida, ni porque todo funcione en ella, sino porque tiene algo
que muchas películas técnicamente mejores no consiguen: te hace echar de
menos a un músico que nunca existió.
Martin
Davidson construye su película alrededor de un misterio: Eddie Wilson, líder de los
Cruisers, desapareció en 1963 después de un accidente de coche. Su banda había
grabado un disco que nunca llegó a publicarse, A Season in Hell, y cuya
leyenda creció hasta convertirse en una obsesión. Años después, una periodista
intenta reconstruir la historia del grupo, entrevista a quienes conocieron a
Eddie y descubre que los recuerdos de una persona pueden ser tan poco fiables
como una leyenda bien alimentada.
La película
entiende algo esencial sobre el rock: el músico importa, pero también importa
el personaje que los demás fabrican con su ausencia. Eddie no es únicamente un
cantante desaparecido; es una promesa interrumpida, una canción sin terminar,
la posibilidad de una grandeza que nadie podrá comprobar. Su misterio alimenta
la historia y, al mismo tiempo, la convierte en una reflexión sobre la fama, la
autenticidad y el precio de querer ser alguien irrepetible.
Hay una
peculiaridad musical que siempre me ha llamado la atención. Aunque la acción
transcurre en 1963, las canciones de los Cruisers tienen un sonido mucho más
cercano al rock de Bruce Springsteen que al de aquella época. La película
no busca una reconstrucción musical rigurosa: busca transmitir la sensación de
una banda con algo urgente que decir. Y lo consigue. La banda sonora es uno de
sus grandes atractivos, con una energía que sostiene buena parte de la película
y que explica por qué su culto ha sobrevivido al paso del tiempo.
Eso no
significa que todo esté a la altura. El desenlace es una castaña. La resolución
del misterio resulta torpe, demasiado pendiente del golpe de efecto y bastante
menos inteligente que las preguntas que la película había planteado. Es un
final que le resta fuerza a una historia que merecía más sutileza. No voy a
fingir que ese defecto desaparece porque el resto me guste: está ahí, y se
nota.
Pero también
está esa imagen final del hombre que aparece en el escaparate, una presencia
que deja abierta la posibilidad de que Eddie siga vivo. La idea tiene fuerza;
la manera de ejecutarla, bastante menos. En una película más segura de sí
misma, ese instante habría bastado para dejar al espectador pensando durante
días. Aquí llega después de una resolución que no está a la altura de lo que
promete.
Aun con
todo, sigo defendiendo Eddie and the Cruisers. Tiene
imperfecciones evidentes, una trama que pierde precisión cuando debería ganar
intensidad y un final que no sabe rematar lo que ha construido. Sin embargo,
posee una identidad propia, una atmósfera reconocible y una banda sonora que
permanece mucho después de los créditos. Su condición de película de culto no
se explica solo por la nostalgia: también responde a su capacidad para
convertir una historia de rock en una historia sobre la ausencia y el deseo.
Hay
películas que uno admira y olvida, y otras a las que vuelve por razones
difíciles de ordenar. Esta pertenece a la segunda categoría. La he revisitado
después de años y sigo encontrando en ella el mismo atractivo, la misma
melancolía y la misma frustración ante lo que pudo haber sido. Porque Eddie
and the Cruisers está lejos de ser perfecta, pero su música y su
misterio sobreviven a sus errores. Y, al final, eso también forma parte de su
leyenda.
Sergio Calle Llorens
No hay comentarios:
Publicar un comentario