Analizando
mi descacharrante vida, llego a la conclusión de que vine, vi y no vencí, pero
mis deleites vitales sí fueron un auténtico triunfo. Supongo que han sido
tantos los pasones que me he pegado que me vi forzado a poner freno al
desenfreno, a amar el desamor y a desembarazarme del abrazo del oso de la
soledad. Pero no de la solitud, como la mayoría la entiende, sino de esa otra,
mucho más extraña y desoladora: la de estar rodeado de gente que no entiende
una palabra de lo que digo.
Recuerdo el
vértigo que sentía en el colegio cuando el profesor de ciencias explicaba no sé
qué misterios de la naturaleza y, mientras hablaba, en mi cabeza sonaban los
acordes de alguna canción de The Beatles. Recuerdo también al profesor
de literatura hablándome de Lorca, mientras yo, en un cuaderno que
seguramente merecía mejor destino, componía versos quevedescos. Endecasílabos
que terminaron, en el mejor de los casos, en alguna papelera.
Luego
llegaba el recreo, que era otra cosa. Allí, junto a mi compañero Curro del
Moral, la literatura dejaba paso a la música y nos dedicábamos a hacer
versiones de McCartney y Lennon. Recuerdo especialmente aquella que
hicimos de Twist and Shout, que en nuestras manos se convirtió en Volando,
volando sobre el mar. Éramos dos muchachos jugando a que las canciones
podían cambiar de piel y a que las palabras, bien colocadas, podían llevarnos a
cualquier parte.
Curro acabó
convirtiendo aquel juego en una vida. Terminó dedicándose a la música y fundó La
Sonrisa de Julia, un grupo que consiguió hacerse un nombre y que en 2003
ganó el Rock Villa de Madrid. Yo, por mi parte, acabé dedicándome a la
literatura. Ellos se llevaron los escenarios, los amplificadores y los
aplausos; yo, algunos dolores de cabeza, porque escribir es meterse en
problemas.
Don
Francisco de Quevedo y Villegas terminó en la cárcel. Yo estuve a punto de entrar por una
poesía. Currito sigue en el mundo de los conciertos, y José Antonio López
Morales se unió a la banda Biscuter antes de dedicarse al mundo de
los luthiers.
Aquellos
recreos, como ven, dieron para mucho. Quizá más de lo que entonces éramos
capaces de sospechar.
Supongo que
en la vida se trata de encontrar un público fiel con el que bailar. A veces
puede ser un puñado de amigos al abrigo de los recuerdos y de unas buenas
cervezas. Otras veces, la música nos empuja a tomar pareja en la oscuridad. Es
tanto el deseo de movernos que las piernas se nos enredan en una danza parecida
a la de los pájaros en celo. Incluso puede ocurrir que unos muchachos se junten
para componer canciones de rock and roll, convencidos de que el mundo
está esperando precisamente esa canción que todavía no existe.
Cuando
pienso en todo esto, me pongo alerta. Porque no es difícil imaginar al cuervo
negro de Yoko Ono revoloteando cerca, con la intención de acabar con
todo lo bello que hay en este mundo. Los reventadores se esconden en cualquier
esquina y en cualquier época. Son esos tipos capaces de entrar en una fiesta y
preguntarse qué demonios hacemos todos riéndonos. Gente que necesita romper
algo para sentirse viva, que confunde la provocación con el talento y el ruido
con una idea.
Algunos
escriben; otros hablan. Los hay que necesitan anfetaminas para soportarse a sí
mismos y los hay que no necesitan nada. Quizá estos últimos sean los más
peligrosos.
Porque
escribir también puede servir para destruir. Las palabras pueden levantar una
casa o incendiarla. Pueden juntar a dos desconocidos en un recreo o convencer a
millones de que el vecino es su enemigo. Mein Kampf ya fue escrito y,
desde entonces, cualquier aspirante a incendiario llega con el inconveniente de
que el gran delirio ya tiene dueño. Lo demás son imitaciones, ecos y
variaciones de una vieja enfermedad.
Yo, en
cambio, escribía canciones sobre muchachas bellas sin ropa interior. Amores fugaces que siempre estaban en fuga,
muchachas que aparecían y desaparecían antes de que pudiera aprenderme su
nombre y versos que tenían la mala costumbre de terminar en alguna papelera. No
sé si aquello era literatura. Probablemente no. Pero al menos nadie salió
herido, salvo yo, que ya empezaba a descubrir que escribir es una forma
bastante sofisticada de meterse en el próximo follón.
Sergio Calle
Llorens
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