Hay
películas que entretienen.
Y hay otras que terminan viviendo dentro de uno como un órgano más.
American Graffiti hizo eso conmigo.
La vi en un
cine de verano, hace muchísimos años, cuando las noches todavía tenían misterio
y las pantallas parecían portales abiertos hacia otra vida mejor. Recuerdo el
ruido de las sillas metálicas, el olor a tierra caliente y aquella sensación
extraña de que algo importante estaba ocurriendo delante de mí aunque todavía
no supiera nombrarlo.
No lo sabía
entonces, pero aquella película me estaba moldeando por dentro.
Y hubo dos
figuras que me marcaron de una manera casi obsesiva.
La
primera fue Wolfman Jack, el mítico locutor nocturno que aparece en la película como una especie
de chamán del rock and roll. Con aquella barba imposible, aquella voz cavernosa
y esa manera de hablar como si estuviera emitiendo desde el fondo de una
carretera infinita, Wolfman no parecía un simple pinchadiscos. Parecía un
espíritu protector de los adolescentes perdidos.
Lo
fascinante es que era real.
Su verdadero
nombre era Robert Weston Smith, aunque el mundo terminó conociéndolo
para siempre como Wolfman Jack. Durante años emitió programas de radio
nocturnos que se escuchaban por media América gracias a emisoras fronterizas
mexicanas que lanzaban señales gigantescas capaces de atravesar estados
enteros. En muchas ciudades, de madrugada, los jóvenes se acostaban escuchando
aquella voz salvaje mezclada con doo-wop, rhythm and blues y rock clásico.
George
Lucas lo admiraba profundamente y quiso convertirlo en el corazón secreto de American
Graffiti. Y lo
consiguió.
Porque
Wolfman apenas aparece físicamente en la película, pero está en todas partes.
Es la voz que acompaña la noche. El narrador invisible de una generación que
aún no sabía que estaba perdiendo la inocencia.
A mí aquello
me dejó hipnotizado.
Comprendí
que una voz puede construir un universo entero. Que alguien escondido tras un
micrófono puede acompañar más que muchas personas reales. Y probablemente ahí
nació una parte importante de lo que hoy hago yo mismo, aunque nunca lo haya
dicho abiertamente.
Con los
años, además, ocurrió algo hermoso y triste a la vez: Wolfman atravesaba
problemas económicos y American Graffiti volvió a convertirlo en
leyenda. Gracias a la película recibió royalties, recuperó popularidad y volvió
a actuar ante miles de personas. Era como si el cine le hubiera devuelto la
vida al fantasma que había alimentado tantas madrugadas ajenas.
Y luego
llegó el final.
En 1995,
después de una actuación en Carolina del Norte, regresó agotado a casa. Se
sintió mal, se desplomó en brazos de su esposa y le dijo una frase que parece
escrita por un guionista melancólico: “Cariño, me muero”.
Murió
poco después de un infarto.
Y no sé por
qué, pero siempre pensé que era una muerte perfectamente coherente con su
personaje. Como si una voz nacida para acompañar noches infinitas no pudiera
apagarse de una forma vulgar.
Luego estaba
ella.
La rubia
del Cadillac blanco.
Ese
personaje que atraviesa toda la película como un sueño imposible. La
interpretaba Suzanne Somers, aunque apenas aparece unos minutos. Y sin
embargo, consiguió algo extraordinario: convertirse en uno de los grandes
fantasmas sentimentales de la historia del cine.
Su personaje
ni siquiera tiene demasiadas frases. No hace falta. Basta una mirada, un coche
alejándose y la obsesión silenciosa del protagonista, Richard Dreyfuss,
intentando volver a encontrarla durante toda la noche.
Eso es
precisamente lo que la hace eterna.
Porque los
amores consumados terminan perteneciendo a la realidad. Y la realidad desgasta
las cosas. Pero los amores imposibles quedan congelados para siempre en el
punto exacto donde fueron soñados.
Nunca
envejecen del todo.
Siguen
sonando como aquella canción de verano que no has vuelto a escuchar en veinte
años y que, aun así, todavía sabe exactamente dónde hacerte daño.
Para mí,
aquella chica del Cadillac terminó simbolizando algo mucho más grande que un
romance juvenil.
Representaba una época entera que desaparecía lentamente. El último resplandor
de una América inocente, nocturna, musical y despreocupada que estaba a punto
de ser barrida por el tiempo.
Y quizá por
eso me afectó tanto.
Porque todos
tenemos una “rubia del Cadillac” en nuestra memoria. No necesariamente
una mujer. A veces es una ciudad, una época, una voz o una versión de nosotros
mismos que ya no volverá.
Con el paso
de los años entendí algo inquietante: gran parte de lo que he creado nace
exactamente de esos dos fantasmas.
De
Wolfman hablando desde la noche.
Y de esa mujer alejándose para siempre.
Uno me
enseñó el poder de la voz.
La otra, el poder de la nostalgia.
Y ambos me
hicieron comprender que el verdadero arte no intenta detener el tiempo. Lo
único que hace es iluminar durante unos segundos aquello que inevitablemente
vamos a perder.
Sergio Calle Llorens
No hay comentarios:
Publicar un comentario