viernes, 24 de abril de 2026

¡PEGGY SUE GOT MARRIED!



 


No hay nada más peligroso que una película que nos devuelve a nosotros mismos. Peggy Sue Got Married no es, en apariencia, más que un artefacto de nostalgia: un viaje hacia los años de instituto, hacia las faldas de vuelo y los peinados imposibles, hacia ese territorio donde el tiempo aún no ha pasado factura y la vida parece una promesa en lugar de una contabilidad de pérdidas. Pero bajo su superficie amable late una inquietud más honda, casi metafísica: ¿qué haríamos si pudiéramos corregir nuestra propia biografía?

La premisa es conocida y, sin embargo, nunca deja de seducir. Peggy Sue, interpretada por una Kathleen Turner en estado de gracia crepuscular, se desmaya durante una reunión de antiguos alumnos y despierta en 1960, en su propio cuerpo adolescente, pero con la conciencia intacta de la mujer que ya ha vivido, amado, fracasado. Esa fractura entre experiencia y juventud es el verdadero motor de la película: no es el viaje en el tiempo lo que importa, sino la conciencia del error.

Porque la memoria —esa gran impostora— no solo recuerda, también reescribe. Y Peggy Sue, como todos nosotros en nuestros momentos más íntimos, cree saber qué decisiones fueron las equivocadas. Cree que, con la lucidez del futuro, puede domesticar el pasado. Ahí reside la belleza melancólica del filme: en esa ilusión de control que se desmorona lentamente.

La reunión con las amigas, los pasillos del instituto, las miradas que aún no han aprendido a disimular: todo está filmado con una delicadeza casi elegíaca. No hay ironía cruel, sino una ternura que roza lo doloroso. Es el cine como máquina de resurrección, como intento desesperado de devolvernos a un tiempo donde todo parecía posible, incluso aquello que jamás lo fue.

Y luego está él: ese Nicolas Cage desbordado, excesivo, casi caricaturesco, que encarna al amor imperfecto, al amor real. Porque la película, en última instancia, no habla de oportunidades perdidas, sino de elecciones inevitables. Uno puede fantasear con invitar a salir a aquella chica que nunca se atrevió a mirar a los ojos, con besar a quien solo habitó en la imaginación, con desviarse del camino conocido. Pero hay algo profundamente inquietante en la idea de que, incluso sabiendo todo lo que sabemos, tal vez acabaríamos cometiendo los mismos errores.

La banda sonora merece una mención aparte: no es mero acompañamiento, sino un tejido emocional que envuelve cada escena con una pátina de tiempo suspendido. Las canciones funcionan como cápsulas de memoria, activando en el espectador esa nostalgia prestada que, sin embargo, sentimos como propia. Es música que no solo se escucha: se recuerda, aunque nunca haya formado parte de nuestra vida.

Más discutible resulta el tramo final, cuando la película se desliza hacia lo casi fantástico con la figura del abuelo que acepta la posibilidad del viaje temporal. Ahí el relato pierde parte de su sutileza, como si necesitara explicarse cuando lo verdaderamente poderoso era, precisamente, su ambigüedad. El misterio, una vez verbalizado, deja de ser misterio.

Aun así, hay destellos que permanecen: la aparición casi anecdótica de una jovencísima Sofia Coppola, testigo silencioso de un linaje cinematográfico; la presencia de aquella actriz veterana que encarnó a la mujer de Tarzán, recordándonos que el cine es también un cementerio luminoso donde las generaciones se superponen sin tocarse.

Pero lo que realmente queda, lo que persiste después de los créditos, es esa sensación incómoda de haber mirado demasiado de cerca nuestra propia vida. Porque Peggy Sue Got Married no trata del pasado, sino del presente visto con los ojos del arrepentimiento. Trata de los sueños que no cumplimos, de las versiones de nosotros mismos que quedaron en el camino, de esa intuición amarga de que la vida es, en esencia, una sucesión de renuncias.

Y, sin embargo, hay algo casi consolador en su conclusión implícita: no podemos reescribir nuestra historia. No hay segundas oportunidades verdaderas, no hay regresos limpios al origen. Solo nos queda la memoria, ese territorio ambiguo donde los errores se suavizan y los amores perdidos adquieren una perfección que nunca tuvieron.

Quizá por eso la película deja un poso extraño, entre la tristeza y la aceptación. Como si nos susurrara, con una elegancia casi cruel, que no importa cuánto viajemos hacia atrás en nuestra imaginación: la vida, al final, siempre nos conduce al mismo lugar. Y no salimos vivos de ella.

Sergio Calle Llorens

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