miércoles, 29 de julio de 2026

¡LOS FANTASMAS DEL VINILO!


 

Noches estrelladas en las que a mis difuntos me enfrento.

No los busco donde el mármol administra los nombres ni donde las coronas de flores fingen derrotar al tiempo. Los busco en casa. Allí donde una aguja desciende con la solemnidad de un oficio antiguo y el vinilo, obediente, comienza a girar como giran los astros sobre quienes ya no pueden contemplarlos.

Es entonces cuando regresan.

No hacen ruido al entrar. Nunca lo hicieron. Se sientan en el lugar que les pertenece desde hace décadas, entre las estanterías, los libros y los discos. Ninguno pide permiso. Tampoco lo necesita. Porque hay hombres cuya verdadera residencia no fue nunca una dirección postal, sino la memoria de quienes los escucharon.

Uno aprende, con los años, que una discoteca no es una acumulación de objetos. Es un censo de afectos. Cada carpeta conserva una edad de quien la compró, una habitación ya desaparecida, un amor cuyo nombre apenas recordamos, una madrugada que todavía respira bajo el cartón envejecido. Los discos no almacenan canciones. Almacenan tiempo.

Aquella noche volvió a sonar Ilegales. Y mientras el surco iba desgranando palabras de hierro, comprendí por qué algunas composiciones envejecen con la dignidad de los grandes vinos y otras nacen ya viejas, condenadas al olvido antes incluso de terminar su primera temporada de éxito.

Durante demasiado tiempo se confundió la velocidad con el talento. Como si acelerar el pulso pudiera ennoblecer una melodía mediocre. Como si la abundancia de notas lograra ocultar la escasez de ideas. Pero la música jamás fue una competición atlética. Ninguna emoción ha necesitado correr para llegar antes al corazón.

Las mejores canciones conocen la respiración de su lengua. Saben que el español no admite cualquier violencia. Cada sílaba reclama su peso, cada acento exige su lugar, cada silencio posee una función tan decisiva como la palabra que lo precede. El compositor verdadero no escribe únicamente sonidos: administra el tiempo, reparte el aire, ordena el silencio y, sólo cuando todo encuentra su justa medida, permite que la música nazca.

Ésa fue siempre la impresión que me produjo Jorge: la de un hombre que desconfiaba del artificio. Sabía que un riff puede ser brillante durante treinta segundos y resultar insoportable durante treinta años. En cambio, una frase escrita con verdad continúa respirando cuando ya han cambiado las modas, los peinados, las emisoras y hasta los gobiernos.

Tal vez por eso vuelvo una y otra vez a determinados discos. No persigo la nostalgia. Persigo una forma de honestidad que empieza a escasear. Escuchar ciertos álbumes es recordar que el oficio consiste menos en exhibirse que en decir; menos en impresionar que en permanecer.

Con la edad también cambia la geografía de las ausencias. Antes faltaban sillas en Navidad, en los cumpleaños o en las sobremesas familiares. Ahora faltan también voces en las estanterías. Cada año descubro que un lomo más se convierte en epitafio, que una portada deja de anunciar un presente para custodiar definitivamente una memoria. Y, sin embargo, qué extraña victoria la de esos músicos: el cuerpo desaparece; la conversación continúa.

Quizá por eso sigo comprando vinilos. No por fidelidad a un formato, sino por fidelidad a una liturgia. Hay algo profundamente humano en sacar un disco de su funda, sostenerlo unos segundos entre las manos y confiarle otra vez la tarea de devolvernos aquello que el calendario nos fue arrebatando. Ninguna plataforma conoce ese gesto. Ningún algoritmo comprende esa espera. La belleza, como casi todas las cosas importantes, necesita ceremonias.

Al apagar la luz, la habitación queda entregada únicamente al resplandor tenue del amplificador. Fuera continúa girando el mundo. Dentro gira un disco. Y entre ambas rotaciones, tan distintas y tan semejantes, uno acaba comprendiendo que los muertos no desaparecen del todo mientras alguien, en una noche cualquiera, todavía sepa en qué estante descansa la música con la que decidieron desafiar al olvido.

Sergio Calle Llorens


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