Noches
estrelladas en las que a mis difuntos me enfrento.
No los busco
donde el mármol administra los nombres ni donde las coronas de flores fingen
derrotar al tiempo. Los busco en casa. Allí donde una aguja desciende con la
solemnidad de un oficio antiguo y el vinilo, obediente, comienza a girar como
giran los astros sobre quienes ya no pueden contemplarlos.
Es
entonces cuando regresan.
No hacen
ruido al entrar. Nunca lo hicieron. Se sientan en el lugar que les pertenece
desde hace décadas, entre las estanterías, los libros y los discos. Ninguno
pide permiso. Tampoco lo necesita. Porque hay hombres cuya verdadera residencia
no fue nunca una dirección postal, sino la memoria de quienes los escucharon.
Uno aprende,
con los años, que una discoteca no es una acumulación de objetos. Es un censo
de afectos. Cada carpeta conserva una edad de quien la compró, una habitación
ya desaparecida, un amor cuyo nombre apenas recordamos, una madrugada que
todavía respira bajo el cartón envejecido. Los discos no almacenan canciones.
Almacenan tiempo.
Aquella
noche volvió a sonar Ilegales. Y mientras el surco iba desgranando palabras de hierro,
comprendí por qué algunas composiciones envejecen con la dignidad de los
grandes vinos y otras nacen ya viejas, condenadas al olvido antes incluso de
terminar su primera temporada de éxito.
Durante
demasiado tiempo se confundió la velocidad con el talento. Como si acelerar el
pulso pudiera ennoblecer una melodía mediocre. Como si la abundancia de notas
lograra ocultar la escasez de ideas. Pero la música jamás fue una competición
atlética. Ninguna emoción ha necesitado correr para llegar antes al corazón.
Las
mejores canciones conocen la respiración de su lengua. Saben que el español no admite
cualquier violencia. Cada sílaba reclama su peso, cada acento exige su lugar,
cada silencio posee una función tan decisiva como la palabra que lo precede. El
compositor verdadero no escribe únicamente sonidos: administra el tiempo,
reparte el aire, ordena el silencio y, sólo cuando todo encuentra su justa
medida, permite que la música nazca.
Ésa fue
siempre la impresión que me produjo Jorge: la de un hombre que desconfiaba del artificio. Sabía
que un riff puede ser brillante durante treinta segundos y resultar
insoportable durante treinta años. En cambio, una frase escrita con verdad
continúa respirando cuando ya han cambiado las modas, los peinados, las
emisoras y hasta los gobiernos.
Tal vez por
eso vuelvo una y otra vez a determinados discos. No persigo la nostalgia.
Persigo una forma de honestidad que empieza a escasear. Escuchar ciertos
álbumes es recordar que el oficio consiste menos en exhibirse que en decir;
menos en impresionar que en permanecer.
Con la edad
también cambia la geografía de las ausencias. Antes faltaban sillas en
Navidad, en los cumpleaños o en las sobremesas familiares. Ahora faltan
también voces en las estanterías. Cada año descubro que un lomo más se
convierte en epitafio, que una portada deja de anunciar un presente para
custodiar definitivamente una memoria. Y, sin embargo, qué extraña victoria la
de esos músicos: el cuerpo desaparece; la conversación continúa.
Quizá por
eso sigo comprando vinilos. No por fidelidad a un formato, sino por fidelidad a
una liturgia. Hay algo profundamente humano en sacar un disco de su funda,
sostenerlo unos segundos entre las manos y confiarle otra vez la tarea de
devolvernos aquello que el calendario nos fue arrebatando. Ninguna plataforma
conoce ese gesto. Ningún algoritmo comprende esa espera. La belleza,
como casi todas las cosas importantes, necesita ceremonias.
Al apagar la
luz, la habitación queda entregada únicamente al resplandor tenue del
amplificador. Fuera continúa girando el mundo. Dentro gira un disco. Y entre
ambas rotaciones, tan distintas y tan semejantes, uno acaba comprendiendo que
los muertos no desaparecen del todo mientras alguien, en una noche cualquiera,
todavía sepa en qué estante descansa la música con la que decidieron desafiar
al olvido.
Sergio Calle
Llorens
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