miércoles, 22 de abril de 2026

¡PLA, SUS MUJERES Y YO!

 


En mi biblioteca hay libros que se leen y libros que se viven. Y luego está el El cuaderno gris, que directamente se infiltra en la manera en que uno observa el mundo. Yo soy planiano hasta la médula, y no lo digo como una etiqueta literaria, sino como una forma de estar en la realidad: desconfiando de lo grandilocuente, atendiendo a lo pequeño, encontrando en una conversación trivial o en un plato bien descrito una verdad más sólida que en muchos discursos solemnes. Leer a Josep Pla es asistir a un fenómeno extraño: el autor no construye personajes porque él mismo se convierte en el personaje central de toda su obra. Su mirada lo invade todo. Su ironía, seca como una sentencia notarial, desmonta la realidad sin levantar la voz. Y, sin embargo, bajo esa aparente claridad, siempre hay una penumbra.

Pla escribió como quien toma notas del mundo, pero en realidad estaba levantando un sistema de interpretación. En El cuaderno gris no hay argumento en el sentido clásico, sino una sucesión de observaciones que, poco a poco, acaban formando una cosmovisión. El joven que escribe ese diario ya contiene al escritor total: el escéptico, el observador incansable, el hombre que parece no implicarse pero que en realidad está profundamente atravesado por lo que ve. Y ahí empieza el misterio. Porque Pla parece transparente, pero no lo es. Dice mucho, pero también decide con precisión quirúrgica qué no decir.

Ese silencio se vuelve especialmente elocuente cuando uno entra en el territorio de sus relaciones con las mujeres. Pla las vivió intensamente, pero las escribió con una discreción casi obsesiva. Esperanza Suquet, el amor de juventud, apenas deja rastro. Mercedes, en Barcelona, queda confinada a las cartas privadas. Rosetta Lagomarsino irrumpe con fuerza en su vida, incluso llega a Palafrugell, pero es expulsada, como si la realidad misma no pudiera tolerar ese desorden sentimental. Luego aparecen figuras más complejas, como Aly Herscovitz, en el Berlín derrotado y febril de los años veinte, o Adi Enberg, quizá la relación más enigmática de todas: años de convivencia, posible matrimonio, una hija nunca reconocida… y, sin embargo, un silencio casi total en su obra. Pla convierte su vida en literatura, sí, pero no toda su vida entra en ese filtro.

Con Aurora, la historia cambia de tono. Aquí ya no estamos ante la discreción, sino ante una intensidad casi obsesiva. Pla descubre con ella un territorio erótico que lo desborda, y aunque la relación se interrumpe, continúa durante décadas a través de cartas cargadas de deseo. Es un Pla distinto: menos irónico, más vulnerable, más expuesto. Y luego está Consuelo Robles, la joven gitana, a quien integra en su vida cotidiana de una manera difícil de clasificar, entre lo afectivo, lo práctico y lo profundamente ambiguo. Todo esto dibuja a un hombre que observa con distancia, pero vive con contradicción.

Y es precisamente en esas contradicciones donde el personaje se vuelve verdaderamente interesante para un expediente como el que estás construyendo. Porque Pla no es solo el gran prosista del siglo XX en lengua catalana, no es solo el cronista minucioso de una época. Es también un hombre situado en un contexto político y moral complejo. Su relación con el franquismo no puede obviarse. Tras la Guerra Civil, Pla se adapta al nuevo régimen, escribe, publica, sobrevive. Colabora, en cierta medida, con el sistema, aunque siempre desde esa posición suya tan característica: lateral, pragmática, nunca del todo explícita. No es un ideólogo del régimen, pero tampoco un opositor. Es, si se quiere, un superviviente lúcido que decide seguir escribiendo en las condiciones que le tocan.

La famosa anécdota de la gabardina resume bien ese espíritu. Pla, con su ironía habitual, viene a decir que uno se pone la gabardina que conviene según el tiempo que hace. No es una declaración heroica, ni pretende serlo. Es, más bien, una forma de cinismo práctico, de adaptación a la intemperie histórica. Y esto incomoda, claro. Sobre todo cuando se contrasta con su ambición de ser el gran cronista de su siglo. Porque hay silencios que pesan. Y uno de los más evidentes es su ausencia de reflexión sobre el Holocausto. En un escritor tan atento a la realidad, tan obsesionado con describir su tiempo, ese vacío resulta inquietante. No es un descuido menor, es una omisión significativa que obliga a replantearse su figura.

Decir esto no disminuye a Pla; lo humaniza. Lo saca del pedestal y lo devuelve a ese terreno que a él mismo le habría gustado: el de la imperfección concreta. Un escritor enorme, sí, pero también un hombre con zonas oscuras, con decisiones discutibles, con silencios que interpelan. Y quizá ahí reside una de las claves más fascinantes de su obra. Pla no ofrece respuestas morales claras. No se presenta como ejemplo. Escribe, observa, anota. Y deja que el lector saque sus propias conclusiones.

Desde dentro, incluso apoyando a la Fundación que lleva su nombre, es comprensible que estos aspectos se traten con cautela. Pero un escritor cuando es grande de verdad, no se sostiene solo sobre la admiración, sino también sobre la incomodidad.

Y Pla, en ese sentido, sigue siendo profundamente incómodo. Por su lucidez, por su ironía, por su capacidad de describir el mundo… y también por todo aquello que decidió no contar.

Sergio Calle Llorens

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