Mi padre
aprobó unas oposiciones con doce años. Tuvo que estudiar contabilidad e inglés.
Tras conseguirlo, obtuvo el puesto de botones en el Banco de Bilbao.
Años más tarde terminaría trabajando como director de sucursal. Nunca se tomó
una baja. Jamás dio una excusa en el trabajo. Un tipo que se vestía por los
pies. Alguien que en ninguna hoja del calendario tiró un papel al suelo. Un
caballero profesional que exigía lo mismo de sus subordinados.
A él no se
le pasó por la cabeza pitar un himno ajeno, ni siquiera el andaluz, que
sentíamos ajeno. En esencia, era un tipo conservador. De esos que crecieron
afirmando que hacer el servicio militar era servir a España. Sin
embargo, decía que los homosexuales eran seres fantásticos, porque así mis
hermanos y yo tendríamos más mujeres a nuestra disposición. De las lesbianas
pensaba que eran personas de muy buen gusto, porque se enamoraban de otras
mujeres.
Rafael
variaba muy poco de opinión; lo que le parecía fatal al alba le seguía
pareciendo igual de mal en la anochecida. No era el tipo de hombre al que le hubiera agradado
escuchar cánticos como el de «musulmán el que no bote», pero habría puesto el
grito en el cielo ante la vejación del himno de todos los españoles. Ya lo
leen: un señor muy alejado de los patanes que hoy opinan en televisión y
escriben en los diarios.
Lo que más
me gustaba de él era su fino e irónico sentido del humor. A veces podía
confundirse con un señor inglés que, tras leer un artículo de The Times,
levanta la cabeza para soltar un comentario jocoso. Le hacían mucha gracia esos
falsos profetas que se esposan con mujeres porque Dios se les aparece en sueños
para que desfloren a alguna damisela. Como si el Altísimo, que como todo el
mundo sabe está en el cielo tan pimpante, no tuviera otra cosa que hacer que
preocuparse de la vida sexual de los mortales.
Mi padre
nunca tuvo mala sangre. Es más, pasó su vida donándola, porque la suya era
universal. El karma no le premió y, el único día que su ángel de la guarda —al
cual mandó saludos muy poco cordiales— estaba despistadillo, terminó ahogado en
su propia sangre, esperando a una ambulancia del Servicio Andaluz de Salud. Su
muerte no provocó ningún titular. Nadie se manifestó en la calle por él.
Básicamente, porque gobernaba el PSOE y él no era un perrito como Excalibur.
A veces
pienso que su muerte fue la forma que tuvo Dios de ahorrarle ver con sus
propios ojos que los españoles y el resto de europeos estamos siendo
sustituidos por una masa de gente ajena cuyos valores morales se anclan en un pedrusco
de Arabia. Él no lo hubiera intentado. Él no lo hubiera aceptado. Al final,
el tiempo le dio la razón: nuestro mundo va a desaparecer.
Y, sin
embargo, cuando cae la noche y el ruido se apaga, me gusta pensar que hombres
como él no desaparecen del todo. Que quedan suspendidos en algún lugar
discreto, quizá en ese mismo cielo donde el Altísimo sigue tan pimpante,
observándonos con una mezcla de ironía y cansancio. Como si aún levantara la
vista de su periódico invisible para dictar sentencia, breve y certera, sobre
este mundo que ya no reconoce. Y entonces, por un instante, todo parece un poco
menos perdido.
Sergio Calle Llorens

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