jueves, 30 de abril de 2026

¡HEAVEN KNOWS I´M MISERABLE NOW!



A veces vuelve, como un zumbido que no se apaga del todo, aquella frase de The Smiths: I was looking for a job and then I found a job… heaven knows I’m miserable now. No es nostalgia musical; es una constatación. Hay canciones que no se escuchan: se habitan. Y esta, como una letanía de derrota digna, me atraviesa cada vez que recuerdo el día en que mi hermano murió y el mundo siguió girando con la indiferencia metronómica de una máquina bien engrasada.

Murió mi hermano. Y no hubo pausa.

Ni en la empresa. Ni en el centro de estudios. Ni en ese ecosistema de sonrisas plastificadas donde la palabra “equipo” se pronuncia como si fuera una contraseña para entrar en un club al que, en realidad, nadie pertenece. No tuve derecho a un día libre. Ni uno. La ley, ese dios menor de los despachos, no contemplaba mi duelo como una causa suficiente. Debe de ser que la muerte, si no está bien tipificada, carece de entidad jurídica.

Recuerdo volver al trabajo con esa sensación de haber dejado algo irreparable detrás, como quien cierra la puerta de una casa en llamas y decide no mirar atrás porque sabe que no podría soportarlo. Y allí estaban ellos, hablando de input, de output, de coworking, de sinergias y de resiliencia, pronunciando esas palabras como si fueran fórmulas mágicas que justificaran su propia vacuidad. No saben inglés, pero manejan su jerga como quien agita un incensario: mucho humo, ninguna fe.

Después están las ONG, las empresas, las instituciones: ese coro de voces bien moduladas que llenan LinkedIn de vídeos emocionantes, de abrazos en cámara lenta, de frases que hablan de cuidar a las personas. “El capital humano es lo primero”, dicen, mientras el humano concreto —tú, yo, cualquiera— se convierte en un número que no merece ni una llamada cuando se rompe por dentro. Son los mismos que organizan talleres sobre bienestar emocional, pero no tienen el menor interés en saber cómo estás cuando de verdad importa. Prefieren la estética del cuidado a su práctica. La pose antes que la presencia.

Vivimos rodeados de una filantropía ornamental. Se preocupan por todo lo que no duele cerca: causas lejanas, nobles, fotogénicas. La vida sexual del somormujo, si hace falta. Cualquier cosa que pueda enmarcarse en un vídeo inspirador con música de fondo y subtítulos en blanco. Pero no por el tipo que se sienta a su lado y que acaba de perder a su hermano. Ese no da likes. Ese incomoda. Ese recuerda que, bajo la retórica, no hay nada.

Y luego está el edadismo, esa forma de desprecio elegante que no se nombra, pero se respira. Cuando ya no eres joven, pero tampoco lo bastante viejo como para ser invisible del todo, te conviertes en una molestia estadística. Has dejado de ser promesa, pero aún no eres memoria. Estás en tierra de nadie, donde lo que sabes no interesa y lo que eres no cotiza. Te piden experiencia, pero desconfían de ella. Te exigen lealtad, pero te ofrecen caducidad.

Todo esto tiene algo profundamente cinematográfico, aunque no en el sentido épico que nos vendieron. Se parece más a esas escenas de oficina interminables, con luces frías y conversaciones que no dicen nada, donde el protagonista se da cuenta —demasiado tarde— de que ha estado interpretando un papel en una película que no le interesa. Una mezcla entre el absurdo burocrático y la soledad de quien entiende que nadie va a detener la cinta por él.

Y, sin embargo, lo más hiriente no es la crueldad explícita. Es la indiferencia bien organizada. Esa capacidad de seguir adelante sin que nada se altere, como si la vida de los demás fuera un ruido de fondo que se puede silenciar con un clic. No es que no les importe si vives o mueres. Es peor: no llegan ni a planteárselo.

Quizá por eso aquella canción vuelve. Porque en medio de todo este teatro de buenas intenciones y discursos huecos, hay una verdad incómoda latiendo: estamos entregando nuestro tiempo —ese bien irreparable— a estructuras que no sabrían reconocernos ni aunque nos desmoronáramos delante de ellas.

Y lo hacemos en silencio.

Hasta que un día algo se rompe. Y entonces, por un instante, lo ves todo con claridad: el decorado, los figurantes, las palabras vacías flotando en el aire como globos desinflados.

Y entiendes, con una lucidez que duele, que nunca les importó.

Sergio Calle Llorens


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