La vida
tiene pequeños placeres que iluminan el alma: esa luz deliciosa que se filtra
entre las nubes en un atardecer junto al mar. Esas cervezas en compañía de los
viejos amigos. Las risas de un niño jugando en la orilla. Las piernas doradas
de una mujer. Una mirada a medianoche. El espíritu de quienes siempre
hemos sido libres y, por supuesto, ver cómo algunos prefieren escribir sobre
los peligros que acechan a la lagartija pitusa en Ibiza antes que sobre
la corrupción del gobierno de P. S.
Evidentemente,
cada uno puede tener su opinión. De hecho, hay mucha gente que tiene opiniones,
pero bastantes menos tienen estilo para contarlas. Y el estilo, para un
escritor, vale más que cien opiniones.
Yo escribo
para exagerar, caricaturizar, pinchar y dejar una herida verbal que el lector
recuerde. Mi trabajo no es presentar pruebas ante un tribunal, sino encender el
foco sobre lo que considero una farsa y dejar que el lector contemple el
espectáculo. El problema es que ya ni siquiera tengo que esforzarme en
exagerar. El gobierno y sus voceros lo hacen por mí.
Las joyas
de Zapatero, el
blanqueo de capitales, las cloacas del PSOE, los de la secta del capullo en la
cárcel y el nadaplete del Madrid, que no ha ganado ni un título en dos
temporadas. Y miren que se han gastado más dinero que nadie. La Cosa Nostra
lo quería todo y, con la pandemia, dejó a Al Capone y sus muchachos como
simples aficionados. Los madridistas aspiraban a campeonar y hasta el Albacete
les dio una patada en el trasero. Ni en baloncesto, oigan.
La cantidad
de lecciones que nos han dado sobre moralidad. Los millones de jornadas
afirmando que eran los mejores del mundo. Pero todo era una farsa, un sainete
con decorados de cartón piedra.
Recuerdo que
siempre que terminaba mi columna de fusilamiento pensaba en esto: si alguien
recuerda, tras su lectura, una escena, una metáfora o una comparación sangrante,
la sátira ha cumplido su función literaria. Sin embargo, ahora ellos me
hacen todo el trabajo sucio. Ni siquiera tengo que esforzarme en deformar la
realidad, porque la realidad ya aparece deformada por sí sola, como un reflejo
imposible en una galería de espejos infinitos.
En fin, como
escritor no se trata de quitar pólvora al disparo. Se trata de mejorar la
puntería. Y bien mirado, en la España sanchista hasta los mafiosos parecen
pegarse un tiro cada mañana.
¡Pequeños
placeres!
Sergio Calle Llorens
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