Aquella
escena en el supermercado de Reality Bites no era simplemente un grupo
de jóvenes haciendo el idiota entre bolsas de patatas y refrescos baratos
mientras sonaba My Sharona. Era prácticamente un manifiesto generacional
disfrazado de gamberrada. Un instante encapsulado en formol noventero donde
toda una generación quedaba retratada sin necesidad de discursos políticos, sin
manifiestos filosóficos y sin sociólogos de universidad escribiendo artículos
insufribles sobre la juventud desencantada. Bastaban tres chavales bailando
como posesos en los pasillos de una tienda mientras Ethan Hawke permanecía
apoyado junto al mostrador con esa expresión mezcla de resaca emocional,
cinismo existencial y agotamiento vital que convirtió a Troy Dyer en el
santo patrón de millones de adolescentes confundidos.
Porque si
algo tenía aquella generación era precisamente eso: una capacidad
extraordinaria para alternar la euforia absurda con el nihilismo más elegante
jamás visto. Éramos chavales criados entre cintas VHS rebobinadas con
bolígrafo Bic, videoclubs con olor a moqueta húmeda y programas de televisión
donde todavía parecía posible que el mundo escondiera cierta magia. Nos
educaron prometiéndonos un futuro brillante y acabamos descubriendo que
probablemente terminaríamos compartiendo piso, fumando tabaco barato y
discutiendo sobre música alternativa mientras trabajábamos en algo que
odiábamos profundamente. Y aun así, había una belleza extraña en todo aquello.
Una especie de romanticismo mugriento que el cine de los noventa supo capturar
mejor que nadie.
La escena
funciona porque parece improvisada, casi accidental, pero contiene más verdad
sobre nuestra generación que muchas películas enteras. Mientras Lelaina,
Vickie y Sammy bailan completamente desatados por el supermercado, agarrando
snacks y moviéndose como si acabaran de escapar de un psiquiátrico adorable,
Troy observa la situación con esa mezcla de desprecio y melancolía que definió
a tantos jóvenes de la época. Él representa al tipo que ya estaba cansado
incluso antes de empezar la vida adulta. El intelectual sarcástico que leía
libros de músicos muertos, citaba filósofos en bares donde olía a cerveza
rancia y parecía convencido de que la felicidad era una trampa inventada por la
publicidad de Coca-Cola.
Y sin
embargo, todos queríamos parecernos un poco a Troy. Aunque fuera insoportable.
Aunque tuviera el entusiasmo vital de una farola apagada. Porque en el fondo
representaba la resistencia romántica contra el mundo prefabricado que empezaba
a devorarlo todo. Los noventa fueron exactamente ese instante: el momento en
que la autenticidad todavía parecía posible antes de que internet convirtiera
hasta la rebeldía en un producto empaquetado. Aún podías encontrarte a alguien
verdaderamente raro. Aún existían personas que escuchaban música porque les
salvaba la vida y no para colgar frases en redes sociales junto a un café
fotogénico.
Lo
extraordinario de aquella secuencia es que convertía un supermercado cualquiera
en una pista de baile generacional. Durante unos segundos, aquellos personajes
parecían olvidar la precariedad, los trabajos basura, las relaciones
sentimentales desastrosas y el miedo constante al futuro. Bailaban como
bailábamos nosotros cuando todavía creíamos que el simple hecho de poner una
canción a todo volumen podía arreglar el universo. Porque nuestra generación
tenía algo profundamente ingenuo y profundamente triste al mismo tiempo.
Éramos irónicos, sí, pero todavía conservábamos cierta esperanza secreta. Una
esperanza escondida bajo capas de sarcasmo, camisas de cuadros y conversaciones
absurdamente intensas a las tres de la madrugada.
Y
entonces aparecía Troy, inmóvil junto al mostrador, observándolo todo con gesto
de fastidio metafísico, como si estuviera pensando: “Sí, bailad todo lo que queráis. Dentro
de veinte años pagaréis hipotecas imposibles y tendréis dolores lumbares”.
Lo terrible es que probablemente tenía razón. Pero también estaba equivocado.
Porque aquella generación perdió muchas cosas, sí, pero ganó una estética
emocional irrepetible. Supimos aburrirnos de manera artística. Supimos estar
rotos con estilo. Supimos convertir la confusión existencial en cultura pop.
Hoy vemos
esa escena y sentimos algo parecido a la nostalgia radiactiva. No solo por la
película, sino porque representa un mundo que desapareció. Un mundo donde
todavía podías perder una tarde entera escuchando discos con amigos sin mirar
el móvil cada cuarenta segundos. Donde las conversaciones no estaban diseñadas
para convertirse en contenido. Donde la gente se enamoraba en videoclubs, en
cafeterías o en supermercados cutres mientras sonaba una canción pegajosa de
fondo.
Quizá por
eso aquella escena sigue viva treinta años después. Porque no habla únicamente
de unos personajes.
Habla de nosotros. De una generación que creció entre el cinismo y la
esperanza, entre la cultura alternativa y el principio del gran vacío moderno.
Una generación que bailaba en los supermercados mientras intuía, en algún
rincón oscuro del alma, que el futuro iba a ser bastante más extraño de lo que
nos habían prometido.
¡Por cierto,
gracias Winona Ryder por esos pasos de baile!
Sergio Calle Llorens
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