¿Qué tal,
cejitas? ¿Cómo llevas tu futuro encarcelamiento?
La verdad es
que te entiendo. Yo conozco esa sensación de desamparo. Ese despertar en mitad
de la madrugada, con el corazón desbocado en el pecho y cubierto de un sudor
frío y pegajoso. Ese instante en el que uno abre los ojos y descubre que la
realidad, esa realidad que durante tanto tiempo creyó poder controlar, ha
decidido cobrarse la factura.
Lo mío fue
por una poesía, pero tú, what the fuck, te lo has ganado a pulso. A este
paso, hasta tus hijas van a terminar en Soto del Real.
¡Cuántos
discursos descacharrantes y bobalicones te marcaste! ¡Cuántas lecciones de
moral, de democracia, de convivencia y de civilización! Y ahora, querido Rodríguez
Zapatero, todo el mundo descubre que eres un impostor.
De faro de
Occidente has pasado a una linterna que alumbraba el posible golpe de la Rosa
Nostra: comisiones ilegales, cobros del petróleo venezolano y hasta joyas
que no declaraste. Esas que, según tu propia declaración ante el juez, son
regalos del rey difunto de Arabia Saudí. Un país que aplica la pena de
muerte a los homosexuales.
¡Qué
bochorno!
Te hemos
pillado, ZP, y te vamos a meter en la cárcel una buena temporada. Tendrás
tiempo. Mucho tiempo. Tiempo para pensar. Tiempo para recordar. Tiempo, sobre
todo, para contemplar desde el otro lado de los barrotes aquel tiempo en el que
tratabas a Maduro y a Mohamed VI como demócratas.
Y quizá
entonces vuelvan a tu memoria algunas escenas de aquella película que
protagonizaste durante tantos años. La sala de proyecciones de algunos de tus
mejores momentos:
—«El mundo
no pertenece a nadie salvo al viento», rebuznabas.
—«El
infinito es infinito; el universo es infinito y probablemente no cabe en
nuestra cabeza»… especialmente en la tuya, Mr Bean.
Te repito lo
que te dejé escrito hace años: al tonto se le puede enseñar. El imbécil, en
cambio, carece de solución posible.
Ser tonto es
humano. Volverse imbécil constituye una decisión del carácter.
Tú nunca
fuiste el más listo de la clase, pero decidiste seguir caminando por el sendero
de la idiocia hasta convertirte en el más cretino e insufrible de los humanos.
No fue un accidente. Fue un camino. Y hay caminos que, por mucho que uno quiera
disfrazarlos de destino, empiezan con una elección.
Y cuando se
unen la estupidez y la maldad en una organización criminal como el PSOE,
el resultado es una cloaca dirigida por una tal Leyre que, entre otras
cosas, pedía a gente del hampa darle un buen susto a la jueza que investigaba
al hermano de Pedro Sánchez, condenado por la justicia.
Pero ya nada
de lo que aquí te dejo escrito importa.
Porque
ahora, precisamente ahora, empieza otra película.
Ahora
empiezas a escuchar el cerrojo de tu celda al cerrarse de noche. Ese ruido
seco, metálico, definitivo. Y te tiemblan las piernas.
Quizá
entonces comprendas algo que nunca entendiste cuando tenías el poder: que las
palabras no son inocentes cuando las pronuncia quien manda; que los discursos
pasan, las fotografías amarillean y los monumentos se cubren de polvo, pero
determinadas decisiones permanecen.
Y los
barrotes también.
¡Vas a pasar
a la historia como el padrino de una mafia que entró en prisión por corrupción!
¡El
tipejo que subió la escalera de Moncloa después de que los marroquíes
provocasen la matanza del 11-M!
¡El amoral
que hablaba de alianza de civilizaciones cuando solo hay una buena, la nuestra!
¡El
zangolotino que eligió de ministra de Defensa a una mujer solo porque estaba
embarazada!
Y después de
todo aquello, después de los discursos, de las fotografías, de las sonrisas, de
las grandes palabras y de aquella solemnidad impostada, quizá quede solamente
el eco de una puerta cerrándose.
Una puerta
de hierro.
Un cerrojo.
Y el
silencio.
¡Te llegó la
hora, ZP, y toda España saldrá a celebrarlo!
Sergio Calle Llorens
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