miércoles, 16 de septiembre de 2026

¡BLONDIE Y LA EDAD DE LA INOCENCIA!


 

Una vez leí en algún sitio que Blondie no era solo una banda, sino la perfecta colisión entre la frialdad de la calle neoyorquina y el calor de un estribillo pop perfecto. Al frente, Debbie Harry, la mujer que nunca pidió permiso ni bajó la mirada ante nada ni ante nadie. La cantante rubia, emparentada con Eve Babitz, con sus gafas que bajaba hasta la punta de la nariz para revelar unos ojos sonrientes y una mirada muy fija. Alguien que no solo fue musa, sino autora, líder y visión absoluta. Es posible que la fiesta musical comenzara antes de que ellos nacieran, pero, incluso llegando después, vinieron a cambiarlo todo.

La música de Blondie ha sido parte de la banda sonora de mi vida y, con toda seguridad, lo seguirá siendo hasta que la muerte me separe de la vida. Sus notas musicales sonaron bajo la luna hedonista de La Malagueta en los años ochenta. También me hicieron compañía cuando creí que podía crear mi propia versión de Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band. Podría decir que toda la pasión que ardía en mi interior, incluso con mis fracasos, terminaba resurgiendo de las cenizas de sus letras para escribir otra carta. Y miren que yo podría dejar de contar cosas porque nadie cuenta conmigo, pero luego llega la noche y las canciones del tocadiscos me hacen escapar de un pozo sin fondo.

La vida debe ser horrible sin canciones. La existencia debe ser más amarga sin estas letras.

Porque hubo una época en la que una canción podía cambiarte la vida. No metafóricamente. De verdad. Bastaba con escuchar los primeros compases para sentir que algo se abría delante de nosotros, una grieta por la que entraba el aire de un mundo nuevo.

Para un joven de la Movida malagueña, escuchar a Blondie era también descubrir que la belleza podía ser insolente, que una mujer podía convertirse en mito sin pedir disculpas por su deseo, su inteligencia o su poder. Y entonces aparecía Debbie Harry, rubia, voluptuosa, casi rubensiana, con aquella mezcla imposible de fragilidad y desafío. Yo la contemplaba desde la portada de un disco y desde las imágenes que llegaban hasta nosotros, intentando descifrar qué demonios tenía aquella mujer para que resultara tan magnética. Su voz me parecía de terciopelo. O eso pienso ahora. Quizá la memoria también inventa la textura de las voces que amamos.

Después sonaba “Denis”.

Y todo cambiaba.

Aquel nombre repetido una y otra vez tenía algo de conjuro adolescente. No hacía falta entender demasiado. Bastaba dejarse llevar. Y cuando llegaba “Sunday Girl”, aquella descarga de electricidad parecía decirnos que el mundo estaba ahí fuera, esperándonos. Que había que salir, llamar, besar, equivocarse, volver a empezar. Que todavía estábamos a tiempo de convertirnos en quienes soñábamos ser.

Eso significaron para muchos de nosotros aquellas canciones: la posibilidad.

La posibilidad de que la vida no fuera solamente aquello que habíamos heredado. De que pudiera inventarse. De que una ciudad, una noche, un disco y una mujer pudieran enseñarte, sin darte ninguna lección, que había otras maneras de estar en el mundo.

Hoy han pasado demasiados años. Algunos nombres se han borrado, algunas caras se han vuelto fotografías y muchos de aquellos sueños han acabado en lugares que jamás habríamos imaginado. Pero pongo un disco de Blondie y sucede algo extraño: durante tres minutos y cuarenta y tantos segundos, el tiempo pierde sus derechos.

Vuelve el muchacho.

Vuelve intacto.

Vuelve con la insolencia de quien todavía no sabe todo lo que va a perder.

Y Debbie Harry vuelve a mirarlo desde el otro lado del tiempo, con sus gafas en la punta de la nariz, esa sonrisa que parece saberlo todo y aquella voz de terciopelo que todavía consigue abrir una puerta donde yo creía que ya no quedaba ninguna.

Entonces empieza “Call Me”.

Y comprendo que quizá crecer no consiste en dejar atrás al joven que fuimos, sino en aprender a encontrarlo cuando una canción vuelve a sonar.

La aguja sigue girando.

Debbie canta.

Y, por un instante, vuelvo a tener toda la vida por delante

Sergio Calle Llorens

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