En unas
horas saldré a la calle para manifestarme por Ceuta, junto a millones de
compatriotas. Lo haré por mi tío, Antonio Llorens, que fue teniente de
la Legión; por mis primas, que viven en esa ciudad española; y porque estoy
convencido de que Marruecos ha cometido un error de cálculo al atacar a
España.
Ha llegado
el momento de expresar nuestra rabia, nuestra indignación y nuestro rechazo
ante un país que pretende poner a prueba nuestra integridad territorial. Y lo
más paradójico es que, para hacerle frente, ni siquiera necesitaríamos disparar
un solo tiro.
Bastaría con
utilizar nuestra propia fuerza económica. Bastaría, por ejemplo, con recordar
quién suministra la electricidad y cerrar el grifo comercial. Ni un solo
producto del reino de Mohamed VI debería entrar en España mientras dure
esta agresión. También podríamos restringir las conexiones aéreas y marítimas y
revisar de arriba abajo unas relaciones diplomáticas que, a estas alturas,
parecen sostenerse más por inercia que por confianza.
Y, por
supuesto, ni un solo euro más.
Porque una
cosa debería quedar clara: si alguien ataca nuestra soberanía, España no puede
responder como si nada hubiera ocurrido.
Marruecos
está a años luz de España en términos económicos y militares. No hace falta ser un estratega para
comprenderlo. Por eso resulta todavía más incomprensible que alguien pueda
pensar que nuestro país va a permanecer eternamente de brazos cruzados.
Y si las
medidas económicas, comerciales y diplomáticas no fueran suficientes, siempre
quedaría la opción militar.
En cuestión
de horas, nuestros aviones podrían convertir la aviación marroquí en un
recuerdo. Nuestros medios militares podrían imponerse con una superioridad
abrumadora. Sería, llevado al extremo, un auténtico pim, pam, pum.
Un tiro al
plato.
Y entonces
llegaríamos a Rabat.
Porque en
esta propuesta bélica que algunos parecen estar dispuestos a alimentar, también
habría que bombardear la capital marroquí. Cada bomba podría llevar su propio
mensaje antes de enviar a nuestros enemigos a cenar con el Altísimo.
Se acabó el
diálogo.
Se acabaron
las concesiones.
Se acabaron los
Marlaskas y los Sánchez de turno, a quienes, según esta lógica, habría que
juzgar por alta traición.
¿Exagerado?
Por
supuesto.
¿Desproporcionado?
También.
¿Pero no es
precisamente esa la lógica a la que conduce el odio cuando dejamos de pensar?
Porque,
llegados a este punto, tampoco bastaría con bombardear Rabat. Habría que
reducirla a cenizas. Y, puestos a seguir con la misma lógica, podríamos
decir que ya hemos hecho algo parecido en España con el programa de lengua
árabe y cultura marroquí de numerosas regiones.
¿Ven dónde
termina la agresión marroquí?
Empieza con
la indignación. Continúa con el boicot. Después llega la ruptura diplomática.
Más tarde aparecen las bombas. Se acabó lo de poner la otra mejilla.
España no
puede seguir mirando hacia otro lado, eso sí lo tengo claro. Nuestros enemigos nos han lanzado un
desafío y tenemos que recoger el guante. Pero recogerlo no significa perder la
cabeza.
Porque la
verdadera fortaleza de un país no consiste únicamente en saber cuánto daño
puede hacer, sino también en saber cuánto daño está dispuesto a evitar.
Mierduecos —no se me ocurre un nombre mejor
para ese país— acabará entendiendo que acaba de despertar a un león dormido.
O quizá el
león debería demostrar que, además de tener dientes, sabe cuándo merece la pena
enseñar los colmillos.
¡Al tiempo!
Sergio Calle Llorens
No hay comentarios:
Publicar un comentario