miércoles, 2 de septiembre de 2026

¡HAY QUE BOMBARDEAR RABAT!

 


En unas horas saldré a la calle para manifestarme por Ceuta, junto a millones de compatriotas. Lo haré por mi tío, Antonio Llorens, que fue teniente de la Legión; por mis primas, que viven en esa ciudad española; y porque estoy convencido de que Marruecos ha cometido un error de cálculo al atacar a España.

Ha llegado el momento de expresar nuestra rabia, nuestra indignación y nuestro rechazo ante un país que pretende poner a prueba nuestra integridad territorial. Y lo más paradójico es que, para hacerle frente, ni siquiera necesitaríamos disparar un solo tiro.

Bastaría con utilizar nuestra propia fuerza económica. Bastaría, por ejemplo, con recordar quién suministra la electricidad y cerrar el grifo comercial. Ni un solo producto del reino de Mohamed VI debería entrar en España mientras dure esta agresión. También podríamos restringir las conexiones aéreas y marítimas y revisar de arriba abajo unas relaciones diplomáticas que, a estas alturas, parecen sostenerse más por inercia que por confianza.

Y, por supuesto, ni un solo euro más.

Porque una cosa debería quedar clara: si alguien ataca nuestra soberanía, España no puede responder como si nada hubiera ocurrido.

Marruecos está a años luz de España en términos económicos y militares. No hace falta ser un estratega para comprenderlo. Por eso resulta todavía más incomprensible que alguien pueda pensar que nuestro país va a permanecer eternamente de brazos cruzados.

Y si las medidas económicas, comerciales y diplomáticas no fueran suficientes, siempre quedaría la opción militar.

En cuestión de horas, nuestros aviones podrían convertir la aviación marroquí en un recuerdo. Nuestros medios militares podrían imponerse con una superioridad abrumadora. Sería, llevado al extremo, un auténtico pim, pam, pum.

Un tiro al plato.

Y entonces llegaríamos a Rabat.

Porque en esta propuesta bélica que algunos parecen estar dispuestos a alimentar, también habría que bombardear la capital marroquí. Cada bomba podría llevar su propio mensaje antes de enviar a nuestros enemigos a cenar con el Altísimo.

Se acabó el diálogo.

Se acabaron las concesiones.

Se acabaron los Marlaskas y los Sánchez de turno, a quienes, según esta lógica, habría que juzgar por alta traición.

¿Exagerado?

Por supuesto.

¿Desproporcionado?

También.

¿Pero no es precisamente esa la lógica a la que conduce el odio cuando dejamos de pensar?

Porque, llegados a este punto, tampoco bastaría con bombardear Rabat. Habría que reducirla a cenizas. Y, puestos a seguir con la misma lógica, podríamos decir que ya hemos hecho algo parecido en España con el programa de lengua árabe y cultura marroquí de numerosas regiones.

¿Ven dónde termina la agresión marroquí?

Empieza con la indignación. Continúa con el boicot. Después llega la ruptura diplomática. Más tarde aparecen las bombas. Se acabó lo de poner la otra mejilla. 

España no puede seguir mirando hacia otro lado, eso sí lo tengo claro. Nuestros enemigos nos han lanzado un desafío y tenemos que recoger el guante. Pero recogerlo no significa perder la cabeza.

Porque la verdadera fortaleza de un país no consiste únicamente en saber cuánto daño puede hacer, sino también en saber cuánto daño está dispuesto a evitar.

Mierduecos —no se me ocurre un nombre mejor para ese país— acabará entendiendo que acaba de despertar a un león dormido.

O quizá el león debería demostrar que, además de tener dientes, sabe cuándo merece la pena enseñar los colmillos.

¡Al tiempo!

Sergio Calle Llorens

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