domingo, 13 de septiembre de 2026

¡LA CENA CON MÓNICA!

 


La cena con Mónica está regada con excelentes caldos de la tierra. El revuelto de gambas con champiñones al brandy es un regalo de los cielos y al porche de su casa solo llega la serenata de los grillos. La tonada de estos curiosos insectos nocturnos es igual que la última vez que estuve allí de noche. Ocurrió hace muchos años, cuando esta finca de Benejarafe pertenecía a unas familiares de mi madre. Mi amiga desconoce este dato de mi biografía y ya era hora de que lo supiera.

Mi presencia en el lugar la noche del viernes se explica por una apuesta. Ella perdió y yo gané. La apuesta era sencilla: quien perdiera invitaba a cenar. No había letra pequeña, ni árbitro, ni posibilidad de recurrir el resultado. Mi victoria consistió en conseguir que un medio digital retirara de su primera página una entrevista a un profesor de la UMA, con cara de cipote, en la que acusaba al fracaso educativo en Andalucía de ser consecuencia de las políticas de la derecha y, más concretamente, de no retirar el negocio de las privadas para reinvertir en lo público. La entrevista fue publicada en primera plana y en ella no había ni rastro de la ley educativa socialista que ha llevado a España al desastre educativo en PISA.

No fue complicado ganar la apuesta. Era cuestión de investigar un poco. Simplemente fui a la cuenta de Instagram del entrevistado y, como no podía ser de otra manera, el enseñante era de Podemos y compartía vídeos de Irene Montero y Pablo Iglesias. La pareja que llevó a sus hijos a la escuela privada en vez de a la pública. El chiste se cuenta solo y, tras hacerlo ver en redes sociales, La Opinión de Málaga tuvo que aguantar el zasca en toda la boca y colocar la entrevista en algún lugar desconocido de su cochambroso medio. Fue un paso en la dirección correcta, pero no lo bastante enérgico. Deberían haber cerrado la puerta del diario con llave y haberse escondido bajo los escritorios.

Evidentemente, el periodismo comarcal vive sus momentos más bajos con  infumables entrevistas  y, encima, en cada portada, regala titulares como “Málaga se manifiesta contra el racismo en Ceuta”, cuando la manifestación solo reunió a los mismos lectores que tiene ese periódico al día: unos doscientos. Como ven, el personal no se cansa de hacer el ridículo y los chistes me los deberían dejar a mí. Mónica ríe al recordar cómo esta gente de poco seso juega en sus escritos a ser violetas de los prados, mostrando un mundo que no existe o que simplemente no funciona. Incluso los borrachos profesionales tienen más momentos equilibrados de realidad.

Tras el riquísimo mousse de chocolate, Mónica prepara un French 75. Un sorbo que estalla en el paladar con la precisión de un destello. Un cóctel que posee una elegante armonía, donde la fuerza de la ginebra se funde con la delicadeza del champán y el frescor vivaz del limón. Tras beberme dos, le cuento a mi amiga los secretos de su finca que tienen que ver con los recuerdos: los gritos de mis primos, las efectivas paellas, los baños en la alberca, las voces de aquellos que se han convertido en sombra y la vuelta a casa en el coche de mis padres por aquel camino angosto donde las luces del vehículo cegaban a algunos conejos despistados.

—Nunca dejarás de sorprenderme, querido amigo.

Quise decir algo ingenioso ante aquella información, pero reaccioné como lo haría una cabeza de jabalí embalsamada en presencia de un cazador.

Y la noche siguió. Y las copas de French 75 siguieron mezclándose con los recuerdos del pretérito y los efluvios del presente.

A veces la memoria tiene esas cosas: abre una puerta que uno creía tapiada y, al otro lado, no hay fantasmas ni grandes revelaciones, sino una finca, unos grillos, una cena y una copa que vuelve a llenarse. Quizá la vida sea eso: regresar al mismo lugar sin ser ya el mismo. Y descubrir, de paso, que algunos recuerdos envejecen como el buen vino y otros, como ciertos periódicos, solo sirven para envolver el pescado.


Sergio Calle Llorens

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