La cena con Mónica
está regada con excelentes caldos de la tierra. El revuelto de gambas con
champiñones al brandy es un regalo de los cielos y al porche de su casa solo
llega la serenata de los grillos. La tonada de estos curiosos insectos
nocturnos es igual que la última vez que estuve allí de noche. Ocurrió hace
muchos años, cuando esta finca de Benejarafe pertenecía a unas
familiares de mi madre. Mi amiga desconoce este dato de mi biografía y ya era
hora de que lo supiera.
Mi presencia
en el lugar la noche del viernes se explica por una apuesta. Ella perdió y yo
gané. La apuesta era sencilla: quien perdiera invitaba a cenar. No había letra
pequeña, ni árbitro, ni posibilidad de recurrir el resultado. Mi victoria
consistió en conseguir que un medio digital retirara de su primera página una
entrevista a un profesor de la UMA, con cara de cipote, en la que
acusaba al fracaso educativo en Andalucía de ser consecuencia de las
políticas de la derecha y, más concretamente, de no retirar el negocio de las
privadas para reinvertir en lo público. La entrevista fue publicada en primera
plana y en ella no había ni rastro de la ley educativa socialista que ha
llevado a España al desastre educativo en PISA.
No fue
complicado ganar la apuesta. Era cuestión de investigar un poco. Simplemente
fui a la cuenta de Instagram del entrevistado y, como no podía ser de
otra manera, el enseñante era de Podemos y compartía vídeos de Irene Montero
y Pablo Iglesias. La pareja que llevó a sus hijos a la escuela privada en
vez de a la pública. El chiste se cuenta solo y, tras hacerlo ver en redes
sociales, La Opinión de Málaga tuvo que aguantar el zasca en toda la
boca y colocar la entrevista en algún lugar desconocido de su cochambroso
medio. Fue un paso en la dirección correcta, pero no lo bastante enérgico.
Deberían haber cerrado la puerta del diario con llave y haberse escondido bajo
los escritorios.
Evidentemente,
el periodismo comarcal vive sus momentos más bajos con infumables entrevistas y, encima, en cada portada, regala titulares como “Málaga se manifiesta
contra el racismo en Ceuta”, cuando la manifestación solo reunió a los
mismos lectores que tiene ese periódico al día: unos doscientos. Como ven, el
personal no se cansa de hacer el ridículo y los chistes me los deberían dejar a
mí. Mónica ríe al recordar cómo esta gente de poco seso juega en sus escritos a
ser violetas de los prados, mostrando un mundo que no existe o que simplemente
no funciona. Incluso los borrachos profesionales tienen más momentos equilibrados de realidad.
Tras el
riquísimo mousse de chocolate, Mónica prepara un French 75. Un sorbo que
estalla en el paladar con la precisión de un destello. Un cóctel que posee una
elegante armonía, donde la fuerza de la ginebra se funde con la delicadeza del
champán y el frescor vivaz del limón. Tras beberme dos, le cuento a mi amiga
los secretos de su finca que tienen que ver con los recuerdos: los gritos de
mis primos, las efectivas paellas, los baños en la alberca, las voces de
aquellos que se han convertido en sombra y la vuelta a casa en el coche de mis
padres por aquel camino angosto donde las luces del vehículo cegaban a algunos
conejos despistados.
—Nunca
dejarás de sorprenderme, querido amigo.
Quise decir
algo ingenioso ante aquella información, pero reaccioné como lo haría una
cabeza de jabalí embalsamada en presencia de un cazador.
Y la noche
siguió. Y las copas de French 75 siguieron mezclándose con los recuerdos
del pretérito y los efluvios del presente.
A veces la
memoria tiene esas cosas: abre una puerta que uno creía tapiada y, al otro
lado, no hay fantasmas ni grandes revelaciones, sino una finca, unos grillos,
una cena y una copa que vuelve a llenarse. Quizá la vida sea eso: regresar al
mismo lugar sin ser ya el mismo. Y descubrir, de paso, que algunos recuerdos
envejecen como el buen vino y otros, como ciertos periódicos, solo sirven para
envolver el pescado.
Sergio Calle Llorens
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