Anoche,
mientras contemplaba la luna sobre el Mediterráneo, recordé aquella
frase de Dante Alighieri: «La senda que lleva al paraíso comienza en el
infierno».
La verdad es
que ese mensaje que aparece en la Divina Comedia acuchilló la quietud de
la noche durante una hora. Ya ven, yo soy así de sensible.
Supongo que,
aunque habito en el paraíso terrenal, en mi interior se sacude una tormenta
infernal que amenaza con destrozar mi nave.
Dicho de
otra manera: voy cuesta abajo y sin frenos. He perdido el pulso a la vida y
hasta los rostros leales quedan desdibujados por la traición de la memoria. Es
más, no tengo ni un noray a mi disposición para amarrar mi barco a la espera de
que pase la tormenta. Debería ponerle patitas a la idea de escapar, porque mi
vida depende de ello. Sin embargo, ya es tarde para un servidor porque me estoy
muriendo.
Mi mejor
versión, que no es más que otra exageración mía porque las mejores trolas son
aquellas que nos contamos a nosotros mismos, siempre ha sido insuficiente para
los demás.
No tengo
ganas de vivir. No tengo fuerzas para seguir intentándolo. Me siento
agotado.
Cada día es
el mismo. Cada jornada interpreto el papel de un saco de boxeo al que todos
golpean. Ciertamente, soy un gran encajador, aunque no encaje en ningún sitio y
no pueda devolver ni un golpe.
Estoy
agotado porque me vi obligado a recordar el olvido, a extrañar la ausencia y a
sobrevivir al recuerdo.
De tanto
dialogar con las sombras, me convertí yo en una sin darme cuenta. Ahora ya es
tarde y percibo esa costumbre de habitar el abandono, de acariciar la soledad y
de conversar con el silencio.
Sí, me
muero, pero entrego el alma al Altísimo sabiendo que jamás renuncié a ser yo:
un escritor que no tuvo dueño ni perro que le lamiera. Un tipo que jamás
traicionó su pluma, mientras vestía la vida con risas, desnudaba el bello
cuerpo de la nostalgia y se abrazaba a la compañía etérea de las mujeres a las
que quiso.
Mis novelas
y mis artículos son mis cicatrices.
Me muero y
no me echaréis de menos.
Sergio Calle
Llorens
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