Ya
arbitrando apuntaba maneras de pistolero desquiciado cuando llegó a expulsar a Ferran
Torres por mirarle mal tras no señalar un penalti como la catedral de
Burgos. Por momentos parecía Billy the Kid desenfundando el revólver
en un saloon de mala muerte. Arma que, por cierto, mantenía con el seguro
echado cuando Casemiro repartía hostias celestiales a diestro y siniestro. Y
eso incluía, metafóricamente, las que le daba al propio Mateu en los
vestuarios.
Es imposible
no troncharse de risa cada vez que abre la boca. El árbitro retirado, hoy
reconvertido en oráculo del balompié en Movistar, no pierde ocasión para
convencernos de que su sitio natural no es un plató, sino una habitación
acolchada con vistas al infinito. Un día, el jugador del Real Madrid, Federico
Valverde —si eso lo hace en un campo de fútbol, qué no hará en un parking—,
soltaba un viaje descomunal en la cara a un jugador del Manchester City,
cortando una ocasión manifiesta de gol, y el trencilla televisivo justificaba
la no expulsión porque el colegiado estaba realizando un “arbitraje muy
humano”. Muy humano, sí: como el de Hannibal Lecter a la hora de cenar.
¿Es tonto o
no es tonto? ¿Está para encerrarlo o no está para encerrarlo?
Ayer nos
dejó otra perla de coleccionista antes del Atleti-Barça: “Al árbitro francés lo
veo muy centrado porque acaba de saludar a los niños y eso es muy buena señal”.
Les juro que estuve a punto de caerme del sofá, como en una escena de Aterriza
como puedas. Minutos después, tras un fallo flagrante del gabacho, lo
disculpaba afirmando que estaba de espaldas. No lo estaba. Pero en el estudio
nadie se atrevió a discutir con quien ya ha cruzado la línea que separa el
análisis de la alucinación.
En realidad,
lo que me gustaría saber es cuáles son los criterios de Movistar Plus+ para
contratar a sus comentaristas. Porque lo que hay ahí dentro no es una
redacción: es una especie de casting permanente para un reality de
incompetencia ilustrada.
Ahí tienen a
Ajero entrevistando a jugadores de baloncesto en un inglés macarrónico
que no entiende ni él mismo, como si estuviera improvisando diálogos
descartados de una mala película de Guy Ritchie después de una noche
larga y una resaca peor. Uno lo escucha y no sabe si está formulando una
pregunta, pidiendo auxilio o intentando invocar a un demonio babilónico.
Y luego está
Amaya Valdemoro, que sabe de baloncesto —eso es innegable—, pero cuyo
madridismo sociológico es tan transparente que debería cotizar en bolsa.
Intenta disimularlo repartiendo elogios al rival, sí, pero siempre cuando el
partido está decidido, cuando el pescado ya está vendido y el aplauso no
compromete nada. Es como esos actores que lloran cuando ya ha caído el telón:
mucho gesto, cero riesgo.
Muchas veces
recuerda a esos calvos que se dejan barba para que no reparemos en que tienen
menos pelo en la cabeza que una bombilla de veinticinco vatios. Pero aquí la
barba ya no engaña a nadie. El cartón se ve desde la última fila.
Y mientras
tanto, el espectador, que no es idiota —aunque algunos se empeñen en tratarlo
como tal—, asiste a este desfile de opiniones blandas, justificaciones absurdas
y análisis que parecen escritos con un dado en la mano. Hoy digo una cosa,
mañana la contraria, y pasado mañana ya veremos si me acuerdo de lo que dije
ayer.
Esto no es
análisis deportivo: es un número de varietés. Un circo de tres pistas donde
cada cual hace su numerito esperando que nadie mire demasiado de cerca.
Solo
faltan Falete, los Los Chiripitifláuticos y Kiko Rivera comentando el VAR para
completar el esperpento.
Total… que
uno ya no sabe si está viendo fútbol o un remake cutre de Alguien voló sobre el
nido del cuco. Pero sin Jack Nicholson que nos salve la función.
Y lo peor no
es que estén ahí. Lo peor es que pretenden que nos lo tomemos en serio.
Sergio Calle Llorens
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